¡Hola genios!

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¡Hola genios!

Bienvenidos a mi Página.
Rescatamos aquí para todos, algunas palabras que dice una señora llamada Ivonne Bordelois al referirse al tema de Infancia y Lenguaje.

IVONNE BORDELOIS

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HOJA PARA MENSAJES

Feliz Cumple y gracias por tanto talento y creatividad a disposición de nuestros niños. Felipe.
Feliz Cumple a Zapam Zucum, van mis felicitaciones por poner en marcha y hacer crecer esta hermosa idea. Ale.
Feliz cumple Zapam Zucum. Un abracito para vos y otro para Olguita juntos (porque se ve que se quieren mucho). Decile a ella que le agradezco tu hermosa existencia. ¡Maravilloso todo lo hecho…y aún queda mucho por hacer que será tambíen maravilloso!!! Te abrazo con ternura. Carmen.
Feliz Cumple. Mónica Arraez.
¡Un abrazo enorme Zapam Zucum! Que pases un día genial con tus amigos, los chicos. Quería decirte que me encanta tu caracter loquito y divertido. Y también me gustan y me inspiran los poemas y cuentos que nos contás en tu página. ¡Hasta pronto! Alina.
¡Feliz cumple! desde México. Marisol.
¡Felicidades Zapam Zucum! Ricardo.
¡Felicitaciones a Zapam Zucum y sus hacedores! Aquí Perú.
Muchas Felicidades y ¡gracias por todo lo que nos dan!!!! Cristina.
¡Acá dejo mis felicitaciones por este año cumplido!¡Feliz Cumple y muchos más! ¡Gracias por compartir tantas cosas lindas y siempre con buena onda y tan positiva!
Abrazos y cariños. Viole y Toñita.
Como pasa el tiempo...ya un hermoso año, jugando y contando a los más pequeños y no tanto. ¡FELIZ CUMPLE ZAPAM ZUCUM! Que sigas alegrando siempre con tus historias. Espero que como duende nunca desaparezcas. Te quiero. Vero.
¡¡Hermoso cumpleaños!! y que jamás se agoten tus historias para alegría de todos, te mando un beso duendecito. Mirta
¡Un Feliz Cumple para Zapam Zucum!  Desde La Plata. Sebastían.
Feliz cumpleaños Zapam Zucum. Las hermanas Montillo de Colombia.
De Chivilcoy, Mil Abrazos para Zapam Zucum y sus amigos. ¡Nos llenan de alegría, de placer!!!. Que la maravilla y la magia de sus vidas permanezca!!! Nos llenan el alma!!!. Ana.
Un feliz cumpleaños para La página de Zapam Zucum. Maestro Patagónico Rucoroy.
A la creadora y a ese pequeño duende que se esconde detrás de ella, como espíandonos para saber si soñamos con tantas historias lindas que escriben, les deseo un muy feliz cumple… y por muchos años más. Mirta.
¡Muy Feliz Cumpleaños Zapam Zucum!!!
Muy Zapam cumpleaños Felizzucum
Muy cumple zapaños Felizzucum
Zucum zapaños feliz muy cumple. Che profe.

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El Nubero

nuberoperf.

A Olga y Jacobo.
A Carmen y Rafael.
Mis abuelos; habitadores antiguos de la indómita Patagonia.

Mi nombre es Ramón. Vivo en un pequeño pueblo de la provincia de Santa Cruz sobre la ladera del macizo andino.
La cosecha de vegetales en terrazas de la montaña, la crianza de animales y las mercancías que nos acercan algunos intrépidos viajeros audaces, sorteadores de precipicios y caminos difíciles, nos permiten habitar este bello paraje.

Cuando yo era aún un niño, hace ya más de nueve años, un día llegó Don Salemín (su verdadero apellido es Salemh) con el camión cargado de mercancía. Ese día no llegó solo, como siempre, traía un acompañante. Un hombre en extremo flaco, de piel muy morena. Y su rostro distinguía una nariz prolongada y fina bajo, los ojos negros, intensamente luminosos.
Don Salemín contó que lo había encontrado cerca de la Cañada del Águila, sentado sobre una manta telera  y que le había dicho haberlo estado esperando para que lo acercara hasta nuestra aldea.
Yo, escuchaba con atención y curiosidad. Luego, me acerqué al forastero para observarlo. No era habitual ver gente nueva. Dí una vuelta completa a su alrededor con disimulo, haciendo como que corría a una mariposa que justo en ese momento, jugaba a seducir al sol. El extraño llevaba puesta una campera de gamuza con flecos bailadores y sobre el hombro izquierdo la manta, plegada, que mencionara Don Salemín.
Eligió un pino semiquemado para sentarse a su pie. Sacó una pipa del bolsillo de la campera y en ese momento me llamó.
-Eh, pibe ¿cuál es tu nombre?

-Ramón, señor. ¿Y usted?
-Mi nombre es Miguel.
-¿Qué viene a hacer aquí señor Miguel?
-Se me hace que me necesitan por estor lugares, Ramoncito.
-¿Que lo necesitamos? ¿Por qué?
-Porque hace mucho que no llueve, y yo me especializo en hacer llover.
-¿En serio,señor? ¿Es usted mago?
-No precisamente. Me dicen el Nubero.
Me despedí con cortesía.

Apresurado, llegué a mi casa y fui directo a la cocina. Estaba sin aliento. Mi madre, trajinaba con ollas y sartenes componiendo un cuadro, según sus propias palabras, de “mujer domeñando guisado”, Me miró con sorpresa. Entonces latigué mi pregunta.
-Mamá ¿qué es un Nubero?
Giró hacia mí y se quedó en silencio. Sacudió en el aire la cuchara de madera que tenía en la mano y me respondió risueña.
-¿Qué, Ramón? ¿Un nubero? ¿Quién te dijo eso?

