¡Hola genios!

Minientrada

arbol de la vida3 
¡Hola genios!

Bienvenidos a mi Página.
Rescatamos aquí para todos, algunas palabras que dice una señora llamada Ivonne Bordelois al referirse al tema de Infancia y Lenguaje.

IVONNE BORDELOIS

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HOJA PARA MENSAJES

Feliz Cumple y gracias por tanto talento y creatividad a disposición de nuestros niños. Felipe.
Feliz Cumple a Zapam Zucum, van mis felicitaciones por poner en marcha y hacer crecer esta hermosa idea. Ale.
Feliz cumple Zapam Zucum. Un abracito para vos y otro para Olguita juntos (porque se ve que se quieren mucho). Decile a ella que le agradezco tu hermosa existencia. ¡Maravilloso todo lo hecho…y aún queda mucho por hacer que será tambíen maravilloso!!! Te abrazo con ternura. Carmen.
Feliz Cumple. Mónica Arraez.
¡Un abrazo enorme Zapam Zucum! Que pases un día genial con tus amigos, los chicos. Quería decirte que me encanta tu caracter loquito y divertido. Y también me gustan y me inspiran los poemas y cuentos que nos contás en tu página. ¡Hasta pronto! Alina.
¡Feliz cumple! desde México. Marisol.
¡Felicidades Zapam Zucum! Ricardo.
¡Felicitaciones a Zapam Zucum y sus hacedores! Aquí Perú.
Muchas Felicidades y ¡gracias por todo lo que nos dan!!!! Cristina.
¡Acá dejo mis felicitaciones por este año cumplido!¡Feliz Cumple y muchos más! ¡Gracias por compartir tantas cosas lindas y siempre con buena onda y tan positiva!
Abrazos y cariños. Viole y Toñita.
Como pasa el tiempo...ya un hermoso año, jugando y contando a los más pequeños y no tanto. ¡FELIZ CUMPLE ZAPAM ZUCUM! Que sigas alegrando siempre con tus historias. Espero que como duende nunca desaparezcas. Te quiero. Vero.
¡¡Hermoso cumpleaños!! y que jamás se agoten tus historias para alegría de todos, te mando un beso duendecito. Mirta
¡Un Feliz Cumple para Zapam Zucum!  Desde La Plata. Sebastían.
Feliz cumpleaños Zapam Zucum. Las hermanas Montillo de Colombia.
De Chivilcoy, Mil Abrazos para Zapam Zucum y sus amigos. ¡Nos llenan de alegría, de placer!!!. Que la maravilla y la magia de sus vidas permanezca!!! Nos llenan el alma!!!. Ana.
Un feliz cumpleaños para La página de Zapam Zucum. Maestro Patagónico Rucoroy.
A la creadora y a ese pequeño duende que se esconde detrás de ella, como espíandonos para saber si soñamos con tantas historias lindas que escriben, les deseo un muy feliz cumple… y por muchos años más. Mirta.
¡Muy Feliz Cumpleaños Zapam Zucum!!!
Muy Zapam cumpleaños Felizzucum
Muy cumple zapaños Felizzucum
Zucum zapaños feliz muy cumple. Che profe.

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Anselmo Tobillolargo

anselmotobillolargo Cristina Macjus

Esta es la historia de Anselmo Tobillolargo, un gigante que no solo tenía tobillos largos. Para ser sinceros, los tobillos eran lo más corto que tenía en su largo cuerpo, pero pocos lo notaban, ya que la mayoría de los animales del monte apenas llegan a divisarlos.
Todos sabemos que la primera condición para ser gigante es nacer demasiado grande. Pero lo que algunos no saben es que ser gigante no es muy cómodo. No, señor. Como todas las cosas quedan un poco chicas, hay que usar constantemente el ingenio y esto es algo que agota. Por ejemplo, ¿cómo se las arreglaba Anselmo para hacer algo tan sencillo como tomarse la fiebre para saber si estaba enfermo? Tenía que salir de la selva, caminar hasta la ferretería y pedir prestado un termotanque.
La segunda condición para ser gigante es no pisar a las hormigas. Porque, aunque los gigantes dejan todo hecho un zafarrancho cuando salen a trotar (derriban árboles, aplastan techos de casas y abollan autos), son muy cuidadosos con la hormigas. Es como un pacto de la naturaleza. Nunca corren en territorios con hormigueros. Caminan con cuidado, fijándose con mucho detenimiento en lo que hay debajo de cada pie.
La tercera y última condición es no casarse con una enanita. Condición bastante injusta, porque los gigantes adoran las cosas pequeñas, y quién es quién para decidir cuestiones del corazón.
Repasemos las tres condiciones para ser gigante:
1) Nacer demasiado grande.
2) No pisar hormigas
3) No enamorarse de una enanita.
¿En algún lado dice que un gigante no puede enamorarse de un hada madrina?
¡No!
Por eso, Anselmo Tobillolargo se enamoró perdidamente de Pipí Cucú, un hada de lo más simpática que le hablaba a su varita mágica en guaraní.
“¡Ah!”, dirán ustedes. “Pero un hada madrina es un ser muy chiquitito. Más chiquitito que una enanita”
Claro que sí. Y tienen razón. Pero las reglas, cuando no han sido escritas entre todos, son así de injustas. Si el texto dice “enanita” es “enanita” y se acabó, no importa si hay otros seres con características semejantes. Una hada madrina, por más chiquitita que sea, no es una enanita.
Así que Anselmo se enamoró sin remordimientos, como todo buen gigante.pipicucu2

 

 

 

La vio por primera vez una mañana de sol, parada sobre una ramita, imitando a una cereza de monte. Muy concentrada estaba, hinchando la panza para que pareciera redondita, reteniendo el aire para que los cachetes se le pusieran colorados. Tan inmóvil, redonda y colorada estaba, que si no fuera por sus alitas, Anselmo la hubiera confundido con una verdadera cereza. Le hizo gracia tanto esmero, pero no se rió ni un poquito, porque Anselmo sabía que solo los grandes talentos se animan a realizar acciones que a la gente común le parecen un sinsentido.
Y se enamoró del hada justamente por eso, por su esmero en buscar lo imposible.
Decidido a averiguar por qué hacía lo que hacía, se sentó junto al árbol a esperar que el hada terminara de imitar a una cereza. Pero llegó la noche y Pipí Cucú, medio asfixiada, seguía intentando mimetizarse y a Tobillolargo le dio sueño y se quedó dormido. Al amanecer se despertó, miró la ramita, y el hada madrina ya no estaba. Así son las hadas.
Sin embargo en el suelo escrito con polvo y brillantina decía:

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La segunda vez que Anselmo vio al hada estaba colgada de una ramita de guatambú, cabeza abajo y con las alas cruzadas sobre el pecho. Le costó reconocerla, porque Pipí Cucú se había pintado los cachetes y las alas con carbón. A su lado dormía la siesta plácidamente un murciélago, sin sobresaltos ni pesadillas. Pipí Cucú no dormía, pero lo intentaba.
A Anselmo le pareció que no era una posición muy cómoda: la sangre se le bajaba a la cabeza como cuando uno hace la vertical. No quiso interrumpirla, y se sentó contra un árbol a esperar.
Anselmo quería preguntarle por qué imitaba a un murciélago y también si quería casarse con él. Los gigantes nunca andan con rodeos. Pero pasaron las horas y a Tobillolargo le dio sueño y se quedó dormido. Cuando se despertó el hada ya no estaba.
Sin embargo en el suelo escrito con polvo y brillantina decía:

