¡Hola genios!

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¡Hola genios!

Bienvenidos a mi Página.
Rescatamos aquí para todos, algunas palabras que dice una señora llamada Ivonne Bordelois al referirse al tema de Infancia y Lenguaje.

IVONNE BORDELOIS

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HOJA PARA MENSAJES

Feliz Cumple y gracias por tanto talento y creatividad a disposición de nuestros niños. Felipe.
Feliz Cumple a Zapam Zucum, van mis felicitaciones por poner en marcha y hacer crecer esta hermosa idea. Ale.
Feliz cumple Zapam Zucum. Un abracito para vos y otro para Olguita juntos (porque se ve que se quieren mucho). Decile a ella que le agradezco tu hermosa existencia. ¡Maravilloso todo lo hecho…y aún queda mucho por hacer que será tambíen maravilloso!!! Te abrazo con ternura. Carmen.
Feliz Cumple. Mónica Arraez.
¡Un abrazo enorme Zapam Zucum! Que pases un día genial con tus amigos, los chicos. Quería decirte que me encanta tu caracter loquito y divertido. Y también me gustan y me inspiran los poemas y cuentos que nos contás en tu página. ¡Hasta pronto! Alina.
¡Feliz cumple! desde México. Marisol.
¡Felicidades Zapam Zucum! Ricardo.
¡Felicitaciones a Zapam Zucum y sus hacedores! Aquí Perú.
Muchas Felicidades y ¡gracias por todo lo que nos dan!!!! Cristina.
¡Acá dejo mis felicitaciones por este año cumplido!¡Feliz Cumple y muchos más! ¡Gracias por compartir tantas cosas lindas y siempre con buena onda y tan positiva!
Abrazos y cariños. Viole y Toñita.
Como pasa el tiempo...ya un hermoso año, jugando y contando a los más pequeños y no tanto. ¡FELIZ CUMPLE ZAPAM ZUCUM! Que sigas alegrando siempre con tus historias. Espero que como duende nunca desaparezcas. Te quiero. Vero.
¡¡Hermoso cumpleaños!! y que jamás se agoten tus historias para alegría de todos, te mando un beso duendecito. Mirta
¡Un Feliz Cumple para Zapam Zucum!  Desde La Plata. Sebastían.
Feliz cumpleaños Zapam Zucum. Las hermanas Montillo de Colombia.
De Chivilcoy, Mil Abrazos para Zapam Zucum y sus amigos. ¡Nos llenan de alegría, de placer!!!. Que la maravilla y la magia de sus vidas permanezca!!! Nos llenan el alma!!!. Ana.
Un feliz cumpleaños para La página de Zapam Zucum. Maestro Patagónico Rucoroy.
A la creadora y a ese pequeño duende que se esconde detrás de ella, como espíandonos para saber si soñamos con tantas historias lindas que escriben, les deseo un muy feliz cumple… y por muchos años más. Mirta.
¡Muy Feliz Cumpleaños Zapam Zucum!!!
Muy Zapam cumpleaños Felizzucum
Muy cumple zapaños Felizzucum
Zucum zapaños feliz muy cumple. Che profe.

