Las estrellas viajantes de comercio

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Hubo un tiempo, tiempo muy alejado del nuestro, en que el cielo se llamaba el Olimpo y en que el dios que habitaba ese Olimpo se llamaba Zeus, Jupin, o Júpiter, tres nombres que poco más o menos quieren decir lo mismo.
Ese dios tuvo un día la extraña idea de hacer a los hombres felices. Cuando participó esta singular idea a su consejo de regencia, compuesto por Neptuno y por Plutón, estas divinidades encontraron la pretensión tan descabellada que exlcamaron:
-Oh, vaya idea, señor. Caramba, qué idea más rara.
Pero cuando un dios tiene una idea en la cabeza, es preciso que lleve esa idea a buen o mal fin. Quedaban por resolver los medios de ejecución. Júpiter reflexionó un instante, y luego, levantando de golpe la cabeza, dijo: “Ya lo tengo” Y llamó ante sí a las siete estrellas del Septentrión. Las estrellas obedecieron y fueron a postrarse a sus pies. Los astrónomos al ver a esos siete meteoros que trazaban images (73)mnbun surco luminoso en el azul del firmamente, anunciaron el fin del mundo; ahí tenéis un ejemplo de cómo los sabios se equivocan con las intenciones divinas… Las estrellas dijeron:
-Aquí estamos, Majestad resplandeciente y terrible, ¿qué quieres de nosotros?
-Vais a hacer vuestras maletas y viajar a la tierra – respondió el hijo de Saturno y Rea-; cada día recibiréis dos escudos para vuestros gastos de viaje.
-¿Y qué vamos a hacer en la tierra? -preguntaron las estrellas.
-Se me ha metido en la cabeza hacer felices a los hombres -respondió Júpiter-; pero como no apreciarían la felicidad si se la doy por nada, exijo que se la vendáis; seréis mis viajantes de comercio.
-Seremos lo que nos mandes ser, Majestad todopoderosa -dijeron las estrellas con una voz tan melodiosa que los hombres alzaron sus ojos al cielo-; pero ¿qué les venderemos a los hombres?
-Poneos una detrás de otra y desfilad ante mí.
Las estrellas se alinearon y se pusieron en el orden que les había indicado. Júpiter dijo a la primera: “Tú venderás ingenio”. Dijo a la segunda: “Tú venderás virtud”. Dijo a la tercera: “Tú venderás la salud”. Dijo a la cuarta: “Tú venderás la longevidad”. Dijo a la quinta: “Tú venderás el honor”. Dijo a la sexta: “Tú venderás el placer”. Dijo a la séptima: “Tú venderás el dinero”.
Juzgando el deseo de los hombres por los votos que éstos le dirigían, creyó que teniendo ingenio, virtud, salud, longevidad, honor, placer y dinero…, los hombres serían felices. En efecto, era verosímil.
-Y ahora id, -le dijo a las estrellas- y vended a los hombres cuanto podáis de vuestra divina mercancía.
Pero Neptuno y Plutón no quedaron nada convencidos, y se echaron a reír muy fuerte, repitiendo:
-Oh, vaya idea, señor. Caramba, qué idea más rara.

images (3)La vendedora de ingenio.

