Pompas de jabón

CASTILLO

De pie, en medio de su alcoba, Naydú dejó que dos lagrimitas le corrieran por las mejillas y cayeran en el canesú de su vestido de terciopelo color rosa y rodaran hacia la amplia pollera con voladones de puntillas. ¡Qué hermosa era! El cabello tan negro como plumaje de cuervo, ojos verdes, la tez blanca y fina. Pero el verde PRINCESAde sus ojos estaba empañado por la pena: un momento más y llegaría al castillejo el caballero Ataúlfo con quien su padre la obligaba a casarse. No lo conocía, solo sabía que era inmensamente rico, lo mismo que ella. La boda había sido resuelta entre el padre de él y el de ella, que estaba segura de que el tal caballero Ataúlfo sería además de tonto, horriblemente feo.
Se asomó a la ventana, atraída por el canto de las lavanderas que fregaban las ropas a la vera del río. Le llamó la atención una lavandera joven y bella, vestida con áspero y rústico ropaje, la más alegre y reidora de todas.
Naydú se mordisqueó el pellejito de una uña, señal de que estaba pensando algo muy serio. Después, tiró de la ancha cinta que pendía al costado del cortinado de damasco. De inmediato apareció el ama Comadreja, flaquita, chiquita, con los lentes en la punta de la nariz, caminando con cortos pasitos de pájara y enredándose en sus largas polleras.
-¿Quién llama? ¿Alguien llamó…? -preguntó Comadreja.
-Sí, yo, ¿quién si no? Cada día estás más despistada ama Comadreja. Sin replicar, escúchame atentamente. Ven, acércate a la ventana. ¿Ves aquella lavandera con la pollera y el corselete marrón, aquella muy joven, la de la cofia blanca? ¿Sí? PuesLAVANDERAS EN EL RIO bien, ve a buscarla y tráela a mi presencia -ordenó Naydú.
Comadreja hundió la mano en el bolsillo que llegaba hasta el ruedo de la falda: buscaba las gafas. Naydú, impaciente, le dijo que las tenías puestas y que fuera inmediatamente a buscar a la lavandera.
Comadreja dijo que no podía salir porque no tenía paraguas, Naydú le avisó que no lo necesitaba, el sol era radiante; el ama dijo que le picaba un diente; Naydú, que si le picaba un diente, no se rascara la oreja; la otra dijo que tenía que dormir la siesta porque ya eran las nueve de la mañana, bajar subiendo las escaleras, llorar un ratito y más despropósitos  antes de salir en busca de la lavandera. Naydú le gritó atolondrada y babieca; Comadreja se estaba poniendo imposible.
Un ratito después volvió el ama seguida por la muchacha rubia, de enormes ojos azules y armoniosa silueta. Al entrar con la canasta de ropa en el brazo, no terminaba de hacer reverencias.
-¿Qué deseas princesa de los minaretes, patrona de las mezquitas, Comendadora de los creyentes? -preguntó.
-¡Oh, no digas tonterías! No soy princesa. ¿Y que es eso de minaretes y mezquitas? ¿No ves que estamos en Dinamarca, cabeza de trapo? -se enojó Naydú, y añadió- Quiero que me escuches con todos tus sentidos, sin distraerte. Te sacarás las ropas y te pondrás las mías, yo me vestiré con las tuyas. ¿Has entendido?
-Sí, sí dueña de las nieves -contestó la chica, aunque no entendía nada.
-¿Y si has entendido qué haces parada, tiesa como un espantapájaros? ¡Ale, ale, rapidito, yo ya me saqué el vestido y tú ni empezaste! Te diré lo que harás; te quedarás en el castillo, te llamarás Naydú, vendrá el caballero Ataúlfo y te casarás con él. Nada más que eso.
-¿Qué…? Que yo… Yo me llamo Procopia y no tengo novio…¿Casarme sin tener novio…?
-¡No perdamos el tiempo con dudas y vacilaciones! Obedece. Tendrás riquezas, mando… Mírate al espejo, con ese traje pareces una reina.
Procopia, ya puesto el elegante vestido de Naydú, se miraba al espejo, deslumbrada; nunca hubiera sospechado que pudiera ser tan hermosa.
Desde este momento yo seré Procopia -dijo Naydú y salió con el canasto de ropa.
-¡Qué mandona es la señorita! -comentó la lavanderita a Comadreja, que se desmayó.
LAVANDERAQuedó Procopia delante del espejo, haciendo reverencias y agitando un pañuelito de encajes, enamorada de su figura.
Ya en el río, Naydú les contó a las lavanderas que acababa de llegar a la aldea, que era hija de un nuevo guardabosques y se puso a refregar una sábana contra una piedra, con tanta destreza como si toda su vida no hubiera hecho otra cosa que lavar ropa.

