Rufina Colilaf

Un día, cuando el viento de abajo arrastraba con insistencia enormes ruedas de matas espinudas por los cerros, su figura se recortó contra la luz de la cañada como un álamo más y allí se plantó decidida a quedarse.
Tan sólo venía con ella su pequeño paisaje familiar: el carro tirado por los bueyes y nadie más. Rufina Colilaf, que así se llamaba aquella mujer de ojitos vivaces pero lejanos como el mismo horizonte, recibió desde el primer día la visita de la gente de Cañadón Grande. De a poco iban venciendo la embarazosa barrera de la timidez, para ir a ofrecerle justamente lo que le estuviera faltando. Así nomás eran en el lugar. Ella agradecía esa hospitalidad ruda, profundamente cálida, con amistosa cordialidad que se manifestaba en el mate espumoso y volvedor. No podían explicárselo, pero un aura de serenidad casi irreal envolvía a los visitantes de aquella casa y se alejaban contagiados de una magia nueva, inexplicable y sosegada.
Por esos días, ya el rancho había perdido su aspecto de abandono, producto del tiempo que había pasado sin ocupantes, y las plantas crecían callada, vigorosamente.
Muchos lo habían comentado: esa mudanza no había sido más que un carro lleno de plantitas. ¡Y que variedad! De todo tamaño, de todo tipo… Cosa rara en esa zona tan castigada por la nieve y los vientos.
-Manías de vieja… -comentaron algunos; otros se rieron del raro patrimonio vegetal, mientras en el fondo de sus ojos burlones y maliciosos centelleaba una chispita de curiosidad.
Con la primavera, corta vacación de sol y verde en aquel territorio de pehuenes milenarios, el rancho de Rufina Colilaf se fue vistiendo de flores. Colores y perfumes que Cañadón Grande nunca había visto y de eso daban fe dos grandes almacenes de memoria: el bisabuelo de los Linconir, que calculaba pisar los ciento diez años, y la anciana “machi” Llencurá, de quién nadie sabía la edad y ni siquiera intentaba imaginársela. La noticia del rancho “florido” corrió rápidamente como todas la nuevas en el paraje, parecía que el viento se ocupaba de desparramarlas y ellas se aferraban con firmeza a las cumbreras torcidas hasta que los habitantes de la casa se enteraban de su presencia.
No quedaron incrédulos ni temerosos fuera de aquel hechizo, de aquella sensación desconocida, sorprendente y hasta ese momento inédita. Entonces sucedió, que la desconfianza inicial por la manía de la mujer, fue desapareciendo, para dar lugar a un emocionado sentimiento de admiración por lo bello.
Fue por aquellos días que alguien venido de la otra orilla del lago, habló del “cuero”. De inmediato casi, empezaron a rodar las infaltables cabezas de ajo en los bolsillos para conjurar de ese modo los males. La machi Llencurá se ocupó personalmente de trazar en la puerta de cada rancho, y seguida por todos los pobladores, una estrella de cinco puntas: la “cruz de Salomón”. Entretanto, los ojos se volvían -velados por la incertidumbre- hacia las costas encrespadas del lago cercano.
No hubo noche en la que el Cañadón entero no velara azotado por premoniciones de pesadilla. No sólo las muchachas, que unos días antes habían adornado sus negras y espesas cabelleras con las flores de la vieja Rufina, se encerraron a rezar. También lo hicieron los hombres: jóvenes, viejos, niños, todos. Así fue como los Quintriqueo, los Nahuelquin  y el resto de los pobladores se dejaron dominar por la congoja y el abatimiento, puesto que para ir a vender la lana, las matras, los lazos, los piñones y traer la harina, la sal,  la yerba y lo necesario para sobrevivir el próximo invierno, había que cruzar en bote aquellas aguas mansas -para ellos acechantes- en las que tal vez alguno encontraría la muerte.