Las siete estrellas embalaron sus siete clases de mercancías en diferentes cajas que les proporcionó el almacenista del cielo, y bajadas a la tierra comenzaron a hacer el artículo en la primera gran ciudad que encontraron en su camino.
-¡Compren ingenio! ¿Compren ingenio! -gritaba la estrella número uno. Lo tengo recién hecho, calentito. Compren ingenio, ¿quién quiere ingenio? ¿Ingenio?
-Pardiez, ¿es que esa tipeja nos toma por imbéciles?- dijeron los periodistas, los novelistas, los autores dramáticos, los directores de espectáculos y los recaudadores de impuestos.
Vaya picardía, pero muy bien hecha -dijeron los dandis mirando a la vendedora de ingenio con sus quevedos, con sus lentes, y sus monóculos, y golpenado sus botas con la fusta o el bastoncillo que sostenían en sus manos de guantes recientemente engrasados-; sólo que tiene cierto aires de marisabidilla. ¡Qué lástima!
-¿Qué viene a hacer aquí esta mojigata? -dijeron las mujeres-; mejor haría trayéndonos sedas de Lyon, puntillas de Valenciennes, echarpes de Argelia, corales de Nápoles, perlas de Ceylán, rubíes de Visapour y diamantes de Golconda; pero ¿ingenio?; no vale nada; el ingenio anda suelto en las calles. Se verá obligada a comerse su mercancía, e incluso se morirá de hambre.
Y la pobre estrella pasaba sin vender de una calle a otra, hasta que al fin, encontrando abierta una puerta, entró. Era la Academia. Se recibía a un neófito.
¡Comprad ingenio! ¡Comprad ingenio! -gritó la estrella.
Los oyentes se echaron a reír. El presidente de la Academia, llamando a los ujieres, dijo:
-Echad a esa imbécil, y advertid a los conserjes para que nunca vuelva a pasar nuestras puertas.
Los ujieres echaron a la estrella y los porteros tomaron buena cuenta de sus rasgos. La estrella se fue toda avergonzada; pero tras haber pasado un puente y subido por el muelle durante un centenar de pasos, al ver una plaza en cuyo centro se elevaba un busto, y al final de esa plaza una gran bóveda a la que se entraba por una docena de escalones y por la que subían y bajaban multitud de gente en apariencia muy atareadas y poco ingeniosas, pensó que quiza allí encontraría venta para su mercancía, ignorando que cuanto más tontas son las personas menos se les ocurre la idea de comprar ingenio. La estrella atravesó la multitud y entró en una gran sala donde había tres hombres vestidos con togas negras, tocados con gorros cuadrados y negros, sentados ante una mesa de despacho, y a los lados de estos tres hombres, otros hombres vestidos como ellos con un gorro cuadrado y negro y toga negra. Entonces se dio cuenta que había entrado en el Palacio de Justicia, y que los hombres de negro eran jueces, abogados y procuradores. Se defendía una causa de la mayor importancia, por lo que la sala estaba llena. El abogado demandante, que era pequeño, feo, sucio con un rostro chato y una nariz aplastada, acababa de terminar su defensa y tomar sus conclusiones; por eso había una especie de silencio en el instante que la estrella entró. Creyó ella propicio el momento y se puso a gritar:
-Ingenio, señores, ¿quién quiere comprar ingenio?
Y pasó que el abogado que acababa de hablar y el que iba a hablar a continuación, vieron, cada cual por su lado, un epigrama en esta oferta, y de acuerdo, por primera vez, sacaron contra la desventurada estrella las mismas conclusiones. Estas conclusiones tendían a que la vendedora de ingenio fuese denunciada en aquel mismo instante, por presunto insulto a la justicia. Por suerte, el procurador general era un hombre joven de mucho ingenio, y se contentó con decidir que la estrella fuera sacada del Palacio de Justicia por dos gendarmes. Los dos gendarmes cogieron a la estrella cada uno por un rayo, y la llevaron de nuevo hasta el puente, mostrándole la bóveda y dieciéndole:
-Esta vez se ha librado usted por poco, hermosa niña; pero que no vuelva a ocurrir.
La pobre estrella se fue toda confusa; caminó hasta llegar a una gran plaza en medio de la cual divisó un monumento cuadrado.
-Ah, bueno -se dijo-, he ahí un templo como los que he visto en Atenas, y los atenienses tenían tanto ingenio que deben desear comprarlo al precio que sea.
Por eso se puso a gritar “¡Cómpreme ingenio! ¡
Atenienses, cómprenmen ingenio!”
Pasaban dos hombres; uno llevaba bajo el brazo una cartera llena de cupones de todo tipo, el otro llevaba un cuadernillo sobre el que escribía números al tiempo que caminaba.
-Creo que nos ha llamado atenienses -dijo el hombre de la cartera.
-Algo así me parece haber oído -respondió el hombre del cuaderno.
-¿Qué querrá decir con eso de atenienses? -preguntó el hombre de la cartera.
-Probablemente se trate de alguna nueva sociedad que acaba de formarse -respondió el hombre del cuaderno.
-¡Compren ingenio! ¡Compren ingenio! -ofertaba la estrella siguiendo a los dos especuladores.
-Bueno -dijo el hombre de la cartera, otra sociedad más que va a quebrar.
Y entraron en el templo griego, que no era otro que la Bolsa de Comercio. Allí se vendía, se compraba, se especulaba mediante el agiotaje, se pagaban diferencias, se proponían primas; unos ofrecían cupones españoles, otros créditos mobiliarios; aquélllos, gas líquido, éstos, agua a domicilio; todo el mundo encontraba la venta de su mercancía. La estrella se paseaba en medio de aquel tumulto, gritando con toda la fuerza de sus pulmones:
-¡Ingenio! ¡Ingenio! ¿Quién quiere comprar ingenio?
-¿Qué diablos vende usted? -preguntó un cuarto agente de cambio.
-Ingenio.
-¿Ingenio? ¡Ah!
-¿Sabe usted lo que es?
-He oído hablar de él.
-Debería usted comprar, por poco que fuera, aunque no sea más que por trabar conocimiento con él.
-¿Se cotiza?
-No.
-Y bien, entonces, ¿qué diablos viene usted a hacer aquí? -y volviéndole la espalda a la estrella, dijo a un medio agente de cambio-: Es un corredor clandestino.
Llevada a la comisaria del distrito por haber entrado sin documentación, la estrella recibió la orden de abandonar la ciudad en veinticuatro horas; pero cansada como estaba por las vejaciones que los habitantes de la primera ciudad en la que había entrado le habían hecho, el comisario de policía le permitió descansar media hora.  Al  encaminarse hacia la puerta más próxima de salida, un empleado de arbitrios la detuvo:
¿Qué lleva ustes en esa bolsa? -preguntó
-Ingenio -respondió la estrella.
-¿Ingenio? ¿Espíritu de vino?
-No, ingenio.
-Contrabando -dijo el empleado que tenía por tal a toda mercancía desconocida para él.
E hizo detener a la pobre estrella; fue condenada a tres francos cincuenta céntimos de multa, tras lo cual dos aduaneros cogieron la caja, rompieron los cerrojos, expandieron su contenido en el arroyo como se hace con el vino adulterado, mientras otros dos, cogiéndola por debajo de los brazos, la condujeron fuera de la ciudad, cominándola a no volver a poner en ella los pies, so pena de tres meses de prisión. Durante este tiempo, el ingenio corría a torrentes. Por eso desde aquel día tienen tanto ingenio los chiquillos que beben en el río.