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Dicen que la tercera es la vencida. Por eso, y por las dudas de que la volviera a encontrar, Anselmo durmió la siesta bajo un lapacho: no era cuestión de quedarse dormido otra vez. Así, bien descansado, salió a buscarla. La encontró a la orilla del monte, juntando plumitas por el piso y pegándoselas sobre el cuerpo.
“¡Zas!”, pensó Anselmo. “Ahora quiere ser un angelito”. Pero no. Para su sorpresa, una vez concluido el disfraz, el hada voló por sobre la ruta que marcaba el final del monte y se posó sobre un alambrado. Se quedó quietita, cantando bajito un “pío-pío”.
-Cof, cof -tosió Anselmo, intentando llamar la atención del hada.
En efecto, Pipí Cucú miró para arriba y dijo :
-Buen provecho.
“¿Buen provecho?”, pensó Anselmo confundido. “¡Esta pequeñita está un poco chiflada!”. De todas formas quiso ser cortés y agradeció:
-Gracias, señorita hada madrina.
-¡¿Cómo?! ¡¿Cómo que “señorita hada madrina”?!- protestó Pipí.
-Perdón – se apuró a decir Anselmo- ¡Qué distraído soy! ¡Si usted es una señorita pajarito!
-Ji, ji -rió el hada-. Me sale tan bien que nadie se da cuenta de que soy un hada.
-¡Oh, no, no! Yo ni siquiera lo sospechaba.
-Bueno -se disgustó-, hágame el favor de no desconcentrarme más, que tengo que quedarme quietita sobre un alambrado para experimentar la civilización, como lo hacen alguna vez en su vida todos los pajaritos del monte.
-Cómo no. Pero yo solo le quiero robar un minutito nada más. Debo hacerle una pregunta misteriosa -dijo bajito Anselmo.
Las hadas son unos seres tan pero tan curiosos, que aunque tengan que cumplir la misión pajaril más estricta, siempre caen en la trampa cuando se les ofrece un secretito.
-¿Qué cosa?, ¿qué cosa? Dele, cuénteme, mi gran hombre, mi karaité guazú.
Eso de “gran hombre” a Tobillolargo le sonó a “héroe” y entonces se envalentonó. En vez de preguntarle por qué se dedicaba a imitar cosas (que es lo que le iba a preguntar al principio) le preguntó aquello que no se debe decir nunca en una primera cita:
-¿Te querés casar conmigo?
Cualquier otra hada madrina hubiera explotado de la risa, hubiera pensado que el torpe de Tobillolargo no llegaba ni a los brevísimos tobillos del hada. Pero Pipí no se rió ni un poquito. Por el contrario, se puso muy seria.
-Disculpe, señor gigante. Pero ahora no puedo. Estoy muy ocupada resolviendo una duda que tengo.
-¿Puedo ayudarla?
-No.
-Snif.
-Bueno, no se ponga así, tan grandulón, tan guazú. Le agradezco de todo corazón, pero no puede ayudarme. Y sí me quiere de verdad, le ruego que me deje seguir con mi tarea de pajarito.
Anselmo se sintió triste por el rechazo. Se quedó sentado, quietito donde estaba, cumpliendo el pedido de no interrumpir a su amada. Lloró un poquito, lo suficiente como para crear una laguna en la que nadaron tres patos  y dos mojarritas, y luego se quedó dormido aunque había hecho siesta.
Al día siguiente, la frase escrita en el piso con polvo y brillantina decía:

TOBILLOH3

Cuando un gigante se enamora y no es correspondido, en vez de deshojar margaritas deshoja molinos.
“Me quiere, no me quiere, me quiere… no me quiere.” A cada molino que deshojaba Anselmo le respondía una fatalidad: “no”, “no”, y “no”. Y como los gigantes no son personas que acepten fácilmente los infortunios que les depara el destino, Anselmo insistía con otro molino.

La cuestión es que a los paisanos no les hacía ninguna gracia que un gigante enamorado saliera del monte y se acercara a sus campos para consultar la suerte con sus molinos.
Se organizaron y fueron a buscarlo allá, en lo profundo de la selva. Le dijeron:
-Anselmo, chamigo: por favor, deje nuestros molinos en paz.
Anselmo estaba tan triste que no los escuchó.
Los paisanos creyeron que los ignoraba, que no los quería escuchar. Y entonces le declararon la guerra: “La próxima vez que toque un molino, lo pagará con su vida”. Ni bien terminaron de decirlo, Anselmo se secó un par de lágrimas y, dispuesto a darle al destino una oportunidad más, sacó del bolsillo un molino que había arrancado hacía poquito y comenzó a deshojarlo: “Me quiere, no me quiere, me quiere… no me quiere…¡buaaaaaaaa!, lloraba el grandulón.
Los paisanos consideraron que era el colmo, que el gigante los desafiaba delante de sus narices. Entonces fueron a pedirles prestados lo arcos y las flechas a sus vecinos los indios, que en ese momento estaban tomando mate y a quienes le dio bastante fiaca tener que desempolvar sus armas, que no usaban desde que el gran jefe Cara Mará, aburrido de la guerra se había dedicado a cultivar orquídeas.
Cuando volvieron, el gigante todavía lloraba.
-¿Por qué no me quiere nada? ¿Por qué, por qué, por qué?
Y de repente por primera vez experimentó la picadura de un mosquito. Se dijo: “Qué raro”, y se rascó una rodilla. Se dijo: “Qué raro”, y se rascó una oreja. Se dijo: “Qué raro”, y se rascó la panza. En los minutos siguientes le picó absolutamente todo y se puso molesto, lo cual fue bueno, porque le permitió olvidarse un momento de sus penas.
-A ver, mosquitos, si se dejan de molestar porque estoy muy triste – dijo manoteando el aire para espantarlos.
Los paisanos se sintieron insultados.
-¡Más mosquito serás vos! -respondieron.
Al escucharlos, Anselmo miró para abajo. Se sorprendió al encontrarse con un grupo de personas que lo apuntaban con flechas.
-¡Epa! Por favor, ¿qué les sucede? No es necesario ponerse agresivos.
-¿Cómo que no es necesario ponerse agresivos? El primero que insultó fue usted, chamigo grandulón, que nos llamó “mosquitos”.
-Les pido mil disculpas, esto es una confusión, no quise ofenderlos.
-No aceptamos ninguna disculpa. Estamos furiosos porque nos está destruyendo todos los molinos y no tenemos cómo sacar el agua para nuestras casas y así no podemos preparar el mate cocido y no tenemos en qué mojar las tortas fritas cada mañana. ¿Se puede saber por qué?
Tanta información culinaria dejó un poco confundido al gigante, que por las dudas volvió a pedir perdón.
-Perdónenme, es que estoy enamorado, snif.
-¡Basta de llorar, que no trajimos paraguas!
Anselmo les explicó a los granjeros que era un gigante inútil, tosco y feo y que se había enamorado de un hada madrina joven, bonita y elegante que no aceptaba sus galanteos. Que si para conseguir que el destino los uniera tenía que deshojar todos los molinos del universo, él lo haría aunque los paisanos le tiraran flechas, y los marcianos, rayos verdes.
Eso de los rayos verdes impresionó bastante a los paisanos, que comprendieron que la violencia no servía para hacer entrar en razón a un enamorado. Y entonces decidieron ayudarlo. Con los arcos fabricaron arpas, y flautas con las flechas. Y se armó un concierto de melodías delicadas, para atraer al hada madrina.
Acertaron con el procedimiento, porque en instantes apareció la susodicha, con tutú reluciente y un brillito en los ojos.
-Tanta pachanga y yo no estoy invitada
-¡Oh, hermosa hada madrina! ¡Bienvenida, welcome, eyuporaité! -dijo un paisano haciendo una reverencia demasiado exagerada. Y como sabía que las hadas adoran la rimas, ensayó una con todo su talento:

¡Oh! Hermosa hada madrina,
dueña del llanto y la risa.
¡Oh! Hermosa hada madrina,
dueña del…techo y la repisa.
¡Oh! Hermosa hada madrina,
dueña del… pan y la pizza.
¡Oh!..

Claro que era mucho mejor productor de zapallos que de poesías. No pudo continuar porque alguien le dio un codazo y le dijo: “Redondeá, que te estás poniendo pesado”. Entonces, el pobre paisano retomó el aire y dijo:

¡Oh! Hermosa hada madrina,
¡que seas muy bienvenida!

