Mil muertes

Llevaba en el agua cerca de una hora, y entumecido, agotado, con un terrible calambre en la pantorrilla derecha, parecía llegada la hora de mi muerte. Luchando en vano contra la fuerte marea menguante, había contemplado el paso de la enloquecedora procesión de luces de la marina; pero, al presente, renuncié a luchar contra la corriente, concentrándome con los tristes recuerdos de una carrera malograda que estaba llegando a su fin.
Quiso mi suerte que fuese descendiente de una buena familia inglesa, si bien el saldo que arrojaba la cuenta que en el Banco tenían mis padres era muy superior al valor del acontecimiento que ellos tenían de la naturaleza del niño y los alcances de la infancia. Pese a darme de comer con cuchara de plata desde que nací, me era desconocida la feliz atmósfera de un verdadero hogar. Mi padre, afamado anticuario, era hombre de vasta cultura, no prestaba atención a su familia, continuamente entregado a las abstracciones de sus estudios. Mi madre, que distinguíase mucho más por sus encantos personales que por su sentido común, se saturaba de la adulación de una sociedad en la que estaba perpetuamente sumida. Acudí a la escuela y cursé los estudios universitarios de cualquier hijo de burgués, y al darme los años fuerza y pasiones crecientes, los autores de mis días diéronse cuenta de pronto que yo tenía un alma inmortal e intentaron refrenarme. Sólo que era demasiado tarde. Cometí la peor y más audaz de las locuras; los míos renegaron de mí, la sociedad a la que yo había ofendido durante tan largo tiempo, me desterró y, con las mil libras esterlinas que me dio mi progenitor y su declaración de que no daría ni un penique más ni quería volverme a ver, compré un pasaje de primera clase para Australia.
Mi vida fue desde entonces un constante peregrinar -de Oriente a Occidente, desde el Ártico al Antártico- para verme, finalmente ahora, a los treinta años, convertido en un experto marino, en pleno vigor de mi virilidad, ahogándome en la bahía de San Francisco por un intento desastrosamente infortunado de abandonar el barco.
La pierna derecha me dolía de un modo horroroso a causa de un calambre. Una ligera brisa agitaba el mar, y el agua me entraba por la boca, engúllendola sin que pudiera evitarlo. Aunque  procuraba mantenerme a flote, lo hacía de una manera puramente intuitiva, pues iba perdiendo rápidamente el conocimiento. Guardo confuso recuerdo de haber sido arrastrado por la corriente y pasado cerca de la muralla del mar, de haber vislumbrado la luz de estribor de un barco…Después… todo se desvaneció.
Oía un apagado zumbido, como si muchos insectos revoloteasen a mi alrededor, y sentí que acariciaba mis mejillas el embalsamado aire de una mañana de primavera. Cobraba poco a poco un ritmo creciente, a cuyas pulsaciones parecía responder mi cuerpo. Flotaba sobre el apacible regazo de un mar de verano, que subía y bajaba con soñadora alegría a cada ola cantarina. Pero las pulsaciones hacíanse más fuertes, más alto el susurro y más furiosas las olas… Saltaba sobre un mar encrespado. Era preso de una gran agonía. Chispas luminosas, brillantes, intermitentes, cruzaban como relámpagos mi conciencia interna, resonaba en mis oídos el rumor de muchas aguas; entonces se produjo un rápido estallido de algo incomprensible, y desperté.
La escena, de la que era protagonista, me resultó curiosa. Bastó una ojeada para darme cuenta de que yacía, en incómoda postura, sobre el piso de un camarote de yate. A cada uno de mis lados, levantando y bajando mis brazos como si de palancas de bomba se tratase, había dos individuos de piel morena, ambos vestidos de un modo peculiar. Aunque versado en muchos tipos salvajes, me era imposible conjeturar su nacionalidad. Habían atado algo a mi cabeza que conectaba mis órganos respiratorios con una máquina que, en principio, me fue imposible comprender su utilidad. Sin embargo habían taponado mis fosas nasales, obligándome a respirar por la boca. Por la oblicuidad de mi línea de visión, veía en escorzo dos tubos que se parecían a una pequeña manguera, aunque de distinta composición, cada uno de los cuales surgían de mi boca y se separaban en ángulo agudo el uno del otro. El primero era muy corto y estaba tendido en el suelo junto a mí; el segundo lo cruzaba en numerosos rollos, y estaba conectado al aparato del que no podía precisar aún su uso.
