La gran batalla

fogata

Esta es la historia de Ojo de Águila y el capitán Cary Smith. Ojo de Águila, jefe de una tribu de indios Sioux, y el capitán Cary Smith, un comandante del regimiento seis de la artillería montada, allá en los Estados Unidos de Norteámerica.
Los dos hombres no se conocían personalmente pero se tenían una rabia rabiosa y una furia furiosa. Ardían en deseos de conocerse y no para decirse hola qué tal sino para verse, y ahí mismo liquidarse sin contemplaciones.
ejercito soldadosEl capitán Cary Smith tenía su regimiento en un recoveco de las Montañas Rocosas, y Ojo de Águila las tolderías en otro recoveco de la misma montaña. Pero ninguno de los dos sospechaba siquiera que fueran tan vecinos.
Ojo de Águila decía a todo el que quisera escucharlo:
-Yo, Ojo, buscar a ese Smith y, cuando encontar, matar con flecha envenenada y escupir cara después.
Por su parte, el capitán decía a todo el que quisiera escucharlo:
-Yo, Cary Smith, buscaré a Ojo de Águila y cuando lo encuentre descargaré contra él catorce cañonazos. Después le escupiré la cara.
Los dos eran unos groseros porque no se debe escupir la cara a nadie. Pero la rabia rabiosa es así y al que le agarra sueña con revanchas originales y exclusivas.
Pues bien: así las cosas hasta que por fin, una mañana de enero tan fría que soldados e indios juegaban a las bolitas con las lágrimas congeladas y el aliento caía parado en forma de chupetines, al capitán se le agotó la paciencia y decidió salir con su regimiento en busca de Ojo de Águila. Fue un caso de telepatía. Porque ese mismo día y a la misma hora, al jefe indio se le agotó la paciencia y decidió salir con la indiada en busca del capitán. Una buena batalla pondría fin a tanto odio y tanto chismerío.
Los soldados entonces recibieron orden de prepararse para el gran zafarrancho: debían cepillar los caballos, lustrar botas, monturas y correajes, abrillantar sables y botones, desabollar los sombreros, lavar y planchar los blancos pañuelos de cuello; sacar las telarañas de las bocas de los cañones; cargar los furrieles con la harina, huevos, pasas y leche para el pudding, sin olvidar la panceta ahumada, naranjas y mermelada. Recortarse uñas y bigotes y ponerse en formación para que el sargento Wordsworthos revisara las orejas.
Los indios por otra parte recibieron orden de prepararse para el gran zafarrancho: debían ensuciarse manos, orejas y uñas, embadurnar las puntas de las flechas consioux en avance veneno de víbora o de escorpión, llenar con más venenos latas vacías de tomates; quitarles a los indiecitos los collares de dientes de tigre con los que estaban jugando (cosa que dejó a los chiquilines llorando a todo trapo), pintarrajearse horriblemente cuerpos y caras porque eso asustaba al enemigo. Ya se sabe que enemigo asustado, a medias vencido.
Ojo de Águila llamó a su presencia al brujo Garra de Fiera para que hiciera los vaticinios. El brujo, un viejo más viejo que el hipo, encendió una fogatita y, al ritmo de los tambores se puso a bailar la danza de los augurios. Después de chillar y saltar como si se estuviera incendiando, dijo con voz raspante:
-Umba barrrumba lupumba pachumba.
Estas palabras produjeron un gran alivio al jefe indio.
Los preparativos en las tolderías y en el regimiento duraron casi toda la noche. Cuando se fueron a dormir, todavía no hacía quince minutos de acostados cuando sonó la diana en el cuartel y el gallo cantó en las tolderías.
brujoA las cinco de la mañana partieron los soldados. Iban en una larga hilera, los caballos al trotecito, en las puntas de los palos flameando los banderines; al cuello los blanquísimos pañuelos, todos muy acicalados y compuestos cantando aquello de “Oh Carolina, oh Oklahoma, oh dulce Elizabeth”
Los indios salieron a las cinco de la mañana, al galope desordenado de los caballos y al grito de ¡Iuuujuuu!
Hasta aquí, todo correcto. El inconveniente se produjo porque los indios partieron para el norte, y los soldados para el sur. Y entonces, a fuerza de marchar los unos para un lado y los otros para el lado contrario, a su paso encontraban puros pueblitos con sus salons, cowboys, sheriffs, alcaldes, pioneros y herrerías, mas entre ellos no se encontraban.
Viendo Ojo de Águila que los caballos se estaban cansando al divino botón, frenó su caballo y dio la voz de alto: desmontó y puso la oreja en el suelo. Nada. No se escuchaba ruido de cascos. Sólo el que hacían las hormigas al acomodar en las estanterías del hormiguero, palitos, alas de cascarudos, semillitas y todas esas exquisiteces que ahorran las hormigas para que no les pase lo que a la cigarra. Una hormiga se le prendió de la oreja y Ojo pegó unos cuantos chillidos. Enseguida llamó al brujo.
-¿Qué pasando estar que no llegar al campo de batalla? -tronó. Garra de Fiera, de nuevo a encender fogata, vuelta a chillar y a saltar para decir finalmente:
-Chunga catachunga laraca paraca.
Al escuchar tan mala noticia, Ojo de Águila ordenó a la indiada desandar lo andado y allá salió el malón como alma que lleva el diablo.
Mientras aquello ocurría, Cary Smith, viendo que los caballos se estaban cansando al divino botón, desmonto y llamó al teniente Grandt.
