El ruiseñor Garganta Rubí

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Hubo una vez en la antigua China un ruiseñor Garganta Rubí que cantaba tan pero tan bien, que los demás pájaros -llenos de envidia y celos- empezaron a hacerle el vacío y quejarse de él.
-No es que sea un mal pájaro -dijo uno de altivo copete sino que sus trinos son tan agudos que me taladran los oídos…
-Yo la otra noche no pude dormir de dolor -agregó otro-. Los oídos llegaron a zumbarme.
-¿Y a mí? -intervino el tercero-; ah, la cabeza me estallaba.
El ruiseñor Garganta Rubí escuchaba porque las voces sobrepasaban sus trinos, pero no dijo nada.
Los pájaros levantaron vuelo y se reunieron un poco más allá en la espesura del bosque.
-No canta mal; lo que me molesta -opinó un ave toda negra- no es su canto porque después de todo cada uno canta como puede -y rió con una risita chillona- sino su tremenda vanidad: se cree el mejor…
-Eso es fastidioso e indignante.
-Lo que me da más rabia: es un pájaro sin problemas, siempre cantando…
Como si adivinara a la distancia lo que acababan de decir, el ruiseñor Garganta Rubí elevó aún más su canto. Hacía muy poco que había perdido a su querida esposa. Sus pichones, ley de la vida, partieron lejos, a formar nido propio. Y la última tormenta casi voló el nido que quedó bastante deteriorado.
-Yo, el otro día tuve un encuentro con un gato grande como un tigre -relató uno de los presentes-. ¡Me salvé por una pluma!
¿Y yo que casi caigo prisionero en una jaula?… ¡Me salvé por milagro!…
-Y él, de lo más tranquilo.
-Es un indiferente. Un egoísta.
-¡Un mimado de la fortuna y de los dioses!
-En fin… creo que sin él, nosotros viviríamos más felices…
-Claro. Pero resulta que vive aquí, en este bosque.
-Es vecino. Antiguo vecino.
images (2)-Hay que aguantarlo.
-Aguantarle el canto.
-¡Y la prepotencia!
Y decidieron ir a quejarse al Emperador.
El Emperador nunca había recibido embajada más bulliciosa. El gong del palacio los llamó al silencio. Y costó bastante hacerles entender que debían hablar de a uno, esperar venia y turno y no interrumpir.
El Emperador los escuchó.
-¿Y bien? ¿Qué esperan de mí?
-Oh, como esperar, nada, dignísimo señor. Sólo que tal vez una orden…
-Un llamado al orden…
-Que se le prohiba cantar…¡aunque sea por un tiempo!
Un par de meses después los pájaros volvieron desesperados.
-¡Ilustrísimo señor! Por favor, ordena que el ruiseñor Garganta Rubí vuelva a cantar.
-¿Por qué?  ¿Acaso no les aturdía los oídos?
-En realidad exageramos un poco, señor.
-¿No era vanidoso, egoísta, indiferente?
-Y… quién más , quién menos, como todos los pájaros, señor.
-¿Y qué pasa ahora?
-Pasa que… sin cantar el ruiseñor Garganta Rubí se está dejando morir…
-Lo que pretende es cargar su muerte sobre nuestra conciencia. Eso no es justo, señor.
-Entonces…¡que el ruiseñor Garganta Rubí haga su voluntad!
Y fueron despedidos con un gesto.
Tan atolondrados salieron que algunos se enredaron en las cortinas, otro cayó en un pebetero y un tercero se perdió en el camino.
Regresaron al bosque donde el ruiseñor Garganta Rubí permanecía mudo e inmóvil.
-¡Atentar contra la propia vida es muy pero muy malo!, le reprendieron.
-Come una hoja de lechuga y un poco de alpiste, amigo.
-Ya no existe prohibición alguna. ¡Canta todo lo que quieras!
Cuchicheban entre ellos:
-Qué pájaro tan raro…
Y el ruiseñor Garganta Rubí, los ojos y la garganta llenos de lágrimas, empezó a cantar. Y su canto fue sublime.
El Emperador que lo escuchaba desde los jardines del palacio, comentó:
-Qué maravilloso don el del artista: ¡poder transformar los pesares en canto!images

Eugenia Calny

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SELLOZZEUGENIA CALNY

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