Sin embargo, de algo habrían de servirme los días dedicados al estudio, antes de que mi vida tomase otro rumbo, estudios dedicados en gran parte a las ciencias y, conocedor de las cuestiones y útiles de laboratorio, pude, finalmente, apreciar la máquina que estaba viendo. Componíase principalmente de vidrio, aunque la construcción era tosca como las que se emplean para fines experimentales. Un recipiente conteniendo agua estaba rodeado por una cámara de aire, a la que conectaba un tubo vertical coronado por un globo. En el centro del conjunto había un indicador de vacío. El agua, en el tubo, ascendía y descendía, produciendo inhalaciones y exhalaciones alternativas, que, a su vez, me eran comunicadas mediante las mangueras. Con esto y con la ayuda de los hombres que con tanta energía movían mis brazos habíase mantenido artificialmente el proceso de mi respiración, subiéndome y bajando el pecho, dilatándose y contrayendo mis pulmones, hasta que mi naturaleza pudo ser persuadida a reanudar su acostumbrada labor.
Al abrir los ojos, me quitaron los aparatos que me habían colocado en la cabeza, las fosas nasales y la boca. Después de hacerme tragar un buen sorbo de coñac, me puse de pie, tambalénadome, para dar las gracias a mi salvador, y me hallé ante mi… padre. Mis largos años de compañerismo con el peligro me habían enseñado a tener dominio sobre mí mismo, y esperé para ver si me reconocería. No fue así; él no vio en mí sino a un marinero huído y me trató en consecuencia.
Dejándome al cuidado de los negros, se puso a revisar las notas que había tomado acerca de mi resurrección. Mientras yo comí de las excelentes viandas que me sirvieron, empezó la confusión en cubierta, y por las salomas de los marineros y los alegres ruidos que hacían los aparejos, me di cuenta  que el barco se ponía en movimiento. ¡Qué divertido! ¡Un crucero con mi padre por el ancho Pacífico! Poco imaginaba yo, al reírme para mí, en que lado iba a estar la broma. ¡Ay! de haberlo sabido, me hubiese arrojado al agua y bendecido la inmunda embarcación de la que hacía poco me había escapado.
No me dejaron subir a cubierta hasta alejarnos de los farallones y del último bote del práctico. Estimé esta prevención por parte de mi padre y me propuse agradecérsela sinceramente en mi fanfarrón modo de marinero. No podía sospechar que él persiguiera fines propios teniendo mi presencia secreta de todos menos de la tripulación. Contóme con brevedad mi salvamento por sus marineros, asegurándome que esa era su obligación, puesto que mi aparición había sido muy oportuna. Él había construido el aparato del que ya había hecho uso para la justificación de una teoría relativa a ciertos fenómenos biológicos, y había esperado una oportunidad para utilizarlo.

-Tú has demostrado su eficacia sin dejar lugar a dudas -dijo, y añadió luego, lanzando un suspiro- pero sólo ha sido en un simple caso de asfixia por inmersión.
Mas, para no alargar mi relato, diré que me concedió un anticipo de dos libras esterlinas sobre mi futura paga por navegar con él, y eso me pareció generoso, porque, realmente, no me necesitaba. Contrariamente a lo que yo esperaba, no hube de juntarme en rancho con los marineros, ya que me asignaron un cómodo camarote y comía en la mesa del capitán. Él había intuido que yo no era un marinero vulgar, y decidí correr ese albur para captarme de nuevo su bienquerencia. Inventé un pasado para explicar mi educación y mi situación presente e hice cuanto pude por estar en contacto con él. No tardó mucho en revelar predilección por las investigaciones científicas, ni en apreciar mis aptitudes. Llegué a ser su colaborador, con el correspondiente aumento de paga, y, al poco tiempo, al hacerse más comunicativo y exponer sus teorías, yo me mostraba tan entusiasta como él.
