La tormenta

doctor

El viento sopla. La lluvia cae. Una poderosa tormenta dobla los árboles de la costa de Volsinia y retumba contra las laderas de las montañas Crimma. En la costa, los afilados dientes del mar Megalocridiano van ganando terreno, implacablemente, a los acantilados.
Cobijada por la bahía se encuentra la aldea de Luktrop, poco más de un centenar de casas, cuyos falsos cipreses intentan en vano defenderse de los vientos que llegan desde el océano. Cuatro o cinco callejuelas ascienden por las laderas, y más parecen un desfiladero que una calle, con guijarros por pavimento y cortadas por los escombros procedentes del cono en erupción que se divisa al fondo. El volcán Vanglor no está muy lejos. Durante el día, su caldera vomita grandes llamaradas. Visible desde una distancia de ciento cincuenta kertses, como si de un faro se tratara, el Vanglor sirve de indicador del puerto de Luktrop para los bajeles de la costa, para los felzane, los verley e incluso para los ligeros balanze cuyas proas surcan las heladas aguas del Megalocridiano.
En el extremo del pueblo, junto a un puñado de ruinas crimerias, se encuentra el barrio árabe: una casbah de muros encalados, techos abovedados y terrazas expuestas al sol. La Casbah se asemaja a un montón de cubos de piedra, de dados con bordes gastados por el tiempo.
luktropDe entre los edificios más egregios de Luktrop se destaca el Seis-Cuatro, una extraña construcción de tejado cuadrado, seis ventanas en la fachada y cuatro en la parte trasera. Un campanario domina el pueblo: la torre cuadrada de San Filifeno, cuyas campanas redoblan durante la tormenta. Cuando esto sucede los habitantes del pueblo se estremecen.
-¡Un mal presagio! -afirman.
Así es Luktrop. Más lejos, aunque no mucho, hay unas cuantas casuchas diseminadas alrededor de este núcleo, en medio de un paisaje de matojos y helechos, algo así como el de la Bretaña. Pero esto no es la Bretaña.
Alguien ha llamado discretamente a la puerta de la Seis-Cuatro, en la esquina izquierda de la calle Messagliere. En efecto, esta es una de las mejores casas del pueblo, si es posible utilizar tal palabra al hablar de Luktrop, y una de las más ricas, si se pudiera considerar como síntoma de riqueza poseer unos pocos miles de fretzers.
La llamada ha recibido como respuesta un gruñido salvaje, algo así como el aullido de un lobo. Por encima de la puerta de la Seis-Cuatro se ha abierto una ventana.

