La Traición

chasqui

Hua-man corría con pasos firmes y constantes por el estrecho camino trazado en la montaña. A pesar de la altura, su corazón y sus ágiles piernas respondían como una máquina perfectamente ajustada. El sendero, pavimentado con lajas de piedra, era uno de los muchos caminos que comunicaban el gigantesco Imperio Inca a través de miles de kilómetros. Mientras marchaba, Hua-man no pensaba en otra cosa que en el mensaje que había recibido y debía transmitir en el punto final de su carrera. Sabía que ni una letra debía ser cambiada y que apenas un pequeño error podía costarle la vida. Corría repitiendo internamente las palabras que podían significar la caída o la supervivencia del emperador y ni el helado viento que le cortaba la piel lograba distraerlo. Pero de pronto, sus pies se enredaron con una raíz que sobresalía en el terreno y cayó malamente de espaldas. Su cabeza golpeó contra una roca y por unos segundos perdió el conocimiento.
Al despertar, Hua-man sólo pensó en el mensaje que llevaba grabado en la memoria y repitió las palabras con desesperación: “Se espera una sublevación en los pueblos de la costa, y los ejércitos enemigos bajarán por la ladera sur de la montaña. Las fuerzas del emperador deben prepararse para sorprender a los sublevados y acabar con la rebelión”. Todo estaba en orden, apenas había perdido unos minutos y de inmediato volvió a ponerse en marcha. Pero mientras recuperaba el ritmo de la carrera, una duda terrible comenzó a torturarlo: ¿los ejércitos enemigos bajarían por la ladera sur o por la ladera norte? Sólo una palabra permanecía confusa en su recuerdo pero era de tal importancia que podía cambiar la suerte del imperio. No se atrevió a detenerse nuevamente y siguió dando vueltas alrededor de la frase que el chasqui anterior le había transmitido secretamente. Tenía orden de llevarla lo más rápido posible al capitán de las tropas imperiales que gobernaba la zona de la costa austral del grandioso reino. ¿Sur o norte? ¿Cuál había sido la palabra que debía memorizar y que repitió sin parar hasta el momento del golpe fatal? Estaba indeciso y cada vez más cerca de la meta. Por fin divisó a lo lejos el campamento de las tropas del emperador y al representante del capitán que lo esperaba. Como Hua-man vestía la capa de plumas multicolores que era el uniforme de los chasquis, fue rapidamente reconocido. En un segundo se convenció a sí mismo de que la palabra era sur, y pasó el mensaje que aseguraba que los sublevados atacarían por esa ladera de la montaña.

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Como otros jóvenes, hijos de familias nobles, Hua-man había sido preparado desde muy chico para ser un chasqui del emperador inca. Los observadores reales había advertido su excepcional agilidad y destreza en los juegos infantiles y determinaron su destino para una profesión que era a la vez un honor y una incomparable responsabilidad. Los chasquis llevaban los mensajes reales a través images (2)de los caminos, marchando siempre a pie, porque los incas no conocían la rueda ni tenían caballos. Un corredor partía por ejemplo de Cuzco, la capital del imperio, y era capaz de recorrer más de doscientos kilómetros en venticuatro horas, llevando el mensaje hasta la posta donde lo esperaba otro chasqui que debía memorizarlo y partir de inmediato para trasladarlo al siguiente puesto. Continuando la cadena, la información viajaba de un extremo a otro del país, llevada por docenas de chasquis. Como los incas no tenían escritura, en algunas ocasiones usaban un sistema de cordones y nudos llamado quipus que servía para anotar algunos datos. Pero en la mayoría de los casos, el mensaje era verbal y el chasqui debía aprenderlo repitiéndolo varias veces antes de empezar a correr para transportalo. Un chasqui tenía la obligación de ser leal al emperador, jamás debía contar su mensaje a ninguna persona fuera de la cadena y si cumplía bien su trabajo, era respetado y premiado con tierras y animales. Pero si se equivocaba o deformaba una sola palabra, era condenado a muerte. Este sistema de comunicación era imprescindible para mantener la organización del imperio.

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Cuando Hua-man transmitió las palabras secretas, todo el campamento entró en una frenética actividad. El capitán comenzó a dar órdenes a las tropas, y los hombres, armados con arcos, flechas, macanas  y hondas, se pusieron en marcha. Durante las horas siguientes avanzaron hacia el sitio indicado y esperaron escondidos a las fuerzas sublevadas. Se trataba de pueblos conquistados, que aparentemente habían aceptado la autoridad del Inca, pero que, en realidad, tejieron alianzas con otros pueblos para buscar su liberación y acabar con el dominio imperial. En la madrugada, cuando todavía las sombras no habían sido dispersadas por la luz del sol, los soldados enemigos bajaron desprevenidos por la ladera sur y se encontraron con los ejércitos del emperador. Paralizados por la sorpresa, apenas intentaron defenderse, muchos murieron en el campo de batalla, otros fueron tomados prisioneros y unos pocos lograron huir y dispersarse por los desfiladeros andinos.
El triunfo de las tropas imperiales, fue total, los jefes del levantamiento fueronimages (4) condenados a muerte, mientras sus hombres eran destinados a esclavitud de por vida para ejemplo de otros pueblos.
Hua-man, que esperó el final de la batalla, respiró aliviado. Su mensaje, llevado a tiempo y correctamente, había sido la clave de la victoria. Ahora solo debía ponerse en marcha para transmitir el resultado del enfrentamiento hasta la posta del siguiente chasqui,

