El tren desaparecido

images (7)

(Segunda parte)

Aconteció, que la señora de McPherson, esposa del señor McPherson, jefe del tren especial desaparecido, recibió una carta de éste, fechada el 5 de julio de 1890. Había sido depositada en la estafeta de Nueva York y llegada a destino el 14 del mismo mes. En primera instancia se objetó la autenticidad de la misma, pero la señora McPherson corroboró que aquélla era la letra de su marido; además traía la suma de cien dólares en billetes de a cinco, suficiente dato para descartar la posibilidad de un engaño. No había remitente alguno. Rezaba la carta:
“Querida esposa mía: he dado vueltas al asunto y me es imposible renunciar a ti y a Elisita. Por más que lo intente no puedo apartarlas de mi cabeza. Te envío dinero para que lo cambies por veinte libras inglesas y con ellas paguéis el pasaje que hará que tú y Elisita crucen el Atlántico. Recomiendo los barcos de Hamburg, hacen escala en Southampton, son buenos y más baratos que los que parten de Liverpool. Al llegar alójense en la Johnston House, de este modo podré avisarles cómo nos encontramos. De momento tengo dificultades, me siento infeliz, no puedo renunciar a vosotras. Es todo por ahora, te ama, tu esposo, James McPherson”.
Durante un tiempo, se pensó que esto sin duda ayudaría a esclarecer por completo el caso, sobre todo porque fue obtenido el dato de que el barco de pasajeros Vistula, que pertenecía a la Hamburg New York, había zarpado el 7 de junio, y en él figuraba como pasejero un hombre muy parecido al jefe del tren desaparecido. La señora McPherson y Elisita Dalton, su hermana, embarcaron para Nueva York conforme a las instrucciones recibidas, y estuvieron tres semanas alojadas en la Johnston House, sin noticia alguna del desaparecido. Es muy probable que la prensa, con su habitual indiscreción, les hubiese advertido que se las estaba utilizando como cebo. Lo cierto es que nadie se comunicó con ellas y las mujeres debieron regresar a Liverpool.
No hubo cambio en el estado de las cosas hasta el año actual, 1898. Por inverosímil que suene, en ocho años no hubo la menor pista sobre la desaparición del tren. Todas la investigaciones sólo pudieron puntualizar que Monsieur Caratal era muy conocido en América Central como financista y agente político, y que en el transcurso de su viaje a Europa se había mostrado muy ansioso por arribar a París. images (73)mnbEn el registro de pasajeros figuraba el nombre de su acompañante: Eduardo Gómez. Este hombre tenía un violento pasado, y fama de pendenciero y bravucón. No obstante, también había pruebas de que su servicio  a los intereses de Monsieur Caratal no ofrecía mácula alguna. Su empleador, hombre de físico no muy privilegiado que digamos, lo usaba como custodio. Además de esto, de París llegaron algunos informes sobre los posibles objetivos del viaje apresurado de Monsieur Caratal.
En el anterior relato están condensados todos los hechos conocidos sobre este caso, hasta que los diarios de Marsella publicaron la confesión de Herbert de Lernac, quien está en la cárcel condenado a muerte por el asesinato de un comerciante de apellido Bonvalot. Transcribo aquí el documento:
“No son el orgullo o la presunción, los móviles para que yo publique estos datos. Podría relatar una docena de hazañas igualmente notables. Me mueve el objetivo de que ciertos personajes de París se enteren de que yo, hombre en plenas condiciones de informar sobre la muerte de Monsieur Caratal, también puedo decir quién fue el beneficiario y motor de este hecho, salvo que me llegue con rapidez el indulto. ¡Mediten, entonces, caballeros, antes de que para ustedes y para mí sea tarde! Ya me conocen de sobra, saben que soy rápido para la acción tanto como para la palabra. Si no se apuran, estarán perdidos.
No daré por ahora nombres. ¡Qué escándalo si los diera! Solo contaré la habilidad por mí evidenciada en el hecho. Como entonces fui fiel a quienes me utilizaron, espero que ellos lo sean ahora conmigo. Lo espero al punto que, salvo que me convenza de haber sido traicionado, guardaré para mí esos nombres cuya enunciación sacudiría Europa. Pero llegado ese día… bien, callo por ahora.
