La lucecita

HABÍA una vez una lucecita que vagaba por el campo; a veces era celeste y a veces, para llamar la atención, se ponía colorada, casi violeta.
La gente decía que era una luz mala y trataba de no verla. Desandaban leguas y leguas de camino para no pasar por el sitio en donde se detenía habitualmente. No faltó quien la persiguiera con agua, con fuego, con ruidos. Incendiaron un bosque con la esperanza de quemarla. Pero ¿a quién se le ocurre quemar una lucecita? Cambiaron el cauce de un río llamado El Gualicho. Pero ¿a quién se le ocurre hacer morir en el agua una lucecita? Formaron una comparsa: con latas de nafta y fierros viejos, una banda de música ruidosa para amenazarla.  Pero ¿a quién se le ocurre que el ruido puede espantar una lucecita?
La lucecita sabía que la perseguían o que trataban alevosamente de evitarla y por este motivo se mudaba de sitio. Vagó sin descanso, desencantada del mundo hasta que encontró en una noche de verano a una pareja de novios tan bonitos que se quedó un momento para mirarlos. Ellos no la veían porque estaban deslumbrados de tanto mirarse dentro de los ojos. Pero de pronto los dos novios se pelearon; estaban a punto de separarse para siempre cuando uno de ellos vio la lucecita y la novia que era miedosa exclamó:
-¿Qué será esa lucecita? No es una luciérnaga. Me da miedo.
-No hay que tener miedo a una lucecita. Sólo hay que tener miedo a las peleas.
Convinieron en que nunca volverían a pelearse.
Al poco tiempo, una chica de ocho años, que se perdió en el camino cuando volvía del almacén a su casa, cayó dormida bajo un árbol, temblando de frío, en la oscuridad de una noche de invierno. La lucecita se le acercó, la reanimó y toda la noche le dio calor, hasta que apareció el día.
Otra vez, un corderito buscaba a su mamá balando en las tinieblas de un potrero. La lucecita, alumbrándolo llevó al corderito hasta el lugar en donde la mamá lo esperaba para darle de comer.
La lucecita no se cansaba de recorrer el mundo, de alumbrar los caminos y los campos. Se metió en un tren por curiosidad, en un automóvil por impaciencia, en un avión por distracción, en un helicóptero por desesperanza, hasta que llegó a una ciudad. Un señor la confundió con una luciérnaga, la encerró en una jaulita y se la regaló a su hijo. La lucecita no tardó en escaparse de la jaula.
Perdida en las calles de la ciudad, los semáforos la desafiaban y nadie apreciaba su delicado resplandor. Huyó aterrada, hasta que llegó a la orilla del mar. Se detuvo en la arena de la playa. Durmió adentro de los caracoles, caminó sobre las rocas, entre las gaviotas que volaban, iluminó la espuma y las algas verdes. La lucecita se tiñó con el resplandor verde de las algas, para que no se la llevaran los bañistas que juntaban piedritas y caracoles; esos bañistas atrevidos, que bajan a la playa de noche y que ven en la oscuridad como los gatos. Se acercó lo más que  pudo al mar para beber y bebió tantas estrellas que el mar la confundió con una de las olas cargadas de reflejos, y se la llevó al fondo de su reino, que es muy profundo. Durante muchos años de cautiverio trató de salir del mar, haciendo creer a las sirenas que era una mera fosforescencia, pero los pescadores de una isla la recogieron en una red y la llevaron al faro, para regalársela a la hija del guardián del faro, que era ciega y que nunca había llorado.
-¿Qué me traen de regalo? -preguntó la hija del guardián del faro, cuando llegaron los pescadores.
-Una lucecita -contestó uno.
-¿Cómo se llama? Dame un cuadernito de letras de relieve, para que anote su nombre y su dirección.
-No tiene nombre ni dirección. No es una persona -respondió el pescador.
-Dámela en las manos, para que pueda tocarla y conocer su alma.
-No se puede. Tenés que verla.
-Pero  ¿entonces no es un regalo?
-Tenés que verla. Si no la ves, se ofenderán los pescadores-. Es muy fácil. Yo veo todos los días  cualquier cosa.
El guardián del faro acercó a los ojos de su hija la lucecita, que resplandeció con todos los colores que había recogido en el mar y en los campos, y su hija vio por primera vez.
El faro dio mil vueltas de alegría y las gaviotas volaron como aviones y las nubes dibujaron todas las formas del mundo, sus habitantes, sus edificios, sus paisajes, para que la hija del guardián del faro las conociera en su mejor día.
Cuando la hija del guardián del faro dejó de contemplar, absorta, el mundo visible, lentamente, se dio vuelta para mirar la lucecita. Pero la lucecita había desaparecido.
-¿Dónde está? -preguntó con desesperación.
-En tus ojos -respondió uno de los pescadores.
Que me traigan un espejo.
Cuando se vio en el espejo y vio la lucecita en sus ojos lloró sus primeras lágrimas.
-¡Cuántas cosas tiene el mundo! ¿Cómo haré para aprenderlas? -dijo, y se tapó los ojos con las manos.
Parecía asustada, pero estaba contenta.

Silvina Ocampo.
(ver Pizarra Noticias)

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