Bien montado en un lustroso caballo árabe ricamente enjaezado, avanzaba el caballero Ataúlfo, joven, buen mozo, inteligente y bueno, ataviado con ropajes bordados en oro, amplia capa bordeada con piel de armiño. En el dedo índice de la mano derecha, junto a un anillo con rubí centelleante, el halcón de fuerte pico curvo y ojillos alertas y movedizos. Lo seguía su edecán, un viejo esmirriado y cascarrabias, cabalgando una jaca arisca y cabeceadora.
Iba el caballero, triste, con el desconsuelo pintado en sus profundos ojos negros. Su padre lo obligaba a casarse por conveniencia con una mujer rica de nombre Naydú, seguramente un adefesio -pensaba- y tenía que obedecer: de lo contrarioPRINCIPE lo encerraría en la torre de los castigos por el resto de su vida.
A medida que se acercaba al castillo del que ya se avistaban las torrecillas y donde lo esperaba el esperpento que sería su esposa, el caballero sofrenaba su cabalgadura: no quería llegar.
El edecán protestaba por la lentitud, decía con voz finita que estaban retrasados y que bla, bla, no terminaba de refunfuñar. Mas a Ataúlfo los gruñidos le entraban por un oído y le salían por el otro. De pronto, vio una lavanderita tan, pero tan hermosa, como jamás viera en su vida. Tan fuerte tiró de la rienda que el caballo se paró en la patas traseras. El berrinche del edecán fue como para alquilar balcones, pero el caballero no lo escuchaba. Absorto, observaba a la hermosísima lavanderita sin poder despegar los ojos de ella. Y decidió desobedecer al padre: no se casaría con el mamarracho que lo esperaba. Desalentado, dejó vagar la mirada por unos campos que se extendían al costado del bosquecillo. No muy lejos, un joven campesino labraba la tierra deshaciendo los terrones con una zapa.
-Edecán, ve y trae a mi presencia aquel campesino. ¡Ya, y sin replicar!
Por supuesto, el edecán replicó y no poco; no terminaba de contradecir, hasta que LABRIEGOSel caballero le echó una mirada tan furibunda que el otro tuvo que obedecer. Regresó al rato con el campesino. Buen mozo el labriego, vestido con holgadas ropas de trabajo, pantalones con remiendos en los fundillos, botas embarradas, el sombrero deformado y la zapa al hombro.
Fue todo muy rápido. Ambos jóvenes cambiaron sus ropas, el campesino dijo llamarse Sulfuroso, y antes de tener tiempo para reaccionar, se vio montado en el lustroso caballo, en el dedo el anillo y el halcón, marchando hacia el castillo, pensando en que tenía que hacerse pasar por un miembro de la nobleza, casarse con la señorita Naydú, la ricachona, en la cabeza un lío formidable. Se sentía disfrazado con tanto oro y piel de armiño y el pajarraco que le hacía cosquillas con las alas. El edecán, ni es necesario decirlo, rechinaba los dientes sin pausa.
En el castillo los recibió Comadreja, haciendo alharacas, embrollándose y embrollando a los dos hombres con una enredada cháchara llena de disparates: hasta llegó a decir que tenía cejas en las pestañas, y tantas barbaridades que no venían al caso. Era que estaba nerviosa la pobre.
El señor del castillo, mientras tanto, en la sala de los relojes, no se levantaría hasta poner a punto un reloj de arena que adelantaba. Fanático por los relojes de arena, tenía una colección vastísima, que él controlaba todas las mañanas. Llevaba tres pares de anteojos uno encima del otro porque era tan miope que no veía una montaña hasta que daba con la  nariz en ella.
En el salón de las armaduras oxidadas, Sulfuroso y el edecán, ambos preocupadísimos, y Comadreja desmayada. Se desmayaba, abría un ojo y volvía a desmayarse.
