El hombre sin cuerpo

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En un estante del antiguo Museo del Arsenal, en el Central Park, en medio de una serie de animales embalsamados: colibríes, armiños, zorros plateados y pericos de brillantes colores, hay una espantosa fila de cabezas humanas. Sin detenerme en la momia peruana, ni en el jefe maorí, ni en el indio de cabeza chata, hablaré de una cabeza caucásica que despertó en mí un fascinante interés desde que, hace poco más de un año, fue agregada a la siniestra colección.
Cuando la vi por primera vez, esa Cabeza me impresionó. Me conquistó la pensativa inteligencia de sus rasgos. La cara es notable, aunque carezca de nariz y las fosas nasales estén en pésimas condiciones. Los ojos también están ausentes, pero las órbitas son muy expresivas. La piel apergaminada está tan encogida que los dientes muestran sus raíces en las mandíbulas. La boca ha sufrido mucho los efectos de la descomposición, pero lo que queda de ella manifiesta un carácter fuerte. Parece decir: “¡Salvo ciertas deficiencias de mi anatomía, estás viendo a un gran hombre!”. Los rasgos de la cabeza son de tipo alemán y el cráneo es el cráneo de un filósofo. Lo que particularmente atrajo mi atención fue la vaga semejanza de este rostro destrozado con cierta cara que, en alguna época, me resultó familiar, un rostro cuyo recuerdo había quedado en mi memoria, pero que no podía ubicar.
Y después de casi un año de haberla visto por primera vez, no me sorprendió mucho descubrir que la Cabeza reconocía nuestra relación, y que expresara su aprecio por el interés amistoso que yo mostraba hacia ella, guiñándome deliberadamente un ojo cuando me paré frente a su vitrina.
Sucedió en un día de Trustees. Yo era el único visitante en el salón. El fiel cuidador había salido a disfrutar una lata de cerveza con su amigo, el encargado de los monos.
La Cabeza me guiño un ojo por segunda vez, aún con más cordialidad que antes. Contemplé sus esfuerzos con el deleite crítico de un anatomista. Pude ver que el músculo masetero se flexionaba debajo de la piel dura como cuero.  Vi el juego de los bucinadores y el hermoso movimiento lateral de los músculo internos. Advertí que la Cabeza trataba de hablarme. Noté las contracciones convulsivas del músculo risorio y del cigomático mayor, y me di cuenta que se esforzaba por sonreír.
“Aquí tenemos -pensé- o un caso de vitalidad mucho tiempo después de la decapitación, o un ejemplo de acción refleja, donde no existe un sistema diastático o excitador-motriz. En cualquiera de esos casos, el fenómeno no tiene precedentes y debería ser cuidadosamente observado. Además, la Cabeza me muestra, evidentemente, su buena disposición”. Encontré en mi llavero una llave que abría la puerta de vidrio.
-Gracias -dijo la Cabeza-. Un poco de aire fresco es realmente un placer.
-¿Cómo se siente? -pregunté con cortesía-. ¿Cómo es vivir sin cuerpo?
La Cabeza se sacudió con tristeza y suspiró. Luego dijo, a través de su mutilada nariz y usando, por razones obvias, los tonos pectorales con mucha economía:
-Daría… ambas orejas por una simple pierna. Mi ambición es principalmente ambulatoria y, sin embargo, no puedo caminar. No puedo ni siquiera dar saltitos o andar como los patos. Quisiera viajar, vagar, pasear, circular por los transitados senderos de los hombres, pero me encuentro encadenado a este maldito estante. No estoy mucho mejor que esas cabezas salvajes…¡yo, un hombre de ciencia! Estoy obligado a quedarme aquí, sobre mi cuello, y a ver a mi alrededor a las gallinetas y cigüeñas con piernas en abundancia. Mire las infernales piernas de aquellos pequeños zancudos. Mire esos miserables gallináceos de cabezas grises. No tienen cerebro, ni ambición, ni deseos. Sin embargo tienen patas, patas, patas en abundancia.
Luego, a través de la vitrina, lanzó una mirada envidiosa hacia donde se veían las provocadoras extremidades de las aves en cuestión, y agregó lúgubremente:
-De mí no queda ni siquiera material suficiente como para componer un héroe de alguna novela de Wilkie Collins.
No sabía exactamente cómo consolarlo en un asunto tan delicado, pero me aventuré a sugerir que, tal vez, su condición tenía sus compensaciones en el hecho de estar libre de los callos y la gota.