¡Vete al infierno quienquiera que seas! -exclama una voz malhumorada.
Una joven, tembloroa bajo la lluvia y envuelta en un chal hecho jirones, pregunta si se encuentra ahí el doctor Trifulgas.
-Tal vez sí, tal vez no. Depende.
-Vengo en nombre de mi padre. Se está muriendo.
-¿Dónde está?
-Cerca de Val Karniou, a unos cuatro kertses de aquí.
-¿Y cómo se llama?
-Vort Kartif.
Un tipo duro, el tal doctor Trifulgas, y no muy compasivo. Solo acepta visitar a los pacientes después de haber cobrado en metálico. El viejo Hurzof, el perrro del doctor, una mezcla de bulldog y de spaniel, posiblemente era mucho más amable. La Seis-Cuatro solo abre sus puertas a los ricos. Toda enfermedad tiene una tarifa prefijada: una para curar la fiebre tidoidea, otra para un resfriado, otra para una pericarditis u otras enfermedades que los doctores se inventan a docenas. Von Kartif es un hombre pobre, hijo de una familia pobre. ¿Por qué iba a molestarse el doctor Trifulgas, especialmente en una noche como esa?
-¡Sacarme de la cama ya le habría costado diez fretzers! -murmura y vuelve a tumbarse.
Unos veinte minutos después, se vuelve a oír la aldaba de hierro. Maldiciendo, el doctor sale de la cama por segunda vez y se asoma a la ventana.
-¿Quién vive? -exclama.
-Soy la esposa de Vort Kartief.
-¿Vort Kartief de de Val Karniou?
-Sí, y si se niega a venir, morirá.
-De acuerdo, entonces usted se quedará viuda.
-Aquí tengo veinte fretzers
-¿Veinte fretzers para ir hasta Val Karniou, a cuatro kertses?
-¡Por el amor de Dios!
-¡Váyase al infierno!
Y cerró la ventana de golpe. ¡Veinte fretzers!¡Menuda fortuna!
¡Arriesgarse a coger un resfriado por veinte fretzers, más aún cuando levolcán esperaban al día siguiente en Kiltreno para ocuparse de la gota del rico señor Edzingov, quien pagaba ciencuenta fretzers por visita!
Con aquella feliz perspectiva, el doctor Trifulgas se sume en un sueño más profundo que el anterior.
De súbito, al estruendo de la tormenta se une el de tres golpes en la puerta, esta vez con mano aún más firme. El doctor está adormilado. Se despierta, pero ¡menudo humor el suyo! Por la ventana abierta, la lluvia penetra como la ráfaga de una ametralladora.
-Vengo por lo de Vort Kartif…
-¡No y no!
-¡Soy su madre!
-¡Que su madre, su esposa y su hija se mueran con él!
-¡Ha tenido un ataque!
-¡Pues que se difienda!
-Nos han dado algo de dinero a cuenta de la casa; se la vamos a vender a Dontrup, el de la calle Messagliere. Pero  si no viene de inmediato, mi nieta se quedará sin abuelo, mi nuera se quedará sin marido y yo me quedaré sin hijo.
Oír la voz de aquella anciana es algo lamentable y terrible, como lo es imaginar que el viento le congela la sangre y que está calada hasta los huesos por la lluvia.
-¡Un ataque les costará doscientos fretzers!- responde el despiadado Trifulgas.
-¡Solo tenemos ciento veinte!
-¡Buenas noches!
Y, una vez más, la ventana vuelve a cerrarse.
No obstante, tras pensarlo detenidamente, concluye que ciento veinte fretzers por un paseo de una hora y media y media hora de visita equivale a unos sesenta fretzers por hora: un fretzer por minuto. Un beneficio escaso, pero nada desdeñable.
tormentaEn lugar de regresar a la cama, el doctor se viste con ropa de abrigo, se calza sus botas, se echa encima la capa de piel, se pone la capucha de lana y unos guantes gruesos. Deja encendida la lámpara junto al Códice, abierto por la página 197. Abre la puerta de la Seis-Cuatro y sale.
La anciana sigue ahí, apoyada sobre su bastón, desgastada por ochenta años de penurias.
-¿Los ciento veinte fretzers?
-Aquí…aquí Y que Dios los convieta en mil en su bolsillo.
-¡Dios! ¡El dinero de Dios! ¿Acaso alguien ha visto jamás el dinero de Dios?
El doctor lanza un silbido a Hurzof, cuelga una pequeña lámpara del morro de la bestia y coge la carretera que conduce hacia el mar.
¡Menudo temporal, cielo santo, menudo temporal! Las campanas de San Filifeno siguen repicando al viento: una mala señal. Pero el doctor Trifulgas no es hombre superticioso. De hecho, no cree en nada, ni siquiera en la ciencia. A excepción del beneficio que esta procura.
¡Menudo temporal! ¡Y menuda carretera! Guijarros y escombros, escombros y guijarros. Piedras resbaladizas a causa de las algas, escombros que se quiebran… No hay más luz que la que lleva Hurzof, tenue y titubeante. De vez en cuando, ven las llamas que saltan de la boca de Vanglor, donde parecen luchar entre sí varias siluetas pintorescas.
El doctor y la anciana siguen el recorrido de pequeñas ensenadas que conforman la costa. El mar parece blanco, lívido. La cresta fosforescente de las olas deslumbra la mirada, al tiempo que lanza puñados de refulgentes lombrices a la playa.
Ambos personajes siguen ascendiendo hasta que la carretera da un giro para entrar en las suaves dumas donde la retama y los juncos se enfrentan entre sí por obra del viento, chocando como si fueran bayonetas. Ahí se detiene la anciana, y con un dedo tembloroso señala una luz rojiza entre las sombras. La casa de Vort Kartif.