Los días transcurrían volando, porque yo estaba profundamente interesado en mis nuevos estudios, pasando mis horas de vela en su bien provista biblioteca, o escuchando sus planes y ayudándole en sus trabajos de laboratorio. Pero nos veíamos forzados a renunciar a muchos experimentos seductores, pues un barco balanceándose no era exactamente el lugar adecuado para realizar trabajos difíciles o complicados. Me prometió, sin embargo, muchas horas deliciosas en el magnífico laboratorio al que nos dirigíamos. Había tomado posesión de una isla en el mar del Sur, que, según él decía, no estaba en el mapa, habiéndola convertido en un paraíso científico.
Pocos días después de haber llegado a la isla, descubrí la horrible agua de cerrajas en que habíamos caído. Pero antes de contar las cosas raras que nos ocurrieron, debo describir  brevemente las causas que culminaron en la más espantosa aventura que haya emprendido jamás el género humano.
A edad avanzada, mi progenitor había abandonado los añejos encantos de la antigüedad rindiéndose ante los más fascinantes compendios bajo la denominación general de biología. Apoyándose en los buenos cimientos de su juventud, exploró todas las ramas más elevadas a las que había llegado el mundo científico hasta llegar a la todavía por conocer. Era su intención apropiarse por derecho de prioridad de ese campo no investigado, y en ese estado se hallaban sus trabajos cuando el azar nos había juntado de nuevo. Como soy inteligente , aunque me esté mal el decirlo, pronto dominé sus especulaciones y métodos de razonar, volviéndome casi tan loco como él. Pero no debiera decir esto. Los asombrosos resultados que obtuvimos después puede contribuir solamente a probar su cordura. No puedo menos de decir que era el ejemplar más anormal de crueldad inhumana que he visto en mi vida.
Tras haber penetrado la misteriosa dualidad de la fisiología y la psicología, su propósito habíale llevado al borde de un gran campo y, para mejor explorarlo, comenzó altos estudios de química orgánica, patología, toxicología y otras ciencias y subciencias emparentadas con aquellas, con sus hipótesis especulativas. Principalmente por la proposición de que la causa directa de la cesación temporal o permanente de la vitalidad debíase a la coagulación de ciertos elementos y compuestos de protoplasma, había aislado y sometido esas diversas sustancias a innumerables experimentos. Puesto que la cesación temporal de vitalidad en un organismo traía consigo el coma, y la cesación permanente, la muerte, sostenía él que, por medios artificiales, esa coagulación del protoplasma podía ser retardada, impedida y hasta vencida en los estados extremos de solidificación. O, para deshacerse de la nomenclatura técnica, argüía que la muerte, cuando no es causada por violencia, y en la que no se ha sufrido daño ninguno de los órganos, era meramente vitalidad suspendida, y que, en tales casos, la vida podía ser inducida a reanudar sus funciones mediante el empleo de métodos adecuados. Esta era, pues, su idea; inventar el método -y por medio de la experimentación práctica-, probar la posibilidad de renovar la vitalidad en una estructura de la que la vida hubiese, al parecer, huído. Por supuesto, reconocía la futilidad de tal esfuerzo después de haberse presentado la descomposición; necesitaba organismos que en el momento, la hora o el día antes, hubiesen estado llenos de vida. Había demostrado, de un modo cruel, su teoría en mí. Yo estaba realmente ahogado, realmente muerto , cuando me sacaron el agua de la bahía de San Francisco, pero la chispa vital había sido renovada por medio de su aparato aereoterapéutico, como él lo llamaba.
Y hablemos ahora de sus ocultas malas intenciones para conmigo. Me demostró primero que yo estaba completamente en su poder. Había despedido al yate por un año, quedándose sólo con sus dos negros, que le eran completamente adictos. Hizo, luego, una revisión completa de su teoría y describió el método de prueba que había adoptado, concluyendo con el alarmante anuncio de que yo iba a ser su conejillo de indias.
