Gabriel Garboso

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¿Recuerdas Gabriel aquella tarde de octubre, cuando conducías apurado el Galaxie por la avenida de los Aviadores rumbo al Gimnasio donde debían estar esperando impacientes las hijas del Mayor López? A la altura de las Fuentes Luminosas una muchacha te hizo señas para que la llevaras, pero el apuro, y sobre todo el tráfico apretado, te impidieron parar así de improviso. Te gustó la silueta airosa, arrebujada en un largo abrigo de gamuza, con solapas levantadas como aletas. Del rostro apenas alcanzaste a retener esa palidez a leguas y la vaga idea de una nariz respingona, delicadamente levantada hacia la cordillera. Cuando llegaste al Gimnasio dijiste: Más el apuro y las gordas todavía sin vestirse. Y te quedaste pensando en la muchacha de la avenida de los Aviadores.
Al siguiente día, cuando quizás ibas escuchando en el radio del lujoso Galaxie que los dueños de los ingenios habían decidido subir el precio del azúcar pese a las protestas, o ibas pensando que ojalá hasta el viernes te paguen la quincena, divisaste de pronto a la misma muchacha en el sitio exacto de la víspera. Corazón saltado frenaste a unos diez metros y ella vino corriendo con las manos en los bolsillos del abrigo. Gracias, es tan difícil el transporte en esta avenida. Vos Gabriel, atlético y bien parecido, con esa camisita sport que exaltaba tus biceps, no hiciste ningún comentario, y sin saber por qué, te limitaste únicamente a levantar un poquitín el cuerpo hacia el retrovisor para comprobar que tenías una sonrisa nerviosa. Advertiste que la chica se cortó un tanto como si su tono jovial y su rostro alegre hubieran sido sorprendidos en falta. La oíste carraspear y la viste cruzar las puntas del abrigo sobre las rodillas. Sonreíste con esa sonrisa burlona que te producía la palabra Epaminondas ( le pusiste ese apodo al Mayor López, a la semana de haber sido designado chofer de él, cuando en su casa te hicieron pasar por la puerta del servicio y te sacaron tres platos de ensalada a medio empezar diciéndote pase-pase, venga-venga, coma-coma. Comiste en el traspatio apoyado en la jardinera, junto a la casa de un perrazo que salió, te bostezó, y se volvió a entrar para seguir la siesta. Viéndole dijiste: fruncido y vago como mi Mayor. Y escuchaste que desde adentro la señora decía a una de las hijas: Dile al tal Gabriel Carcoso que en vez de estarse asoleando le lleve a dar un paseo al Epaminondas. Claro que tu nombre es Gabriel Garboso, pero la vieja se creía muy ocurrida. Mientras te acordabas de todo esto como un torbellino, te cogió el rojo del semáforo; entonces ibas a preguntarle algo a tu preciosa acompañante, pero pajarita y gata te dijo: Señor, ¿sabía que los militares han importado carros como éste y la gente ha comenzado a llamarles jaulas? Vos Gabriel, confundido entre lo que ibas a preguntar y lo que ella decía, no atinaste sino a mover como tonto la cabeza, a mirar cómo abría la ventana y sacaba su codo al aire. Se opacó nuevamente la chica pensando quizá que se trataba de  un señor cascarrabias y amargado. Me creerá un ricacho intratable, te dijiste para consolarte. Ella apoyó la cabeza en el brazo que tenía sobre la ventanilla y se puso a observar el camino demostrando también indiferencia. Sin embargo varias veces se encontraron mirándose con el rabillo del ojo, y mientras a ella esto le dio un airecito de seguridad y autosuficiencia, a vos te molestó por imponderables conclusiones que te llevaban a sentirte en desventaja. Hubieras querido decirle hasta aquí no más que voy a doblar a la izquierda, o que te está doliendo la cabeza, que te disculpe, que de regular no eres tan callado. Pero ella poniendo súbitamente la mano en tu rodilla dijo “Tenquiu, aquí me quedo”.

