Los retratos

4 camellos

Les voy a contar.
A mamá no le gustan los retratos del abuelo.
-No son alegres… Si pintara rosas…
A papá no le gustan los retratos del abuelo.
-Son una pesadilla… Cubren toda la pared.
A mi hermana Clara, que tiene quince años, no le gustan los retratos del abuelo.
-Por favor, son tan antiguos…
Yo soy Rodrigo, y me gustan los retratos del abuelo.
Me gustan una barbaridad.
No exagero si les digo que estuve mirándolos casi toda una noche con la luz apagada. Mamá me encontró porque anduvo por la casa persiguiendo a un gato chiquito que maullaba detrás de las puertas. Encendió la luz y cuando me vio por poco se cae de espaldas.
-¿Qué hacés aquí, Rodrigo?
Le contesté tranquilamente
-Estoy mirando los retratos del abuelo.
-Cuadros -me corrigió- y lanzó una exclamación.
Entonces vino papá. Siempre que mamá lanza una exclamación aparece papá.
-Oí lo que dice este chico. Dice que estuvo mirando estos benditos cuadros con la luz apagada. ¿Lo podés entender?
Y antes de que papá contestara, agregó algo que yo sabía que iba a decir:
-Tiene fiebre; seguro que tiene fiebre.
images (7)Pude haber dicho que me sentía bien y que soy capaz de mirar los retratos con la luz apagada, pero igual me iban a poner el termómetro. Seguí mirando los retratos.
El dragón es fabuloso. No sé por qué me gusta tanto. Es un dragón rojo con escamas plateadas y está luchando con la noche. Echa fuego por la boca y le gustaría quemar las estrellas. Pobre dragón. Las estrellas están muy altas en el cielo y él no tiene alas.
Un día le pedí al abuelo:
-Pintale alas. ¿No ves que está desesperado?
El abuelo movió la cabeza y dijo: NO
-Las estrellas son los ojos de la noche. Intocables.
Y dejó el dragón rabioso que se las arreglara solo. También me gusta mucho el retrato de los camellos. Son cuatro camellos azules que cruzan el desierto. Caminan unidos por una hierba verde muy larga. Parecen iguales pero sus miradas son distintas. El primero está contento, el segundo triste, el tercero muy dichoso y el cuarto asombrado.
-¡Bravo! -dijo el abuelo cuando se lo observé-. Los que saben ver tienen ojos diferentes.
El retrato de los espadachines está más arriba. Visten blusas de terciopelo verde, cuellos con puntillas blancas y aunque brillan sus espadas, no pelean. Eso no lo encontré muy lógico. Se lo dije al abuelo.
-¿Para qué les pusiste espadas?
-Porque son espadachines tienen que tener espadas.
-¡Entonces tienen que pelear!
Ahí el abuelo se enojó.
-Yo usé espada y jamás peleé. ¡Caramba!
Otro retrato que me fascina es el del tigre de la Malasia. Es un tigre feroz, con filosos colmillos, oculto en la jungla. Sobre el lomo lleva un pájaro cantando.
¿Y el del espantapájaros en medio del trigal? El abuelo asegura que no espanta pájaros, pero eso es mejor no decirlo porque todo el mundo cree que los espantapájaros tienen ese trabajo que cumplir.
Es verdad, el abuelo no cree mucho en los trabajos que aburren, y se pasa el día pintando. Algún día recibirá un gran premio.
No quiero cansarlos mucho hablándoles de los retratos, pero hay otro que tambiénrodrigo me enloquece: es el de Don Quijote y Sancho Panza. Don Quijote encuentra a un gigante y Sancho Panza acaricia a un burro; y yo estaba justamente admirando al burro, que tiene orejas cortas y por eso no me parecía tan burro, cuando sucedió lo que sucedió.
Eran las tres de la tarde y la casa estaba en profundo silencio. Oí unos pasos. Se acercaron por detrás de la pared de los retratos y se detuvieron. Me quedé quieto sobre el sillón del abuelo, entre almohadones, esperando. No era costumbre oír pasos a esa hora recorriendo la pared de los retratos. Cuando creí que se habían ido, volvieron a oírse: Tac, tac, tac.
