Un mundo distinto

dospajaron con anteojosSoy oriundo de Güeldres. Nuestro patrimonio se reduce a algunos acres de brezales y agua amarilla. Sobre el linde crecen pinos que se estremecen con un ruido metálico. La granja tiene escasos cuartos habitables y muere piedra a piedra en la soledad. Pertenecemos a una antigua familia de pastores, numerosa en otros tiempos ahora reducida a mis padres, mi hermana y yo.
Mi destino, bastante lúgubre al principio, se ha convertido en el más bello que yo  conozca: he encontrado a Aquel que me comprende: él enseñará lo que yo soy, el único en saber entre los hombres. Pero durante mucho tiempo he sufrido, he desesperado, presa de la duda, de la soledad espiritual, que termina por roer hasta las certezas absolutas.
Vine al mundo con una constitución orgánica única. Fui objeto de asombro desde el principio. No es que pareciese mal conformado: según me han dicho, era yo de cuerpo y rostro más gráciles que lo que es común al nacer. Pero tenía una tez de los más extraordinaria, de una especie de color violeta pálido… muy pálido, pero muy nítido. A la luz de las lámparas, sobre todo de las lámparas de aceite, esta tez palidecía aún más, se convertía en un blanco extraño, como de un lirio sumergido bajo agua. Esa es al menos la visión de los demás hombres: porque por mi parte me veo de otro modo, así como veo de otro modo todos los objetos de este mundo. A este primera particularidad se unían otras que se revelaron más tarde.
Aunque nací con todas la apariencias de la salud, crecí penosamente. Era delgado, me quejaba sin cesar; a la edad de ocho meses, aún no me habían visto sonreír. Pronto desesperaron de criarme. El médico de Zwartendam me declaró afectado de miseria fisiológica: no veía para ello otro remedio que la higiene rigurosa. Pero ésta no logró mejorarme; todos los días esperaban verme desaparecer. Creo que mi padre se había resignado, poco halagado en su amor propio -su amor propio holandés, compuesto de orden y regularidad- por el aspecto extravagante de su hijo. Mi madre, por el contrario, me amaba justamente en proporción a mi extrañeza, ya que terminó por encontrar agradable el tinte de mi piel.
Las cosas estaban así, cuando un acontecimiento muy sencillo vino en mi ayuda: como todo debía ser anormal en mí, este acontecimiento fue motivo de escándalo y preocupaciones.
Cuando una criada se fue, tomaron para reemplazarla a una vigorosa muchacha frisona, llena de entusiasmo por el trabajo y de honestidad, pero inclinada a la bebida. Me confiaron a la recién llegada. Al verme tan débil, se le ocurrió darme, a escondidas, un poco de agua y de cerveza mezcladas con schiedam, según ella remedios soberanos contra todos los males.
Lo más curioso es que no tardé en recuperar fuerzas, y que mostré desde entonces una predilección extraordinaria por el alcohol. La buena muchacha se regocijaba en secreto de la cuestión, no sin saborear cierto placer en intrigar a mis padres y el médico. Puesta entre la espada y la pared, terminó por revelar el misterio. Mi padre tuvo un violento ataque de cólera, el médico apostrofó a la superstición y la ignorancia. Se dieron órdenes severas a los criados; me apartaron de la frisona.
Empecé a adelgazar, a desmejorar, hasta que, prestando oídos sólo a su ternura, mi madre me devolvió el régimen de cerveza y schiedam. De inmediato recobré el vigor y la vivacidad. La experiencia era concluyente: el alcohol se revelaba indispensable para mi salud. Mi padre se sintió humillado por ello; el médico salió del paso recetando vinos medicinales, y desde entonces mi salud fue excelente: no faltó quien me pronosticara una carrera de ebriedad y desenfreno.
Poco después de este incidente, una nueva anormalidad escandalizó a quienes me rodeaban. Mis ojos, que al principio habían parecido normales, se volvieron extrañamente opacos, adquirieron una apariencia córnea, como los élitros de ciertos coleópteros. El médico aseguró que yo perdía la vista: sin embargo confesó que el mal le parecía absolutamente extraño y de un tipo que nunca le había sido dado estudiar. Pronto la pupila se confundió de tal modo con el iris, que era imposible discernir la una del otro. Además, advirtieron que yo podía mirar el sol sin que eso me incomodara. A decir verdad, no estaba ciego para nada, y hasta hubo que convenir en que veía de modo bastante normal.
Así llegué a la edad de tres años. Era entonces, según la opinión de nuestros vecinos, un pequeño monstruo. El color violeta de mi tez había variado poco; mis ojos eran completamente opacos. Hablaba mal y con una rapidez increíble. Era hábil con las manos y bien conformado para todos los movimientos que exigen más presteza que fuerza. Nadie negaba que yo hubiese sido grácil y agradable, si hubiese tenido tez natural y las pupilas transparentes. Demostraba inteligencia, pero con lagunas que los que me rodeaban no profundizaron, sobre todo porque, con excepción de mi madre y mi frisona, no me querían mucho. Para los extraños era un objeto de curiosidad, y para mi padre una mortificación continua.
Por otra parte, si él había conservado alguna esperanza de verme recobrar un aspecto semejante al de los demás hombres, el tiempo se encargó de desilusionarlo. Me volví cada vez más extraño, por mis gustos, mis costumbres, mis cualidades. A los seis años, me alimentaba casi únicamente de alcohol. Apenas si probaba algunos bocados de frutas y legumbres. Crecía con prodigioso rapidez, era increíblemente delgado y liviano. Quiero decir liviano incluso desde el punto de vista específico…o sea justamente lo contrario de lo que ocurre con los flacos: por ejemplo, nadaba sin el menos esfuerzo, flotaba como una tabla de álamo. Mi cabeza no se hundía más que el resto de mi cuerpo.
Era ágil en proporción a esa liviandad. Corría con la rapidez de un cabrito, franqueaba con facilidad fosos y obstáculos que ningún hombre habría ni siquiera intentado franquear. En un parpadeo llegaba a la cima de un haya; o, lo que sorprendía aún más, saltaba sobre el techo de nuestra granja. En compensación, el menor bulto me doblegaba.

