La reina de las nieves

Cuento en siete historias

Cuarta historia: Príncipe y princesa

Gerda tuvo que detenerse a descansar nuevamente. Un gran cuervo saltó sobre la nieve, justo delante de ella. Había estado largo tiempo posado, mirándola y sacudiendo la cabeza. Al enfrentarla, le dijo
cuervo-Crac,crac…Buen día,buen día…
No sabía cómo expresarse mejor, pero lo cierto era que la niña le resultaba simpática y le preguntó por qué iba sola por el ancho mundo. Gerda comprendió perfectamente la palabra “sola”, y sintió cuánto quería decir, de modo que le contó al cuervo toda su existencia y aventuras, y de paso le preguntó si no había visto a Kay.
El cuervo movió pensativamente la cabeza y dijo:
-Puede que sí, puede que sí…
-¡En serio! ¿Crees que sí? -gritó la niña, y por poco no mata al cuervo del beso que le dio.
-Poco a poco…Poco a poco… -dijo el cuervo-. Diría que sí, que se trata del pequeño Kay…Aunque, claro, te ha olvidado por la princesa…
-¿Vive con una princesa? -preguntó Gerda.
-Bueno, escucha -dijo el cuervo-. Debes comprender que me cuenta hablar tu lengua. Si pudieses entender el idioma de los cuervos, me resultaría mucho más fácil.
-No, nunca lo he aprendido -dijo Gerda- pero mi abuela sí lo sabe hablar, así como la lengua de la P. Ojalá yo también lo supiera.
-No importa -dijo el cuervo-, te contaré lo mejor que pueda todo lo que sé, aunque lo haré bastante mal.
Y así, el cuervo contó lo que sabía.
-En el reino en que nos encontramos, vive una princesa que es inteligentísima; noprincesa sólo ha leído todos los periódicos que hay en el mundo, sino que los ha vuelto a olvidar, lo cual demuestra lo astuta que es. Un buen día, mientras estaba sentada en el trono, lo que en verdad no es tan divertido como dicen, se le ocurrió canturrear una canción, justamente esa que dice “¿Por qué no me caso?”.
“-¡Oye, no es mala idea!” – se dijo-, y decidió casarse, pero con un hombre que supiera responder cuando se le hablase, no uno que fuese sólo bien parecido, porque eso es muy aburrido. Entonces convocó a golpe de tambor a todas las damas  de la corte y cuando éstas oyeron cual era su intención, se mostraron entusiasmadas con la idea.
“-Me parece estupendo -dijeron todas-, ¡el otro día pensé lo mismo!”
-Debes creerme, es muy cierto todo esto que te cuento -dijo el cuervo-. Tengo una novia domesticada que anda suelta por el palacio, y ella me lo ha contado todo.
Naturalmente, su novia también era una cuerva, porque cuando se trata de buscar pareja, el cuervo siempre busca a la cuerva.
Los periódicos publicaron enseguida una orla de corazones y las iniciales de la princesa; en ellos se podía leer que todo mozo de buena presencia debía presentarse en palacio y hablar con la princesa. Aquel que hablase mejor, y como si estuviese en su casa, sería elegido por la princesa como su esposo.
-¡Sí, sí! -prosiguió el cuervo-. Puedes creerme, todo esto es tan cierto como que yo estoy aquí… La gente llegó a montones, hubo aglomeraciones y carreras, pero no tuvieron suerte, ni el primero ni el segundo día. Podían hablar perfectamente cuando se encontraban en la calle, pero no bien entraban por la puerta del palacio y veían a los guardias vestidos de plata, y en lo alto de las escaleras a los lacayos, de oro, y los grandes salones iluminados, los hombres quedaban pasmados; inmóviles frente al trono donde se sentaba la princesa, sin saber qué decir -salvo la última palabra que había dicho ella y que no le agradaba nada volver a escuchar. niña con cuervo2Había una larga cola que se extendía desde la puerta de la ciudad hasta el palacio. ¡Yo la vi! -dijo el cuervo-. Los hombres tenían hambre y sed, pero no obtuvieron del palacio ni siquiera un vaso de agua tibia. Algunos, los más vivos, se habían llevado una merienda, pero ninguno la compartió con su vecino. Se decían maliciosos: “¡Mejor, que se note que pasan hambre, y así nunca serán elegidos por la princesa!”
-Pero Kay, el pequeño Kay…-se impacientó Gerda-, ¿cuándo aparece? ¿Estaba entre la multitud?
-Un momento, un momento, ya vamos a llegar a él… Era el tercer día, cuando se presentó un pequeño personaje, sin caballo ni coche, que marchaba con paso decidido hacia el palacio. Sus ojos brillaban como los tuyos, tenía un pelo precioso y largo, pero sus ropas eran pobres.
