La reina de la nieves

(Cuento en siete historias)

Segunda Historia: Un niño y una niña

En la gran ciudad, donde hay tantas casas y tanta gente que ya no queda espacio para que todos tengan un pequeño jardín, y donde, por tanto, la mayoría de las aldea2personas deben contentarse con tener flores en tiestos, había sin embargo dos niños pobres que poseían un jardín algo más grande que una maceta. No eran hermanos, pero se querían igual, como si lo fuesen. Sus padres vivían enfrente unos de otros, en dos buhardillas; allí donde el tejado de una casa vecina se enfrentaba al de la otra y la canaleta corría en forma paralela a los aleros, había una ventanita en cada casa. Sólo bastaba con ponerse a horcajadas sobre la canaleta para pasar de una ventana a la otra.
Sus padres tenían fuera una gran caja de madera donde crecían hierbas aromáticas que se utilizaban en la cocina, y un pequeño rosal; había uno en cada caja; y crecían que era una bendición. Los padres acertaron a colocar las cajas a través de la canaleta, de forma tal que casi se tocaban de ventana a ventana y casi semejaban una rosaleda de verdad. Los guisantes de olor colgaban de las macetas y los rosales producían largas ramas que trepaban por las ventanas y se apoyaban una contra otra, dando la sensación de crear un arco triunfal de verdes y flores. Como las jardineras habían crecido mucho y los niños sabían que no debían trepar por ellas, obtuvieron permiso para reunirse y sentarse en pequeñas banquetas bajo las rosas. Y allí jugaban de maravillas.
Claro que durante el invierno se acababa la diversión. Las ventanas se cubrían por completo de hielo, pero ellos calentaban una moneda de cobre en la estufa, la colocaban ardiendo sobre el vidrio helado y se formaba una graciosa ventanita, muy redonda, muy redonda. Detrás asomaba un ojo lleno de gracia, uno en cada ventana: eran el niño y la niña. Él se llamaba Kay y ella Gerda. En verano podían reunirse con sólo dar un salto; en invierno, en cambio, tenían que bajar muchos escalones y subir muchos escalones. Afuera el viento arrastraba la nieve.
-¡Son la abejas blancas, un enjambre de abejas blancas!- decía la vieja abuela.
-¿Y tienen también una reina? -preguntó el niño, que sabía que las abejas de verdad contaban con una.
-¡Claro que la tienen! – dijo la abuela-. ¡Vuela donde el enjambre es más espeso! Esmaceta con rosas más grande que las demás y nunca se posa sobre la tierra, sino que vuelve a volar hacia el cielo sombrío. Muchas noches de invierno se alza por entre las calles de la ciudad y mira por las ventanas y las cubre con una fantástica pátina helada, como si fueran flores.
-¡Sí, lo hemos visto! -dijeron los niños, y así supieron que eso que les contaba la abuela era verdad.
-¿Puede venir aquí la Reina de las Nieves? -preguntó la niña.
-Sí, que venga -dijo el niño-. así la coloco en la estufa encendida, para que se derrita.
Pero la abuela le acarició el cabello y contó otros cuentos.
Por la noche, cuando el pequeño Kay estaba en su casa, a medio vestir, se subió a las sillas que se encontraban junto a la ventana y miró por el agujerito; un par de copos de nieve cayeron afuera, y uno de ellos, el más grande, quedó sobre el borde de una de las macetas; el copo creció y creció, hasta convertirse en una verdadera señora, vestida con el velo más delicado y más blanco, tanto que parecía compuesto por millones de copos estrellados. Era sumamente hermosa y elegante, pero hecha de un hielo enceguecedor, centelleante, aunque estaba viva; la reina de la nievelos ojos le resplandecían como dos brillantes luceros, aunque no había sosiego ni reposo en ellos. Hacía gestos a la ventana con la cabeza y señalaba con la mano. Al niño le dio miedo y se bajó de la silla; era como si hubiera pasado un pájaro gigantesco por delante de la ventana.
Al día siguiente cayó una helada, y luego llegó el deshielo, y la primavera, brillaba el sol, comenzaron a asomar las hojas, las golondrinas construyeron sus nidos, se abrieron las ventanas y los pequeños volvieron a sentarse en su jardincito, allí arriba, en la canaleta, sobre todos los tejados.
Aquel verano las rosas florecieron majestuosas; la niña se había aprendido un salmo que hablaba de las rosas y por eso pensó en las suyas. Se lo cantó al niño, y luego lo entonaron juntos:

¡Las rosas florecen en el valle,
allí encontraremos al Niño Jesús!