Todo esto, en suma, no eran más que fenómenos que indicaban una naturaleza especial, que por sí mismo sólo hubiesen contribuido a singularizarme y volverme  desagradable: ninguno me colocaba fuera de la Humanidad. Era un monstruo, sin duda, pero por cierto no más que aquellos que nacen con cuernos u orejas de animal, con cabeza de vaca o de caballo, con aletas, sin ojos o con un ojo suplementario, con cuatro brazos, cuatro piernas, o sin brazos ni piernas. Mi piel, a pesar de su tinte sorprendente se aproximaba mucho a ser simplemente una piel tostada: mis ojos no tenían nada de repugnante, a pesar de su opacidad. Mi extraña agilidad era una cualidad; mi necesidad de alcohol podía pasar por un simple vicio, rasgo hereditario de ebriedad: por otra parte las personas poco educadas, como nuestra criada frisona, no veían en eso más que una confirmación de sus ideas sobre la “fuerza” del schiedam, una demostración un poco pintoresca de la excelencia de sus gustos. En cuanto a la velocidad de mis palabras, a su volubilidad, que era imposible de seguir, esto parecía confundirse con los defectos de pronunciación -farbulleo, ceceo, tartamudeo- comunes en tantos niños pequeños. De modo que, concretamente, yo no tenía caracteres exagerados de monstruosidad, aunque el conjunto fuese extraordinario: es que lo más curioso de mi naturaleza se les escapaba a quienes me rodeaban, ya que nadie advertía que mi visión se diferenciaba extrañamente de la visión normal.
Si veía algunas cosas menos bien que los demás, veía una gran cantidad de cosas que nadie veía. Esta diferencia se manifestaba sobre todo en relación con los colores. Todo lo que se supone rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul, índigo, se me aparecía de un gris más o menos negruzco, mientras que percibía el violeta, y una serie de colores que están más allá de él, colores que son como la noche para los hombres normales. Más tarde reconocí que distingo unos quince colores tan distintos entre sí como, por ejemplo, el amarillo y el verde… con infinidad de gradaciones, desde luego.
En segundo lugar, la transparencia no se manifiesta a mis ojos en condiciones comunes. Veo bastante mal a través de un vidrio y a través del agua: el vidrio esta muy coloreado para mí; el agua lo está notablemente, incluso cuando tiene poca profundidad. Muchos cristales supuestamente diáfanos son más  o menos opacos, y en cambio, una gran cantidad de cuerpos supuestamente opacos no detienen mi visión. En general, veo a través de los cuerpos con mucho más frecuencia que ustedes; y la translucidez, la transparencia turbia, se presenta tan a menudo que puedo decir que, para mis ojos, es la regla de la naturaleza, mientras que la opacidad  completa es la excepción. Es así como discierno los objetos a través de la madera, las hojas, los pétalos de las flores, el hierro magnético, la hulla, etcétera. Sin embargo, bajo un espesor variable, estos cuerpos se convierten en un obstáculo: por ejemplo, cuando se trata de un árbol grande, agua de un metro de profundidad, un grueso bloque de hulla o de cuarzo.
El oro, el platino, el mercurio son negros y opacos, el vidrio es negruzco. El aire y el vapor de agua son transparentes, y sin embargo coloreados, como así también ciertos tipos de acero, ciertas arcillas muy puras. Las nubes no me impiden divisar el sol y las estrellas. Por otra parte, distingo nítidamente las mismas nubes suspendidas en la atmósfera.
Esta diferencia de mi visión con la de los demás hombres era, como dije, muy poco advertida por mis próximos: creían que yo distinguía mal los colores, nada más; es una enfermedad demasiado común como para llamar mucho la atención. No tenía consecuencia para los actos menores de mi vida, porque veía las formas de los objetos del mismo modo -y tal vez más sutilmente- que la mayoría de los hombres. La designación de un objeto por su color, cuando había que diferenciarlo de otro objeto con la misma forma, sólo me desorientaba si eran nuevos. Si alguien denominaba azul al color de un chaleco y rojo al de otro, poco  importaba los colores reales bajo los que se me presentaban esos chalecos: azul y rojo se convertían en términos puramente mnemónicos.
Basados en eso, ustedes podrían creer que había algún tipo de concordancia entre mis colores y los de los demás, y que entonces todo venía a ser igual que si yo viera los colores. Pero, como ya escribí, el rojo, el verde, el amarillo, el azul, etcétera, cuando son puros, como lo son los colores del prisma, los percibo de un gris más o menos negruzco; para mí no son colores. En la naturaleza, donde ningún color es simple, no ocurre lo mismo: una sustancia supuestamente verde, por ejemplo, es para mí de cierto color compuesto -y este color compuesto, como es lógico, no comprende al verde, porque el verde para mí es oscuridad- ; pero otra sustancia supuestamente verde, y que para usted tiene un matiz idéntico a la primera, no tiene para nada el mismo color para mí. Como comprenderán entonces, mi tablero de matices no se corresponde con el de ustedes: cuando acepto denominar amarillo tanto al latón como al oro, es un poco como si ustedes aceptaran llamar rojo tanto a un aciano como a un tulipán.

Si la diferencia entre mi visión y la visión común se hubiese reducido a eso, por cierto yo habría parecido algo bastante extraordinario. Sin embargo es poco en comparación con lo que me falta decirles. El mundo coloreado de otro modo, transparente y opaco de otro modo -la facultad de ver a través de las nubes, de percibir las estrellas en las noches más nubladas, de discernir a través de un tabique de madera lo que pasa dentro de una habitación cercana o en el exterior de un cuarto-, ¿qué es todo eso, al lado de la percepción de un MUNDO VIVO, de un mundo de seres animados que se mueven al lado y alrededor del hombre, sin que el hombre tenga conciencia de él, sin que lo haya advertido por ningún tipo de contacto inmediato? ¿Qué es todo eso, junto a la revelación de que existe sobre esta tierra una fauna distinta a nuestra fauna, y una fauna sin semejanza ni de forma, ni de organización, ni de costumbre, ni de modo de crecimiento, de nacimiento y de muerte, con la nuestra? Una fauna que vive al lado de la nuestra y a través de la nuestra, incluye a los elementos que nos rodean y es influída, vivificada por esos elementos, sin que sospechemos su presencia. Una fauna que -lo he demostrado- nos ignora así como nosotros la ignoramos, y a espaldas de la cual evolucionamos así como ella evoluciona a espaldas nuestras. ¡Un mundo vivo, tan variado como el nuestro, tan potente como el nuestro -y  tal vez más- en sus efectos sobre la faz del planeta! ¡Un reino, por último, que se mueve sobre las aguas, en la atmósfera, sobre el suelo, modificando las aguas, la atmósfera, y el suelo, de modo muy distinto al nuestro, pero con energía seguramente formidable, y que así actúa indirectamente sobre nosotros y nuestros destinos, como nosotros actuamos indirectamente sobre él y sus destinos!… No obstante eso es lo que vi, lo que veo, único entre los hombres y los animales, eso es lo que estudio con ardor desde hace cinco años, después de haber pasado la infancia y la adolescencia sólo constantándolo.

¡Constantándolo! Desde que tengo memoria, sufrí por instinto la seducción de esta creencia extraña a la nuestra. Al principio, la confundí con las demás cosas vivas. Al darme cuenta que nadie se preocupaba por su presencia, que todos, por el contrario, parecían indiferentes a ella, casi no experimenté la necesidad de señalar sus particularidades. A los seis años de edad, conocía a la perfección su diferencia con las plantas del campo, los animales del gallinero y del establo, pero la confundía un poco con fenómenos inertes como los resplandores de luz, el correr de las aguas o de las nubes. Porque estos seres eran intangibles: cuando me alcanzaban su contacto no me hacía ningún efecto. Su forma, por lo demás muy variada, tenía sin embargo la particularidad de ser tan delgada, en una de sus tres dimensiones, con líneas geométricas que podían desplazarse. Atravesaban todos los cuerpos orgánicos; en cambio parecían detenidos a veces, enredados en obstáculos invisibles… Pero los describiré más adelante. En este momento sólo quiero señalarlos, afirmar su variedad de contornos y líneas, su casi ausencia de espesor, su impalpabilidad, combinado todo esto con la autonomía de sus movimientos.

Hacia los ocho años, yo me daba cuenta muy bien de que eran distintos tanto de los fenómenos atmosféricos como de los animales de nuestro reino. En el arrebato que me provocó este descubrimiento, traté de expresarlo. Nunca pude lograrlo. Además de que mi forma de hablar era del todo incomprensible, como ya dije, el carácter extraordinario de mi visión la volvía sospechosa. Nadie se detuvo a desenredar mis gestos y mis frases, así como no se les habría ocurrido admitir que yo veía a través de los tabiques de madera, aunque hubiese dado en muchas ocasiones pruebas de ello. Entre los demás y  yo había una barrera casi insuperable.
Caí en el desánimo y la meditación; me convertí en una especie de pequeño solitario; cuando estaba en compañía de chicos de mi edad provocaba malestar y yo también lo sentía. No era exactamente una víctima, porque mi velocidad me ponía fuera del alcance de las maldades infantiles y me brindaba el medio de vengarme con facilidad. Ante la menor amenaza, estaba lejos, me burlaba de la persecución. Por muchos que fueran, los chicos nunca lograron cercarme, y mucho menos forzarme. Ni siquiera podían atraparme mediante la astucia. Por débil que fuese para llevar bultos, mi impulso era irresistible, y pronto me liberaba. Podía regresar de pronto, abrumar al adversario, o los adversarios, con golpes rápidos y seguros. Así que me dejaban tranquilo. Me consideraban a la vez inocente y un poco brujo, pero dentro de una brujería temible, que despreciaban. Poco a poco me construí una vida aparte, huraña, meditabunda, no del todo desprovista de calma. Sólo la ternura de mi madre me humanizaba, aunque, demasiado ocupada todo el día, casi no encontraba tiempo para las caricias.

