La leyenda del algarrobo

Dicen que hace mucho, en la época de los bisabuelos de los bisabuelos y un poco más lejos todavía, era todo bastante raro porque los animales hablaban y hacían cosas de personas. Y porque nadie conocía los algarrobos. Bueno, casi nadie, porque los pocos que había, los tenía escondidos un hombre muy egoísta.
¿Dónde los había conseguido? Ya les digo: eran un regalo de la Luna, que también había hecho las otras plantas. Y éste no era un regalo para él solo, sino para compartir con todos. Pero, como era un egoísta, él no le había dicho nada a nadie.
Una vez hubo una gran sequía, pasaron meses sin llover y las plantas se fueron secando.
Las que crecían solas y las que la gente sembraba por eso, no había casi nada para comer y andaban todos tristes y flacos, tanto que daban lástima. El único que seguía fuerte, gordito y alegre era aquel hombre, que se llenaba de algarrobas todos los días.
Al zorro, que siempre fue muy vivo, le llamó la atención verlo tan contento. “Este saca comida de algún lado”, pensó. “Lo voy a seguir y lo voy a espiar”.
Y escondido entre los árboles, lo oyó decir:
-¡Ah, qué hambre! ¡Ahora me voy a dar un atracón de algarrobas!
“¡Eso es lo que come!”, pensó el zorro. Y lo siguió más de cerca todavía, correteando entre los troncos y agachándose cada vez que el otro se daba vuelta.
Así fue como al fin llegaron hasta un arroyo donde había un monte con unos árboles que él nunca había visto. Eran algarrobos, y en el suelo estaba lleno de vainas. El zorro recogió una, la olfateó y le pasó la lengua con un poco de desconfianza. Después la mordió, rompió la cáscara dura y probó lo de adentro, la pulpa con las semillas. Le sintió sabor dulzón y se la comió toda. Levantó otra y también se la comió. Y después, otra más. Y tanto le gustaron que se distrajo y entonces el hombre lo vio.
-¿Qué estás haciendo acá? -le dijo- ¡Andate!
-¡Dame una bolsa de estas vainas para la gente, que no tiene comida! -le contestó el zorro.
-¡No señor! -gritó el otro- son mías y nada más. ¡Que se embromen los otros!
-¡Aunque sea dejame comer a mí! -dijo el zorro, a pesar de tener la panza llena.
-Una sola vaina y te vas.
-Bueno, una.
-Te dejo, y me jurás que no le vas a contar a nadie que acá están estos árboles.
-Esta bien, te juro que no digo nada.
Pero el zorro no tragó las semillas. Lo que hizo fue guardarlas enteras, en un costado de la boca.
-¿Qué tenés ahí? -preguntó el hombre cuando le vio el cachete abultado
-Nada, ando con dolor de muela y por eso se me hinchó la encía -dijo el zorro, haciéndose el inocente- me voy.
Corriendo volvió a su casa, hizo un pocito y escupió ahí las semillas. Lo tapó. Lo regó y empezó a tocar un tamborcito mágico que tenía. ¡Pim, Pim, Pim, tocaba, dale que dale, sin parar. Y por la magia del tambor, en un día brotó una hojita como un pastito, que siguió creciendo y creciendo. Al otro día era una planta más alta que el zorro. Y al día siguiente ya era un árbol. Y al cuarto día era un buen algarrobo lleno de vainas. 
Entonces el zorro las juntó y las desparramó por todo el campo, y de cada semilla creció un árbol igual. Desde entonces, todos tuvieron algarrobas para comer. ¡Gracias al zorro!

Miguel Ángel Palermo

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