images (3)La vendedora de virtud

Mientras la estrella número uno salía de la ciudad por una puerta, la estrella número dos entraba por la otra gritando: “¡Virtud! ¡Virtud! ¿Quién quiere comprar virtud?”
Los que la oían se encogían de hombrso y se decían entre sí:
“Es alguna loca escapada de Charenton”. Los ricos añadían: “¿Dónde diablos quiere que pongamos la virtud?” Los pobres murmuraban: “No merece la pena hacer sacrificios para comprarla, porque nadie creerá que la poseemos”. Las mujeres decían: “¡Vaya! Virtud, solo eso nos faltaría, bastante nos cuesta atrapar maridos sin virtud. ¿Cómo nos las arreglaríamos con virtud?” Los jóvenes caballeron decían: “La virtud…Ya tenemos dos caballos, una jauría, un hockey; tener virtud con todo eso sería un lujo que merecería que nuestros padres nos hicieran inhabilitar, y que nuestros tutores nos nombrasen un consejo de familia”
Solo una mujer se acercó a la vendedora . Era la viuda de un adjunto del subjefe de una oficina de Correos.
-¿Cuánto cuesta la virtud? -preguntó la viuda.
-Nada.
-¿Cómo nada?
-El trabajo de conservarla solamente.
-Es demasiado cara -dijo la viuda, y volvió la espalda a la vendedora.
Viendo que los habitantes de la ciudad no iban a ella, decidió ir a su encuentro. Había abierta una puerta, entró.
-¿Qué quiere? -preguntó en tono agrio una mujer alta, seca, delgada y cuyo perro, que parecía tan huraño como ella, se puso a ladrar.
-Perdón, señora, respondió humildemente la estrella; pero es que soy vendedora.
-No necesito nada.
-Todo el mundo necesita lo que yo vendo.
-Y ¿qué vende?
-Vendo virtud.
-Si vende virtud, debe usted comprarla.
-Por supuesto. ¿Por qué es la pregunta? -dijo la vendedora.
-Es que yo tengo para revender -dijo la gazmoña.
-Muéstremela, y quizá hagamos trato.
Entonces la gazmoña abrió los cajones de un tocador y sacó una virtud, pero tan vieja, tan repasada, tan llena de remiendos, con tantas manchas, tan comida por gusanos, que era imposible darse cuenta de lo que había podido ser veinte años antes.
-¿Cuanto me dará por esta virtud?
-¿Cuanto me daría usted por comprársela? -preguntó la estrella.
-Vaya, qué impertinente – exclamó la mujer, arrancando su virtud de manos de la vendedora.
La pobre virtud estaba tan seca y era tan frágil que se desgarró como una telaraña. Amenazada por la gazmoña con hacerle un proceso por calumnia y difamación por haber dicho que su virtud era una virtud de azar, la estrella le ofreció entonces, una virtud completamente nueva en lugar de aquella que estaba fuera de uso. La mujer agria le hizo desembalar su mercancía sin encontrar ni una que le gustara. La vendedora se vio obligada a ofrecerle una indemnización en dinero que fue fijada en el valor de una pistola; sacó, pues de su bolsillo tres escudos de Brabante, que hacían once libras y dies sous, y rogó cortesmente a la mojigata que le devolviera un franco y cincuenta céntimos. Salió la mujer so pretexto de ir en busca de cambio y volvió con la guardia.
Por más que la estrella dijo que estaba esperando su vuelto, la guardia, que estaba compuesta de alsaciano que no entendía la lengua del país, invitó a la vendedora a ir a la comisaría. Tuvo que obedecer. La estrella atravesó las dos o tres calles que separaban la casa de la gazmoña de la oficina del magistrado, y todos los chiquillos la seguían gritando:”¡Ohé, ladrona!” Llegada ante el comisario de policía, la vendedora de virtud expuso los hechos con tanta sencillez que el digno magistrado, que gracias a la vista que tenía sabia muchas cosas,  y entre otras que la gazmoña en cuya casa había sido detenida la estrella no tenía virtud que revender, despidió a la guardia, y cuando se hubo quedado solo con la acusada le preguntó cuales eran sus medios de subsistencia. La estrella abrió su petate y mostró su mercancía. El magistrado se echó a reír.
-Hermosa niña -dijo-, hay comercios que no lo son, y si no tenéis otros medios de subsistencia, os invitaré a salir de la ciudad; la ciudad ya tiene sus pobres.
La pobre estrella bajó la cabeza y salió de la ciudad, dejando su petate en la comisaría de la policía, quien en una comida de cuerpo que tuvo lugar el día primero del siguiente año, distribuyó, a título de regalo, el contenido a sus cofrades. Por eso desde aquel tiempo los comisarios de policía son tan virtuosos.

