¡Hola genios!

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¡Hola genios!

Bienvenidos a mi Página.
Rescatamos aquí para todos, algunas palabras que dice una señora llamada Ivonne Bordelois al referirse al tema de Infancia y Lenguaje.

IVONNE BORDELOIS

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HOJA PARA MENSAJES

Feliz Cumple y gracias por tanto talento y creatividad a disposición de nuestros niños. Felipe.
Feliz Cumple a Zapam Zucum, van mis felicitaciones por poner en marcha y hacer crecer esta hermosa idea. Ale.
Feliz cumple Zapam Zucum. Un abracito para vos y otro para Olguita juntos (porque se ve que se quieren mucho). Decile a ella que le agradezco tu hermosa existencia. ¡Maravilloso todo lo hecho…y aún queda mucho por hacer que será tambíen maravilloso!!! Te abrazo con ternura. Carmen.
Feliz Cumple. Mónica Arraez.
¡Un abrazo enorme Zapam Zucum! Que pases un día genial con tus amigos, los chicos. Quería decirte que me encanta tu caracter loquito y divertido. Y también me gustan y me inspiran los poemas y cuentos que nos contás en tu página. ¡Hasta pronto! Alina.
¡Feliz cumple! desde México. Marisol.
¡Felicidades Zapam Zucum! Ricardo.
¡Felicitaciones a Zapam Zucum y sus hacedores! Aquí Perú.
Muchas Felicidades y ¡gracias por todo lo que nos dan!!!! Cristina.
¡Acá dejo mis felicitaciones por este año cumplido!¡Feliz Cumple y muchos más! ¡Gracias por compartir tantas cosas lindas y siempre con buena onda y tan positiva!
Abrazos y cariños. Viole y Toñita.
Como pasa el tiempo...ya un hermoso año, jugando y contando a los más pequeños y no tanto. ¡FELIZ CUMPLE ZAPAM ZUCUM! Que sigas alegrando siempre con tus historias. Espero que como duende nunca desaparezcas. Te quiero. Vero.
¡¡Hermoso cumpleaños!! y que jamás se agoten tus historias para alegría de todos, te mando un beso duendecito. Mirta
¡Un Feliz Cumple para Zapam Zucum!  Desde La Plata. Sebastían.
Feliz cumpleaños Zapam Zucum. Las hermanas Montillo de Colombia.
De Chivilcoy, Mil Abrazos para Zapam Zucum y sus amigos. ¡Nos llenan de alegría, de placer!!!. Que la maravilla y la magia de sus vidas permanezca!!! Nos llenan el alma!!!. Ana.
Un feliz cumpleaños para La página de Zapam Zucum. Maestro Patagónico Rucoroy.
A la creadora y a ese pequeño duende que se esconde detrás de ella, como espíandonos para saber si soñamos con tantas historias lindas que escriben, les deseo un muy feliz cumple… y por muchos años más. Mirta.
¡Muy Feliz Cumpleaños Zapam Zucum!!!
Muy Zapam cumpleaños Felizzucum
Muy cumple zapaños Felizzucum
Zucum zapaños feliz muy cumple. Che profe.

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El pleito

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Esta historia no sé bien si pasó por allá por el 1800 o por el 1900. Don Honorio Cortés, la persona que me la contó en Monte Patria, tampoco estaba muy seguro. Lo que sí es seguro es que pasó y que fue hace mucho tiempo en Cárcamo, un pueblito que queda en Monte Patria, subiendo por la cordillera del Valle del Limarí.
Por esos tiempos, Cárcamo era un casería chico, apenas un villorrio. Los pobladores de esos lugares eran crianceros, y también había algunos que se dedicaban a la agricultura. Hasta que de un día para otro, como por arte de magia, surgió la mina El Plomo.
Con la faena del mineral llegaron desde todos los lugares los hombre -los mineros- y, con ellos, las mujeres y los niños. Se abrieron almacenes, cantinas y fondas, y Cárcamo se convirtió en todo un pueblo.
De lunes a sábado, los hombres arrancaban la riqueza de la tierra a punta de chuzo y pala: sudaban la gota gorda. Pero el domingo se encanchaban con la mejor pinta: sombrerito de paño, ojotas domingueras, faja al ciento y, en el cinto, el puñal. Por la mañana iban a misa y, por la tarde, a las fondas.
De todas las fondas, la mejor y la más grande era la fonda El Pingo. Ahí los mineros habían instalado una costumbre: al que mejor le iba en la semana con la paga -porque había trabajado más duro o porque había tenido mejor suerte -invitaba la primera ronda de cántaros de quilatana.
El asunto es que después de beber esa primera ronda y de comer unos buenos alfeñiques preparaban el arpa, entonaban voz las cantoras, y todos bailaban añaverales.
Durante casi un año, el minero que invitó semana tras semana fue Juan Marín, el más duro para la pega y el de mayor suerte… todos decían que el mineral le caía del cielo. Juan Marín era también el más ligero con el puñal. Por ese tiempo y en ese lugar, la única ley era la del puñal, y todo pleito lo zanjaba la muerte. Los hombres lo lucían en la faja al cinto. Dicen que en la cacha de nácar del puñal hacían una marca, una línea pequeñita, por cada pleito que habían ganado.
En el puñal de Juan Marín había diez marcas. Nadie tenía tantas como él. Diez hombres habían caído en pleitos con él, pero todos sabían que las victorias habían sido justas.
La gente en Cárcamo vivía tranquila, hasta que llegó el afuerino. Era un hombre callado y hosco, de bien vestir, que, en lugar de usar ojotas, llevaba botas. Usaba también puñal, pero la cacha no era de nácar, sino de plata, y no había ni una sola marca en ella. Algunos decían que tal vez este minero jamás había peleado; otros, que tal vez había ganado tantos pleitos que no tenía más espacios donde marcar; y otros, simplemente, que al hombre no le interesaba lucir sus victorias.
Desde que el afuerino llegó, semana tras semana sacó siempre más mineral que los demás y, por consiguiente, más paga que cualquier otro minero, incluso que Juan Marín. Por lo mismo comenzó a invitar la primera ronda de quilatana en la fonda El Pingo.
Seis semanas después, una oscura noche de domingo sin luna, el afuerino estaba frente a la barra de El Pingo repartiendo cántaros del licor, mientras los hombres reían y tomaban con él. Juan Marín, sentado solo en una mesa en un extremo de la fonda, lo observaba.
De pronto, faltando solo un par de horas para la medianoche, Juan Marín interrumpió el bullicio con un grito que remeció el alma de los que estaban ahí.
-¡Afuerino, saque su puñal, iñor; que hace tiempo que no mando uno pa`l infierno!
En la fonda El Pingo se hizo un espeso silencio.
Después de unos segundos, el afuerino volteó, miró fijo los ojos de Marín y sonrió. Juan Marín se levantó de su silla, envolvió lentamente su mano izquierda con la faja y con la diestra aferró el puñal. Se miraron fijamente, inmóviles. Hasta que el afuerino, puñal en mano, se abalanzó sobre Juan Marín. Este esquivó la puñalada, que fue a rasgar el aire.
Los hombres y las mujeres del lugar abieron cancha a la pelea, mientras la cantora, sin saber por qué, comenzó a rasguear el arpa insistente y desafinadamente.
Los dos hombres estaban trenzados en una pelea larga, dura y fea, en la que sus cuerpos iban y venían en una danza que presagiaba muerte, sin que ninguno lograra rasgar el cuerpo de su enemigo.
El roce de sus pies sobre el piso de tierra llenaba de polvo el lugar, y sus puñales rompían con silbidos el aire. En la fonda, brillaba un rumor metálico que hacía temblar a los que miraban.
La fondera, de tanto en tanto, mandaba reponer el aceite de las lámparas para ahuyentar la oscuridad. El pleito tenía ya a Juan Marín sudoroso, sucio y jadeante, mientras que el afuerino lucía extrañamente fresco y limpio. Sin embargo, ninguno de los dos cedía ni vencía.
Cuando era la medianoche y después de largas horas de lucha, la cantora, con los dedos enrojecidos de tanta rasguear el arpa, lanzó un grito angustiante:
-¡Paren esos hombres, por el amor de Dios!
Y en el mismo minuto, justo en el instante en que ella pronunció esas palabras, se escuchó un explosión en medio de los dos hombres. En la fonda El Pingo todo fue humo, polvo, oscuridad, lamentos y un casi imperceptible olor a azufre.
Cuando lograron volver a prender las lámparas, notaron los destrozos que había en el lugar y se encontraron con hombres y mujeres heridos y aterrados. Pero de Juan Marín y del afuerino… ni una seña, ni un rastro; era como si se los hubiera tragado la tierra.
Después de ese día, todo cambió en Cárcamo. La mina se ranció, como dicen los mineros, y no dio ni un gramo más de mineral. Y sin el mineral, se fueron los mineros -los hombres-, y con ellos las mujeres y los niños; se arruinaron las fondas, las cantinas y  los almacenes. Entonces, Cárcamo dejó de ser el pueblo próspero que había llegado a ser.
Con todo eso se comprobó el rumor a voces que corría por todo el Valle del Limarí. Contaban que la mina El Plomo había sido en realidad fruto de un pacto con el mismísimo demonio. Se decía que su dueño había ofrecido al diablo, a cambio de la riqueza, el alma de todo aquel que trabajara ahí, y que sería el mismo mandinga quien fuera a buscarlas.
Por eso si alguna vez van por allá, por Monte Patria, por Cárcamo, por San Lorenzo o por algún otro pueblo en el Valle del Limarí, y les toca una noche de luna negra y  profunda; si desde el cielo y entre los cerros escuchan el chasquido metálico, el ruido inconfundible del golpe de un par de puñales estrellándose enportando facon el infinito, sepan que ese es Juan Marín, quien en el patio del infierno sigue haciéndole collera al diablo para salvar el alma de su gente.

