El pleito

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Esta historia no sé bien si pasó por allá por el 1800 o por el 1900. Don Honorio Cortés, la persona que me la contó en Monte Patria, tampoco estaba muy seguro. Lo que sí es seguro es que pasó y que fue hace mucho tiempo en Cárcamo, un pueblito que queda en Monte Patria, subiendo por la cordillera del Valle del Limarí.
Por esos tiempos, Cárcamo era un casería chico, apenas un villorrio. Los pobladores de esos lugares eran crianceros, y también había algunos que se dedicaban a la agricultura. Hasta que de un día para otro, como por arte de magia, surgió la mina El Plomo.
Con la faena del mineral llegaron desde todos los lugares los hombre -los mineros- y, con ellos, las mujeres y los niños. Se abrieron almacenes, cantinas y fondas, y Cárcamo se convirtió en todo un pueblo.
De lunes a sábado, los hombres arrancaban la riqueza de la tierra a punta de chuzo y pala: sudaban la gota gorda. Pero el domingo se encanchaban con la mejor pinta: sombrerito de paño, ojotas domingueras, faja al ciento y, en el cinto, el puñal. Por la mañana iban a misa y, por la tarde, a las fondas.
De todas las fondas, la mejor y la más grande era la fonda El Pingo. Ahí los mineros habían instalado una costumbre: al que mejor le iba en la semana con la paga -porque había trabajado más duro o porque había tenido mejor suerte -invitaba la primera ronda de cántaros de quilatana.
El asunto es que después de beber esa primera ronda y de comer unos buenos alfeñiques preparaban el arpa, entonaban voz las cantoras, y todos bailaban añaverales.
Durante casi un año, el minero que invitó semana tras semana fue Juan Marín, el más duro para la pega y el de mayor suerte… todos decían que el mineral le caía del cielo. Juan Marín era también el más ligero con el puñal. Por ese tiempo y en ese lugar, la única ley era la del puñal, y todo pleito lo zanjaba la muerte. Los hombres lo lucían en la faja al cinto. Dicen que en la cacha de nácar del puñal hacían una marca, una línea pequeñita, por cada pleito que habían ganado.
En el puñal de Juan Marín había diez marcas. Nadie tenía tantas como él. Diez hombres habían caído en pleitos con él, pero todos sabían que las victorias habían sido justas.
La gente en Cárcamo vivía tranquila, hasta que llegó el afuerino. Era un hombre callado y hosco, de bien vestir, que, en lugar de usar ojotas, llevaba botas. Usaba también puñal, pero la cacha no era de nácar, sino de plata, y no había ni una sola marca en ella. Algunos decían que tal vez este minero jamás había peleado; otros, que tal vez había ganado tantos pleitos que no tenía más espacios donde marcar; y otros, simplemente, que al hombre no le interesaba lucir sus victorias.
Desde que el afuerino llegó, semana tras semana sacó siempre más mineral que los demás y, por consiguiente, más paga que cualquier otro minero, incluso que Juan Marín. Por lo mismo comenzó a invitar la primera ronda de quilatana en la fonda El Pingo.
Seis semanas después, una oscura noche de domingo sin luna, el afuerino estaba frente a la barra de El Pingo repartiendo cántaros del licor, mientras los hombres reían y tomaban con él. Juan Marín, sentado solo en una mesa en un extremo de la fonda, lo observaba.
De pronto, faltando solo un par de horas para la medianoche, Juan Marín interrumpió el bullicio con un grito que remeció el alma de los que estaban ahí.
-¡Afuerino, saque su puñal, iñor; que hace tiempo que no mando uno pa`l infierno!
En la fonda El Pingo se hizo un espeso silencio.
Después de unos segundos, el afuerino volteó, miró fijo los ojos de Marín y sonrió. Juan Marín se levantó de su silla, envolvió lentamente su mano izquierda con la faja y con la diestra aferró el puñal. Se miraron fijamente, inmóviles. Hasta que el afuerino, puñal en mano, se abalanzó sobre Juan Marín. Este esquivó la puñalada, que fue a rasgar el aire.
Los hombres y las mujeres del lugar abieron cancha a la pelea, mientras la cantora, sin saber por qué, comenzó a rasguear el arpa insistente y desafinadamente.
Los dos hombres estaban trenzados en una pelea larga, dura y fea, en la que sus cuerpos iban y venían en una danza que presagiaba muerte, sin que ninguno lograra rasgar el cuerpo de su enemigo.
El roce de sus pies sobre el piso de tierra llenaba de polvo el lugar, y sus puñales rompían con silbidos el aire. En la fonda, brillaba un rumor metálico que hacía temblar a los que miraban.
La fondera, de tanto en tanto, mandaba reponer el aceite de las lámparas para ahuyentar la oscuridad. El pleito tenía ya a Juan Marín sudoroso, sucio y jadeante, mientras que el afuerino lucía extrañamente fresco y limpio. Sin embargo, ninguno de los dos cedía ni vencía.
Cuando era la medianoche y después de largas horas de lucha, la cantora, con los dedos enrojecidos de tanta rasguear el arpa, lanzó un grito angustiante:
-¡Paren esos hombres, por el amor de Dios!
Y en el mismo minuto, justo en el instante en que ella pronunció esas palabras, se escuchó un explosión en medio de los dos hombres. En la fonda El Pingo todo fue humo, polvo, oscuridad, lamentos y un casi imperceptible olor a azufre.
Cuando lograron volver a prender las lámparas, notaron los destrozos que había en el lugar y se encontraron con hombres y mujeres heridos y aterrados. Pero de Juan Marín y del afuerino… ni una seña, ni un rastro; era como si se los hubiera tragado la tierra.
Después de ese día, todo cambió en Cárcamo. La mina se ranció, como dicen los mineros, y no dio ni un gramo más de mineral. Y sin el mineral, se fueron los mineros -los hombres-, y con ellos las mujeres y los niños; se arruinaron las fondas, las cantinas y  los almacenes. Entonces, Cárcamo dejó de ser el pueblo próspero que había llegado a ser.
Con todo eso se comprobó el rumor a voces que corría por todo el Valle del Limarí. Contaban que la mina El Plomo había sido en realidad fruto de un pacto con el mismísimo demonio. Se decía que su dueño había ofrecido al diablo, a cambio de la riqueza, el alma de todo aquel que trabajara ahí, y que sería el mismo mandinga quien fuera a buscarlas.
Por eso si alguna vez van por allá, por Monte Patria, por Cárcamo, por San Lorenzo o por algún otro pueblo en el Valle del Limarí, y les toca una noche de luna negra y  profunda; si desde el cielo y entre los cerros escuchan el chasquido metálico, el ruido inconfundible del golpe de un par de puñales estrellándose enportando facon el infinito, sepan que ese es Juan Marín, quien en el patio del infierno sigue haciéndole collera al diablo para salvar el alma de su gente.

Versión y adaptación libre del relato realizado en el año 2001 por don Honorio Cortés en la comuna de Monte Patria, Valle del Limarí, Norte Chico, Chile.

Patricia Mix Jiménez
Recopiladora 

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PATRICIA MIX JIMÉNEZ

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