Banda del pueblo

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Eran nueve, en total: ocho hombres y un muchacho de catorce años. El muchacho se llamaba Cornelio Piedrahita y era hijo de Ramón Piedrahita, que golpeaba el bombo y sonaba los platos; Manuel Mendoza soplaba el cornetín; José Alancay, el requinto; Segundo Alancay, el barítono; Esteban Pacheco, el bajo; Redentor Miranda, el trombón; Severo Mariscal sacudía los palos sobre el cuero templado del redoblante; y, Nazario Moncada Vera chiflaba el zarzo.
Cornelio Piedrahita no soplaba aparato alguno de viento, ni hacía estrépito musical ninguno; pero, en cambio, era quien llevaba la botella de mallorca, que los hombres se pasaban de boca en boca, como pipa de la paz, con recia asiduidad, en todas la oportunidades posible. Además, aunque contra su voluntad, el muchacho había de ayudar a conducir el armatoste instrumental del padre, cuando a éste, cada día con más frecuencia, lo vencían los accesos de su tos hética. Era así, imprescindible, y formaba parte prinncipalísima de la banda.
Por cierto que los músicos utilizaban al muchacho para los más variados menesteres; y, como él era de natural amable y servicial, cuando no lo atacaba el mal humor… prestábase de buena gana a los mandados.
La única cosa que le disgustaba en realidad, era alzarse a cuestas el bombo. De resto, dábale lo mismo ir a entregar, hurtándose a los perros bravos y a los ojos avizores, una carta amorosa de Pacheco, que era el tenorio lírico de la banda, a cualquier chola guapetona; o adelantarse, casi corriendo, cuadras y cuadras, al grupo, para anunciar como heraldo la llegada; o, en fin, aventurarse por las mangas yerbosas en busca de un ternero, un chivo, un chancho, o cualquier otro “animal de carne” al que hundía un largo cuchillo que punzaba el corazón, si no era que le seccionaba la yugular… para satisfacer los nueve estómagos hambrientos, en las ocasiones no muy raras, en que “los frejoles se veían lejos”.
Cuanda andaban por las zonas áridas de cerca al mar, Cornelio Piedrahita tenía que hacer mayor uso de sus habilidades de forzado abigeo.
-Estos cholos de Chanduy son unoh fregaoh -decía Nazario Moncada Vera, contando y recontando las monedillas de níquel -Tre`sucreh, hemo`sacao.
Severo Mariscal, que era tan alegre como los golpecillos de su tambor cuando tocaba diana, oponía esperanzado:
-Pero en Sant`Elena noh ponemoh lah botah. ¡Ya verán! ¡Eso eh`gente abierta! Yo hey estao otras vece, en la banda der finao Merquiade Santa Cru…
-¿Er peruano?
-Boliviano era. Le decían peruano, de insulto. Er se calentaba.
-¡Ah!
Redentor Miranda inquiría, angustiado:
-Bueno, ¿y la comida? De aquí a Sant`Elena hay trecho.
Nazario Moncada Vera permanecía silencioso, pensativo. Resolvía, después:
-Me creo de que debemoìr a lo`sitioh; Engunga, Enguyina, Er Manantial, L`Azucar…después tumbamo pa Sant`Elena.
-Como se sea.
Segundo Alancay no se satisfacía:
-¿Y l`agua? ¿Quieresde l`agua?
-En Manantial venden.
-¿Y la plata? ¿Quieresde la plata?
Todo él era dificultades; lo contrario de su hermano José, para quien ni los obstáculos verdaderos merecían reparo.
Manuel Mendoza, sentencioso, sabio de vieja ciencia montuvia, decía la última palabra:
-Pa la seh, lo que hay eh la sandiya… Sandiayh no fartan en estoh lao…
Redentor Miranda insistía:
-Pero, seh no máh no eh lo que siente uno…¿Onde hayamos er tumbe?
Redentor Miranda se parecía, en la facha, a su trombón. Era explicable su ansiedad.
Pero, estaba ahí Manuel Mendoza, oportuno:
-¿Y loh chivo? ¿Onde me dejah loh chivo? No hay plata pa mercarloh…¡Bueno!…, ¿y ónde me dejan a “Tejón macho”? ¿Ónde me lo dejan?
Con esto de “Tejón macho” se refería a Cornelio Piedrahita, que tenía este apodo desde antaño, cuando era chiquitín y vivía aún en su pueblo natal de Dos Esteros.
El muchacho sólo les permitía a Mendoza, que era su padrino, y a Moncada Vera, que lo llamaran por el mote. A los demás les contestaba cualquier chabacanada.
Ramón Piedrahita miraba a su hijo amorosamente con sus ojos profundos, brillosos, afiebrados.
-¡Me lo están dañando ar chumbote!- decía-, ¡Ya quieren que se robe otro chivo!¡Tan envicéandomelo!
Suspiraba y añadía:
-Cuando me muera y naidien me lo vea, va`a parar a la cárcel…
Manuel Mendoza intervenía enérgico:
-¿Y nosotros? ¿Ónde noh deja`a nosotros? ¿Y yo? ¿Ónde me dejah`a mí?
Arrugaba el entrecejo al agregar:
-A voh, compadre, l`enfermedá t`está volviendo pendejo. ¡Y no hay derecho, compadre!
Contando al muchacho, eran siete de la costa y dos de la sierra.