Versión y adaptación libre del relato realizado en el año 2001 por don Honorio Cortés en la comuna de Monte Patria, Valle del Limarí, Norte Chico, Chile.

Patricia Mix Jiménez
Recopiladora 

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PATRICIA MIX JIMÉNEZ

SELLOZZ

Banda del pueblo

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Eran nueve, en total: ocho hombres y un muchacho de catorce años. El muchacho se llamaba Cornelio Piedrahita y era hijo de Ramón Piedrahita, que golpeaba el bombo y sonaba los platos; Manuel Mendoza soplaba el cornetín; José Alancay, el requinto; Segundo Alancay, el barítono; Esteban Pacheco, el bajo; Redentor Miranda, el trombón; Severo Mariscal sacudía los palos sobre el cuero templado del redoblante; y, Nazario Moncada Vera chiflaba el zarzo.
Cornelio Piedrahita no soplaba aparato alguno de viento, ni hacía estrépito musical ninguno; pero, en cambio, era quien llevaba la botella de mallorca, que los hombres se pasaban de boca en boca, como pipa de la paz, con recia asiduidad, en todas la oportunidades posible. Además, aunque contra su voluntad, el muchacho había de ayudar a conducir el armatoste instrumental del padre, cuando a éste, cada día con más frecuencia, lo vencían los accesos de su tos hética. Era así, imprescindible, y formaba parte prinncipalísima de la banda.
Por cierto que los músicos utilizaban al muchacho para los más variados menesteres; y, como él era de natural amable y servicial, cuando no lo atacaba el mal humor… prestábase de buena gana a los mandados.
La única cosa que le disgustaba en realidad, era alzarse a cuestas el bombo. De resto, dábale lo mismo ir a entregar, hurtándose a los perros bravos y a los ojos avizores, una carta amorosa de Pacheco, que era el tenorio lírico de la banda, a cualquier chola guapetona; o adelantarse, casi corriendo, cuadras y cuadras, al grupo, para anunciar como heraldo la llegada; o, en fin, aventurarse por las mangas yerbosas en busca de un ternero, un chivo, un chancho, o cualquier otro “animal de carne” al que hundía un largo cuchillo que punzaba el corazón, si no era que le seccionaba la yugular… para satisfacer los nueve estómagos hambrientos, en las ocasiones no muy raras, en que “los frejoles se veían lejos”.
Cuanda andaban por las zonas áridas de cerca al mar, Cornelio Piedrahita tenía que hacer mayor uso de sus habilidades de forzado abigeo.
-Estos cholos de Chanduy son unoh fregaoh -decía Nazario Moncada Vera, contando y recontando las monedillas de níquel -Tre`sucreh, hemo`sacao.
Severo Mariscal, que era tan alegre como los golpecillos de su tambor cuando tocaba diana, oponía esperanzado:
-Pero en Sant`Elena noh ponemoh lah botah. ¡Ya verán! ¡Eso eh`gente abierta! Yo hey estao otras vece, en la banda der finao Merquiade Santa Cru…
-¿Er peruano?
-Boliviano era. Le decían peruano, de insulto. Er se calentaba.
-¡Ah!
Redentor Miranda inquiría, angustiado:
-Bueno, ¿y la comida? De aquí a Sant`Elena hay trecho.
Nazario Moncada Vera permanecía silencioso, pensativo. Resolvía, después:
-Me creo de que debemoìr a lo`sitioh; Engunga, Enguyina, Er Manantial, L`Azucar…después tumbamo pa Sant`Elena.
-Como se sea.
Segundo Alancay no se satisfacía:
-¿Y l`agua? ¿Quieresde l`agua?
-En Manantial venden.
-¿Y la plata? ¿Quieresde la plata?
Todo él era dificultades; lo contrario de su hermano José, para quien ni los obstáculos verdaderos merecían reparo.
Manuel Mendoza, sentencioso, sabio de vieja ciencia montuvia, decía la última palabra:
-Pa la seh, lo que hay eh la sandiya… Sandiayh no fartan en estoh lao…
Redentor Miranda insistía:
-Pero, seh no máh no eh lo que siente uno…¿Onde hayamos er tumbe?
Redentor Miranda se parecía, en la facha, a su trombón. Era explicable su ansiedad.
Pero, estaba ahí Manuel Mendoza, oportuno:
-¿Y loh chivo? ¿Onde me dejah loh chivo? No hay plata pa mercarloh…¡Bueno!…, ¿y ónde me dejan a “Tejón macho”? ¿Ónde me lo dejan?
Con esto de “Tejón macho” se refería a Cornelio Piedrahita, que tenía este apodo desde antaño, cuando era chiquitín y vivía aún en su pueblo natal de Dos Esteros.
El muchacho sólo les permitía a Mendoza, que era su padrino, y a Moncada Vera, que lo llamaran por el mote. A los demás les contestaba cualquier chabacanada.
Ramón Piedrahita miraba a su hijo amorosamente con sus ojos profundos, brillosos, afiebrados.
-¡Me lo están dañando ar chumbote!- decía-, ¡Ya quieren que se robe otro chivo!¡Tan envicéandomelo!
Suspiraba y añadía:
-Cuando me muera y naidien me lo vea, va`a parar a la cárcel…
Manuel Mendoza intervenía enérgico:
-¿Y nosotros? ¿Ónde noh deja`a nosotros? ¿Y yo? ¿Ónde me dejah`a mí?
Arrugaba el entrecejo al agregar:
-A voh, compadre, l`enfermedá t`está volviendo pendejo. ¡Y no hay derecho, compadre!
Contando al muchacho, eran siete de la costa y dos de la sierra.
Se habían ido juntando al azar, al azar de los caminos; y, ahora, los unía prietamente un lazo fuerte de solidaridad, que no subía a la boca en las palabras mal pronunciadas, en lo giros errados del lenguaje, en la sintaxis ingenua de su ignorancia campesina; pero que, mucho mejor, se significaba a cada momento en los gestos, en los actos.
INSTRUMENTOFueron, primero tres: Nazario Moncada Vera, Esteban Pacheco y Severo Mariscal. Un zarzo, un bajo y un redoblante.
Hacían unas tocatas infames. A las personas entendidas ocurríaseles, de escucharlos, que se habían desatado en la tierra los ruidos espantosos del infierno o una abierta tempestad de mar de altura.
-Pero, la gente bailaba; ¿verdad, Pacheco?
-¡Claro!
-¡Y dábamoh sereno!
–¡Noh contrataban por la noche! Mi`acuerdo que don Pepe Soto, er mentao “Zambo jáyaro” noh pasó treinta sucreh una veh pa que le tocáramo en una tambarría q`hizo onde lah Martine… ¿conociste noh, Mendoza a lah Martine?
-¿Y meno? ¿Me creeh de que soy gringo? ¿No era lah`entenadah de Goyo Silva que le decían lah “Yegua meladah”?
-Lah mesmah.
-¡Ah!… Corrieron gayo lah doh… La mayor izque vive con un fraile en la provincia… La otra izque se murió de mal…
-Sí… Esa eh la qu`interesaba “Zambo jáyaro”… Camila… No la aprovechó… Una moza que bía dejao por ella “Zambo jáyaro” l`hizo er daño en un pañolón bordao que le mandó a vender con un turco senciyero, d`esos que andan en canoa… El turco arcagüetió la cosa…
-Ahá…
Eran así los recuerdos de la época, ya lejana, de los tres.
-Después te noh`apegaste voh, Mendoza.
-¿Cómo “apegaste”? ¡Rogao ni santo que juí!
-Hum…
-¡Claro!
Reían anchamente las bromas.
-A Redentor Miranda lo cogimo pa una fiesta de San Andréh, en Boca`e Caña.
-Mejor dicho, en el estero de Zapán.
-Como a lagarto.
Tornaban a reír.
-Voh, Piedrahita, te noh`untaste en Daule, pa una fiesta de mi Señor de loh Milagro. Vo`habíah bajado de Dos Estero buscando trabajo.
-Sí…Jué ese año de loh dos`inviernoh que s`encontraron… Ese año se murió la mama de m`hijo… Quedé solo y le garré grima ar pueblo…
Se ponía triste con la memoria dolorosa.
Añadía:
-Er día que me venía a Daule jué que me fregaron… ¡Porque a mí lo que m`hicieron eh daño, como a Camila Martine, la “Yegua melada”!.. Yo no me jalaba con mi primo Tomah Macía, y ese día cuando m`iba embarcar, me yamó y me dijo: “Oiga, sujeto; dejémono de vaina y vamo dentrando en amistá”. “Bueno, sujeto,” le dije yo (porque así noh tratamo con ér, de sujeto), y noh dimo lah mano… En seguida m`invitó unoh tragoh onde er chino Pedro… Y en la mayorca me amoló… Desde entonces no se me arrancan lah toseh…¡Y ve que m`hey curao! ¡Porque yo me hey curao!