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Una partida de ajedrez

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-¿Habla usted en serio? ¿Cree usted realmente que una máquina piensa?
No obtuve una respuesta inmediata; Moxon tenía concentrada su atención en los fantásticos dibujos proyectados por las llamas del hogar. Desde hacía varias semanas, venía observando en él una creciente tendencia a demorar la respuesta incluso a la más vulgar de las preguntas. Sin embargo, el aire que adoptaba era de preocupación más que de deliberación, hubiérase dicho que “algo le rondaba por el magín”.
Súbitamente dijo:
-¿Qué es una “máquina”? La palabra ha sido definida diversamente. He aquí la definición que aparece en un diccionario popular: “Cualquier instrumento u organización mediante el cual es aplicada y hecha efectiva la energía, o producido un efecto deseado”. En tal caso, ¿no es el hombre una máquina? Y debe usted admitir que el hombre piensa… o cree que piensa.
-Si no quiere contestar mi pregunta -dije, con cierta brusquedad-, ¿por qué no me lo dice claramente? Se sale usted por la tangente. Sabe perfectamente que al hablar de “máquina” no me refiero a un hombre, sino a algo hecho por el hombre y sometido a él.
-A veces sucede lo contrario, y la máquina gobierna al hombre- replicó Moxon, poniéndose en pie y acercándose a una ventana, en cuyos cristales repiqueteaba la lluvia de una noche tormentosa. Al cabo de unos instantes se volvió hacia mí y añadió, sonriendo: -Discúlpeme. No trataba de salirme por la tangente, como dice usted. Puedo contestar a su pregunta de un modo directo; creo que una máquina piensa en el trabajo que está realizando.
Era una respuesta directa, desde luego. Y no demasiado agradable, ya que tendía a confirmar mis sospechas de que la dedicación de Moxon al estudio y trabajo en su taller no le hacían ningún bien. Sabía, por ejemplo, que padecía de insomnio, un achaque que no puede ser calificado de trivial. ¿Acaso había afectado a su mente? Su respuesta a mi pregunta parecía indicarlo así. Ahora quizá no hubiese yo tenido esa sospecha; en aquella época era yo muy joven y, entre las bendiciones que no le son negadas a la juventud, se encuentra la ignorancia. Estimulado a la discusión por aquellas palabras, dije:
-¿Y con qué piensa la máquina… careciendo de cerebro?
La respuesta, surgida sin la demora habitual, adoptó la forma favorita de Moxon: el contrainterrogatorio.
-¿Con qué piensa una planta… careciendo de cerebro?
-¡Ah! De modo que las plantas pertenecen también al clan filosófico… Me gustaría conocer algunas de sus conclusiones; puede usted omitir las premisas.
Moxon, sin tomar en cuenta mi mordacidad, dijo:
-Tal vez usted pueda deducir sus convicciones de sus actos. Le ahorraré los conocidos ejemplos de la sensible mimosa, de las diversas flores insectívoras y de aquellas cuyos estambres se inclinan y sacuden su polen sobre la abeja, a fin de que ésta puede fecundar a sus lejanas compañeras. En un espacio abierto de mi jardín planté una enredadera. Cuando asomó a la superficie, clavé una estaca en el suelo a un metro de distancia de la planta. La enredadera se extendió inmediatamente en aquella dirección, pero, al cabo de unos días, cuando estaba a punto de alcanzar la estaca, arranqué esta última y volví a clavarla a unos cuantos pies de distancia. Inmediatamente la enredadera modifícó la dirección de su crecimiento, trazando un ángulo agudo y extendiéndose de nuevo hacia la estaca. Repetí la maniobra varias veces, hasta que la enredadera, descorazonada, abandonó la persecución y se dirigió hacia un árbol, por el cual trepó.
-Las raíces de los eucaliptos se prolongan increíblemente en busca de humedad. Un conocido horticultor cuenta que una raíz de eucalipto penetró en una tubería subterránea seca y la siguió hasta llegar a una pared de piedra con la cual había sido cegada la tubería en cuestión. La raíz salió de la tubería y siguió la pared hasta encontrar una abertura; se introdujo en ella y dio la vuelta en busca de la tubería situada al otro lado de la pared.
-¿Y todo eso?
-¿Acaso no se da cuenta de lo que significa? Demuestra la conciencia de las plantas. Demuestra que las plantas piensan.
-Vamos a admitir que las plantas piensen. Pero no estábamos hablando de plantas, sino de máquinas. Las máquinas pueden ser parcialmente de madera -madera que ha perdido su vitalidad- o completamente metálicas. ¿Acaso el reino mineral posee también la facultad de pensar?
-¿Qué otra explicación puede darle usted al fenómenos de la cristalización, por ejemplo?
-No trato de explicarlo.
-Porque no puede hacerlo sin afirmar lo que desea negar, es decir, la cooperación inteligente entre los elementos constitutivos de los cristales. Cuando los soldados forman líneas o cuadros, lo llama usted razón. Cuando los patos silvestres en vuelo adoptan forma de una V, lo llama usted instinto. Cuando los átomos homogéneos de un mineral, moviéndose libremente  en una disolución, adoptan formas matemáticamente perfectas, o unas partículas de humedad helada se agrupan en simétricas y bellas formas de copos de nieve, no tiene usted nada que decir. Ni siquiera ha inventado un nombre para disimular su heroica sinrazón.
Moxon estaba hablando con desacostumbrada animación y seriedad. Cuando interrumpió, oí en una habitación contigua un extraño sonido, como si alguien golpeara el tablero de una mesa con la palma de la mano. La habitación en cuestión era el taller de Moxon, un lugar al cual no tenía acceso absolutamente nadie, aparte del dueño de la casa, naturalmente. Moxon oyó también aquel sonido y, visiblemente excitado, se puso en pie y entró con apresuramiento al taller. Me pareció muy raro que pudiera haber alguien en aquel sanctasanctórum, y la curiosidad me impulsó a escuchar atentamente, aunque me satisface poder afirmar que no pegué el oído al ojo de la cerradura. Resonaron unos ruidos confusos, como de lucha; el suelo retembló. Oí una respiración jadeante y un ronco susurro: “¡Maldito seas!”. Luego todo quedó en silencio. En seguida reapareció Moxon y dijo, tratando de sonreír.
-Discúlpeme por haberlo dejado solo. Tengo una máquina ahí que a veces pierde los estribos.
Mirando su mejilla izquierda, cruzada por  cuatro arañazos paralelos y ensangrentados, dije:
-Por lo visto esa máquina no se corta las uñas.
Podría haberme ahorrado la chanza; Moxon no me prestó la menor atención. Vovlvió a sentarse y reanudó el interrumpido monólogo como si nada hubiese ocurrido.
-Sin duda no está usted de acuerdo con los que afirman que toda la materia es sensible, que cada átomo es un ser vivo y consciente. Yo, sí. No existe materia muerta, inerte; toda está viva; toda posee instinto y fuerza, real y potencial; toda es sensible a las facultades que residen en organismos superiores con los cuales ha entrado en contacto, como las del hombre, por ejemplo, cuando transforma la materia en un instrumento. La materia absorbe algo de la inteligencia y de la intención del hombre; y la absorbe en mayor grado cuando más compleja es la máquina resultante y el trabajo que realiza.
-¿Recuerda por casualidad la definición de la “vida” de Herbert Spencer? Yo la lei hace treinta años. Y al cabo de tanto tiempo, no encuentro ni una sola palabra que deba ser cambiada, añadida o suprimida con provecho. Continúa pareciéndome no sólo la mejor definición sino la única posible.
“La vida -recitó- es una definida combinación de cambios heterogéneos, simultáneos y sucesivos, relacionados con coexistencias y secuencias externas”
-Eso define el fenómeno -objeté- pero no proporciona ninguna clave para descubrir su causa.
-Y eso es todo lo que puede hacer una definición -replicó Moxon-. Tal como lo señala Mills, lo único que sabemos de la causa es que se trata de un antecedente…, del mismo modo que lo ignoramos todo acerca del efecto, excepto que es una consecuencia. Pero nuestra percepción puede inducirnos a error: alguien que haya visto muchas veces un conejo perseguido por un perro, y no haya visto conejos y perros separadamente, puede creer que el conejo es la causa del perro.
-Pero mucho me temo que me estoy desviando de la cuestión fundamental. Lo que me interesa subrayar es que en la definición de la “vida” de Spencer queda incluída la actividad de una máquina; en la definición no hay nada que no sea aplicable a ella. Según aquel eminente pensador, si un hombre está vivo durante su perído de actividad, también lo está una máquina mientras funciona. En mi calidad de inventor y constructor de máquinas puedo afirmar que es cierto.
Moxon guardó silencio durante largo rato, contemplanado abstraídamente el fuego. Se estaba haciendo tarde y pensé que debía marcharme, pero no me gustaba la idea de dejar a Moxon en aquella casa aislada, completamente solo, a excepción de la presencia de alguna persona acerca de cuya naturaleza mis conjeturas no podíasn llegar más allá del hecho de que se trataba de un ser poco amistoso, quizá maligno. Inclinándome hacia Moxon y mirándolo fijamente a los ojos, al tiempo que señalaba con un ademán la puerta del taller, inquirí:
-Moxon, ¿a quién tiene usted ahí?
Quedé sorprendido al ver que se echaba a reír y respondía sin vacilar:
-A nadie. El incidente que tanto le preocupa ha sido provocado por mi negligencia al dejar funcionando una máquina sin nada en que ocuparse, mientra yo  me entregaba a la ímproba tarea de iluminar su entendimiento. ¿Sabe usted por casualidad que la Conciencia es hija del Ritmo?
-¡Oh! No quiero calentarme más los cascos -dije, levantándome y poniéndome el abrigo-. Buenas noches, Moxon. Espero que la máquina que dejó usted inadvertidamente funcionando  lleve guantes la próxima vez que crea usted necesario pararla.
Sin detenerme a observar el efecto de mi indirecta, salí de la casa.
