Leyenda del cacuy

 

SELVA

Ya que estaban, Dios y el Diablo decidieron seguir juntos, mirando un poco por acá y por allá, como para ponerse al día con lo que pasaba en la Tierra.
Sin darse cuenta fueron metiéndose por donde no había caminos, alejándose de pueblos y ciudades. A los dos les gustaba mirar los árboles, los pájaros, los ríos, y las piernas solas los iban llevando por donde podían encontrar algarrobas y chañares, zorros y quirquinchos, y escuchar el canto de las calandrias.
Entonces Dios dijo:
-¿Sabés lo que estamos haciendo sin darnos cuenta? Nos estamos tomando un descanso.
-¡Claro! -dijo el Diablo-. Y no me parece mala idea. Uno no se puede pasar la vida trabajando. Pero a veces no hay caso.
-¿Sabés por qué? Porque nos pasamos vigilándonos el uno al otro.
-¡Y qué quiere que le haga, don Dios! ¡Si me descuido un momento usted me saca toda la clientela!
¡Já! ¿Y con vos que pasa? ¿Te imaginás si yo me quedo abriendo la boca y te dejo el campo libre?
-Y… cada cual se divierte como puede…
-Mirá dijo Dios-, ¿qué te parece si…?
-¡Esa sí que es una linda idea!
-¿Cuál?, si yo no dije nada.
-Pero le veo la intención.
-¿Estás de acuerdo?
-Ni una palabra más.
Los dos se sintieron aliviados, como si se hubiesen sacado un peso de encima.
Dios silbó un chamamé que si lo escucha el Raúl Barboza se pone verde de envidia, y el Diablo se mandó un sapucay que hizo temblar las hojas de los árboles.
Dios y el Diablo se tomaron vacaciones.

-¿Y ahora qué hacemos? -preguntó el Diablo, medio desorientado por la falta de costumbre.
-No sé -contestó Dios-. Yo tampoco entiendo mucho de esto. ¿Qué te parece sí seguimos así nomás? Mientras haya árboles y animales no vamos a tener problemas.
-Eso me gusta -dijo el Diablo-. Caminemos y charlemos.
Y caminaron y charlaron. Se contaron cuentos e historias que ahora pudieron conocer de primera mano, no como la mayoría de las veces que venían por la boca de chismosos.
Caminaron y charlaron.
En eso encontraron un ranchito perdido en medio del monte.
-Creo que por aquí nunca anduvo ninguno de nosotros -dijo Dios-. ¿Qué te parece si miramos un poco?
-¿Se olvidó que estamos de vacaciones? A usted lo pierde el sentido del deber.
-Para nada. Digo mirar nomás, de puro curiosos , y sin meternos en problemas.
-Así sí -dijo el Diablo-. ¿Nos volvemos pajaritos, para espiar mejor?
-Listo -dijo Dios.
Y dos tordos, o algo muy parecido a dos tordos, comenzaron a espiar posados en un árbol.

En el ranchito vivían dos hermanos que desde chicos habían quedado huérfanos. El varón, un poco mayor, se encargaba de buscar los alimentos.
Cazaba o pescaba, según la ocasión, o volvía con su bolso lleno de algarrobas o mistoles, y casi nunca faltaba una lechiguana de riquísima miel que era la delicia de su hermana.
Ella, a desgano, preparaba la comida, protestando porque el pescado tenía demasiadas espinas, porque el tatú estaba demasiado gordo, porque había que desplumar las perdices, porque las algarrobas ya estaban muy secas…
Esa vez la sequía había hecho que los animales se alejaran buscando agua, y el hermano volvió dos días seguidos con las manos vacías.
Los insultos de la hermana subieron de tono, y el último resto de comida fue sólo para ella.
Entonces él dijo:
-Hay una lechiguana muy grande, pero está muy alta y me vas a tener que ayudar a bajarla.
-Vos sabés que me asusta la altura.
-Está rebalsando de miel, pero no voy a poder bajarla solo. Lástima.
-¿Y yo no te puedo ayudar desde abajo?
-No. No vale la pena.
-¿Cómo no vale la pena? ¿Acaso no está llena de miel? Vos siempre buscando problemas para no darme el gusto.
-¡Pero si no te animás…!
-¡Vamos ya mismo! -dijo con bronca la hermana.
Él se colgó el machete en la cintura y se metieron en lo más hondo del monte hasta llegar a un altísimo árbol.
Treparon casi hasta la punta, donde oyeron el rumor de las avispas, que zumbaban cada vez más fuerte.
-Sentate en esa horqueta -dijo el hermano- y tapate la cabeza con el poncho. Quedate muy quieta; si te movés, te pican. Yo voy a echarles humo con un cigarro y te aviso cuando se vayan.
Ella se cubrió la cabeza con el poncho y se quedó inmóvil.
El sacó el machete y comenzó a bajar y a cortar las ramas del árbol. Una por una las cortó todas, hasta llegar al suelo.
Entonces, corrió y corrió, sin mirar atrás.
Apenas la hermana se dio cuenta de lo que había pasado, comenzó a gritar y aCONVERTIDA insultar. Pero cuando pasaron las horas y vio que todo era inútil, y la oscuridad llenó el monte de ruidos y murmullos, le agarró la desesperación.
Gritó y lloró, llamando e implorando, hasta que la voz se fue trasformando en un grito distinto, que sonaba parecido al nombre del hermano.
Entonces se dio cuenta de que se había convertido en un pájaro. Siguió gritando, llamando y llamando, con ese extraño grito del cacuy.

Dios y el Diablo se miraron.
Dejaron su disfraz de tordo y se miraron.
-¡Fuiste voz! -acusó Dios.
-¡Yo no moví un dedo! -dijo el Diablo.
-¡Quedamos en que estábamos de vacaciones!
-¡Jure que no fue usted!
-¡Por los pajaritos del cielo, que es lo más sagrado para mí! ¡Jurá vos!
-¡Por mis almitas del infierno! -dijo el Diablo.
-¡Pucha que hay misterios en el mundo! -dijo Dios-. ¿Quién habrá sido? Pero no nos preocupemos, ¿acaso no estamos de vacaciones?CACUY

Gustavo Roldán
(ver Pizarra Noticias)

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