El tren desaparecido

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(Primera parte)

La confesión que hizo Herbert de Lernac, quien actualmente se encuentra sentenciado a muerte en Marsella, ha arrojado luz sobre uno de los crímenes más misteriosos del siglo. Un hecho que, según mi parecer, no tiene precedente en la historia internacional del crimen. Los medios oficiales se muestran remisos a tratar el asunto. Por ello son muy pocos los informes entregados a la prensa. A pesar de esto, existen sospechas de que lo confesado por este gran criminal está basado en hechos reales, y de que hemos encontrado finalmente la solución al más increíble de los sucesos.
El hecho ocurrió ocho años atrás. Por entonces, una crisis política se apoderaba de la atención de la gente, lo que le restó algo de trascendencia a lo que nos ocupa. Expondré, para rescatar la importancia de lo sucedido, los hechos en la forma que los conocí. Comparé los diarios de Liverpool de aquella fecha, tanto como las actas de investigación sobre John Slater, el maquinista del tren, y los archivos del ferrocarril de Londres y la Costa Occidental, que me han sido facilitados amablemente por la compañía. Luego de resumirlos puedo manifestar que:
El día 3 de junio de 1890, un tal Monsieur Louis Caratal solicitó una audiencia con mister James Bland, superintendente de la estación central del ferrocarril en images (7)estaLiverpool. Era un hombre joven, no muy alto, de cabello negro, con la espalda encorvada por alguna deformidad de la columna. Venía en compañía de un amigo que poseía un robusto físico, pero que revelaba en las formas y modales que obedecía al otro. Este acompañante, quien no dijo su nombre, no cabía duda de que era extranjero, muy probablemente español o sudamericano, teniendo en cuenta su tez morena. Algo llamaba la atención: en su mano izquierda llevaba una carpeta de cuero negro, como las de los correos. Un auxiliar de las oficinas centrales, por cierto muy observador, se fijó que la carpeta estaba sujeta a la muñeca por una correa. Los sucesos posteriores demostraron la importancia que en su momento no se le dio a esta carpeta y su forma de sujetarla. Pasó Monsieur Caratal al despacho de mister Bland y el acompañante quedó a la espera.
El asunto de Monsieur Caratal fue ágilmente resuelto. Había llegado, aquella misma tarde, desde un país de Centroamérica. Tenía urgencia por llegar a París, ya que de su presencia pendían negocios de máxima importancia. Había perdido el expreso de Londres y necesitaba un tren especial que lo llevase. Aquello no era un problema de dinero, sino de tiempo. Pedía de la Compañía un tren. Él se haría cargo de las condiciones que ésta le exigiera.
Mister Bland haciendo sonar el timbre, llamó al director de tráfico, mister Potter Hood, y quedó así solucionado el asunto, en sólo cinco minutos. Tendría un tren en tres cuartos de hora. Ése era el tiempo necesario para que el andén estuviera libre. Así fue que engancharon dos coches a una gran locomotora comocida como Rochdale. Detrás, en un furgón iría el guarda. La locomotora destinada llevaba el número 247 según el registro de la Compañía. El primer vagón solo cumplía con la función de disminuir los vaivenes. El segundo, como era costumbre, estaba dividido en cuatro compartimentos: uno de primera, otro también de primera clase, pero para fumadores; el tercero de ellos de segunda clase y el último de segunda para fumadores. El primer compartimento, el de adelante, se destinó a los pasajeros, dejando así vacíos a los tres restantes. Fue jefe del tren James McPherson, quien tenía muchos años al servicio de la Compañía. Como fogonero: William Smith, quien era nuevo en esta actividad.