Seguía lloviendo y la oscuridad era muy intensa. A lo lejos brillaban débilmente las luces de la ciudad, pero detrás de mí la única claridad visible era la proyectaba una ventana de la casa de Moxon, que correspondía precisamente a su “taller”. Supuse que Moxon había reanudado los estudios interrumpidos por mi visita. Por raras, y hasta cierto punto cómicas, que en aquella época me parecían sus ideas, no podía sustraerme del todo a la sensación de que estaban relacionadas de algún modo trágico con su vida y con su carárcter…, y quizá su destino. Ahora estaba convencido de que sus ideas no eran divagaciones de una mente enferma: las había expuesto de un modo lógico. Recordaba una y otra vez sus últimas palabras: “La Conciencia es hija del Ritmo”. Y cada vez encontraba en ellas un significado más profundo y una nueva sugerencia. Constituían, pensé, una idea base sobre la cual fundar una filosofía. Si la conciencia es producto del ritmo, todas las cosas son conscientes ya que todas tienen movimiento, y todo movimiento es rítmico. Me pregunté si Moxon conocía el significado y la envergadura de su idea, el alcance de aquella trascedental generalización. ¿Acaso había llegado a su fe filosófica por el tortuoso e inseguro camino de la observación?
Aquella fe era entonces nueva para mí, y los alegatos de Moxon no habían conseguido convertirme en un converso; pero de repente tuve la sensación de que brillaba una intensa luz a mi alrededor, como aquella que cayó sobre Saulo de Tarso, y allí en medio de la tormenta, de la soledad y de la oscuridad, experimenté lo que Lewes llama “la infinita variedad y excitación del pensamiento filosófico”. El conocimiento adquiría para mí un nuevo sentido, una nueva dimensión. Mis pies apenas parecían tocar la tierra, unas alas invisibles parecían levantarme del suelo y conducirme a través del aire.
Cediendo al impulso de obtener mas luz de aquél a quien ahora reconocía como mi maestro y guía, di media vuelta y, sin saber cómo, me encontré de nuevo ante la puerta de la casa de Moxon. Estaba empapado, pero no sentía ninguna molestia. En mi excitación no se me ocurrió tocar el llamador: me limité a hacer girar el pomo de la puerta; poco después penetraba otra vez en la habitación de la cual había salido momentos antes. Todo estaba oscuro y silencioso; tal como había supuesto. Moxon se hallaba en la habitación contigua: “el taller”. Anduve a lo largo de la pared hasta que encontré la puerta de comunicación y llamé varias veces sin obtener respuesta, cosa que atribuí al creciente ruido de la tormenta. El viento rugía con furia y la lluvia repiqueteaba incesantemente contra las ventanas.
Nunca había sido invitado a entrar al taller; en realidad, me había sido negada la entrada a él, como todos los demás, con una sola excepción; la de un hábil metalúrgico, del cual nadie sabía nada, excepto que se llamaba Halley y que era silencioso por naturaleza. Pero, en mi exaltación espiritual, olvidé la discreción y los buenos modales y abrí la puerta. Lo que vi me arrancó bruscamente de mis especulaciones filosóficas.
Moxon estaba sentado de cara a la puerta en el extremo de una mesita sobre la cual una sola vela proyectaba toda la luz que había en el cuarto. Enfrente de él, dándome la espalda, había otra persona. Sobre la mesa, entre los dos, vi un tablero de ajedrez, pero al ver muy pocas piezas sobre el tablero comprendí que la partida estaba terminando. Moxon mostraba un profundo interés.., no tanto, según me pareció, en el juego como en su adversario, sobre el cual había fijado una mirada tan intensa que, a pesar de encontrarme directamente en línea con su campo visual, no advirtió mi presencia. Su rostro estaba mortalmente pálido, y sus ojos brillaban como diamantes. A su adversario sólo podía verle la espalda, pero aquello me bastaba; creo que en mi fuero interno no deseaba ver su rostro.
Al parecer no tenía más de cinco pies de estatura, con proporciones que recordaban las de un gorila: una enorme anchura de hombros, un cuello corto y recio, y una cabeza cuadrada con un fez rojo sobre una enmarañada mata de pelo negro. Una túnica, también de color rojo, cubría la parte susperior de su cuerpo y caía sobre el asiento -al parecer una caja- en la cual estaba instalado; las piernas y los pies no eran visibles. Su antebrazo izquierdo parecía reposar sobre su regazo; movía las piezas con la mano derecha, una mano desproporcionadamente larga.
Yo me había apartado ligeramente a un lado del umbral; si Moxon miraba ahora más allá del rostro de su adversario no vería nada, excepto que la puerta estaba abierta. Algo me impedía entrar o retirarme, una extraña sensación de que me encontraba en presencia de una inminente tragedia y podía ayudar a mi amigo si me quedaba. Sin apenas revelarme contra la indelicadeza de la acción, me quedé.
El juego era rápido. Moxon apenas miraba el tablero antes de efectuar sus movimientos, los cuales era rápidos y nerviosos. Su adversario, en cambio, movía las piezas de un modo lento, uniforme, casi mecánico. Era un espectáculo enervante, y me estremecí. Pero no hay que olvidar que estaba empapado y tenía frío.
Dos o tres veces, después de mover una pieza, el desconocido inclinó levemente la cabeza, y cada vez observé que Moxon levantaba su rey. De repente se me ocurrío la idea de que el hombre era mudo. Y luego la de que era un máquina: ¡un autómata jugador de ajedrez! Entonces recordé que Moxon me había hablado en cierta ocasión que había inventado un mecanismo de aquella naturaleza, aunque no entendí que lo hubiese construído ya. Lo que Moxon había dicho acerca de la conciencia y la inteligencia de las máquinas, ¿era simplemente un preludio a una eventual exhibición de aquel artilugio…, un simple truco para aumentar el efecto de su acción mecánica sobre mí, en mi ignoracia de su secreto?
¡Un bello final, éste, de todos mis transportes intelectuales, de mi “infinita variedad y excitación del pensamiento filosófico”! Estaba a punto de retirarme, disgustado, cuando sucedió algo que retuvo mi atención. Observé que la cosa encongía sus anchos hombros como si estuviese irritada y aquel movimiento fue tan natural -tan enteramente humano-, que quedé desconcertado. Y aquello no fue todo, ya que un momento después golpeó fuertemente la mesa con el puño cerrado. Ante aquel gesto, Moxon pareció incluso más desconcertado que yo: empujó su silla ligeramente hacia atrás, como alarmado.
Súbitamente, Moxon levantó una mano armada de una pieza sobre el tablero y la dejó caer exclamando: ¡”Jaque mate”!, al tiempo que se ponía rápidamente en pie y se colocaba detrás de su silla. El autómata continuó sentado, inmóvil.
El viento había amainado ahora, pero oí, a intervalos cada vez más cortos, el retumbar del trueno. Y, mezclado con él, una especie de zumbido que parecía proceder del cuerpo del autómata, como si el mecanismo que lo gobernaba se hubiera desquiciado… No me quedó tiempo para hacer demasiadas conjeturas, ya que mi atención se vio atraída por los extraños movimientos del autómata. Una leve, pero contínua convulsión parecía haberse apoderado de él. Su cuerpo y su cabeza se estremecían como los de un hombre atacado de epilepsia, y el movimiento aumentaba en intensidad hasta que toda la figura se encontró violentamente agitada. Bruscamente se puso de pie, derribando la mesa, y extendió los dos brazos hacia adelante, asumiendo la postura de un nadador a punto de lanzarse al agua. Moxon trató de retroceder, pero era demasiado tarde: vi las manos de la horrible cosa cerrarse alrededor de la garganta de mi amigo, unos segundos antes de que la vela, que se había caído al suelo al volcarse la mesa, se apagara, dejando la habitación a oscuras. Pero el ruido de la lucha era claramente audible, y lo más terrible de todo eran los roncos estertores de Moxon en sus desesperados esfuerzos por respirar. Guiado por el infernal ruido, traté de acudir en ayuda de mi amigo, pero apenas había dado un paso en medio de la oscuridad cuando la habitación quedó iluminada por una cegadora claridad que imprimió en mi cerebro, en mi corazón y en mi recuerdo un vívido cuadro de los combatientes caídos en el suelo. Moxon debajo, con la garganta apresada aún por aquellas manos de hierro, los ojos afuera de la órbitas, la boca abierta, la lengua afuera. Y -¡horrible contraste!- en el pintado rostro de su asesino, una expresión de tranquilo y profundo meditar, como en la solución de un problema de ajedrez… Un instante después todo fue oscuridad… y silencio en mi cerebro.
Tres días después recobré el conocimiento en un hospital. Cuando el recuerdo de aquella trágica noche penetró lentamente en mi cerebro, reconocí en el hombre que me atendía al obrero metalúrgico que había trabajado para Moxon, Halley. Respondiendo a una mirada se acercó sonriendo.
-Cuentemélo todo -conseguí decir, con voz débil-. Absolutamente todo.
-Desde luego -dijo Halley-. Le trajeron a usted aquí inconsciente, desde una casa incendiada, la de Moxon. Nadie sabe por qué estaba usted allí. Tendrá que dar una pequeña explicación. El origen del fuego es también un misterio. Mi opinión personal es que la casa fue alcanzada por un rayo.
-¿Y Moxon?
-Lo enterraron ayer…Es decir, lo que quedaba de él.
Al parecer, aquel hombre tan silencioso en ocasiones, sabía mostrarse amable y comunicativo con un enfermo. Transcurridos unos instantes, me aventuré a formular otra pregunta:
-¿Quién me rescató?
-Bueno, si le interesa saberlo… fui yo.
-Gracias, Mr. Halley, y que Dios lo bendiga por ello. ¿Rescató usted también a aquel fascinante producto de su habilidad, el autómata jugador de ajedrez que asesinó a su inventor?
El hombre quedó silencioso un largo rato, sin mirarme. Finalmente se volvió y dijo:
-¿Está usted enterado de eso?
-Desde luego -asentí-. Lo vi estrangular a Moxon.
Todo esto ocurrió hace muchos años. Si me preguntaran hoy, mi respuesta sería menos categórica.