-Mamá, llegó un Nubero, vino en el camión con Don Salemín. Yo lo vi y hablé con él. Se llama Miguel.
Mi madre rodeo mis hombros con sus manos tiernas y fuertes. Acercó su rostro hacia el mío y me dijo:
-Ramoncito, ese hombre te ha hecho una broma, no existen los nuberos. Luego, con una palmadita me invitó a salir de la cocina.

La sequía había convertido en fino polvo blanco nuestras calles; había secado la mitad de las verduras plantadas y amenazaba con exterminar todos los sembradíos de las minúsculas quintas. Los animales, huesudos y desencajados, vagaban sin fuerza, como resignados a la muerte.
Mi padre había comentado a mi madre, sobre la conveniencia de viajar con algún camión hacia el lado del mar, en busca de alimentos para almacenar, previendo tiempos difíciles.

Transcurrida una semana volví a encontrar al Nubero instalado en una casa vieja y destartalada que habían abandonado los Recalde cuando decidieron irse para la ciudad. Sentado en una silla baja parecía, por la quietud, un dibujo de estatua de   libro de lectura.  Creí que no me había visto, pero no era así.
-Hola, Ramón -dijo, y con la mano hizo un gesto para que me acercara.
-¡Usted me mintió, señor! -lo enfrenté en tono de reproche- Mi madre dice que usted me ha hecho una broma, que no existe la profesión de Nubero. 
-Yo soy Nubero, Ramón, y te lo demostraré. No solo verás como hago venir las nubes, sino que te enseñaré todo lo que sé acerca de los grandes secretos de la lluvia.
-¿Es en serio, señor, lo que dice? ¿En serio me va a enseñar?
-Sí, no es mi intención engañarte. Mi profesión es muy antigua y quizá tu mamá no sepa que existimos. Mañana a las diez en punto te espero aquí mismo e iremos juntos a convocar a las nubes y hacer llover.

Al día siguiente, Miguel y yo caminábamos hacia las afueras de la aldea.
Primero, el Nubero, colocó con cuidado una caja toda negra en mis manos.
-Abrí la tapa -me dijo- y cuando yo te indique la cerrás con rapidez.
Esperamos. En algún momento me pareció que el sol, que estaba a pleno, se metía en la caja que yo estaba sosteniendo. Entonces, Miguel me hizo un gesto mudo para que la cerrara.
-Es preciso, Ramón, que el sol se guarde y eso es lo que le estamos pidiendo ahora. Le hemos quitado algunos rayos para que se dé cuenta que necesitamos de su ayuda. Necesitamos que se esconda en el cielo. Una vez cumplida nuestra misión, se los devolveremos.
El sol obedeció de inmediato y todo el paisaje se tornó oscuro como si la noche quisiera borrar al día. El Nubero me pidió que cerrara los ojos y repitiera con firmeza las palabras sagradas que atraerían la primera nube (no me es posible darlas a conocer, pero sí decirles, que son las mismas que pronuncian y cantan las cascadas y las fuentes). Y allí, sobre nuestras cabezas, apareció una hermosa nube gorda, muy gorda, gordísima, toda llena de festones, parecidos a los que hace mi madre con sus costuras. Desde este momento los acontecimiento se precipitaron. Yo obedecía maravillado cada indicación de mi maestro. Enlazamos la nube con un hilo invisible. Cuando estuvo bien sujeta comenzamos a balancearla. Aparecieron otras nubes. Algunas grandes, otras pequeñas, otras alargadas, otras redondas, otras finitas. Algunas grises, otras blancas. A todas las atamos con hilos invisibles. Hubo tantas en el cielo y tan apretadas que una protestó y entonces lanzó feroz, su primer rayo. Luego vino el aguacero, todo se llenó de magia. Yo eufórico, salté sobre los charcos y canté a coro con las ranas. Todo el paisaje a nuestro alrededor festejaba la vida.

Hoy, mi aldea no padece sequías. Cuando escasea el agua todos acuden al Nubero, que soy yo. En ocasiones viajo a lejanas comarcas, porque me lo solicitan, o porque me entero que falta el agua y la naturaleza agoniza.
Un solo acuerdo realicé con mi maestro; cuando encuentro un niño que me estudia con disimulo, haciendo como que persigue mariposas, es la señal de que un nuevo Nubero debe surgir. Y entonces, con la mayor de las alegrías, me convierto en su maestro.

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SELLOZZ

Los cuentos de mi abuela Keka

images (32)Yo crecía de noche, me dijo una vez Natalia. ¡Sí, de noche!
No le entendí, pero mi sonrisa fue una pregunta. Y Natalia me respondió entrecerrando los ojos para que el tiempo que hay detrás de los ojos no se fuera.
Yo era una niña de grandes ojos despiertos a la hora de dormir. Mamá, en la cocina, desarmaba las torres de platos blancos, llenaba la pileta de pompas de jabón y lavaba. Los cubiertos sonaban como cascabeles. Entonces era la abuela la que se sentaba al lado de mi cama, le arreglaba el sombrero al velador para que la luz no me diera en la cara, y me contaba cuentos, cuentos.
¡Oh, cuentos de la abuela!, dijo Natalia, cuentos fantásticos, distintos, pero iguales a los demás.
-¿Y en qué se diferenciaban entonces?
-En que aquellos cantaban. Aquellos cuentos cantaban.
Natalia cerró los ojos. ¡Sí, eran un regazo de palabras que me mecía!
Para que crezcas, me decía mi abuela, te voy a contar un cuento que vive dentro de una casita de versos.
No olvidaré aquella noche en que mirando el velador, le dije:
-¿Qué es un velador, abuela?
-Bueno… un dedito de sol-
-¿Y el sol?
-¡El sol! ¡El sol! ¿Qué te parece si para conocerlo hacemos un viaje al lejano, al muy lejano país que queda en el sol?
De la casita de versos, abuela sacó una escalera de rimas, y subimos, subimos las dos.

