Tino

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Tino era hijo del guardabarrera. Era el menor de tres hermanos y estaba empezando la escuela. Todos los días tenía que recorrer seis kilómetros a pie desde su casa, que quedaba al costado del cruce de las vías con el camino de tierra. Para llegar a tiempo a clase tenía que levantarse de noche.
Esa madrugada la niebla apenas dejaba ver la huella. Recién había pasado la tranquera de la chacra de los Mieres y ya tenía mojada las alpargatas. Venía echando humito por la boca y con los puños apretados dentro de los bolsillos del abrigo de lana, por el frío.
De vez en cuando un sapo se le cruzaba saltando hacia los charcos del costado del camino.
descargaTino iba preocupado. El maestro Antonio lo había puesto a cargo de la bataraza clueca, que estaba empollando seis huevos en el gallinero de la escuela, y él tenía que ocuparse de darle de comer y de ponerle agua fresca todas la mañanas cuando llegaba y de cambiársela cuando se iba.
Todos los chicos de campo saben que los pollitos nacen a los veintinún días de empollados. Tino también lo sabía, pero no podía llevar bien la cuenta y no quería que el maestro se enterara. Él recién estaba empezando la escuela y no sabía contar hasta veintiuno.
A los seis años los chicos de campo saben muchas cosas, pero a leer y a contar tienen que aprender en la escuela. La mamá de Tino apenas sabía escribir su nombre y el papá siempre andaba engrasando las varillas de las señales, revisando el mecanismo de la barrera o arreglando los faroles de petróleo que anuncian a la noche, con su luz roja, que ahí hay un paso a nivel. Sus hermanos, ya grandes, trabajaban en el pueblo. Nadie en la casa le iba a enseñar.
Tino recordó que ayer el maestro había comentado que los pollitos podrían nacer entre hoy y mañana y apuró el paso. A él le había encargado alimentar a la gallina y nada más, pero si no ayudaba a los pollitos a salir del cascarón ¿cómo iba a asegurarse de que todos nacieran sin dificultad? Tino quería entregar los seis pollitos vivos y sanos, Tino quería que el maestro Antonio supiera que podía confiar en él, así como él confiaba ciegamente en su maestro.

