Mi canción perdida

manoscuerdas

Se me cayó una canción por el agujero de la guitarra y no la puedo sacar.
Estaba en la punta de mis dedos y era una lindísima canción. Tenía una melodía dulce, saltarina y alegre, como si las notas estuvieran jugando a la soga o como si todas ellas se encontraran apuradas por llegar al lugar donde las canciones van cuando se sienten apuradas.
Era una canción de esas que son como nubes, de tan alto que nos llevan al escucharlas.
Pero se me cayó en el agujero de la guitarra. Pobrecita. No sé si fue por su apuro o porque yo la manipulé torpemente, pero dejen que les cuente la historia de todo lo que hice para sacarla de allí. No fue fácil se los anticipo; ¿alguna vez se asomaron por el agujero de una guitarra?, ¿no parece como si todos los misteriosmusica del universo pudieran esconderse allí?
Imagínense, entonces, la tarea de encontrar una canción…
Al principio, como cualquiera hubiera hecho, intenté meter mis manos para alcanzarla, pero las cuerdas que atraviesan seis veces el agujero me impidieron hacerlo. Por más que juntara los dedos hasta convertirlos en un auténtico pico de pato -inténtelo ustedes, van a ver que no me pasa a mi solo-, no lograba pasar esa barrera. Y, ni bien hacía un poquito de fuerza, alguna cuerda se quejaba y yo enseguida debía sacar los dedos por miedo a lastimarlas.
Di vuelta la guitarra para ver si la canción salía por el agujero por el que había entrado, pero nada: según parece, sacar canciones es más difícil que sacar bolitas o un muñequito. Parece como si por dentro existieran miles de laberinto y rincones que impiden hacer la maniobra exacta para extraer el objeto deseado. En el intento, por supuesto, se encuentran pelusas, gomas de borrar, partituras con ejercicios difíciles que ocultamos allí para no tener que estudiarlas, serenatas que nunca nos animamos a cantarle a la vecina… pero ni hablar de conseguir una bolita cuando lo que queremos sacar es una bolita, un muñequito cuando lo que se nos fue por ahí es un muñequito o hallar una canción si la que emprendió ese viaje profundo es una canción. Zarandeé la guitarra para un lado y para otro, para arriba y para abajo, y lo único que pude escuchar fue los “¡auch!” y los “¡ey!” que me decía la pobrecita desde adentro, a medias dolorida y a medias enojada.
Le pedí disculpas a mi canción y dejé la guitarra apoyada en una silla. Dediqué unas cuantas horas a pensar el paso apropiado que debía seguir.
guitarraFui a buscar una linterna para ver si, localizando el lugar exacto donde se hallaba, podía diagramar un plan de rescate. Pero tampoco: el interior de una guitarra es tan oscuro e insondable como la boca de un dragón, el cofre cerrado de un pirata o el fondo del pozo más profundo del mundo. Por más que intentara iluminarlo con mi linterna, no lograba dar con mi canción perdida.
¿Cómo puede ser que algo tan normal como una guitarra posea algo tan misterioso como el mundo oculto de su agujero? Esto no sucede con muchas cosas: ahora que me pongo a pensar, el enigma del agujero de las guitarras solo puede ser comparado con el misterio de lo que habita detrás de los espejos -que debe ser enorme como para guardar tantas imágenes-, el misterio de los mecanismos rarísimos de los relojes antiguos -¿cómo hacen para saber siempre la hora qué es?- y el de los teléfonos, que, ustedes dirán lo que quieran, pero para que la voz de la persona pueda viajar por un cablecito, seguro hay que utilizar un poco de magia.
Se sabe que, para misterios, nadie mejor que los duendes: por esa razón decidí buscar a uno para pedirle ayuda. Claro que lograr que un duende ayude a unduende4 humano es más difícil que encontrar una canción perdida en el agujero de una guitarra. El que vive en mi jardín me dijo que no porque “tenía mucho trabajo”, aunque yo sospeché enseguida de su buena voluntad porque me lo dijo desde una pileta que se hizo con una tapita de gaseosa mientras comía unos bizcochos que olían lo más bien. El que vive en el cuarto de cachivaches, ni bien me vio, se escondió, y por más que lo llamé y lo busqué, no hubo caso, porque no existe nada más huraño que un duende de un cuarto de cachivaches.
