Las dos Santas

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Me habían nombrado maestro de una escuelita de frontera. Conocer mi patria era una de mis inquietudes. Tenía entonces veintiún años, eran los primeros meses del año 1900. Así fue que un día partí de mi hogar, con mi bagaje, al encuentro de mi destino. Llegué por los medios mecánicos hasta donde fue posible. Pernocté luego, en un puesto del lugar. Al día siguiente, desayuné con mate cocido, leche de cabra, pan y queso casero. Y partimos hacia la meta. Me acompañaba el dueño del puesto, él, mapuche y baqueano. Hablaba a media lengua. Empleaba palabras que yo no entendía, y cuyo sentido iba deduciendo. Llevábamos tres mulitas, una para mi equipaje, y las otras dos eran nuestras cabalgaduras.

Subíamos y bajábamos lomas, cruzábamos arroyuelos, serpenteábamos bañados y al fin, llegamos ante unas moles de piedra muy altas.
-Paremos aquí -dijo el baqueano.
-“¿Para qué?” -pensé para mis adentros. Hacía poco que habíamos hecho un alto en el camino para dar resuello a las mulas. Me conformé por dos razones: una porque estaba a merced de un desconocido, y otra, porque desde esa altura se divisaba un valle y un lago de belleza incomparable.
Me sentí reconfortado y pensé -“Dios debió ser muy juguetón para esconder estos tesoros de belleza tan lejos de la codicia humana”-, pero no era hacia el lago donde el baqueano me llevaba, sino en sentido contrario.
Empezamos a caminar con dificultad entre esas piedras enormes. Por fin llegamos ante una mole. Era una estatua de roca blanca que representaba una niña que apretaba contra el pecho unas ramitas de leña. La semejanza era impresionante. A sus pies como si estuviera echada de hinojos se levantaba otra figura pétrea, con la cabeza doblada sobre sí misma. Entre ambas imágenes, corría un hilo de agua.
-Beba de este agua, señor maestro -me dijo el baqueano- y pase su mano sobre esta piedra. Dios lo va a ayudar. Nada malo le va a ocurrir; pero hágalo de corazón… Hice lo que el hombre me indicaba porque su sentimiento me había conmovido. Una vez cumplido el rito, lo miré fijo a los ojos como preguntándole a qué obedecía ese culto.
El me dijo:
-Sigamos el camino, porque la noche nos caerá encima. Cuando llegemos a la escuela le relataré lo que pasó aquí.
Retomamos la marcha, al anochecer llegamos a un pequeño villorrio. Todo era pobre, una media docena de casas, la escuela, el destacamento policial, un almacén y unos pocos ranchos. Miré alrededor y pensé “¿Dónde vive la gente que imagespuede mandar sus hijos a la escuela?”. Sólo veía serranías, montañas por todas partes, silencio y soledad infinita, una caída de agua a unos cincuenta metros de distancia, y el viento resoplando, ululando entre los afilados picos.
Ingresamos a la escuela. El baqueano había traído charque y pan casero. Su habilidad permitió que esa noche comiéramos algo.
Hacía frío, yo llevaba un porrón de ginebra que nos ayudó a templarnos. El hombre encendío el fuego sobre un fogón situado en el centro de la cocina. Después de un largo silencio me dijo:
-Ahora voy a contarle por qué bajamos en lo de las Santas y por qué bebimos de sus lágrimas.
Y empezó su relato. Contaba mi abuelo, que detrás de aquel cerro vivía una familia compuesta por los padres y dos hijos, una niña de diez años y un varoncito de seis. El hombre, un criollo, mezcla de español y mapuche, que se llamaba Esteban Vallejos había salido en busca de la comadre, porque su compañera estaba por alumbrar. Pasadas unas hora, la pobre mujer -doña Matilde se llamaba- tuvo que meterse en cama, acosada por los dolores del parto. Su niña, la criatura de diez años llamada Teresita, pensó en ayudar a su dolorida madre, calentando más la vivienda. Salió en procura de leña, sin decir nada. Se internó entre unos arbustos en busca de ramas secas. Cuando ya tuvo bastante entre sus brazos, pensó en volver a su casa pero un fuerte viento blanco la cegó, extraviándola. Caminó desorientada y sin rumbo, hasta que la noche cayó sobre ella como un monstruo. La niña, sin abrigo, cansada, sin reparo, se apoyó contra una gran piedra y se quedó dormida. Esa fue una noche de angustia. Entre tanto, la madre, sola dió a luz a una niña. Apenas amaneció salió en busca de Teresita. Llamándola, la niña no respondía, sólo cuando llegó la claridad del día la madre dio con la criatura convertida en una estatua blanca, fría y abrazada a unas ramitas de leña, también convertidas en piedra.
La madre se arrojó a sus pies y lloró, lloró tanto que sus lagrimas formaron un arroyuelo. Nunca más pudo levantarse de ese sitio. Allí están, madre e hija convertidas en piedra.
Lo que usted bebió son las lágrimas, pero esas lagrimas dentro de su cuerpo, serán como una bendición.
-No entiendo -dije-. ¿Por qué tenían que convertirse en piedra dos seres tan generosos?
-Todas las piedras que usted vio por aquí las hizo Dios -dijo el baqueano- y Dios sabe por qué las hace. Usted también viene a vivir aquí, a perderse entre las piedras y la nieve para enseñar a nuestros hijos a leer y escribir. Doña Matilde y su hija estan aquí para protegernos y bendecirnos a todos. Si en estas soledades no tuviéramos a las dos Santas no podríamos soportar esta vida.
Así terminó su relato el baqueano y nos despedimos para dormir. Me arrebujé entre los cueros, las mantas y el poncho. Las últimas llamitas del fogón del suelo de la cocina, hacían esfuerzos por no desaparecer. Los ojos me ardían por el humo de la leña verde.
De pronto, un hálito helado me golpeó en el rostro. Sobresaltado, abrí los ojos. El corazón me latía con fuerza.
El baqueano dormía con respiración serena.
Todo era silencio y negrura en la noche; pero delante de mí, como una esfinge blanca, una niña abrazada a una ramitas de leña me sonreía.
Extendi mis brazos para acariaciarla y sólo encontré el vacio.images (2)

Hortensia Zamboni de Pecini

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SELLOZZHORTENSIA ZAMBONI DE PECINI

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