Pipí Cucú se rió encantada: “Ji, ji, ji”, y agradeció con aplausos de hada, de esos que salpican papelitos de colores.
Y el paisano, ahora devenido en poeta exitoso, se sintió muy halagado.
-Ya les decía yo que tenía que tener otros talentos además de cultivar los más grandes zapallos de la zona.
-Nosotros no podemos adivinar el destino -dijo otro paisano- , pero nos contó un pajarito que usted anda queriendo enamorarse.
-¡Ay!, no sé, no sé -dijo pizpereta, el hada.
-El mismo pajarito -continuó el paisano- nos contó que si usted se tapa los ojos con este pañuelo y da un par de vuelta hasta marearse, cuando logre estabilizarse está en brazos de su enamorado.
-¡Ay, no estoy muy segura! -dudó ella.
-Claro, m`hija, que no está segura -dijo el paisano con tono sabiondo-, pero eso es porque no sabe lo que el destino tiene para usted. Cuando lo sepa, ya no sentirá inseguridad.
Como se imaginan, el hada dio tres vueltas, caminó medio mareada para un costado, tropezó con una raíz de mandioca y terminó en brazos de Anselmo. Claro que al destino lo ayudaron entre todos: los paisanos se corrieron y Anselmo estiró su gran manota hasta formar una asiento a medida del hada.
-¡Oh! – se sorprendió el hada al quitarse la venda- ¡Otra vez usted, karaité guazú!
Y mirando al paisano que hablaba con tono de sabiondo le dijo:
-¿Está seguro de que el destino no falla?
-¡Jamás! -contestó, pensando en el mate cocido con tortas fritas.
-Entonces, si ponemos a prueba a Anselmo, el destino le tiene que contestar lo mismo, ¿no? -desafió el hada. Y antes de que alguien le pudiera decir que no, arrancó una margarita y la puso en las manos del gigante. Anselmo tembló un poquito: nunca había deshojado una margarita y temía que se repitiera el fracaso de los molinos. Deshojarla le resultó bastante difícil porque la flor era muy pequeñita:
-Me quiere mucho, poquito, nada…
Los paisanos cruzaron los dedos. Como cuarenta pares de dedos cruzados había. Un silencio mortal. Y el resultado fue:
-…¡poquito! ¡Me quiere poquito! -gritó Anselmo. Como estaba tan contento, festejó con tres aleluyas y abrazó una montaña. Así son los gigantes.
Los paisanos también son gente positiva que apuesta al amor y prefiere siempre los festejos a las lágrimas, así que dieron por sentado que se avecinaba una despedida de soltero y descorcharon una sidra y se pusieron a brindar.
Pero el hada madrina era de esas personas que siempre piensan las cosas dos veces. Se quedó pensativa. ¿Qué significaba que ella lo quería poquito? ¿Qué casi no lo quería? Después de un rato decidió:
-¡Atención, atención, enatendequé!  pidió a gritos para hacerse oír-. Les agradezco a todos que sean tan cariñosos conmigo, pero no puedo aceptar a Tobillolargo como marido, aunque tiene los tobillos más bonitos de la región.
Anselmo se atragantó, no sabía que las chicas se fijaban en los tobillos de los muchachos.
-No puedo aceptarlo como marido -continuó el hada-. Solo puedo casarme con quien pueda comprender mi búsqueda interior. Les pido perdón a todos, especialmente a usted, mi karaité guazú.
Eso fue todo lo que dijo: Después desapareció. En el piso, la frase escrita con polvo y brillantina decía:

 

TOBILLOH4
Ooootra vez los lagrimones, las lagunitas, los patos y las mojarritas.
-Vamos, compadre -intentó consolar a Tobillolargo uno de los paisanos-: sea un hombre y no llore, al menos nos dejó una pista.
-Los hombres también lloran -lo defendió una hormiguita que pasaba por ahí.
-Vamos chamigo- insistió el paisano-, que no debe ser tan difícil comprender la búsqueda interior de un hada.
-¡Qué va! -dijo un hormigo que pasaba por ahí-. Todas la mujeres son incomprensibles. Si lo sabré yo.
-¡A ver, hormigas, si se ponen las pilas! -se enojó el paisano-. Que acá, si esto no tiene un final feliz, las primeras que van a morir ahogadas son ustedes.
-Está bien, está bien -dijeron-. Pensemos entre todas.
Y llamaron a otras hormigas que pasaban por ahí. Entre hormigas y paisanos se juntó una multitud. Una hormiga intelectual escribió los acertijos del hada en el piso, con letra bien grande, para que todos pudieran ver.
-¡Caramba! Parece un poema mal hecho. ¡No rima! -dijo un paisano confundido.
Y medio se quedaron en silencio, porque no sabían bien qué era aquello. Por suerte, un tucán viejo y descolorido se acercó al grupo para ver qué pasaba.
Miró de reojo y dictaminó:
-Es un haiku.
-¿Lo qué? -se preguntaron todos a coro.
-Un haiku -insistió el tucán, que era un animal muy sabio-: una poesía oriental, muy cortita. Los japoneses consideran que cuanto menos palabras se usan, más cosas se dicen. Un haiku intenta capturar la esencia de las cosas.
-¿Y usted qué sabe de Oriente? -le preguntó una víbora desconfiada que no había entendido ni jota. A esta altura, entre los hombres y las hormigas se había colado un montón de animalitos curiosos.
-He viajado mucho, gurisa. Fue en aquellas épocas de hippie en las que recorría el mundo vendiendo collares de semillas de pindó – le respondió el tucán, medio ofendido, y volvió a leer detenidamente lo que había escrito el hada-. ¿Me parece a mí o este haiku dice que los paisanos andan tramando algo? -preguntó, mirándolos por sobre los anteojos.
-Y bueno -se disculpó el que se había hecho el sabiondo-, es cierto que tratamos amablemente al hada y que intentamos enamorarla de Anselmo porque queríamos algo a cambio, pero fue todo por una buena causa.
-No habrá sido por un mate cocido con tortas fritas, ¿no? -increpó el tucán.
-Bueno, chamigo: tenga en cuenta que también toman el mate cocido nuestros hijitos, que tienen que desayunar para ir a la escuela.
-En fin -suspiró el tucán… y saludó porque se le hacía tarde para dormir la siesta.anselmotobillolargo

 

Había un misterio poético que resolver. ¿Qué quería decir el hada con cada haiku? Los paisanos se sentaron en ronda a pensar. ¿Qué nada es perfecto? ¿Qué nadie es perfecto? ¿Qué no existe el príncipe azul?
Una hormiga preparó mate, una paisana trajo bizcochos y un mono convidó bananas. Entre sorbo y mordiscos fueron apareciendo las ideas:
-Parece que después de imitar a una cereza, Pipí se dio cuenta de que todas las cosas tienen algún defecto. Por ejemplo un carozo duro de roer -dijo alguien por ahí.
-También las cosas malas tienen alguna virtud. El murciélago, feo entre los feos, tiene los sueños más bonitos -suspiró una paisana.
-¡Claro! -dijeron todos, que ya empezaban a comprender.
-¡Ufa! Nada es perfecto, eso no me gusta -protestó la víbora-. Yo por ejemplo, me arrastro por el piso raspándome la panza porque soy pura cola.
-¡Eso no es nada! Fíjese que la tiene tan lustrosa que muchas desearía comprarla para hacerse una cartera -replicó el sapo-. En cambio, yo, por ejemplo, tengo una piel rugosa, soy ancho, chato, sufro de sobrepeso y ni siquiera tengo cola.
-¡Eso no es nada! -le dijo el tapir al sapo-. Si bien es cierto que está tan gordito que ya no tiene cola, fíjese qué lindas polcas canta con ese vozarrón. En cambio, yo, por ejemplo, tengo este mugido, ladrido, balido o lo que sea. ¡Si será malo, que ni siquiera tiene un nombre propio en el diccionario!
-¡Eso no es nada! -le dijeron las hormigas al tapir-. Es cierto que sus sonidos son bestiales. Pero fíjese con qué elegancia trota por el campito. En cambio, nosotras, por ejemplo…
-¡Suficiente! -exclamó Anselmo, que ya se mareaba de tanto diálogo-. Ya comprendí. Nadie es perfecto. Pero Pipí Cucú sí está buscando al hombre perfecto.
-¡Claro! -asintieron todos-. Ella es bonita, tiene alas y varita…, así que debe ser perfecta.
-¡No señor! -tronó el tucán, que con tanto alboroto bajó su árbol no podía dormir la siesta-. El hada tampoco es perfecta. Pero no es tonta. Sabe que el príncipe azul es puro cuento.
-Eso me gusta -aplaudió la víbora.
-Tan solo busca un novio que tenga lo que ella necesita.
-Pero ¿quién, QUIÉN, tiene eso que ella busca? -preguntó el gigante desesperado.
-¡Usted!
-¿Yooo?
-¡Sí, usted!
-Pero yo, ¿qué puedo darle?
-¡La sencillez, chamigo! Pipí tampoco es perfecta y necesita lo que a usted le sobra: su sencillez. Lo que para un gigante son defectos, para un hada son puras virtudes. Usted es grandote y simple, ella es pequeñita y complicada.
-Pero somos justo lo opuesto -dijo el gigante, que todavía no comprendía.
-A mí la maestra me enseñó que los polos  opuestos se atraen -dijo una hormiguita.
-Hágame caso, Anselmo: desafíela a que escriba un haiku sobre un gigante. Y cuando se dé cuenta de que usted es su media naranja, apúrese a hacer como cualquier príncipe azul: regálele un ramo de rosas y una caja de bombones. Créame que nunca falla -dijo triunfante el tucán.