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Viaje al país del sol

En el sol hay un país,
lejano y desconocido;
tiene una ciudad redonda,
redonda como un anillo.

En el sol hay un palacio
donde vive un rey de vidrio;
oye cantar a los ríos,
a los ríos amarillos.

En el sol hay un establo
de nubes y un asno fino
en el que dan una vuelta
al mundo todos los niños.

En el sol está la punta
de un trompo desconocido,
de estrellas que nunca vemos
y de cielos infinitos.

Quien quiera llegar al sol,
que vaya primero al trigo,
y al limón que es una gota
fragante del amarillo.

Busque en la cara del día
el oro duro del níspero;
toque el punto de la rosa
dorada en cualquier camino.

En el sol hay un país
lejano y desconocido.

Para que guardes vos también esos cuentos que eran versos, te los dejo aquí, en un cofre de papel. Cada vez que levantes su tapa no me verás cumplir un año más, pero sí creciendo, creciendo por dentro y de noche, con la cabeza apoyada en las palabras de abuela, esas almo-hadas dulces de mi infancia.

Miguel Ángel Viola

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SELLOZZ

MIGUEL ANGEL VIOLA

La balada del álamo carolina

la balada del...

A mi madre, Doña Petrolina de Conti Lombardi
y la ciudad de Chacabuco, mi pueblo.

Ciruelo de mi puerta,
si no volviese yo,
la primavera siempre volverá,
tú, florece.