Manuel Mendoza cortaba el discurso:
-Ya te lo hey dicho, compadre. Pa voh todavía hay remedio, porque tu mar no`stá pasao. Onde puedah`irte a Santo Domingo de loh Colorao, loh`indio te curan.
-Este verano voy.
Así era siempre… El próximo verano se iba Ramón Piedrahita a curarse de su tos en las montañas de los Colorados… El próximo verano… Pero, no partía nunca… No fue nunca allá… A otra parte se fue…
-Con loh`Alancayeh noh completamo en Babahoyo pa una fiesta de mi Señora de lah Mercede…
-¡Ahá!
Los hermanos Alancay habían bajado desde la provincia de Bolívar, y tenían una historia un poco distinta de las de sus otros compañeros…
images (4)Los hermanos Alancay eran oriundos de Guaranda, y, cuando muchachos, habían trabajado en los latifundios, al servicio de los gamonales de la provincia de Bolívar. Creyendo mejorar escaparon a Los Ríos y buscaron contrato en una hacienda en donde se explotaba madera.
Era la época del concertaje desenmascarado y de la prisión por deudas. Los Alancay, sin saber cómo, se encontraron con que, tras un año de labor ruda y continuada, no guardaban nada ahorrado, apenas sí habían comido, estaban casi desnudos y, para remate, tenían con el patrón una cuenta de cien sucres cada uno.
Acobardados, huyeron de nuevo, rumbo a sus sierras natales. Esperaban que les iría menos mal que en la llanura, a pesar de todo.
Les fue igual, sino peor.
Entrampados, fugaron por tercera vez, encaminándose a Riobamba.
Felizmente para ellos, ardía el país en una guerra intestina, y necesitaban gente fresca en los cuarteles.
Se metieron de soldados. El jefe del cuerpo los defendió cuando la autoridad civil, a nombre de los patronos acreedores, los reclamó.
Zafaron así. La esclavitud militar los libró de la esclavitud bajo el régimen feudal de los terratenientes; y, el látigo soportado encima de la cureña del cañón, a rítmicos golpes compasados por los tambores, en la cuadra de la tropa… los libró del látigo sufrido con más los tormentos de la barra o del cepo Vargas, en las bodegas o en los galpones de las haciendas y sin más música que el respirar jadeante del capataz…
Hicieron la campaña.
Sacaron heridas leves y un gran cansancio, un cansancio tan grande, tan grande, que sentían que ya nada les importaba mayor cosa y que la vida misma no valía la pena.
Esto lo sentían oscuramente, sin alcanzar a interpretarlo; a semejanza de esos dolores opacos, profundos, radiados, que se sienten en lo hondo del vientre y de los cuales uno no acierta a indicar el sitio preciso.
Transcurrió mucho tiempo para que se recobraran, pero, en plenitud, jamás se recobraron.
En la paz cuartelera aprendieron música por notas. Llegaron a tocar bastante bien en cualquier instrumento de soplo, las partituras más difíciles, con poco repaso. Las composiciones sencillas las ponían a primera vista.
Entonces, ser de la banda era casi un privilegio, y los soldados se disputaban porque los admitieran al aprendizaje de la música.
Los Alancay se consiguieron sus barraganes entre las cholas que frecuentaban los alrededores del cuartel. Junto con las demás guarichas, sus mujeres seguían al batallón cuando, en cambio de guarnición, era destacado de una plaza a otra.
Los dos hermanos se consideraban, ya, casi venturosos; yendo de acá para allá, conociendo pueblos distintos y viendo caras nuevas.
El rancho era pasable; tenían hembras para el folgar, dinero al bolsillo, ropa de abrigo y el trabajo era soportable y les agradaba hacerlo.
¿Qué más?
Pero, de su tranquilidad los desplazó bruscamente la noticia de otra revolución.
El ambiente cuartelero no los había militarizado, y guardaban, vivo y perenne, el recuerdo de la anterior campaña.
Por eso, al saber la orden de movilización de su unidad, desertaron.
A prevención, lleváronse dos instrumentos, los que más a mano toparon: un requinto y un barítono; pero, como en pago, abandonaron sus guarichas al antojo de los compañeros.
Erraron meses y meses por las montañas, perdidos a veces, miserables, hambrientos, pero satisfechos de estarlo antes que arrostrar las penurias y los peligros de la campaña contra los montoneros, que hacían una destrozadora guerra de guerrillas.
En las aldeúcas de  indios, en los sitios de peones, tocaban el requinto y el barítono, acompañándose como podían. Después, recogían las moneditas.
Eran casi mendigos.
Un día, en Babahoyo, toparon con la banda popular que ya por entonces dirigía Nazario Moncada Vera.
Les propuso éste que ingresaran en ella, y los Alancay gustosísimos, aceptaron.
Aún cuando los hermanos Alancay eran los que más sabían de música y dirigían  y enseñaban a los demás, la jefatura la conservó siempre, aún por encima del viejo Mendoza, Nazario Moncada Vera.
Éste se decía nacido en la proximidades de Chone y pretendía ser de una familia de bravos yaguacheños que siguieron al general Montero en todas sus aventuras, completándole las hazañas. Aseguraba que, en un solo combate, pelearon con el partido del general nada menos que siete Moncadas, formando parte de la famosa caballería.
-Yo no hey arcanzao esoh tiempoh… A mí me tocó la mala, cuando jué la de perder, en la cerrada de Yaguachi… Ahí m`hirieron en un brazo… Una bala me pasó tocando…
En efecto; Nazario Moncada Vera era casi inválido de un brazo, a cuya circusntancia atribuía sus dificultades con el instrumento.
-Anteh tocaba mah mejor. Yo he sido músico de línea, como loh`Alancayeh…
Contaba que en la acción de Yaguachi, ya herido, hubo de ocultarse huyendo del enemigo, debajo del altar de San Jacinto, en la iglesia parroquial, y que, en su escondrijo permaneció dos días sin poder salir.
-Noh cazaban como a zorroh… Onde noh garraban, noh remataban a culeta limpia…¡Eso era coco!… Ahí, voh Mendoza, que te la dah de macho, te bierah cagao loh carzoneh…
Parecían tener sus “picos pendientes” con Mendoza, porque frecuentemente se echaban chinitas.
El viejo decía:
-¡No me caracolehh! ¡Tirámela en paro, que yo te l`aguanto!
Reían y no ocurría nada.
De Moncada Vera se referían en voz baja historias poco edificantes.
-Comevaca ha sido.
-En la cárcel de Guayaquil estuvo.
-Pero jué por político.
-¿Y en Galápagoh? ¿Por qué`stuvo en Galápagoh?
-¡Por comevaca, pueh!
-No.
-Auto motivado tiene…
-¿Y cómo no lo garra la Rurar?
-¿No lo saben? Lo defendió un`abogao gayazo… Cuando le cayó auto motivado, lo hizo pasar por muerto y presentó er papel de la defunción como que había muerto en Baba… No se yama Nazario… Fermín se yama… Y er dice ahora que Fermín era su hermano y que eh finao… ¡Pero, loh que sabemos, sabemos, sabemos!
-¡Ah!
Sea como fuere, Nazario Moncada Vera hablaba mucho de su pasado. Mas, es lo cierto que a menudo se contradecía.
Mostrábase orgulloso de su origen, y este lado flaco se lo explotaba el viejo Mendoza.
-Todo yaguacheño, amigo, lo que eh… eh ladrón…
-¡Mentira!
-¿Y er dicho? ¿Onde me dejah`er dicho? ¿Qué dice er dicho? “Anda a robar a la boca`e Yaguachi…” ¿Dice u no dice?
-¡No me lah rasqueh`en contra, Mendoza!
En otras ocasiones se gloriaba de sus paisanos ribereños, que antaño fueron temidos piratas de río.
-¡Eso eran hombreh, caray!
Nazario Moncada Vera sabía tanto de monte como el propio Mendoza y más que los otros compañeros.
Poseía, sin duda, el don de los caminos, y resultaba un guía infallable. Era, en una sola pieza, brújula, plano topográfico y carta de rutas. De Quevedo a Balao o de Boliche a Ballenita, no había fundo rústico, o poblado, por chico que fuera, donde careciera de relaciones y no conociera, por lo menos, a alguno o a sus antecesores. En todas partes tenía amigos, compadres, o “cuñados”.