Yo había hecho rostro a la muerte y pesado mis probabilidad en muchos riesgos terribles, aunque nunca en uno de esta naturaleza. Puedo jurar que no soy cobarde; sin embargo, esta empresa de viajar, yendo y viniendo de un lado a otro del límite entre la vida y la muerte, infundió en mí el miedo de la cobardía. Pedí tiempo, y me fue concedido, aunque asegurándome al mismo tiempo que no tenía más remedio que someterme. Huir de la isla estaba fuera de cuestión; no era cosa, tampoco, de pensar librarme quitándome la vida, aunque eso fuera realmente preferible a lo que parecía iba a tener que sufrir yo. Mi única esperanza era destruir a mis aprehensores; pero las frustraban las precauciones tomadas por mi padre, ya que estaba sometido a constante vigilancia, pues hasta uno de los negros guardaba mi sueño.
Luego de suplicar en vano, declaré y probé que era hijo suyo. Era mi última carta, y en ella había puesto todas mis esperanzas.
Pero él era inexorable; no era un padre, sino una máquina científica. Me extraña todavía que llegara a consentir en casarse con mi madre, o procrearme a mí, ya que en su modo de ser no había una pizca de pasión. El razonamiento lo era todo para él; ni siquiera podía comprender cosas tales como el amor y la compasión en otros, salvo como pequeñas flaquezas que debieran ser vencidas. Por eso me había dicho, cuando supo que yo era su hijo que, puesto que él me había  dado la vida, ¿quién mejor con derecho a quitármela? Decía, no obstante, que no era ése su deseo, que solamente precisaba tomarla a préstamo de cuando en cuando con la promesa de devolverla puntualmente en el tiempo señalado. Había riesgo de accidentes, por supuesto; pero yo no podía hacer otra cosa que correrlos, puesto que las acciones de los hombres están llenas de ellos. Para mejor asegurar el éxito, quería que yo estuviese en la mejor forma posible, por lo que estaba sometido a dieta y era entrenado como un gran atleta antes de disputar una lucha decisiva. ¿Qué podía hacer yo? Si tenía que correr el riesgo, mejor era estar en buena forma. En mis intervalos de descanso, me permitía ayudarle a disponer los aparatos y a realizar los experimentos secundarios. Pueden imaginarse el interés que yo me tomaba por tales operaciones. Dominaba el trabajo tan por entero como él, y varias veces tuve el gusto de ver satisfecha mi vanidad al ser puestas a la práctica algunas de mis sugerencias e innovaciones. Aunque pronto me sonreía satánicamente, consciente de estar oficiando en mis propios funerales. La prueba decisiva comenzó con una serie de experimentos en toxicología. Cuando estuvo dispuesto, me mataron administrándome una fuerte dosis de estricnina y dejaron que yaciera muerto una veinte horas. Durante ese espacio de tiempo mi cuerpo estuvo muerto; del todo muerto. Cesó toda respiración y circulación; pero la espantosa cosa de esto era que, mientras proseguía la coagulación protoplasmática, yo continuaba conservando el conocimiento y podía seguir el desarrollo en todos sus horribles detalles. El aparato para restituirme la vida era una cámara herméticamente cerrada, apropiada para contener mi cuerpo. El mecanismo era sencillo: una pocas válvulas, un eje y una manivela rotatorios, y un motor eléctrico. Al funcionar, la atmósfera interior era alternativamente condensada y enrarecida, comunicando así a mis pulmones una respiración artificial sin que mediara el empleo de las mangueras anteriormente usadas. Aunque mi cuerpo estaba inerte y, por todo lo que yo sabía, en los primeros períodos de descomposición, era sabedor de todo cuanto sucedía. Supe que era metido en la cámara, y, aunque todos mis sentidos estaban inactivos, me di cuenta de que me ponían unas inyecciones hipodérmicas de un compuesto reactivo contra el proceso de coagulación. Entonces cerraron la puerta y pusieron en marcha el mecanismo. Mi ansiedad era terrible; pero fue restableciéndose gradualmente la circulación, los distintos órganos empezaron a cumplir sus respectivas funciones y, al cabo de una hora, estaba comiendo con buen apetito.