Anónimo Japonés

Uno piensa que los días de un árbol son todos iguales. Sobre todo si es un árbol viejo. No. Un día de un viejo árbol es un día del mundo.
Este álamo carolina nació aquí mismo, exactamente, aunque el álamo carolina, por lo que se sabe, viene mediante estaca y éste creció solo asomó un día sobre esta tierra entre los pastos duros que la cubren como una pelambre, un pastito más, un miserable pastito expuesto a los vientos y al sol y a los bichos. Y él creyó, por un tiempo, que no iba a ser más que eso hasta que un día notó que sobrepasaba los pastos y cuando el sol vino más fuerte y tembló la tierra se hinchó por dentro y se puso rígido y sentía una gran atracción por las alturas, por trepar en dirección al cielo, y hasta sintió que había dentro de él como un camino, aunque todavía no supiese lo que era eso, lo supo recién al año siguiente cuando los pastos quedaron todavía más abajo y detrás de los pastos vio un alambrado y detrás del alambrado vio el camino, que es una especie de árbol recostado sobre la tierra con una rama aquí y otra allá, igual de secas y de rugosas en el invierno y que florecen en las puntas para el verano, pues todas rematan en un mechoncito de árboles verdaderos. Por ahí andan los hombres y el loco viento empujando nubes de polvo. También ya sabía para entonces lo que era una rama porque, después de las lluvias de agosto, sintió que su cuerpo se hinchaba en efecto aquí y allá y una parte de él se quedó ahí, no siguió más arriba, torció a un lado y creció sobre la tierra de costado igual que el camino.
Ahora es un viejo carolina, porque han pasado doce veranos, por lo menos, si no lleva mal la cuenta. Ahora crece más despacio, casi no crece. En primavera echa las hojas en el mismo sitio que estuvieron el otro verano y por arriba brotan unas crestitas de un verde más encarnado, pero al caer el sol se encienden como por dentro, pero él ahora no pretende más que eso, esa dulce luz del verano que lo recubre como un velo. Y dentro de esa luz esta él, el viejo álamo, todo recuerdo. De alguna manera ya estaba así hace doce veranos cuando asomó sobre la tierra y crecer no fue nada más que como pensarse. Sólo que ahora recuerda todo eso, se piensa para atrás, y no nace otro árbol. En eso consiste la vejez, verde memoria.
Ahora es el comienzo del verano justamente y acaba de revestirse otra vez con todas sus hojas, de manera que como recién están echando el verde más fuerte (son como pequeños árboles cada una) por la tarde, cuando el sol declina y se mete entre las ramas el álamo se enciende como una lámpara verde, y entonces llegan los pájaros que se remueven bulliciosamente entre las hojas buscando donde pasar la noche y es el momento en que el viejo álamo carolina recuerda. A propósito de la noche, los pájaros y el verano. Recuerda, por ejemplo, a propósito de los pájaros, el primero de ellos que se posó sobre la primera rama, que ha quedado allá abajo, pero entonces era el punto más alto, ya casi no da hojas y es tan gruesa como un pequeño árbol. En aquel tiempo era su parte más viva y sintió el pájaro sobre su piel, un agitado montoncito de plumas. Descansó un rato y luego reemprendió el vuelo. Recién dos veranos después, cuando divisó la primera casa de un hombre y detrás de ella la relampagueante línea del ferrocarril, una montera armó un nido en la horqueta de la última rama. Cortó y anudó ramitas pacientemente y así el álamo se convirtió en una casa, supo lo que era ser una casa, el alma que tiene una casa, como antes supo del camino y del alma del camino, ese ancho árbol florecido de sueños. El nido se columpiaba al extremo de la rama y él, aunque gustaba del loco viento de la tarde, procuraba no agitarse mucho por ese lado, le dio todo el cobijo que pudo, echó para allí más hojas que otras veces.
Al final del verano, los pichones saltaron del nido y los sintió desplazarse temblorosos sobre la rama con sus delgadas patitas, tomar impulso una y otra vez y por fin lanzarse y caer en el aire como una hoja. Un árbol en verano es casi un pájaro. Se recubre de crocantes plumas que agita como el viento y sube, con sólo desearlo, desde el fondo de la tierra hasta la punta más alta, salta de una rama a otra todo pajarito, ave de madera en su verde jaula de fronda.
Ese verano fue el mismo del ferrocarril. Antes viene la casa. No vio casas por completo, ni siquiera cuando, años después, trepó mucho más alto, sino lo que se ve ahora mismo desde el brote más empinado, un techo de chapas que se inflama con el sol y una chimenea blanca que al atardecer lanza un penacho de humo. A veces el viento trae algunas voces. Con todo, él ha llegado hasta la casa en alguna forma, a través de las hojas de otoño que arrastra el viento. Con sus viejos ojos amarillos ha visto la casa aun por dentro, ha visto al hombre, flaco y duro con la piel resquebrajada como la corteza de las primeras ramas, la mujer que huele a humo de madera, un par de chicos silenciosos con el pelo alborotado como los plumones de un pichón de montera. Con sus viejas manos amarillas ha golpeado la puerta de tablas quebradas, ha acariciado las descacaradas paredes de adobe encalado, y mano y ojo y amarillas alas de otoño ha corrido delante de la escoba de maíz de Guinea y trepado nuevamente al cielo en el humo oloroso de una fogata que anuncia el frío, el tiempo dormido del árbol y la tierra.