Una vez fuera del despacho del superintendente, Monsieur Caratal fue al encuentro de su acompañante. Ambos mostraron claramente que estaban impacientes por ponerse en marcha. Abonaron la totalidad del dinero que se estableció: un monto que ascendía a unas cincuenta libras con cinco chelines, tarifa correspondiente a los trenes especiales de cinco chelines por milla. Pidieron inmediatamente ser conducidos al vagón y una vez allí, se instalaron para aguardar el tiempo de partida. Se les confirmó que pasaría cerca de una hora hasta tener libre la vía para poder partir. Mientras tanto, en el despacho, del que acababa de salir Monsieur Caratal, sucedió una extraña coincidencia.
Que en un concurrido  centro comercial alguien pida un tren especial no es algo extraordinario; pero que en la misma tarde se solicitaran dos de esos servicios, ya salía de lo ordinario. Fue ésa, sin duda, la extraña coincidencia. Ni bien mister Bland hubo resuelto el asunto del primer interesado, se presentó en su despacho otro pasajero con igual solicitud. El nombre del segundo viajero era mister Horace Moore. Poseía un físico militar y un porte elegante. Éste se refirió a su esposa, quien padecía repentinamente una enfermedad de gravedad. Encontrábase su mujer en Londres. De allí su urgencia. Debía sin pérdida de tiempo alguna, ponerse en viaje. El grado de inquietud e impaciencia angustiante hizo que mister Bland complaciera de forma inmediata su deseo. Era díficil destinar un segundo “tren especial”. Ya con uno el servicio normal local se estaba complicando. Exístia la alternativa de que mister Moore aceptase costear una parte de los gastos del tren de Monsieur Caratal y éste, a su vez, admitiese a mister Moore en el compartimento vacío de primera clase, si es que no lo hacía en el mismo en que viajaba él con su acompañante. A simple vista resultaba una salida sencilla. Sin embargo, ante la sugerencia, realizada por Potter Hood, Monsieur Caratal se negó rotundamente, sin siquiera tomarse el tiempo para considerarlo. Según su criterio, el tren era suyo de forma exclusiva, y solo él dispondría del mismo. Fue así que, afligido, mister Horace Moore se retiró de la estación. La única posibilidad de viajar era abordando el tren ordinario que partía recién a las seis de Liverpool. A las cuatro y treinta y un minuto exactamente (según el reloj de la estación), el tren del jorobado Monsieur Caratal y su imponente acompañante hizo sonar el silbato que anunciaba su partida. Encontrábase la vía libre y por nada detendría su marcha hasta el destino final.
Hasta la ciudad de Manchester, los trenes del ferrocarril de Londres y la Costa Occidental ruedan por vías pertenecientes a otra Compañía. La ciudad de Manchester debía recibir al tren especial antes de la seis. A las seis y quince minutos, los empleados de Liverpool se desconciertan al recibir desde Manchester un aviso. El telegrama anunciaba que el tren no había llegado aún. Dicha noticia intranquiliza y sorprende a los funcionarios. Se resuelve consultar a St. Helens, localidad situada a un tercio de distantacia entre ambas ciudades. Laimages (8) respuesta fue la siguiente:
” A James Bland, superintendente, Central L. and WC, Liverpool.- El especial pasó por aquí a las 4,52 cumpliendo su horario. Dowser, St.Helens”.
Llegó este telegrama a las 6,40; y a las 6,50 se recibió desde Manchester un segundo aviso:
“Sin novedades del especial informado por ustedes”.
Y tan solo diez minutos después: un tercer telegrama, aún más alarmante:
“Presumimos algún error en horario anunciado para el especial. Arribo reciente del tren corto proveniente de St. Helens, sucesor del especial. No sabemos nada de éste último. Sírvase contestar. Manchester”.
El caso estaba tornándose cada vez más perturbador. Aún así, el último telegrama traía algo de tranquilidad a los directores de Liverpool. Éste daba por aguas la presunción de que algún accidente le hubiese ocurrido al tren especial, lo que bloquearía las vías y se haría a la vez evidente ante el tren corto.