-En cuanto a los brazos -continuó diciendo-, ¡ahí tiene otra desgracia que me aqueja! Estoy incapacitado para espantar las moscas que se meten aquí adentro (Dios sabe cómo) en el verano. Tampoco puedo extenderme para darle un golpe a esa maldita momia de Chinook que está sentada allí, mirándome con una mueca parecida a un muñeco de caja de sorpresas. No puedo rascarme o sonarme la nariz (“¡su nariz!”, pensé) en forma decente, cuando me resfrío con esta corriente insoportable. En cuanto a comer y beber, no me importa. Toda mi alma está absorbida por la ciencia. La ciencia es mi novia y mi dios…Adoro sus huellas en el pasado y saludo su futuro progreso. Yo…
Ya antes había oído expresar los mismos sentimientos. En un instante encontré la explicación de por qué me resultaba conocida la Cabeza, algo que me había acosado desde la primera vez que la vi.
-Discúlpeme -lo interrumpí-, ¿no es usted el célebre profesor Dummkopf?
-Ese es o, mejor dicho, fue mi nombre -respondió dignamente.
-Y usted vivía en Boston, donde llevaba a cabo experimentos científicos de asombrosa originalidad. Fue quien descubrió cómo fotografiar el olor, cómo embotellar la música, cómo congelar la aurora boreal. Y el primero que explicó el análisis espectroscópico a la Mente.
-Esos fueron logros de menor importancia- dijo la Cabeza, sacudiéndose con tristeza-, pequeños si se los compara con mi invención final, el grandioso descubrimiento que constituyó al mismo tiempo mi mayor triunfo y mi ruina total. Perdí el cuerpo en el experimento.
-¿Cómo sucedió eso? -pregunté-. No me había enterado.
-No. Como estaba solo y sin amigos, mi desaparición apenas fue advertida. Pero le contaré todo -dijo la Cabeza.
En ese momento se oyó un ruido en la escalera y exclamó:
-¡Silencio! Viene alguien. No deben descubrirnos. Disimule.
Apresuradamente, cerré la puerta de la vitrina y logré poner la llave a tiempo para evadir la vigilancia del cuidador, que regresaba. Entonces fingí examinar, con gran interés, un objeto cercano.
Durante el siguiente día de Trustees, volví a visitar el museo y le di un dolar al cuidador de la Cabeza, con el pretexto de que me informara acerca de las curiosidades a su cargo. Me acompañó por todo el salón, hablando continuamente y con gran soltura.
-Aquello -dijo cuando nos paramos frente a la Cabeza- es un símbolo de la moralidad del siglo pasado, señor. Es la cabeza de un famoso asesino guillotinado en París y fue donada al museo hace quince meses.
Creí advertir un leve tirón en las comisuras de la boca del profesor Dummkopf y una depresión casi imperceptible en lo que una vez fue su párpado izquierdo. Pero, dadas las  cirucunstancias, mantuvo su rostro bien controlado. Me deshice de mi guía con abundantes muestras de agradecimiento por sus inteligentes servicios y, como lo había supuesto, él partío  inmediatamente a gastar en cerveza el dólar ganado con tanta facilidad, dejándome tranquilo para continuar mi conversación con la Cabeza.
-¿Cómo se les ocurre poner a un idiota de cabeza hueca como ese a cargo de una porción aunque sea pequeña, de un hombre de ciencia, del inventor del Telepompo -dijo el profesor, después que abrí su prisión de vidrio-. ¡París! ¡Asesino! ¡El siglo pasado! ¡Qué tonterías!
Y la Cabeza se estremeció de risa tanto, que temí que se cayera del estante.
-Acaba usted de mencionar su invento, el Telepompo -recordé.
-Sí -dijo, recobrando al mismo tiempo su gravedad y su centro de gravedad-. Prometí contarle cómo me convertí en el Hombre sin cuerpo. Resulta que hace tres o cuatro años descubrí el principio de la transmisión del sonido por medio de la electricidad. Mi teléfono, como lo denominé, habría sido de gran utilidad práctica, si me hubiesen dejado presentarlo en público. Pero, ¡qué lástima!…
-Disculpe mi interrupción -dije- pero debo informarle que otra persona inventó lo mismo hace muy poco tiempo. El teléfono ya es una realidad.
-¿Han llegado más lejos aún? -preguntó con ansiedad-.¿Han descubierto el gran secreto de la transmisión de átomos? En otras palabras, han conseguido hacer el Telepompo?
-No me enterado de nada por el estilo -le aseguré-, pero ¿qué quiere decir con eso?