Sin dar rodeos mencionaré que en el año 1890, en París, tuvo lugar un gran escándalo con políticos y financistas. De su mangnitud verdadera solo supimos unos pocos. La honra y la carrera de muchos notables de Francia estaban en juego. Quien lea esto habrá visto sin duda un conjunto de nueve bolos de pie, firmes y alineados. De repente llega una bola desde lejos y, unos contra otros los bolos caen sin que haya escapatoria. Bueno, piensen que los bolos son hombres destacados de Francia y quien viene de lejos como una bola es Monsieur Caratal. Si llegaba a París, el efecto dominó con los bolos se produciría indefectiblemente. Por ello, no se le permitió que llegase.
No es que yo los inculpe de saber a ciencia cierta qué habría de suceder; como dije, no eran pequeños los intereses financieros y políticos que se hallaban en juego. Así, se formó una especie de sindicato para poner en movimiento la empresa, y hubo algunos que se suscribieron al mismo sin tener claro el verdadero objetivo. De los que sí lo tenían claro, no lo duden, no olvido los nombres. Ellos tuvieron noticias del viaje de Monsieur Caratal y de las pruebas que cargaba, funestas para ellos, mucho tiempo antes de que aquél se embarcara en América. El sindicato poseía una determinada suma de dinero, limitada por cierto, por lo que buscaron alguien capaz de administrar con eficacia su potencial. Este hombre no era fácil de elegir; debería ser resuelto, tener rapidez de decisión y adaptarse a cualquier situación. De esos hay uno en un millón, y acertaron :Herbert de Lernac es uno en un millón.
Era decisión mía la elección de mis subordinados y el manejo sin límite alguno del dinero que se me confió. Monsieur Caratal no debía llegar a París, ¡nunca! Antes de cumplirse una hora de recibidas las intrucciones, puse manos a la obra, y no se puede decir que mis medidas no hayan sido las mejores.
Sin demora envié a Sudamérica a un hombre de mi total confianza; su misión era acompañar en su viaje a Europa a Monsieur Caratal. Si ese hombre hubiese llegado en el tiempo previsto a su destino, el barco en que este señor viajaba jamás habría tocado Liverpool. Lamentablemente, había zarpado antes de que mi agente lograse alcanzarlo. Hice zarpar un pequeño bergantín bien armado, con el objeto de interceptar al buque, pero tampoco la suerte estuvo de mi lado. No obstante, como todos los organizadores  notables, yo sabía que el fracaso es una de las posibilidades, y tenía listas otras alternativas en la certeza de que alguna de ellas alcanzaría el éxito. Que nadie subestime las dificultades de mi empresa; que nadie crea que un simple asesinato hubiera sido suficiente. Destruir a Monsieur Caratal era solo una parte del asunto. También debían desaparecer susimages (10) acompañantes y los documentos, ya que éstos podrían haber sido comentados a aquéllos. Además, hay que tener en cuenta que ellos vivían en estado de alerta y permanente sospecha. En resumen, era una tarea digna de mí, ya que alcanzo el brillo pleno cuando se me oponen trabajos ante los cuales otros huirían de susto.
Bien, todo estaba dispuesto en Liverpool para la recepción a Monsieur Caratal. Mi ansiedad se justificaba ya que era dado creer que ese hombre había previsto disponer de una considerable guardia desde el momento en que llegase a Londres. Esto es, debía hacerse todo entre su arribo al muelle de Liverpool y su llegada a la estación terminal londinense del ferrocarril de Londres y la Costa Occidental. Seis proyectos fueron preparados. Cada uno más elaborado que el anterior. El uso de cada uno de ellos se adaptaría a la actitud del viajero, pero hiciera lo que hiciese, todo estaba previsto. Todo previsto, dije: daba lo mismo si tomaba un tren de línea común, si abordaba un expreso o si contrataba un tren especial. De cualquier modo le saldríamos al paso.