Y los pequeños se tomaban de la mano, besaban las rosas y miraban al luminoso sol del Señor, y hablaban como si el Niño Jesús estuviese allí. Qué agradables eran los días de verano, que delicia estar al aire libre junto a los fragantes rosales que parecían no querer dejar nunca de florecer.
Kay y Gerda estaban sentados mirando un libro de ilustraciones, que mostraba un buen número de bichos y pájaros, cuando el reloj dio las cinco en punto en la gran torre de la iglesia. Entonces Kay dijo:
-¡Ay! ¡Siento una puntada en el corazón y tengo algo en el ojo!
La niña lo tomó por el cuello; guiñaba los ojos: no, no se veía nada.
-¡Me parece que se ha ido! -dijo él; pero no se había ido.
Era ni más ni menos que uno de esos tantos fragmentos de cristal en que se había roto el espejo de los duendes. Según sabemos, el horrible espejo hacía que todo lo grande y bueno que se reflejaba en él se convirtiera en algo mezquino y feo, pero lo malo, lo vulgar, permanecía inalterable, igual a sí mismo, y todos los defectos de las cosas se notaban en seguida. Al pobre Kay también se le había clavado una esquirla en el corazón. Muy pronto lo vería transformado en un montón de hielo. Ya no le dolía, pero allí estaba.
-¿Por qué lloras? -preguntó él-. ¡Te pones muy fea cuando lloras! Si ya no tengo Kay con su trineonada. ¡Uy! -gritó de inmediato-, ¡esa rosa está comida por un gusano! Y mira: aquella otra está torcida. La verdad es que son una rosas feísimas. Tan feas como las macetas en las que crecen -y entonces, luego de golpear el tiesto con el pie, arrancó las dos rosas.
-Kay, ¿qué haces? -gritó la niña; y él, al verla asustada, arrancó otra rosa y corrió a su ventana, alejándose de la dulce Gerda.
Más tarde, cuando ella volvió con el libro de ilustraciones, él le dijo que eso era para niños de pecho; y ahora, cuando la abuela contaba cuentos, a él siempre se le ocurría algo que objetar, ya sea por una cosa u otra, incluso, en cuanto podía se colocaba de espaldas a ella. Entonces se ponía unos anteojos y hablaba como ella; la imitación era tan perfecta que hacía reír a la gente. También podía imitar la forma de hablar y de caminar de todos los vecinos de su calle. Kay sabía imitar todo lo que ellos tenían de raro o de feo, y la gente decía:
-¡No hay duda de que este chico tiene una gran cabeza!
Pero lo que en realidad tenía era el trozo de cristal que se le había introducido en el ojo, la esquirla que había anidado en su corazón, la misma que lo llevaba a burlarse de la pequeña Gerda, la niña que lo quería con toda su alma.
Sus juegos ahora eran totalmente diferentes a los de antes, parecían haberse vuelto mucho más sensatos; un día de invierno, que nevaba, Kay salió con una gran lupa, y extendió una punta de su abrigo azul para que los copos de nieve cayesen sobre él.
-Mira ahora por el cristal, Gerda -le dijo a su amiga, y los copos se hicieron muy grandes, como flores espléndidas o estrellas de diez puntas; eran preciosas.
-Mira qué artísticas- dijo Kay-. son mucho más interesantes que las flores de verdad, no tienen el menor defecto, son perfectas, a no ser que se derritan.
Poco después, Kay llegó con grandes guantes y su trineo al hombro; entonces le dijo a Gerda, gritándole al oído:
-¡Tengo permiso para ir en trineo por la plaza, donde juegan los otros niños! -y se marchó.