Se habían ido juntando al azar, al azar de los caminos; y, ahora, los unía prietamente un lazo fuerte de solidaridad, que no subía a la boca en las palabras mal pronunciadas, en lo giros errados del lenguaje, en la sintaxis ingenua de su ignorancia campesina; pero que, mucho mejor, se significaba a cada momento en los gestos, en los actos.
INSTRUMENTOFueron, primero tres: Nazario Moncada Vera, Esteban Pacheco y Severo Mariscal. Un zarzo, un bajo y un redoblante.
Hacían unas tocatas infames. A las personas entendidas ocurríaseles, de escucharlos, que se habían desatado en la tierra los ruidos espantosos del infierno o una abierta tempestad de mar de altura.
-Pero, la gente bailaba; ¿verdad, Pacheco?
-¡Claro!
-¡Y dábamoh sereno!
–¡Noh contrataban por la noche! Mi`acuerdo que don Pepe Soto, er mentao “Zambo jáyaro” noh pasó treinta sucreh una veh pa que le tocáramo en una tambarría q`hizo onde lah Martine… ¿conociste noh, Mendoza a lah Martine?
-¿Y meno? ¿Me creeh de que soy gringo? ¿No era lah`entenadah de Goyo Silva que le decían lah “Yegua meladah”?
-Lah mesmah.
-¡Ah!… Corrieron gayo lah doh… La mayor izque vive con un fraile en la provincia… La otra izque se murió de mal…
-Sí… Esa eh la qu`interesaba “Zambo jáyaro”… Camila… No la aprovechó… Una moza que bía dejao por ella “Zambo jáyaro” l`hizo er daño en un pañolón bordao que le mandó a vender con un turco senciyero, d`esos que andan en canoa… El turco arcagüetió la cosa…
-Ahá…
Eran así los recuerdos de la época, ya lejana, de los tres.
-Después te noh`apegaste voh, Mendoza.
-¿Cómo “apegaste”? ¡Rogao ni santo que juí!
-Hum…
-¡Claro!
Reían anchamente las bromas.
-A Redentor Miranda lo cogimo pa una fiesta de San Andréh, en Boca`e Caña.
-Mejor dicho, en el estero de Zapán.
-Como a lagarto.
Tornaban a reír.
-Voh, Piedrahita, te noh`untaste en Daule, pa una fiesta de mi Señor de loh Milagro. Vo`habíah bajado de Dos Estero buscando trabajo.
-Sí…Jué ese año de loh dos`inviernoh que s`encontraron… Ese año se murió la mama de m`hijo… Quedé solo y le garré grima ar pueblo…
Se ponía triste con la memoria dolorosa.
Añadía:
-Er día que me venía a Daule jué que me fregaron… ¡Porque a mí lo que m`hicieron eh daño, como a Camila Martine, la “Yegua melada”!.. Yo no me jalaba con mi primo Tomah Macía, y ese día cuando m`iba embarcar, me yamó y me dijo: “Oiga, sujeto; dejémono de vaina y vamo dentrando en amistá”. “Bueno, sujeto,” le dije yo (porque así noh tratamo con ér, de sujeto), y noh dimo lah mano… En seguida m`invitó unoh tragoh onde er chino Pedro… Y en la mayorca me amoló… Desde entonces no se me arrancan lah toseh…¡Y ve que m`hey curao! ¡Porque yo me hey curao!
Manuel Mendoza cortaba el discurso:
-Ya te lo hey dicho, compadre. Pa voh todavía hay remedio, porque tu mar no`stá pasao. Onde puedah`irte a Santo Domingo de loh Colorao, loh`indio te curan.
-Este verano voy.
Así era siempre… El próximo verano se iba Ramón Piedrahita a curarse de su tos en las montañas de los Colorados… El próximo verano… Pero, no partía nunca… No fue nunca allá… A otra parte se fue…
-Con loh`Alancayeh noh completamo en Babahoyo pa una fiesta de mi Señora de lah Mercede…
-¡Ahá!
Los hermanos Alancay habían bajado desde la provincia de Bolívar, y tenían una historia un poco distinta de las de sus otros compañeros…
images (4)Los hermanos Alancay eran oriundos de Guaranda, y, cuando muchachos, habían trabajado en los latifundios, al servicio de los gamonales de la provincia de Bolívar. Creyendo mejorar escaparon a Los Ríos y buscaron contrato en una hacienda en donde se explotaba madera.
Era la época del concertaje desenmascarado y de la prisión por deudas. Los Alancay, sin saber cómo, se encontraron con que, tras un año de labor ruda y continuada, no guardaban nada ahorrado, apenas sí habían comido, estaban casi desnudos y, para remate, tenían con el patrón una cuenta de cien sucres cada uno.
Acobardados, huyeron de nuevo, rumbo a sus sierras natales. Esperaban que les iría menos mal que en la llanura, a pesar de todo.
Les fue igual, sino peor.
Entrampados, fugaron por tercera vez, encaminándose a Riobamba.
Felizmente para ellos, ardía el país en una guerra intestina, y necesitaban gente fresca en los cuarteles.
Se metieron de soldados. El jefe del cuerpo los defendió cuando la autoridad civil, a nombre de los patronos acreedores, los reclamó.