Voy a tratar de describir brevemente algunas escenas de mi décimo año de vida, con el fin de concretizar las explicaciones anteriores.
Es de mañana. Un gran resplandor ilumina la cocina, resplandor amarillo pálido para mis padres y los criados, muy distinto para mí. Sirven el desayuno, pan con té. Pero yo no tomo té. Me han dado un vaso de schiedam con un huevo crudo. Mi madre se ocupa tiernamente de mí; mi padre me interroga. Trato de contestarle, hago más lenta mi forma de hablar; él sólo comprende una sílaba de vez en cuando, se encoge de hombros.
-¡No hablará nunca!…
Mi madre me mira con compasión, convencida de que soy un poco pobre de espíritu. La servidumbre y las criadas ya no sienten ni curiosidad por el pequeño monstruo violeta; hace tiempo que la frisona ha regresado a su provincia. En cuanto a mi hermana -tiene dos años- juega cerca de mí, y siento por ella una ternura profunda.
Una vez terminado el desayuno mi padre se va a trabajar al campo con la servidumbre, mi madre empieza a dedicarse a sus tareas cotidianas. La sigo al gallinero. Los animales se dirigen hacia ella. Los miro con interés, los quiero. Pero alrededor el otro Reino se agita y me atrae más: es el dominio misterioso que sólo yo conozco.
Sobre la tierra marrón, algunas formas extendidas; se mueven, se detienen, palpitan pegadas al suelo. Son de diversas especies, diferentes contornos, por el movimiento, sobre todo por la disposición, el diseño y los matices de los rasgos que las atraviesan. Estos rasgos constituyen, en suma, lo principal de su ser y me doy cuenta muy bien de ello desde pequeño. Mientras la masa de su forma es apagada, grisácea, las líneas son casi siempre refulgentes. Conforman redes muy complejas, emanan de centros, irradian a partir de ellos, hasta que se pierden, se hacen imprecisas. Sus matices son incontables, sus curvas infinitas. Estos matices varían incluso en una misma línea, como así también, aunque menos, la forma.
En conjunto, el ser está integrado por un contorno bastante irregular, pero muy nítido, por centros de irradiación, por líneas multicolores que se entrecruzan en abundancia. Cuando se mueven las líneas trepidan, oscilan, los centros se contraen y se dilatan, mientras que el contorno varía poco.
Todo esto lo comprendo muy bien desde entonces, aunque soy incapaz de definirlo; un encanto adorable me invade al contemplar los Moedigen – es el nombre que les di espontáneamente durante mi infancia-. Uno de ellos, coloso de diez metros de largo y casi diez de ancho, pasa lentamente a través del gallinero, y desaparece. Este otro, con algunas fajas anchas como cuerdas, centros amplios como alas de águila, me interesa en extremo y casi me asusta. Vacilo un instante en seguirlo, pero otros llaman mi atención. Son de todo tamaño: algunos no superan la longitud de nuestros más pequeños insectos, mientras que he visto algunos que alcanzan más de treinta metros de longitud. Avanzan sobre el suelo mismo, como pegados a las superficies sólidas. Cuando un obstáculo material -una pared, una casa-  se presenta, lo franquean tomando la forma de su superficie, siempre sin modificación importante de su contorno. Pero cuando el obstáculo es de materia viva o que ha vivido, pasan directamente: es así como los he visto mil veces surgir de un árbol o debajo de los pies de un animal o de un hombre. Pasan también a través del agua, aunque prefieren permanecer en la superficie.
Estos Moedigen terrestres no son los únicos seres intangibles. Existe una población área, de un esplendor maravilloso, de una sutileza, una variedad y una luz incomparables, junto a la cual nuestros pájaros más hermosos son apagados, lentos y pesados. Aquí también se trata de un contorno y líneas. Pero el fondo ya no es grisáceo; es extrañamente luminoso; centellea como el sol, y las líneas se desprenden de él en nervaduras vibrantes, los centros palpitan con violencia. Los Vuren, como los denomino, tienen una forma más irregular que la de los Moedigen  terrestres, y por lo general se dirigen mediante la ayuda de facultades rítmicas, entrecruzamientos y descruzamientos que, en mi ignorancia, no puedo precisar y que confunden mi imaginación.
Entretanto me he internado en un campo segado hace poco: el combate de un Moedig con otro me llama la atención. Estos combates son frecuentes; me apasionan con  violencia. A veces es un combate entre iguales; más a menudo se trata del ataque de un fuerte contra un débil (el débil no es necesariamente el más pequeño). En el caso presente, el débil, después de una breve defensa, emprende la fuga, vivamente perseguido por el agresor. A pesar de la rapidez de su carrera, los sigo, logro no perderlos de vista, hasta el momento en que la lucha continúa. Se precipitan el uno sobre el otro, con dureza, hasta con rigidez, sólidos el uno para el otro. Cuando chocan, sus líneas fosforecen se dirigen hacia el punto de contacto, sus centros se hacen más pálidos y pequeños. Al principio la lucha es bastante equilibrada, el más débil despliega mayor energía, y hasta logra obtener una tregua por parte del adversario. La aprovecha para huir otra vez, pero es rápidamente alcanzado, atacado con fuerza y al fin atrapado, es decir mantenido en una escotadura del contorno del otro. Es precisamente lo que él había tratado de evitar, al responder a los choques del más fuerte con choques menos enérgicos, pero más precipitados. Ahora veo que todas sus líneas trepidan, sus centros laten desesperadamente; y poco a poco las líneas palidecen, se afinan, los centros se desdibujan. Después de unos minutos, queda en libertad: se aleja con lentitud, descolorido, debilitado. El rival, por el contrario, refulge más que antes, sus líneas se ven coloreadas, sus centros más nítidos y más rápidos.
La lucha me ha conmovido profundamente; pienso en ella, la comparo con las luchas que veo a veces entre nuestros animales y animalitos; comprendo confusamente que los Moedigen, en suma, no se matan, o rara vez lo hacen, que el vencedor se conforma con tomar fuerzas a expensas del vencido.
La mañana avanza, son cerca de las ocho; van a empezar las clases en la escuela de Zwartendam: doy un salto hasta la granja, tomo mis libros, y allí estoy, entre mis semejantes, ninguno de los cuales adivina los profundos misterios que palpitan a su alrededor, donde nadie tiene ni la más remota idea de los seres vivos a través de los cuales pasa toda la humanidad y que atraviesan a la humanidad, sin el menor indicio de esa penetración mutua.
Soy un escolar muy pobre. Mi escritura es apenas un trazo apurado, informe, ilegible; mi forma de hablar sigue siendo incomprensible; mi distracción es evidente. El maestro exclama continuamente:
-Karel Ondereet, ¿quiere hacer el favor de dejar de mirar cómo vuelan las moscas?
¡Ah, querido maestro! ¡Es cierto que miro volar las moscas, pero cuanto más acompaña mi alma a los Vuren misteriosos que se mueven en el aula! ¡Y qué extraños sentimientos obsesionan mi alma infantil, al comprobar la ceguera de todos y sobre todo la suya, solemne pastor de inteligencias!

