Amistad

En las aguas
del molino
la estrella se sumergió
y
tu corazón encendido
niño, la rescató.
(canción popular)

Vivo en el kilómetro 32 llamado Camino del Águila. Aquí para unos comienza el desierto, y para otros termina. Mi padre tiene en este lugar un almacén de campo.
Nuestra casa es una mole blanco tiza, sólida, desafiando el paisaje árido. Está orientada hacia las puestas de sol y los campos sembrados. La galería central, con pesadas columnas de hierro enmohecido, organiza mágicamente los dos mundos: el familiar y el comercial.
Al frente, integrado al camino esta el almacén, profuso de estanterías de madera gruesa y oscura hasta el techo que desordenan la mirada del cliente. Es un desorden aparente que exhibe, alimentos, herramientas, ropa, vajilla, medicamentos, libros, revistas y hasta uno que otro electrodoméstico moderno. Hay dos mostradores esquinados por uno de sus extremos, uno de ellos es del bar en donde cuatro mesas con sus respectivas sillas completan la decoración. ¡Ah…! me olvidaba de la enorme pieza de orfebrería que es la lámpara ocupando el centro de la habitación y el centro del techo, toda cubierta de carillones de cristal cincelado, que en las mañanas de brisa canta a coro con lo pájaros.
En el extremo lateral izquierdo, separado del almacén por un camino de pedregullo sembrado de firmes ramitas verdes y flores silvestres, está el galpón. Su techo, mitad cielo y mitad chapa acanalada. Aquí, mi padre, guarda y protege los sacos de granos, celosamente contados y acomodados, y yo tengo mi refugio secreto.
Hacía atrás de la galería central de columnas de hierro, perezosamente, se extienden los dormitorios, la cocina y los dos baños, todo envuelto en un clima de laboriosidad mansa, sacralizada en la hora exacta en que mi madre amasa y cocina pan.
Tengo una hermana de dieciocho años muy bonita, quien ha heredado la inclinación, que viene de familia, por el canto. Ocasionalmente ella hace dúo con mi madre para entonar versos sencillos que van enhebrando con extraordinaria maestría en la escala musical. De escucharlas, le tomé apego a la poesía y la escribo con cierta vergüenza a escondidas. Cuando voy a mi refugio las llevo para poder leerlas en voz alta e importante.
Mi madre me dice Juanin, pero ni verdadero nombre es Juan, Juan Mariano. Tengo doce años, mucha avidez por saber y según opina mi maestro de escuela soy “un niño de inteligencia excepcional pero algo retraído” (algo así como poco sociable). ¡Esto no es cierto! Lo que pasa es que yo tengo un gran secreto.
Hace un año llegaron a nuestra región un grupo de personas: dos mujeres y tres hombres. Todos ellos científicos (esto nos lo contó después el maestro). Vinieron a trabajar en la casa que tiene la gran ventana que espía al cielo, el observatorio astronómico. A treinta kilómetros de nuestro almacén y dentro del desierto, se levanta el edificio donde ellos viven y estudian.
El más joven, cuando vio a mi hermana por primera vez, se enamoró de ella (esto lo supe luego, cuando nos hicimos amigos y me lo confesó). Él vine siempre a visitar a Julieta (pronto van a casarse) y a buscar provisiones al almacén. Lázaro, que así se llama el novio de mi hermana y mi amigo, me contó historias interesantísimas sobre lo que ocurre en el cielo.
Lázaro me dijo que todo lo que conocemos y vemos se formó después de una gran explosión en el espacio y que en el transcurso de millones de años fueron apareciendo los planetas, las estrellas y nosotros mismos. La vida es una perfecta y maravillosa combinación de muchas causas rigurosamente cumplidas. Es un desorden muy ordenado como el de mi almacén. Nosotros vivimos en una galaxia llamada Vía Láctea y nuestro Sol está a ocho minutos luz de la Tierra (millones de kilómetros). Lázaro también me contó que en el observatorio ellos miran el cielo con la ayuda de un telescopio gigante formado por muchos espejos unidos en forma especial que refleja imágenes imposibles de ver a simple vista. Las observaciones se realizan a través de pantallas de computadoras. Y me prometió que algún día me va a llevar a conocer cómo ellos trabajan.
Hoy, necesito urgente, contarle todo esto a mi amiga.
