El encuentro de las cuatro estaciones

 Una vez el hada de la Tierra decidió reunir en su morada a las cuatro estaciones. Éstas jamás se habían encontrado y sólo se conocían a través de algunas referencias hechas por los pájaros en su parloteo de la madrugada y por los duendes del bosque.
No se habían visto nunca la cara y cada una poco sabía de las demás. Es cierto que a su llegada el Verano encontraba siempre algún mensaje de la Primavera, y a ésta le había sucedido lo mismo con el Invierno, el que a su vez alcanzaba a ver la carroza del Otoño iniciando su marcha; y, naturalmente, el Otoño al llegar había visto siempre, a lo lejos, los ojos dorados del Verano. Y en ello residía el conocimiento que apenas los unía.

Era, pues, lejano y vago lo que cada estación sabía de las otras tres. Por disposición del Sol y de la Tierra nunca se habían reunido. Pero sucedió que un día el hada de la Tierra decidió invitarlas a su casa de hierbas, hojas y raíces para que se conocieran y pudieran verse juntas por primera vez.
La Primavera se puso su vestido de pájaros y  comenzó a andar entre largas filas de flores que iban en su seguimiento abriendo y cerrando sus corolas con un movimiento de baile. Donde ella pisaba el suelo tomaba un verdor vivo y el aire se ponía alegre.
El Verano se vistió con un ropaje de frutas silvestres y su cara resplandecía, más  dilatadas que nunca sus pupilas, más luminoso su color dorado. Y empezó a caminar seguido por infinidad de alas que se movían sin cesar; por fulgurantes insectos que giraban atraídos por el olor a miel que tiene el aire cuando el Verano camina por la tierra.
El Otoño se atavió con un manto amarillo y rojo salpicado por algún verdor; su manto de hojas secas tenía un bordado de grandes nervaduras, y su crujido, a cada paso, parecía una melancólica música. Él avanzaba con lentitud, envuelto en el aire rosado del atardecer.
Por diferente camino llegaba el Invierno. Cubría su cuerpo una tela azul y transparente que parecía hecha con delgados hilos de vidrio. Sus cabellos eran raíces desnudas y tenía sandalias de escarcha. Su paso era pausado; en medio de un gran silencio avanzaba con los ojos fijos en un punto lejano.
Ya estaban las cuatro estaciones próximas a la morada de la Tierra; a la misma hora allí se encontrarían  reunidas por primera vez en la historia de la creación, que es una historia larga.
Cuando se vieron, se miraron con infinita curiosidad. Durante una hora estuvieron contemplándose sin decir palabra.
Se observaban los rostros, los ropajes, la expresión y los colores de cada una.
Por fin habló la Primavera y su voz fue un canto hermosísimo; también fue un canto lleno de dulzura el lenguaje del Verano; la palabra del Otoño fue un temblor, casi un crujido, y el Invierno no pudo decir nada; solo tenía el silencio por idioma.
Entraron en la morada de la Tierra y  en cuanto estuvieron en su presencia se sintieron todas mucho más unidas, como si se hubieran conocido desde hacía mucho tiempo. Y al cabo de una hora de estar juntas pudieron hacerse entender, la Primavera y el Verano con sus voces alegres, el Otoño con su lenguaje melancólico, el Invierno con su silencio. Se miraban a los ojos y eso era suficiente.
Y sucedió que cuando el hada de la Tierra dio por concluída la visita, les dijo que podían pedir cada una, una gracia antes de irse. Y entonces las cuatro estaciones se miraron y comprendieron que todas deseaban lo mismo: verse alguna vez aunque nadie las convocara. Y la gracia les fue concedida.
Cuando se separaron prometieron encontrarse tantas veces como su corazón lo quisiera.
Y un día el Invierno vio que la Primavera pisaba el suelo triste de su reino y que a su paso se levantaba una tibieza por él desconocida. Y otra vez tuvo la visita del Verano con su ráfaga de calor, y después la del Otoño con sus oros rojizos. Y desde entonces cada estación  fue durante horas o días huésped de las demás.
Y más de una vez los cuatro hermanos se reúnen, y los hombres se quedan asombrados sin comprender cómo en un mismo día las estaciones parecen girar en el aire como tomadas de las manos, mezclados sus colores y su cielos. Y no se trata de una confusión de climas, según parece a simple vista sino de un encuentro maravilloso.

María Granata
(ver biografía Pizarra Noticias)

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