Esa noche, Anselmo no pudo dormir. Es que al día siguiente iría por última vez a pedirle la mano a Pipí. Ya no estaba seguro de que fuera a tener suerte, pero para no enojar a los paisanos no arrancó ningún molino.
El sol salió temprano, y temprano partió Anselmo en búsqueda de su amada. No sabía bien por dónde empezar, porque ella siempre estaba en los lugares inesperados. La encontró de casualidad. Esta vez, dormía acurrucadita dentro de una orquídea blanca. No parecía estar imitando algo, pero así, roncando bajito, a Tobillolargo le pareció un angelito caído del cielo. Esperó pacientemente a que se despertara.
-Oooh -bostezó el hada abriendo la bocota con menos delicadeza que un león del África. Tenía los ojos achinaditos y pegoteados. El pelo hecho un desorden. Pero una sonrisa impecable en el rostro.
“Es un encanto”, pensó el gigante.
-Buenos días a todos -cacareó el hada-. ¿Cuál es mi misión de hoy?
Por supuesto que Pipí no esperaba que alguien le respondiera. Por eso dio un brinco cuando escuchó una voz que decía:
-Imitar a un gigante.
Se dio la vuelta y allá arriba lo vio a Anselmo.
-Si es un hada talentosa, quizá pueda descubrir mi esencia – la desafió.
-¡Claro que soy un hada talentosa! -respondió con orgullo.
-Mmmmmmm -dudó Anselmo.
-¡Claro que soy talentosa! -insistió, y se puso en puntas de pie intentando ser lo más alta posible.
No fue suficiente, claro. entonces, se puso tacos altos.
Tampoco alcanzó. Entonces, apiló cajitas y cajitas de chicles. Muchísimas cajitas apiló. Cuando formó casi una montaña voló hasta la punta y se sentó. Ahora sí tenía la altura del gigante.
Pero no era suficiente. Le faltaba ser sencilla. Probó durante cuatro días ser sencilla, pero le resultó bastante complicado porque se preocupaba por casi todo: por el mal de Chagas (aunque en ese monte no hubiera vinchucas), por los accidentes de tránsito (aunque Pipí no tenía auto), por la yerba mate que venía con palitos. El gigante le dio algunas pistas para combatir la preocupación: cantar bajo la ducha, tomar picolé de frutillas y jugar a la casita robada.
Esto de comer, jugar y disfrutar era algo que Pipí no se permitía, tan preocupada por ideas complicadas. A fuerza de tomar tanto picolé de frutillas, le dio una sensación como de tranquilidad estomacal que nunca había sentido.
Luego de un tiempo volvió a subirse a la pila de cajitas de chicles. Y entonces, así aliviada como estaba, por primera vez se dio tiempo para mirar al gigante a los ojos. Le parecieron grandotes y profundos. Serenos como su tranquilidad estomacal. Y entonces se dio cuenta de que se había puesto colorada, pero no precisamente por tomar picolé de frutillas. Sintió las mismas cosquillas que había sentido cuando se moría de risa jugando a la casita robada con los cascarudos. Escuchó que allá abajo una hormiguita cantaba:
-Se puso colorada, lará, lará, lará…
Y como si fuera poco el papelón que estaba pasando, un grupo de paisanos entonó con ritmo futbolero:
-¡Que se besen, que se besen!
Entonces, el hada perdió el equilibrio y rodó cajitas de chicles abajo. La esperaban en el piso con una tiza y un pizarrón.
-Escriba ese poema para el grandulón, dele, dele -le pidieron.
Todavía medio confundida, el hada escribió: 

pizarra y tizas2

Cuando terminó de escribir, no despareció como hacía siempre. Una buena señal.
Los paisanos son gente positiva que apuesta al amor y prefiere siempre los festejos, así que volvieron a suponer que se avecinaba una despedida de soltero y trajeron las sidras. Pero esta vez no las descorcharon. Por las dudas. Alguien le dio un empujoncito al gigante y lo animó:
-Dale, chamigo: encare a la señorita.
El hada pateaba despacio una piedrita con la punta del pie y miraba al piso, toda colorada.
Tobillolargo se arrodilló, le ofreció una rosa y una caja de bombones y le preguntó con tono formal:
-Señorita hada madrina, ¿podría usted… explicarme por qué imita a una cereza?
Los paisanos se agarraron la cabeza. Una hormigo lo retó:
-¡Si serás chambón! Eso se lo tendrías que haber preguntado antes, la primera vez que hablaste con ella. Ahora, con una rosa en la mano, le tenés que preguntar si quiere ser tu novia.
-¡Pido gancho, pido gancho! -se apresuró a decir Anselmo.
El hada se miró las uñas y con tono indiferente, como si nada hubiera pasado, dijo:
-Concedido.
Entonces, Anselmo rebobinó y volvió a arrodillarse ofreciéndole una rosa y una caja de bombones. Le preguntó nuevamente, con voz formal:
-¿Querés ser mi novia?
-Sííííí  -palmoteó, feliz, el hada y salpicó arroz de colores.
Ahora sí, los paisanos descorcharon y brindaron. Los animalitos del monte se acercaron y también brindaron, pero con miel de abejas. Una banda de chicharras se puso a tocar chamamé, y cuentan que la jarana fue tan grande, tan grande, que dio la vuelta al mundo y llegó hasta los oídos de un poeta japonés, que se confundió y escribió el primer haiku en guaraní.

terminacion cuento

 

 

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SELLOZZ

CRISTINA MACJUS

Las noticias y la miel

corona7Un día el rey se quedó sordo. No como una puerta, sino como una ventana, de dos hojas. Oía todo del lado izquierdo, del derecho no oía nada.
La situación era incómoda. Sólo atendía a los Ministros que se sentaban de un lado del trono. A los otros, ni les respondía. Y aun de mañana, si el gallo cantaba del lado equivocado, su majestad no despertaba y pasaba el día entero durmiendo.
Fue cuando mandó llamar al gnomo del bosque, y el gnomo, obediente, apareció en la corte. Llegó volando con sus alitas, tan pequeño que, aunque todos estaban avisados de su llegada, casi lo confundieron con un insecto cualquiera.
Llegó y enseguida se entendió con el rey, estableciendo un trato. Se quedaría viviendo en el oído derecho y repetiría para adentro, bien alto, todo lo que oyese allí afuera. Por tener alas, podría, si lo deseaba, aprovechar su parentesco con las abejas para fabricar, en el oído real, alguna cera y un poco de miel.
El trato funcionó a las mil maravillas. Todo lo que el gnomo escuchaba lo repetía en voz bien alta en las cavernas de la oreja, y el eco y la voz del gnomo llegaban hasta el rey, que pasó a entender como antes, de ambos lados.reysordo
Corrió el tiempo. Rey y gnomo, así tan cercanos, cada día se fueron haciendo más íntimos. Ya uno sabía del otro, y era con placer que el gnomo gritaba, y era con placer que el rey oía el zumbidito de las alas atareadas en fabricar cera y miel. Una cierta dulzura comenzó a esparcirse del oído real a la cabeza, y el rey se fue poniendo, de a poco, más bondadoso.
Un cierto cariño se fue esparciendo de la caverna real al gnomo y él se fue poniendo, de a poco, más bondadoso.
Esa fue la causa de la primera mentira.
El Primer Ministro dio una mala noticia en el oído izquierdo, y el gnomo por no querer entristecer al rey, le transmitió una buena noticia en el oído derecho.
Fue ésa la primera vez que el rey oyó dos noticias al mismo tiempo.
Fue ésa la primera vez que el rey eligió la mejor noticia.
Después hubo otras.
Siempre que se decía algo malo al rey, el gnomo lo transformaba en algo bueno. Y siempre que el rey oía dos noticias elegía la mejor.
De a poco el rey fue dejando de prestar atención a aquello que le llegaba del oído izquierdo. E incluso de mañana, si el gallo cantaba de ese lado y el gnomo no
no repetía el canto del gallo, Su Majestad se olvidaba de oír y continuaba durmiendo tranquilo hasta ser despertado por el llamado del amigo.

gallocantandoLa miel chorreaba de un lado. Del otro llegaban las preocupaciones, las penas. Todos los malos vientos parecía que soplaban a la izquierda de su cabeza. Pero el rey había probado la miel y la dulzura y eran ahora más importantes que cualquier noticia. Entregó el trono y la corona al Primer Ministro. Después llamó al gnomo junto a su boca y le murmuró bajito la orden. Obediente, el gnomo voló al lado izquierdo y, aprovechando su parentesco con la abejas, fabricó algo de miel y abundante cera, con la que tapó para siempre los oídos del rey.

