Fábula

El león viejo y la zorra

COMPOSICION

Ya no tenía el león las fuerzas de antes ni sus garras eran tan poderosas para atrapar a los animalitos del bosque y comérselos como hacía en otros tiempos. Entonces pensó que faltándole el vigor, debía emplear la astucia. Pensado y hecho puso en práctica su plan.
Se tendió el señor león delante de la entrada de su caverna y allí estuvo quietecito, fingiéndose enfermo. Los animales que pasaban se compadecían de él y se le acercaban para atenderlo. Ese era el momento que aprovechaba el león para atraparlos, llevarlos al interior de la cueva y comérselos sin ceremonias.
Pasó un día la zorra y desde lejos le preguntó cómo estaba, contestando a esto el león que muy enfermo y a punto de morir.
-¿Por qué no entras y te quedas un rato a hacerme compañía? – la invitó con voz doliente.
-Pues porque veo las huellas de los que entran a tu casa, pero no las de los que salen -respondió rápida la zorra.

Es conveniente descubrir el peligro a la menor señal y evitarlo con prudencia y decisión.

Esopo
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SELLOZZ

La reina

corona

Oh reina, rencorosa y enlutada…
Porfirio Barba Jacob

Adelina apartó el rizador de pestañas y comenzó a aplicarse el rimmel. Una línea de sudor manchó su frente. La enjugó con un clínex y volvió a extender el maquillaje. Eran las diez de la mañana. Todo lo impregnaba el calor. Un organillero tocaba el vals Sobre las olas. Lo silenció el estruendo de un carro de sonido en que vibraban voces incomprensibles. Adelina se levantó del tocador, abrió el ropero y escogió un vestido floreado. La crinolina ya no se usaba pero, según la modista, no había mejor recurso para ocultar un cuerpo como el suyo.
Se contempló indulgente en el espejo. Atravesó el patio interior entre las macetas y los bates de beisbol, las manoñas y gorras que Óscar dejó como para estorbarle el camino, entró en el baño y subió a la balanza. Se descalzó. Pisó de nuevo la cubierta de hule junto a los números. Se quitó el vestido y probó por tercera vez. La balanza marcaba 80 kilos. Debía estar descompuesta: era el mismo peso registrado una semana atrás al iniciar los ejercicios y la dieta.
Caminó otra vez por el patio que era más bien un pozo de luz con vidrios traslúcidos. Un día, como predijo Óscar, el patio iba a desplomarse si Adelina no adelgazaba. Se imaginó cayendo en la tienda de ropa. Los turcos, inquilinos de su padre, la detestaban. Cómo iban a reírse Aziyadé y Nadir al verla sepultada bajo metros y metros de popelina.
ADOLESGORDAAl llegar al comedor vio como por vez primera los lánguidos retratos familiares: ella a los seis meses, triunfadora en el concurso “El bebé más robusto de Veracruz”. A los nueve años, en el teatro Clavijero, declamando Madre o mamá de Juan de Dios Peza. Óscar, recién nacido, flotante en un moisés enorme, herencia de su hermana. Óscar, el año pasado, pítcher en la Liga Infantil del Golfo. Sus padres el día de la boda, él aún con uniforme de cadete. Guillermo en la proa del Durango, ya con gorra e insignias de capitán. Guillermo en el acto de estrechar la mano al señor presidente en ocasión de unas maniobras navales. Hortensia al fondo, con sombrilla, tan ufana de su marido y tan cohibida por hallarse entre la esposa del gobernador y la diputada Goicochea. Adelina, quince años, bailando con su padre el vals Fascinación. Qué día. Mejor ni acordarse. Quién la mandó invitar a las Osorio. Y el chambelán que no llegó al Casino: prefirió arriesgar su carrera y exponerse a la hostilidad de Guillermo -su implacable y marcialmente sádico profesor en la Heroica Escuela Naval – antes que hacer el ridículo valseando con Adelina.