-¡Era Kay! -gritó Gerda, entusiasmada-. ¡Oh, entonces lo he encontrado! -dijo, y comenzó a aplaudir.
-¿Llevaba una pequeña mochila en la espalda? -preguntó el cuervo.
-No, sin duda era su trineo -contestó Gerda-, porque desapareció con él.
-Bueno, puede ser -dijo el cuervo-. no lo observé con tanto detalle, pero sé por mi novia, la domesticada, que él llegó a la puerta del palacio y vio la guardia de plata, y a los lacayos de oro en lo alto de la escalera, y no se asustó en lo más mínimo, por el contrario, los saludo y les dijo:”¡Debe ser un aburrimiento espantoso quedarse en la escalera, prefiero entrar”. Los salones resplandecían iluminados;interior del palacio consejeros secretos y excelencias andaban con los pies desnudos y fuentes de oro; ¡era para tomarlo en serio! Sus botas crujían de forma horrible, pero él no se amedrentaba por ello.
-¡Seguro que es Kay! -dijo Gerda-.Me acuerdo que llevaba botas nuevas, he oído cómo crujían en la sala de la abuela.
-¡Pues sí que crujían! -dijo el cuervo-. Y con toda la confianza del mundo se presentó ante la princesa, que estaba sentada en una perla grande como la rueda de un molino; y todas las damas de la corte, con sus camareras y las camareras de las camareras, y todos los caballeros, con sus criados y los criados de los criados, que a su vez tenían un paje, estaban de pie alrededor; y cuanto más cerca se encontraban de la puerta, más orgullosos se mostraban. Al paje de los criados, de los criados, que siempre estaba en la puerta y llevaba zapatillas, casi no se lo podía mirar de lo arrogante que era.
-Debería ser horrible! -dijo la pequeña Gerda-. Pero ¿consiguió Kay a la princesa?
-Si no fuese porque soy cuervo, hubiera sido para mí, y eso a pesar de que estoy comprometido. Debe haber hablado tan bien como lo hago yo cuando hablo la lengua de los cuervos, como me dice mi novia, la domesticada. Se mostró confiado y gracioso; no había venido a pedir la mano, tan sólo a oír el ingenio de la princesa, y le gustó, tanto como él a ella.
-¡Sí, seguro que era Kay! -dijo Gerda-. ¡Tiene tanto ingenio que es capaz de hacer cálculos mentales con fracciones! Oh, ¿no me llevarías al palacio?
-¡Sí, claro, es muy fácil decirlo! -le contestó el cuervo-. Pero ¿cómo hacerlo? Hablaré con mi novia, la domesticada; ella nos aconsejará, pero debo decirte que a una niña como tú nunca le permitirán la entrada.
-¡Por supuesto que entraré! -dijo Gerda-. Cuando Kay se entere de que estoy allí, irá enseguida a buscarme.
-Bueno, espérame junto a aquel portillo -le dijo el cuervo; luego movió la cabeza y salió volando.
Antes de que anocheciera el cuervo estaba de vuelta.
-¡Crac…crac! -dijo-. Muchos saludos de parte de ella… Y aquí tienes un poquito de pan, lo tomé en la cocina, hay pan de sobra y tú tienes tanta hambre… No es posible que entres en el palacio, estás descalza ¿sabes? Los guardias de plata y los lacayos de oro no te lo permitirían; pero no llores, que entrarás de todas formas. Mi novia conoce una escalerita de servicio que lleva a la alcoba, y ella sabe como conseguir la llave.
Así, entraron en el parque, en la gran avenida, donde las hojas caían una tras otra, y cuando se apagaron la luces del palacio, también una tras otra, el cuervo llevó apalacio Gerda hasta una puerta trasera que estaba entreabierta.
¡Oh, cómo temblaba de inquietud y de deseo el corazón de Gerda! Era como si fuese a hacer algo malo, y lo único que deseaba era saber si se trataba del pequeño Kay quien estaba en el palacio. Pues sí, no podía ser otro más que él, y lo imaginó, como si lo estuviera viendo, con sus ojos llenos de inteligencia, su largo cabello; incluso podía ver perfectamente su sonrisa cuando se sentaba en la casa, bajo las rosas. Seguro que él se alegraría de verla, de oír del largo viaje que ella había hecho por su causa, y saber lo tristes que habían quedado todos en casa cuando comprobaron que no había vuelto. ¡Oh, qué miedo y qué alegría!
Fue entonces cuando se encontraron en la escalera; una lamparita brillaba en un estante. En el suelo estaba la cuerva domesticada, quien movió la cabeza a un lado y a otro y miró a Gerda, que se inclinó con toda cortesía, como le había enseñado la abuela.
-Mi novio me ha hablado maravillas de usted, señorita -dijo la cuerva domesticada., su curriculum vitae, como dicen, es también impresionante. ¿Quiere tomar la lámpara, así voy yo adelante? Iremos directamente, sin tropezarnos con nadie.
