La ciudad hundida

Tiene poderes el agua. Eso se sabe. Lo decían los antiguos. Cerca del lago Lolog, le sucedió a un piñonero.

A él le gustaba bajar de los cerros viboreando entre los ñires, esos árboles con que la cordillera protege a veces a los caminantes. Salía ya del frescor de los ñirantales, cuando escuchó algo. Un grito metálico, un sonido extraño. Pájaro viajero pensó que sería. Siguió caminando y volvió a escuchar, ahora con más claridad. Esta vez eran cuatro voces como de campana. Pero estaba lejos del pueblo. Buscó la orientación del ruido y lo ubicó en el lago.Ya estaba llegando a la orilla. Un poco para descansar y además  para asegurarse de que estaba solo, se sentó en una piedra y esperó.

Sobre el agua entonces, algo empezó a suceder. Algo se levantaba como un remolino silencioso. Agua no era porque tenía forma y subía en el aire y se aquietaba. Además el silencio. Callado y pegado a la piedra fue viendo lo que aparecía. con transparencia de ventanas altas y columnas de un color ceniza, brillaba en el resplandor del lago. Una catedral dijo que era. Levantada y perfecta sobre la piel del agua.

Como entendió que algo extraño estaba sucediendo retrocedió en silencio y corrió un trecho no muy largo hasta la casa de un vecino. Cuando el vecino salió, él se apresuró a contarle y lo llevó hasta la orilla, pero cuando estiró el brazo para señalar el lugar en que  había visto lo que viera,  se quedó inmóvil porque nada había y el aire estaba tranquilo como si nunca nada hubiera sucedido.

-Es la ciudad hundida  -le dijo al vecino. Y le contó, mientras desandaban el camino, lo que le contara su abuelo, de la ciudad que una vez se hundió. Le dijo que todavía esta despierta en el fondo del lago y a veces, cuando no hay oleaje ni ruido, la catedral se anuncia y aparece. Después el brillo del aire se mueve y las paredes se apagan, se las traga el agua otra vez.

El vecino se quedó en su casa y el piñonero retomó el rumbo para la suya. Es mucho el silencio cuando uno va solo. Sin embargo algo volvió a escucharse detrás de él. Algo como un sonido metálico.

“Es un pájaro”, se dijo. Y se adentró en el bosque.


María Cristina Ramos  

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