Como Rufina Colilaf se había vuelto personaje querido y de importancia en el paraje, allí fue la anciana “machi” a conversar  del tema. Más de uno quedó boquiabierto cuando se enteró que la vieja de las flores había dicho que se iba a ocupar del problema del “cuero” y no había por qué temer. Que Cañadón Grande estuviese tranquilo.
Más veloz que su propio sonido, la voz se multiplicó en otras voces que repitieron en cada fogón la novedad. Y así fue como, entre sorprendidos y estupefactos, los habitantes del lugar vieron llegar la tarde -cuando ya hacía semanas que la primavera había estallado con júbilo en los brotes-  en la que Rufina Colilaf enfiló hacia el lago con una brazada grande de flores contra el pecho. No había dejado ninguna en su rancho. Iban con ella  empeñadas también en esa misteriosa cruzada. Mentiría si dijera que alguien se atrevió a acompañarla. Unos la miraron con ganas de hacerlo, pero bastó que sus mujeres reprobaran la idea con un pequeño gesto, para que pronto la desecharan. Los más mezquinos optaron por desconfiar, evitando así cualquier riesgo, y los que experimentaron un fervoroso respeto, únicamente se asomaron para decirle adiós y desearle suerte, sin palabras, reteniendo en las pupilas la delgada figura erguida como un álamo.
El tiempo se había detenido esa tarde. Cañadón Grande apenas respiraba suspendido -como estaba- de un hilo fácil de cortar.
Pasaron dos largos días con sus noches. Sin noticias. La afligida “machi” insistía en las recomendaciones: que nadie olvidara la rama espinuda para arrojársela al “cuero” en caso de enfrentarlo; ni la cabezas d ajo en los bolsillos, ni la cruz de Salomón en la puerta. El mayor de la familia Quintriqueo descuidó su rebaño por no atreverse a bordear el lago y varios ovejas se extraviaron. Todo el pan que se horneó en esos días salió muy quemado o completamente crudo. Nadie podía dedicarse a otra cosa que no fuera pensar en la vieja Rufina, sola, allá en el lago.
En la mañana del tercer día, cuando los Nahuelquin empujaban sin entusiasmo ni ganas su rebaño, fue que la vieron. Estaba en la costa escarpada como despidiéndose, mirando hacia atrás, mientras retomaba con lentitud la senda que  llevaba a su rancho.
-¡Volvió doña Rufina!… ¡Volvió , volvió del lago!… Muy pronto los rostros apiñados frente a su puerta dibujaron un solo interrogante. Todos querían saber que había pasado… Y hablando pausadamente, la mujer dijo:
-El “cuero” es un viejo conocido mio… Cuando lo descubrí, en lugar de asustarme, se me ocurrió pensar que no podía ser tan malo.  Quizá se comportaba así porque no sabía o porque no le habían enseñado a ser de otra manera. Como para darle una oportunidad, me acerqué a él por primera vez, con una gran ramo de flores frescas y olorosas. Temblando de miedo se las mostré una por una, hablándole del color, de la forma, del aroma, del matiz. Estaba dispuesta a ganarlo por la belleza y aquella criatura me entendió… Por eso ustedes me vieron ir tan serena a su encuentro… juntos, el “cuero” y yo, en la orilla de este lago, saludamos con alegría la luz, la armonía, la fragancia, la fuerza de la vida latiendo en cada flor…Y así, olvidando su antiguo destino desdichado y solitario, vendrá cada año, en primavera, a buscar el luminoso temblor de las mutisias, el dorado resplandor del amancay. A festejar la roja llamarada de los notros, la delicada danza de las margaritas, de las amapolas, de las retamas, del michay…
Cuentan que cuando Rufina Colilaf terminó de hablar, una profunda comprensión pacificó los corazones de Cañadón Grande. Desde entonces, cada primavera, un fragante collar de mil colores rodea las aguas del lago.

Graciela Cros
(ver Pizarra Noticias)

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