El ferrocarril pasa por detrás de la casa, pero hubo de trepar hasta el otro verano, cuando volvieron las hojas y los pájaros, para entrever el brillo furtivo de las vías cortando a trechos la tierra. Ya había sentido el ruido, ese oscuro tumulto que agitaba el suelo porque el árbol crecía tanto por arriba como por debajo. Por debajo era un árbol húmedo de largas y húmedas ramas nacaradas que penetraban en la tibia noche de la tierra. Por ahí vivía y sentía el árbol principalmente, por ahí su día era un día del mundo, así de ancho y profundo, porque la tierra que palpitaba debajo de él le enviaba toda clase de señales, era un fresco cuerpo lleno de vida que respiraba dulcemente bajo las hojas y el pasto y sostenía cuanto hay en este mundo, incluso a otros árboles con los cuales el viejo álamo carolina se comunicaba a través de aquel húmedo corazón. Al Este, por donde nace el sol, había un bosque. Lo divisó una mañana con sus ojos verdes más altos y todas sus hojas temblaron con un brillo de escamas. Era un árbol más grande, el más grande y formidable de todos. Al caer la tarde, con el sol cruzado barriendo oblicuamente los pastos que parecían mansas llamitas, los árboles aquellos ardieron como un gran fuego. Por la noche, el álamo apuntó unas de sus delgadas ramas subterráneas en aquella dirección y recibió respuesta. No era un árbol más grande, era un bosque, es decir, un montón de ellos, tierra emplumada, alta y rumorosa hermandad.
¿Por qué no estaba él allí? ¿Por qué había nacido solitario? ¿Acaso él no era como un resumen del bosque, cada ramo un árbol? Todas estas preguntas le respondió el bosque, sus hermanos, noche a noche. Estas y muchas  otras, porque a medida que se ponía viejo, en medio de aquella soledad, se llenaba de tantas preguntas como de pájaros a la tardecita. Los árboles no duermen propiamente, se adormecen, sobre todo en invierno cuando las altas estrellas se deslizan por sus ramas peladas como frías gotas de rocío. Es entonces cuando sienten con más fuerza todas aquellas voces y señales de la tierra. Los animales de la noche salen de sus madrigueras y roen la oscuridad, un pájaro desvelado vuela hacia la luz de una casa, un bulto negro trota por el camino, los grillos vibran entre los pastos como cuerdas de cristal, un perro aúlla en la lejanía, el hombre se da vuelta en la cama y piensa cuántas fanegas dará el cuadro de trigo. En este mismo momento, en esta noche tan quieta, la semilla está trabajando ahí abajo, el árbol la siente germinar, siente su pequeño esfuerzo, cómo se hincha y se despliega y recorre, pulgada por pulgada, el mismo camino que ha trazado el deseo del hombre, que ha vuelto a dormise y sueña con una suave marea de espigas amarillas.
Y fue por ahí, por la tierra, que el árbol tuvo noticias del ferrocarril cuando un día sintió ese tumulto que subió por sus raíces. Tiempo después, luego de divisar la morada del hombre, vio por fin aquella alocada y ruidosa casa que con chimenea y todo corría sobre la tierra, y  supo por ella que además de los pájaros gran parte de cuanto vive se mueve de un lado a otro y el viejo álamo, que entonces no era tan viejo pero sí árbol completo, sintió por primera vez el dolor de su fijeza. Él sólo podía ir hacia arriba trazando un corto camino en el cielo y al comienzo del otoño volar en figura según el viento en la trama de sus hojas. En cierto momento, después de la casa, el tren se transportaba entre sus ramas y a veces el penacho de humo llegaba hasta el mismo álamo. Esto dependía del viento, del cual, por instrucción de los pájaros, el viejo álamo había aprendido a extraer otros muchos sucesos. Según soplase, él agitaba sus hojas como verdes plumas y simulaba temblorosos vuelos. El viento subía y bajaba en frescas turbonadas por dentro de aquella jaula vegetal provocando, de acuerdo a la disposición del follaje, murmullos y silbidos que complacían al árbol músico.
Todo se aprende con los años, un verano tras otro, y luego para el árbol son materia de recuerdo en el invierno. El invierno comienza para él con la caída de la primera hoja. Un poco antes nota que se le adormecen las ramas más viejas y después el sueño avanza hacia adentro aunque nunca llega al corazón del árbol. En eso siente un tironcito y la primera hoja planea sobre el suelo. Así empieza. Después cae el resto y el viento las revuelve, las dispersa, corren y se entremezclan con las hojas de otros árboles, cuando el viejo álamo carolina ya se ha adormecido y piensa quietamente en el luminoso verano que, de algún modo, ya está en camino a través de la tierra, por el tibio surco de su savia. La lluvia oscurece sus ramas y la escarcha las abrillanta como si fuesen de almendra. Algunas se quiebran con los vientos y el árbol se despabila por un momento, siente en todo su cuerpo esa pequeña muerte aunque él todavía se sostiene, sabe que perdurará otros veranos. Hasta que allá por septiembre memoría y suceso se juntan en el tiempo y un dulce cosquilleo sube desde la oscuridad de la tierra, reanima su piel, desentumece las ramas y el viejo álamo carolina se brota nuevamente de verdes ampollas. El aire ahora es más tibio y el hombre, al que observa desde el brote más alto, recorre el campo y espía las crestitas verdes que acaban de aparecer sobre la tierra.
Para mediados de octubre el viejo álamo está otra vez recubierto de firmes y oscuras hojas que brillan con el sol cuando la brisa las agita a la caída de la tarde. el sol para esta tiempo es más firme y proyecta sobre el suelo la enorme sombra del árbol.
Fue en este verano, cuando el sol estaba bien alto y la sombra era más negra, que el hombre se acercó por fin hasta el árbol. Él lo vio venir a través del campo, negro y preciso sobre el caballo sudoroso. El hombre bajó del caballo y penetró en la sombra. Se quitó el sombrero cubierto de tierra, después de mirar hacia arriba y aspirar el fresco que se descolgaba de la ramas,  se quitó el sudor de la frente con la manga de la camisa. Después el hombre, que parecía tan viejo como el viejo álamo carolina, se sentóa al pie del árbol y se recostó contra el tronco.
Al rato el hombre se durmió y soñó que era un árbol.