Como es de suponer, yo no lo podía hacer todo personalmente, y nada sabía de las líneas inglesas de ferrocarriles. Mas el dinero permite conseguir el agente ideal en cualquier parte del mundo, y así, logré subordinar a mí a uno de los más lúcidos cerebros de Inglaterra. Evito en lo posible citar nombres, pero también sería injusto llevarme todo el mérito. Este aliado inglés era digno de asociarse conmigo. Tenía un acabado conocimiento de la línea ferroviaria en cuestión, y a la vez, contaba con un grupo de despiertos trabajadores en los que confiaba ciegamente. La idea básica fue suya, y yo sólo puedo atribuirme algunos detalles. Procedimos a comprar a unos cuantos funcionarios del ferrocarril; James McPherson era el más importante. Dedujimos que si se trataba de trenes especiales él, seguramente, sería el jefe de tren. Smith, el fogonero, era otro que estaba a nuestras órdenes. Hubo una gestión con John Slater, maquinista, pero viendo que era un hombre obstinado y poco confiable, lo dejamos fuera del asunto. Carecíamos de la certeza de que Monsieur Caratal realmente contratara un tren especial, pero era altamente probable, ya que quería llegar a París cuanto antes. Nos preparamos entonces para hacer frente a esa posibilidad, y estos aprestos estaban listos hasta en sus remotos detalles mucho tiempo antes de que el vapor avistara las costas de Inglaterra. Tal vez hasta resulte divertido saber que uno de mis agentes iba en la lancha que guió al vapor hasta el sitio exacto en que tenía que anclar.
Desde que Caratal pisó Liverpool, sabíamos que estaba en alerta extrema. Su escolta no era un tipo fácil. El tal Gómez tenía armas y sabía usarlas. Era él quienfogonero cargaba los documentos confidenciales de Caratal, y estaba dispuesto a salvaguardarlos tanto como a su amo. Si nosotros calculábamos ya que Monsieur Caratal hubiese depositado su confianza en Gómez, no tendría sentido acabar con uno sin hacerlo con el otro. Su destino debía ser, necesariamente, el mismo, lo que se nos facilitaba ante la solicitud que hicieron de un tren especial. Demás esta decir que en dicho tren, dos de los tres empleados de la compañía eran agentes nuestros, y que lo que cobraron por ello les facilitaría independencia y confort por el resto de sus vidas. No diré que los ingleses puedan ser más honrados que los originarios de otro país; pero afirmo que para mí, siempre han resultado los más caros.
Bien, ya hable de mi agente inglés, hombre que tiene asegurado un gran porvenir, a menos que algún inesperado mal de garganta se lo lleve antes. Él tuvo a su cargo todas las medidas a tomar en Liverpool; yo, por mi parte, me ubiqué en el mesón del Empalme de Kenyon, a la espera de un mensaje cifrado para entrar en acción. Cuando se arregló lo del tren especial, mi agente me envió un telegrama para que tuviera todo el plan listo. Por su parte, él solicitó otro tren especial, y lo hizo bajo el nombre de Horace Moore. Confiaba en que le enviarían en el mismo tren que Monsieur Caratal. Su presencia allí era vital. Ante la eventual falla de nuestro golpe maestro, él se encargaría de bajar a ambos a tiros y hacer desaparecer los documentos. Mas Caratal estaba advertido, y se negó a compartir su tren en absoluto. Mi agente salió de la estación, volvió a entrar por otra puerta y se introdujo en el furgón por el lado opuesto al del andén. Así, pues, viajó con el jefe de tren McPherson.
Voy a tranquilizar a los lectores haciéndoles partícipes de cuanto yo había concebido, ya  dije que con varios días de anticipación, salvo los últimos detalles. La línea de desvió elegida por nosotros había estado en un tiempo conectada con la vía principal, pero esa conexión ya se había desestimado. Unos pocos rieles nos bastarían para restaurarla. Los colocamos con la máxima cautela, y solo restaba la unión con la vía maestra ajustando las agujas conforme a su disposición de otros tiempos. Las mismas nunca habían sido removidas y ellas, los rieles, bridas y remaches estaban todos listos, porque suplimos lo que faltaba tomándolo de un trecho abandonado en otra parte. Yo tenía mi cuadrilla de trabajadores, pocos, pero sumamente eficientes, así que todo estuvo listo mucho tiempo antes de que se divisara el tren especial. Cuando el tren llegó lo desviamos hacia la línea lateral con tal suavidad, que los viajeros no advirtieron la mínima vibración.