-Eme a, ma. Eme a, ma: ¡mamá!, -repetía el coro. Tino miraba por la ventana a los gorriones que se peleaban en la copa del álamo del patio, pero pensaba en su gallina.
-¡Tino!
La voz grave del maestro Antonio llenó la única aula de la escuelita de campo. Tino se sobresaltó y se encontró con la mirada filosa del maestro. Los otros chicos se habían dado vuelta y también lo miraban.
-A ver, deletreáme esta palabra- dijo el maestro y señaló con el puntero una que estaba escrita en el pizarrón.
Se hizo un silencio largo. A Tino le gustaba la escuela por el maestro Antonio, ese hombrón con olor a tabaco y bigotes de manubrio. Donde el maestro se ponía a hablar con los chicos más grandes, Tino siempre estaba a su lado escuchando en silencio. A veces el maestro le ponía la mano en la cabeza y sin mirarlo les seguía hablando a los otros chicos. Entonces Tino sentía que se le hinchaba el pecho de orgullo.
Cuando sus hermanos se enfermaron de paperas, el maestro le dijo a su mamá que lo podía tener unos días en la casa de él para que no se contagiara. Y Tino fue. A la hora de la cena le pusieron un cajón de cerveza sobre la silla, para que alcanzara, y encima un almohadón. Había un mantel  blanco sobre la mesa y la mamá del maestro trajo la sopa. El papá del maestro cortó el pan y le alcanzó una rebanada. Tino tomó la sopa y después se comió el puchero en silencio, mirando a los demás que hablaban entre ellos. Las hermanas del maestro le sirvieron pastelitos dulces de postre. Al rato Tino estaba cabeceando de sueño y Carmen, la hermana mayor de Antonio, le dijo que se podía acostar si quería. Le habían preparado una cama en el cuarto del maestro. Tino se sentó en la cama y empezó a mirar el cuarto. Había un Cristo de bronce en la pared, un cuadro raro, una biblioteca grande y un escritorio. Al lado de la de él, estaba la cama del maestro. Trató de imaginarse al maestro Antonio con los ojos cerrados y durmiendo.
Antonio entró y le dijo que le iba a prestar un piyama, que aunque le quedara grande se lo pusiera lo mismo. Tino no sabía lo que era un piyama, ni que hubiera que vestirse para dormir. En su casa en verano se acostaba desnudo y en invierno se dejaba los calzoncillos y la camiseta. Ahora el maestro le estaba dando un piyama que era como un traje, con saco y pantalón. Antonio sacó tabaco para su pipa de su mesa de noche y salió nuevamente para el comedor. Tino se puso el piyama del maestro.
-¿Y? ¡Deletreáme esta palabra te digo!
La voz del maestro Antonio le pareció un rugido. ¿Estaba enojado el maestro? ¿Enojado con él?
-Eme a, ma. Eme a, ma: mamá.
-Está bien, sentate. Pero otra vez no te distraigas.
“Yo no estaba distraído, maestro -quiso decirle Tino- estaba pensando en la bataraza que no se apura y los pollitos son capaces de nacer cuando yo no esté y en una de ésas hasta se puede quedar alguno enredado con la cáscara y entonces…” pero no dijo nada.
Agachó la cabeza y se sentó.
El maestro miró su reloj. En la escuela no había campana.
-Bueno, ya es la hora del recreo. Vayan al patio.
Tino se escondió entre los chicos que salían. Si había algo que al maestro Antonio no le gustaba era que los alumnos se distrajeran en clase. A Tino no le importaba que su mamá le pegara algún chirlo de vez en cuando ni recibir algunos de los cintazos que el papá solía repartir cuando venía tarde del boliche, pero no podía soportar ver al maestro Antonio enojado y menos si el motivo del enojo era él.
Por eso prefirió salir escondido entre los chicos. Si el maestro no lo veía no se ibaimagesOIU a acordar que lo había pescado mirando por la ventana durante la hora de lectura.
-¡Tino!
La voz del maestro lo detuvo en seco, como si un lazo certero y tenso le hubiera ceñido las manos y los pies.
Los chicos salieron y Tino regresó con la cabeza gacha. No por vergüenza de su falta, sino porque no le quería ver la cara al maestro.
Sabía que estaba enojado. El maestro Antonio tendría esa mirada dura y seca y la boca llena de palabras ásperas. Otras veces había llamado por su nombre a algunos de los chicos en ese mismo tono de voz al salir al recreo, y él se había ido lejos para no escuchar. Ahora estaba ahí y tendría que oír esa voz de enojo y reproche. Tino quería hacer bien todo lo que el maestro le mandase. Tino quería que su maestro lo llamara por su nombre con dulzura y que estuviera siempre contento con él y le pusiera la mano en la cabeza.
Ahora el maestro había pronunciado su nombre y él se había quedado sin aliento.
Antonio le mostró un paquete.
-Tomá, te traje afrechillo para que les des a los pollitos cuando nazcan. Y no te preocupés tanto. Cuando llegue el momento nacerán y de ellos se va a ocupar la bataraza. Vos dejale cerca la comida y el agua y listo.
Tino levantó la cabeza y vio que el maestro le sonreía. El maestro Antonio no estaba enojado con él.
-Andá al patio a jugar, andá.
Cuando el maestro le puso la mano sobre la cabeza, Tino le abrazó las piernas con fuerza, le hundió la nariz en los pantalones por un instante, y luego salió corriendo al patio.

imagesA la mañana siguiente el maestro Antonio se levantó muy temprano como de costumbre, desayunó y ensilló el overo para ir a la escuela. Cuando llegó encontró a la mamá de Tino que lo estaba esperando, sentada en el sulky. Tino no había pasado la noche en su casa y la mamá pensó que podía haber ido a la del maestro. Antonio intentó calmarla diciéndolo que se trataría de alguna travesura de muchacho y que seguramente se habría quedado en la casa de algún compañero. Antonio trataba de evitar que la mamá de Tino notara su preocupación. Un chico de campo no se piede, pero podría haberle ocurrido un accidente.
El maestro abrió la puerta de la escuela. Esperaría que viniera alguno de los muchachos más grandes y lo dejaría a cargo, así él podría ir a buscar a Tino por las chacras de los alrededores.
Antonio entró en la única aula de la escuelita seguido por la mamá de su alumno, que a duras penas lograba contener las lágrimas.
Un pío-pío bajito los recibió.
-¡Nacieron! -dijo el maestro y fue derechito al gallinero. La puerta estaba abierta. images (1)La bataraza con sus seis pollitos andaba picoteando el afrechillo desparramado en el piso. A un costado del nido abandonado, tapado con dos bolsas y un cuero de oveja, estaba Tino dormido.

Aldo Tulián
(ver Pizarra Noticias)

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