El hombre que inventó el olvido

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El hombre vivía sobre calle Catamarca, antes de llegar a San Juan; en esa época unos grandes plátanos cubrían las aceras y las juanitas escupían su hediondez a las fétidas tardes del verano.
Todos los días efectuaba su obligado paseo por las sucias veredas, arrastrando las faldas de su perramus gris, no importaba si llovía o hacía calor, su indumentaria era la misma. Sus pasos acompasados no cambiaban, eran monótonos y lentos como segunderos de un inapelable retorno. Su sonrisa se desdibujaba largo tiempo después mientras los ojos se perdían en el infinito. Sus paseos eran pequeños como su persona, de los cuales regresaba presuroso buscando el silencio de su pieza para el descanso.
Ciertas mañanas recorría las vidrieras de los negocios de la calle Maipú a paso lento, se detenía largo rato en cada una, llegaba al mercado y compraba la comida del día, un pan, la leche, un poco de carne, alguna verdura, en fin… volvía sin apuro y se encerraba en su cuartucho de dos por tres en los fondos de la ferretería.
hombre perramusLos jueves caminaba las dos cuadras hasta la parada del tranvía para realizar a las cinco de la tarde, un viaje que concluiría con su regreso a las seis y media. Allí la gran duda de los que lo veíamos transitar la vida. ¿Dónde iba los jueves? ¿Qué tendría oculto el hombrecito de la pieza más chiquita del barrio? ¿Tendría algún hijo preso o una esposa encerrada en el hospicio? Esa fue la duda que no alcanzaríamos a descifrar nunca. Ese fue el único abismo insalvable e inconcluso de nuestra intrascendente vida de barrio, en la época en que éramos niños y que fue cuando acontecieron estos sucesos.
Elías Waisinger era un habitante más del barrio, era un caballero con las señoras, se sacaba el sombrero al pasar delante de ellas, las saludaba cortesmente  seguía con su cansino y rítmico andar de todos los días. Hasta llegué a pensar que si faltaba Elías Waisinger al barrio, le faltaba todo. Era parte del barrio. Pero el hombre de estos hechos que relatamos no era un almacenero, un vendedor, no cobraba nada de nada, no inspeccionaba nada, no se emborrachaba, no jugaba, no tenía novia, no… muchos no tenía en su vida, pero era una figura particular con un bombín, su perramus gris y su paso tan igual, cansado, quizá por la misma baldosa todos los días.
Elías Waisinger era inventor. ¿Qué había inventado? Nada. Pero era inventor y todos los muchachos sabíamos que en su cuarto de la calle Catamarca, con puerta al plátano número cuatro, fabricaba algo, seguramente alguna cosa extraña y sombría.
Una tarde, cuando salía a desentumecer sus piernas en la caminata rutinaria, pasó entre nosotros que jugábamos en la calle. Su espalda, gris pantalla de perramus descolorido, quedó a merced nuestra, pudo ser cualquiera, pero fui yo; la pelota de trapo mojada en los charcos mugrientos del cordón de la vereda quedó un instante detenida sobre su espalda y luego cayó pesadamente para quedar aplastada durmiendo su miseria y su inercia. Se tambaleó por el fuerte impacto, pero siguió con el ritmo normal de sus pasos, sin detenerse, no dijo nada, ni siquiera nos insultó, estoicamente aguantó el cañonazo que dejó una gran mancha redonda color chocolate sobre su silenciosa humanidad.
Era la época en que poníamos sobrenombre a todas las cosas y a todos los que pasaban frente nuestro. El apodo que habíamos elegido para Elías era el de Santón. Era hiriente e irónico para un hombre serio y de la naturaleza del hombrecito particular de nuestra cuadra. Le gritábamos ¡Santón!… y nos escondíamos en los gruesos troncos de los árboles, matándonos de risa.
¿Cuando fue el momento en que dejamos de hacer bromas a Elías? No lo sé, pero recuerdo que al peor de los insultos nos saludaba con una sonrisa.
-¡Es un tonto! ¡Se ríe!
-¡Es un judío maldito!
-¡Es un opa, no se da cuenta de nada!
Pero muy bien se daba cuenta de las burlas, de los epítetos y los cánticos injuriosos que preparábamos para él.
Era imposible conocer su valor de verdad, su pasar la vida saludando transeúntes, y su desmenuzar las tardes en un tranvía, rumbo a no sé que recuerdos. Peroimages (5) alguna inescrutable verdad lo empujaba a desandar los días con la cruel esperanza anudada en sus venas, golpeando su corazón con la extraviada lentitud de su sol desprovisto de alegrías.