-Qué triste es todo -se oyó decirse-. Ya estoy hablando sola. Es por no desayunarme-. Fue a la cocina. Se preparó en la licuadora un batido de plátanos y leche condensada. Mientras la saboreaba hojeó Huracán de amor. No había visto ese número de “La Novela Semanal”, olvidado por su madre junto a la estufa.
-Hortensia es tan envidiosa…¿Por qué me seguirá escondiendo sus historietas y sus revistas como si yo todavía fuera una niñita?
“No hay  más ley que nuestro deseo”, afirmaba un personaje en Huracán de amor. Adelina se inquietó ante el torso desnudo del hombre que aparecía en el dibujo. Pero nada comparable a cuando encontró en el portafolios de su padre Corrupción en el internado para señoritas y La seducción de Lisette. Si Hortensia -o peor: Guillermo- la hubieran sorprendido…
Regresó al baño. En vez de cepillarse los diente se enjuagó con Listerine y se frotó los incisivos con la toalla. Cuando iba hacia su cuarto sonó el teléfono.
-Gorda…
-¿Qué quieres, pinche enano maldito?
-Cálmete, gorda, es un recado de our father. ¿Por qué amaneciste tan furiosa, Adelina? Debes de haber subido otros cien kilos.
-Qué te importa, idiota, imbécil. Ya dime lo que vas a decirme. Tengo prisa.
-¿Prisa? Ah sí, seguramente vas a desfilar como reina del carnaval en vez de Leticia ¿no?
-Mirá, estúpido, esa negra, débil mental, no es reina ni es nada. Lo que pasa es que su familia compró todos los votos y ella se acostó hasta con el barrendero de la Comisión Organizadora. Así quíen no.
-La verdad, gorda, es que te mueres de envidia. Qué darías por estar ahora arreglandote para el desfile como Leticia.
-¿El desfile? Ja, ja, no me importa el desfile. Tú, Leticia y todo el carnaval me valen una pura chingada.
-Qué lindo vocabulario. Dime dónde lo aprendiste. No te lo conocía. Ojalá te oigan mis papás.
-Vete al carajo.
-Ya cálmate, gorda. ¿Qué te pasa? ¿De cuál fumaste? Ni me dejas hablar…Mira, dice mi papá que vamos a comer aquí en Boca del Río con el vicealmirante; que de una vez va ir a buscarte la camioneta porque luego, con el desfile, no va a haber paso.
-No, gracias. Dile que tengo mucho que estudiar. Además ese viejo idiota del vicealmirante me choca. Siempre con sus bromitas y chistecitos imbéciles. Pobre mi papá tiene que celebrárselos.
-Haz lo que te dé la gana, pero no tragues tanto ahora que nadie te vigila.
-Cierra el hocico y ya no estés chingando.
-¿A que no le contestas así a mi mamá? ¿A que no, verdad? Voy a desquitarme, gorda maldita. Te vas a acordar de mí, bola de manteca.

Adelina colgó furiosa el teléfono. Sintió ganas de llorar. El calor la rodeaba por todas partes. Abrió el ropero infantil adornado con calcomanías de Walt Disney. Sacó un bolígrafo y un cuaderno rayado. Fue a la mesa del comedor y escribió:

Querídisimo Alberto:
Por milésima vez hago en este cuaderno una carta que no te mandaré nunca y siempreDIARIO te dirá las mismas cosas. Mi hermano acaba de insultarme por teléfono y mis papás no me quisieron llevar a  Boca del Río. Bueno, Guillermo seguramente quiso; pero Hortensia lo domina. Ella me odia, por celos, porque ve cómo me adora mi papá y cuánto se preocupa por mí.
Aunque si me quisiera tanto como yo creo ya me hubiera mandado a España, a Canadá, a no sé dónde, lejos de este infierno que mi alma , sin ti, ya no soporta.

Se detuvo. Tachó “que mi alma, sin ti, ya no soporta.”

Alberto mío, dentro de un rato voy a salir. Te veré de nuevo, por más que no me mires, cuando pases en el carro alegórico de Leticia. Te lo digo de verdad: Ella no te merece. Te ves tan… tan, no sé cómo decirlo, con tu uniforme de cadete. No ha habido en toda la historia un cadete como tú. Y Leticia no es tan guapa como supones. Sí, de acuerdo, tal vez sea atractiva, no lo niego: por algo llegó a ser reina del carnaval. Pero su tipo resulta, ¿cómo te diré?, muy vulgar, muy corriente. ¿No te parece?
Y es tan coqueta. Se cree muchísimo. La conozco desde que estábamos en kinder. Ahora es íntima de las Osorio y antes hablaba muy mal de ellas. Se juntan para burlarse de mí porque son más inteligente y saco mejores calificaciones. Claro, es natural: no ando en fiestas ni cosas de esas, los domingos no voy a dar vueltas al zócalo, ni salgo todo el tiempo con muchachos. Yo sólo pienso en tí, amor mío, en el instante en que tu ojos se volverán al fin para mirarme.
Pero tú, Alberto ¿me recuerdas? Seguramente ya te has olvidado de que nos conocimos hace dos años -acababas de entrar en la Naval- una vez que acompañé a mi papá a Antón Lizardo. Lo espere en la camioneta. Tú estabas arreglando un yip y te acercaste. No me acuerdo de ningún otro día tan hermoso como aquel en que nuestras vidas se encontraron para ya no separarse jamás.