Zafaron así. La esclavitud militar los libró de la esclavitud bajo el régimen feudal de los terratenientes; y, el látigo soportado encima de la cureña del cañón, a rítmicos golpes compasados por los tambores, en la cuadra de la tropa… los libró del látigo sufrido con más los tormentos de la barra o del cepo Vargas, en las bodegas o en los galpones de las haciendas y sin más música que el respirar jadeante del capataz…
Hicieron la campaña.
Sacaron heridas leves y un gran cansancio, un cansancio tan grande, tan grande, que sentían que ya nada les importaba mayor cosa y que la vida misma no valía la pena.
Esto lo sentían oscuramente, sin alcanzar a interpretarlo; a semejanza de esos dolores opacos, profundos, radiados, que se sienten en lo hondo del vientre y de los cuales uno no acierta a indicar el sitio preciso.
Transcurrió mucho tiempo para que se recobraran, pero, en plenitud, jamás se recobraron.
En la paz cuartelera aprendieron música por notas. Llegaron a tocar bastante bien en cualquier instrumento de soplo, las partituras más difíciles, con poco repaso. Las composiciones sencillas las ponían a primera vista.
Entonces, ser de la banda era casi un privilegio, y los soldados se disputaban porque los admitieran al aprendizaje de la música.
Los Alancay se consiguieron sus barraganes entre las cholas que frecuentaban los alrededores del cuartel. Junto con las demás guarichas, sus mujeres seguían al batallón cuando, en cambio de guarnición, era destacado de una plaza a otra.
Los dos hermanos se consideraban, ya, casi venturosos; yendo de acá para allá, conociendo pueblos distintos y viendo caras nuevas.
El rancho era pasable; tenían hembras para el folgar, dinero al bolsillo, ropa de abrigo y el trabajo era soportable y les agradaba hacerlo.
¿Qué más?
Pero, de su tranquilidad los desplazó bruscamente la noticia de otra revolución.
El ambiente cuartelero no los había militarizado, y guardaban, vivo y perenne, el recuerdo de la anterior campaña.
Por eso, al saber la orden de movilización de su unidad, desertaron.
A prevención, lleváronse dos instrumentos, los que más a mano toparon: un requinto y un barítono; pero, como en pago, abandonaron sus guarichas al antojo de los compañeros.
Erraron meses y meses por las montañas, perdidos a veces, miserables, hambrientos, pero satisfechos de estarlo antes que arrostrar las penurias y los peligros de la campaña contra los montoneros, que hacían una destrozadora guerra de guerrillas.
En las aldeúcas de  indios, en los sitios de peones, tocaban el requinto y el barítono, acompañándose como podían. Después, recogían las moneditas.
Eran casi mendigos.
Un día, en Babahoyo, toparon con la banda popular que ya por entonces dirigía Nazario Moncada Vera.
Les propuso éste que ingresaran en ella, y los Alancay gustosísimos, aceptaron.
Aún cuando los hermanos Alancay eran los que más sabían de música y dirigían  y enseñaban a los demás, la jefatura la conservó siempre, aún por encima del viejo Mendoza, Nazario Moncada Vera.
Éste se decía nacido en la proximidades de Chone y pretendía ser de una familia de bravos yaguacheños que siguieron al general Montero en todas sus aventuras, completándole las hazañas. Aseguraba que, en un solo combate, pelearon con el partido del general nada menos que siete Moncadas, formando parte de la famosa caballería.
-Yo no hey arcanzao esoh tiempoh… A mí me tocó la mala, cuando jué la de perder, en la cerrada de Yaguachi… Ahí m`hirieron en un brazo… Una bala me pasó tocando…
En efecto; Nazario Moncada Vera era casi inválido de un brazo, a cuya circusntancia atribuía sus dificultades con el instrumento.
-Anteh tocaba mah mejor. Yo he sido músico de línea, como loh`Alancayeh…
Contaba que en la acción de Yaguachi, ya herido, hubo de ocultarse huyendo del enemigo, debajo del altar de San Jacinto, en la iglesia parroquial, y que, en su escondrijo permaneció dos días sin poder salir.
-Noh cazaban como a zorroh… Onde noh garraban, noh remataban a culeta limpia…¡Eso era coco!… Ahí, voh Mendoza, que te la dah de macho, te bierah cagao loh carzoneh…
Parecían tener sus “picos pendientes” con Mendoza, porque frecuentemente se echaban chinitas.
El viejo decía:
-¡No me caracolehh! ¡Tirámela en paro, que yo te l`aguanto!
Reían y no ocurría nada.
De Moncada Vera se referían en voz baja historias poco edificantes.
-Comevaca ha sido.
-En la cárcel de Guayaquil estuvo.
-Pero jué por político.
-¿Y en Galápagoh? ¿Por qué`stuvo en Galápagoh?
-¡Por comevaca, pueh!
-No.
-Auto motivado tiene…
-¿Y cómo no lo garra la Rurar?
-¿No lo saben? Lo defendió un`abogao gayazo… Cuando le cayó auto motivado, lo hizo pasar por muerto y presentó er papel de la defunción como que había muerto en Baba… No se yama Nazario… Fermín se yama… Y er dice ahora que Fermín era su hermano y que eh finao… ¡Pero, loh que sabemos, sabemos, sabemos!
-¡Ah!
Sea como fuere, Nazario Moncada Vera hablaba mucho de su pasado. Mas, es lo cierto que a menudo se contradecía.
Mostrábase orgulloso de su origen, y este lado flaco se lo explotaba el viejo Mendoza.