He aquí una escena.
Llegaba a la noche la banda a una casuca pajiza, “aflojada en media sabana como cabuyo d`engorde”.
Ladraban los perros.
Arriba apagaban el candil, y la casa quedaba cutelosamente a oscuras.
Moncada Vera gritaba:
-¡Amigo!
Silencio.
-¡Amigo!
Silencio.
Al fin aburrido decía:
-No sean flojoh… ¡Soy yo, Moncada Vera, con la banda`e música!
Arriba notábase un movimiento apenas perceptible. Alguien se parapetaba tras la ventana entreabierta. Veíase, en la oscuridad, rebrillar el filo del “raboncito” o el cañón de la “garabina”
Y después de unos instantes, una voz jubilosa daba la bienvenida.
-¡Adioh, compadre Nazario!
-¿No me conocían?
Con la escurana, no, compadre. Dispense. ¡Y como hay tanto mañoso! Suba, compadre, con loh caballero…
Sucedía que, al cabo de los años, Nazario Moncada Vera había hallado a su compadre Remanso Noboa, con quien, de seguro, habrían estado mucho tiempo juntos en alguna parte, y con quien harían, mano a mano, memorias de las pellejerías que , juntos también, le habrían hecho a alguna mujer o algún hombre…
-¡Vea como son lah cosah!
Podía ser otra escena.
Estaba la banda en una aldea enfiestada. Nazario Moncada Vera necesitaba un caballo “pa`un menester urgente”.
Pasaba un joven jinete:
-¡Oiga amigo!
El jinete se revolvía.
-¿Que se l`eofrece?
-¿No eh`usted de loh Reinoso de la Bocana?
-No; soy de loh`Artega de Río Perdido.
-¿Ah…! ¿Hijo`e Terencio?
-No; de Belisario.
-¡Ah!…¿ De mi cuñao Belih…? ¡Ahí`stá la pinta!
Después de poco, Nazario Moncada Vera, trepado en el caballo del desmontado jinete, iría a despachar su asunto, dejándolo al otro a pie y satisfecho de servir al “cuñado” de su padre.
Estas condiciones de Nazario Moncada Vera obraban, sin duda, para mantenerlo a perpetuidad en la jefatura de la banda.
Casi no se separaban los músicos.
En ocasiones, alguno de ellos quedábase cortos días en su casa, de tenerla, con los suyos, o, sino, en la de algún pariente o amigo.
Los que escondían por ahí su “cualquier cosa”, eran quienes mayor tiempo disfrutaban de vacaciones.
En especial, Severo Mariscal.
Nazario Moncada Vera le decía, cuando el del tambor le comunicaba su intención de “tomarse una largona”:
-¡Ya va`empreñar arguna mujer, amigo! ¡Usté eh`a la fija!
Y era así, infallable.
A los nueve meses de la licencia había en el monte un nuevo Mariscal.
Severo se gloriaba:
¡Pa mí no hay mujer machorra!
La verdad es que tampoco había, para él, mujer despreciable: de los doce años para arriba, sin límite de edad…
-Lo que hay que ser eh dentrador -repetía.
Cuando tratábase de una chicuela, se justificaba diciendo:
-La carne tierna p`al diente flojo.
Cuando ocurría lo contrario, decía:
-No crea, amigo, gayina vieja echa güen cardo… O también:
-Eh er güeso que da gusto a la chicha…
Se burlaba de Esteban Pacheco, cuyos amores eran casi todos platónicos.
Lo aconsejaba:
-¡Dentra, Pacheco! A la mujer hay que dentrarle. Reía.
-A mí no se me pasan ni la comadreh…
Pacheco argüía. tímido:
-Te vah`a fregar.
-Yo me limpio con la vaina de loh castigoh.
images (9)Al oír estas discusiones, Manuel Mendoza terciaba, según constumbre, inclinándose siempre a favor de Severo Mariscal, en contra de Estaban Pacheco.
-¡Déjalo, Severo! -decía. A Pacheco no le agrada máh bajo que su estrumento.
Y reía con su risita aguda, que era -según expresión de Redentor Miranda- “calentadora”…
En la temporada seca, la banda iba generalmente completa.
-P`al invierno, bueno que gorreen…pero p`al verano hay que ajuntarse -decía Nazario Moncada Vera.
-Cierto. Eh que en verano caí toda la fiestería…
Apenas se les escapaba fiesta alguna de pueblo, por apartado que estuviera de las vías de comunicación más transitadas; y, no sólo en la provincia del Guayas, sino en la de Los Ríos y aun en la parte sur de la de Manabí, en las zonas que colindan con la del Guayas.
Sobre todo, eran infaltables en las más importantes: Santa Ana, de Samborondón; San Lorenzo, de Vinces; San Jacinto, de Yaguachi; Santa Lucía, de Santa Lucía; la Virgen de las Mercedes, de Babahoyo; el Señor de los Milagros y Santa Clara, de Daule; San Pedro y San Pablo, de Sabana Grande Guayaquil; San Antonio, de Balao; la Navidad, del Milagro…
El año anterior a la muerte de Ramón Piedrahita, fueron por primera vez a Guayaquil, para celebrar la Semana Santa en la barriada porteña de la iglesia de La Victoria. Les fue bien y pensaban volver al año siguiente.
La banda era número de importancia en los programas pueblerinos. En los anuncios que, suscritos por el prioste o encargado, aparecían en los diarios guayaquileños invitando “a los devotos, turistas y público en general a contribuir con su presencia a la solemnidad de la fiesta”; se decía al pie de los datos sobre lidia de gallos, carrusel de caballitos, circo, carrera de ensacados, etc, que amenizaría los actos “el famoso grupo artístico musical que dirige el conocido maestro Nazario Moncada Vera, con sus reputados profesores, poniendo las mejores piezas de su numeroso y selecto repertorio, tanto nacional como extranjero”.
Era, en verdad, nutrido el repertorio. No había pasillo que la banda no tocara: desde el remoto “Suicida” hasta “Ausencia”, pasando por “Gotas de ajenjo”, “Alma en los labios”, “Ojos verdes”, “Vaso de lágrimas”, “Mujer Lojana”, etc., es decir, por toda la abundante flora de esas composiciones populares.
En materia de valses, la banda prefería “Loca de amor”, “Sobre las olas”, “Sufrir y más sufrir”, “Idolatría” y otros semejantes.
No figuraba en la lista de piezas más tangos que “Julían” y “Muchacha del circo”; pero los Alancay habían cambiado de tal modo los compases, que ya de tangos sólo les restaba el nombre y podían ser bailados como el más atrafagado y saltarín de los pasillos.
También se tocaba sanjuanes andinos, en especial, uno que comenzaba:
San Juanito, nito,
De Pulí, pulí…
¡Sácate los ojos!
¡Dámelos a mí!
Zambas, rumbas, marineras, chilenas, boleros, de todo había en el repertorio; pero con estas piezas ocurría, poco más o menos, lo que con los tangos. Para las serenatas, los músicos escogían canciones, de esas viejas canciones cuyo origen se ha perdido en la no escrita historia  de los campos, y las que, si bien algunas fueron traídas de Cuba o Yucatán en el pasado siglo, remontan su origen, en la mayoría, a la época colonial y calentaron de amor la sangre criolla de las bisabuelas…
Para acompañar los entierros de los montuvios pudientes, dedicaban una suerte de pasodoble tristón, en el que introducían, alterando contextura, trozos de sanjuanes, de bambucos y aun de jotas aragonesas…
Cuando “alzaban a Santo” en la misa mayor de las aldeas enfiestadas, la banda entraba por una machicha brasileña que los Alancay aprendieron en el cuartel y enseñaron luego a sus compañeros.
Habia también machicha en la ceremonia del descendimiento del ángel, para la Pascua de Resurrección: el ángel -representado siempre por la más guapa chica del pueblo- bajaba, atado de una soga encintada a la espalda, desde la ventana más alta del campanario, sobre el perfil de la iglesia… Callados los sones de la música, anunciaba a las pávidas gentes que Dios, aunque pareciera mentira, estaba vivo y más robusto que nunca después de su crucifixión y entierro… Los cohetes y las palomitas de colores -debidos a la munificencia de los chinos acatolicados- expresaban luego el júbilo de los circunstantes por la extraordinaria noticia… Y, de nuevo la machicha brasileña.