Mientras por el espejito la miraste alejarse, te salieron por fin los pensamientos en voz alta: Qué torpe, la dejé ir sin haberle dicho palabra ni siquiera le pregunté el nombre, estando tan linda, tan conversona, con ese perfil de artista y no fui capaz de decirle ni esta boca es mía. El resto de la semana pasaste dando vueltas por el sector, apegado a la vereda, deslizándote suave como en mortuorio de rico. Pero nones. Y el domingo después del fútbol, chupando bielas donde las Huacas, le ponderabas al Rafico: ¡Dime si no soy salado, me hice un levante de película, un cuerazo hermano, pituquísima, de abrigo de gamuza y pierdo el número de teléfono!

El lunes volviste a la carga. A la hora del gimnasio te diste vueltas por las transversales, preguntaste disimuladamente en el negocio de la esquina, le averiguaste de frentón al que parcha las llantas en la vulcanizadora. Pero humo. Una tarde que andabas con la jaula repleta de hijas y sobrinas del Epaminondas la viste a la altura de la Universidad. Vos virabas la plaza Indoamérica pegado al redondel y ella anclada en la vereda del otro lado sin poder cruzar la vía. Se vieron, se hicieron señas desesperadas. Vos con la bocina y las luces, ella agitando el bolso como honda. Las gordas se dieron cuenta del encontrón y en casa comentaron: Mami, no va a creer, el Carcoso saludando con una chica chévere. Y hubieras visto mami, ella casi se bota de la vereda. Y la vieja: el papi dice que el Carcoso lo metieron de chofer porque era vago en el colegio y lo enrolaron al Ejército de puro castigo, que por eso ahora anda feliz con el papi que es de Inteligencia y no se uniforma y no lo hace uniformar a él tampoco.

Esa noche no pudiste dormir Gabriel Garboso. Estabas seguro que al otro día, a la misma hora y en el mismo sitio de la primera vez, la ibas a encontrar. Y ahí estuvo. La divisaste desde lejos, como a un puerto. Y ella igual, cuando alcanzó a ver el coche, se adelantó con las manos en los bolsillos, con la forzada parsimonia de quien se acerca a recibir el premio que ha estado esperando toda la vida. Subió y con una confianza de años le dijo: “Hola”. Y vos Gabriel, galán de cuarta, te volviste a tarar, a no pronunciar palabra. Pero de pronto te vino una idea, te creíste genial, volviste a estar seguro de vos mismo, a tomar las riendas del asunto y sonreíste como cuando al perezoso Epaminondas lo llevas a dar su clásico paseo de perro rico y le dices “Ordene mi Mayor ¿a dónde lo llevo? ¿Quiere ir de putas mi Mayor? Abriste la guantera Gabriel, sacaste una libreta, la pusiste sobre la falda de ella, sacaste tu bolígrafo del bolsillo y escribiste “Hola ¿cómo te llamás? Entonces ella, reponiéndose de tu mudez a cuestas, pero al mismo tiempo desilusionada y compasiva, te dijo aparentando naturalidad: “Me llamo Rosalba, desde la ventana de mi casa te he visto pasar todos estos días pero pensaba que no te acordarías de mí. Ayer me alegré mucho de que me reconocieras, y ahora ya ves, qué coincidencia”.
Empezaste a gozar de tu patraña, así borrabas esa imagen de tímido, esa impresión de montaráz que hasta ese momento habías venido dando. En el fondo Gabriel, era tu pequeña venganza por anticipado, porque sabías que algo doloroso te atraía y alejaba de esa muchacha. Quisiste, masoquista Gabriel, cortar con tu propia mano ese sueño de cenicienta que te venía atormentado desde que la conociste. ¿Dónde quieres ir?, escribiste en la libreta. Y cuando esperabas que ella te ponga la mano en la rodilla y te diga “Gracias aquí me quedo”, ella dijo “a un draivin plis”. Y vos pensaste: “Debe ser de las que toman el desayuno en la cama”. Era la primera vez que ibas a uno de esos comederos hechos para gente que no se baja del carro ni para comer. Seguiste en la farsa, escribiendo preguntas y respuestas en la libreta, pero sobre todo, escuchando fascinado como desmadejaba conversaciones para ti, como se acomodaba a tu pinche diálogo de telegrafista: Soltero, 35, ganadero de sangre (¿era eso lo que era ese señor ricacho que habló de recompensas con Epaminondas aquí en el carro?). Hijo único, madre en EU, padre muerto. Y ella: tengo diecinueve años, estudio Bussiness Administration en la Universidad, sueño con conocer Acapulco y Miami, mi mayor ambición graduarme y llegar a tener una empresa propia. Vivo sola, mis papis están en Europa. Vos Gabrielillo, en vez de estar esperando que las gordas Epaminondas salgan del gimnasio, te quedaste tomando banana split (porque eso fue lo que pidió tu reina). Y como se pasaba la hora escribiste: “Tengo que ir a cambiarme de ropa. A la noche reunión de ganaderos. Te veré mañana”. Y ella: “okey, si quieres te doy mi teléf… perdón, te espero a cualquier hora, no voy a salir de casa, pasaré estudiando”. Fuiste a dejarla a la Facultad. Delante de todos los compañeros que chicoteaban en la vereda, se acercó y te besó en la boca Gabriel, como si fueran novios. Casi desvanecido, empezaste a ver mariposas. Te dijiste “Es increíble, cree que soy mudo, no le importa, me ha dado un beso mañana la veré en su departamento sola, juro como que soy Gabriel Garboso que la tiro. Cuando le tome gusto al asunto me caso y le cuento la verdad. Cosita rica, mamacita”.

