El estornudo del Unicornio

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Había una vez un olivar de diecisiete olivos.
Y la misma vez, había un Unicornio que vivía en ese olivar.
Y una Anfisbena.
El Unicornio tenía un hermoso cuerno de tres colores (él sabía que era hermoso porue se lo había dicho la Anfisbena).
La Anfisbena era una serpiente de dos cabezas. Una donde casi siempre está la cabeza y otra donde casi siempre está la cola.
-¡Es el cuerno más feo que vi en mi vida! – dijo una mañana la Anfisbena con voz agria.
UNICORNIOEl Unicornio, que la conocía desde chiquita, sabía que cuanto más le gustaba algo más lo criticaba. Esa mañana no paraba de elogiarlo.
-¡Sos el Unicornio más aburrido que conozco! ¡Sos el Unicornio más tonto que conozco! ¡Sos bobo y aplastado! ¡Este olivar me tiene harta! ¡Aquí nunca pasa nada!
Y por último, se desenroscó de la rama y con la voz más agria que de costumbre dijo:
-¡Me voy!
Y se fue.
El Unicornio que la conocía bien, pensó que la Anfisbena se habría despertado de mal humor y que iba a volver.
Pero pasaron los días.
Pasaron las noches.
Pasó una semana.
Pasaron dos.
Y la Anfisbena no había vuelto al olivar de diecisiete olivos.
No volvería nunca más.
Cuando el Unicornio se dio cuenta de que no había nadie más que él en todo el olivar de deciecisiete olivos, se sintió tan solo, tan triste, que empezó a comer para matar elanfisbena tiempo.
¿De qué le servía tener un hermoso cuerno de tres colores si no había nadie a quien mostrárselo? ¿De qué le servía tener las crines tan amarillas y el pelo tan blanco si no había nadie para distinguir los colores?
Le había llegado toda la tristeza de golpe, como si se la hubieran tirado con un balde. Y hambre. La tristeza le daba hambre.
Se comió las aceitunas verdes, las aceitunas negras, las hojas, las ramitas y todo lo que encontró.
En pocos días el olivar de dieciecisiete olivos se había transformado en una arboleda de ramas peladas. Y él seguía estando tan solo y tan triste como antes, pero más gordo.
Muchísimo más gordo.Su cuerno estaba perdido en una enorme cabezota de rinoceronte blanco y tenía la barriga verde de tanto arrastrarla por el suelo.
Igualmente, un buen día no aguantó y largó todas las lagrimas que había venido juntando. ¡Litros y litros de lágrimas lloró!
Un barrial.
Cuando quiso acordarse estaba hundido hasta las rodillas. Humedecido. Neblinoso. Empañado. Con la visibilidad nula. Como en el medio de una tormenta. Todo concentrado en seguir llorando.
Por eso no vio al Hipogrifo que llegaba desde el aire.
No lo vio, pero lo sintió. Porque el Hipogrifo estaba aterrizando igual que un aeroplano. Las alas de grifo completamente desplegadas y las cuatro patas de caballo listas para tocar tierra.
Claro que no tocó tierra. Tocó barro.
Apenas sus cuatro patas de caballo tocaron barro empezaron a patinar y a patinar y a patinar hasta estrellarse contre el Unicornio.
Quedaron los dos enredados en una mezcla de patas, cuerno, colas, alas y barro.
El Unicornio no quería por nada del mundo que lo vieran así de llorado como estaba. Pensó en correr y esconderse. Aunque no pudo por dos claros y evidentes motivos:
1) Estaba muy gordo como para poder correr.
2) No tenía dónde esconderse. Los olivos no eran más que unos flacos tronquitos.
No tuvo más remedio que saludar al Hipogrifo. Pero estaba tan aturdido por el golpe y emocionado por la visita que se largó a llorar otra vez.
-¡Bienvenido a mi olivar! – le dijo entre mocos y lágrimas.
hipogrifoEl Hipogrifo, mientras se sacudía el barro, le preguntó:
-¿Siempre son así las bienvenidas?
-No, no siempre. Es que estaba llorando y se me hizo un poco de barro y vos patinaste y…
-¿Y por qué llorabas? -volvió a preguntar el Hipogrifo.
– Porque estaba triste.
-¿Y por qué estabas triste?
– Porque estaba solo.
– ¿Y por qué estabas solo?
– Porque la Anfisbena se fue y me dejó.
– ¿Y por qué se fue?
El Unicornio ya estaba por contestarle cuando se acordó de que era un Hipogrifo. Y él sabía bien que los Hipogrifos recién nacidos son muy preguntones. Nunca se cansan de preguntar. Así que se apuró y le preguntó él.
– ¿Vos sos un Hipogrifo recién nacido?
– Sí -dijo el Hipogrifo-. Es mi primer vuelo. Vi tu olivar desde el aire y pensé que era un buen lugar para vivir.
El Unicornio sintió una felicidad amplia como una llanura.
-¡Es perfecto! – le dijo. Y empezó a mostrarle uno por uno los diecisiete olivos.
-¿Qué le pasó a tu olivar? -preguntó el Hipogrifo.
-Me lo comí -dijo el Unicornio con un poco de vergüenza.
– ¿Y por qué te lo comiste?
-Porque estaba triste.
– ¿Y por qué estabas triste?
A medida que recorrían el olivar y el Unicornio contestaba a cada una de sus preguntas, el Hipogrifo no dejaba de sacudir las enormes alas de grifo. En ese preciso momento el Unicornio tuvo la desgracia de descubrir que era alérgico a las plumas.
Desde ese día no paró de estornudar.
No se animó a decírselo al Hipogrifo por miedo a que se fuera y lo dejara solo.
Tampoco se animó a decirle que aleteaba dormido y que el viento que levantaba le enfriaba el pecho.
No. Prefirió vivir engripado.
Con el tiempo entendió que el Hipogrifo, las plumas, la alergia, el aleteo nocturno, la gripe, todo cabía perfectamente en su felicidad amplia como una llanura.
Todas las tardes trotaban juntos y el Hipogrifo seguía con sus interminables preguntas. El Unicornio le contestaba las cien primeras. A la ciento una se leimages (71) terminaba la paciencia y se quedaba mudo como un tapial.
Algunas mañanas, bien temprano, el Hipogrifo salía a estirar las alas. Volaba lejos más allá del olivar.
El Unicornio lo acompañaba trotando hasta el borde de los acantilados, donde la tierra parecía partida por un hachazo y la playa se veía muy honda en el fondo.
El Hipogrifo iba más lejos. Volaba sobre el mar, cruzaba gaviotas y sirenas y después volvía con gusto a sal en las alas.
Por las noches el Unicornio inventaba canciones de cuna. Y en todas, estrofa de por medio, cantaba un estornudo.876

Sandra Siemens
(ver Pizarra Noticias)

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