Tachó “para ya no separarse jamás”

Conversamos muy lindo mucho tiempo. Quise dejarte como recuerdo mi radio de transistores. No aceptaste. Quedamos en vernos el domingo para ir al zócalo y a tomar un helado en el “Yucatán”.
Te esperé todo el día ansiosamente. Lloré tanto esa noche… Pero luego comprendí: no llegaste para que nadie dijese que tu interés en cortejarme era por ser hija de alguien tan importante en la Armada como mi padre.
En cambio, te lo digo sinceramente, nunca podré entender por qué la noche del fin de año en el Casino Español bailante todo el tiempo con Leticia y cuando me acerqué y ella nos presentó dijiste: “mucho gusto”.
Alberto: se hace tarde. Salgo a tu encuentro. Sólo unas palabras antes de despedirme. Te prometo que esta vez sí adelgazaré y en el próximo carnaval, como lo oyes, yo voy a ser ¡La Reina! (Mi cara no es fea todos lo dicen) ¿Me llevarás a nadar a Mocambo, donde  una vez te encontré con Leticia? (Por fortuna ustedes no me vieron: estaba en traje de baño y corrí a esconderme entre los pinos.)
Ah, pero el año próximo, te juro, tendré un cuerpo más hermoso y esbelto que el suyo. Todos los que nos miren te envidiarán por llevarme del brazo.
Chao, amor mío. Ya falta poco para verte. Hoy como siempre es toda tuya. 

