Los signos

principal

Al nacer el hijo primogénito y único de Osiris Habib, créase que nada se había visto en este mundo que se pareciera en belleza, gracia y cualquiera de las muchas excelencias que trasuntaba, según sus padres, el privilegiado retoño. Más allá del sentido figurado Pedrito Tulio Ambrosio resultaba algo así como la más completa expresión de la divinidad bajo la forma animal viviente. Era divino. Y si había exageración, que algunos vinculaban con la edad de los progenitores -demasiados años para tener un hijo, y este hijo, tan esperado-, ya se sabe que el amor hace chochear con frecuencia a los hombres. ¿Quién podría decir que esos ojazos no eran singulares; que esa naricita no despertaba ganas de comérsela, que esa boquita, en fin, no era la primicia de una rosa, húmeda por el aire del amanecer? La misma pequeña mancha que asemejábase a una media luna, blanca como el bórax, en medio de la rosada frente, acentuaba los encantos del niño. Alguien quiso ver una anomalía en ese minúsculo retazo de piel, como si le faltara a ésta, allí, la materia colorante. Pero de ninguna manera podría considerarse un asomo de albinismo, porque los ojos del pequeño eran verdaderos campos de esmeralda, y los albinos se caracterizan por el rosado o el rojo del iris y el color blanco del pelo y del vello. Pedrito Tulio Ambrosio era rubio resplandeciente, un rubio que iba oscureciendo al cabo de los días. Aquella manchita era una gloria. Lo único que podía afectar a ese dechado de perfección era la otra mancha vinosa que tenía en la espalda; pero no era de ningún modo un defecto y, por otra parte, y gracias a Dios, no molestaba allí, en lugar poco visible.
El día que Ernesto, el amigo más querido y admirado de Osiris -llegado oportunamente cuando bañaban a Pedrito-, observó las señas o particularidades del pequeño y aprovechó para demostrar, algo rumboso, sus conocimientos acerca de una materia apasionante: la egiptología, comenzó el drama de Osiris Habib, hombre por demás sugestionable.
-¿Has observado, Osiris -le preguntó-, que la mancha que tiene Pedrito en la espalda semeja un águila o un buitre con las alas desplegadas?
-Y eso, ¿qué? -comentó molesto Osiris- Sinceramente no veo águila ni buitre alguno.
-Si el niño fuera mi hijo, yo me inquietaría -dejó escapar Ernesto.
Osiris Habib se puso sombrío. Y luego de un silencio, el rostro algo enrojecido, escabrosa la voz, inquirió el porqué.
Ernesto calló durante un rato, antes de responder. Él pensaba ahora -y estaba convencido- que un rayo de luz había fecundado a Lidia, la mujer de Osiris, y que Lidia no era otra cosa que una becerra que había llevado en su seno al “pobre animalito”, es decir, a Pedrito Tulio Ambrosio. De pronto, como si dentro de él se destuyera alguna posible duda, en su pensamiento se dibujaron ostensiblemente las letras iniciales de los nombres del niño: PTAH (Pedro Tulio Ambrosio Habib); y tomando de un brazo a su amigo, le preguntó:
-¿Se llamaban también Osiris tu padre y abuelo?
Las pupilas de Osiris se dilataron.
-Sí -respondió- ¿A cuenta de qué vienes con eso ahora? Osiris se llamaron todos mis antepasados, según fue tradición en mi familia. Tradición que yo quise romper al nacer Pedrito.
Y Ernesto continuó:
-Y dime: los nombres de Pedro Tulio Ambrosio, ¿a qué responden?
-Son segundos nombres o terceros nombres de pariente, también.
Ernesto se acercó al vidrio empañado de la ventana y escribió con un dedo: PTAH.
-Estas son las siglas de Pedro Tulio Ambrosio Habib. Claro, no te dicen nada, absolutamente nada. Pero ellas forman un nombre propio, porque PTAH fue un dios egipcio, de quien, igual que de Osiris, otro dios hombre, provino el sagrado buey Apis. Lee a Plutarco y Herodoto si quieres saber más.
Nada entendió, evidentemente, el buen amigo. Pero en medio de ciertas brumas entrevió algo desagradable: algo que ya se estaba posesionando de él, como una garra negra.
-Dime, por favor, Ernesto, qué quieres decir. Dimelo con otras palabras.
Ernesto meditó: creyó conveniente usar prudentes circunloquios en la singular noticia, mala sin duda para los padres del niño.
-No puedo convencerme de que todo sea sólo simple coincidencia. Creo ver algo raro… algo que me resulta difícil de explicarte.
Sin embargo Osiris lo apuró y ambos se fueron a la calle para hablar lejos de Lidia. Pero el silencio se prolongaba.
-Vamos Ernesto, explícame por qué dijiste que si Pedrito fuera tu hijo, te inquietarías.
Al fin Ernesto habló.
-Tu pequeño tiene algunos signos que lo emparentan con un animal sagrado: el buey Apis. Esa pequeña medialuna clara en medio del rosado de su frente, y esa mancha en sus espaldas mostrando la imagen de un águila o buitre.
-El médico no le ha dado importancia. La mancha vinosa es un simple angioma. Así le llaman. El niño es espléndido. Lidia lo ve divino. Yo también.
-Es posible que lo sea -añadió Ernesto-. Ahí está el quid del asunto. Si me permitieras mirar debajo de la lengua de Pedrito tendríamos, tal vez, otro testimonio válido.
-¡Oh, déjate de pavadas…! ¿Qué piensas encontrar allí? No acabo de entender por qué te empeñas en emparentar a Pedrito con un buey, feo animal por sagrado que sea, y cómo no te parece todo lo contrario, un ángel por ejemplo.
