Las vicuñitas de Coranzuli

VICUÑAS

-Mirá, mirá, las vicuñitas allá -señalaba exaltado Damián con el brazo extendido en dirección al cerro.
-¿Dónde? preguntó Demetrio.
-Mirá pa´la cumbre, justito ahí…
Y efectivamente, como si caminasen por el filo de la cumbre, recortadas contra un claro cielo más blancuzco que azul, se las veía. ¿Cuántas eran…? ¿Cuatro, cinco, quizá seis o siete…? Las más tímidas no se dejarían ver…
-Vamos -propuso Damián entusiasmado.
-¿A qué pues? Si cuantito se acerquemos se van a disparar.
-No, no, son buenitas
-¿Y cómo lo sabés?
-No sé, pero son mansitas.
Demetrio observó de reojo a su hermano menor y guardó silencio. Luego volvió a mirar hacia el lejano allá de las vicuñas.
Parecía que, a su vez, los animalitos los observaban a ellos, con la misma curiosa ansiedad.
-Vamos, te digo…- insistió Damián.
-Meta, pero despacito, de no se van a espantar.
Y comenzaron a ir.
Las vicuñas, inmóviles, permanecían en el mismo lugar.
¿Serían reales…? Como estatuas de sal. Blancas, brillantes, Hasta que un macho, seguramente el guía, movió ligeramenta la cabeza y entonces supieron que no veían visiones.
-Pará un poquito -se detuvo jadeante Demetrio-. Casi no puedo respirar.
Damián se detuvo y miró a su hermano. Él parecía sufrir menos el aire enrarecido. Se apoyó de espaldas contra un pedrón y dirigió su vista a las vicuñas.
-Ahí nomás están -comentó para sí mismo.
Demetrio tragaba aire con la boca entreabierta.
-Sigamos -dijo a los pocos minutos.
Damián trepaba usando sus manos. Quizá por eso se fatigaba menos y avanzaba más. De tanto en tanto se detenía para comprobar si su hermano lo seguía. Demetrio iba quedando más y más abajo, más y más atrás.
Hizo un alto y las pudo distinguir nítidamente. Las vicuñas se movieron apenas. Le hizo señas a Demetrio para que se detuviese y se llevó el índice a los labios.
Espero un ratito. Las vicuñas debían verlo a él, mejor que él a ellas. Seguían en el mismo lugar.
images (4)Respondiendo a un impulso, Damiám cubrió, sin pausas, el trecho que lo separaba de la cumbre. Muy cerca se detuvo.
Las vicuñas retrocedieron ligeramente, dándole el frente; pero no se alejaron. Damián las veía temblar. Aguardó.
Las vicuñitas también parecían esperar.
Se les fue acercando muy, muy lentamente y cuando estaban casi al alcance de su mano, se sentó muy cerca de ellas.
Y le pareció que debajo de él la sierra de Incahuasi temblaba ligeramente. Las vicuñas se inquietaron.
Algunas piedras rodaron, lentas, ladera abajo. Damián buscó a su hermano. Estaba muy cerca ya, y no le había pasado nada.
-¿Qué es? -musitó Damián.
-No sé; pero se me hace que ha temblao la tierra… 
Observaron a su alrededor. Las vicuñas se alejaron algunos metros de la cumbre. No se notaba nada extraño. Salvo el cielo muy blanco; salvo el aire, muy quieto. Y el silencio…
-Apurate -lo instó Damián. Demetrio trepó hasta alcanzarlo.
-Sigamos a las vicuñitas- le propuso.
-¿Por qué? -quiso saber Demetrio.
-No sé; pero eso están queriendo.
Y parecía; efectivamente, que los animalitos esperaban por ellos. Demetrio se decidió y traspasaron la cumbre.
Las vicuñas continuaban alejándose.
El cerro volvió a temblar.
-¡Vamos, vamosé tras de ellas! -y Damián echó a correr.
Demetrio corrió también en pos de su hermano que corría, alejándose de laimages (3) cumbre, detrás de las vicuñas. Y repentinamente estalló como un trueno.
Sin tormenta.
Sin agua.
Sin viento.
Pero detrás de ellos.
Corrían sin parar, sin darse vuelta, siempre guiados por las vicuñas que los alejabam más, cada vez. Era como si el temblor fuera en pos de ellos.
Sin alcanzarlos.
Hasta que, tan repentinamente como había comenzado, el temblor y los ruidos estrepitosos cesaron.
Las vicuñas se habían detenido.
Ellos también.
Se miraron y sin saber por qué, supieron que era el cerro, ese cerro desde cuya base habían divisado a las vicuñas.
Se dieron vuelta.
El cerro se había partido.
Se acercaron a mirar.
A veinte pasos de ellos, desde donde elllos se habían detenido, había una hondonada enorme, una especie de herida de tierra y de piedras.
La ladera por la que habían trepado no existía. Un tajo enorme. Solamente un tajo que pudo haberlos devorado entre pedrones y cardones tumbados.
-Se mos salvao agatas -alcanzó a murmurar Demetrio.
Damián se acercó a las vicuñas.
Demetrio hizo lo propio.
Las vicuñas los dejaron aproximarse.
Los niños se abrazaron a ellas.
Las vicuñas no entendían por qué. Pero les gustaban las caricias de los chicos. Y aceptaron conmovidas, sus muestras de gratitud.images

José Murillo

volver a la portada

SELLOZZJOSE MURILLO

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s