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Ambrose Gwinett Bierce

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SELLOZZ

AMBROSE GWINETT BIERCE

Los sueños del sapo

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Una tarde un sapo dijo:
-Esta noche voy a soñar que soy árbol.
Y dando saltos llegó a la puerta de su cueva.
Era feliz; iba a ser árbol esa noche.
Todavía andaba el sol girando en la rueda del molino. Estuvo un largo rato mirando el cielo. Después bajó a la cueva; cerró los ojos, y se quedó dormido.
Esa noche el sapo soñó que era árbol.
A la mañana siguiente contó su sueño. Más de cien sapos lo escuchaban.
-Anoche fui árbol -dijo-; un álamo. Estaba cerca de unos paraísos. Tenía nidos. Tenía raíces hondas y muchos abrazos como alas; pero no podía volar. Era un tronco delgado y alto que subía. Creí que caminaba, pero era el otoño llevándome las hojas. Creí que lloraba, pero era la lluvia. Siempre estaba en el mismo sitio, subiendo, con las raíces sedientas y profundas. No me gustó ser árbol.
El sapo se fue; llegó a la huerta y se quedó descansando debajo de una hoja de acelga.
Esa tarde el sapo dijo:
-Esta noche voy a soñar que soy río.
Al día siguiente contó su sueño. Más de doscientos sapos formaron rueda para oírlo.
-Fui río anoche -dijo-. A ambos lados, lejos, tenía las riberas. No podía escucharme. Iba llevando los barcos. Los llevaba y los traía. Eran siempre los mismos pañuelos en el puerto. La misma prisa por partir, la misma prisa por llegar. Descubrí que los barcos llevan a los que se quedan. Descubrí también que el río es agua que está quieta; es la espuma que anda; y que el río está siempre callado, es un largo silencio que busca las orillas, la tierra para descansar. Su música cabe en las manos de un niño; sube y baja por las espirales de un caracol. Fue una lástima. No vi una sola sirena; siempre vi peces; nada más que peces. No me gustó ser río.
Y el sapo se fue. Volvió a la huerta y descansó entre cuatro palitos que señalaban los límites del perejil.
Esa tarde el sapo dijo:
-Esta noche voy a soñar que soy caballo.
Y al día siguiente contó su sueño. Más de trescientos sapos lo escucharon. Algunos vinieron desde muy lejos para oírlo.
-Fui caballo anoche -dijo-. Un hermoso caballo. Tenía riendas. Iba llevando a un hombre que huía. Iba por un camino largo. Crucé un puente, un pantano; toda la pampa bajo el látigo. Oía latir el corazón del hombre que me castigaba. Bebí en un arroyo. Vi mis ojos de caballo en el agua. Me ataron a un poste. Después vi una estrella grande en el cielo; después el sol; después un pájaro que se posó sobre mi lomo. No me gustó ser caballo.
Otra noche soñó que era viento. Y al día siguiente dijo:
-No me gustó ser viento.
Soñó que era luciérnaga, y dijo al día siguiente:
-No me gustó ser luciérnaga.
Después soñó que era nube, y dijo:
-No me gustó ser nube.
Una mañana, los sapos lo vieron muy feliz a la orilla del agua.
-¿Por qué estás tan contento? -le preguntaron.
Y el sapo respondió:
-Anoche tuve un sueño maravilloso. Soñé que era sapo. images (1)

Javier Villafañe

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SELLOZZ

JAVIER VILLAFAÑE2

El salmón de la sabiduría

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Cuenta la leyenda que, antes de la llegada del pueblo de Dana a Irlanda, los antiguos duendes del bosque escondieron toda la sabiduría de su mundo en siete avellanos. Y, por esas misteriosas vueltas del destino, una de sus avellanas llegó hasta el mar. Y allí se la comió un salmón, que así logró convertirse en el ser más sabio de la Tierra.
Cuando los habitantes de Erín se enteraron de la existencia del extraordinario pez, salieron en su busca. El que comiera su carne tendría la suma del conocimiento pasado, presente y futuro. Pero el pez no tenía una escama de tonto y se las arregló para eludir redes, anzuelos y flechas por mucho tiempo.
Durante siete años, el poeta druida Finnegas había perseguido al mágico animal sin lograr capturarlo. Conocedor de las antiguas profecías, sabía que un hombre llamado Finn lo atraparía. Y el poeta estaba seguro de que ese hombre era él.
Pero aquí entra en la leyenda un joven príncipe, Demma Mac Cumhal, a quien sus amigos conocían con el apodo de Finn.
Viajando en busca de aventuras y experiencia, Demma  llegó hasta el apartado lugar del bosque donde tenía su vivienda el druida. De inmediato, la inteligente vivacidad del joven agradó al anciano, que lo aceptó como discípulo.
Durante las frías noches de invierno el muchacho aprendió cantares y poemas, historias y conjuros, mientras preparaba la comida de su maestro. Hasta que un día, sin conocer el apodo de su alumno, Finnegas le encomendó la tarea de pescar al famoso salmón. Él ya estaba demasiado viejo para perseguirlo.
La facilidad, a veces, es uno de los disfraces del destino y muy pronto Demma volvió a la cabaña con el pez. Entonces Finnegas le pidió que lo cocinara, no sin antes hacerle jurar que no comería ni una esquirla de su carne.
Fiel a las indicaciones de su maestro, el muchacho preparó un fuego y puso a asar el animal. Pero, de pronto, una gota de grasa cayó sobre las brasas y saltó al dedo del príncipe, provocándole una quemadura. Sin pensarlo, éste se llevó el dedo a la boca y chupó la herida. Instantáneamente las puertas del conocimiento se abrieron en su mente. Cuando regresó con el salmón asado, el druida supo, por el brillo de sus ojos, lo que había sucedido y lo increpó amargamente. Demma se desesperó porque amaba al anciano y no soportaba la idea de que se creyera traicionado. Y fue allí que le contó acerca del apodo que le daban sus amigos. Él era Finn. Como Finnegas era lo suficientemente sabio para aceptar el destino, impulsó al joven a que comiera todo el pescado para hacer cumplir la profecía.
Años después Finn MacCumhal se convirtió en el capitán de los Fianna, una orden de caballería parecida a la de la Tabla Redonda del Rey Arturo. Fue la más poderosa de su tiempo, ocupándose, de resguardar las costas de Irlanda.
Y cuenta la leyenda que, cada vez que Finn Mac Cumhal se encontraba con una situación complicada que requería de una sabia solución, recurría a chuparse la zona en dónde su dedo había sido quemado por la brasa y, de inmedito, surgía en su mente la respuesta correcta al problema.
leyendo un cuento