Nuestro plan era que el fogonero Smith durmiera con cloroformo a John Slater  y que éste desapareciera con los demás. Solo en este preciso punto fallaron images (7)nuestros planes; dejo de lado la criminal idiotez de McPherson y la carta escrita a su mujer. Nuestro fogonero fue tan torpe que Slater, en medio de los forcejeos, se cayó de la locomotora. Si bien la suerte nos fue favorable y el hombre se desnucó, no quiero obviar esa mancha en lo que podría haber sido una obra maestra, de ésas que se admiran y sólo nos permiten callar. El que sea especialista en crímenes podrá deducir que solo Slater constituye una mancha en nuestro admirable trabajo. Quien ha cosechado tantos éxitos como yo puede permitirse la sinceridad. Por eso reitero, sin tapujos, que Slater fue nuestra única falla.
Pero volvamos a nuestro tren especial ya ubicado dentre de la línea de dos kilómetros, o mejor, de una milla de largo, línea que conduce, o lo hacía en un tiempo, a la desierta mina de Heartscase, una de las más importantes en su momento. A alguno le asombrará que nadie viese pasar el tren por la línea abandonada. Les diré: esa línea corre de principio a fin por una profunda hondonada, y sólo quien estuviese en el borde de la misma podría verlo. Y quien estaba era yo, y por lo tanto diré ahora qué es lo que vi. Mi ayudante se había quedado al lado de las agujas para desviar el tren, junto a cuatro hombres armados. En caso de que el tren descarrilara, cosa probable merced al óxido de las agujas, tendríamos alternativas a las que apelar. Pero el tren siguió sin problemas, por lo que mi ayudante lo dejó todo en mis manos. Yo estaba junto a dos acompañantes, los tres armados, esperando en un punto desde el cual se veía la boca de la mina y como siempre, estaba listo para afrontar cualquier eventualidad.
Una vez que el tren ingresó en la vía lateral, el fogonero Smith disminuyó la velocidad, y luego volvió a poner a la locomotora en su máxima potencia. Pero tanto él como McPherson y mi colaborador inglés saltaron a tierra antes de que fuera tarde. Tal vez fue ese leve retardamiento de la marcha lo que alertó a los viajeros, a pesar de que cuando se asomaron a la ventanilla, el tren de nuevo corría a su máxima potencia. Y ahora, no puedo evitar sonreírme al pensar en el desconcierto que los habrá sobrecogido. Por un momento, imaginémoslos: sacan la cabeza por la ventanilla de un coche lujoso, y advierten que el tren se dispara por una vía raída, carcomida por el óxido, de un color musgoso por el abandono. ¡Qué palpitar extraño al comprender que aquella vía no daba a Manchester, sino a la muerte! Pero el tren alcanzaba una inaudita velocidad, bamboleándose sobre los podridos rieles, entre chirridos y vibraciones. Pasaron cerca de mí y me fue dado ver sus rostros. Caratal, según me dio la impresión, oraba, o por lo menos algo similar a un rosario colgaba de su mano. El otro, bramante, parecía un toro fiero que ha percibido el tufo de sangre del matadero. Como nos vio en lo alto de la hondonada, solo atinó a hacernos señas a lo loco. Sin tardar arrojó por la ventana su cartera de documentos en nuestra dirección. Su mensaje era claro. Teníamos las pruebas; si les perdonábamos la vida, ellos se comprometían a no hablar nunca. Habría sido grato concertar ese acuerdo, pero negocios son negocios. Y el tren ya no aceptaría el control de nada ni de nadie. El hombre dejóimages (11) de gritar cuando el zarandeado tren tomó la curva y ante sus ojos, como una negra fauce abierta, se presentó la boca de la mina. No tenía ni siquiera las tablas que otrora la cerraban ya que nosotros las habíamos quitado. En tiempo de actividad de la mina, los rieles llegaban hasta el montacargas, para facilitar el manipuleo del carbón. No tuvimos más que agregar dos o tres rieles para que la vía llegara al borde del pozo. Para ser precisos, como la longitud de esos carriles no era exacta, la línea se prolongaba más o menos tres pies hacia adentro mismo del círculo mortal. Pudimos ver dos cabezas asomadas a la ventanilla: la de Caratal era la de abajo, la de Gómez la de arriba. Pero en algo no había diferencia: los dos, mudos ante el espectáculo, no podían al mismo tiempo retirar sus cabezas, horriblemente fascinados por lo que veían.