En la plaza, los chicos más atrevidos ataban sus trineos a los carros de los labradores y así recorrían un gran trecho. Era fantástico. Cuando más animado estaba el juego, llegó al lugar un gran trineo, todo pintado de blanco; quien lo conducía estaba envuelto en un abrigo peludo de piel blanca y llevaba asimismo un gorro blanco y peludo; el gran trineo dio dos vuelta a la plaza y Kay lo enlazó rápidamente al suyo para seguirlo de cerca. Andaba cada vez más rápido por la calle próxima; en eso estaba, cuando el conductor volvió el rostro y saludó tan cordialmente a Kay que parecía conocerlo de alguna parte. Cada vez que Kay nieve y montañasintentaba desatar su pequeño trineo, el desconocido lo saludaba y, en consecuencia, Kay volvía a sentarse. Fue así como acabaron por atravesar las puertas de la ciudad. Entonces comenzó a caer una nieve tan espesa que el niño ya no podía ver más allá de su nariz, aunque siguió adelante. Soltó  rápidamente la cuerda para librarse del gran trineo, pero no consiguió nada: su pequeño carruaje permanecía unido al otro y corría con la velocidad del viento. Gritó con todas sus fuerzas, mas nadie lo oyó, y mientras la nieve seguía cayendo y el trineo continuaba su loca carrera, a veces daba un salto, como si marchase sobre cunetas y cercas. Estaba muy asustado y hubiera rezado el Padrenuestro, pero sólo recordaba las tablas de multiplicar.
Los copos de nieve se fueron haciendo cada vez más grandes, hasta semejar enormes gallinas blancas. De pronto saltaron a un lado. El gran trineo se detuvo y la persona que lo conducía se levantó; el abrigo y el gorro no eran más que nieve. Se trataba de una señora muy alta y esbelta, de resplandeciente blancura: la Reina de las Nieves.
-Ha sido una buena carrera – dijo-, pero ¿tienes frío?¡Acurrúcate en mi piel de oso! -Entonces lo colocó en el trineo junto a ella, lo envolvió con la piel y Kay sintiópalacio de nive como si se hubiera hundido en un montón de nieve.
¿Aún tienes frío? -volvió a preguntar la señora, y luego lo besó en la frente. ¡Uy!, el beso era más frío que un témpano,le llegó directo al corazón, aunque éste en buena medida ya era un bloque de hielo. Se sintió morir, pero fue tan sólo un instante: enseguida se puso bien. Y ya no volvió a sentir frío.
¡Mi trineo, no olvides mi trineo! -fue lo primero que recordó, y quedó atado a una de las gallinas blancas que seguían volando sobre el trineo a su espalda. La Reina de la Nieves volvió a besar a Kay, que entonces pareció olvidarse para siempre de la pequeña Gerda, de la abuela y de todos los demás integrantes de su casa.
-¡No te beso más -dijo ella- porque te mataría!
Kay la miró; era hermosísima; resultaba imposible imaginar un rostro más inteligente y más hermoso que ése; ahora no le parecía de hielo, como cuando se había sentado en la ventana, y le hizo un gesto; a sus ojos era perfecta, no sentía niña con libromiedo alguno; le dijo que sabía calcular mentalmente, incluso en fracciones, las millas cuadradas del país y cuántos habitantes tenía, y ella no dejaba de reír. Entonces pensó que no era bastante todo lo que sabía y miró el espacio grande, grande, y ella voló con él. Volaron por encima de las nubes sombrías, mientras la tormenta zumbaba y bramaba, como si cantase viejas canciones. Volaron sobre bosques y lagos, sobre mares y tierras; allí abajo retumbaba el viento helado, aullaban los lobos, centelleaba la nieve, y por encima volaban los negros cuervos dando chillidos. Pero aún más arriba, arriba de todo, brillaba una luna enorme y limpia, y Kay pudo observar a través de ella la larga, larga noche de invierno: de día, dormía a losCRISTAL DE NIEVE pies de la Reina de las Nieve.

Hans Christian Andersen
(ver Pizarra Noticias)
Traducción: Christian Kupchik)  

volver a la portada      
SELLOZZ

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s