¿Qué posibilidad existía? ¿Dónde se hallaría el tren especial? ¿Habría sido desviado por alguna razón ignorada para dar paso al tren más lento? Éste era un razonamiento posible. Tal vez algún desperfecto necesitaba ser reparado, motivando un desvío imprevisto. Se enviaron, a todas las estaciones medias entre St. Helens y Manchester, telegramas. Se apostaron junto al transmisor el superintendente y el director de tráfico. Una fuerte curiosidad los apresaba. Deseaban conocer con precisión lo que le había ocurrido al tren desaparecido.
Conforme al orden de emisión, las contestaciones fueron llegando. Esto es: desde St. Helens a Manchester:
“Tren Especial pasó por aquí a las 5. Collins Green”.
“Tren Especial pasó por aquí 5,5. Earlestown”.
“Tren Especial pasó por aquí 5,15. Newton”
“Tren Especial pasó por aquí 5,20. Kenyon-Empalme”.
“Ningún Tren Especial pasó por aquí. Barton Moss”.
-En los treinta años que llevo de servicio, nunca ha ocurrido cosa igual -exclamó mister Bland.
-¡Es asombroso e inexplicable, señor, esto no tiene precedentes! Algo debió ocurrirle al especial entre Kenyon-Empalme y Barton Moss.
-Si no recuerdo mal, no hay desvío de ningún tipo entre esas dos estaciones. ¡El especial se ha escapado de los rieles!
-Pero, ¿es posible que el tren común de las cuatro cincuenta, pasando por la misma vía, no lo haya visto?
-No existe otra alternativa, mister Hood. Debe de haber descarrilado. Existe la posibilidad de que el tren corto haya observado algo que pueda ayudarnos a develar el misterio. Telegrafiaremos a Manchester y pediremos informes más precisos. Procuraremos que de Kenyon-Empalme vayan a inspeccionar las vías hasta Barton Moss.
Desde Manchester la respuesta llegó sin demora:
“Sin noticias del especial desaparecido. No hay descarrilamiento según maquinista y jefe de tren corto. Nada en Kenyon-Empalme y Barton Moss. Vía, completamente libre, todo en normalidad. Manchester”.
-Ese maquinista y jefe de tren pronto se quedarán sin trabajo -exclamó enojado Mister Bland-. Ha descarrilado un tren y ni siquiera lo han notado. No hay duda alguna de que el especial descarriló sin estropear la vía, aunque no pueda explicarse el caso. No cabe duda de que ha ocurrido así y ya verá usted cómo pronto llegará desde Kenyon o de Barton Moss un telegrama notificándonos del hallazgo del especial desbarrancado.
Pero, díficil que la premonición de mister Bland fuera plasmable. Pasó así media hora y llegó, finalmente el mensaje enviado por el jefe de estación de Kenyon-Empalme:
“Sin señal del especial desaparecido.Seguros en lo absoluto de que pasó por aquí y no llegó  a Barton Moss. Con máquina desenganchada de tren mercancías jefe recorrió vías. Vías completamente libres. Sin rastro de accidente”.
Furioso y arrancándose los cabellos, Mister Bland exclamó:
-¡Ya parece una locura, Hood! ¿Es posible que en Inglaterra un tren se esfume a plena luz del día? Todo esto es ilógico. Locomotora, tender, dos coches, un furgón, cinco personas… y todo evaporado en la vía libre de un ferrocarril. Si no llega una noticia definitoria, iré yo en persona a recorrer los andenes en una hora. El inspector Collins deberá acompañarme.
Finalmente sucedió algo lógico. Otro telegrama de Kenyon-Empalme:
“Lamentamos mucho informar. Cadáver de John Slater, maquinista tren especial, encontrado en matorral a dos millas y cuarto del empalme. Caído de locomotora. Derrumbó barranco abajo. Descubierto en arbustos. Muerte de heridas en cabeza. Golpeado al caer y rodar. Inspeccionando terreno alrededores con cuidado. Sin rastros de tren”.