Un día nos increpó Jorge Abdala, el turco del supermercado, que lo visitaba una vez al mes para cobrarle el alquiler de aquella pieza miserable.
-¡No se burlen, muchachos, Elías es un sabio además de un buen hombre!
-¡Pero es judío! ¡Los judíos no sirven. Mi papá dirá muchas cosas tuyas por tu amistad con él.
-No me importan ustedes ni los padres de ustedes. Y les advierto, si siguen macaneando a este buen hombre los voy a hacer llevar a la Colonia de Menores.
-¡Ya verás turco! Te denunciaremos en la Sociedad Panislámica y en la Sirio Libanesa de la vuelta.

No. No fueron las amenazas del turco Abdala, ni las posibilidades de estar preso lo que nos aplacó esas ansias de burlarnos del pobre Elías. Era su persona, su excesiva amabilidad, además ese halo de misterio que lo envolvía por ser inventor.
niños en la calleLa curiosidad creó el respeto y comenzamos a rondarlo para averiguar qué hacía, qué inventaba en su soledad deteriorada por tanta bulla de muchachos callejeros.
Nuestro inventor no conversaba mucho, apenas entreabría los labios para saludar, pero sus ademanes eran expresivos y en cierta oportunidad alguna dama, al ser saludada, pudo sacarle aquello de que era inventor y lo que había inventado. Así nos enteramos que Elías, el judío de la calle Catamarca, había inventado una almohada sin sueños, un conductor eléctrico de silencios y una cama para no recordar, esta última era su más preciado invento pero no había logrado perfeccionarlo todavía, quería llegar a lo máximo de su obra; quería lograr un trampolín al olvido, quería inventar una máquina que nos transporte al olvido. En eso trabajaba día y noche.
Fue para la época en que dejamos de burlarnos, en que sus salidas de los jueves se espaciaron primero, y luego dejaron de producirse. Sus paseos se limitaron entonces a pasear por el mismo lugar de la vereda, saludar parsimoniosamente a las damas (nuestras madres) y a los comerciantes de la cuadra (nuestros padres).
No recuerdo con precisión si estos acontecimientos transcurrieron durante dos o más años, pero aproximadamente en el último año de los hechos fue que a Elías se lo veían menos por el barrio. Lo cierto es que para esa época usábamos pantalones cortos y me parece que yo tenía cerca de los trece años.
Me pasaba las horas en la calle, jugando a la pelota o corriendo detrás de los carros, colándome por la puerta de atrás del tranvía, peleando con los muchachos, tocando timbres en las casas que los tenían y diciendo cosas inofensivas a las chicas con las que jugábamos. Prácticamente me pasaba el tiempo en la puerta de la panadería, justamente al frente de la entrada de Elías. Creo que llegó a conocerme porque cada vez que él salía yo estaba en su paso, en su mañana o en su tarde.
Ese día salió a su puerta y me llamó con una seña. Me pidió que lo ayudara con un cajón de frascos y botellas, y una bolsa con yuyos que dejé sobre la cama del hombre. Salí muy contento con la moneda de un peso que me dio de propina; casi al salir me dijo que esas cosas eran para preparar un elixir que sería el combustible imprescindible para la máquina del olvido. Lo miré extrañado, entonces me dijo:
-¡Sí, ya me falta poco! Creo que lo logré. Pero hay que preparar la mente para esto.maquina de inventor
No le pregunté nada. Fue la siembra. Sus palabras habrían de llegar hondo para intentar el asombro de niño; la curiosidad sería lerda pero calaría las grietas en el fértil territorio donde habían sido sembradas la duda y el misterio.
Salí corriendo a gastar en caramelos su plata y seguí jugando día tras día con los muchachos de siempre, al balero con Carlitos y Miguel, a cambiar figuritas de lata al Negro Dominguez, jugar a las chantitas con Mabel, Mónica y su hermano Gabriel, a mirarle las piernas a la prima del Gordo Baltasar,…en fin, los juegos de siempre.
Casi lo atropello con la bicicleta en la calle Maipú, mientras miraba una vidriera.
-¡Perdón! Sant…-me retracté a tiempo- don Elías. ¿Qué anda haciendo tan temprano?
-Busco algo para mis experimentos -contestó.
-¿Logró algo del elixir aquel que me había contado?
-Creo que sí, pero aún me falta algo.
-Si le puedo servir de ayuda haciendo alguna cosa, don Elías, ya sabe, estoy en la panadería del frente.
-¡Gracias! Pero no es algo material lo que me falta.
-No lo entiendo.
-No es tan fácil -dijo-. Es que donde hay materia hay caos, mientras que el espíritudescarga es inalterable, no cambia. El olvido como parte de la materia se puede cambiar y dirigir hacia un destino o lugar.
-Es difícil entender eso, don Elías -le dije.
-No tanto. El que busca el olvido está en permanente estado sufriente. Es un estado material, innoble, que degrada el espíritu. Yo debo dar a mi investigación una trascendencia más allá de la simple y comprensible dimensión material del olvido. Lo difícil es unir dos elementos tan no miscibles como la materia y la no materia.
-Ya veo, don…-contesté, pese a que entendía menos.
-¡Así me gusta! -dijo, mientras insinuaba una remota sonrisa.
-Bueno me voy -dije, mientras revoleaba la pierna sobre el caño-. ¡Que logre la máquina y pueda usarla! alcancé a gritarle mientras me alejaba por la calle San Juan.

