La despistada historia del Conde Drácula

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En un pueblo de Rumania vivía un conde de nombre Drácula. Era flaco como una escoba y tenía dos colmillos enormes. Por las noches salía en busca de comida. Para cenar, prefería la sangre de bellas jóvenes.
Apenas salía el sol se iba a su ataúd a dormir durante todo el día.
El conde no tenía auto ni triciclo y mucho menos bicicleta, así que para ir de acá para allá se convertía en murciélago y volaba por el cielo.
-Don Drácula, ¿por qué no viene por la mañana a tomar un té con leche a casa? – le decía Juan Perozkis, su vecino, al verlo pasar.
El conde siempre respondía que no, que tenía mucho trabajo, que se iba de visita a lo de su abuela Pepa, o que estaba resfriado. Pero lo que realmente sucedía era que Drácula no se movía de su palacio si no era de noche. Le tenía miedo al día, porque su papá le había contado que si un rayo de sol lo tocaba se convertiría en cenizas.
Una noche, el reloj de la casa del conde, se paró. Desde ese momento marcó siempre las veintidos horas.
Drácula se sintió desorientado. Según su reloj siempre era de noche, aunque estuviera el sol.
Un día en que el cielo estaba color carbón de tan nublado, el conde miró por la ventana. Estaba tan oscuro que le pareció que eran realmente la diez de la noche, entonces, se convirtió en murciélago y fue en busca de su comida favorita. Volando se acercó a lo de Juan Perozkis, que tenía una hija jovencita, justo como le gustaban a Drácula para la cena. Se metió por la ventana del comedor y apenas entró vio que allí estaba Juan, su mujer y la joven. Los tres tomaban té con tostadas, manteca y dulce.
-¡Vecino, qué gusto verlo por acá! Ya mismo le preparo un té con leche -lo saludó el señor Perozkis.
-¡Perdón! ¿Qué hacen despiertos? -preguntó el conde de lo más desorientado; él esperaba encontrarlos a todos durmiendo, en especial a la jovencita.
-Estimado señor, por si usted no lo sabe, en nuestra casa a esta hora se desayuna. Si quiere venir a comer unas tostadas, es bienvenido. Pero que sea la última vez que entra sin tocar el timbre, ¡y por la ventana! -exclamó indignada la señora Perozkis.
-¿Desayuno? ¿Pero… qué hora es? -consultó Drácula.
Al escuchar la respuesta el conde se escondió bajo la mesa. Se tapó la cara con sus alas de murciélago de miedo a que los rayos del sol lo convirtieran de inmediato en cenizas.
-Pero no se ponga así, hombre, si a nosotros nos encantan las personas que entran volando por las ventanas. Vamos, que mi esposa le estaba haciendo una broma -dijo Juan tratando de tranquilizarlo.
images (2)La joven Perozkis se acercó a Drácula ofreciéndole una taza de té con leche y dos tostadas untadas con manteca y dulce.
El conde se comió todo, mientras pensaba que si se convertía en cenizas como le había dicho su papá, era mejor hacerlo con la panza llena. Más tarde la jovencita lo invitó a pasear por la plaza del pueblo. Drácula seguía con tal susto que no atinó a decir que no.
Ya no había más nubes en el cielo y el conde sintió como los rayos del sol le acariciaban el rostro. Pero no se convirtió en cenizas…
Desde esa mañana, Drácula juega durante el día, duerme profundo en la noche y está más gordito de tanto comer tostadas con manteca y dulce.descarga

Adaptación de Irene Goldfeder
de la novela de Bram Stoker

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