Leyenda de Irlanda

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SELLOZZ

Discurso del oso

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Soy el oso de los caños de la casa, subo por los caños en las horas de silencio, los tubos de agua caliente, de la calefacción,  del aire fresco, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por los caños.
Creo que me estiman porque mis pelos mantienen limpios los conductos, incesantemente corro por los tubos y nada me gusta más que pasar de piso en piso resbalando por los caños.
A veces saco una pata por la canilla y la muchacha del tercero grita que se ha quemado, o gruño a la altura del horno del segundo y la cocinera Guillermina se queja de que el aire tira mal.
De noche ando callado y es cuando más ligero ando, me asomo al techo por la chimenea para ver si la luna baila arriba, y me dejo resbalar como el viento hasta las calderas del sótano.
Y en verano nado de noche en la cisterna picoteada de estrellas, me lavo la cara primero con una mano, después con la otra, después con las dos juntas, y eso me produce una grandísima alegría. Entonces resbalo por todos los caños de la casa gruñendo contento, y los matrimonios se agitan en sus camas y deploran la instalación de las tuberías. Algunos encienden la luz y escriben un papelito para acordarse de protestar cuando vean al portero.
Yo busco la canilla que siempre queda abierta en algún piso; por allí saco la nariz, y miro la oscuridad de las habitaciones donde viven esos seres que no pueden andar por los caños, y les tengo algo de lástima al verlos tan torpes y grandes, al oír cómo roncan y sueñan en voz alta, y están tan solos.
Cuando de mañana se lavan la cara, les acaricio las mejillas, les lamo la nariz y me voy, vagamente seguro de haber hecho bien.
lkj

Julio Cortázar

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JULIO CORTÁZARSELLOZZ

Fantasmas en El Paraíso

 

portada cuento de Graciela Cabal

En “El Paraíso” hay fantasmas.
“El Paraíso”, sí, la gran casa de Manucho, el escritor, allá en las sierras de Córdoba.
Uno de los fantasmas, viejo conocido de la gente del lugar, es alto, va vestido de franela gris y acostumbra a llevar en la mano una tacita de té, como corresponde a un auténtico inglés.
Tiene blancos el largo pelo y la larguísima barba, amable el gesto y vacilante el andar.
No es difícil encontrarlo en las terrazas que rodean las habitaciones, curioseando a través de los ventanales, o mezclado con los turistas que recorren la casa, abriendo grandes los ojos y pegando grititos de admiración -¡ah! ¡oh! ¡uh!- frente a la regadera de plata con la que bañaban a la vieja señora, el caballo de calesita o el hombrecito del azulejo…

(-¿¿El hombrecito del azulejo, dice?? ¿El famoso hombrecito que fue capaz de ganarle a la Muerte?
-El mismísimo… Pero silencio, que ése es otro cuento).

Hace unos años, cuando “El Paraíso” era una fiesta, el escritor -gran señor de capa, sombrero, bastón y perro de largo hocico -varias veces lo encontró al fantasma.
Y claro lo reconoció enseguida, habituados como estaban los ojos del escritor a mirar más allá de las apariencias. Aunque la verdad, el primero en advertir la presencia del fantasma fue “Cecil”.

(-¿”Cecil” el perro, dice? ¿El que sabía leerle los pensamientos al escritor?
-Ajá…Pero ¡shhh!, que ésa es otra historia…)

Cuentan que antes de volverse fantasma, el inglés vivía en una casa de la que todavía quedan restos, más arriba de “El Paraíso”
Cuentan que la muerte le llegó adentro de una tacita de porcelana, y que fue la propia esposa inglesa la que echó las gotas de veneno.
Cuentan, cuentan…
Pero es tan fantasiosa la gente del lugar…

Últimamente a algunos se les ha metido en la cabeza que el fantasma del inglés ya no anda solo.
Dicen que otro fantasma lo acompaña.
Un fantasma más reciente, de capa, sombrero, bastón y perro de largo hocico (¿o alguien dudaba de que los perros también se hacen almitas?)
Dicen que los dos fantasmas -perdón, los tres- recorren los bosques enmarañados que suben desde la casa, bordean el lago verde, se pasean bajo las bóvedas de los árboles, deteniéndose cada tanto para hablar mejor, como hacen los viejos (también los viejos fantasmas).
Dicen que adelante, con aires de gran señor y andar seguro de dueño de casa, va el de la capa. Junto al de la capa, el perro. Y un poco más atrás, el inglés de la tacita venenosa. Dicen, dicen…

Sí, ya sé que la gente del lugar es novelera.
Pero yo, que lo conocí al escritor -y a “Cecil”- cuando “El Paraíso” era una fiesta, creo que están diciendo la purísima verdad, qué quieren que les diga…