-Todo yaguacheño, amigo, lo que eh… eh ladrón…
-¡Mentira!
-¿Y er dicho? ¿Onde me dejah`er dicho? ¿Qué dice er dicho? “Anda a robar a la boca`e Yaguachi…” ¿Dice u no dice?
-¡No me lah rasqueh`en contra, Mendoza!
En otras ocasiones se gloriaba de sus paisanos ribereños, que antaño fueron temidos piratas de río.
-¡Eso eran hombreh, caray!
Nazario Moncada Vera sabía tanto de monte como el propio Mendoza y más que los otros compañeros.
Poseía, sin duda, el don de los caminos, y resultaba un guía infallable. Era, en una sola pieza, brújula, plano topográfico y carta de rutas. De Quevedo a Balao o de Boliche a Ballenita, no había fundo rústico, o poblado, por chico que fuera, donde careciera de relaciones y no conociera, por lo menos, a alguno o a sus antecesores. En todas partes tenía amigos, compadres, o “cuñados”.
He aquí una escena.
Llegaba a la noche la banda a una casuca pajiza, “aflojada en media sabana como cabuyo d`engorde”.
Ladraban los perros.
Arriba apagaban el candil, y la casa quedaba cutelosamente a oscuras.
Moncada Vera gritaba:
-¡Amigo!
Silencio.
-¡Amigo!
Silencio.
Al fin aburrido decía:
-No sean flojoh… ¡Soy yo, Moncada Vera, con la banda`e música!
Arriba notábase un movimiento apenas perceptible. Alguien se parapetaba tras la ventana entreabierta. Veíase, en la oscuridad, rebrillar el filo del “raboncito” o el cañón de la “garabina”
Y después de unos instantes, una voz jubilosa daba la bienvenida.
-¡Adioh, compadre Nazario!
-¿No me conocían?
Con la escurana, no, compadre. Dispense. ¡Y como hay tanto mañoso! Suba, compadre, con loh caballero…
Sucedía que, al cabo de los años, Nazario Moncada Vera había hallado a su compadre Remanso Noboa, con quien, de seguro, habrían estado mucho tiempo juntos en alguna parte, y con quien harían, mano a mano, memorias de las pellejerías que , juntos también, le habrían hecho a alguna mujer o algún hombre…
-¡Vea como son lah cosah!
Podía ser otra escena.
Estaba la banda en una aldea enfiestada. Nazario Moncada Vera necesitaba un caballo “pa`un menester urgente”.
Pasaba un joven jinete:
-¡Oiga amigo!
El jinete se revolvía.
-¿Que se l`eofrece?
-¿No eh`usted de loh Reinoso de la Bocana?
-No; soy de loh`Artega de Río Perdido.
-¿Ah…! ¿Hijo`e Terencio?
-No; de Belisario.
-¡Ah!…¿ De mi cuñao Belih…? ¡Ahí`stá la pinta!
Después de poco, Nazario Moncada Vera, trepado en el caballo del desmontado jinete, iría a despachar su asunto, dejándolo al otro a pie y satisfecho de servir al “cuñado” de su padre.
Estas condiciones de Nazario Moncada Vera obraban, sin duda, para mantenerlo a perpetuidad en la jefatura de la banda.
Casi no se separaban los músicos.
En ocasiones, alguno de ellos quedábase cortos días en su casa, de tenerla, con los suyos, o, sino, en la de algún pariente o amigo.
Los que escondían por ahí su “cualquier cosa”, eran quienes mayor tiempo disfrutaban de vacaciones.
En especial, Severo Mariscal.
Nazario Moncada Vera le decía, cuando el del tambor le comunicaba su intención de “tomarse una largona”:
-¡Ya va`empreñar arguna mujer, amigo! ¡Usté eh`a la fija!
Y era así, infallable.
A los nueve meses de la licencia había en el monte un nuevo Mariscal.
Severo se gloriaba:
¡Pa mí no hay mujer machorra!
La verdad es que tampoco había, para él, mujer despreciable: de los doce años para arriba, sin límite de edad…
-Lo que hay que ser eh dentrador -repetía.
Cuando tratábase de una chicuela, se justificaba diciendo:
-La carne tierna p`al diente flojo.
Cuando ocurría lo contrario, decía:
-No crea, amigo, gayina vieja echa güen cardo… O también:
-Eh er güeso que da gusto a la chicha…
Se burlaba de Esteban Pacheco, cuyos amores eran casi todos platónicos.
Lo aconsejaba:
-¡Dentra, Pacheco! A la mujer hay que dentrarle. Reía.
-A mí no se me pasan ni la comadreh…
Pacheco argüía. tímido:
-Te vah`a fregar.
-Yo me limpio con la vaina de loh castigoh.
images (9)Al oír estas discusiones, Manuel Mendoza terciaba, según constumbre, inclinándose siempre a favor de Severo Mariscal, en contra de Estaban Pacheco.
-¡Déjalo, Severo! -decía. A Pacheco no le agrada máh bajo que su estrumento.
Y reía con su risita aguda, que era -según expresión de Redentor Miranda- “calentadora”…
En la temporada seca, la banda iba generalmente completa.
-P`al invierno, bueno que gorreen…pero p`al verano hay que ajuntarse -decía Nazario Moncada Vera.