Haroldo Conti

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HAROLDO CONTI 2

SELLOZZ

Los signos

principal

Al nacer el hijo primogénito y único de Osiris Habib, créase que nada se había visto en este mundo que se pareciera en belleza, gracia y cualquiera de las muchas excelencias que trasuntaba, según sus padres, el privilegiado retoño. Más allá del sentido figurado Pedrito Tulio Ambrosio resultaba algo así como la más completa expresión de la divinidad bajo la forma animal viviente. Era divino. Y si había exageración, que algunos vinculaban con la edad de los progenitores -demasiados años para tener un hijo, y este hijo, tan esperado-, ya se sabe que el amor hace chochear con frecuencia a los hombres. ¿Quién podría decir que esos ojazos no eran singulares; que esa naricita no despertaba ganas de comérsela, que esa boquita, en fin, no era la primicia de una rosa, húmeda por el aire del amanecer? La misma pequeña mancha que asemejábase a una media luna, blanca como el bórax, en medio de la rosada frente, acentuaba los encantos del niño. Alguien quiso ver una anomalía en ese minúsculo retazo de piel, como si le faltara a ésta, allí, la materia colorante. Pero de ninguna manera podría considerarse un asomo de albinismo, porque los ojos del pequeño eran verdaderos campos de esmeralda, y los albinos se caracterizan por el rosado o el rojo del iris y el color blanco del pelo y del vello. Pedrito Tulio Ambrosio era rubio resplandeciente, un rubio que iba oscureciendo al cabo de los días. Aquella manchita era una gloria. Lo único que podía afectar a ese dechado de perfección era la otra mancha vinosa que tenía en la espalda; pero no era de ningún modo un defecto y, por otra parte, y gracias a Dios, no molestaba allí, en lugar poco visible.
El día que Ernesto, el amigo más querido y admirado de Osiris -llegado oportunamente cuando bañaban a Pedrito-, observó las señas o particularidades del pequeño y aprovechó para demostrar, algo rumboso, sus conocimientos acerca de una materia apasionante: la egiptología, comenzó el drama de Osiris Habib, hombre por demás sugestionable.
-¿Has observado, Osiris -le preguntó-, que la mancha que tiene Pedrito en la espalda semeja un águila o un buitre con las alas desplegadas?
-Y eso, ¿qué? -comentó molesto Osiris- Sinceramente no veo águila ni buitre alguno.
-Si el niño fuera mi hijo, yo me inquietaría -dejó escapar Ernesto.
Osiris Habib se puso sombrío. Y luego de un silencio, el rostro algo enrojecido, escabrosa la voz, inquirió el porqué.
Ernesto calló durante un rato, antes de responder. Él pensaba ahora -y estaba convencido- que un rayo de luz había fecundado a Lidia, la mujer de Osiris, y que Lidia no era otra cosa que una becerra que había llevado en su seno al “pobre animalito”, es decir, a Pedrito Tulio Ambrosio. De pronto, como si dentro de él se destuyera alguna posible duda, en su pensamiento se dibujaron ostensiblemente las letras iniciales de los nombres del niño: PTAH (Pedro Tulio Ambrosio Habib); y tomando de un brazo a su amigo, le preguntó:
-¿Se llamaban también Osiris tu padre y abuelo?
Las pupilas de Osiris se dilataron.
-Sí -respondió- ¿A cuenta de qué vienes con eso ahora? Osiris se llamaron todos mis antepasados, según fue tradición en mi familia. Tradición que yo quise romper al nacer Pedrito.
Y Ernesto continuó:
-Y dime: los nombres de Pedro Tulio Ambrosio, ¿a qué responden?
-Son segundos nombres o terceros nombres de pariente, también.
Ernesto se acercó al vidrio empañado de la ventana y escribió con un dedo: PTAH.
-Estas son las siglas de Pedro Tulio Ambrosio Habib. Claro, no te dicen nada, absolutamente nada. Pero ellas forman un nombre propio, porque PTAH fue un dios egipcio, de quien, igual que de Osiris, otro dios hombre, provino el sagrado buey Apis. Lee a Plutarco y Herodoto si quieres saber más.
Nada entendió, evidentemente, el buen amigo. Pero en medio de ciertas brumas entrevió algo desagradable: algo que ya se estaba posesionando de él, como una garra negra.
-Dime, por favor, Ernesto, qué quieres decir. Dimelo con otras palabras.
Ernesto meditó: creyó conveniente usar prudentes circunloquios en la singular noticia, mala sin duda para los padres del niño.
-No puedo convencerme de que todo sea sólo simple coincidencia. Creo ver algo raro… algo que me resulta difícil de explicarte.
Sin embargo Osiris lo apuró y ambos se fueron a la calle para hablar lejos de Lidia. Pero el silencio se prolongaba.
-Vamos Ernesto, explícame por qué dijiste que si Pedrito fuera tu hijo, te inquietarías.
Al fin Ernesto habló.
-Tu pequeño tiene algunos signos que lo emparentan con un animal sagrado: el buey Apis. Esa pequeña medialuna clara en medio del rosado de su frente, y esa mancha en sus espaldas mostrando la imagen de un águila o buitre.
-El médico no le ha dado importancia. La mancha vinosa es un simple angioma. Así le llaman. El niño es espléndido. Lidia lo ve divino. Yo también.
-Es posible que lo sea -añadió Ernesto-. Ahí está el quid del asunto. Si me permitieras mirar debajo de la lengua de Pedrito tendríamos, tal vez, otro testimonio válido.
-¡Oh, déjate de pavadas…! ¿Qué piensas encontrar allí? No acabo de entender por qué te empeñas en emparentar a Pedrito con un buey, feo animal por sagrado que sea, y cómo no te parece todo lo contrario, un ángel por ejemplo.
-Síguelo observando -fue la respuesta de Ernesto-. La figura de un escorpión o de un escarabajo, debajo de la lengua, es otro de los signos que caracterizan al buey Apis.
Le dio un abrazo y regresó a su casa. Al entrar Osiris a la suya, Lidia le preguntó si se sentía descompuesto o si había discutido con Ernesto, porque una palidez extraña parecía envejecerlo. Era como si se le hubieran caído las alas del corazón.
Osiris esquivó la pregunta, malhumorado, y se dirigió al cuarto del niño. Ella no insistió  para no alterarlo más, porque conocía demasiado su carácter algo ríspido en ciertas circunstancias. Cerró Osiris la puerta y contemplo al pequeño que dormía boca abajo. Se le aproximó en puntas de pie y tras algunas vacilaciones, apartó hacia un lado la sábana, agrupando sin querer, como un ramillete, los alelíes celestes bordados en el lienzo. Luego descubrió a Pedrito levantándole la impecable bata de dormir, y bajo las sugestiones de su amigo, obedeciéndole, observó la hermosa anatomía. Pensó entonces que era posible que no fuera así, pero debía convencerse esta vez que la mancha de Pedrito recordaba a un ave de rapiña. Allí se perfilaba un pico corvo, una garra, quizá, y una especie de garabatos podían sugerir las barbillas de una pluma. Pero, ¿no era caprichoso verlo así? ¿No sería sólo producto de la sugestión?
Trató de tranquilizarse. Después de todo, y con buena voluntad, podía verse en la mancha vinosa, tanto una alondra cantando o un predicador evangélico. Pero los propios argumentos no lo convencían, allá en el fondo, y creyó de pronto descubrir debajo de la nuca de Pedrito cienta protuberancia inquietante: algó así como una pequeña giba en la base del cuello , o, para decirlo de otra manera, un abultamiento craso que declinaba en lo que llaman paletilla en un toro o un buey. Ciertamente no lo había observado nunca, y la confusión se apoderó enteramente de él.
Llamó a Lidia.
-Dime… dime la verdad: ¿ves algo raro en Pedrito?
No veo nada fuera de esa graciosa manchita. ¡Es divino! -agregó entusiamada, y ensombreciéndose a la vez preguntó:
-¿Te sientes mal, Osiris? ¿Te pasa algo?. Te veo como desesperado después de haberlo visto a Ernesto.
Pedrito despertó, y la madre le dio de beber de su fuente: un pecho empinado en el que convergía toda la luz.
El buey Apis no se desprendía, mientras tanto, de la mente del padre. Se puso a pensar en la claridad de la frente del niño, que, por otra parte, podía parecer una media luna, un trozo de manzana, una coronita de príncipe, o cualquier otra cosa, según quería verse, por ciertas indefiniciones del dibujo. Pero estaba lo demás: su propio nombre, Osiris, tradicional en la familia y esa curiosa coincidencia (¿era una coicidencia?) de las iniciales del pequeño que formaban el nombre de un dios-hombre: PTAH.
De golpe, al dejar de beber Pedrito, Osiris le pidió a Lidia:
-Déjame ver la lengua.
-¿La lengua? ¿Qué buscas encontrar en ella sino restos de mi leche?
Osiris no contestó, quitó a Pedrito de los brazos de Lidia, y lo acostó suavemente en la cuna. Luego fue a la cocina y volvió con una cucharita de plata.
-Cuidado, lo vas a hacer llorar.
-¿Cuándo ha llorado? Nunca llora. Ojalá lo hubiéramos oído llorar alguna vez.
Y abrió el capullo, aquella primicia de rosa del Génesis, haciendo delicados manipuleos con el improvisado espéculo.
-¿Qué haces? ¿Qué buscas, Osiris? -preguntó Lidia sobresaltada.
-Mira tú -fue la respuesta-. Dime si ves debajo de la lengua algo así como la imagen de un escarabajo o de un escorpión. Me parece ver algo…
Lidia miró a su vez, disgustada.
Maltratamos inútilmente al niño -dijo-. No veo nada. Sólo el frenillo y la túnica rosados, casi blancos.
-Ernesto quiere mirar -agregó Osiris.
-No lo dejarás, supongo. Yo no lo permitiré. ¿Qué busca ese hombre? ¿Por qué te dejas sugestionar tan facilmente por él?
Los días siguientes fueron para Osiris largas pesadillas. No quería ver a Ernesto, su hermano del corazón, y su maestro en tantas cosas de la vida. Sentía miedo. Lidia recibía el impacto, y cierta magrez le había zanjado las ojeras. Sin embargo, callaba sus desvelos para no echar más leña al fuego en que se consumía Osiris.
Pero las cosas suceden cuando tienen que suceder. Era inevitable. Sin duda Osiris, sin querer aceptarlo, reconocía en lo más profundo de sí mismo que no eran del todo disparatadas las suposiciones de Ernesto. El no era un impostor, no mentía nunca, jamás trataba de herirlo o molestarlo. Era una autoridad en la materia: egiptología. En consecuencia la preocupación de Ernesto debía ser auténtica.
Aquel funesto día Osiris no encontró en su hijo tanta belleza. Tal vez se convenció de que la iba perdiendo hora tras hora o la había perdido ya del todo; contrariamente a Lidia, ciega de amor por el vástago. Pero esto es sólo una especulación más o menos razonable. Lo cierto es que en ausencia de Lidia, que había salido a hacer compras, la casa ardió en un vómito de llamas que fue imposible apagar luego que Pedrito lloró por primera vez. Porque el llanto del niño, según algunos vecinos, no fue precisamente el llanto de todos los niños. Fue, para decirlo con más propiedad, un estremecedor y, a la vez tierno, mugido.escarabajo

