La telaraña del amor

Ñandu renimbo Mborayhu

LA TELARAÑA DEL AMOR

A la tenue luz del amanecer, la anciana vigila el sueño inquieto de su hijo, el bravo guerrero Ñanduguazú. Ella sabe que su corazón sufre por el amor de la hermosa Sapurú, por quien también suspiran la mayoría de los jóvenes de la tribu. Escuchó que la joven les propuso un desafío a sus muchos pretendientes. El que le lleve el regalo más hermoso tendrá un lugar junto a ella. La anciana conoce los misterios del monte, de los seres humanos y de los invisibles. Durante meses ha realizado toda clase de hechizos y oraciones para que su hijo se libre de ese sentimiento que le consume las fuerzas. Pero entiende que será muy difícil.
Ya mediodía, la anciana apantalla el fuego, allí se está cocinando la yuca. En las espirales de humo, ve la imagen de su hijo. Ve, a Ñanduguazú recorriendo el monte, buscando  con ansiedad plumas tornasoladas o flores iridiscentes dignas de ofrendar a su amada. De pronto, el guerrero encuentra en el hueco de un árbol una tela maravillosa. Es como un encaje de plata tejido por la araña que habita en él. Pero, algo sucede. La madre de Ñanduguazú aviva el fuego y, mira con atención a través del humo. A ese mismo árbol ha llegado Yasyñemoñare, el rival de su hijo en conseguir el amor de la hermosa Sapurú. También él ha descubierto el encaje. Ambos jóvenes entran en furioso combate. Los poderosos brazos de Ñanduguazú rodean el cuello de su enemigo, aprietan sin compasión su garganta hasta que Yasyñemoñare suelta el último suspiro, y cae sin vida en el suelo.
La tarde esconde al sol cuando, la anciana, ve volver a su hijo del monte. Contempla silenciosa la tristeza y el remordimiento que acompañan a la figura de Ñanduguazú. Él ha matado a uno de su pueblo. Y para colmo, al querer tomar la preciosa tela plateada, ésta se ha deshecho entre sus dedos en un montón de hilos de baba. El joven guerrero, confuso, pide consejo a su madre.

imagesAcompañados por las estrellas, madre e hijo  caminan dentro del monte en busca del árbol dónde la araña teje su preciosa tela. A la luz de una antorcha, la anciana, inmóvil, observa con atención el trabajo del animalito. Un poco alejado, su hijo duerme, atravesado por la pena. Al alba, ella arranca de su larga cabellera trenzada, los hilos plateados. Y con dedos ágiles y sabios, va formando lentamente, la misma figura que ha visto tejer a la araña.
Ya en plena mañana, cuando Ñanduguazú se despierta,  ve en las manos de su madre un maravilloso encaje plateado que no se deshace al tocarlo, loco de alegría lo toma, y corre para regalárselo a Sapurú.
Mientras tanto, junto al árbol, se comienza a oír un canto ofrenda. La anciana evoca al joven muerto y le ruega su perdón.

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