-Cierto. Eh que en verano caí toda la fiestería…
Apenas se les escapaba fiesta alguna de pueblo, por apartado que estuviera de las vías de comunicación más transitadas; y, no sólo en la provincia del Guayas, sino en la de Los Ríos y aun en la parte sur de la de Manabí, en las zonas que colindan con la del Guayas.
Sobre todo, eran infaltables en las más importantes: Santa Ana, de Samborondón; San Lorenzo, de Vinces; San Jacinto, de Yaguachi; Santa Lucía, de Santa Lucía; la Virgen de las Mercedes, de Babahoyo; el Señor de los Milagros y Santa Clara, de Daule; San Pedro y San Pablo, de Sabana Grande Guayaquil; San Antonio, de Balao; la Navidad, del Milagro…
El año anterior a la muerte de Ramón Piedrahita, fueron por primera vez a Guayaquil, para celebrar la Semana Santa en la barriada porteña de la iglesia de La Victoria. Les fue bien y pensaban volver al año siguiente.
La banda era número de importancia en los programas pueblerinos. En los anuncios que, suscritos por el prioste o encargado, aparecían en los diarios guayaquileños invitando “a los devotos, turistas y público en general a contribuir con su presencia a la solemnidad de la fiesta”; se decía al pie de los datos sobre lidia de gallos, carrusel de caballitos, circo, carrera de ensacados, etc, que amenizaría los actos “el famoso grupo artístico musical que dirige el conocido maestro Nazario Moncada Vera, con sus reputados profesores, poniendo las mejores piezas de su numeroso y selecto repertorio, tanto nacional como extranjero”.
Era, en verdad, nutrido el repertorio. No había pasillo que la banda no tocara: desde el remoto “Suicida” hasta “Ausencia”, pasando por “Gotas de ajenjo”, “Alma en los labios”, “Ojos verdes”, “Vaso de lágrimas”, “Mujer Lojana”, etc., es decir, por toda la abundante flora de esas composiciones populares.
En materia de valses, la banda prefería “Loca de amor”, “Sobre las olas”, “Sufrir y más sufrir”, “Idolatría” y otros semejantes.
No figuraba en la lista de piezas más tangos que “Julían” y “Muchacha del circo”; pero los Alancay habían cambiado de tal modo los compases, que ya de tangos sólo les restaba el nombre y podían ser bailados como el más atrafagado y saltarín de los pasillos.
También se tocaba sanjuanes andinos, en especial, uno que comenzaba:
San Juanito, nito,
De Pulí, pulí…
¡Sácate los ojos!
¡Dámelos a mí!
Zambas, rumbas, marineras, chilenas, boleros, de todo había en el repertorio; pero con estas piezas ocurría, poco más o menos, lo que con los tangos. Para las serenatas, los músicos escogían canciones, de esas viejas canciones cuyo origen se ha perdido en la no escrita historia  de los campos, y las que, si bien algunas fueron traídas de Cuba o Yucatán en el pasado siglo, remontan su origen, en la mayoría, a la época colonial y calentaron de amor la sangre criolla de las bisabuelas…
Para acompañar los entierros de los montuvios pudientes, dedicaban una suerte de pasodoble tristón, en el que introducían, alterando contextura, trozos de sanjuanes, de bambucos y aun de jotas aragonesas…
Cuando “alzaban a Santo” en la misa mayor de las aldeas enfiestadas, la banda entraba por una machicha brasileña que los Alancay aprendieron en el cuartel y enseñaron luego a sus compañeros.
Habia también machicha en la ceremonia del descendimiento del ángel, para la Pascua de Resurrección: el ángel -representado siempre por la más guapa chica del pueblo- bajaba, atado de una soga encintada a la espalda, desde la ventana más alta del campanario, sobre el perfil de la iglesia… Callados los sones de la música, anunciaba a las pávidas gentes que Dios, aunque pareciera mentira, estaba vivo y más robusto que nunca después de su crucifixión y entierro… Los cohetes y las palomitas de colores -debidos a la munificencia de los chinos acatolicados- expresaban luego el júbilo de los circunstantes por la extraordinaria noticia… Y, de nuevo la machicha brasileña.
Finalmente, la banda sabía el himno nacional ecuatoriano y una arrancada rapidísima, a paso de polea, con intermedio de ataque.
Nazario Moncada Vera decía que esta arrancada, que él calificaba de marcha guerrera, fue la última que tocaron las fuerzas militares revolucionarias en la rota de Yaguachi.
La banda utilizaba todas las vías posibles para trasladarse de un punto a otro.
Ora viajaban los músicos en lanchas o vapores fluviales, en segunda clase, sobre las rimas de sacos de cacao para exportación o junto al ganado que se llevaba a los camales; ora, en piraguas ligeras, que navegaban en flotillas apretadas; ora, en canoas de montaña, a punta de palanca contra corriente, o a golpe de remo, a favor en las bajadas; ora, por fin alguna vez, en las balsas enormes que se deslizan por el río, al capricho de las mareas, conduciendo frutas, desde las lejanas cabeceras, para los mercados ciudadanos.
Cuando incursionaban en las poblaciones de junto a la mar viajaban en balandras; y, cierta ocasión que los contrataron para una fiesta en Santa Rosa, en la provincia de Oro, se embarcaron a bordo de un caletero.
Pero, por lo general, marchaban a pie por los caminos reales o por los senderuelos de las haciendas; y, muchas veces, abriendo trochas en la montaña cerrada.