El período más penoso de mi vida transcurrió entre los doce y dieciocho años.
En primer lugar, mis padres trataron de enviarme al colegio; allí conocí desdichas y deberes. A costa de dificultades agobiantes, llegué a expresar de modo casi comprensible las cosas más comunes: pronunciando con gran esfuerzo mis sílabas, las expresaba con torpeza, y con acentos de sordo. Pero cuando se trataba de algo complejo, mi palabra recobraba su velocidad fatal; ya nadie podía seguirme. De modo que no podía dar constancia de mis adelantos oralmente. Por otra parte, mi escritura era atroz, mis letras se encaramaban unas sobre otras, y en mi impaciencia olvidaba sílabas, palabras: era un galimatías monstruoso. Además la escritura me resultaba un suplicio más intolerable que la palabra: ¡era de una pesadez, de una lentitud, asfixiantes! Si a veces, a fuerza de trabajo y sudando la gota gorda, lograba comenzar un deber, pronto me sentía al cabo de mi energía y paciencia, casi desfalleciente. Prefería entonces las recriminaciones de los maestros, los ataques de furia de mi padre, los castigos, las privaciones, el desprecio, antes que esa tarea horrible.
De ese modo, me veía privado casi totalmente de medios de expresión: objeto de ridículo ya por mi delgadez y mi tez extravagante, por mis ojos extraños, pasaba además por una especie de idiota. Tuvieron que retirarme de la escuela, resignarse a hacer de mí un ignorante. El día en que mi padre decidió renunciar a toda esperanza, me dijo con una suavidad desacostumbrada:
-Pobre muchacho mío, he cumplido con mi deber… ¡con todo mi deber! ¡Nunca me reproches tu suerte!
Yo me sentí violentamente conmovido; lloraba con lágrimas ardiente: nunca experimenté con mayor amargura mi aislamiento en medio de los hombres. Me atreví a abrazar tiernamente a mi padres; murmuré:
-¡Sin embargo no es cierto que soy un imbécil!
Y en realidad me sentía superior a quienes habían sido mis condiscípulos. Desde hacía tiempo, mi inteligencia había adquirido un desarrollo notable. Leía, comprendía, adivinaba, y contaba con enormes elementos de meditación, más que los demás hombres, en aquel universo que sólo yo veía.
Mi padre no desentraño mis palabras, pero se enterneció por mi abrazo.
-¡Pobre muchacho! -dijo.
Lo miré; sentí una angustia espantosa, ya que sabía demasiado bien que el vacío que había entre nosotros nunca sería franqueado. Mi madre, por la intuición del amor, comprendía en ese momento que yo no era inferior a los demás muchachos de mi edad: me contemplaba con ternura, me decía palabras ingenuas y dulces que venían del fondo de su ser. Eso no dejaba de condenarme a interrumpir mis estudios.
Debido a mi escasa fuerza muscular, me confiaron el cuidado de las ovejas y el ganado. Me adapté a las mil maravillas; no necesitaba perro para custodiar los rebaños, ya que ningún potro, ningún semental era más ágil que yo.
Viví entonces, de los catorce a loa diecisiete años, la vida solitaria de los pastores. Me convenía más que cualquier otra. Entregado a la observación y la contemplación, y también a algunas lecturas, mi cerebro no dejó de desarrollarse. Comparaba sin cesar la doble creación que tenía ante los ojos, extraía de la misma ideas obre la conformación del universo, bosquejaba vagas hipótesis y sistemas. Si bien es cierto que en esa época mis pensamientos no tenían una correlación perfecta, no integraban una síntesis lúcida -porque eran pensamientos de adolescente, sin coordinar, impacientes, entusiastas-,  eran sin embargo originales y fecundos. Me guardaré muy bien de negar que su valor dependía sobre todo de mi constitución única. Pero no recibían toda su fuerza de ese hecho. Sin el menor orgullo, creo poder decir que sobrepasaban notablemente, tanto en sutileza como en lógica, a los jóvenes comunes.
Sólo ellos brindaban consuelo a mi triste vida de semiparia, sin compañeros, sin comunicación real con todos los que me rodeaban, ni siquiera con mi adorable madre.

A los diecisiete años, la vida se me hizo decididamente insoportable. Estaba cansado de meditar, cansado de vegetar en una isla desierta de pensamiento. Me caía de languidez y aburrimiento. Permanecía largas horas inmóvil, desinteresado del mundo entero, indiferente a todo lo que pasaba en mi familia. ¿Qué me importaba conocer más cosas maravillosas que los demás hombres, si esos conocimientos debían morir conmigo? ¿Qué importaba el misterio de los seres vivos, e incluso la dualidad de dos sistemas vitales que se atraviesan entre sí sin conocerse? Estas cosas podrían haberme animado, llenarme de entusiasmo y ardor, si hubiese podido enseñarlas o compartirlas. ¡Pero no! Inútiles y estériles, absurdas y miserables, contribuían más bien a mi perpetua cuarentena psíquica.
Muchas veces soñaba con escribir, con fijar, de todos modos, a costa de esfuerzos continuos, algunas de mis observaciones. Pero desde que había salido de la escuela, había abandonado la pluma por completo, y, ya entonces mal escribiendo, apenas si sabía trazar, concentrándome, las veintiséis letras del alfabeto. ¡Si hubiera concebido alguna esperanza, tal vez habría insistido! ¿Pero quién tomaría en serio mis despreciables consideraciones? ¿Dónde estaba el lector que no me creería loco? ¿Dónde el sabio que no me rechazaría con desdén o ironía? ¡Entonces para qué entregarme a esa tarea vana, a ese suplicio irritante, casi similar al que significaría, para un hombre común, la obligación de grabar su pensamiento sobre plantas de mármol, con un cincel grande y un martillo ciclópeo! Para mí, la escritura tendría que haber sido taquigráfica…¡y aún así, de una taquigrafía más rápida que la usual!
Así que no tuve el coraje de escribir, y sin embargo esperaba con fervor no sé qué factor desconocido, qué destino feliz y singular. Me parecía que tenían que existir en algún rincón de la tierra, cerebros imparciales, lúcidos, escrutadores, aptos para estudiarme, para comprenderme, para hacer surgir en mí y comunicar a los demás mi gran secreto. ¿Pero dónde estaban esos hombres? ¿Qué esperanza había de encontrarlos alguna vez?
Y recaí en una melancolía enorme, en los deseos de inmovilidad y aniquilamiento. Durante  todo un otoño, desesperé del Universo. Languidecía en un estado vegetativo, del que sólo salía para entregarme a largos gemidos, seguidos de dolorosas convulsiones.
Adelgacé más, al extremo de volverme fantástico. Los aldeanos me llamaban, irónicamente, Den Heyligen Gheest, el Espíritu Santo. Mi silueta era temblorosa como la de los álamos tiernos, leve como un reflejo, y ya alcanzaba la estatura de los gigantes.
Lentamente nació un proyecto. Ya que mi vida estaba sacrificada, ya que ninguno de mis días tenía encanto y todo para mí era tinieblas y amargura, ¡por qué estancarme en la inactividad? Si suponía que no existía ninguna alma que pudiese responder a la mía, al menos valía la pena hacer el esfuerzo de comprobarlo para convencerse. Al menos valía la pena irse de aquella región sórdida, dirigirse a las grandes ciudades para encontrar a los sabios y los filósofos.
¿Acaso yo no era un objeto de curiosidad? Antes de llamar la atención sobre mis conocimientos sobrehumanos, ¿no podía excitar el deseo de estudiar a mi persona? ¿Acaso los aspectos solamente físicos de mi ser no eran dignos de análisis, y mi vista, y la velocidad extrema de mis movimientos, y la particularidad de mi alimentación?
Cuanto más pensaba en eso, más razonable me parecía tener una esperanza, y más crecía mi resolución. Llegó el día en que fue inquebrantable, en que la confié a mis padres. Ninguno de los dos entendió mucho, pero ambos terminaron por ceder a mis pedidos reiterados: obtuve permiso para dirigirme a Amsterdam, dispuesto a regresar si la suerte no me favorecía.
Partí una mañana.