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Seis días más tarde la noticia del triunfo alcanzó la ciudad de Cuzco, y el emperador la escuchó con satisfacción, anunciada por el último chasqui de la cadena. Todos los nobles de la corte participaron de la alegría y se organizó una serie de festejos para celebrar la victoria y homenajear a los héroes.
Solamente un hombre recibió en silencio la noticia y fingió una sonrisa que no expresaba lo que ocurría en su corazón. Ese hombre, apenas menos poderoso que el emperador, era el sacerdote supremo, intérprete de la voluntad de los dioses.
images (6)Soberbio y misterioso, ya hacía tiempo que era sumo sacerdote cuando el emperador, casi un niño, ocupó el trono luego de la muerte de su padre. El sacerdote había visto crecer al Inca con rencorosa envidia, condenando en silencio su conducta que juzgaba superficial e irresponsable. Jamás aprobó su inclinación por los banquetes desmedidos, la vestimenta lujosa, los caprichos infantiles y pensaba que el imperio no estaba en buenas manos. Se sentía el único capaz de conducir el reino y consideraba injusto que sus opiniones no fueran siempre respetadas. Por eso, cuando se enteró de la rebelión de los pueblos de la costa, tomó contacto con los líderes y armó una alianza para destronar al Inca. El primer movimiento para iniciar la rebelión era la destrucción de las fuerzas imperiales de la zona austral, que debían ser tomadas de sorpresa. Y la clave de esa sorpresa era enviar un dato equivocado en el mensaje que debían llevar los chasquis. Sólo el sumo sacerdote era el encargado de dar ese mensaje al primer chasqui y nadie más podía conocerlo. Sus palabras había sido: “Se espera una sublevación en los pueblos de la costa y los ejércitos enemigos bajarán por la ladera norte de la montaña. Las fuerzas del emperador deben prepararse para sorprender a los sublevados y acabar la rebelión”. Sabía que los sublevados bajarían por la ladera sur y esperaba que acabaran con las tropas imperiales. Más tarde, cuando las fuerzas estuvieran dispersas y debilitadas, tomaría el poder y se ocuparía de derrotar también a los pueblos de la costa. Pero nada había ocurrido como lo había planeado. No tenía dudas de que alguien se había enterado de su traición y, en algún momento del recorrido de los chasquis, había cambiado el mensaje, entregando los datos verdaderos.
Ahora lo invadía la angustia y en su mente giraban preguntas sin respuesta. ¿Quién conocía la verdad? ¿Quién había modificado el curso de sus planes? Estaba claro que el emperador todavía no sabía de su traición, pero era sólo cuentión de tiempo. No podía esperar más que un trágico final, en cuanto su plan quedara al descubierto.
Se planteó mil salidas diferentes y pensó en interrogar a los chasquis para averiguar en qué momento el mensaje había sido cambiado. Pero de esa manera tal vez sólo consiguiera apresurar su propio fin.
No le quedaba otro camino que huir, lo antes posible.
Durante la noche, mientras el pueblo festejaba, el sumo sacerdote apenas preparó un atado de ropa liviano y se dispuso a partir.
Las sombras eran buenas commpañeras y mientras todos celebraban la victoria, inició el viaje. Se apartó de la ciudad y comenzó a caminar por un sendero estrecho de la montaña que pocos conocían. Ya se sentía a salvo lejos de las luces y los ruidos, y su marcha se volvió más tranquila en el silencio y la oscuridad.

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No se dio cuenta que lo seguían hasta que tuvo a los hombres a sus espaldas. Eran solamente tres, pero estaban bien armados. Uno de ellos, el que llevaba un cuchillo de hoja larga y filosa se adelantó para decirle: “Soy uno de los sobrevivientes de la matanza, un habitante de los pueblos australes a los que has traicionado. Confiamos en tu palabra, pero revelaste el lugar por donde íbamos a atacar y fuimos vencidos. Ahora pagarás con tu vida”. El cuchillo llegó al corazón del sumo sacerdote que cayó muerto.

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Dos días más tarde su cuerpo fue hallado por unos pastores. El emperador pensó de inmediato que era una venganza contra el sacerdote por haberse enterado del ataque y haber transmitido el mensaje que posibilitó la victoria. Con gran dolor ordenó preparar una imponente ceremonia fúnebre, digna de un emperador, y lloró ante el cuerpo de quien creía había sido su más leal servidor.

imagesHua-man recibió la noticia del crimen en la última posta y corrió como otras veces para llevarla hasta el confín del imperio. Cuando comunicó su mensaje, también allí hubo duelo riguroso y se hicieron sacrificios en memoria del sacerdote supremo.images (5)

Ana Arias

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SELLOZZANA ARIAS

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