                                                                                        Adelina

Volvió a su cuarto. Al ver la hora en el despertador de Bugs Bunny dejó sobre la cama el cuaderno en que acababa de escribir, retocó el maquillaje ante el espejo, se persignó y bajó a toda prisa las escaleras de mosaico. Antes de abrir la puerta del zaguán respiró el olor a óxido y humedad. Pasó frente a la sedería de los turcos: Aziyadé y Nadir no estaban; sus padres se disponían a cerrar.
En la esquina se encontró con dos compañeros de equipo de su hermano. (¿No habían ido con él a Boca de Río?) Al verla maquillada le preguntaron si iba a participar en el concurso de difraces o había lanzado su candidatura para Rey Feo.
Respondió con una mirada de furia. Se alejó taconeando bajo el olor de pólvora de buscapiés, palomas y brujas. No había tránsito: la gente caminaba por la calle tapizada de serpentinas, latas y cascos de cerveza. Encapuchados, mosqueteros, payasos, legionarios romanos, ballerinas, circasianas, amazonas, damas de la corte, piratas, napoleones, astronautas, guerreros aztecas y grupos de familiascaretas con máscaras, gorritos de cartón, sombreros zapatistas o sin difraz avanzaban por la calle principal.
Adelina apretó el paso. Cuatro muchachas se volvieron a verla y la dejaron atrás. Escuchó una risa unánime y pensó que se estarían burlando de ella como los amigos de Óscar. Luego caminó entre las mesas y los puestos de los portales, atestados de marimbas, conjuntos jarochos, vendedores de jaibas rellenas, billeteros de la Lotería Nacional.
No descubrió ningún conocido pero advirtió que varias mujeres la miraban con sorna. Pensó en sacar el espejito de su bolsa para ver sí, inexperta, se había maquillado en exceso. Por primera vez empleaba los cosméticos de su madre. Pero, ¿dónde se ocultaría para mirarse?
Con grandes dificultades llegó a la esquina elegida. El calor y el estruendo informe, la promiscua contigüidad de tantos extraños le provocaban un malestar confuso. Entre aplausos apareció la descubierta de charros y chinas poblanas. Bajo gritos y música desfiló la comparsa inicial: los jotos vestidos de pavos reales. Siguieron mulatos disfrazados de vikingos, guerreros aztecas cubiertos de serpentinas, estibadores con bikinis y penachos de rumberas.
Desfilaron cavernarios, kukluxklanes, la corte de Luis XV con sus blancas pelucas entalcadas y sus falsos lunares, Blanca Nieves y los siete enanos (Adelina sentía que la empujaban y la manoseaban), Barbazul en plena tortura y asesinato de mujeres, Maximiliano y Carlota en Chapultepec, pieles rojas, caníbales teñidos de betún y adornados con huesos humanos (la transpiración humedecía su espalda), Romeo y Julieta en el balcón de Verona, Hitler y sus mariscales llenos de monóculos y svásticas, gigantes y cabezudos, James Dean al frente de sus rebeldes sin causa, Pierrot, Arlequín y Colombina, doce Elvis Presleys que trataban de cantar en inglés y moverse como él. (Adelina cerró los ojos ante el brillo del sol y el caos de épocas, personajes, historias).
Empezaron los carros alegóricos, unos tirados por tractores, otros improvisados sobre caminones de redilas: el de la Cervecería Moctezuma, Miss México, Miss California, notablemente aterrada por lo que veía como un desfile salvaje, las Orquídeas del Cine Nacional, el Campamento Gitano -niñas que lloriqueaban por el calor, el miedo de caerse y la forzada inmovilidad-, el Idilio de los Volcanes según el calendario de Helguera, la Conquista de México, las Mil y una Noches, pesadilla de cartón, lentejuelas y trapos.
La sobresaltaron un aliento húmedo de tequila y una caricia envolvente: -Véngase, mamasota, que aquí esta su rey-. Adelina, enfurecida, volvió la cabeza. Pero ¿hacia quién, cómo descubrir al culpable entre una multitud burlona o entusiasmada? Los carros alegóricos seguían desfilando: los Piratas en la Isla del Tesoro, Sangre Jarocha, Guadalupe la Chinaca, Raza de Bronce, Cielito Lindo, la Adelita, la Valentina y Pancho Villa, los Buzos en el país de las sirenas, los astronautas, los extraterrestres.
Desde un inesperado balcón las Osorio, muertas de risa, se hicieron escuchar entre las músicas y gritos del carnaval: -Gorda, gorda: sube. ¿Qué andas haciendo allí abajo, revuelta con la plebe y los chilangos? La gente decente de Veracruz no se mezcla con los fuereños, mucho menos en carnaval.