Yo estaba intrigado por cómo caería en el pozo ese tren a rauda velocidad, y moría por ser testigo del espectáculo. La opinión de uno de mis colaboradores era que el tren saltaría y saldría por el lado opuesto. Y de hecho, eso casi ocurrió. Pero por fortuna para nosotros, no llegó a salvar todo el trayecto, y los paragolpes de la locomotora golpearon contre el borde contrario del hueco con un atronador ruido. La chimenea de la locomotora dio vueltas por el aire. El tender, los coches y el furgón quedaron igualmente aplastados, en un amasijo que unido al resto de la máquina, tapó por un momento la boca del pozo. Pero algo cedió en el centro de aquella masa y esa materia de hierros y carbón humeante, trozos de ruedas, madera y tapicería, se hundió retumbando hacia el fondo de la mina. Fue una serie de sonoros golpes y metálicos ruidos, no más que eso lo que produjo el entrechocar del bólido contra las paredes del pozo. Después, llegó un estruendo inenarrale. En el fondo del pozo habrá estallado la caldera, porque luego del trueno se alzaron nubes de vapor y humo, luego condensadas y caìdas sobre nossotros como un sorpresivo chaparrón. El vapor se fue disociando en pequeñas nubecitas que el sol se encargó de disolver. El silencio volvió a ser el rey en las entrañas de la mina de Heartscase.
images (14)El objetivo se había cumplido con encomiable éxito. Solo restaba partir sin dejar rastros. La pequeña cuadrilla a nuestro servicio, que había quedado en el lugar de la unión, había desconectado los rieles del desvío y todo ya estaba como antes. Nuestra tarea en la mina no fue menos eficiente. Arrojamos al fondo del hueco la chimenea y otros fragmentos que saltaron. Cubrimos la boca del pozo usando las mismas tablas de allí. Luego, sin apuro alguno pero también sin justificadas demoras, salimos del país. La mayoría de nosotros fue a París, mi colega inglés marchó a Manchester y McPherson se embarcó en Southampton rumbo  a Estados Unidos. Quien lea los periódicos de Inglaterra de ese tiempo comprobará la fina perfección de nuestro trabajo, la falta de pistas, y el desconcierto de la policía.
Recordarán que Gómez tiró su cartera por la ventana. Huelga decir que la tomé y se la entregué a mis empleadores. Quizá les interese a esos empleadores que me quedé con algunos irrelevantes documentos, tanto como para tener un recuerdo de semejante hazaña. No quiero publicarlos, es cierto, pero también es cierto que cada uno debe velar por sí. ¿Qué otra cosa me quedaría que divulgarlos si mis amigos no estuvieran cuando yo los necesito? Caballeros míos, estén persuadidos de que Herbert de Lernac es tan sobresaliente enemigo como fue amigo, y que no es un individuo que tome el camino de la guillotina sin hacer que ustedes tomen el presidio de nueva Caledonia.
Sería bueno pues, que se dieran prisa, y lo digo en vuestro propio interés, Monsieur de…, general…, y barón… (ustedes sabrán rellenar el espacio en blanco). Les aseguro que en una próxima edición no verán punto suspensivo alguno.
P.D: Releo mi exposición y compruebo que solo un detalle se me escapó: el del desgraciado McPherson, que tuvo la idiota idea de escribirle a su mujer, citándola en Nueva York. Es dable entender que dada la magnitud de intereses en juego, no podíamos dejar librada al azar la posibilidad de que ese hombre contara a una mujer cuanto sabía. De hecho, no podíamos confiar en McPherson luego de que él faltara a su juramento escribiendo a su mujer. Como es obvio, tomamos las medidas del caso y no hubo tal encuentro. Muchas veces pensé que sería un buen rasgo de amabilidad escribirle a esa mujer, y asegurarle que puede proceder, sin impedimento alguno, a contraer nuevo matrimonio”.crimenorganizado

Arthur Conan Doyle
(ver Pizarra Noticias)

volver a la portada

SELLOZZ

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s