images (3)La vendedora de salud

Aquel mismo día, la tercera estrella entraba en la misma ciudad. Era la que vendía salud.
-¡Salud! ¡Vendo salud! -gritaba- ¿Quién quiere salud?
-¿Vende usted salud? -le preguntaban de todas partes.
-¡Sí, vendo salud! ¡Vendo salud! Compren.
Todos preguntaron:
-¿Es muy cara de alimentar la salud?
-Oh, Dios mío, no -respondía la estrella.
-¿Es algo que se come?,¿qué se bebe?,¿cómo hay que tratarla?
-La salud -respondió la estrella- come con moderación, bebe agua clara, se acuesta temprano y se levanta con el sol.
-Sería lo mismo que hacerse ermitaño -decían- que comprar salud.
Pero, sin embargo, hubo dos clases de individuos que se dijeron: “Si por desgracia esa vendedora hace fortuna, estamos arruinados” Eran los médicos y los sepultureros.
En efecto, en esa ciudad los médicos y los sepultureros formaban una sociedad en comandita, bajo la razón social: Señores Difuntos y Compañía. Sepultureros y médicos se reunieron y resolvieron librarse al precio que fuese de la vendedora y de la mercancía. Los sepultureros se encargaron de la mercancía. Los médicos de la vendedora. Un sepulturero le robó su caja. Y cuando ella gritaba: “¡Al ladrón!”, se topó con un hombre bien vestido, aunque de forma algo lúgubre, que en lugar de hacer que se la devolvieran, la condujo al hospital. Cuando la pobre estrella reconoció el lugar en que estaba, quiso salir cuanto antes; pero la puerta se había cerrado tras ella. Vio que había caído en una trampa.
-Señor médico -dijo ella-, señor médico, tenga piedad de mí; me encuentro a las mil maravillas.
-Se equivoca usted -dijo él-, está muy enferma.
-Pero si como bien.
-Mal síntoma.
-Duermo muy bien.
-Mal síntoma-
-Tengo la vista clara, el pulso tranquilo, la lengua rosácea.
-Mal síntoma.
Y como la estrella, afirmando que se encontraba bien, no quería ni desnudarse ni acostarse, el hombre de negro llamó a cuatro guardianes que la desnudaron a la fuerza y la ataron a una cama.
-Ah -dijo el médico-. te pones a vender salud cuando nosotros vendemos enfermedad; en lugar de proponernos una asociación, vienes a hacernos la competencia; muy bien, ahora verás lo que es bueno.
La sometieron a un tratamiento patológico, el más expeditivo de todos los tratamientos. Finalmente, so pretexto de que dormía demasiado, somnolencia que podía desembocar en apoplejía, le hicieron consquillas en la planta de los pies cada vez que cerraba los ojos. Por suerte la vendedora de salud era inmortal.
Por suerte también, una noche su guardián se durmió. La pobre estrella consiguió soltar uno de sus brazos, luego el otro, luego una pierna, luego la otra. Entonces se deslizó sin ruido fuera de la cama, abrió una ventana, ató una de las sábanas al barrote, se envolvió en la otra, y bajó al jardín del hospital. El jardín estaba rodeado de tapias, pero estas tapias tenían espalderas; por ellas escaló las tapias, Una vez al otro lado del recinto mortuorio, la estrella echó a correr con todas sus fuerzas.
Como el hospital estaba puerta con puerta con el cementerio, creyeron que salía del cementerio, no del hospital, y en lugar de tomarla por un enfermo que escapaba la tomaron por un fantasma que se aparecía. La sábana en la que estaba envuelta ayudaba a confundirla. En lugar de detenerla, todo el mundo, incluso el centinela que vigilaba la puerta de la ciudad, se apartó y la dejó pasar.
-Ah, -exclamó ella-, si Jupiter quiere enviar a la tierra otro vendedor de salud que lo haga. Yo no volveré a aceptar. Y el Olimpo no fue informado sobre de este suceso.
Pero el sepulturero que había robado la caja de la estrella había comunicado a sus compañeros del contenido, y todos juntos, tras haber cavado un agujero enorme en forma de fosa en el cementerio, habían arrojado en él a la salud y luego la taparon con mucha tierra. De este modo nadie había aprovechado de la buena voluntad de Júpiter, salvo los Muertos. Por eso los muertos desde aquel tiempo se encuentran tan bien de salud.