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De Zwartendam a Amsterdam hay unos cien kilómetros. Recorrí fácilmente esa distancia en dos horas, sin otra aventura que la sorpresa extrema de los que iban y venían al verme correr con semejante velocidad, y algunos apiñamientos en los alrededores de las aldeas y las grandes villas que contorneé. Para rectificar mi camino, me dirigí en dos o tres ocasiones a ancianos solitarios. Mi instinto de orientación que es excelente, hizo el resto.
Eran alrededor de las nueve cuando llegué a Amsterdam. Entré con decisión a la gran ciudad, caminé pensativo junto a sus bellos canales donde viven flotillas mercantiles. Atraje menos la atención de lo que había temido. Caminaba rápido en medio de personas ocupadas, soportando de vez en cuando las pullas de algunos jóvenes vagabundos. Sin embargo no me resolví a detenerme. Recorrí la ciudad en todos los sentidos, hasta que al fin tomé la decisión de entrar en una taberna, sobre uno de los muelles de Heeren Gracht. El lugar era tranquilo: el magnífico canal se alejaba, lleno de vida, entre frescas hileras de árboles; y entre los Moedigen que veía circular sobre sus orillas, donde me pareció divisar una especie nueva. Después de cierta indecisión, crucé el umbral de la taberna, y, dirigiéndome al patrón, con la máxima lentitud que me era posible, le rogué que tuviera a bien indicarme un hospital cercano.
El hombre me miró con estupor, desconfianza y curiosidad, se quitó la voluminosa pipa de la boca y se la volvió a poner varias veces, hasta que al fin dijo:
-Sin duda usted es de las colonias, ¿verdad?
Como era perfectamente inútil contrariarlo, contesté:
-¡En efecto!…
Pareció encantado de su perspicacia; me hizo una nueva pregunta:
-¿Tal vez usted llega de esa región de Borneo a la que nunca se pudo entrar?
-¡De allí mismo!!…
Había hablado demasiado rápido: abrió los ojos como platos.
-¡De allí mismo! -repetí más lentamente.
El posadero sonrió con satisfacción.
-Le cuesta hablar en holandés, ¿eh? Así que necesita un hospital…¿Sin duda está usted enfermo?
-Sí…
Se habían acercado algunos parroquianos. Ya se corría la voz de que yo era un antropófago de Borneo; no obstante, me observaban con mucho mayor curiosidad que antipatía. Entraron más personas desde la calle. Me puse nervioso, inquieto. Sin embargo puse buena cara, y repetí acompañando las palabras con toses:
-¡Estoy muy enfermo!
-Le pasa como a los monos de esa región -dijo entonces con bonhomía un hombre muy gordo-. ¡Holanda los mata!…
-¡Qué piel rara! -agregó otro.
-¿Y cómo ve? -preguntó un tercero, señalando mis ojos.
El círculo se estrechó, me envolvió en cien miradas curiosas, y seguían entrando personas en la sala.
-¡Qué alto es!
Es cierto que sobrepasa a los más altos por una cabeza.
-¡Y delgado!…
-¡Parece que la antropofagia no los alimenta mucho que digamos!
No todas la voces eran malévolas. Algunos individuos que simpatizaron conmigo me protegían:
-¡No lo aprieten así, está enfermo!
-¡Vamos, amigo, coraje -dijo el hombre gordo al notar mi nerviosismo-. Yo mismo voy a guiarlo al hospital.
Me tomó del brazo; se creyó en el deber de apartar a la multitud y dijo:
-¡Espacio para un enfermo!
Las multitudes holandesas no son muy hurañas: nos dejaron pasar, pero nos acompañaron. Caminamos junto al canal, seguidos de un gentío compacto; y algunos exclamaban:
-¡Es un caníbal de Borneo!
Por fin llegamos a un hospital. Era la hora de visitas. Me condujeron ante un interno, joven de enormes anteojos, que me recibió con aspereza. Mi compañero le dijo:
-Es un salvaje de las colonias.
-¡Cómo un salvaje! -exclamó el otro.
Se quitó los anteojos para mirarme. La sorpresa lo dejó inmóvil por un momento. Me preguntó bruscamente:
-¿Puede usted ver?
-Veo muy bien…
Había hablado demasiado rápido.
-¡Es su acento! -dijo el hombre gordo con orgullo-. ¡Repita amigo!
Repetí, me hice entender.
-Esos no son ojos humanos…-murmuró el estudiante-. ¡Y la tez!…¿Es la tez de su raza?
Entonces dije, con un esfuerzo terrible por hablar con lentitud:
-¡Vine para que me vea un sabio!
-¿Entonces no está enfermo?
-¡No!
-¿Y viene de Borneo?
-¡No!
-¿De dónde viene entonces?
-¡De Zwartendam, cerca de Duisbourg!
-¿Entonces por qué su compañero pretende que usted es de Borneo?
-No quise contradecirlo…
-¿Y quiere ver a un sabio?
-Sí
-¿Para qué?
-Para ser estudiado.
-¿Para ganar dinero?
-No, gratis.
-¿Usted no es un pobre, un mendigo?
-¡No!
-¿Qué lo lleva a querer que lo estudien?
-Mi constitución física…
Pero, a pesar de mis esfuerzos, había hablado demasiado rápido. Tuve que repetirlo.
-¿Está seguro de que me ve? – preguntó el estudiante mirándome fijamente-. Sus ojos parecen córneos…
Veo muy bien.
Y yendo de un lugar a otro, tomé objetos con vivacidad, los dejé, los arrojé al aire para atraparlos al vuelo.
-¡Es extraordinario! -dijo el joven.
Su voz dulcificada, casi amistosa, me inundó de esperanza:
-Escuche -dijo al fin- , creo que el doctor Van den Heuvel podrá interesarse en su caso…voy a hacer que le avisen. Espere en el cuarto vecino…Y a propósito…lo olvidaba…¿no está enfermo?
-En absoluto.
-Bueno. Adelante… entre allí…El doctor no tardará…
Me encontré sentado entre monstruos conservados en alcohol: fetos, niños de forma bestia, batracios colosales, saurios vagamente antropomorfos.
Así que esta es mi sala de espera, pensé… ¿No seré candidato a uno de esos sepulcros de aguardiente?