Al día siguiente, ella en la puerta de calle, estaba lista, con las manos en los bolsillos de su abrigo de gamuza. Vos que pensaste ibas a estar con ella en su casa solos, te pusiste intranquilo pensando no solamente en que se hizo agua la fiesta, que te dejó, como se dice, con la bata alzada, sino también en el riesgo de que alguien te encuentre pasenado y descubra la mentira de que ibas a llevar el carro a cambiar de filtros. Ella feliz, cómo estás Gabi, y vos aguantándote como héroe las ganas de hablar, sólo sonriendo, escuchando, haciendo señas de que a dónde vamos, y ella por aquí a ver una compañeras, por acá donde la costurera, por acá a pedir unos copiados y gracias Gabi me voy a clases, mañana quiero que vengas a ayudarme a escoger un vestido, chao amor, chao mi silencioso, a las cuatro le espero mi cielo, piénseme mucho y muchito con su boca carnosa y húmeda. Hasta que te decidiste Gabriel. Fuiste a verla con un papel en la mano: “Mañana viajo a Estados Unidos a operarme. Regreso en quince  días. Ruega a Dios que recupere el habla”. Y ella, lágrimas, gruesas lágrimas despidiéndose en media calle. Vos Grabielote, desde el siguiente día evitando la avenida, manejando como escondido, con gafas oscuras, con gorrita, conduciendo como lelo, pensando cómo salir del lío, hasta que por distraído te pasaste el semáforo y te dejaste embestir por aquel volquete del Municipio que te empinó como un pelele en el Galaxie. Te llevaron al Hospital Militar, te llenaron de vendas, te hicieron tragar mucho mertiolate, y entre los moscardones de la anestesia creíste oír que te encontraron casi degollado, con la cabeza metida en el volante, remordida la lengua y que te iban a reventar los tímpanos para que te acercaras al modelo del sirviente perfecto.

Entonces me di a escribir esta historia para contarle la pesadilla de la lengua cercenada. Al leerla, Rosalba lloró. Lloró silenciosamente en ese cuartuchoimages donde vivía con toda su familia. Por vez primera, Rosa del alba sin disfraces de gamuza ni siestas en Miami.

Iván Egûez

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IVAN EGUEZ

 

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