Los días del gato.

PRESENTACION

Hay una cantidad de ideas primarias y superficiales sobre los animales. Los humanos ni siquiera respecto de los animales con quienes conviven suelen tener una percepción sensata de lo que ven. Por ejemplo, se cree que están movidos sólo por su afán de alimentarse y por sus otros institntos básicos. Bigote, como cualquier persona, come sólo bajo condiciones rigurosas. Si le ofrezco leche en un recipiente que no ha sido bien lavado, de modo que quedan residuos de olores agrios de leches pasadas, simplemente se aleja disgustado o se vuelve a mirarme como diciendo: -¿Por quién me tomas?
Le gusta la alcachofa, por ejemplo. Y, según dicen, los felinos son carnívoros solamente. Casi no come carne Bigote. Le encanta el zapallo y la papa hervidos simplemente. Nos sigue en nuestros gustos. Y es sumamente sobrio, come poco. La única vez que lo veo perder toda honorabilidad en relación con sus alimentos es cuando huele pescado. Se vuelve insoportable, maúlla sin parar. Con la cola parada, ensaya toda clase de seducciones al principio: encorva el lomo y rodea las piernas de Rosalía, nuestra empleada, le conversa en tono confidencial y cargado al murmullo. Pero va subiendo de volumen cuando ve que no hay premio para sus habilidades. Rosalía suele sacarlo de la cocina y clausurar puertas. Por la mampara de vidrio se le ve la cara desolada y la boca rosada y abierta llamando, rogando su porción de pescado. Cuando la indiferencia continúa, para ver hasta dónde llegan sus reacciones, apoya sus manos en el vidrio y comienza un extraño pedaleo a grito pelado. Ahí lo llamamos “el pedalero de Macul” (Macul es el barrio donde vivimos). A estas alturas Rosalía no puede más, su corazón maternal no soporta seguir tratando así a Bigote. Y la primera fritura de pescado es para él. Ella elije la mejor porción, sin espinas. -Total es poquito- me dice. Pero con ese cuento lo mejor de todo va a parar en el paladar sibarita de Bigote. Porque igual ocurre con quesos, alfajores, pan de pascua, turrones, chocolates, filetes. -Total es poquito.
He visto a Rosalía hornear unas empanaditas pequeñas para Bigote, dejarlas enfriar un poco y ofrecérselas. Como él no es un comilón, consiente que le ofrezcan esas pequeñeces. Pero no inicia el saboreo mismo si no se le conversa, se elogia la comida ofrecida, se le ruega un poco. También he visto a Rosalía prepararle rodajitas de jamón con guindas. Bigote, aunque cueste creerlo, dejó el jamón y comió las guindas.
Luego de sus almuerzos escogidos se vuelve somnoliento. Y busca algunos sitios elegidos que tiene para reposar en el jardín. Los pájaros aprovechan entonces para robarle el alimento que ha dejado en sus platitos. Conozco a uno de los zorzales que baja a beber la leche. Y, como se sabe, los zorzales no son mamíferos. Pero a éste en particular le gusta la leche. Los pájaros tienen un comportamiento completamente diferenciado según Bigote esté despierto o dormido. Parecen conocer las señales de su sueño profundo. Entonces revolotean sobre su cabeza si es preciso para acercarse a comer los restos que Bigote ha dejado. Le dan la espalda a sólo veinte centímetros, sin cuidados aparentes. Ni de lejos ocurre lo mismo cuando lo ven despierto. Le temen y lo maltratan de palabra. He visto, por ejemplo, a un zorzal cantar gozosamente en el damasco de mi jardín. De pronto apareció Bigote. El canto cesó y se convirtió en un chistido agresivo y dirigido claramente hacia él. Bigote advierte esta intolerancia, especialmente cuando se suma la pareja del zorzal para hostigarlo con sus chillidos, saltando de rama en rama, acercándose ostensiblemente por el aire hasta tenerlo al alcance de sus fuertes protestas. Es la revancha del vecindario pajaruno por algunas tropelías que seguramente ha cometido Bigote. Cuando advierte este asedio de los zorzales se molesta, pliega las orejas, mira a los pájaros. Estos le devuelven la mirada como comadronas de barrio que discuten sus asuntos por las ventanas. Y a grito destemplado limpio obligan a Bigote a entrar en la casa. Ahí recupera su tranquilidad, escoge un lugar cómodo y se dispone a dormir para olvidar los agravios y la incomprensión de las aves.