Julio Imbert

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SELLOZZ

JULIO IMBERT

 

Una vida sin fundamentos

gente hablando

Yo estaba sentada tomando un café y leyendo unos poemas que cada tanto releo. A mi alrededor, la mayoría de las mesas estaban ocupadas  y bullían las conversaciones. Se hablaba de todo: deportes, economía, política, moda, espectáculos. Parecían las secciones de un diario.
De pronto unas frases y ciertos tonos de voz me llamaron especialmente la atención. Pronunciaban las palabras con seguridad férrea, con autoridad innegable, como la que brota de la experiencia y el conocimiento.
Mientras tanto, la ciudad, el país, el continente, el planeta todo, se desplazaban en el universo infinito, como bailarines protagonistas de una coreografía estelar e imprevisible.
Tuve que interrumpir la lectura. No pude evitar seguir las alternativas de la conversación. Las voces navegaban por el aire, portadoras de palabras que, como saetas, hacía blanco en los oídos de todos.
-¡Es increíble!
-¡Es inaudito!
-Hoy en día la gente ya no tiene convicciones.
-Uno escucha a una persona decir una cosa y a los dos minutos ya dice otra completamente distinta.
-Hay una total falta de coherencia.
-Se cambia de opinión como de camiseta.
-¿Cómo puede ser que la misma persona responda a la misma pregunta de maneras tan distintas?
-¡Es que la mayoría de la gente vive como una hoja movida por los vientos, sin principios firmes, sin arraigo en una verdad última, sin fundamentos!
-¡O sumergida en un mar de inconsciencia!
-Si seguimos así, este mundo va derecho al caos.
Mientras pronunciaban las últimas frases, se incorporó al grupo un recién llegado y quiso saber qué había ocasionado tanta desazón entre sus amigos. Enseguida le explicaron.
-Mira con disimulo… ¿Ves esa mujer que está ahí, esa con blusa a lunares?
El recién llegado asintió con la cabeza.
-En distintos momentos, cada uno de nosotros se le ha acercado y le ha hecho la misma pregunta. Una pregunta fundamental para conocer la realidad en la que se vive. Y a cada uno le dio una respuenta distinta. ¡Es cosa de locos! ¡A cada uno, una respuesta distinta!
-¿Qué fue lo que le preguntaron?
-Algo simple, básico, elemental: “Por favor ¿me podría decir qué hora es?”.reloj