Sentí un poco de miedo, les confieso.
Miré el dragón: seguía echando fuego a las estrellas; Don Quijote sonreía; sobre el tigre de la Malasia el pájaro cantaba.
Los pasos volvieron. Tac, tac, tac. Y sonó un golpe, un golpe brutal, como un mazazo. ¡Y los retratos temblaron!
Iba a gritar pero no tuve tiempo. LLegó el segundo golpe; los retratos cayeron y el dragón, los espadachines, los camellos, el espantapájaros, el tigre de la Malasia, Don Quijote y Sancho Panza escaparon de sus marcos.
No supe que hacer, me tapé un poco con los almohadones cuando crujieron las escamas del dragón contra el baúl donde el abuelo guarda un mono embalsamado, papeles viejos y un ancla.
Mientras tanto, el dragón escupía fuego frente al tigre de la Malasia que se disponía a atacarlo, el pájaro ya no cantaba y, muy asustado, busqué con los ojos a images (8)Don Quijote y a Sancho Panza. Don Quijote parecía no darse cuenta de nada y Sancho Panza le daba de comer al burro una de las flores que mamá había cortado por la mañana.
Al advertir el dragón que el tigre iba a atacarlo, sacó su lengua venenosa. El tigre saltó rugiendo sobre la cama.
Y los espadachines, ¿por qué no peleaban?
Yo sabía que el dragón tenía un punto débil. Les grité:
-¡Espadachines, peleen! ¡Tienen que darle en la escama novecientos diez, contando desde la punta de la cresta!
Era díficil que acertaran, pero los espadachines corrieron. A la luz del sol las espadas eran rayos y hubieran matado al dragón si el tigre no acorrala al más delgado.
-¡Atrás, atrás! -grite-. ¡Atrás, tigre, vuelve a tu jungla de la Malasia!
El tigre rugió ferozmente y por suerte vino en mi ayuda el espadachín más gordo. La fiera retrocedió ante los pases de su espada.
-¡Bravo, bien, seguí!
¡Qué espadachín valiente, y el abuelo decía que no peleaban!
En ese momento otro ruido espantoso se oyó en la pared de los retratos, justo cuando la lengua venenosa del dragón cortaba la hierba verde de los camellos. Liberados, saltaron por la ventana.
-¡Se van, hay que sujetarlos!
Nadie me oyó. Ahora el dragón venía a atacarme y el espadachín tenía la espadaimages (12) rota. No había salvación. El dragón que no había podido alcanzar las estrellas me atraparía en un segundo.
Cerré los ojos, apreté los puños y lancé un grito.
Por suerte, apareció mamá.
-¡Qué barbaridad! -exclamó-. ¡Los obreros que están demoliendo la casa de al lado tiraron todos los cuadros!
Quise explicarle lo que había sucedido, que no habían sido los obreros. Como de costumbre, al oír las exclamaciones de mamá vino papá y fue a buscar a los camellos que habían caído al jardín.
Cuando volvió, me atreví a decirles:
-Escuchen, tienen que creerme. ¡El dragón y el tigre corrieron por este cuarto! ¡El tigre y el dragón quisieron atacarme pero los espadachines me salvaron! ¡Son bárbaros!
¡Para qué lo abré dicho? Me pusieron el termómetro, me mandaron a la cama y lo peor de todo… ¡es que el abuelo no está aquí para salvarme!
Se fue a Australia a pintar un canguro que salta en seis patas.
Mamá se extraña de que yo no tenga fiebre. Papá está poniendo en orden los retratos. Aunque le parezcan un desastre, siempre dice que al abuelo hay que respetarlo.
Pero yo tengo que contarle a alguien lo que pasó, y que me crea. Si quieren , se lo cuento de nuevo a ustedes. ¿Se acuerdan? Eran las tres de la tarde y oí pasos…images (10)

Susana Gesumaría
(sin información)

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