¡Me parece que sube alguien! -dijo Gerda, y algo pasó susurrando junto a ella, algo como sombras por la pared. Caballos de ondeantes crines y delgadas patas, pajes cazadores, caballeros y damas a caballo.
sueñosunicornios-¡Sólo son sueños! -dijo la cuerva-. Vienen para llevarse de caza a los pensamientos de sus señorías, lo que es bueno, porque así los podrá contemplar usted mejor en la cama. ¡Pero si algún día alcanza usted honores y grandezas, espero que también muestre un corazón agradecido! 
¡No hablemos de eso! -dijo el cuervo del bosque.
Entraron entonces en el primer salón, que era de satén rosado con flores artificiales en las paredes; por allí pasaron susurrando los sueños, pero su carrera era tan veloz que Gerda no consiguió ver a sus señorías. Cada salón era más espléndido que el anterior; uno iba de asombro en asombro; y al fin llegaron al dormitorio. El techo semejaba una gran palmera con hojas de cristal, un cristal carísimo, y en el centro colgaban de un grueso tallo de oro dos camas que parecían lirios: uno era blanco y en él dormía la princesa; el otro era rojo y era allí donde Gerda tenía que buscar al pequeño Kay.
Apartó uno de los pétalos rojos y vio una nuca morena…¡Oh, era Kay! Dijo su nombre en voz alta y le acercó la lámpara; los sueños volvieron nuevamente al salón, susurrando a caballo. Se despertó, volvió la cabeza y…no, no era Kay.
El príncipe se le parecía sólo en la nuca, era joven y hermoso. Entonces la princesa se asomó desde el lecho de lirio blanco y preguntó qué pasaba. Allí, la pequeña Gerda se echó a llorar y contó su historia, y cuánto el cuervo había hecho por ella.
-¡Pobrecita! -dijeron el príncipe y la princesa, y elogiaron a los cuervos, y dijeron que no estaban nada enojados con ellos, pero que no debían volver a hacerlo. No obstante, se merecían un premio.
-¿Quieren volar libres? -preguntó la princesa-, ¿o prefieren un puesto fijo como cuervos de cámara con todo lo que sobra de la cocina?
Y los dos cuervos hicieron una reverencia y pidieron el puesto fijo, porque pensaron en su vejez y dijeron que sería estupendo tener algo “para cuando los viejos”, tal como se expresaban.
Y el príncipe se levantó de la cama para que Gerda durmiese en ella, y más no podía hacer. Ella juntó sus manitos y pensó: “¡Qué buenos son los hombres y los animales!”. Y así cerró los ojos y durmió deliciosamente. Todos los sueños volvieron volando, y entonces se parecían a los ángeles del Señor y empujaban un pequeño trineo en el que estaba sentado Kay y saludaba; pero fue sólo un sueño, que se desvaneció apenas Gerda se despertó.
Al día siguiente la vistieron de seda y terciopelo de pies a cabeza; le ofrecieron quedarse en el palacio y pasarlo bien, pero ella lo único que pidió fue disponer de un cochecito con caballo, y un par de botitas, para salir a recorrer el ancho mundo en busca de Kay.
Y tuvo tanto las botas como también un manguito; estaba realmente hermosa, ycarruaje antes de marcharse, se detuvo ante la puerta un carro nuevo de oro macizo; las armas del príncipe y la princesa brillaban en ella como estrellas; cochero, lacayos y postillones, porque también había postillones, estaban sentados con coronas de oro. El príncipe y la princesa la ayudaron a subir a la carroza y le desearon suerte. El cuervo del bosque, que había contraído matrimonio, la acompañó durante las tres primeras leguas; se sentó a su lado, porque no era capaz de dar la espalda a los caballos. El otro cuervo se quedó en el portal moviendo las alas; no los acompañó porque sufría jaquecas desde que había obtenido el puesto fijo y demasiado para comer. Por dentro la carroza estaba forrada con roscas de azúcar, y en el asiento había frutas y pancitos de especias.
principe y princesa-¡Adiós, adiós! -gritaron el príncipe y la princesa. La pequeña Gerda lloró y el cuervo lloró, así recorrieron las primeras leguas; entonces también el cuervo dijo adiós y fue una despedida tristísima. Voló hasta lo alto de un árbol y movió sus negras alas hasta que el coche, que brillaba como un rayo puro de sol, se perdió de vista.

Hans Christian Andersen
(ver Pizarra Noticias)

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