Marina Colasanti

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 MARINA COLASANTI2SELLOZZ

…y el gallo asado se puso a cantar

gallo decorado

En la tranquila aldea de Barcelós se había cometido un crimen. Algo tan fuera de lugar, tan increíble en aquella población, que nadie podía creer que el culpable fuera uno de sus pacíficos vecinos. Pero por más que investigaban, el criminal no aparecía. Las miradas recayeron en un recién llegado. Un hombre callado, que decía venir en peregrinación desde Santiago y que se dirigía a Compostela. Dijo también que se había detenido en la pequeña población atraído, justamente por su paz.
Nadie parecía dispuesto a creerle. Las autoridades consideraron que para calmar al pueblo debían resolver el caso rápidamente, así fue, que decidieron detener al peregrino y acusarlo del crimen. Se lo declaró culpable y condenó a la horca.
El hombre, convencido de que ya nada podía salvarlo más que un milagro, pidió como último deseo hablar con el juez que lo condenó. Lo llevaron ante el magistrado, que en ese momento estaba en medio de un banquete. El peregrino observó la larga mesa, repleta de comida, contempló por un momento la fuente que contenía un gallo asado y luego habló al juez.
-Señor juez, llegué a este pueblo con el corazón tranquilo, sin sospechar que sería acusado de un delito que no he cometido. A pesar de haber gritado mi inocencia una y otra vez, me condenaron, solo para calmar a la población. Pero es tan cierto que no he cometido crimen alguno que si soy ejecutado injustamente, ese gallo asado que se encuentra en la fuente se levantará y cantará.
Algunos de los invitados a la fiesta no pudieron contener la risa, y otros se quedaron en silencio. El peregrino era mientras tanto, conducido a la plaza donde lo esperaba la soga que daría fin a su vida.
El banquete continuó. De vez en cuando algunos de los comensales dirigían una mirada nerviosa hacia el lugar donde se encontraba el pollo. Nadie se animaba a tocarlo y aún menos cortarlo.
Llegó de hora de la ejecución. La soga se tensó en torno del cuello del acusado. En ese mismo momento el ave se puso en pie, sacudió las alas y comenzó a cantar ante los ojos aterrorizados de los asistentes al banquete. El juez comprendió el error cometido y trató de detener la ejecución, pero era tarde, el cuerpo del peregrino ya colgaba de la soga. Ordenó, entonces, que lo bajaran de inmediato. Al liberar el cuello el hombre tosió. Aún vivía.
La noticia sobre estos extraños hechos corrió de boca en boca. Todo el pueblo, arrepentido, fue a ver al peregrino y pedirle sus disculpas. En pocos días, el peregrino se recuperó y siguió su camino. Algunos sostienen que muchos años después volvió a Barcelós y hizo levantar un monumento en honor de Santiago y la Santa Virgen.
Desde aquellos sucesos, el gallo se convirtió en el símbolo nacional de Portugal representando la serenidad, la fe, la confianza y el honor.

Leyenda anónima
de la Colectividad Portuguesa.
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El Nubero

nuberoperf.


A mis abuelos; habitadores antiguos de la indómita Patagonia.

Mi nombre es Ramón. Vivo en un pequeño pueblo de la provincia de Santa Cruz sobre la ladera del macizo andino.
La cosecha de vegetales en terrazas de la montaña, la crianza de animales y las mercancías que nos acercan algunos intrépidos viajeros audaces, sorteadores de precipicios y caminos difíciles, nos permiten habitar este bello paraje.

Cuando yo era aún un niño, hace ya más de nueve años, un día llegó Don Salemín (su verdadero apellido es Salemh) con el camión cargado de mercancía. Ese día no llegó solo, como siempre, traía un acompañante. Un hombre en extremo flaco, de piel muy morena. Y su rostro distinguía una nariz prolongada y fina bajo, los ojos negros, intensamente luminosos.
Don Salemín contó que lo había encontrado cerca de la Cañada del Águila, sentado sobre una manta telera  y que le había dicho haberlo estado esperando para que lo acercara hasta nuestra aldea.
Yo, escuchaba con atención y curiosidad. Luego, me acerqué al forastero para observarlo. No era habitual ver gente nueva. Dí una vuelta completa a su alrededor con disimulo, haciendo como que corría a una mariposa que justo en ese momento, jugaba a seducir al sol. El extraño llevaba puesta una campera de gamuza con flecos bailadores y sobre el hombro izquierdo la manta, plegada, que mencionara Don Salemín.
Eligió un pino semiquemado para sentarse a su pie. Sacó una pipa del bolsillo de la campera y en ese momento me llamó.
-Eh, pibe ¿cuál es tu nombre?

-Ramón, señor. ¿Y usted?
-Mi nombre es Miguel.
-¿Qué viene a hacer aquí señor Miguel?
-Se me hace que me necesitan por estos lugares, Ramoncito.
-¿Que lo necesitamos? ¿Por qué?
-Porque hace mucho que no llueve, y yo me especializo en hacer llover.
-¿En serio,señor? ¿Es usted mago?
-No precisamente. Me dicen el Nubero.
Me despedí con cortesía.

Apresurado, llegué a mi casa y fui directo a la cocina. Estaba sin aliento. Mi madre, trajinaba con ollas y sartenes componiendo un cuadro, según sus propias palabras, de “mujer domeñando guisado”, Me miró con sorpresa. Entonces latigué mi pregunta.
-Mamá ¿qué es un Nubero?
Giró hacia mí y se quedó en silencio. Sacudió en el aire la cuchara de madera que tenía en la mano y me respondió risueña.
-¿Qué, Ramón? ¿Un nubero? ¿Quién te dijo eso?

-Mamá, llegó un Nubero, vino en el camión con Don Salemín. Yo lo vi y hablé con él. Se llama Miguel.
Mi madre rodeo mis hombros con sus manos tiernas y fuertes. Acercó su rostro hacia el mío y me dijo:
-Ramoncito, ese hombre te ha hecho una broma, no existen los nuberos. Luego, con una palmadita me invitó a salir de la cocina.

La sequía había convertido en fino polvo blanco nuestras calles; había secado la mitad de las verduras plantadas y amenazaba con exterminar todos los sembradíos de las minúsculas quintas. Los animales, huesudos y desencajados, vagaban sin fuerza, como resignados a la muerte.
Mi padre había comentado a mi madre, sobre la conveniencia de viajar con algún camión hacia el lado del mar, en busca de alimentos para almacenar, previendo tiempos difíciles.

Transcurrida una semana volví a encontrar al Nubero instalado en una casa vieja y destartalada que habían abandonado los Recalde cuando decidieron irse para la ciudad. Sentado en una silla baja parecía, por la quietud, un dibujo de estatua de   libro de lectura.  Creí que no me había visto, pero no era así.
-Hola, Ramón -dijo, y con la mano hizo un gesto para que me acercara.
-¡Usted me mintió, señor! -lo enfrenté en tono de reproche- Mi madre dice que usted me ha hecho una broma, que no existe la profesión de Nubero. 
-Yo soy Nubero, Ramón, y te lo demostraré. No solo verás como hago venir las nubes, sino que te enseñaré todo lo que sé acerca de los grandes secretos de la lluvia.
-¿Es en serio, señor, lo que dice? ¿En serio me va a enseñar?
-Sí, no es mi intención engañarte. Mi profesión es muy antigua y quizá tu mamá no sepa que existimos. Mañana a las diez en punto te espero aquí mismo e iremos juntos a convocar a las nubes y hacer llover.

Al día siguiente, Miguel y yo caminábamos hacia las afueras de la aldea.
Primero, el Nubero, colocó con cuidado una caja toda negra en mis manos.
-Abrí la tapa -me dijo- y cuando yo te indique la cerras con rapidez.
Esperamos. En algún momento me pareció que el sol, que estaba a pleno, se metía en la caja que yo estaba sosteniendo. Entonces, Miguel me hizo un gesto mudo para que la cerrara.
-Es preciso, Ramón, que el sol se guarde y eso es lo que le estamos pidiendo ahora. Le hemos quitado algunos rayos para que se dé cuenta que necesitamos de su ayuda. Necesitamos que se esconda en el cielo. Una vez cumplida nuestra misión, se los devolveremos.
El sol obedeció de inmediato y todo el paisaje se tornó oscuro como si la noche quisiera borrar al día. El Nubero me pidió que cerrara los ojos y repitiera con firmeza las palabras sagradas que atraerían la primera nube (no me es posible darlas a conocer, pero sí decirles, que son las mismas que pronuncian y cantan las cascadas y las fuentes). Y allí, sobre nuestras cabezas, apareció una hermosa nube gorda, muy gorda, gordísima, toda llena de festones, parecidos a los que hace mi madre con sus costuras. Desde este momento los acontecimiento se precipitaron. Yo obedecía maravillado cada indicación de mi maestro. Enlazamos la nube con un hilo invisible. Cuando estuvo bien sujeta comenzamos a balancearla. Aparecieron otras nubes. Algunas grandes, otras pequeñas, otras alargadas, otras redondas, otras finitas. Algunas grises, otras blancas. A todas las atamos con hilos invisibles. Hubo tantas en el cielo y tan apretadas que una protestó y entonces lanzó feroz, su primer rayo. Luego vino el aguacero, todo se llenó de magia. Yo eufórico, salté sobre los charcos y canté a coro con las ranas. Todo el paisaje a nuestro alrededor festejaba la vida.