No puede decirse que yo participara con mucho entusiasmo en esta prueba de la serie, ni en la siguientes; pero, tras dos infructuosos intentos de escapar, el asunto empezó a interesarme. Además me iba acostumbrando. Mi padre estaba loco con su triunfo y, conforme iban pasando los meses, sus elucubraciones tomaban cada vez mayores vuelos. Recurríamos a las tres grandes clases de venenos, los gaseosos, los neuróticos y los irritantes, aunque evitábamos cuidadosamente algunos de los minerales irritantes y nos abstuvimos del grupo entero de los corrosivos. Durante el régimen venenoso me acostumbré del todo a morir, y sólo tuve un accidente que hizo que menguara mi creciente confianza. Sajando algunos vasos sanguíneos menores, mi padre introdujo una pequeñísima cantidad de uno de los más terribles venenos, el curare. Al principio perdí el sentido, a lo que siguió el cese de la respiración y la circulación, y, en tanto se iba adelantando la solidificación del protoplasma. Mi padre pareció renunciar a toda esperanza. Pero en el último momento aplicó un invento suyo que le dio tales alientos que le hicieron renovar sus esfuerzos.
Fue dispuesto un campo magnético en un vacío de vidrio semejante, aunque no exactamente igual que un tubo Creckes. Al penetrar en él la luz polarizada no se verificó el fenómeno de fosforescencia ni la proyección rectilínea de átomos, sino que emitió rayos no luminosos similares a los rayos X. En tanto que éstos pueden penetrar en la materia opaca a la luz y descubrir objetos ocultos en ésta, el invento poseía la propiedad de una penetración mucho más sutil. Con él mi progenitor fotografió mi cuerpo, y halló en el negativo un aumento infinito de sombras borrosas, debido a las convulsiones eléctricas y químicas, las cuales continuaban aún, lo que probaba de modo infalible que el estado de rigidez cadavérica en que yo me hallaba no era real y verdadero; es decir, que esas fuerzas misteriosas, esos frágiles lazos que mantenían atada mi alma a mi cuerpo seguían obrando todavía. Las consecuencias de todos los demás venenos no se mostraban, salvo las de los compuestos mercuriales, que, generalmente, dejaban débil por varios días.
Otra serie de experimentos deleitosos se hicieron con la electricidad. Comprobamos el aserto de Tesla de que las altas corrientes eran completamente inofensivas si superaban los cien mil voltios, al atravesar éstas mi cuerpo. Al no funcionar el procedimiento, mi padre redujo la corriente a dos mil quinientos voltios, y fui rápidamente electrocutado. Esta vez se arriesgó a dejarme permanecer muerto, o en estado de vitalidad suspendida, por tres días. Tardó cuatro horas en volverme a la vida.
En una ocasión me provocó el tétanos; pero la agonía de morir era tan grande que me negué rotundamente a sufrir semejantes experimentos. Las muertes más tranquilas lo eran por asfixia, por inmersión, estrangulación o por gases; no eran nada molestas las causadas por la morfina, el opio, la cocaína y el cloroformo anestésico.
Otra vez, después de haber sido asfixiado, me tuvo tres meses depositado en un lugar frío, sin dejar que me helase ni decayese. Se hizo esto sin yo saberlo, y me asusté sobremanera al conocer el espacio de tiempo en que había permanecido en aquel especial estado de hibernación. Me entró miedo al pensar lo que haría conmigo cuando estuviese muerto, de verdad, y mi inquietud creció al pensar en la predilección que estaba empezando a mostrar por la vivisección. La última vez que me resucitaron descubrí que había experimentado con mi pecho. Aunque me había curado con cuidado y suturado las incisiones, fueron éstas tan profundas que hube de guardar cama algún tiempo. Fue durante esa convalecencia que dispuse el plan que al fin me salvó.
Fingiendo entusiasmo sin limites por la labor, solicité, y me fueron concedidas, vacaciones para descansar de mi oficio de moribundo. Durante ese tiempo me dediqué a trabajos de laboratorio, en tanto mi progenitor estaba tan ocupado en la vivisección de los muchos animales cazados por los negros, que no podía darse cuenta de lo que yo hacía.