Finalmente, la banda sabía el himno nacional ecuatoriano y una arrancada rapidísima, a paso de polea, con intermedio de ataque.
Nazario Moncada Vera decía que esta arrancada, que él calificaba de marcha guerrera, fue la última que tocaron las fuerzas militares revolucionarias en la rota de Yaguachi.
La banda utilizaba todas las vías posibles para trasladarse de un punto a otro.
Ora viajaban los músicos en lanchas o vapores fluviales, en segunda clase, sobre las rimas de sacos de cacao para exportación o junto al ganado que se llevaba a los camales; ora, en piraguas ligeras, que navegaban en flotillas apretadas; ora, en canoas de montaña, a punta de palanca contra corriente, o a golpe de remo, a favor en las bajadas; ora, por fin alguna vez, en las balsas enormes que se deslizan por el río, al capricho de las mareas, conduciendo frutas, desde las lejanas cabeceras, para los mercados ciudadanos.
Cuando incursionaban en las poblaciones de junto a la mar viajaban en balandras; y, cierta ocasión que los contrataron para una fiesta en Santa Rosa, en la provincia de Oro, se embarcaron a bordo de un caletero.
Pero, por lo general, marchaban a pie por los caminos reales o por los senderuelos de las haciendas; y, muchas veces, abriendo trochas en la montaña cerrada.
Cuando la noche o la lluvia se les venía encima, buscaban un refugio cualquiera: bien se apelotonaban bajo un árbol frondoso; bien bajo un galpón o cobertizo; bien en alguna choza abandonada, de ésas que suelen hacer los desmonteros de arroz para el pajareo y la cosecha,  y los madereros para el corte.
Eso no ocurría con frecuencia: casi siempre Nazario Moncada Vera arreglaba el intinerario de tal modo que hicieran noche en algún pueblo o hacienda, o, siquiera, en la casa de alguna persona acomodada que les prestara hospedaje gratuito.
Precisamente, alojados en una de estas mansiones rurales – en la de los Pita Santos, de Boca de Pula – se encontraban la tarde en que murió Ramón Piedrahita.
Este acontecimiento doloroso cerró una etapa de la historia sencilla de la banda, y abrió otra nueva.
Lo anterior a ese acaecido pertenece al pasado; el presente sigue, desde entonces.. y seguirá.. manso, sereno e igual.
Las cartas amorosas de Pacheco… Las conquistas de Severo Mariscal y los hijos consecuentes… La ciencia montuvia de Mendoza… Las dificultades de Segundo Alancay… El hambre insaciable de Redentor Miranda…Lo mismo, exactamente, lo mismo.
Continuará de aventura la banda por los caminos del monte. Irán los músicos en busca de fiestas poblanas, que alegrar con su alharaca instrumental, de entierros, que acompañar, de serenatas que ofrecer, de ángeles que ver descender, no del cielo, pero de la ventana más alta de los campanarios rurales… Irán en busca de todo eso; mas, irán también, con eso, en busca del pan cotidiano… que los hombres hermanos se empeñan en que no dé la tierra generosa para todos… sino para unos cuantos.
Cuentan el tiempo los músicos por el triste acaecido de la fuga del compañero tísico que sonaba el bombo roncador y los platillos rechinantes.
-Eso jué anteh de que se muriera Ramón Piedrahíta…
-No; jué después…Ya lo`bía reemplazado “Tejón macho”… Màcuerdo porque en Juján no pudimos tocar el hinno nacional…”Tejón macho” no lo`bía prendido todavía…
-De verah…
Era el atardecer.
images (6)Los últimos rayos del sol -“que había jalao de firme, amigo” -jugueteaban cabrilleos en las ondas blancosucias del riachuelo.
Redentor Miranda dijo, aludiendo a los reflejos luminosos en el agua:
_¡Parecen bocachicos nadando con la barriga p`encima!
-Manuel Mendoza fue a replicar, pero se contuvo.
-¡Hasta la gana de hablar se le quita a uno con esta vaina! -murmuró.
Iba el grupo silencioso, por el sendero estrecho que seguía las curvas de la ribera, hermanando rutas para el trajinar de los vecinos.
A lo lejos – al fin del camino- distinguíase el rojo techo de tejas de una casa de hacienda, cobijada a la sombra de una frutaleda, sobre cuyos árboles las palmas de coco, atacadas de gusano, desvencijaban sus estípites podridos, negruzcos, ruinosos…
-¡Bay! Esa eh la posesión de loh Pita Santoh.
-La mesma.
-¿Arcanzaremo a yegar?
-Humm…
Hablaban bajito, bajito… Susurraban las palabras.
-Er tísico tiene oído de comadreja.
Esteban Pacheco preguntó ingenuamente:
-¿Tísico, dice? ¿Pero eh que Piedrahita ta`fectao? ¿No decían que era daño?
Nazario Moncada Vera lo miró.
-¡No sea pendejo, amigo! -replicó- Los`ojo si`han hecho para ver…¿Usté ve u no ve?
Ramón Piedrahita no podía más.
Iba casi en guando, conducido por Severo Mariscal y Redentor Miranda.
Delante marchaba su hijo, lloroso, con el bombo a cuestas… Pero, ahora iba el muchacho casi contento de llevarlo… Pensaba, vagamente, que debería haberlo llevado siempre. Y querría, que pesara más, mucho mas…
A cada paso se revolvía:
-¡Papá! ¿Cómo se siente, papá? ¿Se siente amejorado, papá? ¡Papá!
Ramón Pidrahita no respondía. Hubiera, sí, deseado responder. Se le advertía en el gesto de la faz lívida, demacrada, mascarilla de cadáver.. un desesperado esfuerzo por hablar… Pero , no hablaba…Hacía una hora que no hablaba ya…
Manuel Mendoza reprendía al muchacho:
-¡Ve que mi ahijao! ¡Se fija que mi compadre`stá debilitao y le hace convesación! ¡Deja que se recupere!
Los demás sonreían a hurtadillas, lúgubremente.
Hacían los Alancay la retaguardia del grupo. Cambiaban frases entre sí y con Mendoza, cuando éste se les acercaba para satisfacer su ración de charla inevitable.
-A mi naidien me convenció nunca jamás de que el Piedrahita estaba maliado. ¡Picado del pulmón estaba!
-Yo ni me le apegaba, por eso. De lejitos…
Mendoza terciaba magistralmente:
-Ustedeh, como no son d`estoh laoh, no saben esta cosa de loh maleh que li hacen ar cristiano… Puede que mi compadre tenga picao er pulmón, no digo de que no; pero, ha de ser que Tomáh Macía, que jué er que lo jodió, le metió arguna poliya en la mayorca… ¿No li han oído cómo cuenta?
Los Alancay otorgan, respetuosos:
-¡Así ha de ser, don Mendoza! Cuando usted lo afirma…
-¡Vaya que lo firmo!
Nazario Moncada Vera iba de un lado para otro.
-¡Apúrense! Noh va^garrar la noche. ¡Ese hombre necesita tranquilidá!
Se acercó a los que conducían a Piedrahita.
-Háganle, mah mejor, siya e mano. Arrecuéstenlo un rato en er suelo para que se acondicionen y el enfermo se entone.
Miranda y Mariscal depositaron sobre una cama de yerbas el cuerpo exánime de Piedrahita.
Todos lo rodearon.
Tenía ya el pobre la respiración estertorosa de la agonía. Cuando abría los ojos, buscando ansiosamente al hijo, se le clavaba la mirada vidriosa de las pupilas medio paralizadas. Tosía, aún,… Era la suya una tos seca, que parecía salir sólo de la garganta; una tos chiquita, apenas perceptible… absurdamente semejante al arrullar de la paloma de Castilla en los nidales altos.
Nazario Moncada Vera llamó aparte a Mariscal y a MIranda.
-De que repose un rato -ordenó-, li hacen la siya e mano… pero, anden con cuidado… cuando tuesa, revuelvan la cara pa que no leh sarpique la baba…
-¡Ah!…
-No eh que yo sea asquiento; pero, la enfermedá eh la enfermedá… El hombre que va a morir, suerta toda la avería que tiene adentro…
Ramón Piedrahita se había agravado de un momento a otro. Hasta el día anterior, aún se valía de sus piernas. Fatigábase, pero avanzaba.
Habían procurado dejarlo en varias partes, mas él quería seguir, seguir…
Decía:
-Déjenme yegar onde Malasio Vega. Ese hombre me sana.