Cuando la noche o la lluvia se les venía encima, buscaban un refugio cualquiera: bien se apelotonaban bajo un árbol frondoso; bien bajo un galpón o cobertizo; bien en alguna choza abandonada, de ésas que suelen hacer los desmonteros de arroz para el pajareo y la cosecha,  y los madereros para el corte.
Eso no ocurría con frecuencia: casi siempre Nazario Moncada Vera arreglaba el intinerario de tal modo que hicieran noche en algún pueblo o hacienda, o, siquiera, en la casa de alguna persona acomodada que les prestara hospedaje gratuito.
Precisamente, alojados en una de estas mansiones rurales – en la de los Pita Santos, de Boca de Pula – se encontraban la tarde en que murió Ramón Piedrahita.
Este acontecimiento doloroso cerró una etapa de la historia sencilla de la banda, y abrió otra nueva.
Lo anterior a ese acaecido pertenece al pasado; el presente sigue, desde entonces.. y seguirá.. manso, sereno e igual.
Las cartas amorosas de Pacheco… Las conquistas de Severo Mariscal y los hijos consecuentes… La ciencia montuvia de Mendoza… Las dificultades de Segundo Alancay… El hambre insaciable de Redentor Miranda…Lo mismo, exactamente, lo mismo.
Continuará de aventura la banda por los caminos del monte. Irán los músicos en busca de fiestas poblanas, que alegrar con su alharaca instrumental, de entierros, que acompañar, de serenatas que ofrecer, de ángeles que ver descender, no del cielo, pero de la ventana más alta de los campanarios rurales… Irán en busca de todo eso; mas, irán también, con eso, en busca del pan cotidiano… que los hombres hermanos se empeñan en que no dé la tierra generosa para todos… sino para unos cuantos.
Cuentan el tiempo los músicos por el triste acaecido de la fuga del compañero tísico que sonaba el bombo roncador y los platillos rechinantes.
-Eso jué anteh de que se muriera Ramón Piedrahíta…
-No; jué después…Ya lo`bía reemplazado “Tejón macho”… Màcuerdo porque en Juján no pudimos tocar el hinno nacional…”Tejón macho” no lo`bía prendido todavía…
-De verah…
Era el atardecer.
images (6)Los últimos rayos del sol -“que había jalao de firme, amigo” -jugueteaban cabrilleos en las ondas blancosucias del riachuelo.
Redentor Miranda dijo, aludiendo a los reflejos luminosos en el agua:
_¡Parecen bocachicos nadando con la barriga p`encima!
-Manuel Mendoza fue a replicar, pero se contuvo.
-¡Hasta la gana de hablar se le quita a uno con esta vaina! -murmuró.
Iba el grupo silencioso, por el sendero estrecho que seguía las curvas de la ribera, hermanando rutas para el trajinar de los vecinos.
A lo lejos – al fin del camino- distinguíase el rojo techo de tejas de una casa de hacienda, cobijada a la sombra de una frutaleda, sobre cuyos árboles las palmas de coco, atacadas de gusano, desvencijaban sus estípites podridos, negruzcos, ruinosos…
-¡Bay! Esa eh la posesión de loh Pita Santoh.
-La mesma.
-¿Arcanzaremo a yegar?
-Humm…
Hablaban bajito, bajito… Susurraban las palabras.
-Er tísico tiene oído de comadreja.
Esteban Pacheco preguntó ingenuamente:
-¿Tísico, dice? ¿Pero eh que Piedrahita ta`fectao? ¿No decían que era daño?
Nazario Moncada Vera lo miró.
-¡No sea pendejo, amigo! -replicó- Los`ojo si`han hecho para ver…¿Usté ve u no ve?
Ramón Piedrahita no podía más.
Iba casi en guando, conducido por Severo Mariscal y Redentor Miranda.
Delante marchaba su hijo, lloroso, con el bombo a cuestas… Pero, ahora iba el muchacho casi contento de llevarlo… Pensaba, vagamente, que debería haberlo llevado siempre. Y querría, que pesara más, mucho mas…
A cada paso se revolvía:
-¡Papá! ¿Cómo se siente, papá? ¿Se siente amejorado, papá? ¡Papá!
Ramón Pidrahita no respondía. Hubiera, sí, deseado responder. Se le advertía en el gesto de la faz lívida, demacrada, mascarilla de cadáver.. un desesperado esfuerzo por hablar… Pero , no hablaba…Hacía una hora que no hablaba ya…
Manuel Mendoza reprendía al muchacho:
-¡Ve que mi ahijao! ¡Se fija que mi compadre`stá debilitao y le hace convesación! ¡Deja que se recupere!
Los demás sonreían a hurtadillas, lúgubremente.
Hacían los Alancay la retaguardia del grupo. Cambiaban frases entre sí y con Mendoza, cuando éste se les acercaba para satisfacer su ración de charla inevitable.
-A mi naidien me convenció nunca jamás de que el Piedrahita estaba maliado. ¡Picado del pulmón estaba!
-Yo ni me le apegaba, por eso. De lejitos…
Mendoza terciaba magistralmente:
-Ustedeh, como no son d`estoh laoh, no saben esta cosa de loh maleh que li hacen ar cristiano… Puede que mi compadre tenga picao er pulmón, no digo de que no; pero, ha de ser que Tomáh Macía, que jué er que lo jodió, le metió arguna poliya en la mayorca… ¿No li han oído cómo cuenta?