images (3)La vendedora de larga vida

Mientras la vendedora de salud era llevada engañada al hospital, donde hubiera muerto si no hubiera sido inmortal, la cuarta estrella trataba de vender su mercancía en otro barrio de la ciudad, y gritaba:
-¿Quién quiere vivir largo tiempo? ¿Quién quiere vivir siempre? Comprad larga vida.
Ante esta oferta, toda la ciudad se puso patas arriba. Un rico banquero, que tenía casa en París, Francfort, Nueva York, Viena y Londres, ordenó a su agente de cambios actualizar la suma de millones que fuesen necesarios para comprar la caja solo para él. Los grandes señores llamaron a la guardia, a fin de impedir que los villanos pudieran comprar dicha mercadería. El clero se reunió. El arzobispo envió mensaje al Papa. El Papa respondió: “Los que compren larga vida deberán pagar un diezmo de un año por cada diez años que compren”. La cámara legislativa decretó que quien comprara larga vida pagaría el impuesto progresivo. El banquero fue con sus millones para comprar la caja completa, pero hubo un motín, le gritaron: “¡al acaparador!” y colgaron al banquero. Entonces el rey, que era un buen rey, abolió todos los monopolios propuestos, y declaró mediante edicto, que la larga vida se vendería públicamente ya que todos, menos los condenados a muerte, tenían derecho a comprarla. Entonces todos se acercaron a la estrella, con una mano llena de dinero y la otra vacía.
-Para mí, larga vida. Larga vida para mí. Para mí, para mí.
-A su servicio, señores y señoras -respondía la estrella-; pero ¿han hecho ustedes provisión de las mercancía que vendían mis tres hermanas?
-Y ¿qué vendían sus tres hermanas? -preguntaban los compradores, ansiosos por tener la preciada mercancía.
-La primera vendía ingenio.
-No lo hemos comprado.
-La segunda vendía virtud.
-No lo hemos comprado.
-La tercera vendía salud.
-No la hemos comprado.
-Entonces -respondió la vendedora de larga vida-, lo siento mucho, pero sin ingenio, sin virtud, y sin salud, la larga vida no tiene ningún valor.
Y la vendedora de larga vida volvió a cerrar su maleta, negándose a vender su mercancía a gente que no había tenido la inteligencia de comprar a sus hermanas. Cerrada la maleta, resultó que sin darse cuenta, había conservado una muestra de su mercancía en la mano. Era un pequeño cabo de larga vida. Había en él para tres siglos. La estrella vio a un loro que estaba en su alcándara y le preguntó:
-¿Has desayunado, Jacquot?
-No, Margó- respondió el loro.
La estrella se echó a reir y le alcanzó la muestra. El loro la comió hasta la última migaja. Por eso desde aquel tiempo los loros viven trescientos años.