Malasio Vega era un curandero famoso, cuya vivienda estaba a cuatro horas a caballo, justamente, de la casa de los Pita Santos, a donde ahora se aproximaba el grupo.
Ramón Pidrahita ya no pensaba en los indios brujos de Santo Domingo de los Colorados. Se contentaba con que lo “medicinara” Malacio Vega…
-¡Milagro`hace! Jué er que sarvó a Tiburcio Benavide, que`staba pior que yo…
-¡Ahá!…
Los compañeros no se atrevieron a negarle a Piedrahita la satisfacción de su empeño. Y siguieron adelante.
Comentaban:
-No avanza.
-Onde loh`Arriaga se noh queda.
-Pasa. Onde loh Duarte, tarvéh.
-No; máh lejo…
-¿Onde?
-Onde loh Calderoeh…
-No; onde loh Pita Santoh no máh…
Esto lo dijo Nazario Moncada Vera. Y adivinó.
-Máh mejor que sea ayí, a lo meno si está mi compadre Rumuardo…
-Quién sabe está en lah lomah con er ganadito…
-No; al`hijo grande manda. Er se queda reposando y ya`stá viejo mi compadre Rumuardo.
-¡Ahá!
Y ahora estaban ahí, en las inmediaciones de la hacienda de los Pita Santos, con el moribundo.
-¡Ni qui`hubiera apostao conmigo pa`hacerme ganar! -repetía Nazario Moncada Vera.
Después de un rato ordenó:
-¡Cárguenlo!
Y en la oreja de los conductores, musitó recalcando el consejo de antes:
-Cuando tuesa, viren la cara pa que no los atoque er babeo.
Lentamente -“como procesión en plaza`e pueblo chico” -, adelantó el grupo hasta la casa de los Pita Santos, en cuyo portal hizo alto.
Nazario Moncada Vera gritó:
-¡Compadre Rumuardo!
Rumuardo Pita Santos se asomó a la azoteilla que se abría en un ala del edificio
-¡Vaya compadre! -exclamó en tono alegre- ¡Feliceh los`ojo que lo ven, compadre!
En seguida, inquirió:
-¿Y qué milagro eh por aquí en mi modesta posesión?
Moncada Vera respondió, muesqueando un guiño triste:
-Por aquí, compadre, andamo con er socio Piedrahita que siíha puesto un poco adolecente… Y venimo pa que noh dé usté una posadita hasta mañana…
-¡Cómo no, compadre! Ya sabe usté que ésta eh su casa.
-¿Ónde noh`arreglamo, compadre?
-Arriba no hay lugar, porque tenemos posanteh: unoh parienteh de su comadre, que han venid a`hacerse ver con Malasio Vega… Pero, abajo, en la bodega pueden acomodarse.
-Onde se sea.
-Dentre, pueh, compadre, con la compañía; que yo vi`hacerle prepara un tente-en-pié p`al cansancio que tren…seguro…
-¡Graciah, compadre!
Ramón Piedrahita fue colocado en unos gangochos, sucios de cáscaras de arroz y café, sobre el suelo de tablas de la bodega. Una vieja montura sirvió para almohada. Encima del cuerpo le echaron un poncho.
La mujer de Rumuardo Pita Santos -ña Juanita, una cincuentona robusta y guapota-, bajó a apersonarse del enfermo.
Cornelio Piedrahita quedóse a la cabecera de su padre; pero, los músicos no entraron en la bodega, sino que se encaminaron a la orilla del río, y en el elevado barrancal se fueron sentando, uno al lado del otro, enmudecidos, junto a los enmudecidos intrumentos.
Por un instante, las miradas de todos convergieron en el gordo bombo que Cornelio Piedrahita dejara abandonado en el portal.
En lo íntimo se formularon pregunta semejante:
-¿Quién lo tocará después?
Pero no se respondieron.
Transcurrieron así muchos minutos, una hora quizás. Las sombras se habían venido ya cielo abajo, sobre la tierra ennegrecida, sobre las aguas ennegrecidas…
En la bodega estaba ahora, además de ña Juanita, sus hijas: tres chinas de carnes del color y la dureza de los mangles rojizos… No obstante la amargura que los embargaba, al contemplarlas Esteban Pacheco resolvió escribirles, aun cuando fuera a la tres, una carta de amor, y Severo Mariscal creyó que había en ellas campo abonado para el florecimiento de nuevos Mariscales…
Mas, las muchachas ni los saludaron, siquiera. Penetraron, de prisa, en la bodega para acompañar a su madre y ayudar al enfermo a bien morir. Era a esto que había bajado, porque se escuchaban sus voces que rezaban los auxilios…
Decían:
-¡Gloriorísimo San Miguel, príncipe de la milicia celestial, ruega por él! ¡Santo Ángel de su guardia; glorioso San José, abogado de los que están agonizando, rogac por él!
Después rezaron letanía. La madre invocaba; las hijas coreaban…
-San Abel…Coro de los Justos…San Abraham…Santos Patriarcas y Profetas… San Silvestre…Santos Mártires…San Agustí…Santos Pontífices y Confesores… San Benito…Santos Monjes y Ermitaños…San Juan…Santa María Magdalena…Santas Vírgenes y Viudas…
-¡Rogac por él!…¡Rogac por él!…¡Rogac por él!…
Mas tarde recomendaban su alma:
-¡Sal en nombre de los Ángeles y Arcángeles; en nombre de los Tronos y Dominaciones; en nombre de los Principados y Potestades; en el de los Querubines y Serafines!…
Esto fue lo último. Cesaron las voces.
Los músico se estremecieron.
Apareció en el umbral de la puerta de la bodega, la figura de ña Juanita.
-¡Ya`cabó! -dijo.
Prendido a su falda, Cornelio Piedrahita, ahora más pequeño. vuelto más niño, sollozaba…
-¡Papá!…¡Papá!…
Nada más.
Los músicos guardaron su silencio.
Y transcurrieron nuevos minutos. Parecía como si todas las gentes hubieran perdido la noción del tiempo.
Y, de improviso, sucedió lo no esperado:
Uno de los hombres -después se supo que fue Alancay , el del barítono-, sopló en el instrumento. El instrumento contestó con un alarido tristón.
Los demás músicos imitaron inconscientemente a su compañero.. Se quejaron con sus gritos peculiares el zarzo, el trombón, el bajo, el cornetín…Y, a poco, sonaba a pleno, aullante, formidable de melancolía, un san-juan serraniego…Mezclábase en él trozo de la marcha fúnebre que acompañaba los entierros de los montuvios acaudalados y trozos de pasillos dolientes…
Lloraban los hombres por el amigo muerto, lloraban su partida; pero, lo hacían, sinceros, brutalmente sinceros, por boca de sus instrumentos, en las notas clamorosas…
Mas, algo faltaba que restaba concierto vibrante a la música: la armonía acompasadora del bombo, el sacudir richinante de los platos.
Faltaba.
Pero, de pronto, advirtieron los músicos que no faltaba ya.
Se miraron.
¿Quién hacía romper su calma al instrumento enlutado?
-¡Ah!…
Cornelio Piedrahita golpeaba rítmicamente la mano de madera contra el cuero tenso…
-¡Ah!…
Arriba, Romuardo Pita Santos, desentendido del muerto, se preocupaba exclusivamente del tente-en-pié.
Hablándole a un peón, decía:
-Búsqueme, Pintado, unah gayinah gordah. Hay que hacer un aguao.Eh lo máh mejor pa un velorio… Después va`comprarme café pa destilar, onde er guaco Lópeh…¡Ah, y mayorca! Un trago nunca está demás.
Cuando oyó la música que sonaba en el barranco, exclamó:
-Han garrao estoh gayoh la moda de la sierra…¡Bueno!—Que haiga música…Pero, baile no aguanto…Cuando se baila a un muerto, se malea la casa.
Dirigiéndose a una mujer que animaba el fuego del fogón con un enorme abanico, exigió confirmación:
-¿Verdá, comadre Inacita, usté que eh tan sabedora d`eso?
La interpelada constestó convencida:
-Así eh don Pita.
Abajo las mujeres musitaban rezos junto al comedor.
La música cesó:
Las últimas notas las dieron unas lechuzas que tenían su nido en el alero del edificio.
Al oír los chirridos de los animaluchos, el viejo Manuel Mendoza comentó:
-Esah son lah que han  cortao la mortaja pa mi compadre Piedrahita…¡Desgraciadah!…
Como los pajarracos continuara en sus lúgubres gritos, mientras revoloteaban sobre la casa, agregó:
-Y sigue er vortejeo…Leh ha sobrao tela pa otra mortaja, se ve… Santigüensen, amigoh, no sea que noh atoque a arguno de nosotroh…¡Mardita sea!images (13)
Todos, incluso Nazario Moncada Vera, se persignaron, contritos…