Como ya les he contado, el país se encontraba en plena crisis política. Esto desviaba la atención del público sobre las noticias de lo que sucedía en París, donde una agitación grandiosa ponía en jaque al gobierno y desacreditaba a muchos de los dirigentes de Francia. Era ése el tipo de noticias que plagaban las páginas de los periódicos. La extraña desaparición del tren incitó una atención menor que la que se le hubiera prestado en tiempos de calma. Por otra parte, los acontecimientos se presentaron de forma caricaturesca, lo que contribuyó a restarle importancia: los diarios no creían en los hechos por la forma en que eran descriptos. Pero más aún, uno de los periódicos de Londres se refirió sobre el asunto como una “ingeniosa” falsa noticia. Fue necesario el aporte de las investigaciones del juez sobre la muerte del maquinista para convencer al público de que se trataba de un incidente trágico. Valga aclarar que estas investigaciones no develaron nada trascendente.
Mister Bland, junto con el inspector y jefe de detectives de la Compañía, el señor Collins, fueron esa misma tarde a Kenyon-Empalme. Estuvieron todo ese día como el siguiente investigando. Solo se obtuvo un vago y contradictorio resultado. A la ausencia de rastros del tren desaparecido, se le sumaba la falta de pruebas que permitieran desarrollar hipótesis alguna. El informe oficial de la investigación del inspector Collins (del que poseo una copia junto a mí al momento de escribir estas líneas) demuestra que las probabilidades eran muchas más de las que se habían esperado. Dice el informe:
images (7)informe“En el tramo de andén entre las dos estaciones, abundan las explotaciones de carbón y las fundidoras de hierro. Algunas en marcha, otras abandonadas. Más de una docena de estas empresas poseen unas estrechas vías propias, para que las carretillas lleguen a la vía principal. Desde ya, quedan descartadas. Pero, otras siete cuentan, o lo han hecho, con líneas estándares, que llegan hasta la principal, y una vez allí se enlazan con ésta, permitiendo de este modo transportar sus producciones desde el ingreso hasta el destino en los centros de comercialización. Poseen todas esta líneas solo unas millas de extensión. De las siete, cuatro son de las abandonadas minas de carbón. Los nombres de estas empresas son: Redgaudet, Hero, Slough of Despond y Heartscase, esta última, mina que diez años atrás fuera una de las más importantes del Lancashire. Podemos, por otra parte, descartar de antemano estas cuatro líneas de investigación, ya que sus vías, en el tramo de unión a la principal, han sido removidas para evitar accidentes. Quedan finalmente tres líneas laterales. Arriban a los siguientes destinos: a- A Camstock, fundidora. b- A Big Ben, explotación de carbón. c- A Perseverance, mina también de carbón. La línea de la fundidora Camstock estuvo bloqueada por dieciséis vagones con hematíes todo el día tres de junio. Es una vía única, de forma que no pudo transitar nada por ella. En tanto, la tercera línea, la de la mina Perseverance, es muy transitada, es doble pues así lo requiere la intensa actividad productiva. Durante el día tres de junio el tránsito en ella fue el usual; cientos de hombres, una cuadrilla de peones del ferrocarril entre ellos, trabajaron en las dos millas y cuarto de vía que recorre el trayecto. Es impensable que un imprevisto tren pasara sin despertar la atención. En definitiva, se puede constatar el dato de que esta vía ramificada está más cerca de St. Helens que del sitio donde fue encontrado el cadáver del maquinista, por lo que es lógico creer que al momento del accidente, el tren hacía tiempo que ya había abandonado el lugar.
En cuanto al cuerpo del difunto señor John Slater, nada concluyente se puede inferir ni del aspecto ni de las heridas. La única afirmación válida es que halló la muerte al caer de la máquina. Aún así, no poseemos derecho alguno a formular con objetividad la razón que motivó la caída. Del mismo modo, no estamos en condiciones de opinar qué ocurrió con la máquina luego del accidente”.