Hoy, mi aldea no padece sequías. Cuando escasea el agua todos acuden al Nubero, que soy yo. En ocasiones viajo a lejanas comarcas, porque me lo solicitan, o porque me entero que falta el agua y la naturaleza agoniza.
Un solo acuerdo realicé con mi maestro; cuando encuentro un niño que me estudia con disimulo, haciendo como que persigue mariposas, es la señal de que un nuevo Nubero debe surgir. Y entonces, con la mayor de las alegrías, me convierto en su maestro.

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Los cuentos de mi abuela Keka

images (32)Yo crecía de noche, me dijo una vez Natalia. ¡Sí, de noche!
No le entendí, pero mi sonrisa fue una pregunta. Y Natalia me respondió entrecerrando los ojos para que el tiempo que hay detrás de los ojos no se fuera.
Yo era una niña de grandes ojos despiertos a la hora de dormir. Mamá, en la cocina, desarmaba las torres de platos blancos, llenaba la pileta de pompas de jabón y lavaba. Los cubiertos sonaban como cascabeles. Entonces era la abuela la que se sentaba al lado de mi cama, le arreglaba el sombrero al velador para que la luz no me diera en la cara, y me contaba cuentos, cuentos.
¡Oh, cuentos de la abuela!, dijo Natalia, cuentos fantásticos, distintos, pero iguales a los demás.
-¿Y en qué se diferenciaban entonces?
-En que aquellos cantaban. Aquellos cuentos cantaban.
Natalia cerró los ojos. ¡Sí, eran un regazo de palabras que me mecía!
Para que crezcas, me decía mi abuela, te voy a contar un cuento que vive dentro de una casita de versos.
No olvidaré aquella noche en que mirando el velador, le dije:
-¿Qué es un velador, abuela?
-Bueno… un dedito de sol-
-¿Y el sol?
-¡El sol! ¡El sol! ¿Qué te parece si para conocerlo hacemos un viaje al lejano, al muy lejano país que queda en el sol?
De la casita de versos, abuela sacó una escalera de rimas, y subimos, subimos las dos.

images

Viaje al país del sol

En el sol hay un país,
lejano y desconocido;
tiene una ciudad redonda,
redonda como un anillo.

En el sol hay un palacio
donde vive un rey de vidrio;
oye cantar a los ríos,
a los ríos amarillos.

En el sol hay un establo
de nubes y un asno fino
en el que dan una vuelta
al mundo todos los niños.

En el sol está la punta
de un trompo desconocido,
de estrellas que nunca vemos
y de cielos infinitos.

Quien quiera llegar al sol,
que vaya primero al trigo,
y al limón que es una gota
fragante del amarillo.

Busque en la cara del día
el oro duro del níspero;
toque el punto de la rosa
dorada en cualquier camino.

En el sol hay un país
lejano y desconocido.

Para que guardes vos también esos cuentos que eran versos, te los dejo aquí, en un cofre de papel. Cada vez que levantes su tapa no me verás cumplir un año más, pero sí creciendo, creciendo por dentro y de noche, con la cabeza apoyada en las palabras de abuela, esas almo-hadas dulces de mi infancia.

Miguel Ángel Viola

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MIGUEL ANGEL VIOLA

La balada del álamo carolina

la balada del...

A mi madre, Doña Petrolina de Conti Lombardi
y la ciudad de Chacabuco, mi pueblo.

Ciruelo de mi puerta,
si no volviese yo,
la primavera siempre volverá,
tú, florece.