Graciela Beatriz Cabal

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SELLOZZ

GRACIELA BEATRIZ CABAL

El hombre sin cuerpo

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En un estante del antiguo Museo del Arsenal, en el Central Park, en medio de una serie de animales embalsamados: colibríes, armiños, zorros plateados y pericos de brillantes colores, hay una espantosa fila de cabezas humanas. Sin detenerme en la momia peruana, ni en el jefe maorí, ni en el indio de cabeza chata, hablaré de una Cabeza caucásica que despertó en mí un fascinante interés desde que, hace poco más de un año, fue agregada a la siniestra colección.
Cuando la vi por primera vez, esa Cabeza me impresionó. Me conquistó la pensativa inteligencia de sus rasgos. La cara es notable, aunque carezca de nariz y las fosas nasales estén en pésimas condiciones. Los ojos también están ausentes, pero las órbitas son muy expresivas. La piel apergaminada está tan encogida que los dientes muestran sus raíces en las mandíbulas. La boca ha sufrido mucho los efectos de la descomposición, pero lo que queda de ella manifiesta un carácter fuerte. Parece decir: “¡Salvo ciertas deficiencias de mi anatomía, estás viendo a un gran hombre!”. Los rasgos de la cabeza son de tipo alemán y el cráneo es el cráneo de un filósofo. Lo que particularmente atrajo mi atención fue la vaga semejanza de este rostro destrozado con cierta cara que, en alguna época, me resultó familiar, un rostro cuyo recuerdo había quedado en mi memoria, pero que no podía ubicar.
Y después de casi un año de haberla visto por primera vez, no me sorprendió mucho descubrir que la Cabeza reconocía nuestra relación, y que expresara su aprecio por el interés amistoso que yo mostraba hacia ella, guiñándome deliberadamente un ojo cuando me paré frente a su vitrina.
Sucedió en un día de Trustees. Yo era el único visitante en el salón. El fiel cuidador había salido a disfrutar una lata de cerveza con su amigo, el encargado de los monos.
La Cabeza me guiño un ojo por segunda vez, aún con más cordialidad que antes. Contemplé sus esfuerzos con el deleite crítico de un anatomista. Pude ver que el músculo masetero se flexionaba debajo de la piel dura como cuero.  Vi el juego de los bucinadores y el hermoso movimiento lateral de los músculo internos. Advertí que la Cabeza trataba de hablarme. Noté las contracciones convulsivas del músculo risorio y del cigomático mayor, y me di cuenta que se esforzaba por sonreír.
“Aquí tenemos -pensé- o un caso de vitalidad mucho tiempo después de la decapitación, o un ejemplo de acción refleja, donde no existe un sistema diastático o excitador-motriz. En cualquiera de esos casos, el fenómeno no tiene precedentes y debería ser cuidadosamente observado. Además, la Cabeza me muestra, evidentemente, su buena disposición”. Encontré en mi llavero una llave que abría la puerta de vidrio.
-Gracias -dijo la Cabeza-. Un poco de aire fresco es realmente un placer.
-¿Cómo se siente? -pregunté con cortesía-. ¿Cómo es vivir sin cuerpo?
La Cabeza se sacudió con tristeza y suspiró. Luego dijo, a través de su mutilada nariz y usando, por razones obvias, los tonos pectorales con mucha economía:
-Daría… ambas orejas por una simple pierna. Mi ambición es principalmente ambulatoria y, sin embargo, no puedo caminar. No puedo ni siquiera dar saltitos o andar como los patos. Quisiera viajar, vagar, pasear, cirucular por los transitados senderos de los hombres, pero me encuentro encadenado a esta maldito estante. No estoy mucho mejor que esas cabezas salvajes…¡yo, un hombre de ciencia! Estoy obligado a quedarme aquí, sobre mi cuello, y a ver a mi alrededor a las gallinetas y cigüeñas con piernas en abundancia. Mire las infernales piernas de aquellos pequeños zancudos. Mire esos miserables gallináceos de cabezas grises. No tienen cerebro, ni ambición, ni deseos. Sin embargo tienen patas, patas, patas en abundancia.
Luego, a través de la vitrina, lanzó una mirada envidiosa hacia donde se veían las provocadoras extremidades de las aves en cuestión, y agregó lúgubremente:
-De mí no queda ni siquiera material suficiente como para componer un héroe de alguna novela de Wilkie Collins.
No sabía exactamente cómo consolarlo en un asunto tan delicado, pero me aventuré a sugerir que, tal vez, su condición tenía sus compensaciones en el hecho de estar libre de los callos y la gota.
-En cuanto a los brazos -continuó diciendo-, ¡ahí tiene otra desgracia que me aqueja! Estoy incapacitado para espantar las moscas que se meten aquí adentro (Dios sabe cómo) en el verano. Tampoco puedo extenderme para darle un golpe a esa maldita momia de Chinook que está sentada allí, mirándome con una mueca parecida a un muñeco de caja de sorpresas. No puedo rascarme o sonarme la nariz (“¡su nariz!”, pensé) en forma decente, cuando me resfrío con esta corriente insoportable. En cuanto a comer y beber, no me importa. Toda mi alma está absorbida por la ciencia. La ciencia es mi novia y mi dios…Adoro sus huellas en el pasado y saludo su futuro progreso. Yo…
Ya antes había oído expresar los mismos sentimientos. En un instante encontré la explicación de por qué me resultaba conocida la Cabeza, algo que me había acosado desde la primera vez que la vi.
-Discúlpema -lo interrumpí-, ¿no es usted el célebre profesor Dummkopf?
-Ese es o, mejor dicho, fue mi nombre -respondió dignamente.
-Y usted vivía en Boston, donde llevaba a cabo experimentos científicos de asombrosa originalidad. Fue quien descubrió cómo fotografiar el olor, cómo embotellar la música, cómo congelar la aurora boreal. Y el primero que explicó el análisis espectroscópico a la Mente.
-Esos fueron logros de menor importancia- dijo la Cabeza, sacudiéndose con tristeza-, pequeños si se los compara con mi invención final, el grandioso descubrimiento que constituyó al mismo tiempo mi mayor triunfo y mi ruina total. Perdí el cuerpo en el experimento.
-¿Cómo sucedió eso? -pregunté-. No me había enterado.
-No. Como estaba solo y sin amigos, mi desaparición apenas fue advertida. Pero le contaré todo -dijo la Cabeza.
En ese momento se oyó un ruido en la escalera y exclamó:
-¡Silencio! Viene alguien. No deben descubrirnos. Disimule.
Apresuradamente, cerré la puerta de la vitrina y logré poner la llave a tiempo para evadir la vigilancia del cuidador, que regresaba. Entonces fingí examinar, con gran interés, un objeto cercano.
Durante el siguiente día de Trustees, volví a visitar el museo y le di un dolar al cuidador de la Cabeza, con el pretexto de que me informara acerca de las curiosidades a su cargo. Me acompañó por todo el salón, hablando continuamente y con gran soltura.
-Aquello -dijo cuando nos paramos frente a la Cabeza- es un símbolo de la moralidad del siglo pasado, señor. Es la cabeza de un famoso asesino guillotinado en París y fue donada al museo hace quince meses.
Creí advertir un leve tirón en las comisuras de la boca del profesor Dummkopf y una depresión casi imperceptible en lo que una vez fue su párpado izquierdo. Pero, dadas las  cirucunstancias, mantuvo su rostro bien controlado. Me deshice de mi guía con abundantes muestras de agradecimiento por sus inteligentes servicios y, como lo había supuesto, él partío  inmediatamente a gastar en cerveza el dólar ganado con tanta facilidad, dejándome tranquilo para continuar mi conversación con la Cabeza.
-¿Cómo se les ocurre poner a un idiota de cabeza hueca como ese a cargo de una porción aunque sea pequeña, de un hombre de ciencia, del inventor del Telepompo -dijo el profesor, después que abrí su prisión de vidrio-. ¡París! ¡Asesino! ¡El siglo pasado! ¡Qué tonterías!
Y la Cabeza se estremeció de risa tanto, que temí que se cayera del estante.
-Acaba usted de mencionar su invento, el Telepompo -recordé.
-Sí -dijo, recobrando al mismo tiempo su gravedad y su centro de gravedad-. Prometí contarle cómo me convertí en el Hombre sin cuerpo. Resulta que hace tres o cuatro años descubrí el principio de la transmisión del sonido por medio de la electricidad. Mi teléfono, como lo denominé, habría sido de gran utilidad práctica, si me hubiesen dejado presentarlo en público. Pero, ¡qué lástima!…
-Disculpe mi interrupción -dije- pero debo informarle que otra persona inventó lo mismo hace muy poco tiempo. El teléfono ya es una realidad.
-¿Han llegado más lejos aún? -preguntó con ansiedad-.¿Han descubierto el gran secreto de la transmisión de átomos? En otras palabras, han conseguido hacer el Telepompo?
-No me enterado de nada por el estilo -le aseguré-, pero ¿qué quiere decir con eso?
-Escúcheme -continuó-. En el curso de mis experimentos con el teléfono, me convencí de que el mismo principio tenía una capacidad de infinita expansión. La materia está formada por una gran cantidad de moléculas, y las moléculas, a su vez, están compuestas por atómos. El átomo, como sabe, es la unidad del ser. Las moléculas difieren de acuerdo con la cantidad y disposición de los átomos que las constituyen. Los cambios químicos se efectúan por medio de la disolución de los átomos en las moléculas y su recomposición en móleculas de otra clase. Esta disolución puede llevarse a cabo por la afinidad química o por medio de una corriente eléctrica de suficiente potencia. ¿Me sigue hasta aquí?
-Perfectamente.
-Bien. Entonces, siguiendo la línea de pensamiento, tuve una gran idea. No había ninguna razón por la que la materia no pudiera ser telegrafiada o, para ser etimológicamente preciso “telepompeada”. Se necesitaba desintegrar la moléculas en átomos, en un extremo de la línea, y llevar las vibraciones de disolución química por medio de la electricidad hasta el otro polo, donde se podría realizar la correspondiente reconstrucción, a partir de otros átomos. Como todos los átomos son parecidos, su disposición en moléculas del mismo  orden y el ordenamiento de esas moléculas en una organización similar a la original daría por resultado una reproducción del original. Sería una materialización, no en el sentido que le dan los espiritistas, sino en el verdadero sentido y la lógica de la ciencia. ¿Todavía me sigue?
-Es un poco más oscuro ahora -respondí- pero me parece que entiendo lo fundamental. Usted telegrafiaría la idea de la materia, usando la palabra “idea” como la define Platón.
-Precisamente. La llama de una vela es la misma llama de una vela, aunque el gas en combustión está cambiando constantemente. Una ola en la superficie del agua es la misma ola, aunque el agua que la compone se modifica mientras se mueve. Un hombre es el mismo hombre aunque no exista en su cuerpo ninguno de los átomos que lo contituían cinco años antes. Lo esencial es la forma, la imagen, la idea. Las vibracianos que le dan individualidad a la materia pueden ser transmitidas por un alambre, como se transmiten las vibraciones que le dan individualidad al sonido. Así, construí un instrumento con el que podía desarmar la materia, por decirlo de algún modo, en el ánodo, y volver a armarla con el mismo método, en el cátodo. Ese era mi Telepompo.
-¡A la perfección! En mi estudio de Joy Street, en Boston, tenía aproximadamente cinco millas de alambre. No tuve ninguna dificultad para transmitir compuestos sencillos, tales como cuarzo, almidón y agua, de una habitación a otra por medio de esa bobina de cinco millas. Nunca olvidaré la alegría que sentí cuando logré desintegrar una estampilla de correos de tres centavos en una habitación y la encontré inmediatamente, reproducida en el intrumento receptor, situado en otra. Este éxito con la materia inorgánica me animó a intentar lo mismo con un organismo vivo. Atrapé un gato, negro y amarillo, y le apliqué la terrible corriente de mi batería de doscientas cubetas. El gato desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Corrí a la habitación contigua y, para mi inmensa satisfacción, encontré allí a Thomas, vivo y ronroneando, aunque bastante asombrado. El intrumento funcionó como un encantamiento.