images (3)La vendedora de honor

En ese momento la vendedora de larga vida, que miraba al papagayo masticando su muestra, oyó un gran tumulto; en medio de él distinguió estas palabras: “¡Honor! ¡Honor! ¿Quién quiere comprar honor?” Era la quinta estrella que hacía su entrada en la ciudad.
A este grito de “¡Honor! ¿Quién quiere comprar honor?”, todo el mundo decidió no comprar honor sino apoderarse de él, si era posible tenerlo por nada. Por consiguiente, se precipitaron sobre la pobre estrella, que, viéndose amenazada de aquella forma, abrió su caja y la sacudió. Cayeron miles de cosas: eran cruces, títulos, cintas, llaves de oro, charreteras. Todos se precipitaron sobre algún objeto y se lo llevaron corriendo, creyendo llevarse el honor, mientras que la hábil estrella no había dejado caer más que honores, cosa que no es lo mismo. El verdadero honor se había quedado en el fondo de la caja, tal como, la esperanza, había quedando en el fondo de la caja de Pandora. Por eso desde aquel tiempo es tan raro el honor, y tan comunes los honores.

images (3)La vendedora de placeres

En ese momento, llegó la sexta estrella, ofreciendo:
-¡Placeres…! ¿quién quiere comprar placeres?
Los que no habían tenido su parte de honores quisieron tener al menos placeres. Con sus  cruces en los ojales…, sus títulos en los bolsillos…, sus cintas en el cuello…, sus llaves de oro…, sus charreteras…avanzan también, los que habían obtenidos símbolos de honor, para obtener su parte en los placeres.  Pero resultó que abusaban de su fortuna; se les acusó de acumuladores, y hubo un motín. Arrancaron la caja de las manos de la estrella…, y otros a su vez las arrancaban de sus manos. En esta barahúnda la caja cayó al suelo, se rompió, y los placeres volaron a todas partes. Entonces ocurrió como en los bautizos de aldea cuando el padrino y la madrina arrojan al aire caramelos, y los chiquillos se precipitan para recogerlos. Solo que los caramelos eran placeres, y los chiquillos, la población entera de la ciudad. Resultó que en lugar de comprar el placer que le convenía, cada cual se quedó con el placer de su vecino, y fueron repartidos no según su conveniencia sino al azar. Las mujeres tenían la caza, los hombres las puntillas y los tirabuzones; los gotosos, la danza; los paralíticos, el paseo; los sordos, la música; los ciegos, la pintura; los viejos, el amor apasionado; las viejas, el amor plátonico; los niños, el whisky. Al ver esto, la estrella echó a correr a toda velocidad y escapó sin pedir su dinero. Por eso desde aquel tiempo están tan mal distribuidos los placeres.

images (3)La vendedora de dinero

Y cuando la pobre vendedora de placeres, que acababa de ver saquear tan desvergonzadamente su mercancía, hubo salido de la ciudad, se dio cuenta de que su séptima hermana, la que debía vender el dinero, se había desmayado en la cuneta que bordeaba la carretera general. La vendedora de placeres corrrió hacia ella, se sentó a su lado, le puso la cabeza en sus rodillas y la ayudó a respirar con unas sales. A duras penas, cuando la séptima estrella consiguió volver en sí, esto fue lo que contó:
-Apenas acababa de ver la ciudad, apenas tuve la imprudencia de decir lo que iba a vender en ella, apenas se supo que iba cargada de dinero, los hombres cayeron sobre mí, me despojaron y me dejaron por muerta como has visto.
-Pero ¿quiénes eran esos miserables? -preguntaron las demás estrellas que venían atrás-. ¿Eran bandidos? ¿Vagabundos? ¿Hombres muriéndose de hambre?
-Eran millonarios, hermanas mías -suspiró la séptima estrella.
Y cuando las siete estrellas hubieron ascendido nuevamente al cielo y hubieron contado al que les enviara cómo habían sido recibidas en este mundo, Júpiter frunció su terrible ceño. Pero Neptuno y Plutón se echaron a reír a carcajadas.
-Ya habíamos dicho nosotros, señor -exclamaron-, que habías tenido una idea muy rara. Y repitieron a coro: -Oh, qué idea más rara tuviste.   OLIMPO
Y Júpiter, a la postre fue de su misma opinión.

Alejandro Dumas ( padre)
(ver Pizarra Noticias)

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