Todo el mundo pareció descubrirla, observarla, repudiarla. Adelina tragó saliva, apretó los labios: Primero muerta que dirigirles la palabra a las Osorio. Por fin el carro de la reina y sus princesas. Leticia Primera en su trono bajo las espadas cruzadas de los cadetes. Alberto junto a ella muy próximo. Leticia toda rubores, toda sonrisitas, entre los bucles artificiales que sostenían la corona de hojalata. Leticia saludando en todas direcciones, enviando besos al aire.
-Cómo puede cambiar la gente cuando está bien maquillada – se dijo Adelina. El sol arrancaba destellos a la bisutería del cetro, la corona, el vestido. Atronaban aplausos y gritos de admiración. Leticia Primera recibía feliz la gloria que iba a durar unas cuantas horas, en un trono destinado a amanecer en un basurero. Sin embargo Leticia era la reina y estaba cinco metros por encima de quien la observaba con odio.
-Ojalá se caiga, ojalá haga el ridículo delante de todos, ojalá de tan apretado leCARROZA estalle el disfraz y vean el relleno de hulespuma en sus tetas -murmuró entre dientes Adelina, ya sin temor de ser escuchada.
-Ya verá, ya verá el año que entra: los lugares van a cambiarse. Leticia estará aquí abajo muerta de envidia y… -Una bolsa de papel arrojada desde quién sabe dónde interrumpió el monólogo sombrío: se estrelló en su cabeza y la bañó de anilina roja en el preciso instante en que pasaba frente a ella la reina. La misma Leticia no pudo menos que descubrirla entre la multitud y reírse. Alberto quebrantó su pose de estatua y soltó una risilla.
Fue un instante. El carro se alejaba. Adelina se limpió la cara con las mangas del vestido. Alzó los ojos hacia el balcón en que la Osorio manifestaban su pesar ante el incidente y la invitaban a subir. Entonces la bañó una nube de confeti que se adhirió a la piel humedecida. Se abrió paso, intentó correr, huir, hacerse invisible. Pero el desfile había terminado. Las calles estaban repletas de chilangos, de jotos, de mariguanos, de hostiles enmascarados y encapuchados que seguían arrojando confeti a la boca de Adelina entreabierta por el jadeo, bailoteaban para cerrarle el paso, aplastaban las manos en sus senos, desplegaban espantasuegras en su cara, la picaban con varitas labradas de Apizaco.
Y Alberto se alejaba cada vez más. No descendía del carro para defenderla, para vengarla, para abrirle camino con su espada. Y Guillermo, en Boca del Río, ya aturdido por la octava cerveza, festejaba por anticipado los viejos chistes eróticos del vicealmirante. Y bajo una máscara de Drácula y de Frankenstein surgían Aziyadé y Nadir, la acosaban en su huida, le cantaban, humillante y angustiosamente cantaban, un estribillo improvisado e interminable: -A Adelina/ le echaron anilina/ por no tomar Delgadina/ Poor noo toomaar Deelgaadiinaa.
Y los abofeteó y pateó y los niños intentaron pegarle y un Satanás y una Doña Inés los separaron. Aziyadé y Nadir se fueron canturreando el estribillo. Adelina pudo continuar la fuga hasta que al fin abrió la puerta de su casa, subió las escaleras y halló su cuarto en desorden: Óscar estuvo allí con sus amigos de la novena de beisbol, Óscar no se quedó en Boca del Río, Óscar volvió con su pandilla, Óscar también anduvo en el desfile.
Vio el cuaderno en el suelo, abierto y profanado por los dedos de Óscar, las manos de los otros. En las páginas de su última carta estaban las huellas digitales, la tinta corrida, las grandes manchas de anilina roja. Cómo se habrán burlado, cómo se estarán riendo ahora mismo, arrojando bolsas de anilina a las caras, puñados de confeti a las bocas, rompiendo huevos podridos en las cabezas, valiéndose de la impunidad conferida por sus máscaras y disfraces.
-Maldito, puto, enano cabrón, hijo de la chingada. Ojalá te peguen. Ojalá te den en toda la madre y regreses chillando como un perro. Ojalá te mueras. Ojalá se mueran tú y la puta de Leticia y las pendejas de las Osorio y el cretino cadetito de mierda y el pinche carnaval y el mundo entero.
Y mientras hablaba, gritaba, gesticulaba con doliente furia, rompía su cuaderno de cartas, pateaba los pedazos, arrojaba contra la pared el frasco de maquillaje, el pomo de rimmel, la botella de Colonia Sanborns.
Se detuvo. En el espejo enmarcado por figuras de Walt Disney, miró su pelo rubio, sus ojos verdes, su cara lívida cubierta de anilina, grasa, confeti, sudor, maquillajecorazones y lágrimas. Y se arrojó a la cama llorando, demoliéndose, diciéndose:
-Ya verán, ya verán el año que entra.