Cuando apareció el doctor Van den Heuvel, la emoción me abrumó: sentí el estremecimientos ante la Tierra prometida, el júbilo de tocarla, el espanto de ser proscrito de ella. El doctor, de gran frente calva, poderosa mirada de analista, boca suave y sin embargo obstinada, me examinó en silencio, y, como ocurrió con todos, mi delgadez excesiva, mi talla alta, mis ojos cercados, mi tez violeta, fueron para él motivo de asombro.
-¿Dice usted que desea ser estudiado? -dijo al fin.
Respondí con intensidad, hasta con violencia:
-¡Sí!
Sonrió con expresión aprobadora y me planteó la pregunta de costumbre:
-¿Ve bien con esos ojos?
-Muy bien… incluso veo a través de la madera, las nubes…
Pero había hablado demasiado rápido. Me lanzó una mirada inquieta.
Repetí sudando la gota gorda:
-Incluso veo a través de la madera, las nubes…
-¡Caramba! Eso sería extraordinario…¿Y bien! ¿Qué ve a través de la puerta…de esa puerta?
Me señaló una puerta clausurada.
-Una gran biblioteca con vidrios… una mesa tallada…
-¡Caramba! -repitió, estupefacto.
Se me ensanchó el pecho, una serenidad profunda bajó sobre mi alma. El sabio permaneció unos segundos en silencio, después agregó:
-Usted habla con mucho esfuerzo.
-¡Si no, hablo demasiado rápido…! No puedo hablar lentamente.
-Perfecto, hable un poco según su naturaleza.
Conté entonces el episodio de mi entrada a Amsterdam. Me escuchó con extrema atención, con una expresión de inteligencia y observación que yo nunca había encontrado entre mis semejantes. No comprendió nada de lo que dije, pero mostró la sagacidad de su análisis.
-No me equivoco…usted pronuncia de quince a veinte sílabas por segundo, es decir tres o cuatro veces más que las que el oído humano puede percibir. Por otra parte su voz es mucho más aguda que todo lo que he oído como voz humana. Sus gestos, de rapidez excesiva, se corresponden bien con esa forma de hablar … Es probable que toda su organización sea más rápida que la nuestra.
-Corro más rápido que una liebre -dije- Escribo…
-¡Ah! -me interrumpió- . Veamos la escritura…
Garabateé algunas palabras sobre un papel secante que me alcanzó, las primeras bastante legibles, las demás cada vez más embrolladas, abreviadas:
-¡Perfecto!- dijo, y cierto placer se mezclaba al asombro-. Creo que tendré que felicitarme de nuestro encuentro. Por cierto será muy interesante estudiarlo a usted…
-¡Es mi deseo más vivo, mi único deseo!
-Y el mio desde luego…la ciencia…
Parecía preocupado, pensativo; al fin dijo:
-Bastaría con que encontráramos un procedimiento fácil de comunicación…
Se paseó de un lado a otro con la cejas contraídas. De pronto dijo:
.¡Qué me cuelguen! ¡Aprenderá taquigrafía, demonios…! ¡Eh,eh!
Una expresión risueña apareció en su rostro:
-Y olvidaba el fonógrafo…¡el buen confidente! Bastará con hacerlo girar más lentamente para la audición que para la grabación…Está decidido:¡usted vivirá en casa mientras permanezca en Amsterdam!
Goce de la vocación satisfecha, de la tranquilidad de no volver a pasar días vanos y estériles. Ante la personalidad inteligente del doctor, en aquel medio científico, experimenté un bienestar delicioso; la melancolía de mi alma solitaria, el pesar de mis facultades perdidas, la larga desdicha de paria que me aplastaba desde hacía tantos años, todo desaparecía, se evaporaba ante la sensación de una vida nueva, una vida verdadera, un destino salvado.

A partir del día siguiente el doctor tomó todas las medidas necesarias. Escribió a mis padres; trajo un profesor de taquigrafía y consiguió un fonógrafo. Como era muy rico, y se dedicaba por completo a la ciencia, no había experiencia que no se propusiera llevar a cabo, y mi visión, mi oído, mi musculatura, el color de mi piel fueron sometidos a investigaciones escrupulosas, con las que se entusiasmaba cada vez más, exclamando:
-¡Esto es prodigioso!
Comprendí a la perfección, después de los primeros días, lo importante que era que las cosas se hicieran metódicamente, de lo simple a lo complejo, de lo anormal fácil a lo anormal maravilloso. Así que recurrí a una pequeña treta, de la que no hice partícipe al doctor: la de revelar mis facultades poco a poco.
Lo primero de lo que se ocupó fue de la rapidez de mis percepciones y movimientos. Pudo convencerse de que la sutiliza de mi oído se correspondía con la velocidad de mi forma de hablar. Experiencias controladas sobre los ruidos más furtivos, que yo imitaba con comodidad, o las palabras de diez o quince personas que hablaban a la vez y que yo discernía a la perfección, demostraron este punto hasta la evidencia. La velocidad de mi visión no era menor; en ensayos comparativos entre mi poder de descomposición del galope de un caballo, el vuelo de un insecto, y el mismo poder en aparatos de fotográfica instantánea, demostraban que mis ojos los aventajaban. En cuanto a la percepción de las cosas comunes, los movimientos simultáneos de un grupo de hombres o de niños jugando, la evolución de instrumentos, de piedritas arrojadas al aire o de bolitas lanzadas en un puñado para ser contadas al vuelo, todo esto dejaba estupefactos a la familia y los amigos del doctor.
Mi carrera en el gran jardín, mis saltos de veinte metros, la capacidad instantánea para atrapar o juntar objetos eran aún más admirados, no por el doctor, sino por quienes lo rodeaban. Y para la mujer y los hijos de mi anfitrión era  un placer siempre renovado verme sacarle ventaja a un jinete lanzado al galope o seguir la trayectoria de alguna golondrina: en efecto, no hay pura sangre al que yo no pueda darle dos tercios de ventaja, cualquiera sea el trayecto, ni ave a la que no pueda superar con comodidad.
El doctor, cada vez más satisfecho del resultado de sus experiencias, me definió así: “un ser humano dotado, en todos sus movimientos, de una velocidad incomparablemente superior, no sólo a la de los demás hombres, sino incluso a la de todos los animales conocidos. Esta velocidad, que se encuentra tanto en los elementos más tenues de su organismo como en el conjunto, hace de él un ser tan distinto del resto de la creación que merece por sí solo tomar un nombre especial en la jerarquía animal. En cuanto a la conformación tan curiosa de su ojo, como así también el tinte violáceo de su piel, es necesario considerarlos como simples indicios de este estado especial.”
Una vez controlado mi sistema muscular, no se encontró en él nada de notable, de no ser una excesiva delgadez. Tampoco mi oído presentaba rasgos especiales; ni mi epidermis, salvo desde luego su matiz. En cuanto al cabello, de color oscuro, de un negro violáceo, era fino como hilo de araña, y el doctor lo examinó minuciosamente:
-¡Sería necesario poder disecarlo a usted! -me decía a veces, riendo.
El tiempo pasó así dulcemente. Yo había aprendido muy rápido a taquigrafiar, gracias al ardor de mi deseo y a la habilidad natural que demostraba para ese modo de transcripción rápido, en el que introduje, además, algunas abreviaturas nuevas. Empecé a tomar notas que mi taquígrafo traducía; y para el resto contábamos con fonógrafos, fabricados  según un modelo imaginado especialmente por el doctor, y que se adaptaba perfectamente a devolver mis palabras, más lentas.
A la larga la confianza de mi anfitrión se hizo perfecta. En las primeras semanas, no había podido evitar la sospecha -muy natural- de que la particularidad de mis facultades podían estar acompañadas por algún tipo de locura, de desorden cerebral. Una vez descartado este temor, nuestras relaciones fueron del todo cordiales y, creo, tan cautivantes para el uno como para el otro. Realizamos el examen analítico de mi percepción a través de una gran cantidad de sustancias supuestamente opacas, y de la coloración oscura que adquiría para mí el agua, el vidrio, el cuarzo, a partir de cierto espesor. Se recordará que veo bien a través de la madera, de las hojas de los árboles, de las nubes y de muchas otras sustancias, que distingo mal el fondo de una extensión de agua a medio metro de profundidad, y que un vidrio, aunque me resulte transparente, lo es menos para mí que para los hombres en general, y tiene un color bastante oscuro. Un trozo de vidrio grueso se me presenta negruzco. El doctor  se convenció bien de todas estas singularidades: impactado sobre todo al verme distinguir las estrellas en las noches nubladas.
Recién en esta época empecé a decirle que el color me llega de modo distinto. Repetidas experiencias disiparon toda duda de que el rojo, el anaranjado, el amarillo, el verde, el azul y el índigo me son perfectamente invisibles, como el infrarrojo y el  ultravioleta lo son para el ojo normal. En compensación, pude evidenciar que percibo el violeta y, más allá del violeta, una gama de matices, un espectro coloreado al menos el doble de extenso que el espectro que va del rojo al violeta.:  (el cuarzo me da un espectro de ocho colores aproximadamente: el violeta extremo y los siete colores siguientes en el ultravioleta. Pero quedan aún unos ocho colores que el cuarzo no separa y que otras sustancias separan en menor o mayor grado)
Esto asombró al doctor más que todo lo demás. El estudio del fenómeno fue largo, minucioso, y, además, llevado a cabo con arte infinito. En manos del hábil experimentador, se convirtió en el origen de sutiles descubrimientos dentro del orden de las ciencias clasificadas por la humanidad, le dio la clave de fenómenos lejanos de magnetismo, de afinidad, de poder inductor, lo guió hacia nuevas nociones fisiológicas. Saber que un determinado metal incluye una serie de matices desconocidos, que varían con la presión, la temperatura, el estado eléctrico, que los gases más diáfanos tienen colores nítidos, incluso sobre un pequeño espesor; informarse sobre la infinita riqueza de tonos de objetos que parecen más o menos negros, mientras que brindan una gama magnífica en el ultravioleta que todos los colores conocidos; saber por último hasta qué punto varían en matices desconocidos un circuito eléctrico, la corteza de un árbol, la piel de un hombre, en un día, una hora, un minuto… pueden imaginarse fácilmente todo el partido que  sacará un sabio ingenioso de semejantes nociones.
Sea como fuere, este estudio sumergió al doctor en las delicias de la novedad científica, en comparación con la cual los productos de la imaginación son fríos como las cenizas junto al fuego. No dejaba de decirme:
-¡Es evidente! ¡Su extra-percepción luminosa, en suma, no es más que el efecto de su organismo desarrollado en velocidad!
Trabajamos con paciencia durante todo un año sin que yo mencionase los Moedigen: quería convencer por completo a mi anfitrión, darle pruebas incontables de mis facultades visuales antes de atreverme a la confidencia suprema. Al fin llegó el momento en que creí poder revelar todo.