Por un largo corredor avanzaba Procopia. Sulfuroso quedó apabullado. Nunca había visto una joven tan bella y que llevara con tanta prestancia sus aderezos. Otro tanto le pasó a ella con respecto a él: le pareció el joven más atractivo del mundo. Pero, el miedo por el resultado de la farsa no les permitía sentirse encantados de la vida. Pensaban que, cuando se descubriera la superchería, los arrojarían a la torre de los castigos. Después de un ratito, en que ninguno de los dos habló, se produjo entre ellos el siguiente diálogo:
-¿Te dedicas a la caza? -preguntó Procopia.
-¿A la caza? Mira, yo.. ¡He cosechado unos perejiles que son una gloria! Y una papas así de grandes, tendrías que verlas. ¿Y los melones? Ni te los imaginas. ¿Y tú que haces, bordas, tocas el clavecín, bailas rigodón…?
-Yo lavo -contestó ella lo más suelta.
-¿Lavas? ¿Una señorita como tú…? – se asombró Sulfuroso.
-¿Y un caballero como tú se dedica a cosechar papas…?
La conversación era un diálogo de sordos, no entendían nada.
El edecán y Comadreja por su lado no sabían a qué santo encomendarse, menos mal que el ama se refugiaba en sus soponcios y, en esos ratitos, se desentendía de la cuestión.
Mientras todo aquello acontecía en el palacio, Naydú y el caballero Ataúlfo paseaban por entre la arboleda, ella con la canasta en el brazo, él, con la zapa al hombro y deslumbrado por el ingenio y la cultura de la que creía que se llamaba Procopia, que hablaba de música, pintura, literatura… Ella por su parte estaba deslumbrada por la sapiencia de un rústico que sabía de guerras y de paisajes de los cuatro continentes. Y fue precisamente la agudeza de Naydú la que hizo que sospechara que el campesino no era campesino. Se lo dijo y Ataúlfo tuvo que admitirlo. Entonces, los dos dijeron la verdad.
¡Ya estaban las campanas de la capilla repicando la boda! Se tomaron de la mano ecopon casamiento iniciaron una enloquecida carrera para detener el casamiento. Ella tropezaba, caía, él la levantaba y seguían la carrera. Por el camino quedaron un zapato de Naydú, la canasta, la cofia y la zapa.
Cuando llegaron al castillo un guardia los detuvo:
-¿Adónde vais andrajosos? ¿No sabéis que aquí hay boda elegante? ¡Fuera, fuera si no queréis que os saque a los lanzazos!
-¡Un momento, soy Naydú, dueña del castillo y la verdadera novia y el caballero es don Ataúlfo, el novio! -exclamó indignada Naydú.
-¿Ah sí…? Mira tú, yo soy el rey de España – y el custodio soltó una carcajada que por poco derrumba los muros de piedra. Después apoyó la punta de la lanza en el estómago de Ataúlfo.
¡Y ya sonaba la campanilla que anunciaba el cambio de anillos!
Entonces, el caballero, con muy poca caballerosidad, le pegó al guardián tan formidable trompada que lo derribó. En seguida, atravesaron corredores, patios, cocinas, treparon escaleras y escaleritas y al fin irrumpieron en la capilla: “¡Pare la ceremonia!”.
El padre de Naydú que era tan miope, no se había dado cuenta de que la novia no era su hija. Gran revuelo hubo entre los invitados, el edecán se tapaba los ojos. Comadreja se desmayaba una vez más en uno de los bancos.
Naydú y el caballero le explicaron las cosas al señor del castillo quien a su vez les preguntó a Procopia y Sulfuroso si querían casarse, ellos contestaron que con mucho gusto y fina voluntad y fue entonces, una doble boda. Una de las parejas elegantemente vestida, paquetísima y la otra hecha un desastre, despeinados, las ropas desgarradas, las caras sucias pero chochos de la vida los cuatro, aunqueCUERVO Comadreja contó tres.

María Elena Togno
(ver Pizarra Noticias)

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