La reina de las nieves

Cuento en siete historias

Tercera historia: El jardín de la mujer que sabía de magia

Pero ¿qué fue de la pequeña Gerda al notar que Kay no había regresado? ¿Dónde podía estar? ¿Acaso le había ocurrido algo? Nadie lo sabía, nadie parecía capaz de poder dar una respuesta. Los niños sólo contaron que lo habían visto atar su pequeño trineo a otro, grande y espléndido, que marchó por las calles y atravesó las puertas de la ciudad. Nadie sabía dónde estaba y muchas lágrimas se derramaron. La pequeña Gerda lloraba profunda y largamente, porque decían que Kay había muerto, que se había hundido en el río que corría junto a la ciudad; oh, qué largos, qué sombríos son los días del invierno.niñaenbarca
Entonces llegó la primavera, con un sol más caliente.
-¡Kay se fue, ha muerto! -dijo la pequeña Gerda.
-¡Yo creo que no! – le respondió el sol.
-¡Se fue, ha muerto! -dijo a las golondrinas.
-¡Creemos que no! -le contestaron, pero la pequeña Gerda al final tampoco les creyó.
-Me pondré mis zapatos nuevos, los rojos -se dijo una mañana-, los que Kay no ha visto nunca, e iré a preguntarle al río.
Era muy temprano; besó a la anciana abuela que aún dormía, se puso los zapatos rojos y salió solita hacia la puerta de la ciudad para llegar hasta el río.
-¿Es verdad que te has llevado a mi compañero de juegos? Te regalaré mis zapatos rojos si mi lo devuelves.
Y le pareció que las olas le decían que sí de una manera muy rara; entonces se sacó los zapatos rojos que más quería, y los tiró al río, pero cayeron cerca de la orilla y las pequeñas olas volvieron a traerlos de inmediato a tierra junto a ella, como si el río no quisiera llevarse lo más precioso que tenía la niña, ahora que zapatos rojoshabía perdido al pequeño Kay. Entonces Gerda pensó que no había lanzado los zapatos lo bastante lejos, por lo que trepó a una barca que había entre los juncos, fue hasta su extremo y volvió a tirarlos. La barca no estaba bien amarrada y, con el movimiento que hizo ella, se soltó y comenzó a alejarse de la orilla. Ella se dio cuenta y se apresuró a salir, pero antes de conseguirlo, la barca se había alejado más de una vara y avanzaba cada vez a mayor velocidad.
La pequeña Gerda se asustó mucho y comenzó a llorar, pero nadie la oía, salvo los gorriones, que aunque no podían llevarla a tierra, volaron junto a la orilla y cantaron como para consolarla:
-¡Aquí estamos, aquí estamos!
La barca seguía la corriente; la pequeña Gerda estaba sentada inmóvil en sus medias; los zapatitos rojos la seguían flotando, pero no podían alcanzar la barca, que cada vez iba mas rápido.
Las orillas eran encantadoras, había flores preciosas, viejos árboles y laderas con ovejas y vacas, pero no se veía a nadie.
-Quizá el río me lleve hasta el pequeño Kay -pensó Gerda, por lo que se puso más contenta, se levantó y contempló por muchas horas las hermosas riberas verdes; de esta forma llegó a un gran huerto de cerezos, en el que había una casita con curiosas ventanas rojas y azules, que tenía el techo de paja y por fuera dos soldados de madera que presentaban armas a quienes navegaban ante ellos.
Gerda les gritó; creía que estaban vivos pero, por supuesto, no le contestaron; llegó muy cerca de ellos, el río arrastraba la barca a tierra.
Gerda volvió a gritarles aún más alto, y entonces salió de la casa una mujer vieja, muy vieja, que se apoyaba en un encorvado bastón; llevaba un gran sombrero, sombrero de florespintado con preciosas flores.
-¡Pobrecita niña! -dijo la vieja-. ¿Cómo has venido a parar al río, tan grande y salvaje, cómo te alejaste tanto del mundo?
Dicho esto, la anciana se metió en el agua, detuvo la barca con su bastón, lo acercó a la orilla y levantó a Gerda.
