El Nubero

nuberoperf.


A mis abuelos; habitadores antiguos de la indómita Patagonia.

Mi nombre es Ramón. Vivo en un pequeño pueblo de la provincia de Santa Cruz sobre la ladera del macizo andino.
La cosecha de vegetales en terrazas de la montaña, la crianza de animales y las mercancías que nos acercan algunos intrépidos viajeros audaces, sorteadores de precipicios y caminos difíciles, nos permiten habitar este bello paraje.

Cuando yo era aún un niño, hace ya más de nueve años, un día llegó Don Salemín (su verdadero apellido es Salemh) con el camión cargado de mercancía. Ese día no llegó solo, como siempre, traía un acompañante. Un hombre en extremo flaco, de piel muy morena. Y su rostro distinguía una nariz prolongada y fina bajo, los ojos negros, intensamente luminosos.
Don Salemín contó que lo había encontrado cerca de la Cañada del Águila, sentado sobre una manta telera  y que le había dicho haberlo estado esperando para que lo acercara hasta nuestra aldea.
Yo, escuchaba con atención y curiosidad. Luego, me acerqué al forastero para observarlo. No era habitual ver gente nueva. Dí una vuelta completa a su alrededor con disimulo, haciendo como que corría a una mariposa que justo en ese momento, jugaba a seducir al sol. El extraño llevaba puesta una campera de gamuza con flecos bailadores y sobre el hombro izquierdo la manta, plegada, que mencionara Don Salemín.
Eligió un pino semiquemado para sentarse a su pie. Sacó una pipa del bolsillo de la campera y en ese momento me llamó.
-Eh, pibe ¿cuál es tu nombre?

-Ramón, señor. ¿Y usted?
-Mi nombre es Miguel.
-¿Qué viene a hacer aquí señor Miguel?
-Se me hace que me necesitan por estos lugares, Ramoncito.
-¿Que lo necesitamos? ¿Por qué?
-Porque hace mucho que no llueve, y yo me especializo en hacer llover.
-¿En serio,señor? ¿Es usted mago?
-No precisamente. Me dicen el Nubero.
Me despedí con cortesía.

Apresurado, llegué a mi casa y fui directo a la cocina. Estaba sin aliento. Mi madre, trajinaba con ollas y sartenes componiendo un cuadro, según sus propias palabras, de “mujer domeñando guisado”, Me miró con sorpresa. Entonces latigué mi pregunta.
-Mamá ¿qué es un Nubero?
Giró hacia mí y se quedó en silencio. Sacudió en el aire la cuchara de madera que tenía en la mano y me respondió risueña.
-¿Qué, Ramón? ¿Un nubero? ¿Quién te dijo eso?

-Mamá, llegó un Nubero, vino en el camión con Don Salemín. Yo lo vi y hablé con él. Se llama Miguel.
Mi madre rodeo mis hombros con sus manos tiernas y fuertes. Acercó su rostro hacia el mío y me dijo:
-Ramoncito, ese hombre te ha hecho una broma, no existen los nuberos. Luego, con una palmadita me invitó a salir de la cocina.

La sequía había convertido en fino polvo blanco nuestras calles; había secado la mitad de las verduras plantadas y amenazaba con exterminar todos los sembradíos de las minúsculas quintas. Los animales, huesudos y desencajados, vagaban sin fuerza, como resignados a la muerte.
Mi padre había comentado a mi madre, sobre la conveniencia de viajar con algún camión hacia el lado del mar, en busca de alimentos para almacenar, previendo tiempos difíciles.

Transcurrida una semana volví a encontrar al Nubero instalado en una casa vieja y destartalada que habían abandonado los Recalde cuando decidieron irse para la ciudad. Sentado en una silla baja parecía, por la quietud, un dibujo de estatua de   libro de lectura.  Creí que no me había visto, pero no era así.
-Hola, Ramón -dijo, y con la mano hizo un gesto para que me acercara.
-¡Usted me mintió, señor! -lo enfrenté en tono de reproche- Mi madre dice que usted me ha hecho una broma, que no existe la profesión de Nubero. 
-Yo soy Nubero, Ramón, y te lo demostraré. No solo verás como hago venir las nubes, sino que te enseñaré todo lo que sé acerca de los grandes secretos de la lluvia.
-¿Es en serio, señor, lo que dice? ¿En serio me va a enseñar?
-Sí, no es mi intención engañarte. Mi profesión es muy antigua y quizá tu mamá no sepa que existimos. Mañana a las diez en punto te espero aquí mismo e iremos juntos a convocar a las nubes y hacer llover.

Al día siguiente, Miguel y yo caminábamos hacia las afueras de la aldea.
Primero, el Nubero, colocó con cuidado una caja toda negra en mis manos.
-Abrí la tapa -me dijo- y cuando yo te indique la cerras con rapidez.
Esperamos. En algún momento me pareció que el sol, que estaba a pleno, se metía en la caja que yo estaba sosteniendo. Entonces, Miguel me hizo un gesto mudo para que la cerrara.
-Es preciso, Ramón, que el sol se guarde y eso es lo que le estamos pidiendo ahora. Le hemos quitado algunos rayos para que se dé cuenta que necesitamos de su ayuda. Necesitamos que se esconda en el cielo. Una vez cumplida nuestra misión, se los devolveremos.
El sol obedeció de inmediato y todo el paisaje se tornó oscuro como si la noche quisiera borrar al día. El Nubero me pidió que cerrara los ojos y repitiera con firmeza las palabras sagradas que atraerían la primera nube (no me es posible darlas a conocer, pero sí decirles, que son las mismas que pronuncian y cantan las cascadas y las fuentes). Y allí, sobre nuestras cabezas, apareció una hermosa nube gorda, muy gorda, gordísima, toda llena de festones, parecidos a los que hace mi madre con sus costuras. Desde este momento los acontecimiento se precipitaron. Yo obedecía maravillado cada indicación de mi maestro. Enlazamos la nube con un hilo invisible. Cuando estuvo bien sujeta comenzamos a balancearla. Aparecieron otras nubes. Algunas grandes, otras pequeñas, otras alargadas, otras redondas, otras finitas. Algunas grises, otras blancas. A todas las atamos con hilos invisibles. Hubo tantas en el cielo y tan apretadas que una protestó y entonces lanzó feroz, su primer rayo. Luego vino el aguacero, todo se llenó de magia. Yo eufórico, salté sobre los charcos y canté a coro con las ranas. Todo el paisaje a nuestro alrededor festejaba la vida.

Hoy, mi aldea no padece sequías. Cuando escasea el agua todos acuden al Nubero, que soy yo. En ocasiones viajo a lejanas comarcas, porque me lo solicitan, o porque me entero que falta el agua y la naturaleza agoniza.
Un solo acuerdo realicé con mi maestro; cuando encuentro un niño que me estudia con disimulo, haciendo como que persigue mariposas, es la señal de que un nuevo Nubero debe surgir. Y entonces, con la mayor de las alegrías, me convierto en su maestro.

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SELLOZZ

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