El dinosaurio cantor

ALDEA

Felipe era un dinosaurio cantor que vivía en unas montañas cercanas a una ciudad que se llamaba Clorolindo.
Todas las mañanas bajaba a comprar su comida con una enorme carretilla vieja. Y desde lejos todos ecuchaban su alegre canción.

Soy un dinosaurio
de buen corazón
y a todos alegro
con cada canción

Pero una mañana Felipe llegó llorando desconsolado. Se sentó en la vereda tapándose la cabeza con sus dos patas, y comenzó a desparramar lagrimotas y suspiros.
Sus amigos al verlo se acercaron muy asustados. Pero no era de miedo, sino porque suponían que algo terrible le había sucedido.
Don Cloro , el verdulero, comentó:
-Algo tenemos que hacer, si Felipe sigue llorando desesperado, va a inundar la ciudad.
Doña Carmelina le llevó una sábana para que se seque los ojos y se suene la nariz. Pero era inútil, porque los pataleos y suspiros de Felipe no le permitieron acercarse.
¡Qué revuelo en la ciudad! ¡Y qué preocupación!
-¿Estará enfermo? ¿Le habrá sucedido algo muy grave? -se preguntaban unos a otros sus amigos.
Poco a poco Felipe se calmó. Se sonó la nariz con la sábana, y observó a su alrededor.
-¿Y ahora cómo se los explico?- pensó Felipe preocupadísimo. ¡Qué verguenza!
No podía hablar, pero comenzó a señalarse la boca con su pata y a soplar y soplar para hacerse entender.
-Buuu buu, gaaa gaa, grrrr.
Pero era imposible comprenderlo.
Entre tanto revuelo apareció el médico veterinario, se acercó despacio y comenzó a revisarlo con sus aparatos, pero claro, como Felipe era tan grandote, tuvo que poner una escalera.
Él se quedó mansito tranquilo, lo único que quería era que solucionasen su vergonzoso problema.
El médico que mucho no sabía de dinosaurios comenzó a revisarlo y luego de casi meterse en su bocota se dió cuenta enseguida de cual era el problema.
-¡Felipe! ¡Te tragaste un melón! – lo retó.
-Sí, sí -respondió con su cabeza muy avergonzado.
-Seguro que se lo has robado a Don Cloro el verdulero.
-Sí, sí -volvió a responder el dinosaurio más colorado que un tomate.
Y claro. ¡Semejante melón atorado en la garganta! No lo dejaba hablar ni comer y mucho menos cantar como a Felipe le gustaba.
El médico dijo a los amigos:
-Tienen que ayudarme a curar a Felipe.
-¿Qué debemos hacer? -dijeron todos juntos.
Y entonces les dio todas las explicaciones.
dinosaurioPárandose en su espalda, todos debían dar un golpe con mucha fuerza para sacar el inmenso melón.
-A la uuunaaa… – y nada
-A las doooossss… – y nada
-Y a las treeeees…
Golpearon con tanta fuerza que el melón salió volando y cayó en medio de la calle.
Felipe respiró aliviado y otra vez se puso a llorar… pero de la emoción.
Pronto se calmó, se secó las lagrimotas con la sábana y se sonó la nariz.
-Lo que pasa -les dijo haciendo pucheros- es que me había asustado.
-¡Muchas gracias por ayudarme!
Y mientras todos lo acariciaban con ternura, Don Cloro lo retó un poquito porque no quería que desparacieran sus melones como por arte de magia.
Felipe se despidió contento.
Pero antes de marcharse les dijo:
-Llámenme si tienen problemas de aburrimiento, porque saben que yo puedo solucionarlo con mis alegres canciones. Y se fue despacito cantando su canción de todos los días.

Soy un dinosaurio
de buen corazón
¡Y qué papelón!
¡Me tragué un melón!

cabeza

Anamaría Ponce
Docente y escritora
en Provincia de Río Negro, Argentina.

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SELLOZZ

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