GATO CON MARIPOSALa doble personalidad de Bigote, diurna-nocturna, tiene, pues, también otra faceta. Porque todo lo caballero que puede ser en la relación doméstica, sus modales de gente que se estima a sí misma, sus largas conversaciones con cada uno de nosotros, todo eso digo, puede cesar bruscamente si un gorrión o un zorzal ha chocado contra la mampara de vidrio y ha caído disminuido del lado del jardín. Ojos y bigotes se iluminan de ansiedad, recoge su cuerpo hacia el suelo y sale disparado al ras. Y si no está alguno de nosotros a mano para salvarlo, los días del pajarito terminan en las zarpas y colmillos precisos de bigote. Por algo es que la fauna pajaruna lo maltrata de palabra.
Cuando hemos sido testigos de una escena así, lo hemos perseguido sin piedad hasta hacerle soltar su víctima. Un día en que llegaba yo desde la calle lo vi con un zorzal entre sus fauces de fiera. La mirada obsesiva y hosca, huyó cuando le grité que dejara al zorzal. Se escondió debajo del auto y desde allí me miró como diciendo, asombrado por mi defensa del pajarito: -¿Qué pretendes? Lo injurié, le previne que iba a golpearlo. Pero no me creyó. Y, aunque me miraba atentamente, no soltó su presa. Tomé una piedra y se la arrojé. Le dio en las costillas pero no soltó al zorzal. Ensayó salir del auto y corrió hasta el árbol más próximo, una buganvilia florida. Mientras lo perseguía recogí un palo y para desgracia suya tengo buena puntería. Le dio en pleno lomo mientras trepaba verticalmente por el tronco. El pajarito se le cayó. Bigote trepó hasta la primera rama y desde allí me echó una mirada cargada de reproches. Parecía un buho ofendido. Se lamió el lomo mientras yo me dedicaba al zorzal caído. Por suerte estaba atontado solamente. Eran rasguños y no heridas profundas las que tenía. Era un animalito joven y se recuperó rápidamente cuando pasó el susto. Lo tuve entre mis manos y lo tranquilicé acariciándole la cabeza y comentándole que debía tener más cuidado con el asesino que teníamos en casa.
-¡Míaaa! -me reclamó Bigote desde la buganvilia. El zorzal pio alarmado pero lo sosegué con voz suave. En seguida debí sacarme la rabia contra Bigote y volví a injurialo. Era molesto tener que hablar con cariño a uno y con ira al otro. Bigote abría sus ojos enormes y parecía no comprenderme. -¡Miaaa! -insistió reclamando mi atención. Pero yo le mostré el zorzal y tomé el palo de nuevo para amenazarlo. Se asustó y trepo más alto.
Cuando el pajarito terminó de recuperarse lo ubiqué en el parrón. Se quedó allí sólo un instante como para orientarse y levantó vuelo, seguro y firme. El día pasó.
Aunque Bigote tiene permiso para visitar los dormitorios en la planta alta, le prohibimos que se acueste en nuestras camas. Cosa que le incomoda mucho, pues le encantaría hacer parte de su sueño diurno allí. Protestó mucho pero finalmente ha comprendido que las camas son territorio nuestro que no estamos dispuestos a compartir con él. De modo que una o dos veces al día se consuela visitando los dormitorios como un inspector. Huele y mira si hay algún cambio. Ante cualquier novedad se alarma, se acerca cuidadosamente y huele. La novedad puede ser un par de zapatillas nuevas, un libro caído, una carta sobre la cama. Le consentimos estas inspecciones diarias y él las asume como parte de sus complejas rutinas. Pero jamás sube a nuestras camas.
Pues bien. La noche de nuestra pelea por el zorzal, Bigote hizo algo que me convenció plenamente de su elevada espiritualidad. Angel y demonio se disputan el territorio de su alma, es cierto. Pero luego de sus caídas en las oscuridades, Bigote es capaz de recuperarse y mostrar la nobleza de sus sentimientos. Yo estaba acostado en mi cama leyendo. La puerta del dormitorio había quedado entreabierta. Sentí las suaves pisadas suyas en la escalera de madera. Vi que la puerta se abría, empujada por su hocico. Aunque la rabia me había pasado, aún estaba disgustado con él. Así que proseguí con mi lectura sin mostrar la menor atención a su presencia. Estuvo quieto al lado de mi cama, mirándome. Comencé a sentirme incómodo. Aparté el libro y lo miré con dureza. Soltó un murmullo suave y lastimero. Volví a mi lectura, pero él siguió allí mirándome. Venía a proponerme algo, pero yo estaba muy metido en mi papel de disgustado y simulé no atenderlo. Había conseguido engancharme en lo que leía cuando sentí que suave pero resueltamente subía a la cama. Se instaló en mi pecho, empujó poco a poco el libro y me miró a los ojos. Esa conducta era completamente anormal, jamás se hubiese permitido él semejante exceso. No sólo estaba trepado en mi cama, además estaba yo ahí. Y se había subido, como si ello no bastara, en mi pecho.
Comprendí que estábamos a punto de hablar sobre cosas importantes. Estiró su manito derecha hasta mi mejilla y la retiró con la misma suavidad con que la había posado. Le dije que todavía estaba enojado con él, que los zorzales también son mis amigos y que él no puede hacer de matón con ellos. -Mmmm -se quejó en voz baja. Me sedujo su humildad y acepté la paz que venía a proponerme. Así que acaricié sus cachetes y él soltó un maullido entre lloroso y satisfecho.
Cuando mi voz cambió de tono al hablarle, se sintió más seguro y se recostó sobre mi pecho. Estuvo así unos minutos y una vez que ambos quedamos en paz, se incorporó, bajó de la cama y regresó por donde había venido. Sus pasitos en la escalera me conmovieron.
Admiré su capacidad para recuperar nuestra amistad pasando por encima de su orgullo maltratado en la mañana con piedras y palos. Yo no había sido capaz de buscarlo en todo el día para un gesto así. Él, en cambio, acababa de darme una images (4)lección de amistad en ese reencuentro iniciado desde su voluntad.

Jorge Estrella

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JORGE ESTRELLA

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