Pasaron varios días, tal vez un mes, desde aquél en que lo ayudé con los frascos en su cuarto, y desde aquél en que casi lo atropello frente a la vidriera. Estaba mirando el transcurrir de la vida de otros y pensando con los muchachos qué daño podríamos infligir al prójimo, cuando desde las mismas escalera de la panadería lo vi subir a la terraza de la ferretería, es decir, a la terraza de su cuarto. Me pareció que allá arriba bebió su elixir, luego estiró los brazos al cielo, caminó por afuera de la baranda, se asomó a la cornisa, dio un paso al vacío y al mismo instante deimages (12) caer desde las alturas, se vio como si fuese tirado desde arriba, por una descomunal fuerza, giró sobre sí mismo varias veces y luego comenzó a elevarse más y más; desde abajo se veía su espalda marcada con la redondela chocolate de la pelota de trapo, el viento inflaba su perramus gris, y después se hizo más pequeño, más y más. Todos los mirábamos absorbidos por el instante, cubiertos por un intransitable silencio mientras la mañana se teñía de azul ante el brillo del sol. Caminábamos alrededor del plátano, esquivando las ramas cubiertas de hojas para poder verlo; el verde del follaje disimulaba la intensidad de la luz.
Pasaron unas golondrinas cerca del inventor, quedó entonces en el cielo una mancha de pelota de trapo, un perramus suelto al viento, una pluma flotando, hasta que una nube blanca lo tapó, fue en ese instante que no pudimos verlo más y nos quedamos sin saber que rumbo tenía el olvido.planeando

Salvador Chaila
(ver Pizarra Noticias)

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