José Emilio Pacheco
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SELLOZZ

Las arvejas de Etelvina

chauchas

Etelvina está pelando arvejas.
Con paciencia, abre las vainas una por una.
De adentro saca tres, cuatro, a veces cinco pelotitas verdes.
Las echará en el guiso, naturalmente.
Llega a la vaina número cincuenta y siete. La abre.
¡Oh! ¡Las arvejas no están!
Se fija bien. Revisa todos los rincones de la vaina.
No, no están.
fiestaPero dejaron un cartel. Por la letra, tiene que ser de ellas. Dice: “Nos fuimos a un baile de disfraces. Volvemos tarde”.
Etelvina está muy disgustada. Nunca le pasó una cosa así en mitad de un guiso.
Ahora no le queda más remedio que esperarlas.
Por culpa de ellas el guiso demorará.
La espera se hace larga. Cabecea sentada en una silla dura.
Como a medianoche abre otra vez la vaina. Las arvejas han vuelto y duermen a pata suelta.
Etelvina grita.
Una está disfrazada de mosca, otra de corcho y otra de pelo.etelvina
Imposible echarlas en la olla. ¡Le arruinarían el guiso!
Etelvina piensa que con esas arvejas no se puede. Mañana le presentará las quejas al verdulero.

Ema Wolf
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Un castigo severo

guardaUn mujik fue al mercado y compró carne; pero le engañaron en el peso y en la calidad.
Así que se deshizo en insultos contra el vendedor.
El zar, que pasaba por allí le vio y le preguntó:
-¿Por qué estas injurias?
El mujik respondió:
-Porque me han engañado: yo pagué tres libras de buena carne y el carnicero me ha entregado dos y de la mala.
El zar dijo:
-Vamos al mercado y me indicarás quién te ha estafado.
El mujik hizo lo que su soberano le mandaba.
El zar hizo pesar la carne y vio que, en efecto, el peso no era legal.
Dijo entonces el zar:
-¿Cómo quieres que castigue al carnicero?
-Manda -respondió el mujik, lleno de deseo de venganza- que de su espalda le corten las libras de carne que me faltan.
Replico el zar:
-Está bien. Toma este cuchillo y córtale de la espalda una libra de carne. Sólo que debes procurar que el peso sea justo, pues siboton cortases de más o de menos serás castigado.
Nada respondió el mujik, que se alejó.

León Tolstoi
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El pueblo perfecto

gobernador

Este era el gobernador de un pueblo.
Un día se acercó a su puerta un hombre ciego.
-No quiero ciegos en mi pueblo -dijo el gobernador.
Y se fueron siete personas ciegas que vivían allí.
Otro día vio al cocinero. Pensó que estaba demasiado gordo y dijo:
-No quiero gordos en mi pueblo.
Y se fueron treinta gordos.
Una vez vio a una familia que pasaba por la calle y tomó una decisión.
-No quiero negros en mi pueblo.
Y se fueron quince negros.
Otro día estaba rezando y vio a unas personas con sombreritos.
-No quiero judíos en mi pueblo.
Y se fueron veinte judíos.
Una vez vio a unos chicos que jugaban en la vereda y le pareció que hacían mucho ruido.
-No quiero niños en mi pueblo.
Y se fueron cincuenta chicos y sus mamás y sus papás.
El secretario general pensó que estaba exagerando y quiso convencerlo para que cambiara de actitud.
-No quiero en mi pueblo gente que discuta.
Y se fue el secretario, su familia y todas las personas que pensaban en forma distinta a la del gobernador.
Por fin, una mañana, cuando iba para su despacho, vio un charquito en la alfombra. ¡El perro!, pensó, y en seguida dio la orden:
-¡No quiero perros en mi pueblo!
Y se fueron cuarenta perros y treinta y dos gatos que pensaban que un pueblo sinpueblo perros sería muy aburrido.
Esa noche, el gobernador se sentó en su sillón favorito.
-Este sí que es un pueblo perfecto.
A su alrededor, las calles y las casas vacías no pudieron contradecirlo.