Finalmente el inspector presentaba la renuncia. Estaba irritado, pues los diarios de Londres lo llamaban “incompetente”.
Durante un mes, tanto la policía como la Compañía ferroviaria continuaron con sus investigaciones. Un mes sin el más minúsculo logro. Como medida se ofreció una recompensa y el perdón si no se trataba de un crimen; nadie reclamó nada. La gente consultaba diariamente las noticias sobre el caso en busca de la revelación del caricaturesco misterio; pero las semanas corrieron sin que se hallara ningún tipo de explicación. A plena luz del día, en el lugar más poblado de Inglaterra, en una tarde de junio, como esfumado o convertido en gas por un habilidoso mago, un tren y sus ocupantes habían desaparecido. Sí, entre las varias conjeturas publicadas en los periódicos, las hubo de carácter sobrenatural o, al menos, maravilloso, en las que al deforme Monsieur Caratal se lo conocía con un nombre más grosero. Algunos afirmaban que el hechizo era obra de su acompañante moreno. Ninguno era capaz de sostener de cuáles medio se había valido.
Entre las incontables explicaciones publicadas por los diarios, o por los individuos particulares, hubo una o dos que se destacaron llamando la atención de los lectores. Una en The Times, firmada por un aficionado a la lógica, famoso por aquel entonces, trataba el problema desde una perspectiva analítica y cuasi científica. Abreviadamente paso a citar lo que el artículo señalaba:
“Un principio en el arte de razonar sostiene que una vez excluído del pensamietothe times lo imposible, queda de forma residual la verdad, por insostenible que parezca. Lo cierto es que el tren salió de Kenyon-Empalme. Es cierto también que a Barton Moss nunca llegó. Aunque casi improbable pero no por ello imposible, el tren fue desviado por una de las siete líneas laterales que allí existen. Es indiscutiblemente imposible que circulara el tren por una vía sin carriles, por lo tanto, quedan reducidas las probabilidades a las tres vías en uso: esto es la de las fundidoras de hierro Camstock, Perseverance y la mina Big Ben. ¿Hay alguna constancia de alguna sociedad secreta de mineros del carbón, o alguna riña tal como para destruir al tren y sus ocupantes? Eso por improbable no deja de ser posible. Manifiesto que no estoy capacitado para respaldar ninguna otra salida. Es mi consejo a la Compañía que reconcentre las energías en observar esas tres líneas y a sus trabajadores allí donde éstas terminan. Tal vez, examinar las casas de inquilinato de la zona devele hechos significativos”
Por proceder de una personalidad reconocida, tal sugerencia avivó el interés a la vez que despertó una frenética oposición en aquellos que consideraban una difamación absurda, en menoscabo de trabajadores honestos y decentes. La única refutación a esta censuras fue retarlas a formular y exponer en forma pública una hipótesis más probable. Esto incitó a que aparecieran otras dos en los números de los días siete y nueve de julio. La primera sugería que el tren hubiese descarrilado y luego desaparecido hundiéndose en el canal que corre paralelo a las vías en Lancashire y Stafforshire. Una vez hecho de público conocimiento la profundidad del canal, que no era suficiente para ocultar el volumen del tren, quedó totalmente desacreditada la hipótesis. El segundo reporte advertía sobre el equipaje de los viajeros. Bastaba solo una cartera; podría transportarse allí un novedoso explosivo, de una capacidad pulverizadora. Por lo evidentemente absurdo de pensar que un tren pulveridado no provocase ningún daño a las vías del ferrocarril, quedaba tal hipótesis satirizada. Las investigaciones no arribaban a ninguna solución cuando un nuevo e inesperado incidente tuvo lugar.

(continúa en próxima publicación)

Arthur Conan Doyle
(ver Pizarra Noticias)

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