-Síguelo observando -fue la respuesta de Ernesto-. La figura de un escorpión o de un escarabajo, debajo de la lengua, es otro de los signos que caracterizan al buey Apis.
Le dio un abrazo y regresó a su casa. Al entrar Osiris a la suya, Lidia le preguntó si se sentía descompuesto o si había discutido con Ernesto, porque una palidez extraña parecía envejecerlo. Era como si se le hubieran caído las alas del corazón.
Osiris esquivó la pregunta, malhumorado, y se dirigió al cuarto del niño. Ella no insistió  para no alterarlo más, porque conocía demasiado su carácter algo ríspido en ciertas circunstancias. Cerró Osiris la puerta y contemplo al pequeño que dormía boca abajo. Se le aproximó en puntas de pie y tras algunas vacilaciones, apartó hacia un lado la sábana, agrupando sin querer, como un ramillete, los alelíes celestes bordados en el lienzo. Luego descubrió a Pedrito levantándole la impecable bata de dormir, y bajo las sugestiones de su amigo, obedeciéndole, observó la hermosa anatomía. Pensó entonces que era posible que no fuera así, pero debía convencerse esta vez que la mancha de Pedrito recordaba a un ave de rapiña. Allí se perfilaba un pico corvo, una garra, quizá, y una especie de garabatos podían sugerir las barbillas de una pluma. Pero, ¿no era caprichoso verlo así? ¿No sería sólo producto de la sugestión?
Trató de tranquilizarse. Después de todo, y con buena voluntad, podía verse en la mancha vinosa, tanto una alondra cantando o un predicador evangélico. Pero los propios argumentos no lo convencían, allá en el fondo, y creyó de pronto descubrir debajo de la nuca de Pedrito cienta protuberancia inquietante: algó así como una pequeña giba en la base del cuello , o, para decirlo de otra manera, un abultamiento craso que declinaba en lo que llaman paletilla en un toro o un buey. Ciertamente no lo había observado nunca, y la confusión se apoderó enteramente de él.
Llamó a Lidia.
-Dime… dime la verdad: ¿ves algo raro en Pedrito?
No veo nada fuera de esa graciosa manchita. ¡Es divino! -agregó entusiamada, y ensombreciéndose a la vez preguntó:
-¿Te sientes mal, Osiris? ¿Te pasa algo?. Te veo como desesperado después de haberlo visto a Ernesto.
Pedrito despertó, y la madre le dio de beber de su fuente: un pecho empinado en el que convergía toda la luz.
El buey Apis no se desprendía, mientras tanto, de la mente del padre. Se puso a pensar en la claridad de la frente del niño, que, por otra parte, podía parecer una media luna, un trozo de manzana, una coronita de príncipe, o cualquier otra cosa, según quería verse, por ciertas indefiniciones del dibujo. Pero estaba lo demás: su propio nombre, Osiris, tradicional en la familia y esa curiosa coincidencia (¿era una coicidencia?) de las iniciales del pequeño que formaban el nombre de un dios-hombre: PTAH.
De golpe, al dejar de beber Pedrito, Osiris le pidió a Lidia:
-Déjame ver la lengua.
-¿La lengua? ¿Qué buscas encontrar en ella sino restos de mi leche?
Osiris no contestó, quitó a Pedrito de los brazos de Lidia, y lo acostó suavemente en la cuna. Luego fue a la cocina y volvió con una cucharita de plata.
-Cuidado, lo vas a hacer llorar.
-¿Cuándo ha llorado? Nunca llora. Ojalá lo hubiéramos oído llorar alguna vez.
Y abrió el capullo, aquella primicia de rosa del Génesis, haciendo delicados manipuleos con el improvisado espéculo.
-¿Qué haces? ¿Qué buscas, Osiris? -preguntó Lidia sobresaltada.
-Mira tú -fue la respuesta-. Dime si ves debajo de la lengua algo así como la imagen de un escarabajo o de un escorpión. Me parece ver algo…
Lidia miró a su vez, disgustada.
Maltratamos inútilmente al niño -dijo-. No veo nada. Sólo el frenillo y la túnica rosados, casi blancos.
-Ernesto quiere mirar -agregó Osiris.
-No lo dejarás, supongo. Yo no lo permitiré. ¿Qué busca ese hombre? ¿Por qué te dejas sugestionar tan facilmente por él?
Los días siguientes fueron para Osiris largas pesadillas. No quería ver a Ernesto, su hermano del corazón, y su maestro en tantas cosas de la vida. Sentía miedo. Lidia recibía el impacto, y cierta magrez le había zanjado las ojeras. Sin embargo, callaba sus desvelos para no echar más leña al fuego en que se consumía Osiris.
Pero las cosas suceden cuando tienen que suceder. Era inevitable. Sin duda Osiris, sin querer aceptarlo, reconocía en lo más profundo de sí mismo que no eran del todo disparatadas las suposiciones de Ernesto. El no era un impostor, no mentía nunca, jamás trataba de herirlo o molestarlo. Era una autoridad en la materia: egiptología. En consecuencia la preocupación de Ernesto debía ser auténtica.
Aquel funesto día Osiris no encontró en su hijo tanta belleza. Tal vez se convenció de que la iba perdiendo hora tras hora o la había perdido ya del todo; contrariamente a Lidia, ciega de amor por el vástago. Pero esto es sólo una especulación más o menos razonable. Lo cierto es que en ausencia de Lidia, que había salido a hacer compras, la casa ardió en un vómito de llamas que fue imposible apagar luego que Pedrito lloró por primera vez. Porque el llanto del niño, según algunos vecinos, no fue precisamente el llanto de todos los niños. Fue, para decirlo con más propiedad, un estremecedor y, a la vez tierno, mugido.escarabajo

Julio Imbert

volver a la portada

SELLOZZ

JULIO IMBERT

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s