Mis padres ya se acostaron. Yo, hace una hora que espero despierto dentro de mi habitación. Me levanto muy despacito y, para no hacer ruido con la puerta, salto por la ventana. La galería mágica me lleva al galpón. Conozco al dedillo este lugar aunque esté oscuro. Sé exactamente dónde una escalera de sacos de granos me permite llegar hasta lo más alto, mi refugio. Tendido, en todo mi largo y flaco cuerpo, busco no sin cierta ansiedad, entre todas las estrellas, a mi amiga. Nunca me confundo. En noches con nubes es más difícil encontrarla, pero en otras como hoy (¡tan hermosas!) en que el cielo titila todo junto como si fuese un árbol de navidad gigante, enseguida nos vemos. Le cuento lo que hable con Lázaro y ella me dice que es verdad. Estamos compuestos de la misma materia (la que originó nuestro universo). Charlamos tanto que no nos damos cuenta de que comienza a amanecer y entonces tengo que correr apresurado al dormitorio porque mi madre ya viene a despertarme. (Por esto yo sostengo que no soy un niño retraído, suelo estar con sueño y tengo muchas cosas en que pensar ¿no les parece?)
Le pregunto a Lázaro el nombre de todas las estrellas que se ven en nuestro cielo. Ahora sé que mi amiga se llama Sendero de Agua, está a catorce minutos luz de la Tierra y forma, con cuatro amigas más, una constelación denominada La Cascada. Ahora conozco su verdadero nombre y me da tristeza pensar que ella no sepa el mío, aunque se lo he dicho muchas veces.
En mi casa tenemos un molino de viento con aspas gigantes que giran y giran y giran sin parar, recogiendo del corazón de la tierra, agua fresca. Mi padre construyó en su base un tanque australiano (viene a ser algo parecido a un fuentón pero gigante.) En él beben los animales y en los días de mucho calor, si el agua esta limpia, nos bañamos con mis compañeros de colegio como si fuese una pileta de natación. Él habla con el viento, susurra con la brisa o se queda totalmente mudo, yo creo que esto ocurre cuando ve a un ángel. Él es mi compinche.
Ahora, han comenzado los primeros fríos y se me hace más difícil escaparme de la cama para ir a conversar con mi amiga. No nos vemos durante días o porque llueve, o porque cae nieve, o porque las temperaturas son tan bajas que sé que si salgo de la casa puedo enfermarme.
¡Lázaro va a llevarme al observatorio!
Anoche caían copos de nieve. El cielo estaba gris y no se podían ver las estrellas. Cerca del amanecer me llamaron por mi nombre. No era la voz de mi madre.¡ Era Sendero de Agua! Parecía llamarme desde el molino. Me abrigué con un poncho que uso como frazada en mi cama y salí al patio. La voz de Sendero de Agua sonaba muy cerca. Me acerqué al tanque australiano y allí estaba mi amiga, como un barco que descansa sobre el mar. Quise acariciarla, pero me pidió que no la tocara, que sólo debía prepararme para recibirla, y sin más saltó con agilidad adentro de mi pecho y se acomodó en el centro de mi corazón.
El maestro nos está contando las costumbres de los Incas y repentinamente a Sendero de Agua (que para mí había estado durmiendo) se le ocurre llamarme. Yo pego un saltito en mi asiento, como inquieto, y en realidad lo estoy. No es nada fácil saber que uno tiene una estrella viviendo en su corazón y que además ella tiene voluntad propia, por lo cual repentinamente puede ocurrírsele hablarte como pasa ahora. Balbuceo frases por la mitad y nos ponemos de acuerdo. Yo le pido que espere el recreo para conversar. Una cosa es muy cierta, ambos estamos contentos por lo ocurrido y yo dejaré de ser un chico retraído como dice mi maestro (o con sueño como digo yo.)
No voy a contar mi secreto, primero porque es difícil explicar lo sucedido y segundo porque así lo pacté con Sendero de Agua.
Hoy hay eclipse de Sol y estoy yendo con Lázaro al observatorio astronómico. Lo que veo en las pantallas de las computadoras es increíble. La Luna tapa al Sol. La Tierra queda a oscuras en pleno día. Veo el fuego del Sol y los cráteres de la Luna. Veo algunos planetas. Veo los anillos del Saturno. Veo tres satélites dando vueltas alrededor de la Tierra. Veo Orión. Veo alfa-Centauro. Veo tau-Cetis.
Regresamos en un jeep. Yo quiero contarle mi secreto a Lázaro. Le consulto a Sendero de Agua y ella está de acuerdo. Él disminuye la marcha del auto y se estaciona en la banquina. Surge una sonrisa cómplice en sus labios y me mira de un modo especial. Me pide que le diga a Sendero de Agua que se muestre. Lo hago. Mi confesión se transforma en un sentimiento de hermandad para siempre con Lázaro. En su corazón también vive una estrella que se muestra, se enciende y se abraza con la mía.

TUI
(colaboración para La Página de Zapam Zucum)

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