Una idea maravillosa

salonsueño

Un día el Rey tuvo una idea.
Era la primera de toda su vida, y tan admirado se quedó con aquella idea maravillosa que no quiso saber nada de contársela a los ministros. Bajó con ella al jardín, corrió con ella por los prados, jugó con ella a esconderla entre otros pensamientos, encontrándola siempre con igual alegría, su linda idea color azul.
reyJugaron hasta que el Rey se durmió recostado en un árbol. 
Se despertó tanteando la corona y buscando la idea, para percibir el peligro. A solas en su sueño, suelta y tan bonita, la idea podía haber llamado la atención de alguien. Sería suficiente que ese alguien la tomase y se la llevase. Es tan fácil robar una idea. ¿Quién sabría nunca que ya tenía dueño?
Con la idea escondida debajo del manto, el Rey volvió al castillo. Esperó la noche. Cuando todos los ojos se cerraron, salió de sus aposentos, atravesó salones, bajo escaleras, subió peldaños, hasta llegar al Corredor de las Salas del Tiempo.
Puertas cerradas, y el silencio.
¿Qué sala elegir? 
Delante de cada puerta el Rey se detenía, pensaba, y seguía adelante. Hasta que llegó a la Sala del Sueño.
La abrió. En la sala acolchonada los pies del Rey se hundían hasta el tobillo, su mirada se enredaba en gasas, cortinas y velos colgados como telarañas. Una sala a media luz, siempre igual. El Rey acostó a la idea adormecida en la cama de marfil, bajo el cortinado, salió y trancó la puerta.
Se ató la llave al pescuezo con gruesa cadena. Y nunca más la tocó.
El tiempo corrió sus años. Ideas el Rey no tuvo más, ni sintió su falta, tan ocupado estaba gobernando. Envejecía sin darse cuenta, delante de los educados espejosimagesreloj reales que mentían la verdad. Solamente se mantenía más triste y más solo, sin haber tenido nunca más deseos de jugar en los jardines.
Solo los ministros veían la vejez del Rey. Cuando la cabeza se le puso toda blanca, le dijeron que ya podía descansar, y lo libraron del manto.
Colocada la corona sobre la almohada, el Rey inmediatamente se puso la mano en la cadena.
-Ya nadie se ocupa de mí -decía atravesando los salones y bajando las escaleras camino a las Salas del Tiempo- ya nadie me mira. Ahora puedo buscar mi linda idea y guardarla solo para mí.
Abrió la puerta, levantó el cortinado.
Sobre la cama de marfil, la idea dormía maravillosa como aquel día.
Como aquel día, joven, tan joven, una idea niña. Y linda. Pero el Rey no era más el Rey de aquel día. Entre él y la idea estaba todo el tiempo pasado allí afuera, el tiempo detenido en la Sala del Sueño. Sus ojos no veían en la idea la misma gracia. Jugar no quería, ni reír. ¿Qué hacer con ella? Nunca más conseguirían estar juntos como aquel día.
Sentado al borde de la cama el Rey lloró sus dos últimas lágrimas, las que había guardado para la mayor tristeza.
Después bajó el cortinado y dejando a la idea adormecida, cerró para siempre lallave puerta.

Marina Colasanti
(ver Pizarra Noticias)

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