-Escúcheme -continuó-. En el curso de mis experimentos con el teléfono, me convencí de que el mismo principio tenía una capacidad de infinita expansión. La materia está formada por una gran cantidad de moléculas, y las moléculas, a su vez, están compuestas por atómos. El átomo, como sabe, es la unidad del ser. Las moléculas difieren de acuerdo con la cantidad y disposición de los átomos que las constituyen. Los cambios químicos se efectúan por medio de la disolución de los átomos en las moléculas y su recomposición en móleculas de otra clase. Esta disolución puede llevarse a cabo por la afinidad química o por medio de una corriente eléctrica de suficiente potencia. ¿Me sigue hasta aquí?
-Perfectamente.
-Bien. Entonces, siguiendo la línea de pensamiento, tuve una gran idea. No había ninguna razón por la que la materia no pudiera ser telegrafiada o, para ser etimológicamente preciso “telepompeada”. Se necesitaba desintegrar la moléculas en átomos, en un extremo de la línea, y llevar las vibraciones de disolución química por medio de la electricidad hasta el otro polo, donde se podría realizar la correspondiente reconstrucción, a partir de otros átomos. Como todos los átomos son parecidos, su disposición en moléculas del mismo  orden y el ordenamiento de esas moléculas en una organización similar a la original daría por resultado una reproducción del original. Sería una materialización, no en el sentido que le dan los espiritistas, sino en el verdadero sentido y la lógica de la ciencia. ¿Todavía me sigue?
-Es un poco más oscuro ahora -respondí- pero me parece que entiendo lo fundamental. Usted telegrafiaría la idea de la materia, usando la palabra “idea” como la define Platón.
-Precisamente. La llama de una vela es la misma llama de una vela, aunque el gas en combustión está cambiando constantemente. Una ola en la superficie del agua es la misma ola, aunque el agua que la compone se modifica mientras se mueve. Un hombre es el mismo hombre aunque no exista en su cuerpo ninguno de los átomos que lo contituían cinco años antes. Lo esencial es la forma, la imagen, la idea. Las vibracianos que le dan individualidad a la materia pueden ser transmitidas por un alambre, como se transmiten las vibraciones que le dan individualidad al sonido. Así, construí un instrumento con el que podía desarmar la materia, por decirlo de algún modo, en el ánodo, y volver a armarla con el mismo método, en el cátodo. Ese era mi Telepompo.
-¡A la perfección! En mi estudio de Joy Street, en Boston, tenía aproximadamente cinco millas de alambre. No tuve ninguna dificultad para transmitir compuestos sencillos, tales como cuarzo, almidón y agua, de una habitación a otra por medio de esa bobina de cinco millas. Nunca olvidaré la alegría que sentí cuando logré desintegrar una estampilla de correos de tres centavos en una habitación y la encontré inmediatamente, reproducida en el intrumento receptor, situado en otra. Este éxito con la materia inorgánica me animó a intentar lo mismo con un organismo vivo. Atrapé un gato, negro y amarillo, y le apliqué la terrible corriente de mi batería de doscientas cubetas. El gato desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Corrí a la habitación contigua y, para mi inmensa satisfacción, encontré allí a Thomas, vivo y ronroneando, aunque bastante asombrado. El intrumento funcionó como un encantamiento.

-Sorprendente.
-¿No es cierto? Después de mi experimento con el gato, se apoderó de mí una gigantesca idea: ¿por qué no hacerlo con un ser humano? Si en un instante podía transmitir un gato a una distancia de cinco millas, a través de un alambre, por medio de la electricidad, ¿por qué no transmitir a un hombre a Londres, por el cable trasatlántico y con la misma rapidez? Resolví reforzar mi ya poderosa batería y hacer el experimento. Y, como consumado devoto de la ciencia, decidí probar el aparato en mí mismo.
“No quiero dar muchos detalles sobre este capítulo de mi experiencia -continuó la Cabeza, parpadeando para contener una lágrima que ya se había deslizado hasta la mejilla y que yo enjuagué suavemente con mi pañuelo-. Basta decir que tripliqué las cubetas de la batería, extendí el alambre sobre los tejados hasta mi habitación en la pensión de Phillipd Street, preparé todo y, con una calma solemne, fruto de mi confianza en la teoría, me ubiqué en el Telepompo, en mi oficina de Joy Street. Estaba tan seguro de que cuando conectara mi batería aparecería en mi habitación de Phillips Street, como de que estaba vivo. Después, toqué la llave que concectaba la electricidad. ¡Ay de mí!”.