Helena Isabel Hadida
(sin datos biografía)
PREMIO

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El mentiroso de los Andes

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-Los diaguitas son indios que vuelan -decía Pablito Godoy. Y todos sus amigos se reían.
-Los cóndores caen en picada porque hacen huecos en la tierra. Una vez que hacen un hueco, buscan cuevas de topos. A los cóndores les encanta comer topos -decía Pablito Godoy.  Y algunos chicos se reían y  otros se quedaban pensando.
- Si uno pone un fósforo al pie de la cordillera nevada, llega un momento en el que se derrite todo el hielo, hasta el de las altas cumbres -decía Pablito Godoy. Y algunos amiguitos se revolcaban por el suelo de risa, y otros, cuando nadie los veía, se iban hasta el pie de la cordillera y trataban de derretir el hielo de las montañas. Y claro, lo único que conseguían era gastar fósforos y morirse de frío.
Es que Pablo Godoy decía muchas cosas. Se la pasaba hablando en el campamento de El Plumerillo. Allí había ido a parar desde San Luis con sus padres y sus dos hermanos (él decía que eran noventa y cuatro y daba los nombres de cada uno). El papá era herrero y el general José de San Martín, que estaba armando su ejército en Mendoza, había mandado reclutar a la mayor cantidad posible de herreros de la región para fabricar armas. Y Pablo, que desde chico se quedaba como hipnotizado por el fuego de la fragua donde su padre fundía el hierro, le había salido muy fantasioso.
-Mi papá -decía Pablo Godoy- hace caballos de hierro.
-Pero no cabalgan, son como estatuas – le respondieron una vez.
Pablo se hipnotizó cuatro segundos como si mirara una llama y contestó:
herrero-Sí que cabalgan. Porque mi papá también hace ruedas y se las pone en las patas. Así que uno les da el primer empujón y después cabalgan todo lo que quieren.
A Pablo Godoy se le podía creer o no. Pero lo que no se podía era dejarlo sin la última palabra. Siempre inventaba una respuesta para todo. Por eso se hizo tan conocido en el campamento de El Plumerillo. Para algunos, era un chico muy divertido. Para otros, tenía una gran imaginación. Pero otros decían que era un tremendo mentiroso. Y eso claro, preocupaba muchísimo a sus padres, que no eran conocidos como Gregorio y Laureana sino como los padres de “Pablo el inteligente”, “Pablo el charlatán”, “Pablo el pícaro” o “Pablo el mentiroso”, según quien hablara de él.
Las ocurrencias de Pablo se contaban en las mesas del campamento y en los fogones. Y un día llegaron a los oídos del propio San Martín, que le dijo a uno de sus lugartenientes:
-Quiero conocer a ese mocito. Y también a los padres de ese mocito.
¡Para qué! ¡El susto que se agarraron los Godoy cuando el lugarteniente llegó a su casa con la citación para los tres! ¡Con la fama de severo que tenía San Martín! Así que trataron de que nadie se enterara, y el día indicado fueron a presentarse ante el general. Los padres pensaban que hasta podían ser echados del campamento. Pablo, en cambio, fue de lo más tranquilo: creía que lo iban a poner al frente de un batallón.
San Martín y los Godoy tuvieron una larguísima charla. Pablo y sus padres salieron contentísimos de la carpa del general. Gregorio y Laureana miraban a su hijo con orgullo, le tocaban la cabeza y celebraban sus ocurrencias:
-Les voy a decir que al general San Martín no lo obedece nadie. Y les voy a decir que los soldados desertan porque tienen miedo de pelear contra los realistas. Y le voy a decir que yo me escapo del campamento para jugar con ellos porque acá ya no hay casi nadie y me aburro. Y le voy a decir que el Ejército de los Andes casi no tiene armas de fuego sino palos y piedras. Y les voy a decir que muchos se niegan a cruzar la cordillera, pero que San Martín es un testarudo y que igual la va a cruzar por el Sur con los pocos que lo van a acompañar. Y les voy a decir que mi propio papá, que es herrero, hizo unos cañones que le salieron tan, pero tan mal, que las balas se dispararon para atrás, y nuestros únicos artilleros quedaron todos patas arriba.
A partir de aquel encuentro, Pablo empezó a salir todos los días en el lomo de una mula. Se iba antes que aclarara y volvía al atardecer. Se pasaba las horas jugando con sus nuevos amigos, unos indios pehuenches de su edad.
Los padres de estos chicos, los pehuenches grandes, por ese entonces ayudaban a los españoles que gobernaban Chile y que los tenían aterrorizados.
Así que cuando San Martín cruzó la cordillera con un montón de soldados, un montón de fusiles, un montón de pistolones y un montón de cañones, se encontró con que los enemigos estaban de lo más tranquilos bostezando recostados en la cuesta de Chacabuco.  Los españoles se sentían confiados porque la cuesta de Chacabuco quedaba en el Norte y no en el Sur, que era por donde iba atacar San Martín, según les habían contado  los pehuenchitos a los pehuenches y los pehuenches a ellos. Por eso, cuando los vieron llegar, no podían creer que se les viniera encima semejante ejército. ¡Y por el Norte!
-Pero ¡cómo? -decían-. ¿No era que San Martín iba a atacar con palos, piedras y unos pocos soldados?
En el campamento de El Plumerillo hubo festejos cuando llegó la noticia de la victoria de Chacabuco. Pese a sus ruegos, a Pablito Godoy no lo habían dejado cruzar la cordillera. Pero todos se acercaban a su fogón para escuchar lasfogon2 historias que contaba con los ojos fijos en la llama:
-De un sablazo me ensarté a cuatro realistas que venían corriendo en fila. ¿Se creían que se iban a escapar de nuestro ataque sorpresa? ¡Jamás! Eso sí: ¡el sable me quedó como una brochette!

Vicente Muleiro
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anexo

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