José de la Cuadra

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SELLOZZ
JOSÉ DE LA CUADRA

Las vicuñitas de Coranzuli

VICUÑAS

-Mirá, mirá, las vicuñitas allá -señalaba exaltado Damián con el brazo extendido en dirección al cerro.
-¿Dónde? preguntó Demetrio.
-Mirá pa´la cumbre, justito ahí…
Y efectivamente, como si caminasen por el filo de la cumbre, recortadas contra un claro cielo más blancuzco que azul, se las veía. ¿Cuántas eran…? ¿Cuatro, cinco, quizá seis o siete…? Las más tímidas no se dejarían ver…
-Vamos -propuso Damián entusiasmado.
-¿A qué pues? Si cuantito se acerquemos se van a disparar.
-No, no, son buenitas
-¿Y cómo lo sabés?
-No sé, pero son mansitas.
Demetrio observó de reojo a su hermano menor y guardó silencio. Luego volvió a mirar hacia el lejano allá de las vicuñas.
Parecía que, a su vez, los animalitos los observaban a ellos, con la misma curiosa ansiedad.
-Vamos, te digo…- insistió Damián.
-Meta, pero despacito, de no se van a espantar.
Y comenzaron a ir.
Las vicuñas, inmóviles, permanecían en el mismo lugar.
¿Serían reales…? Como estatuas de sal. Blancas, brillantes, Hasta que un macho, seguramente el guía, movió ligeramenta la cabeza y entonces supieron que no veían visiones.
-Pará un poquito -se detuvo jadeante Demetrio-. Casi no puedo respirar.
Damián se detuvo y miró a su hermano. Él parecía sufrir menos el aire enrarecido. Se apoyó de espaldas contra un pedrón y dirigió su vista a las vicuñas.
-Ahí nomás están -comentó para sí mismo.
Demetrio tragaba aire con la boca entreabierta.
-Sigamos -dijo a los pocos minutos.
Damián trepaba usando sus manos. Quizá por eso se fatigaba menos y avanzaba más. De tanto en tanto se detenía para comprobar si su hermano lo seguía. Demetrio iba quedando más y más abajo, más y más atrás.
Hizo un alto y las pudo distinguir nítidamente. Las vicuñas se movieron apenas. Le hizo señas a Demetrio para que se detuviese y se llevó el índice a los labios.
Espero un ratito. Las vicuñas debían verlo a él, mejor que él a ellas. Seguían en el mismo lugar.
images (4)Respondiendo a un impulso, Damiám cubrió, sin pausas, el trecho que lo separaba de la cumbre. Muy cerca se detuvo.
Las vicuñas retrocedieron ligeramente, dándole el frente; pero no se alejaron. Damián las veía temblar. Aguardó.
Las vicuñitas también parecían esperar.
Se les fue acercando muy, muy lentamente y cuando estaban casi al alcance de su mano, se sentó muy cerca de ellas.
Y le pareció que debajo de él la sierra de Incahuasi temblaba ligeramente. Las vicuñas se inquietaron.
Algunas piedras rodaron, lentas, ladera abajo. Damián buscó a su hermano. Estaba muy cerca ya, y no le había pasado nada.
-¿Qué es? -musitó Damián.
-No sé; pero se me hace que ha temblao la tierra… 
Observaron a su alrededor. Las vicuñas se alejaron algunos metros de la cumbre. No se notaba nada extraño. Salvo el cielo muy blanco; salvo el aire, muy quieto. Y el silencio…
-Apurate -lo instó Damián. Demetrio trepó hasta alcanzarlo.
-Sigamos a las vicuñitas- le propuso.
-¿Por qué? -quiso saber Demetrio.
-No sé; pero eso están queriendo.
Y parecía; efectivamente, que los animalitos esperaban por ellos. Demetrio se decidió y traspasaron la cumbre.
Las vicuñas continuaban alejándose.
El cerro volvió a temblar.
-¡Vamos, vamosé tras de ellas! -y Damián echó a correr.
Demetrio corrió también en pos de su hermano que corría, alejándose de laimages (3) cumbre, detrás de las vicuñas. Y repentinamente estalló como un trueno.
Sin tormenta.
Sin agua.
Sin viento.
Pero detrás de ellos.
Corrían sin parar, sin darse vuelta, siempre guiados por las vicuñas que los alejabam más, cada vez. Era como si el temblor fuera en pos de ellos.
Sin alcanzarlos.
Hasta que, tan repentinamente como había comenzado, el temblor y los ruidos estrepitosos cesaron.
Las vicuñas se habían detenido.
Ellos también.
Se miraron y sin saber por qué, supieron que era el cerro, ese cerro desde cuya base habían divisado a las vicuñas.
Se dieron vuelta.
El cerro se había partido.
Se acercaron a mirar.
A veinte pasos de ellos, desde donde elllos se habían detenido, había una hondonada enorme, una especie de herida de tierra y de piedras.
La ladera por la que habían trepado no existía. Un tajo enorme. Solamente un tajo que pudo haberlos devorado entre pedrones y cardones tumbados.
-Se mos salvao agatas -alcanzó a murmurar Demetrio.
Damián se acercó a las vicuñas.
Demetrio hizo lo propio.
Las vicuñas los dejaron aproximarse.
Los niños se abrazaron a ellas.
Las vicuñas no entendían por qué. Pero les gustaban las caricias de los chicos. Y aceptaron conmovidas, sus muestras de gratitud.images

José Murillo

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SELLOZZJOSE MURILLO

La Traición

chasqui

Hua-man corría con pasos firmes y constantes por el estrecho camino trazado en la montaña. A pesar de la altura, su corazón y sus ágiles piernas respondían como una máquina perfectamente ajustada. El sendero, pavimentado con lajas de piedra, era uno de los muchos caminos que comunicaban el gigantesco Imperio Inca a través de miles de kilómetros. Mientras marchaba, Hua-man no pensaba en otra cosa que en el mensaje que había recibido y debía transmitir en el punto final de su carrera. Sabía que ni una letra debía ser cambiada y que apenas un pequeño error podía costarle la vida. Corría repitiendo internamente las palabras que podían significar la caída o la supervivencia del emperador y ni el helado viento que le cortaba la piel lograba distraerlo. Pero de pronto, sus pies se enredaron con una raíz que sobresalía en el terreno y cayó malamente de espaldas. Su cabeza golpeó contra una roca y por unos segundos perdió el conocimiento.
Al despertar, Hua-man sólo pensó en el mensaje que llevaba grabado en la memoria y repitió las palabras con desesperación: “Se espera una sublevación en los pueblos de la costa, y los ejércitos enemigos bajarán por la ladera sur de la montaña. Las fuerzas del emperador deben prepararse para sorprender a los sublevados y acabar con la rebelión”. Todo estaba en orden, apenas había perdido unos minutos y de inmediato volvió a ponerse en marcha. Pero mientras recuperaba el ritmo de la carrera, una duda terrible comenzó a torturarlo: ¿los ejércitos enemigos bajarían por la ladera sur o por la ladera norte? Sólo una palabra permanecía confusa en su recuerdo pero era de tal importancia que podía cambiar la suerte del imperio. No se atrevió a detenerse nuevamente y siguió dando vueltas alrededor de la frase que el chasqui anterior le había transmitido secretamente. Tenía orden de llevarla lo más rápido posible al capitán de las tropas imperiales que gobernaba la zona de la costa austral del grandioso reino. ¿Sur o norte? ¿Cuál había sido la palabra que debía memorizar y que repitió sin parar hasta el momento del golpe fatal? Estaba indeciso y cada vez más cerca de la meta. Por fin divisó a lo lejos el campamento de las tropas del emperador y al representante del capitán que lo esperaba. Como Hua-man vestía la capa de plumas multicolores que era el uniforme de los chasquis, fue rapidamente reconocido. En un segundo se convenció a sí mismo de que la palabra era sur, y pasó el mensaje que aseguraba que los sublevados atacarían por esa ladera de la montaña.

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Como otros jóvenes, hijos de familias nobles, Hua-man había sido preparado desde muy chico para ser un chasqui del emperador inca. Los observadores reales había advertido su excepcional agilidad y destreza en los juegos infantiles y determinaron su destino para una profesión que era a la vez un honor y una incomparable responsabilidad. Los chasquis llevaban los mensajes reales a través images (2)de los caminos, marchando siempre a pie, porque los incas no conocían la rueda ni tenían caballos. Un corredor partía por ejemplo de Cuzco, la capital del imperio, y era capaz de recorrer más de doscientos kilómetros en venticuatro horas, llevando el mensaje hasta la posta donde lo esperaba otro chasqui que debía memorizarlo y partir de inmediato para trasladarlo al siguiente puesto. Continuando la cadena, la información viajaba de un extremo a otro del país, llevada por docenas de chasquis. Como los incas no tenían escritura, en algunas ocasiones usaban un sistema de cordones y nudos llamado quipus que servía para anotar algunos datos. Pero en la mayoría de los casos, el mensaje era verbal y el chasqui debía aprenderlo repitiéndolo varias veces antes de empezar a correr para transportalo. Un chasqui tenía la obligación de ser leal al emperador, jamás debía contar su mensaje a ninguna persona fuera de la cadena y si cumplía bien su trabajo, era respetado y premiado con tierras y animales. Pero si se equivocaba o deformaba una sola palabra, era condenado a muerte. Este sistema de comunicación era imprescindible para mantener la organización del imperio.

images

Cuando Hua-man transmitió las palabras secretas, todo el campamento entró en una frenética actividad. El capitán comenzó a dar órdenes a las tropas, y los hombres, armados con arcos, flechas, macanas  y hondas, se pusieron en marcha. Durante las horas siguientes avanzaron hacia el sitio indicado y esperaron escondidos a las fuerzas sublevadas. Se trataba de pueblos conquistados, que aparentemente habían aceptado la autoridad del Inca, pero que, en realidad, tejieron alianzas con otros pueblos para buscar su liberación y acabar con el dominio imperial. En la madrugada, cuando todavía las sombras no habían sido dispersadas por la luz del sol, los soldados enemigos bajaron desprevenidos por la ladera sur y se encontraron con los ejércitos del emperador. Paralizados por la sorpresa, apenas intentaron defenderse, muchos murieron en el campo de batalla, otros fueron tomados prisioneros y unos pocos lograron huir y dispersarse por los desfiladeros andinos.
El triunfo de las tropas imperiales, fue total, los jefes del levantamiento fueronimages (4) condenados a muerte, mientras sus hombres eran destinados a esclavitud de por vida para ejemplo de otros pueblos.
Hua-man, que esperó el final de la batalla, respiró aliviado. Su mensaje, llevado a tiempo y correctamente, había sido la clave de la victoria. Ahora solo debía ponerse en marcha para transmitir el resultado del enfrentamiento hasta la posta del siguiente chasqui,