Y Gerda se alegró de encontrarse en tierra firme, aunque no dejaba de estar algo asustada por aquella vieja que le resultaba totalmente desconocida.
-Bueno, ven y dime quién eres y de dónde vienes -dijo la vieja.
Y Gerda le contó todo, mientras la  anciana asentía con la cabeza y decía:
-¡Ejem, ejem! – y cuando Gerda le contó todo y le preguntó si había visto al pequeño Kay, la mujer dijo que no había pasado por allí, pero que ya pasaría; y que ella no debía estar triste, sino comer sus cerezas, mirar sus flores, que eran más  bonitas que ningún libro de ilustraciones, y cada una de ellas le contaría una historia. Así fue que tomó a Gerda de la mano, entraron en la casita y la vieja cerró la puerta.
Las ventanas eran muy altas y los vidrios, rojos, azules y amarillos; la luz del día se teñía dentro con todos los colores de la forma más extraña, y en la mesa estaban servidas las deliciosas cerezas, de las que Gerda pudo comer cuantas quiso. Y mientras comía, la vieja la peinó con un cepillo de oro y el pelo formó bucles deliciosamente dorados sobre su amable carita, redonda como una rosa.
-Siempre he deseado tener una niñita así de preciosa -dijo la vieja- ¡Ahora verás lo bien que lo vamos a pasar las dos!
Y mientras iba peinando el cabello de la niña con el cepillo de oro, la pequeña Gerda comenzaba a olvidar a Kay, su compañero de juegos; porque la vieja sabía de magia, pero no era una bruja mala, sólo hacía magia para divertirse, y ahora le encantaba la idea de quedarse con la pequeña Gerda. Por eso salió al jardín, apuntó a los rosales con su garrote y, aunque estaban cargados de flores, todos se hundieron en la negra tierra y nadie podía ver dónde habían estado. La vieja temía que cuando Gerda viera las rosas, pensara en las suyas y, por consiguiente, se acordase del pequeño Kay y quisiera escapar.
jardin de floresEntonces llevó a Gerda al jardín. ¡Era increíble! El olor que despedía era delicioso. Las flores más inimaginables y de cualquier estación parecían estar allí; ningún libro de ilustraciones podía tener más colores ni ser más bonito. Gerda saltaba de alegría y jugó hasta que el sol se puso detrás de los altos cerezos; entonces se le concedió una preciosa cama con edredones de seda roja rellenos de violetas azules y durmió y soñó tan deliciosamente como una reina en su noche de bodas. Al día siguiente jugó de nuevo con las flores bajo el caliente sol, y así muchos otros días. Gerda conocía todas las flores, pero por muchas que fuesen, la seguía la idea de que siempre faltaba una, aunque no podía decir cuál. Hasta que un día acertó a mirar el sombrero que la vieja señora utilizaba para protegerse del sol, uno grande con flores pintadas, y justo la más bella era una rosa. La vieja se había olvidado de quitarla del sombrero cuando enterró las otras. ¡Pero eso a veces pasa, uno no puede estar en todo!
-¿Cómo? -dijo Gerda- ¿aquí no hay rosas?
Y comenzó a correr entre los macizos, donde buscó y buscó, hasta que sus tibias lágrimas fueron a caer justo donde estaban enterrados los rosales; y cuando las lágrimas humedecieron la tierra, los arbustos brotaron de repente, con la misma cantidad de rosas con la que se habían sumergido. Gerda los abrazó, besó las flores y pensó en las preciosas rosas de su casa, y ellas la condujeron con el pensamiento hasta el pequeño Kay.
-¡Oh, cómo me he retrasado! -dijo la niña-. ¡Lo que tengo que hacer es buscar a Kay! ¿Acaso ustedes saben dónde está? -les preguntó a las rosas-. ¿Creen que se haya perdido, o peor, que esté muerto?
-No ha muerto -dijeron las rosas-. Lo sabemos porque hemos estado bajo tierra, que es dónde deben estar todos los muertos, pero Kay no estaba allí.