-¿Qué está pasando teniente que no llegamos al campo de batalla?
El teniente hizo la venia y chocó con fuerza los tacos de las botas. Pero con tan mala fortuna que se dio en los huesitos de los tobillos y lanzó un grito de dolor.
-¡Despliegue el mapa teniente y no se haga el gracioso! -vociferó el capitán. Grandt desplegó el mapa y empezó a recorrer con el índice las sinuosas líneas.
-Si nosotros estamos acá, ellos deben estar en otro lado -dijo Grandt.
-Entonces, ¡a desandar lo andado! -gritó Cary Smith.
Miren: el choquetazo fue tan tremendo que por el suelo rodaron caballos, soldados e indios; flechas, fusiles, cañones, vinchas y sombreros; chaquetillas, taparrabos, tarritos con veneno, huevos, harina y demás alimentos. No se sabía quién era quién ni qué era qué. Indios y soldados lloraban no porque fueran cobardes sino porque todos sabemos lo que duelen los cocazos. Por ningún lado se veía al capitán ni a Ojo de Águila. Como en el choque habían perdido sus distintivos, se confundían en el montón.
-Oye, camarada -decía un soldado a otro- ¿es tuyo este fusil? Tiene la calcomanía del pato Donald.
-No, el mío tiene la calcomanía de Liz Taylor.
-¿Flecha esta que veneno escorpión tener, tuya es? -preguntaba un indio a otro.
-No, esa ser de Nariz Rota. ¿No ver tú taparrabos mío? Así como estoy, frío y vergüenza tener.
Busca que te busca cada uno sus pertenencias, nadie allí tenía tiempo de pelear. Anieve los caballos que luego del topetazo había salido a la disparada, se los veía lejos de allí pastando amigablemente sin hacer caso de jerarquías, pelo ni marca. Y llegó la noche sin que se hubiera terminado de poner orden en aquel caos. Una noche sin luna, el cielo clausurado por espesos y oscuros nubarrones. El frío agarrotaba, dolía. Ya no se distinguían las caras y sólo se escuchaba el castañetear de dientes. Morirían todos de frío si no se encendían fogatas. Pero ¿con qué? Allí no había otra cosa que piedras.
No sé a quién se le ocurrió la idea, pero esa idea prosperó de inmediato: encender fuego con flechas y fusiles. Y a la fogata fue a parar todo lo que tuviera madera. ¡Qué bello y cálido espectáculo! Ciento cincuenta fusiles y ciento cincuenta flechas chisporroteando alegremente y, alrededor, trescientos hombres (contando los dos jefes) calentándose y frotándose las manos.
Sentáronse todos alrededor del fuego. Al principio se hablaba poco. Pero después, la cosa se fue animando. El primero en contar un cuento fue Pluma Blanca: “Una vez había, india bonita que llamarse Ciruelita. Enamorada estar de Cactus Espinudo, jefe tribu. Cactus Espinudo pero, no estar enamorado de Ciruelita y ella ponerse flaquita porque no comer y siempre llorar. Ciruelita querer morir y tirarse de montaña abajo. Caer pero encima flor mágica y salvarse. Cuando Cactus Espinudo snif snif sentir olor de flor mágica, enamorse de indiecita, casarse y tener seis ciruelitos. Y colorado colorín, acabado cuento estar”.
Ya roto el hielo, un soldado hizo pruebas de magia y recitó. Dos horas más tarde todos dormían bien apretaditos los unos contra los otros, la cabeza de un indio en el hombro de un soldado, la cabeza de un soldado en el hombro de un indio. Todavía no se había podido detectar a Ojo de Águila ni al capitán Cary Smith.
Cuando el sol asomó la punta de la nariz por sobre la montaña, el espectáculo que se ofrecía a los ojos del viajero (es una manera de decir porque por allí no pasaba nunca nadie) era regocijante: indios y soldados acurrucaditos y abrazados. Y lo piramidal, lo loco, lo inaudito: ¡La cabeza de Ojo de Águila en el regazo del capitán Cary Smith!
Cuando soldados e indios vieron a sus respectivos jefes en tan buenas relaciones, un ¡hurra! incontenible brotó de todas las bocas. Despertaron los dos jefes.
-¿A qué viene todo este escándalo? -murmuró el capitán, los ojos sueñudos y el pelo revuelto.
-¿Escándalo este por qué? pregunto Ojo de Águila, los ojos sueñudos y el pelo revuelto.
De repente despertaron del todo. Al verse por fin las caras, ambos jefes salieron al ruedo para darse de trompis. Mas tropa e indiada los convencieron para que hicieran las paces. Y cosa extraña, al capitán, el indio le resultó un tipo simpático y lo mismo le ocurrió al indio respecto del capitán.
Se fumó la pipa de la paz y se despidieron todos, cambiando regalitos y direcciones para futuras visitas.
-Esta es dirección mía, soldadito -decía un indio- Pasillo número 15, carpa 309.
-Y ésta la mía -decía un soldado a un indio-, calle Murdog, número 5, piso 40 , Mississippi River Private No Smoking.
Ojo de Águila le dio al capitán un collar de dientes de tigre y el capitán al indio un encendedor y una foto de Oliver Hardy.
Todo estaba muy lindo. Lo peor de todo fue que tuvieron que volverse caminando porque los caballos habían desaparecido.
Y aquel lugar que debió ser escenario de una cruenta batalla, se llamó desde entonces “El Valle de la Paz”.                                                              IMAGEN DE FIN

María Elena Togno
(ver Pizarra Noticias)

volver a la portada
SELLOZZ

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s