-Sorprendente.
-¿No es cierto? Después de mi experimento con el gato, se apoderó de mí una gigantesca idea: ¿por qué no hacerlo con un ser humano? Si en un instante podía transmitir un gato a una distancia de cinco millas, a través de un alambre, por medio de la electricidad, ¿por qué no transmitir a un hombre a Londres, por el cable trasatlántico y con la misma rapidez? Resolví reforzar mi ya poderosa batería y hacer el experimento. Y, como consumado devoto de la ciencia, decidí probar el aparato en mí mismo.
“No quiero dar muchos detalles sobre este capítulo de mi experiencia -continuó la Cabeza, parpadeando para contener una lágrima que ya se había deslizado hasta la mejilla y que yo enjuagué suavemente con mi pañuelo-. Basta decir que tripliqué las cubetas de la batería, extendí el alambre sobre los tejados hasta mi habitación en la pensión de Phillipd Street, preparé todo y, con una calma solemne, fruto de mi confianza en la teoría, me ubiqué en el Telepompo, en mi oficina de Joy Street. Estaba tan seguro de que cuando conectara mi batería aparecería en mi habitación de Phillips Street, como de que estaba vivo. Después, toqué la llave que concectaba la electricidad. ¡Ay de mí!”.
Durante algunos instantes, mi amigo fue incapaz de hablar. Pero al fin, haciendo un esfuerzo, continuó su relato.
-Mis pies comenzaron a desintegrarse y lentamente desaparecieron ante mis ojos. Las piernas se fueron desvaneciendo y luego, el tronco y los brazos. Por la extrema lentitud de mi disolución, me di cuenta de que algo andaba mal. Pero ya no podía hacer nada. Después desarareció mi cabeza y perdí el sentido totalmente. Según mi teoría, al ser mi cabeza lo último en desaparecer, debía ser lo primero en materializarse en el otro extremo del alambre. Esta  idea fue confirmada por los hechos. Recuperé el sentido y abrí los ojos en mi habitación de Phillips Street. Se me estaba materializando la barbilla y, con gran satisfacción, vi que mi cuello iba tomando forma. De pronto, más o menos a la altura de la tercera vértebra cervical, el proceso se detuvo. En un abrir y cerrar de ojos, comprendí la causa. Me había olvidado de volver a llenar con ácido sulfúrico las cubetas de la batería y no había suficiente electricidad para materializar el resto. Era una Cabeza pero mi cuerpo estaba sólo Dios sabe dónde.
No intenté consolarlo. Las palabras habrían parecido una burla ante la desgracia del profesor Dummkopf.
-¿Qué importancia tiene el resto de mi relato? -continuó con tristeza-. La pensión de Phillips Street estaba llena de estudiantes de medicina. Supongo que algunos encontraron mi cabeza y, sin saber nada de mí o del Telepompo, se apropiaron de ella para estudios anatómicos. Supongo, también, que intentaron preservarla por medio de preparados de arsénico. Lo imperfecto del trabajo está demostrado por mi nariz defectuosa. Me imagino que pasé de un estudiante de medicina a otro, hasta que algún bromista me donó a esta colección diciendo que era un asesino francés del siglo pasado. Durante algunos meses permanecí ignorante de todo, hasta que por fin recuperé el sentido y me encontré aquí. ¡Esta es la ironía del destino! -añadió la Cabeza con una risa áspera y seca.
-¿Hay algo que pueda hacer por usted? -pregunté después de una pausa.
-Gracias -respondió la Cabeza-. Estoy tolerablemente alegre y resignado. Perdí gran parte de mi interés en la ciencia experimental. Paso el día observando los objetos de valor zoológico, ictiológico, etnológico y conquiliológico que abundan en este admirable museo. No se me ocurre nada que usted pueda hacer por mí. Pero… espere -agregó mientras miraba otra vez las exasperantes patas de los zancudos que tenía enfrente- Si hay algo que necesito, es un poco de ejercicio al aire libre. ¿No podría hacer algún arreglo para sacarme a pasear?
Confieso que me quede un poco asombrado por el pedido, pero le prometí hacer lo que pudiera. Después de meditar un poco, elaboré un plan y lo llevé a cabo. Regresé al museo esa misma tarde, poco antes de la hora de cierre, y me oculté detrás de la enorme vaca marina o Manatus americanus. El cuidador, después de una rápida mirada al salón, cerró el edificio con llave y se marchó. Entonces salí de mi escondite osadamente y saqué a mi amigo de su estante. Con un trozo de cuerda resistente sujeté una o dos de sus vértebras a las vértebras sin cabeza del esqueleto de un dinornis. Este extinguido pájaro de Nueva Zelanda tiene pesadas patas, buche abultado, es tan alto como un hombre y sus pies son gigantescos. Provisto ya de piernas y brazos, mi amigo manifestó un júbilo extraordinario. Se paseó, golpeó su enormes pies en el piso, agitó las alas y, de vez en cuando, estallaba en un divertido taconeo. Me vi obligado a recordarle que debía tener en cuenta la dignidad del venerable pájaro cuyo esqueleto había tomado prestado. Después, despojé al león africano de sus ojos de vidrio y los inserté en las órbitas vacias de la Cabeza. Le di al profesor Dummkopf una lanza guerrera de Fiyi para que la usara como bastón, y lo cubrí con una manta Sioux. Luego, salimos del antiguo arsenal hacia la fresca brisa nocturna iluminada por la luna, y paseamos del brazo sin rumbo fijo, por la orilla del tranquilo lago y por los sinuosos senderos de la rambla.images