-¡Muchas gracias! -dijo la pequeña Gerda, y se dirigió hacia donde estaban las otras flores; y mirando sus cálices, preguntó: -¿Saben ustedes dónde está el pequeño Kay?
Pero las flores se alzaban al sol, cada una de ellas soñando con su propia aventura, su propia historia; Gerda oyó muchas, muchas, pero ninguna de ellas hablaba o sabía nada de Kay.
¿Qué era lo que contaba la azucena roja?
Oyes el tambor, ¡pum, pum! Sólo tiene dos notas, siempre ¡pum, pum! ¡Oye el cantocabaña de dolor de las mujeres! ¡Oye el clamor de los sacerdotes! Envuelta en su larga túnica roja se alza sobre la pira la mujer india, las llamas la envuelven, a ella y a su esposo muerto; pero la mujer piensa en aquel que está vivo, en el grupo que la rodea, aquel cuyos ojos son más ardientes que las llamas, aquel, quien tiene el fuego de sus ojos más próximo a
su corazón que las llamas que pronto reducirán su cuerpo a cenizas. ¿Puede la llama del corazón morir en las llamas de la pira?
-¡No entiendo nada! -dijo la pequeña Gerda.
-¡Ésa es mi historia! -dijo la azucena roja.
-¿Qué cuenta la campanilla azul?
-Allá, sobre el angosto sendero de la montaña, se alza un viejo castillo, la espesa hiedra crece sobre los viejos muros rojos, hoja sobre hoja, hasta el balcón, al que asoma una muchacha encantadora; se inclina sobre la balaustrada y observa el camino. No hay rosa alguna que luzca más fragante en la ramas que ella; ninguna flor de manzano, cuando el viento la acaricia en el árbol, se mueve con mayor gracia que ella. ¡Cómo cruje su suntuosa túnica de seda! ¿Cuándo vendrá?
-¿Te refieres a Kay? -preguntó la pequeña Gerda.
-Yo sólo cuento mi historia, mi sueño -contestó la campanilla azul.
¿Y qué dice la pequeña galanto?
-Entre los árboles, suspendido por cuerdas, cuelga un largo tablón. Es un columpio; dos preciosas niñas -sus vestidos son blancos como la nieve, largas cintas de seda verde revolotean desde los sombreros- se hamacan sentadas. El hermano, mayor que ellas, está de pie ante el columpio; se sujeta con un brazo en la cuerda, porque tiene en una mano una tacita y en la otra, una pipa de barro por la que sopla pompas de jabón. El columpio oscila y las pompas vuelan con colores irisados y cambiantes; la última se queda en la caña de la pipa y oscila al viento. El columpio se mece. El perrito negro, ligero como las pompas, se levanta sobre sus patas traseras y quisiera subir al columpio; el columpio se mece, el perro resbala y ladra, enojado; los niños ríen, las pompas estallan… Un tablón que se mece… Mi canción es un cuadro vivo de la espuma…
-Puede que sea hermoso todo eso que cuentas, pero lo dices con mucha tristeza y ni siquiera mencionas a Kay.
¿Qué tienen para contar los jacintos?
-Eran tres hermosas hermanas, sumamente transparentes y delicadas; la túnica de una de ellas era roja, la otra azul y la tercera por completo blanca; danzaban con toda calma junta al lago tomadas de la mano bajo la clara luz de la luna. No eran sílfides, sino humanas. Olían deliciosamente y, un día, desaparecieron en el bosque; la fragancia se hizo más intensa… Tres féretros, en lo que yacen las preciosas niñas, se desprenden de la masa del bosque para deslizarse hacia el lago; las luciérnagas vuelan resplandecientes alrededor, como diminutas lámparas flotantes. ¿Duermen las muchachas danzantes o están muertas? El aroma de las flores dice que han muerto; las campanas de la tarde doblan por ellas.
-Me pones triste -dijo la pequeña Gerda-. Tu olor es tan fuerte que me hace pensar en las muchachas muertas. Ay, ¿entonces es verdad que ha muerto Kay? Las rosas estuvieron bajo tierra y ellas dicen que no.