Anónimo Japonés

Uno piensa que los días de un árbol son todos iguales. Sobre todo si es un árbol viejo. No. Un día de un viejo árbol es un día del mundo.
Este álamo carolina nació aquí mismo, exactamente, aunque el álamo carolina, por lo que se sabe, viene mediante estaca y éste creció solo asomó un día sobre esta tierra entre los pastos duros que la cubren como una pelambre, un pastito más, un miserable pastito expuesto a los vientos y al sol y a los bichos. Y él creyó, por un tiempo, que no iba a ser más que eso hasta que un día notó que sobrepasaba los pastos y cuando el sol vino más fuerte y tembló la tierra se hinchó por dentro y se puso rígido y sentía una gran atracción por las alturas, por trepar en dirección al cielo, y hasta sintió que había dentro de él como un camino, aunque todavía no supiese lo que era eso, lo supo recién al año siguiente cuando los pastos quedaron todavía más abajo y detrás de los pastos vio un alambrado y detrás del alambrado vio el camino, que es una especie de árbol recostado sobre la tierra con una rama aquí y otra allá, igual de secas y de rugosas en el invierno y que florecen en las puntas para el verano, pues todas rematan en un mechoncito de árboles verdaderos. Por ahí andan los hombres y el loco viento empujando nubes de polvo. También ya sabía para entonces lo que era una rama porque, después de las lluvias de agosto, sintió que su cuerpo se hinchaba en efecto aquí y allá y una parte de él se quedó ahí, no siguió más arriba, torció a un lado y creció sobre la tierra de costado igual que el camino.
Ahora es un viejo carolina, porque han pasado doce veranos, por lo menos, si no lleva mal la cuenta. Ahora crece más despacio, casi no crece. En primavera echa las hojas en el mismo sitio que estuvieron el otro verano y por arriba brotan unas crestitas de un verde más encarnado, pero al caer el sol se encienden como por dentro, pero él ahora no pretende más que eso, esa dulce luz del verano que lo recubre como un velo. Y dentro de esa luz esta él, el viejo álamo, todo recuerdo. De alguna manera ya estaba así hace doce veranos cuando asomó sobre la tierra y crecer no fue nada más que como pensarse. Sólo que ahora recuerda todo eso, se piensa para atrás, y no nace otro árbol. En eso consiste la vejez, verde memoria.
Ahora es el comienzo del verano justamente y acaba de revestirse otra vez con todas sus hojas, de manera que como recién están echando el verde más fuerte (son como pequeños árboles cada una) por la tarde, cuando el sol declina y se mete entre las ramas el álamo se enciende como una lámpara verde, y entonces llegan los pájaros que se remueven bulliciosamente entre las hojas buscando donde pasar la noche y es el momento en que el viejo álamo carolina recuerda. A propósito de la noche, los pájaros y el verano. Recuerda, por ejemplo, a propósito de los pájaros, el primero de ellos que se posó sobre la primera rama, que ha quedado allá abajo, pero entonces era el punto más alto, ya casi no da hojas y es tan gruesa como un pequeño árbol. En aquel tiempo era su parte más viva y sintió el pájaro sobre su piel, un agitado montoncito de plumas. Descansó un rato y luego reemprendió el vuelo. Recién dos veranos después, cuando divisó la primera casa de un hombre y detrás de ella la relampagueante línea del ferrocarril, una montera armó un nido en la horqueta de la última rama. Cortó y anudó ramitas pacientemente y así el álamo se convirtió en una casa, supo lo que era ser una casa, el alma que tiene una casa, como antes supo del camino y del alma del camino, ese ancho árbol florecido de sueños. El nido se columpiaba al extremo de la rama y él, aunque gustaba del loco viento de la tarde, procuraba no agitarse mucho por ese lado, le dio todo el cobijo que pudo, echó para allí más hojas que otras veces.
Al final del verano, los pichones saltaron del nido y los sintió desplazarse temblorosos sobre la rama con sus delgadas patitas, tomar impulso una y otra vez y por fin lanzarse y caer en el aire como una hoja. Un árbol en verano es casi un pájaro. Se recubre de crocantes plumas que agita como el viento y sube, con sólo desearlo, desde el fondo de la tierra hasta la punta más alta, salta de una rama a otra todo pajarito, ave de madera en su verde jaula de fronda.
Ese verano fue el mismo del ferrocarril. Antes viene la casa. No vio casas por completo, ni siquiera cuando, años después, trepó mucho más alto, sino lo que se ve ahora mismo desde el brote más empinado, un techo de chapas que se inflama con el sol y una chimenea blanca que al atardecer lanza un penacho de humo. A veces el viento trae algunas voces. Con todo, él ha llegado hasta la casa en alguna forma, a través de las hojas de otoño que arrastra el viento. Con sus viejos ojos amarillos ha visto la casa aun por dentro, ha visto al hombre, flaco y duro con la piel resquebrajada como la corteza de las primeras ramas, la mujer que huele a humo de madera, un par de chicos silenciosos con el pelo alborotado como los plumones de un pichón de montera. Con sus viejas manos amarillas ha golpeado la puerta de tablas quebradas, ha acariciado las descacaradas paredes de adobe encalado, y mano y ojo y amarillas alas de otoño ha corrido delante de la escoba de maíz de Guinea y trepado nuevamente al cielo en el humo oloroso de una fogata que anuncia el frío, el tiempo dormido del árbol y la tierra.
El ferrocarril pasa por detrás de la casa, pero hubo de trepar hasta el otro verano, cuando volvieron las hojas y los pájaros, para entrever el brillo furtivo de las vías cortando a trechos la tierra. Ya había sentido el ruido, ese oscuro tumulto que agitaba el suelo porque el árbol crecía tanto por arriba como por debajo. Por debajo era un árbol húmedo de largas y húmedas ramas nacaradas que penetraban en la tibia noche de la tierra. Por ahí vivía y sentía el árbol principalmente, por ahí su día era un día del mundo, así de ancho y profundo, porque la tierra que palpitaba debajo de él le enviaba toda clase de señales, era un fresco cuerpo lleno de vida que respiraba dulcemente bajo las hojas y el pasto y sostenía cuanto hay en este mundo, incluso a otros árboles con los cuales el viejo álamo carolina se comunicaba a través de aquel húmedo corazón. Al Este, por donde nace el sol, había un bosque. Lo divisó una mañana con sus ojos verdes más altos y todas sus hojas temblaron con un brillo de escamas. Era un árbol más grande, el más grande y formidable de todos. Al caer la tarde, con el sol cruzado barriendo oblicuamente los pastos que parecían mansas llamitas, los árboles aquellos ardieron como un gran fuego. Por la noche, el álamo apuntó unas de sus delgadas ramas subterráneas en aquella dirección y recibió respuesta. No era un árbol más grande, era un bosque, es decir, un montón de ellos, tierra emplumada, alta y rumorosa hermandad.
¿Por qué no estaba él allí? ¿Por qué había nacido solitario? ¿Acaso él no era como un resumen del bosque, cada ramo un árbol? Todas estas preguntas le respondió el bosque, sus hermanos, noche a noche. Estas y muchas  otras, porque a medida que se ponía viejo, en medio de aquella soledad, se llenaba de tantas preguntas como de pájaros a la tardecita. Los árboles no duermen propiamente, se adormecen, sobre todo en invierno cuando las altas estrellas se deslizan por sus ramas peladas como frías gotas de rocío. Es entonces cuando sienten con más fuerza todas aquellas voces y señales de la tierra. Los animales de la noche salen de sus madrigueras y roen la oscuridad, un pájaro desvelado vuela hacia la luz de una casa, un bulto negro trota por el camino, los grillos vibran entre los pastos como cuerdas de cristal, un perro aúlla en la lejanía, el hombre se da vuelta en la cama y piensa cuántas fanegas dará el cuadro de trigo. En este mismo momento, en esta noche tan quieta, la semilla está trabajando ahí abajo, el árbol la siente germinar, siente su pequeño esfuerzo, cómo se hincha y se despliega y recorre, pulgada por pulgada, el mismo camino que ha trazado el deseo del hombre, que ha vuelto a dormise y sueña con una suave marea de espigas amarillas.
Y fue por ahí, por la tierra, que el árbol tuvo noticias del ferrocarril cuando un día sintió ese tumulto que subió por sus raíces. Tiempo después, luego de divisar la morada del hombre, vio por fin aquella alocada y ruidosa casa que con chimenea y todo corría sobre la tierra, y  supo por ella que además de los pájaros gran parte de cuanto vive se mueve de un lado a otro y el viejo álamo, que entonces no era tan viejo pero sí árbol completo, sintió por primera vez el dolor de su fijeza. Él sólo podía ir hacia arriba trazando un corto camino en el cielo y al comienzo del otoño volar en figura según el viento en la trama de sus hojas. En cierto momento, después de la casa, el tren se transportaba entre sus ramas y a veces el penacho de humo llegaba hasta el mismo álamo. Esto dependía del viento, del cual, por instrucción de los pájaros, el viejo álamo había aprendido a extraer otros muchos sucesos. Según soplase, él agitaba sus hojas como verdes plumas y simulaba temblorosos vuelos. El viento subía y bajaba en frescas turbonadas por dentro de aquella jaula vegetal provocando, de acuerdo a la disposición del follaje, murmullos y silbidos que complacían al árbol músico.
Todo se aprende con los años, un verano tras otro, y luego para el árbol son materia de recuerdo en el invierno. El invierno comienza para él con la caída de la primera hoja. Un poco antes nota que se le adormecen las ramas más viejas y después el sueño avanza hacia adentro aunque nunca llega al corazón del árbol. En eso siente un tironcito y la primera hoja planea sobre el suelo. Así empieza. Después cae el resto y el viento las revuelve, las dispersa, corren y se entremezclan con las hojas de otros árboles, cuando el viejo álamo carolina ya se ha adormecido y piensa quietamente en el luminoso verano que, de algún modo, ya está en camino a través de la tierra, por el tibio surco de su savia. La lluvia oscurece sus ramas y la escarcha las abrillanta como si fuesen de almendra. Algunas se quiebran con los vientos y el árbol se despabila por un momento, siente en todo su cuerpo esa pequeña muerte aunque él todavía se sostiene, sabe que perdurará otros veranos. Hasta que allá por septiembre memoría y suceso se juntan en el tiempo y un dulce cosquilleo sube desde la oscuridad de la tierra, reanima su piel, desentumece las ramas y el viejo álamo carolina se brota nuevamente de verdes ampollas. El aire ahora es más tibio y el hombre, al que observa desde el brote más alto, recorre el campo y espía las crestitas verdes que acaban de aparecer sobre la tierra.
Para mediados de octubre el viejo álamo está otra vez recubierto de firmes y oscuras hojas que brillan con el sol cuando la brisa las agita a la caída de la tarde. el sol para esta tiempo es más firme y proyecta sobre el suelo la enorme sombra del árbol.
Fue en este verano, cuando el sol estaba bien alto y la sombra era más negra, que el hombre se acercó por fin hasta el árbol. Él lo vio venir a través del campo, negro y preciso sobre el caballo sudoroso. El hombre bajó del caballo y penetró en la sombra. Se quitó el sombrero cubierto de tierra, después de mirar hacia arriba y aspirar el fresco que se descolgaba de la ramas,  se quitó el sudor de la frente con la manga de la camisa. Después el hombre, que parecía tan viejo como el viejo álamo carolina, se sentóa al pie del árbol y se recostó contra el tronco.
Al rato el hombre se durmió y soñó que era un árbol.