Elaboré mi teoría sobre dos posiciones: primera, electrólisis, lo que es igual a descomponer el agua en sus gases constituyentes por medio de la electricidad; y segundo, por la hipotética existencia de una fuerza, inversa de la gravitación, que Astor ha llamado “apergia”. La atracción terrestre, por ejemplo, no hace sino juntar los objetos, pero no los mezcla; por lo tanto la “apergia”  es pura repulsión. Ahora bien, la atracción atómica o molecular, no solamente junta los objetos, sino que también los integra; y era la inversa de eso, o una fuerza desintegradora, lo que yo deseaba no sólo descubrir y producir, sino también dirigir a voluntad. Así, las moléculas de hidrógeno y oxígeno, reaccionando mutuamente, se dividen y crean nuevos elementos que contienen ambas moléculas y forman agua. La electrólisis hace que esas moléculas se dividan y recuperen su condición original, produciendo separadamente los dos gases. La gran fuerza que yo quería descubrir debía, no solamente hacer eso con dos, sino igualmente con todos los elementos, no importaba en qué compuestos existiesen. Si entonces me fuese posible atraer a mi padre dentro de su radio, él sería instantáneamente desintegrado y mandado a volar a los cuatro puntos cardinales, convertido en masa de elementos aislados.
No hay que entender que esta fuerza, que llegué finalmente a controlar, destruía la materia; tan solo destruía la forma. Ni como descubrí muy pronto, producía efecto alguno en la estructura inorgánica; pero resultaba absolutamente fatal para toda forma orgánica. Esta parcialidad me extrañó al principio, aunque si me hubiese detenido a pensarlo, hubiese comprendido el proceso. Puesto que el número de átomos es, en las moléculas orgánicas, mayor que en las más complejas moléculas minerales, los compuestos orgánicos se caracterizan por su inestabilidad y por la facilidad con que son divididos por las fuerzas físicas y los reactivos químicos.
Dos potentes baterías, conectadasa imanes especialmente construidos para ese fin, proyectaban dos fuerzas tremendas. Consideradas separadamente una de la otra, eran completamente inofensivas; pero cumplían su fin enfocando un punto invisible en el aire.
Luego de demostrado el feliz resultado y de haberme librado yo por poco de reventar hasta quedar reducido a la nada, coloqué la trampa. Escondí los imanes de modo que su fuerza convirtiese en campo de muerte todo el espacio de la puerta de mi habitación, instalé junto a mi cama un conmutador para dar la corriente a las baterías de reserva y me acosté. Los negros seguían vigilando la habitación en que yo dormía, relevándose a medianoche. Di la corriente tan pronto como llegó el primer hombre. Apenas adormecido, me despertó un agudo retintín metálico. Allí, en el medio del umbral, estaba el collar de “Dan”, el perro San Bernardo de mi padre. Mi guardián se apresuró a recogerlo. Desapareció como una ráfaga de viento, cayendo al suelo sus ropas en un montón. Hubo una ligera humareda de ozono en el aire; pero puesto que los principales componentes gaseosos de su cuerpo eran hidrógeno, oxígeno y nitrógeno, que son por igual incoloros e inodoros, no hubo ninguna otra manifestación de su partida. Sin embargo paré la corriente y quité los vestidos; hallé un depósito de carbono en forma de carbón animal; también otros polvos, los aislados elementos sólidos de su organismo, tales como  azufre, hierro  y potasio. Accioné de nuevo la trampa y volví a tenderme. Me levanté a medianoche para retirar los restos del otro negro y, luego, estuve durmiendo tranquilamente hasta la mañana.
Me despabiló la voz estridente de mi padre, que me llamaba desde el otro lado del laboratorio. Me reía interiormente. Le oí acercarse a mi cuarto con la intención de despertarme, por lo que me incorporé en la cama para mejor observar su traslación -acaso fuera mejor la palabra apoteosis- . Se detuvo un momento en el umbral y dio el paso fatal. ¡Puf! Fue como si el viento suspirase entre los pinos. Había desaparecido. Sus ropas cayeron al suelo hechas un fantástico montón. Además del ozono, percibí débilmente el olor como de ajo de fósforo. De entre sus ropas separé un montoncito de sólidos elementos.
Eso fue todo. El ancho mundo se abría ante mí. Mis carceleros ya no existían.

Jack London

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