-¿Ahí? -pregunta el doctor.
-Sí -responde la mujer.
El perro aúlla.
De repente, el Vanglor se estremece como nunca. Un haz de llamas sube por los cielos, atravesando las nubes. El doctor Trifulgas se ve empujado hacia atrás.
Maldice como un alma en pena. Y, al instante, se pone en pie y mira a su alrededor, la anciana ya no está. Se la ha tragado la tierra, o ha desaparecido entre aquellas nubes que anuncian truenos y relámpagos. El perro sigue ahí, sentado sobre sus patas traseras, con la lámpara apagada aún en el hocico.
-¡Cobardes! -refunfuña el doctor Trigulgas.
El hombre, honesto, ha recibido sus ciento veinte fretzers: se siente en la obligación de ganárselos.
Aquel pequeño punto de luz está a una distancia de un medio kertse. La lámpara del moribundo… la lámpara del muerto tal vez… Ahí está su casa, tal y como le ha mostrado la anciana. No hay error posible.
El doctor Trifulgas se abre paso apresuradamente por entre el vendaval, la lluvia que cae con fuerza y aquella tormenta. Conforme avanza, la casa se divisa con más y más claridad, irguiéndose solitaria en pleno monte. Tiene un cierto aire a la casa del doctor, la Seis-Cuatro, en Luktrop. Las mismas ventanas en la fachada, la misma puerta estrecha de entrada…
El doctor Trifulgas se afana tanto como se lo permite el viento. La puerta está entreabierta, tan solo tiene que empujar. Empuja, entra y el viento la cierra de un portazo a su espalda.
Afuera, el perro Hurzof empieza a aullar de nuevo, deteniéndose a intervalos regulares, como un cantor entre los versículos de un salmo.
¡Qué extraño! Parece como si el doctor Trifulgas hubiera regresado a su propia casa. Con todo, está convencido de que no se ha perdido, de que no ha dado la vuelta. Se encuentra en Val Karniou, no en Luktrop. Aun así, el pasillo es el mismo, bajo y abovedado, advierte la misma escalera de caracol de madera, con un pesado pasamanos gastado por las palmas de tantas manos…
Sube por ella, LLega al descansillo. Un leve fulgor se advierte por debajo de la puerta del dormitorio.
¿Se debe a su propia imaginación? En aquella tímida luz reconoce su propia habitación, con el sofá amarillo a la derecha, el armario de madera de peral a la izquierda, el arcón con ribetes metálicos donde guardaría los ciento veinte fretzers… Ahí está el sofá con remedos de piel, y la mesa de patas arqueadas, y ahí, junto a una lámpara que se va apagando, su Códice abierto por la página 197.
-¿Qué me ha sucedido? -dice en voz baja.
El doctor Trifulgas tiene miedo. Sus ojos, abiertos de par en par, relucen, su cuerpo parece contraerse, menguar. Un sudor frío recorre toda su piel. Está temblando.
¡Debo darme prisa! La lámpara no tardará en apagarse por falta de aceite. Como la lámpara, el hombre enfermo se está muriendo.
Sí, ahí está la cama, su propia cama, rodeada por columnas, su cama con dosel y oculta tras unas gruesas cortinas. ¿Acaso puede ser esta la cama de un pobre? Con una mano temblorosa, el doctor Trifulgas corre las continas y mira al interior.
El moribundo, que asoma ligeramente la cabeza por las sábanas, yace casi inerte, como si ni siquiera fuera capaz de respirar. El doctor se inclina sobre él.
El grito del doctor Trifulgas es secundado, en el exterior, por un siniestro aullido.
El moribundo no es Vort Kartif: es el propio doctor Trifulgas. Ha sufrido una congestión pulmonar y un ataque de apoplejía le ha paralizado medio cuerpo.
Ha ido a visitarse a sí mismo, y ha sido por él por quien han pagado los ciento veinte fretzers. Él, que se había negado a sanar al moribundo; es él quien va a morir.
El doctor Trifulgas cree que está enloqueciendo. Se siente perdido sin remedio. Sus manos han dejado de obedecerle. Haciendo un esfuerzo sobre humano, logra recuperar el control.
¿Qué puede hacer?¿Disminuir la presión sanguínea practicándole una sangría al paciente? La menor duda acabará con el doctor Trifulgas.
Abre la bolsa, saca una aguja y la hunde en una de las venas del brazo del moribundo. Pero la sangre no mana. Con fuerza, frota el pecho del moribundo, y nota cómo sus propios latidos van ralentizándose. Quema los pies del moribundo con piedras al rojo vivo, y sus pies se vuelven tan fríos como el hielo.
El hombre en la cama intenta incorporarse, se esfuerza, y lanza un último grito…
Y el doctor Trifulgas, a pesar de todos los trucos que le ha enseñado la ciencia, cae muerto en sus propios brazos.
A la mañana siguiente, se encontró un cuerpo en la casa Seis-Cuatro; el del doctorcruz Trifulgas. Lo bañaron en cerveza, lo pusieron en un ataúd de madera y lo llevaron, con gran pompa, al cementerio de Luktrop, donde descansa junto a tantos otros.

Julio Verne
(ver Pizarra Noticias)

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