Zapam Zucum

De una prominente panza, brazos y piernas largos y delgados, negros ojos redondos en incesante movimiento y que no pestañean porque carecen de pestañas, boca de luna cuarto creciente, nariz redonda como botón deshilachado, pelo ralo y lacio color ceniza en caída libre hacia sus ojos. Todo él, de un color azulverde. Así es Zapam Zucum.
La primera vez que nos encontramos fue el día en que se atrevió a meterse en mi ríquisima comida. Casi me muero de susto. Era de noche y hacía frío. Yo había preparado una sopa con choclo, papa, zapallo, brócoli, zanahoria y albahaca. ¡Hummm… qué aroma despedía ese caldo mientras hervía perozoso en el fuego! Volqué la cocción en un tazón grande, generoso, y quedé a la espera de que tomara la temperatura razonable para comenzar a saborearla. De repente, un ruido, ¡PLAF! y luego otro y otro y otro ¡PLAF!… ¡PLAF!… ¡PLAF!

– ¡Qué rico está esto! -dijo algo o alguien de voz ronca y oxidada.

Creí estar delirando… con fiebre. La voz salía desde mi tazón de sopa. Primero sobresalió un brazo largo, indolente, de la superficie del caldo. Luego, un cuerpo entre azul y verde, adelantado por una voluminosa y redonda panza.

– ¡Caray! -exclamé- ¿Y esto?

– ¿Cómo y esto? -dijo el algo-  Sepa señor, que yo no soy y esto. No soy una cosa. Yo soy Zapam Zucum, un duende.

– Bah…¿por qué ser modesto? Soy un… ¡gran duende!       
Era muy cierto lo que me había dicho Zapam Zucum en aquella primera ocasión en que nos conocimos. Era un pequeño gran duende. Pequeño en tamaño pero terriblemente grande para hacer desastres y travesuras de cualquier índole. Ahh… y como suponen bien, en aquella ocasión, se tomó toda la sopa que yo había preparado con tanto esmero y luego se acostó a dormir en el fondo del tazón, sin siquiera dar las gracias.

Instalado por propia voluntad y definitivamente en mi casa, uno de sus tozudos días, se le ocurrió que debía acompañarme al trabajo y no hubo modo alguno de hacerlo desistir de su idea.

Soy maestro de música en la escuela primaria. Ese día, ¡justo ese día! había planificado mostrar a los niños algunos instrumentos musicales que componen la orquesta y era mi intención incentivarlos a encontrar los mensajes escondidos en el alma de la madera, del metal, del cuero… en el alma del papel.

Zapam Zucum se trasladó al colegio abrigado entre mis cabellos y soplándome todo el tiempo al oído izquierdo (porque según él es con el que mejor escucho) indicaciones para que mi cabeza no se moviera bruscamente y provocara su caída.

Al llegar a la entrada del colegio ya estaba desaforado. Cuando arribamos a la sala de música, sin que me diera tiempo a decirle palabra, se zambulló en el saxofón.

– ¡Cómo me gusta el jazz, viejo! -me dijo- ¿Sabes que yo amo a Louis Armstrong? Y al otro… este otro… ay, ay… acá lo tengo… en la punta de la lengua… sí… sí… el que vos estas  pensando.

– ¿Quién, Jimmy Scott?

– Ese, viejo, ese. Y también la Jazz Band. Ah… te sorprendí, ehh… ¿Sabes que Coqui es amigo mio?… y de muchos años. ¡Sí señor! Y también soy amigo de Mauri, el baterista…

– ¿De qué Mauri me hablás?

– Mauri de Oidosordos, viejo, por supuesto.                        Note en sus palabras un cierto aire de orgullo y suficiencia.
Cuando llegaron los chicos me concentré en la clase. Comenzamos por imitar los sonidos del agua, del viento, el murmullo de las hojas, el canto de las gotas de lluvia, el fragor juguetón del mar. Imprevistamente, a Zapam Zucum se le ocurrió soplar desde dentro del saxofón. El instrumento emitió un estruendoso bostezo. Como de un gigante que se despierta después de un buen sueño. Luego,  magicamente, pegó tres saltitos y cayó al piso haciendo gruuusss, plannn, plannn, plannn. Los chicos quedaron mudos y yo para qué contarles. ¿Cómo explicar que adentro del saxo había un duende? ¡Y que había entrada a la escuela entre mis cabellos! ¡Y que vivía en mi casa! Pero aquí  no terminó todo. Con una agilidad que no se podía sospechar para su cuerpo de panza prominente, Zapam Zucum se acomodó en el oboe, sus deditos delgados buscaron precisas  aberturas y su boca sopló a todo trapo. El espacio parecía hincharse como un globo con sonidos arrugados, roncos, graves, quejosos y que recordaban a las películas de terror.

Mis alumnos miraban hacia un lado y otro, interrogándome sin decir palabra. Yo, confieso, no sabía que decir. Pero Zapam Zucum sí. Saltó del oboe  para columpiarse en el caño transversal del triángulo. Se instaló allí con danzante y gracioso equilibrio y, haciendo una profunda reverencia, se presentó.

– ¡Hola! ¡Qué tal? Mi nombre es Zapam Zucum, soy un genio de la música y también en algunas otras cositas… Observen, observen y escuchen.

En un despliegue de talento, Zapam Zucum saltó del triángulo a la flauta de la flauta a la quena de la quena al saxo del saxo al clarinete del clarinete al timbal del timbal a la corneta y de la corneta  nuevamente al triángulo, haciendo sonar cada uno de los instrumentos en su justa duración, ataque, timbre, intensidad y tono. Los alumnos aplaudieron a rabiar y entusiasmados se dispusieron a imitarlo. Olvidados de mí  y, con Zapam Zucum dirigiendo la orquesta, lograron crear sin esfuerzo alguno los sonidos y acordes más maravillosos que hasta ese momento yo había escuchado en mi clase de música.

 Así, Zapam Zucum demostró ese día, ser un gran director de orquesta.

Si alguna vez lo encuentran en su casa, no se asusten. Es algo exótico a primera vista, pero también, el más divertido, talentoso y excelente amigo que puedan tener.

– ¡Zapam Zucum! ¿Qué estás haciendo con la cola del gato y las cuerdas del violín?

TUI

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