Haroldo Conti

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HAROLDO CONTI 2

SELLOZZ

Los signos

principal

Al nacer el hijo primogénito y único de Osiris Habib, créase que nada se había visto en este mundo que se pareciera en belleza, gracia y cualquiera de las muchas excelencias que trasuntaba, según sus padres, el privilegiado retoño. Más allá del sentido figurado Pedrito Tulio Ambrosio resultaba algo así como la más completa expresión de la divinidad bajo la forma animal viviente. Era divino. Y si había exageración, que algunos vinculaban con la edad de los progenitores -demasiados años para tener un hijo, y este hijo, tan esperado-, ya se sabe que el amor hace chochear con frecuencia a los hombres. ¿Quién podría decir que esos ojazos no eran singulares; que esa naricita no despertaba ganas de comérsela, que esa boquita, en fin, no era la primicia de una rosa, húmeda por el aire del amanecer? La misma pequeña mancha que asemejábase a una media luna, blanca como el bórax, en medio de la rosada frente, acentuaba los encantos del niño. Alguien quiso ver una anomalía en ese minúsculo retazo de piel, como si le faltara a ésta, allí, la materia colorante. Pero de ninguna manera podría considerarse un asomo de albinismo, porque los ojos del pequeño eran verdaderos campos de esmeralda, y los albinos se caracterizan por el rosado o el rojo del iris y el color blanco del pelo y del vello. Pedrito Tulio Ambrosio era rubio resplandeciente, un rubio que iba oscureciendo al cabo de los días. Aquella manchita era una gloria. Lo único que podía afectar a ese dechado de perfección era la otra mancha vinosa que tenía en la espalda; pero no era de ningún modo un defecto y, por otra parte, y gracias a Dios, no molestaba allí, en lugar poco visible.
El día que Ernesto, el amigo más querido y admirado de Osiris -llegado oportunamente cuando bañaban a Pedrito-, observó las señas o particularidades del pequeño y aprovechó para demostrar, algo rumboso, sus conocimientos acerca de una materia apasionante: la egiptología, comenzó el drama de Osiris Habib, hombre por demás sugestionable.
-¿Has observado, Osiris -le preguntó-, que la mancha que tiene Pedrito en la espalda semeja un águila o un buitre con las alas desplegadas?
-Y eso, ¿qué? -comentó molesto Osiris- Sinceramente no veo águila ni buitre alguno.
-Si el niño fuera mi hijo, yo me inquietaría -dejó escapar Ernesto.
Osiris Habib se puso sombrío. Y luego de un silencio, el rostro algo enrojecido, escabrosa la voz, inquirió el porqué.
Ernesto calló durante un rato, antes de responder. Él pensaba ahora -y estaba convencido- que un rayo de luz había fecundado a Lidia, la mujer de Osiris, y que Lidia no era otra cosa que una becerra que había llevado en su seno al “pobre animalito”, es decir, a Pedrito Tulio Ambrosio. De pronto, como si dentro de él se destuyera alguna posible duda, en su pensamiento se dibujaron ostensiblemente las letras iniciales de los nombres del niño: PTAH (Pedro Tulio Ambrosio Habib); y tomando de un brazo a su amigo, le preguntó:
-¿Se llamaban también Osiris tu padre y abuelo?
Las pupilas de Osiris se dilataron.
-Sí -respondió- ¿A cuenta de qué vienes con eso ahora? Osiris se llamaron todos mis antepasados, según fue tradición en mi familia. Tradición que yo quise romper al nacer Pedrito.
Y Ernesto continuó:
-Y dime: los nombres de Pedro Tulio Ambrosio, ¿a qué responden?
-Son segundos nombres o terceros nombres de pariente, también.
Ernesto se acercó al vidrio empañado de la ventana y escribió con un dedo: PTAH.
-Estas son las siglas de Pedro Tulio Ambrosio Habib. Claro, no te dicen nada, absolutamente nada. Pero ellas forman un nombre propio, porque PTAH fue un dios egipcio, de quien, igual que de Osiris, otro dios hombre, provino el sagrado buey Apis. Lee a Plutarco y Herodoto si quieres saber más.
Nada entendió, evidentemente, el buen amigo. Pero en medio de ciertas brumas entrevió algo desagradable: algo que ya se estaba posesionando de él, como una garra negra.
-Dime, por favor, Ernesto, qué quieres decir. Dimelo con otras palabras.
Ernesto meditó: creyó conveniente usar prudentes circunloquios en la singular noticia, mala sin duda para los padres del niño.
-No puedo convencerme de que todo sea sólo simple coincidencia. Creo ver algo raro… algo que me resulta difícil de explicarte.
Sin embargo Osiris lo apuró y ambos se fueron a la calle para hablar lejos de Lidia. Pero el silencio se prolongaba.
-Vamos Ernesto, explícame por qué dijiste que si Pedrito fuera tu hijo, te inquietarías.
Al fin Ernesto habló.
-Tu pequeño tiene algunos signos que lo emparentan con un animal sagrado: el buey Apis. Esa pequeña medialuna clara en medio del rosado de su frente, y esa mancha en sus espaldas mostrando la imagen de un águila o buitre.
-El médico no le ha dado importancia. La mancha vinosa es un simple angioma. Así le llaman. El niño es espléndido. Lidia lo ve divino. Yo también.
-Es posible que lo sea -añadió Ernesto-. Ahí está el quid del asunto. Si me permitieras mirar debajo de la lengua de Pedrito tendríamos, tal vez, otro testimonio válido.
-¡Oh, déjate de pavadas…! ¿Qué piensas encontrar allí? No acabo de entender por qué te empeñas en emparentar a Pedrito con un buey, feo animal por sagrado que sea, y cómo no te parece todo lo contrario, un ángel por ejemplo.
-Síguelo observando -fue la respuesta de Ernesto-. La figura de un escorpión o de un escarabajo, debajo de la lengua, es otro de los signos que caracterizan al buey Apis.
Le dio un abrazo y regresó a su casa. Al entrar Osiris a la suya, Lidia le preguntó si se sentía descompuesto o si había discutido con Ernesto, porque una palidez extraña parecía envejecerlo. Era como si se le hubieran caído las alas del corazón.
Osiris esquivó la pregunta, malhumorado, y se dirigió al cuarto del niño. Ella no insistió  para no alterarlo más, porque conocía demasiado su carácter algo ríspido en ciertas circunstancias. Cerró Osiris la puerta y contemplo al pequeño que dormía boca abajo. Se le aproximó en puntas de pie y tras algunas vacilaciones, apartó hacia un lado la sábana, agrupando sin querer, como un ramillete, los alelíes celestes bordados en el lienzo. Luego descubrió a Pedrito levantándole la impecable bata de dormir, y bajo las sugestiones de su amigo, obedeciéndole, observó la hermosa anatomía. Pensó entonces que era posible que no fuera así, pero debía convencerse esta vez que la mancha de Pedrito recordaba a un ave de rapiña. Allí se perfilaba un pico corvo, una garra, quizá, y una especie de garabatos podían sugerir las barbillas de una pluma. Pero, ¿no era caprichoso verlo así? ¿No sería sólo producto de la sugestión?
Trató de tranquilizarse. Después de todo, y con buena voluntad, podía verse en la mancha vinosa, tanto una alondra cantando o un predicador evangélico. Pero los propios argumentos no lo convencían, allá en el fondo, y creyó de pronto descubrir debajo de la nuca de Pedrito cienta protuberancia inquietante: algó así como una pequeña giba en la base del cuello , o, para decirlo de otra manera, un abultamiento craso que declinaba en lo que llaman paletilla en un toro o un buey. Ciertamente no lo había observado nunca, y la confusión se apoderó enteramente de él.
Llamó a Lidia.
-Dime… dime la verdad: ¿ves algo raro en Pedrito?
No veo nada fuera de esa graciosa manchita. ¡Es divino! -agregó entusiamada, y ensombreciéndose a la vez preguntó:
-¿Te sientes mal, Osiris? ¿Te pasa algo?. Te veo como desesperado después de haberlo visto a Ernesto.
Pedrito despertó, y la madre le dio de beber de su fuente: un pecho empinado en el que convergía toda la luz.
El buey Apis no se desprendía, mientras tanto, de la mente del padre. Se puso a pensar en la claridad de la frente del niño, que, por otra parte, podía parecer una media luna, un trozo de manzana, una coronita de príncipe, o cualquier otra cosa, según quería verse, por ciertas indefiniciones del dibujo. Pero estaba lo demás: su propio nombre, Osiris, tradicional en la familia y esa curiosa coincidencia (¿era una coicidencia?) de las iniciales del pequeño que formaban el nombre de un dios-hombre: PTAH.
De golpe, al dejar de beber Pedrito, Osiris le pidió a Lidia:
-Déjame ver la lengua.
-¿La lengua? ¿Qué buscas encontrar en ella sino restos de mi leche?
Osiris no contestó, quitó a Pedrito de los brazos de Lidia, y lo acostó suavemente en la cuna. Luego fue a la cocina y volvió con una cucharita de plata.
-Cuidado, lo vas a hacer llorar.
-¿Cuándo ha llorado? Nunca llora. Ojalá lo hubiéramos oído llorar alguna vez.
Y abrió el capullo, aquella primicia de rosa del Génesis, haciendo delicados manipuleos con el improvisado espéculo.
-¿Qué haces? ¿Qué buscas, Osiris? -preguntó Lidia sobresaltada.
-Mira tú -fue la respuesta-. Dime si ves debajo de la lengua algo así como la imagen de un escarabajo o de un escorpión. Me parece ver algo…
Lidia miró a su vez, disgustada.
Maltratamos inútilmente al niño -dijo-. No veo nada. Sólo el frenillo y la túnica rosados, casi blancos.
-Ernesto quiere mirar -agregó Osiris.
-No lo dejarás, supongo. Yo no lo permitiré. ¿Qué busca ese hombre? ¿Por qué te dejas sugestionar tan facilmente por él?
Los días siguientes fueron para Osiris largas pesadillas. No quería ver a Ernesto, su hermano del corazón, y su maestro en tantas cosas de la vida. Sentía miedo. Lidia recibía el impacto, y cierta magrez le había zanjado las ojeras. Sin embargo, callaba sus desvelos para no echar más leña al fuego en que se consumía Osiris.
Pero las cosas suceden cuando tienen que suceder. Era inevitable. Sin duda Osiris, sin querer aceptarlo, reconocía en lo más profundo de sí mismo que no eran del todo disparatadas las suposiciones de Ernesto. El no era un impostor, no mentía nunca, jamás trataba de herirlo o molestarlo. Era una autoridad en la materia: egiptología. En consecuencia la preocupación de Ernesto debía ser auténtica.
Aquel funesto día Osiris no encontró en su hijo tanta belleza. Tal vez se convenció de que la iba perdiendo hora tras hora o la había perdido ya del todo; contrariamente a Lidia, ciega de amor por el vástago. Pero esto es sólo una especulación más o menos razonable. Lo cierto es que en ausencia de Lidia, que había salido a hacer compras, la casa ardió en un vómito de llamas que fue imposible apagar luego que Pedrito lloró por primera vez. Porque el llanto del niño, según algunos vecinos, no fue precisamente el llanto de todos los niños. Fue, para decirlo con más propiedad, un estremecedor y, a la vez tierno, mugido.escarabajo

Julio Imbert

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