Durante algunos instantes, mi amigo fue incapaz de hablar. Pero al fin, haciendo un esfuerzo, continuó su relato.
-Mis pies comenzaron a desintegrarse y lentamente desaparecieron ante mis ojos. Las piernas se fueron desvaneciendo y luego, el tronco y los brazos. Por la extrema lentitud de mi disolución, me di cuenta de que algo andaba mal. Pero ya no podía hacer nada. Después desarareció mi cabeza y perdí el sentido totalmente. Según mi teoría, al ser mi cabeza lo último en desaparecer, debía ser lo primero en materializarse en el otro extremo del alambre. Esta  idea fue confirmada por los hechos. Recuperé el sentido y abrí los ojos en mi habitación de Phillips Street. Se me estaba materializando la barbilla y, con gran satisfacción, vi que mi cuello iba tomando forma. De pronto, más o menos a la altura de la tercera vértebra cervical, el proceso se detuvo. En un abrir y cerrar de ojos, comprendí la causa. Me había olvidado de volver a llenar con ácido sulfúrico las cubetas de la batería y no había suficiente electricidad para materializar el resto. Era una Cabeza pero mi cuerpo estaba sólo Dios sabe dónde.
No intenté consolarlo. Las palabras habrían parecido una burla ante la desgracia del profesor Dummkopf.
-¿Qué importancia tiene el resto de mi relato? -continuó con tristeza-. La pensión de Phillips Street estaba llena de estudiantes de medicina. Supongo que algunos encontraron mi cabeza y, sin saber nada de mí o del Telepompo, se apropiaron de ella para estudios anatómicos. Supongo, también, que intentaron preservarla por medio de preparados de arsénico. Lo imperfecto del trabajo está demostrado por mi nariz defectuosa. Me imagino que pasé de un estudiante de medicina a otro, hasta que algún bromista me donó a esta colección diciendo que era un asesino francés del siglo pasado. Durante algunos meses permanecí ignorante de todo, hasta que por fin recuperé el sentido y me encontré aquí. ¡Esta es la ironía del destino! -añadió la Cabeza con una risa áspera y seca.
-¿Hay algo que pueda hacer por usted? -pregunté después de una pausa.
-Gracias -respondió la Cabeza-. Estoy tolerablemente alegre y resignado. Perdí gran parte de mi interés en la ciencia experimental. Paso el día observando los objetos de valor zoológico, ictiológico, etnológico y conquiliológico que abundan en este admirable museo. No se me ocurre nada que usted pueda hacer por mí. Pero… espere -agregó mientras miraba otra vez las exasperantes patas de los zancudos que tenía enfrente- Si hay algo que necesito, es un poco de ejercicio al aire libre. ¿No podría hacer algún arreglo para sacarme a pasear?
Confieso que me quede un poco asombrado por el pedido, pero le prometí hacer lo que pudiera. Después de meditar un poco, elaboré un plan y lo llevé a cabo. Regresé al museo esa misma tarde, poco antes de la hora de cierre, y me oculté detrás de la enorme vaca marina o Manatus americanus. El cuidador, después de una rápida mirada al salón, cerró el edificio con llave y se marchó. Entonces salí de mi escondite osadamente y saqué a mi amigo de su estante. Con un trozo de cuerda resistente sujeté una o dos de sus vértebras a las vértebras sin cabeza del esqueleto de un dinornis. Este extinguido pájaro de Nueva Zelanda tiene pesadas patas, buche abultado, es tan alto como un hombre y sus pies son gigantescos. Provisto ya de piernas y brazos, mi amigo manifestó un júbilo extraordinario. Se paseó, golpeó su enormes pies en el piso, agitó las alas y, de vez en cuando, estallaba en un divertido taconeo. Me vi obligado a recordarle que debía tener en cuenta la dignidad del venerable pájaro cuyo esqueleto había tomado prestado. Después, despojé al león africano de sus ojos de vidrio y los inserté en las órbitas vacias de la Cabeza. Le di al profesor Dummkopf una lanza guerrera de Fiyi para que la usara como bastón, y lo cubrí con una manta Sioux. Luego, salimos del antiguo arsenal hacia la fresca brisa nocturna iluminada por la luna, y paseamos del brazo sin rumbo fijo, por la orilla del tranquilo lago y por los sinuosos senderos de la rambla.images

Edward Page Mitchell

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SELLOZZ

EDWARD PAGE MITCHELL

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