Fue una mañana, en un otoño suave cargado de nubes, que rodaban desde hacía una semana por la cúpula del cielo, sin que cayera la lluvia. Van den Heuvel y yo recorríamos el jardín. El doctor iba en silencio, absorto por completo en especulaciones de las que yo era el objeto principal. Al fin dijo:
-¡Qué hermoso sueño, ver a través de esas nubes… llegar hasta el éter, mientras que nosotros… ciegos como somos…
-¡Si sólo viese el cielo! -contesté.
-¡Ah, sí! El mundo entero es distinto…
-¡Mucho más distinto de lo que le he dicho!
-¿Cómo? -exclamó con curiosidad-. ¿Acaso me ocultó usted algo?
-¡Lo principal!
Se plantó ante mí, me miró fijamente, con verdadera angustia, con la que se mezclaba no sé qué de místico.
-¡Sí, lo principal!
Habíamos llegado cerca de la casa; me precipité al interior para pedir un fonógrafo. El instrumento que trajeron era de envergadura, muy perfeccionado por mi amigo, y podía grabar un largo discurso; el criado lo depositó sobre la mesa de piedra donde el doctor y los suyos tomaban café en las noches hermosas de verano. El buen aparato ajustado a la perfección, se prestaba admirablemente para las charlas. De modo que nuestra conversación prosiguió casi como una conversación común:
-Sí, le he ocultado lo principal, porque quería contar primero con toda su confianza. E incluso ahora, después de todos los descubrimientos que mi organismo le permitió hacer, temo que no me creerá sin esfuerzo, al menos al principio.
Me detuve para que el instrumento repitiera la frase: vi que el doctor palidecía con la palidez de los grandes sabios ante una nueva actitud de la materia. Le temblaban las manos.
-¡Le creeré! – dijo con cierta solemnidad.
-¿Incluso si pretendo que nuestra creación, quiero decir nuestro mundo vegetal y animal no es la única vida de la tierra… que hay otra, igualmente vasta, múltiple, variada… invisible para sus ojos?
Sospechó que se trataba de ocultismo y no pudo dejar de decir:
-El mundo del cuarto estado…las almas, los fantasmas de los espíritus.
-No, no, nada de eso. Un mundo de seres vivos condenados como nosotros a una vida breve, a necesidades orgánicas, al nacimiento, el crecimiento, la lucha… un mundo tan débil y efímero como el nuestro, un mundo sometido a leyes también fijas, si no idénticas, un mundo igualmente prisionero de la tierra, desarmado ante las contingencias… pero por otra parte completamente distinto del nuestro, sin influencia sobre nosotros, así como nosotros no tenemos influencias sobre él, salvo por las modificaciones que aporta a nuestro fondo común, la tierra, o por las modificaciones paralelas que nosotros hacemos sufrir a esa misma tierra.
Ignoro si Van den Heuvel me creyó, pero por cierto estaba invadido por una violenta emoción:
-¿Son fluidos en suma? -preguntó
-Es lo que no podría afirmar, porque sus propiedades son demasiado contradictorias para la idea que nosotros tenemos de la materia. La tierra es para ellos tan resistente como para nosotros, y lo mismo ocurre con la mayor parte de los minerales, aunque pueden penetrar un poco en un humus. También son totalmente impermeables, sólidos, los unos para los otros. Pero atraviesan, aunque a veces con cierta dificultad, las plantas, los animales, los tejidos orgánicos; y nosotros también los atravesamos a ellos. Si uno de ellos pudiese percibirnos, tal vez apareceríamos para él fluidos en relación a ellos, como ellos me parecen fluidos en relación a nosotros; pero él no podría sacar conclusiones, como yo,  se vería impactado por contradicciones paralelas…Lo que tiene de extraño su forma es que casi carece de espesor. Su tamaño varía hasta el infinito. He conocido algunos que llegan a los cien metros de longitud, otros diminutos como nuestros insectos más pequeños. En unos, la alimentación se realiza a expensas de la tierra y los meteoros; en otros, a expensas de los meteoros y los individuos de su reino, sin que eso sea, sin embargo, motivo de asesinato como entre nosotros, porque basta que el más fuerte absorba fuerza y esta fuerza puede ser trasegada sin agotar las fuentes vitales.
El doctor me dijo bruscamente:
-¿Usted los ve desde su infancia?
Adiviné que suponía que en el fondo se trataba de un desorden sobrevenido a mi organismo desde hacía poco.
-¡Desde mi infancia! -contesté con energía-. ¡Le proporcionaré todas las pruebas deseables!
-¿Los ve en este momento?
-Los veo… el jardín contiene una gran cantidad…
-¿Dónde?
Sobre el camino, sobre los prados, sobre los muros, en la atmósfera… porque los hay terrestres y aéreos, sabe… y también acuáticos, aunque estos casi no abandonan la superficie del agua.
-¿Son numerosos en todas partes?
-Sí, y apenas menos numerosos en la ciudad que en el campo, en las habitaciones que en la calle. Los que gustan estar en los interiores son sin embargo más pequeños, sin duda debido a la dificultad de pasar, aunque las puertas de madera no son para ellos un obstáculo.
-Y el vidrio…el hierro…el ladrillo…
-Les son impenetrables.
-¿Puede  describirme uno…más bien de talla grande?
-Veo uno cerca de este árbol. Tiene forma muy alargada, bastante irregular. Es convexa hacia la derecha, cóncava hacia la izquierda, con protuberancias y escotaduras: podríamos imaginar así la proyección de una gigantesca larva rechoncha. Pero su estructura no es característica del Reino, porque la estructura varía muchísimo de una especie ( si podemos aquí emplear esta palabra) a otra. Su espesor ínfimo, en cambio es una cualidad común a todos: no debe sobrepasar la décima de milímetro, mientras que su longitud alcanza un metro y medio y su parte más ancha los cuarenta centímetros. Lo que lo define por sobre todo, y a todo su Reino, son las líneas que lo atraviesan, en todo sentido, terminadas en redes que se adelgazan entre dos sistemas de líneas. Cada sistema de líneas esta provisto de un centro, especie de mancha levemente inflada por encima de la masa del cuerpo, y a veces, por el contrario, ahuecada. Esos centros no tienen forma fija, pueden ser circulares o elípticos, contorneados o espiralados, a veces divididos por varios estrechamientos. Son asombrosamente  móviles y su tamaño varía de hora en hora. Su borde palpita con gran violencia, por una especie de ondulación transversal. Por lo general, las líneas que se desprenden de ellos, son anchas, aunque también las halla muy finas; divergen, terminan en una infinidad de trazos delicados que se esfuman gradualmente. Algunas líneas, sin embargo, mucho más pálidas que las otras, no son engendradas por centros; permanecen aisladas en el sistema y se cruzan sin cambiar de matiz: estas líneas tienen la facultad de desplazarse en el cuerpo, y de variar sus curvas, mientras que los centros y la líneas de unión permanecen estables en sus ubicaciones respectivas…En cuanto a los colores de mi Moedig, debo renunciar a describirlos: ninguno de ellos entra en el registro perceptible para su ojo, ninguno tiene nombre para usted. Son extremadamente brillantes en las redes, menos intensos en los centros, muy desdibujados en las líneas independientes que, en compensación, poseen un pulimento extremo, un ultravioleta metálico, por así decir…He reunido algunas observaciones sobre el modo de vida, de alimentación, de autonomía de los Moedigen, pero que no deseo presentarle por el momento.
Me callé; el doctor se hizo repetir dos veces las palabras grabadas por nuestro impecable intérprete, después permaneció largo rato en silencio. Nunca lo había visto en semejante estado: su rostro estaba rígido, mineralizado, sus ojos vidriosos, catalépticos, un sudor abundante le corría por las sienes y le mojaba los cabellos. Trató de hablar y  no pudo. Recorrió el jardín, tembloroso, y cuando reapareció, su mirada y su boca expresaban una pasión violenta, ferviente, religiosa: parecía el discípulo de una nueva fe en vez de un sereno cazador de fenómenos.
Al fin murmuró:
¡Usted me abruma! Todo lo que acaba de decirme parece desesperadamente lúcido, ¿y tengo derecho a dudarlo después de que me ha enseñado ya maravillas?
-Dude, dude tenazmente…-le dije con ardor-. ¡Así sus experiencias serán más fecundas!
-¡Ah! -siguió con voz pensativa-. ¡Es el prodigio mismo, y tan magníficamente superior a los vanos prodigios de la Fábula…! ¡Mi pobre inteligencia de hombre es tan pequeña junto a tales conocimientos…! Mi entusiasmo es infinito. Sin embargo algo en mí duda…
-Trabajaremos para disipar sus incertidumbres. ¡Nuestros esfuerzos nos serán devueltos centuplicados!