Los Alancay otorgan, respetuosos:
-¡Así ha de ser, don Mendoza! Cuando usted lo afirma…
-¡Vaya que lo firmo!
Nazario Moncada Vera iba de un lado para otro.
-¡Apúrense! Noh va^garrar la noche. ¡Ese hombre necesita tranquilidá!
Se acercó a los que conducían a Piedrahita.
-Háganle, mah mejor, siya e mano. Arrecuéstenlo un rato en er suelo para que se acondicionen y el enfermo se entone.
Miranda y Mariscal depositaron sobre una cama de yerbas el cuerpo exánime de Piedrahita.
Todos lo rodearon.
Tenía ya el pobre la respiración estertorosa de la agonía. Cuando abría los ojos, buscando ansiosamente al hijo, se le clavaba la mirada vidriosa de las pupilas medio paralizadas. Tosía, aún,… Era la suya una tos seca, que parecía salir sólo de la garganta; una tos chiquita, apenas perceptible… absurdamente semejante al arrullar de la paloma de Castilla en los nidales altos.
Nazario Moncada Vera llamó aparte a Mariscal y a MIranda.
-De que repose un rato -ordenó-, li hacen la siya e mano… pero, anden con cuidado… cuando tuesa, revuelvan la cara pa que no leh sarpique la baba…
-¡Ah!…
-No eh que yo sea asquiento; pero, la enfermedá eh la enfermedá… El hombre que va a morir, suerta toda la avería que tiene adentro…
Ramón Piedrahita se había agravado de un momento a otro. Hasta el día anterior, aún se valía de sus piernas. Fatigábase, pero avanzaba.
Habían procurado dejarlo en varias partes, mas él quería seguir, seguir…
Decía:
-Déjenme yegar onde Malasio Vega. Ese hombre me sana.
Malasio Vega era un curandero famoso, cuya vivienda estaba a cuatro horas a caballo, justamente, de la casa de los Pita Santos, a donde ahora se aproximaba el grupo.
Ramón Pidrahita ya no pensaba en los indios brujos de Santo Domingo de los Colorados. Se contentaba con que lo “medicinara” Malacio Vega…
-¡Milagro`hace! Jué er que sarvó a Tiburcio Benavide, que`staba pior que yo…
-¡Ahá!…
Los compañeros no se atrevieron a negarle a Piedrahita la satisfacción de su empeño. Y siguieron adelante.
Comentaban:
-No avanza.
-Onde loh`Arriaga se noh queda.
-Pasa. Onde loh Duarte, tarvéh.
-No; máh lejo…
-¿Onde?
-Onde loh Calderoeh…
-No; onde loh Pita Santoh no máh…
Esto lo dijo Nazario Moncada Vera. Y adivinó.
-Máh mejor que sea ayí, a lo meno si está mi compadre Rumuardo…
-Quién sabe está en lah lomah con er ganadito…
-No; al`hijo grande manda. Er se queda reposando y ya`stá viejo mi compadre Rumuardo.
-¡Ahá!
Y ahora estaban ahí, en las inmediaciones de la hacienda de los Pita Santos, con el moribundo.
-¡Ni qui`hubiera apostao conmigo pa`hacerme ganar! -repetía Nazario Moncada Vera.
Después de un rato ordenó:
-¡Cárguenlo!
Y en la oreja de los conductores, musitó recalcando el consejo de antes:
-Cuando tuesa, viren la cara pa que no los atoque er babeo.
Lentamente -“como procesión en plaza`e pueblo chico” -, adelantó el grupo hasta la casa de los Pita Santos, en cuyo portal hizo alto.
Nazario Moncada Vera gritó:
-¡Compadre Rumuardo!
Rumuardo Pita Santos se asomó a la azoteilla que se abría en un ala del edificio
-¡Vaya compadre! -exclamó en tono alegre- ¡Feliceh los`ojo que lo ven, compadre!
En seguida, inquirió:
-¿Y qué milagro eh por aquí en mi modesta posesión?
Moncada Vera respondió, muesqueando un guiño triste:
-Por aquí, compadre, andamo con er socio Piedrahita que siíha puesto un poco adolecente… Y venimo pa que noh dé usté una posadita hasta mañana…
-¡Cómo no, compadre! Ya sabe usté que ésta eh su casa.
-¿Ónde noh`arreglamo, compadre?
-Arriba no hay lugar, porque tenemos posanteh: unoh parienteh de su comadre, que han venid a`hacerse ver con Malasio Vega… Pero, abajo, en la bodega pueden acomodarse.
-Onde se sea.
-Dentre, pueh, compadre, con la compañía; que yo vi`hacerle prepara un tente-en-pié p`al cansancio que tren…seguro…
-¡Graciah, compadre!
Ramón Piedrahita fue colocado en unos gangochos, sucios de cáscaras de arroz y café, sobre el suelo de tablas de la bodega. Una vieja montura sirvió para almohada. Encima del cuerpo le echaron un poncho.
La mujer de Rumuardo Pita Santos -ña Juanita, una cincuentona robusta y guapota-, bajó a apersonarse del enfermo.
Cornelio Piedrahita quedóse a la cabecera de su padre; pero, los músicos no entraron en la bodega, sino que se encaminaron a la orilla del río, y en el elevado barrancal se fueron sentando, uno al lado del otro, enmudecidos, junto a los enmudecidos intrumentos.