¿Qué hacer cuando los duendes nos son reacios? Pedirle ayuda a los amigos. Claro que, en mi caso, mis amigos son más raros que los duendes. Luis me dijo que a las canciones hay que sacarlas con silviditos; Laura, que no hay nada mejor que el irresistible olorcito de una salsa para sacar cualquier cosa que se haya escondido; Julio me recomendó hacer dieta y meterme yo mismo en el agujero de la guitarra, y Marcela me dio un casco de esos que usan los mineros por si la idea de Julio daba resultado. El Tata me dijo que mejor me dedicara a otra cosa, porque nunca fui bueno con la guitarra (Claudio asintió, de acuerdo con el Tata) y duendeGustavo, que siempre fue el más razonable, sacó el duende que vive adentro del agujero de su trompeta y me dijo:
-Tomá. Seguro que este duende te la trae de vuelta.
Un duende…¡otra vez! En ese momento me di cuenta de que esta historia era circular, como el agujero de mi guitarra.
Por suerte, el duende de la trompeta de Gustavo era un duende bonachón. Me dijo que le encantaban las canciones y que es bueno que un humano se preocupe tanto por rescatar una de ellas. Lo metí en el agujero de la guitarra y…estuve como tres días sin tener novedades de él.
Cuando finalmente salió, se lo veía contento. Había cambiado de vestuario. Estaba bronceado por el sol. Tenía un poco más de barriga que cuando entró y hasta se lo veía más joven.
-¿Me podés decir qué sucedió adentro de mi guitarra? -le pregunté yo que, a esas alturas, estaba preparado para escuchar cualquier disparate.
-Nada -me respondió él muy campante-. Pasé a saludar a unos parientes que viven por ahí, y nos la pasamos cantando y bailando en el prado.
¿Una comunidad de duendes adentro de mi guitarra? ¿Con prado y todo? ¿Habrá duendes (o hadas) en todas las guitarras del mundo o nada más que en la mía? ¿Algunas de las canciones preciosas que estuvieron cantando sería mi canción perdida?
Y lo más raro de todo…¿con qué sol se había bronceado el duende dentro de mi guitarra?
-Pero…¿y la canción que te envié a rescatar? – le pregunté yo, que me estaba musica2empezando a poner nervioso.
El duende se llevó su manita a la frente y dijo algo así como: “¡Auch! Me olvidé de buscarla entre tanto festejo”.
Luego, se fue silbando, y me sugirió desde la puerta:
-No te preocupes ya saldrá. Sucede muy seguido: las canciones se enamoran de las guitarras. Sólo debés saber acariciar.
¿Qué tipo de consejo se supone que es el que me dio aquel duende?
El error, de más está decirlo, fue mío,  por confiar en seres tan propensos a la distracción y a las parrandas. ¿Dónde se ha visto que un duende ayude a un humano de la manera que el humano desea que lo ayuden? Nunca. Los duendes siempre hacen las cosas según sus especiales modos y…
Entre el enojo, una frase vino a mi mente: “Sólo debés saber acariciar”.
Tomé la guitarra y la puse en mi regazo. Miré el agujero por el que se me había perdido la preciosa canción y comencé, despacito, a acariciar las cuerdas que me impedían meter mis manos para encontrarla. Las cuerdas sonaron ante mi tacto. Eran notas musicales que, unidas, formaron una melodía dulce, saltarina y alegre, como si las notas estuvieran jugando a la soga o como si todas ellas se encontraran apuradas por llegar al lugar donde las canciones van cuando se sienten apuradas. No había que pensar demasiado para darse cuenta de que aquellos que salía de mi guitarra era como una nube.
En ese momento me di cuenta que el baile de mis dedos con las cuerdas estaba sacando, por fin, a mi canción. ¡Qué felices fuimos al reencontrarnos! Si me hubieran visto y la hubiesen oído a ella, seguro que bailan y todo.
Nunca más volvió a caerse por el agujero de la guitarra: ahora, cada vez que quiere, se va solita a visitar a sus amistades, pero cuando nos necesitamos, siempre estamos uno al lado del otro.
muchachoguitarraSi alguna vez quieren escucharla, sepan que vive ahí, donde el agujero de la guitarra se vuelve prado, muy cerquita de un aldea llena de duendes y de hadas, y a orillas de un riacho con torrente cantador que queda muy lindo cuando le brilla en el lomo el sol del atardecer.
No es muy lejos, y el camino es fácil y hermoso.
Está hecho de caricias.

Luciano Saracino
(ver Pizarra Noticias)

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