Las guacamayas

De pronto empezó a llover torrencialmente sobre aquella fértil región poblada por guerreros bravos y mujeres hacendosas que cultivaban el maíz, modelaban el barro y adoraban a los árboles, los osos y la luna.
Mientras el agua inundaba los caminos y  las sementeras, los atemorizados habitantes se refugiaron en sus casas y elevaron plegarias a los dioses para aplacar su ira.
Únicamente dos jóvenes hermanos, Ucumari y Cushiyuc, prefirieron abandonar la aldea y ascender a las altas cimas de la cordillera. Tras una lucha tenaz contra la furia del agua y de los rayos, lograron coronar la cumbre de la montaña, llamada Huacay-ñán. El diluvio lo arrasó todo y solo los dos hermanos pudieron salvarse, pues a medida que el nivel del agua subía, la montaña se elevaba también, sin llegar a ser cubierta.
Después de varios días, nadie sabe exactamente cuántos fueron, la tormenta cesó y un nuevo dios, el Sol, mostró su faz radiante sobre el corazón de la anegada tierra.
El nivel de las aguas empezó a descender y los dos hermanos retornaron al sitio en donde habían vivido con su pueblo.
No hallaron piedra sobre piedra. Todo era desolación. Padres, parientes, amigos y vecinos habían muerto. ¿Y qué de los animales y sembradíos? Nada quedaba de aquella floreciente aldea…
-Ucumari, hermano de mi corazón, ¡estamos solos en el mundo! -exclamó Cushiyuc.
-Así lo habrán querido los dioses- respondió Ucumari.- Démosles gracias por habernos salvado y construyamos una cabaña  para defendernos de las inclemencias del tiempo.
Tomando algunas ramas de los árboles que habían sido arrancados de raíz, construyeron una elemental vivienda, un par de catres y una mesa. Al término de su trabajo, el hambre los torturaba, por lo que decidieron salir a buscar alimento en los valles vecinos. Mas he aquí que todo esfuerzo fue en vano y debieron contentarse con ingerir unos cuantos yerbajos que les entregó la tierra.
Regresaron tristes, exánimes, desconsolados. Pero al ingresar a su cabaña, vieron algo que los maravilló:
-¡Por todos los dioses Cushiyuc! ¡Dime que no me engañan los sentidos! ¿Ves tú también lo que yo veo?
Cushiyuc no acertó a contestar. Una gran variedad de ricas y humeantes viandas habían sido dispuestas sobre la rústica mesa, invitándolos con su aroma a que las consumiesen. Los dos hermanos se precipitaron sobre los alimentos y les faltó boca para devorarlos.
-¿Quién habrá podido traérnoslos? -dijeron.
-¿Será posible que alguien más se haya salvado del diluvio?
-¿Dónde se esconde, entonces?
-¿Y dónde consiguió los alimentos?
-¿Será que, nuevamente, los dioses nos protegen?
Ninguna de estas preguntas pudo ser contestada y, al día siguiente, con el corazón aureolado por una secreta esperanza, los dos hermanos salieron otra vez a buscar alimento. Mas al no haber hallado nada, emprendieron el regreso.
-¡Mira, Ucumari! ¡La mesa está servida! -gritó Cushiyuc.
En efecto, el prodigio se había repetido y tornó a repetirse durante los días sucesivos, al cabo de los cuales, los sorprendidos hermanos decidieron averiguar quién les favorecía de tan singular manera. Para ello, convinieron en ocultarse tras los catres y observar lo que en su ausencia sucedía.
No habían transcurrido sino las primeras horas de la mañana, cuando fuertes aleteos precedieron al ingreso de dos enormes guacamayas con rostro de mujer. Su plumaje era vistoso, semejante a un abanico tornasol, y en la cola, larguísima, predominaban el rojo, el azul, el verde y el amarillo.
-¡De modo que son ellas las que nos atienden tan exquisitamente! -dijeron a dúo los ocultos jóvenes.
Y agregaron:
-¡Qué bellas son!, -al tiempo que salían de su escondite.
Pero entonces las aves, asustadas, soltaron los alimentos que portaban y trataron de escapar… sin conseguirlo.
Al ser atrapadas, un nuevo portento se obró ante los ojos de los cada vez más admirados jóvenes: las guacamayas se convirtieron en hermosísimas doncellas , a las que Ucumari y  Cushiyuc tomaron por esposas.
De estos matrimonios nacieron muchos hijos que dieron origen a la nación de los Cañaris, pobladores legendarios de la provincia de Azuay.
Desde entonces, las guacamayas fueron objeto de gran veneración por parte de ese pueblo.

Recopilación: Monseñor Federico González Suárez  
Versión final: Francisco Delgado Santos.
(ver reseña en Pizarra Novedades) Cuento ecuatoriano de tradición oral.

volver a la portada