Sobre el profundo mar azul

En la mañana de su nueva vida, Hiroshi y Akiko se despertaron con el sonido del mar. El trabajo de sus padres los había traído a vivir a una isla donde sombras verdes motean la arena dorada y flores más brillantes que mariposas se mecen en el aire salino.
-Todo será perfecto aquí -dijo Akiko mirando hacia el océano.
-Si sólo pudiéramos hacernos algunos amigos -dijo su hermano.
Eso no era tan fácil. La lengua de los isleños era difícil de aprender. Algunos niños se sentían tímidos frente a los hermanitos nuevos. Al principio, Hiroshi y Akiko estaban muy solos.
Entonces apareció Pablo, siempre sonriente, siempre listo a jugar. Orgulloso de su isla, Pablo mostró a Hiroshi y Akiko todos sus magníficos secretos.
Les mostró las caletas donde tiempo atrás los piratas varaban sus barcos, enterraban sus tesoros y se alimentaban de cocos y frutas. Les mostró los lugares donde arroyos de agua fresca que fluían hacia el mar formaban pálidas fisuras de turquesa. ¡Hasta les enseñó a remar en una canoa!
Un día los llevó hasta un arrecife herrumbrado y rojizo de hierros retorcidos que surgía del medio del mar, los restos de un naufragio que gemían con el movimiento de las olas mientras los graznidos de las gaviotas los sobrevolaban.
-¿Qué barco es éste? -susurró Akiko- Me trae mal presentimiento.
-No lo sé -dijo Pablo-. Pero le preguntaré a mi abuela. Ella sabe todo sobre el pasado.
Juntos nadaron bajo la superficie y Pablo les mostró zonas donde los peces era aún más coloridos que las flores de la costa.
-Siempre creí que el mar era simplemente azul -dijo Hiroshi-. Pero ¡miren! Hay púrpuras y verdes, ¿y ven aquellas franjas de color azul profundo?
-Son las corrientes -dijo Pablo-. Tengan cuidado con ellas. Pero aunque Hiroshi asintió, no
comprendió realmente que el mar es un país con ríos propios: poderosos ríos que corren rápidos a través de los siete mares.
Una tarde Pablo les mostró las vista más maravillosa de todas. Los llevó a una playa donde, con la última luz del día, vieron cientos de una mansas criaturas que se deslizaban torpemente en la arena, con sus grandes espaldas curvas balanceándose sobre cuatro gruesas patas. 
-Tortugas de mar -susurró-.
-¡Qué animales tan raros! ¿Por qué están aquí? -inquirió Akiko en voz baja-. ¿De dónde vienen?
-De bien adentro del mar. Pero siempre se las arreglan para llegar  hasta aquí justo a tiempo para poner sus huevos. Hace un millón de años que hacen lo mismo. Me lo dijo mi  abuela.
Al día siguiente Pablo no estaba esperándolos en la playa como siempre.
-Es demasiado tarde para que esté mirando las tortugas -sugirió Hiroshi.
Lo esperaron pero Pablo no apareció, ni ese día ni el siguiente. Finalmente lo encontraron. Ante su sorpresa les dijo:
-No jugaré con ustedes nunca más. Sé quienes son ustedes. Le pregunté a mi abuela sobre ese naufragio en la bahía. Ella me contó cómo ustedes vinieron aquí durante la Guerra…
-¿Nosotros?
-Unos como ustedes. Gente de su país. Atacaron a nuestra isla. Ustedes son el Enemigo. Ese es uno de sus barcos. Me alegro de que se haya hundido.
-¿Para qué necesitamos a Pablo? -dijo Hiroshi furioso.- Si nosotros somos sus enemigos, entonces él es nuestro enemigo.
-Pero ya quería ser su amiga -sollozó Akiko.- ¿A dónde vas?
-Al agua.
-¿Solo?
-¿Por qué no? Esas tortugas torpes lo han estado haciendo durante un millón de años. No necesito de Pablo. ¡No necesito de nadie!
Akiko se quedó en la orilla mientras miraba a su hermano remar rabiosamente en su canoa entre las franjas de colores del océano. De repente el cielo también estuvo surcado de franjas, con negras nubes y ráfagas de lluvia.
-Hiroshi, ¡vuelve aquí!
Pronto Hiroshi vio que el cielo se convertía en un manto negro sobre su cabeza. Trató de regresar pero algo tiraba de su canoa, arrastrándola mar adentro. Las olas rompían sobre él. Su canoa comenzó a gemir y a resquebrajarse. Esa gigante cuerda de agua azul se anudó en torno de las piernas de Hiroshi, helada y firma.
-¡Aquí, Hiroshi! ¡Nada hasta mí! ¡Aquí estoy! -Era Pablo.
Hiroshi se las arregló para llegar hasta la canoa de Pablo. Juntos lucharon contra las corrientes embravecidas, contra el viento, contra los muros de agua rompiente.
Pese a que remaron con todas sus fuerzas, no lograron vencer al mar. Pronto estuvieron exhaustos, cegados por las salpicaduras, entumecidos de frío y la costa seguía sin verse por ningún lado. Súbitamente, surgiendo ante su vista, y volviendo a desaparecer, vislumbraron -¿o era su imaginación?- ¡un barco!
-¡Nunca nos verán! -sollozó Hiroshi. Pero una ola los alzó y los arrojó contra el costado del barco. Y allí, estirándose hacia ellos, estaban unas oscuras manos curtidas tratando de alcanzar sus cabellos húmedos y escurridizos.
Uno de aquellos ríos oceánicos los había arrastrado mar adentro. El capitán del barco se los dijo una vez que los trajo de regreso a casa sanos y salvos.
– Son más largos que cualquier río sobre la tierra -explicó.- Ellos arrastraron los pequeños botes de nuestros antepasados por todo el mundo, algunos para establecerse aquí, otros allá…
-¿Eso significa que los antepasados de Pablo y los nuestros pueden haber vivido en el mismo lugar alguna vez? -exclamó Akiko. ¿Pueden haber sido hermanos incluso?
-¡Claro que sí! ¡Todos somos simples marineros que llegamos a tierra desde el mismo profundo mar azul!
-Tal vez por eso fue remando cuando vi a Hiroshi en problemas -dijo Pablo.- ¿Cómo los hermanos van a ser enemigos?
-¿Cómo alguien puede ser enemigo de otro -agregó Hiroshi,- si lo único que nos diferencia es el mar que está entre nosotros?
-A veces la gente se olvida -dijo tristemente el capitán. Al igual que la abuela de Pablo, se acordaba de la Guerra.
“A veces la gente se olvida…”
Pero no Akiko, no Pablo, no Hiroshi. Ellos no se olvidarían lo que el mar y el capitán les había enseñado. Por eso, el día que éste zarpó, los tres chicos fueron a despedirlo desde la orilla; tres buenos amigos, no enemigos; tres marineros que llegaron a tierra desde el mismo mar profundo y azul.
Esa misma noche los huevos de las tortugas se rompieron y las tortugas recién nacidas, guiadas por el brillo del mar, se echaron al agua para comenzar su propia vida viajando por los ríos del océano.

Daisaku Ikeda 
(ver biografía en Pizarra Noticias)
Traducción: Mercedes Qüiraldes

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