Leyenda del ciervo mágico

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El gran príncipe Nimród era famoso por sus posesiones: tierras, rebaños, tropillas, cien pastores y mil jinetes. Pero él solo estaba orgulloso de sus dos hijos, Hunor, el mayor y Magyar, el menor.
Salir de caza con ellos era lo que más le gustaba porque eran fuertes, bravos y tenían ojos de águila y puños como rayos.
-¡Ay, esposo mío! Ojalá que nuestros hijos pensaran en algo más que cazar, quizá los perdamos por esto. Así se lamentaba la reina Enéh.
-Será como Dios quiera. Repetía el anciano príncipe cada vez que la oía.
Una tarde después de recorres el bosque y atravesar cientos de aves con sus flechas, regresaban a su hogar con su séquito de cien guerreros, cuando apareció frente a ellos un ciervo como nunca antes habían visto. Era blanco, sus ojos brillaban como las estrellas y su cornamenta se trenzaba formando una corona.
-¡Debemos atraparlo! -gritó Hunor mientras montaba su caballo y salía tras el animal.
-¡Sí! Y que sea con vida para regalárselo a nuestra madre -propuso Magyar, galopando tras él.

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Los príncipes y sus oficiales atravesaron valles, subieron montañas, cruzaron la espesura del bosque hacia los claros de los campos; lo persiguieron del ocaso hasta el amanecer, pero cada vez que estaban por atrapar al ciervo, este corría más rápido, hasta que desapareció en una espesa ciénaga ante los ojos de los dos hermanos.
Se asombraron con su desaparición, y luego comenzaron a mirar el lugar donde estaban: era un maravilloso paisaje, pastos verdes y frescos, árboles cargados de frutos, manadas de ciervos y un arroyo repleto de peces.
-Magyar, cómo me gustaría quedarme aquí para siempre… -dijo Hunor.
-Pero nuestros padres morirán de tristeza si no volvemos con ellos.
-Bueno, podemos volver y decirles qué queremos hacer…
El principe Nimród los escuchó y le gustó el plan, pero la Reina Enéh comenzó a lamentarse:
-¡Ay hijos míos! ¿Qué será de ustedes en un lugar tan lejano? ¿Encontrarán esposas para compartir sus vidas? ¿Quién los cuidará?
-Ya les enviará Dios alguien para eso -calmaba el rey a su mujer.
Partieron los príncipes con sus cien oficiales, confiados en que el ruego de Nimród se cumpliera y así fue. Antes de llegar al lugar que habían elegido, el canto y las risas de unas jóvenes los recibieron. Eran las hijas del Rey Dul que, junto a sus cien doncellas, jugaban y bailaban en un claro, iluminadas por la luz de la luna.
-Ahora sí tenemos todo lo que necesitamos -exclamaron los hermanos.
Los dos galoparon hacia ellas y cada uno subió a una princesa a su corcel, diciéndoles:
-Serás mi esposa y yo seré tu esposo, y solo nos separarán el pico  y la pala con los que cavarán nuestras tumbas.
Se dividieron el lugar y a Hunor le correspondieron las tierras del este, y los que vivieron allí fueron conocidos como los hunos. La parte oriental le correspondío a Magyar y sus hombres, y a sus descendientes los llamaron magyares. A partir de entonces el país de los dos príncipes fue conocido como Szittyao.3

Leyenda anónima húngara.
Adaptación Beatriz Ortiz.

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