Por un instante, las miradas de todos convergieron en el gordo bombo que Cornelio Piedrahita dejara abandonado en el portal.
En lo íntimo se formularon pregunta semejante:
-¿Quién lo tocará después?
Pero no se respondieron.
Transcurrieron así muchos minutos, una hora quizás. Las sombras se habían venido ya cielo abajo, sobre la tierra ennegrecida, sobre las aguas ennegrecidas…
En la bodega estaba ahora, además de ña Juanita, sus hijas: tres chinas de carnes del color y la dureza de los mangles rojizos… No obstante la amargura que los embargaba, al contemplarlas Esteban Pacheco resolvió escribirles, aun cuando fuera a la tres, una carta de amor, y Severo Mariscal creyó que había en ellas campo abonado para el florecimiento de nuevos Mariscales…
Mas, las muchachas ni los saludaron, siquiera. Penetraron, de prisa, en la bodega para acompañar a su madre y ayudar al enfermo a bien morir. Era a esto que había bajado, porque se escuchaban sus voces que rezaban los auxilios…
Decían:
-¡Gloriorísimo San Miguel, príncipe de la milicia celestial, ruega por él! ¡Santo Ángel de su guardia; glorioso San José, abogado de los que están agonizando, rogac por él!
Después rezaron letanía. La madre invocaba; las hijas coreaban…
-San Abel…Coro de los Justos…San Abraham…Santos Patriarcas y Profetas… San Silvestre…Santos Mártires…San Agustí…Santos Pontífices y Confesores… San Benito…Santos Monjes y Ermitaños…San Juan…Santa María Magdalena…Santas Vírgenes y Viudas…
-¡Rogac por él!…¡Rogac por él!…¡Rogac por él!…
Mas tarde recomendaban su alma:
-¡Sal en nombre de los Ángeles y Arcángeles; en nombre de los Tronos y Dominaciones; en nombre de los Principados y Potestades; en el de los Querubines y Serafines!…
Esto fue lo último. Cesaron las voces.
Los músico se estremecieron.
Apareció en el umbral de la puerta de la bodega, la figura de ña Juanita.
-¡Ya`cabó! -dijo.
Prendido a su falda, Cornelio Piedrahita, ahora más pequeño. vuelto más niño, sollozaba…
-¡Papá!…¡Papá!…
Nada más.
Los músicos guardaron su silencio.
Y transcurrieron nuevos minutos. Parecía como si todas las gentes hubieran perdido la noción del tiempo.
Y, de improviso, sucedió lo no esperado:
Uno de los hombres -después se supo que fue Alancay , el del barítono-, sopló en el instrumento. El instrumento contestó con un alarido tristón.
Los demás músicos imitaron inconscientemente a su compañero.. Se quejaron con sus gritos peculiares el zarzo, el trombón, el bajo, el cornetín…Y, a poco, sonaba a pleno, aullante, formidable de melancolía, un san-juan serraniego…Mezclábase en él trozo de la marcha fúnebre que acompañaba los entierros de los montuvios acaudalados y trozos de pasillos dolientes…
Lloraban los hombres por el amigo muerto, lloraban su partida; pero, lo hacían, sinceros, brutalmente sinceros, por boca de sus instrumentos, en las notas clamorosas…
Mas, algo faltaba que restaba concierto vibrante a la música: la armonía acompasadora del bombo, el sacudir richinante de los platos.
Faltaba.
Pero, de pronto, advirtieron los músicos que no faltaba ya.
Se miraron.
¿Quién hacía romper su calma al instrumento enlutado?
-¡Ah!…
Cornelio Piedrahita golpeaba rítmicamente la mano de madera contra el cuero tenso…
-¡Ah!…
Arriba, Romuardo Pita Santos, desentendido del muerto, se preocupaba exclusivamente del tente-en-pié.
Hablándole a un peón, decía:
-Búsqueme, Pintado, unah gayinah gordah. Hay que hacer un aguao.Eh lo máh mejor pa un velorio… Después va`comprarme café pa destilar, onde er guaco Lópeh…¡Ah, y mayorca! Un trago nunca está demás.
Cuando oyó la música que sonaba en el barranco, exclamó:
-Han garrao estoh gayoh la moda de la sierra…¡Bueno!—Que haiga música…Pero, baile no aguanto…Cuando se baila a un muerto, se malea la casa.
Dirigiéndose a una mujer que animaba el fuego del fogón con un enorme abanico, exigió confirmación:
-¿Verdá, comadre Inacita, usté que eh tan sabedora d`eso?
La interpelada constestó convencida:
-Así eh don Pita.
Abajo las mujeres musitaban rezos junto al comedor.
La música cesó:
Las últimas notas las dieron unas lechuzas que tenían su nido en el alero del edificio.
Al oír los chirridos de los animaluchos, el viejo Manuel Mendoza comentó:
-Esah son lah que han  cortao la mortaja pa mi compadre Piedrahita…¡Desgraciadah!…
Como los pajarracos continuara en sus lúgubres gritos, mientras revoloteaban sobre la casa, agregó:
-Y sigue er vortejeo…Leh ha sobrao tela pa otra mortaja, se ve… Santigüensen, amigoh, no sea que noh atoque a arguno de nosotroh…¡Mardita sea!images (13)
Todos, incluso Nazario Moncada Vera, se persignaron, contritos…

José de la Cuadra

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SELLOZZ
JOSÉ DE LA CUADRA

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