-¡Ding, dong!- repiquetearon las campanitas de los jacintos-.¡ No doblamos por el pequeño Kay, a quien ni siquiera conocemos! Sólo cantamos nuestra canción, la única que sabemos…
Y Gerda se dirigió entonces a la marimoña cuyas hojas brillantes y verdesniñahablando con flores destellaban.
-¡Eres como un pequeño sol resplandeciente! Dime, ¿sabes dónde puedo encontrar a mi compañero de juegos?
Y la marimoña brilló entonces con un esplendor único y miró a su vez a Gerda. ¿Qué canción podría cantar la marimoña? Nada que tratase de Kay.
-El primer día de primavera, el sol del Señor entibiaba una pequeña casita; los cálidos rayos caían sobre el blanco muro del vecino, en el que crecían las primeras flores amarillas como el oro brillante. La anciana abuela estaba afuera, sentada en su silla; la nieta, una pobre y bella criada, llegó para hacer una corta visita al hogar y saludó a la abuela con un beso. Había oro, auténtico oro proveniente del corazón en el bendito beso, oro en la boca, oro en el suelo, oro allí arriba, en las alturas de la mañana. ¿Ves? Ésta es mi pequeña historia -dijo la marimoña.
-¡Mi pobre y vieja abuela! -suspiró Gerda-. Es seguro que me hecha de menos, debe estar triste por mi culpa, como lo estaba por el pequeño Kay. Pero volveré pronto a casa y llevaré a Kay conmigo. ¡De nada sirve que pregunte a las flores! Sólo saben sus canciones, pero no me dan ninguna noticia nueva de mi amigo.
Entonces recogió su pequeño vestido para poder correr más rápido. En ese momento, un narciso le golpeó las piernas al saltar sobre él. La niña se detuvo, miró a la gran flor y preguntó inclinándose sobre ella:
-¿Acaso sabes algo?
¿Y qué fue lo que contó?
-¡Puedo verme, puedo verme! – dijo el narciso. Oh, oh, cómo huelo… Arriba, en la pequeña  buhardilla, a medio vestir, se encuentra una pequeña bailarina, y no bien ella se apoya ya sobre una pierna, ya en las dos, le propina un soberbio puntapié al mundo entero. Ella es sólo una ilusión óptica. Vierte agua de una tetera sobre una prenda que sostiene en la mano. Se trata de un corsé – la limpieza es algo extraordinario-, el vestido blanco cuelga de la percha y también será lavado con el agua de la tetera y tendido a secar en el tejado. Ella se ata un pañuelo azafrán al cuello, lo que le da al vestido una dimensión más blanca. La pierna alzada…¡Mirá como se levanta, parece un tallo! ¡Puedo verme, puedo verme!
-¡No me importa nada de lo que cuentas! ¡Nada de lo que dices me sirve! -dijo Gerda, al tiempo que echaba a correr hasta un extremo del jardín.
La puerta estaba cerrada, pero movió el herrumbroso pestillo hasta conseguir abrirla. De este modo, la pequeña Gerda salió corriendo descalza por el amplio mundo. Por tres veces miró atrás, pero no había nadie que la siguiera; hasta que llegó a un punto en que ya no podía correr más, se sentó en una gran piedra y miró en torno suyo. El verano había pasado, de hecho esta ya muy comenzado el otoño; pero nada de ésto podía notarse en el interior de aquel jardín encantado, en el que siempre brillaba el sol y había flores de las cuatro estaciones.
¡Dios, cómo me he retrasado! -se dijo la pequeña Gerda-. ¡Si ya ha llegado el otoño! ¡No tengo tiempo para descansar!-. Y a continuación se levantó para seguir su marcha
Oh, qué doloridos y cansados estaban sus pequeños pies, y que frío y desapaciblerosas resultaba todo; las largas hojas de los sauces estaban completamente amarillas y la niebla goteaba entre ellas, caía una hoja tras otra. Sólo el endrino mostraba sus frutos, tan amargos que hacían rechinar los dientes. ¡Oh, qué gris y melancólico era el ancho mundo!

Hans Christian Andersen
(ver Pizarra Noticias)

volver a la portada
SELLOZZ

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s