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Seis días más tarde la noticia del triunfo alcanzó la ciudad de Cuzco, y el emperador la escuchó con satisfacción, anunciada por el último chasqui de la cadena. Todos los nobles de la corte participaron de la alegría y se organizó una serie de festejos para celebrar la victoria y homenajear a los héroes.
Solamente un hombre recibió en silencio la noticia y fingió una sonrisa que no expresaba lo que ocurría en su corazón. Ese hombre, apenas menos poderoso que el emperador, era el sacerdote supremo, intérprete de la voluntad de los dioses.
images (6)Soberbio y misterioso, ya hacía tiempo que era sumo sacerdote cuando el emperador, casi un niño, ocupó el trono luego de la muerte de su padre. El sacerdote había visto crecer al Inca con rencorosa envidia, condenando en silencio su conducta que juzgaba superficial e irresponsable. Jamás aprobó su inclinación por los banquetes desmedidos, la vestimenta lujosa, los caprichos infantiles y pensaba que el imperio no estaba en buenas manos. Se sentía el único capaz de conducir el reino y consideraba injusto que sus opiniones no fueran siempre respetadas. Por eso, cuando se enteró de la rebelión de los pueblos de la costa, tomó contacto con los líderes y armó una alianza para destronar al Inca. El primer movimiento para iniciar la rebelión era la destrucción de las fuerzas imperiales de la zona austral, que debían ser tomadas de sorpresa. Y la clave de esa sorpresa era enviar un dato equivocado en el mensaje que debían llevar los chasquis. Sólo el sumo sacerdote era el encargado de dar ese mensaje al primer chasqui y nadie más podía conocerlo. Sus palabras había sido: “Se espera una sublevación en los pueblos de la costa y los ejércitos enemigos bajarán por la ladera norte de la montaña. Las fuerzas del emperador deben prepararse para sorprender a los sublevados y acabar la rebelión”. Sabía que los sublevados bajarían por la ladera sur y esperaba que acabaran con las tropas imperiales. Más tarde, cuando las fuerzas estuvieran dispersas y debilitadas, tomaría el poder y se ocuparía de derrotar también a los pueblos de la costa. Pero nada había ocurrido como lo había planeado. No tenía dudas de que alguien se había enterado de su traición y, en algún momento del recorrido de los chasquis, había cambiado el mensaje, entregando los datos verdaderos.
Ahora lo invadía la angustia y en su mente giraban preguntas sin respuesta. ¿Quién conocía la verdad? ¿Quién había modificado el curso de sus planes? Estaba claro que el emperador todavía no sabía de su traición, pero era sólo cuentión de tiempo. No podía esperar más que un trágico final, en cuanto su plan quedara al descubierto.
Se planteó mil salidas diferentes y pensó en interrogar a los chasquis para averiguar en qué momento el mensaje había sido cambiado. Pero de esa manera tal vez sólo consiguiera apresurar su propio fin.
No le quedaba otro camino que huir, lo antes posible.
Durante la noche, mientras el pueblo festejaba, el sumo sacerdote apenas preparó un atado de ropa liviano y se dispuso a partir.
Las sombras eran buenas commpañeras y mientras todos celebraban la victoria, inició el viaje. Se apartó de la ciudad y comenzó a caminar por un sendero estrecho de la montaña que pocos conocían. Ya se sentía a salvo lejos de las luces y los ruidos, y su marcha se volvió más tranquila en el silencio y la oscuridad.

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No se dio cuenta que lo seguían hasta que tuvo a los hombres a sus espaldas. Eran solamente tres, pero estaban bien armados. Uno de ellos, el que llevaba un cuchillo de hoja larga y filosa se adelantó para decirle: “Soy uno de los sobrevivientes de la matanza, un habitante de los pueblos australes a los que has traicionado. Confiamos en tu palabra, pero revelaste el lugar por donde íbamos a atacar y fuimos vencidos. Ahora pagarás con tu vida”. El cuchillo llegó al corazón del sumo sacerdote que cayó muerto.

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Dos días más tarde su cuerpo fue hallado por unos pastores. El emperador pensó de inmediato que era una venganza contra el sacerdote por haberse enterado del ataque y haber transmitido el mensaje que posibilitó la victoria. Con gran dolor ordenó preparar una imponente ceremonia fúnebre, digna de un emperador, y lloró ante el cuerpo de quien creía había sido su más leal servidor.

imagesHua-man recibió la noticia del crimen en la última posta y corrió como otras veces para llevarla hasta el confín del imperio. Cuando comunicó su mensaje, también allí hubo duelo riguroso y se hicieron sacrificios en memoria del sacerdote supremo.images (5)

Ana Arias

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SELLOZZANA ARIAS

La despistada historia del Conde Drácula

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En un pueblo de Rumania vivía un conde de nombre Drácula. Era flaco como una escoba y tenía dos colmillos enormes. Por las noches salía en busca de comida. Para cenar, prefería la sangre de bellas jóvenes.
Apenas salía el sol se iba a su ataúd a dormir durante todo el día.
El conde no tenía auto ni triciclo y mucho menos bicicleta, así que para ir de acá para allá se convertía en murciélago y volaba por el cielo.
-Don Drácula, ¿por qué no viene por la mañana a tomar un té con leche a casa? – le decía Juan Perozkis, su vecino, al verlo pasar.
El conde siempre respondía que no, que tenía mucho trabajo, que se iba de visita a lo de su abuela Pepa, o que estaba resfriado. Pero lo que realmente sucedía era que Drácula no se movía de su palacio si no era de noche. Le tenía miedo al día, porque su papá le había contado que si un rayo de sol lo tocaba se convertiría en cenizas.
Una noche, el reloj de la casa del conde, se paró. Desde ese momento marcó siempre las veintidos horas.
Drácula se sintió desorientado. Según su reloj siempre era de noche, aunque estuviera el sol.
Un día en que el cielo estaba color carbón de tan nublado, el conde miró por la ventana. Estaba tan oscuro que le pareció que eran realmente la diez de la noche, entonces, se convirtió en murciélago y fue en busca de su comida favorita. Volando se acercó a lo de Juan Perozkis, que tenía una hija jovencita, justo como le gustaban a Drácula para la cena. Se metió por la ventana del comedor y apenas entró vio que allí estaba Juan, su mujer y la joven. Los tres tomaban té con tostadas, manteca y dulce.
-¡Vecino, qué gusto verlo por acá! Ya mismo le preparo un té con leche -lo saludó el señor Perozkis.
-¡Perdón! ¿Qué hacen despiertos? -preguntó el conde de lo más desorientado; él esperaba encontrarlos a todos durmiendo, en especial a la jovencita.
-Estimado señor, por si usted no lo sabe, en nuestra casa a esta hora se desayuna. Si quiere venir a comer unas tostadas, es bienvenido. Pero que sea la última vez que entra sin tocar el timbre, ¡y por la ventana! -exclamó indignada la señora Perozkis.
-¿Desayuno? ¿Pero… qué hora es? -consultó Drácula.
Al escuchar la respuesta el conde se escondió bajo la mesa. Se tapó la cara con sus alas de murciélago de miedo a que los rayos del sol lo convirtieran de inmediato en cenizas.
-Pero no se ponga así, hombre, si a nosotros nos encantan las personas que entran volando por las ventanas. Vamos, que mi esposa le estaba haciendo una broma -dijo Juan tratando de tranquilizarlo.
images (2)La joven Perozkis se acercó a Drácula ofreciéndole una taza de té con leche y dos tostadas untadas con manteca y dulce.
El conde se comió todo, mientras pensaba que si se convertía en cenizas como le había dicho su papá, era mejor hacerlo con la panza llena. Más tarde la jovencita lo invitó a pasear por la plaza del pueblo. Drácula seguía con tal susto que no atinó a decir que no.
Ya no había más nubes en el cielo y el conde sintió como los rayos del sol le acariciaban el rostro. Pero no se convirtió en cenizas…
Desde esa mañana, Drácula juega durante el día, duerme profundo en la noche y está más gordito de tanto comer tostadas con manteca y dulce.descarga

Adaptación de Irene Goldfeder
de la novela de Bram Stoker

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La luciérnaga

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guarda

Tupá creó a los hombres y les dio lo necesario para vivir, por eso lo primero que les concedió fue el fuego.
Un día, Añá, el malo, bajó a la Tierra y se llevó un gran disgusto. Era de noche y pensó que todos estarían muertos de frío, sin embargo ocurría todo lo contrario. A lo largo de los campos y a orillas de los ríos alcanzó a divisar pequeñas fogatas alrededor de las cuales se refugiaban los humanos, conversando y compartiendo alimentos en estrecha compañía.
Enfurecido por lo que estaba viendo, aspiró hondo, hinchó sus mejillas con aire y voló sobre los campos soplando con furia para apagar todas las fogatas que iba encontrando.
Los hombres no alcanzaban a entender lo que ocurría, viendo cómo el fuego se desparramaba por el viento nocturno. Miles de chispas se esparcieron y Añá corría como loco tratando de sofocarlas.
Cuando Tupá se enteró y vio lo que estaba pasando en la Tierra, pensó qué hacer para que Añá terminara con sus maldades.
Rápidamente lo decidió, transformando a estas chispas diminutas en insectos que diseminó por los campos, y que al volar se encienden y se apagan.
Añá continuó persiguiéndolos y así se fue alejando de los fogones, donde aún quedaban brasas encendidas. Cansado de soplar y soplar vio que los hombres se sentaban nuevamente alrdedor del fuego, cantando y trabajando. Al ver esto se metió en una cueva oscura para pensar cómo vengarse.
Desde el enojo de Añá, las luciérnagas son bichitos de luz que alumbran los campos de noche, alegrando los caminos solitarios.PAJARO

Leyenda Sudamericana.

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