Trabajamos. Al doctor le bastaron unas semanas para disipar todas sus dudas. Experiencias ingeniosas, concordancias innegables entre cada una de mis afirmaciones, dos o tres descubrimientos afortunados a propósito de la influencia de los Moedigen sobre los fenómenos atmosféricos no dejaron resquicio para el equívoco. La colaboración del hijo mayor de Van den Heuvel, joven con las mayores aptitudes científicas, aumentó aún más la fecundidad de nuestros trabajos y la certeza de nuestros hallazgos.
Gracias al espíritu metódico de mis compañeros, a su poder de investigación y clasificación -facultades que yo asimilaba cada vez mejor- lo que mi conocimiento de los Moedigen presentaba de poco coordinado y confuso no tardó en transformarse. Los descubrimientos se multiplicaron, la experimentación rigurosa dio resultados firmes, en circunstancias que, en los tiempos antiguos e incluso en el último siglo, hubiesen sugerido como máximo algunas divagaciones seductoras.
Ahora hace cinco años que proseguimos nuestras investigaciones: están lejos, muy lejos de llegar a su fin. Pasará largo tiempo antes de que podamos presentar una primera exposición de nuestros trabajos. Por otra parte nos hemos fijado como regla no hacer nada a las apuradas: nuestros descubrimientos son de un carácter demasiado inmanente como para no ser expuestos con el mayor detalle, con la más soberana paciencia y la más minuciosa precisión. No tenemos que adelantarnos a ningún otro investigador, ni recibir ningún título, ni ninguna ambición por satisfacer. Estamos a una altura en que la vanidad y el orgullo se desdibujan. ¿Cómo conciliar las alegrías deliciosas de nuestros trabajos con el miserable incentivo de la gloria humana? Por otra parte, ¿acaso no es sólo el azar de mi constitución la fuente de estas cosas? ¡Qué mezquindad entonces, vanagloriarnos de ello!
Vivimos con pasión, siempre al borde de hechos maravillosos, y sin embargo vivimos en una serenidad inmutable.
Me ha ocurrido una aventura que agrega interés a mi vida y que, durante mis horas de descanso, me colma de infinito júbilo. Ya saben hasta qué punto soy feo, y extraño más aún, y apto para espantar muchachas. Sin embargo he encontrado una compañera que se aviene a mi ternura, al punto de sentirse feliz.
Es una pobre muchacha histérica, nerviosa, a quien conocimos un día en un hospicio de Amsterdam. Dicen que tiene aspecto miserable, palidez de yeso, mejillas huecas, ojos despavoridos. Para mí verla es un placer y su compañía me encanta. Mi presencia, lejos de asombrarla, como a todos los demás, pareció gustarle y consolarla desde un principio. Eso me conmovió, quise volver a verla.
No tardaron en darse cuenta que yo ejercía sobre su salud y bienestar una acción benefactora. Al parecer yo la influía magnéticamente: mi cercanía, y sobre todo la imposición de mis  manos, le comunicaban una animación, una serenidad, una estabilidad espiritual verdaderamente curativas. A mi vez encontraba la dulzura junto a ella. Su rostro me parecía bello; su palidez y delgadez para mí no eran más que una delicadeza; sus ojos, capaces de ver el resplandor de los amantes, como los de muchos hiperestésicos, no  tenían para mí el carácter despavorido que les reprochaban.
En una palabra, sentí inclinación hacia ella, y ella me la devolvió con pasión. Desde entonces, decidí casarme con ella, y logré mi objetivo sin inconvenientes, gracias a la buena voluntad de mis amigos.
La unión fue feliz. La salud de mi esposa se restableció, aunque siguió siendoDELGADEZ sensible y débil en extremo; yo saboreaba el júbilo de ser, en lo principal, semejante a los demás hombres. Pero mi destino es envidiable sobre todo desde hace seis meses: tuvimos un hijo, y este hijo reúne todas las características de mi constitución. Color, visión, oído, rapidez extrema de movimiento, alimentación, promete ser la reedición exacta de mi organismo.
El doctor lo ve crecer extasiado: tenemos una esperanza deliciosa: que el estudio de la Vida Moedig, del Reino paralelo al nuestro, ese estudio que exige tanto tiempo y paciencia, no se detendrá cuando yo deje de existir. Mi hijo lo seguirá, sin duda, a su vez. ¿Acaso no encontrará colaboradores de genio, capaces de darle nuevo impulso? ¿Acaso no nacerán también de él videntes del mundo invisible? ¿Acaso yo mismo no puedo procrear otros niños, no puedo esperar que mi querida esposa dará a luz a otros hijos de mi carne, semejantes a su padre…? Al pensar en eso, mi corazón se estremece, una beatitud infinita me atraviesa, y me siento bendito entre todos los hombres.

J.-H. Rosny Ainé
(ver Pizarra Noticias)

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