…y el gallo asado se puso a cantar

gallo decorado

En la tranquila aldea de Barcelós se había cometido un crimen. Algo tan fuera de lugar, tan increíble en aquella población, que nadie podía creer que el culpable fuera uno de sus pacíficos vecinos. Pero por más que investigaban, el criminal no aparecía. Las miradas recayeron en un recién llegado. Un hombre callado, que decía venir en peregrinación desde Santiago y que se dirigía a Compostela. Dijo también que se había detenido en la pequeña población atraído, justamente por su paz.
Nadie parecía dispuesto a creerle. Las autoridades consideraron que para calmar al pueblo debían resolver el caso rápidamente, así fue, que decidieron detener al peregrino y acusarlo del crimen. Se lo declaró culpable y condenó a la horca.
El hombre, convencido de que ya nada podía salvarlo más que un milagro, pidió como último deseo hablar con el juez que lo condenó. Lo llevaron ante el magistrado, que en ese momento estaba en medio de un banquete. El peregrino observó la larga mesa, repleta de comida, contempló por un momento la fuente que contenía un gallo asado y luego habló al juez.
-Señor juez, llegué a este pueblo con el corazón tranquilo, sin sospechar que sería acusado de un delito que no he cometido. A pesar de haber gritado mi inocencia una y otra vez, me condenaron, solo para calmar a la población. Pero es tan cierto que no he cometido crimen alguno que si soy ejecutado injustamente, ese gallo asado que se encuentra en la fuente se levantará y cantará.
Algunos de los invitados a la fiesta no pudieron contener la risa, y otros se quedaron en silencio. El peregrino era mientras tanto, conducido a la plaza donde lo esperaba la soga que daría fin a su vida.
El banquete continuó. De vez en cuando algunos de los comensales dirigían una mirada nerviosa hacia el lugar donde se encontraba el pollo. Nadie se animaba a tocarlo y aún menos cortarlo.
Llegó de hora de la ejecución. La soga se tensó en torno del cuello del acusado. En ese mismo momento el ave se puso en pie, sacudió las alas y comenzó a cantar ante los ojos aterrorizados de los asistentes al banquete. El juez comprendió el error cometido y trató de detener la ejecución, pero era tarde, el cuerpo del peregrino ya colgaba de la soga. Ordenó, entonces, que lo bajaran de inmediato. Al liberar el cuello el hombre tosió. Aún vivía.
La noticia sobre estos extraños hechos corrió de boca en boca. Todo el pueblo, arrepentido, fue a ver al peregrino y pedirle sus disculpas. En pocos días, el peregrino se recuperó y siguió su camino. Algunos sostienen que muchos años después volvió a Barcelós y hizo levantar un monumento en honor de Santiago y la Santa Virgen.
Desde aquellos sucesos, el gallo se convirtió en el símbolo nacional de Portugal representando la serenidad, la fe, la confianza y el honor.

Leyenda anónima
de la Colectividad Portuguesa.
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SELLOZZ

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