Adela Basch

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SELLOZZ

ADELA BASCH

El pleito

portada

Esta historia no sé bien si pasó por allá por el 1800 o por el 1900. Don Honorio Cortés, la persona que me la contó en Monte Patria, tampoco estaba muy seguro. Lo que sí es seguro es que pasó y que fue hace mucho tiempo en Cárcamo, un pueblito que queda en Monte Patria, subiendo por la cordillera del Valle del Limarí.
Por esos tiempos, Cárcamo era un casería chico, apenas un villorrio. Los pobladores de esos lugares eran crianceros, y también había algunos que se dedicaban a la agricultura. Hasta que de un día para otro, como por arte de magia, surgió la mina El Plomo.
Con la faena del mineral llegaron desde todos los lugares los hombre -los mineros- y, con ellos, las mujeres y los niños. Se abrieron almacenes, cantinas y fondas, y Cárcamo se convirtió en todo un pueblo.
De lunes a sábado, los hombres arrancaban la riqueza de la tierra a punta de chuzo y pala: sudaban la gota gorda. Pero el domingo se encanchaban con la mejor pinta: sombrerito de paño, ojotas domingueras, faja al ciento y, en el cinto, el puñal. Por la mañana iban a misa y, por la tarde, a las fondas.
De todas las fondas, la mejor y la más grande era la fonda El Pingo. Ahí los mineros habían instalado una costumbre: al que mejor le iba en la semana con la paga -porque había trabajado más duro o porque había tenido mejor suerte -invitaba la primera ronda de cántaros de quilatana.
El asunto es que después de beber esa primera ronda y de comer unos buenos alfeñiques preparaban el arpa, entonaban voz las cantoras, y todos bailaban añaverales.
Durante casi un año, el minero que invitó semana tras semana fue Juan Marín, el más duro para la pega y el de mayor suerte… todos decían que el mineral le caía del cielo. Juan Marín era también el más ligero con el puñal. Por ese tiempo y en ese lugar, la única ley era la del puñal, y todo pleito lo zanjaba la muerte. Los hombres lo lucían en la faja al cinto. Dicen que en la cacha de nácar del puñal hacían una marca, una línea pequeñita, por cada pleito que habían ganado.
En el puñal de Juan Marín había diez marcas. Nadie tenía tantas como él. Diez hombres habían caído en pleitos con él, pero todos sabían que las victorias habían sido justas.
La gente en Cárcamo vivía tranquila, hasta que llegó el afuerino. Era un hombre callado y hosco, de bien vestir, que, en lugar de usar ojotas, llevaba botas. Usaba también puñal, pero la cacha no era de nácar, sino de plata, y no había ni una sola marca en ella. Algunos decían que tal vez este minero jamás había peleado; otros, que tal vez había ganado tantos pleitos que no tenía más espacios donde marcar; y otros, simplemente, que al hombre no le interesaba lucir sus victorias.
Desde que el afuerino llegó, semana tras semana sacó siempre más mineral que los demás y, por consiguiente, más paga que cualquier otro minero, incluso que Juan Marín. Por lo mismo comenzó a invitar la primera ronda de quilatana en la fonda El Pingo.
Seis semanas después, una oscura noche de domingo sin luna, el afuerino estaba frente a la barra de El Pingo repartiendo cántaros del licor, mientras los hombres reían y tomaban con él. Juan Marín, sentado solo en una mesa en un extremo de la fonda, lo observaba.
De pronto, faltando solo un par de horas para la medianoche, Juan Marín interrumpió el bullicio con un grito que remeció el alma de los que estaban ahí.
-¡Afuerino, saque su puñal, iñor; que hace tiempo que no mando uno pa`l infierno!
En la fonda El Pingo se hizo un espeso silencio.
Después de unos segundos, el afuerino volteó, miró fijo los ojos de Marín y sonrió. Juan Marín se levantó de su silla, envolvió lentamente su mano izquierda con la faja y con la diestra aferró el puñal. Se miraron fijamente, inmóviles. Hasta que el afuerino, puñal en mano, se abalanzó sobre Juan Marín. Este esquivó la puñalada, que fue a rasgar el aire.
Los hombres y las mujeres del lugar abieron cancha a la pelea, mientras la cantora, sin saber por qué, comenzó a rasguear el arpa insistente y desafinadamente.
Los dos hombres estaban trenzados en una pelea larga, dura y fea, en la que sus cuerpos iban y venían en una danza que presagiaba muerte, sin que ninguno lograra rasgar el cuerpo de su enemigo.
El roce de sus pies sobre el piso de tierra llenaba de polvo el lugar, y sus puñales rompían con silbidos el aire. En la fonda, brillaba un rumor metálico que hacía temblar a los que miraban.
La fondera, de tanto en tanto, mandaba reponer el aceite de las lámparas para ahuyentar la oscuridad. El pleito tenía ya a Juan Marín sudoroso, sucio y jadeante, mientras que el afuerino lucía extrañamente fresco y limpio. Sin embargo, ninguno de los dos cedía ni vencía.
Cuando era la medianoche y después de largas horas de lucha, la cantora, con los dedos enrojecidos de tanta rasguear el arpa, lanzó un grito angustiante:
-¡Paren esos hombres, por el amor de Dios!
Y en el mismo minuto, justo en el instante en que ella pronunció esas palabras, se escuchó un explosión en medio de los dos hombres. En la fonda El Pingo todo fue humo, polvo, oscuridad, lamentos y un casi imperceptible olor a azufre.
Cuando lograron volver a prender las lámparas, notaron los destrozos que había en el lugar y se encontraron con hombres y mujeres heridos y aterrados. Pero de Juan Marín y del afuerino… ni una seña, ni un rastro; era como si se los hubiera tragado la tierra.
Después de ese día, todo cambió en Cárcamo. La mina se ranció, como dicen los mineros, y no dio ni un gramo más de mineral. Y sin el mineral, se fueron los mineros -los hombres-, y con ellos las mujeres y los niños; se arruinaron las fondas, las cantinas y  los almacenes. Entonces, Cárcamo dejó de ser el pueblo próspero que había llegado a ser.
Con todo eso se comprobó el rumor a voces que corría por todo el Valle del Limarí. Contaban que la mina El Plomo había sido en realidad fruto de un pacto con el mismísimo demonio. Se decía que su dueño había ofrecido al diablo, a cambio de la riqueza, el alma de todo aquel que trabajara ahí, y que sería el mismo mandinga quien fuera a buscarlas.
Por eso si alguna vez van por allá, por Monte Patria, por Cárcamo, por San Lorenzo o por algún otro pueblo en el Valle del Limarí, y les toca una noche de luna negra y  profunda; si desde el cielo y entre los cerros escuchan el chasquido metálico, el ruido inconfundible del golpe de un par de puñales estrellándose enportando facon el infinito, sepan que ese es Juan Marín, quien en el patio del infierno sigue haciéndole collera al diablo para salvar el alma de su gente.

Versión y adaptación libre del relato realizado en el año 2001 por don Honorio Cortés en la comuna de Monte Patria, Valle del Limarí, Norte Chico, Chile.

Patricia Mix Jiménez
Recopiladora 

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PATRICIA MIX JIMÉNEZ

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