El quirquincho que quería ser músico.

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Había una vez un quirquincho que vivía en un alto arenal de la cordillera. Ya tenía muchos años y siempre le había gustado la música. ¡Le gustaba más que nada en el mundo!
Por la noche escuchaba el silvido del viento entre los arbustos. Después, pegaba la oreja al suelo y oía el lejano tambor de las piedras, crujiendo por el frío. Más tarde, al amanecer, sentía el canto de los pájaros y se iba a dormir feliz, acunado por la música. Todas las madrugadas al cerrar los ojos, decía:
-¡Si yo pudiera cantar, sería el quirquincho más feliz de la tierra!
Las vicuñas, las llamas y sus compañeros quirquinchos se burlaban un poco de él:
-Vas a cantar el día que las lagartijas vuelen -le decían.
Pero él no se ofendía.
-Cuando alguien quiere tanto una cosa, termina por conseguirla -les contestaba-. Y yo siento que la música está en mi corazón.
Un día el quirquincho descansaba en el hueco de una roca cuando algo lo sobresaltó. ¡Era el sonido más hermoso que jamás hubiera soñado! Se asomó despacito para ver de dónde venía y descubrió a un viajero que cruzaba el arenal. Para acompañarse, el hombre soplaba un trozo de caña agujereada.
La melodía que salía de la caña inundó el alma del animalito y lo llenó de una inmensa emoción. Con lágrimas en sus ojos negros, siguió al caminante hasta que las patas cortas no le dieron más. Y aun así, se quedó escuchándolo hasta que se convirtió en una figura perdida en el horizonte.

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Todos los habitantes del arenal hablaban de un hombre muy sabio, llamado Sebastián Mamani, que vivía en un ranchito cerca de la aguada. Y hasta allí fue el quirquincho, para ver si podía hacer realidad su sueño de cantar melodías tan hermosas como las del viajero.
El hombre, que entendía el lenguaje de los animales, prestó mucha atención a sus palabras. Después pensó un rato y le dijo:
-Voy a cumplir tu sueño, pero no va a ser ahora. Va a ser cuando la Pachamama, nuestra Madre Tierra, te lleve con ella.
-¡Pero yo quiero que sea ahora! -protestó el quirquincho.
-Ya lo sé, mi amigo -dijo don Sebastián-. Pero, como bien decís, cuando alguien quiere tanto una cosa, termina por conseguirla, no importa en qué momento.
El quirquincho volvió a su arenal y pasó lo que le quedaba de vida soñando con el momento en que Sebastián Mamani cumpliera su promesa. Y cuando la Pachamama lo tomó en sus manos para acunar su corazón de animalito bueno, el hombre sabio vino a recoger lo que había quedado de él. Tomó su caparazón y, mientras cantaba una melodía misteriosa, le agregó madera y cinco pares de cuerdas.
-Ahora, amigo, ¡tu canto va a sonar para siempre en toda la tierra!
Y así fue como el quirquincho que quería ser músico se transformó en charango. Y, desde entonces, el sonido de su corazón acompaña las alegrías y las tristezasimages (2) de la gente del altiplano.

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