Edwar Page Mitchell

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SELLOZZ

EDWARD PAGE MITCHELL

Las dos Santas

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Me habían nombrado maestro de una escuelita de frontera. Conocer mi patria era una de mis inquietudes. Tenía entonces veintiún años, eran los primeros meses del año 1900. Así fue que un día partí de mi hogar, con mi bagaje, al encuentro de mi destino. Llegué por los medios mecánicos hasta donde fue posible. Pernocté luego, en un puesto del lugar. Al día siguiente, desayuné con mate cocido, leche de cabra, pan y queso casero. Y partimos hacia la meta. Me acompañaba el dueño del puesto, él, mapuche y baqueano. Hablaba a media lengua. Empleaba palabras que yo no entendía, y cuyo sentido iba deduciendo. Llevábamos tres mulitas, una para mi equipaje, y las otras dos eran nuestras cabalgaduras.

Subíamos y bajábamos lomas, cruzábamos arroyuelos, serpenteábamos bañados y al fin, llegamos ante unas moles de piedra muy altas.
-Paremos aquí -dijo el baqueano.
-”¿Para qué?” -pensé para mis adentros. Hacía poco que habíamos hecho un alto en el camino para dar resuello a las mulas. Me conformé por dos razones: una porque estaba a merced de un desconocido, y otra, porque desde esa altura se divisaba un valle y un lago de belleza incomparable.
Me sentí reconfortado y pensé -”Dios debió ser muy juguetón para esconder estos tesoros de belleza tan lejos de la codicia humana”-, pero no era hacia el lago donde el baqueano me llevaba, sino en sentido contrario.
Empezamos a caminar con dificultad entre esas piedras enormes. Por fin llegamos ante una mole. Era una estatua de roca blanca que representaba una niña que apretaba contra el pecho unas ramitas de leña. La semejanza era impresionante. A sus pies como si estuviera echada de hinojos se levantaba otra figura pétrea, con la cabeza doblada sobre sí misma. Entre ambas imágenes, corría un hilo de agua.
-Beba de este agua, señor maestro -me dijo el baqueano- y pase su mano sobre esta piedra. Dios lo va a ayudar. Nada malo le va a ocurrir; pero hágalo de corazón… Hice lo que el hombre me indicaba porque su sentimiento me había conmovido. Una vez cumplido el rito, lo miré fijo a los ojos como preguntándole a qué obedecía ese culto.
El me dijo:
-Sigamos el camino, porque la noche nos caerá encima. Cuando llegemos a la escuela le relataré lo que pasó aquí.
Retomamos la marcha, al anochecer llegamos a un pequeño villorrio. Todo era pobre, una media docena de casas, la escuela, el destacamento policial, un almacén y unos pocos ranchos. Miré alrededor y pensé “¿Dónde vive la gente que imagespuede mandar sus hijos a la escuela?”. Sólo veía serranías, montañas por todas partes, silencio y soledad infinita, una caída de agua a unos cincuenta metros de distancia, y el viento resoplando, ululando entre los afilados picos.
Ingresamos a la escuela. El baqueano había traído charque y pan casero. Su habilidad permitió que esa noche comiéramos algo.
Hacía frío, yo llevaba un porrón de ginebra que nos ayudó a templarnos. El hombre encendío el fuego sobre un fogón situado en el centro de la cocina. Después de un largo silencio me dijo:
-Ahora voy a contarle por qué bajamos en lo de las Santas y por qué bebimos de sus lágrimas.
Y empezó su relato. Contaba mi abuelo, que detrás de aquel cerro vivía una familia compuesta por los padres y dos hijos, una niña de diez años y un varoncito de seis. El hombre, un criollo, mezcla de español y mapuche, que se llamaba Esteban Vallejos había salido en busca de la comadre, porque su compañera estaba por alumbrar. Pasadas unas hora, la pobre mujer -doña Matilde se llamaba- tuvo que meterse en cama, acosada por los dolores del parto. Su niña, la criatura de diez años llamada Teresita, pensó en ayudar a su dolorida madre, calentando más la vivienda. Salió en procura de leña, sin decir nada. Se internó entre unos arbustos en busca de ramas secas. Cuando ya tuvo bastante entre sus brazos, pensó en volver a su casa pero un fuerte viento blanco la cegó, extraviándola. Caminó desorientada y sin rumbo, hasta que la noche cayó sobre ella como un monstruo. La niña, sin abrigo, cansada, sin reparo, se apoyó contra una gran piedra y se quedó dormida. Esa fue una noche de angustia. Entre tanto, la madre, sola dió a luz a una niña. Apenas amaneció salió en busca de Teresita. Llamándola, la niña no respondía, sólo cuando llegó la claridad del día la madre dio con la criatura convertida en una estatua blanca, fría y abrazada a unas ramitas de leña, también convertidas en piedra.
La madre se arrojó a sus pies y lloró, lloró tanto que sus lagrimas formaron un arroyuelo. Nunca más pudo levantarse de ese sitio. Allí están, madre e hija convertidas en piedra.
Lo que usted bebió son las lágrimas, pero esas lagrimas dentro de su cuerpo, serán como una bendición.
-No entiendo -dije-. ¿Por qué tenían que convertirse en piedra dos seres tan generosos?
-Todas las piedras que usted vio por aquí las hizo Dios -dijo el baqueano- y Dios sabe por qué las hace. Usted también viene a vivir aquí, a perderse entre las piedras y la nieve para enseñar a nuestros hijos a leer y escribir. Doña Matilde y su hija estan aquí para protegernos y bendecirnos a todos. Si en estas soledades no tuviéramos a las dos Santas no podríamos soportar esta vida.
Así terminó su relato el baqueano y nos despedimos para dormir. Me arrebujé entre los cueros, las mantas y el poncho. Las últimas llamitas del fogón del suelo de la cocina, hacían esfuerzos por no desaparecer. Los ojos me ardían por el humo de la leña verde.
De pronto, un hálito helado me golpeó en el rostro. Sobresaltado, abrí los ojos. El corazón me latía con fuerza.
El baqueano dormía con respiración serena.
Todo era silencio y negrura en la noche; pero delante de mí, como una esfinge blanca, una niña abrazada a una ramitas de leña me sonreía.
Extendi mis brazos para acariaciarla y sólo encontré el vacio.images (2)

Hortensia Zamboni de Pecini

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SELLOZZHORTENSIA ZAMBONI DE PECINI