El espantapájaros soñador (cuento colombiano)

 

espantapajarosLas historias que se narran de Juancho García son muchas, pero esta es la más desconocida. Juancho García vivía en una finquita que había comprado, en un ranchito blanco con techo de paja. Si uno se asomaba por la ventana, veía sembrados de arroz, de trigo, de millo, de frijol, que en conjunto parecían una colcha de retazos de colores, ya que las parcelitas eran muy pequeñas. Más atrás, se distinguía una quebradita cantarina y, en el fondo, un inmenso azul con unas motas blancas. Ahí vivía Juancho García con su pequeña hija Juanchita García. Como por ahí no había otros niños, ella se la pasaba jugando con los ratones de campo, trepando a los árboles junto a las ardillas y conversando con los pájaros, con las hormigas y con los peces. Su papá le decía: “M`hija, usted se me va a enloquecer: los animales no hablan; mañana mismo me la llevo a lo de su tía Josefita, en la ciudad, para que ella la termine de criar”.
Pero los animales, al escuchar la amenaza del padre, le decían a Juanchita: “Claro que nosotros sí hablamos, tú nos oyes hablar perfectamente. Es que los viejos no nos oyen hablar porque ya se olvidaron de cuando eran niños y se les endurecieron las orejas del corazón”
Una vez, los pájaros invitaron a Juanchita García a que fuera volando con ellos para conocer las lindas tierras de donde ellos venían. Juanchita corrió a pedirle permiso a su papá; pero este ahora sí que se había enojado. “M`hija, usted se me está enloqueciendo del todo; mañana mismo me la llevo a la ciudad para que la termine de criar su tía Josefita; yo no me encarto más con usted. Los niños no vuelan”. Por su parte, los pajaritos le decían: “Es que los grandes no vuelan por falta de ensayo y no oyen a los animales porque perdieron su capacidad de imaginar; pero si tú ensayas, podrás volar con nosotros”. Pero como el papá no le había dado el permiso, ella no quiso ir a volar.
Juancho García lo único que veía ahí era un montón de avechuchos y animalejos que se comían los sembrados. Entonces, decidió poner remedio de una vez por todas: decidió hacer un espantapájaros. Juanchita se ofreció muy entusiasmada para ayudar a construirlo y fue a la quebrada a buscar unas enormes cañas, con las cuales le armaron el esqueleto al espantapájaros. Lo que ellos no sabían era que el destino de esas cañas estaba determinado desde hacía mucho tiempo: sus hadas madrinas había decidido que fuesen flautas dulces.
Juanchita recordó que sobre el césped de la cima de la montaña había visto una paja dorada muy hermosa que despedía una luz brillante. Con esa paja hicieron el cuerpo. Pero lo que ellos no sabían era que esa paja no era tal, sino que se trataba de unos rayos de sol que se habían quedado dormidos sobre el césped y se habían olvidado de volver a su astro. Juanchita también se acordó de que una noche muy hermosa había visto dos lunas; en el enorme cielo oscuro, una luna llena preciosa, y en la laguna, otra luna. Entonces fue allá y la encontró. Con ella le formó la cabeza, con una tajada de sandía le hizo la boca y con unas pepitas, los dientes. con dos aceitunas le hizo los ojos y con un gran tomate colorado hizo la nariz.
Después, fue hasta donde estaban unos árboles muy viejos y sabios que eran sus amigos. Ella había visto que tenían unas largas melenas, de esas que les salen a los árboles viejos y que se llaman barba de viejo; pero estas eran de todos los colores y, mientras se mecían, despedían rayos de luz de cristal. Lo que tampoco sabían Juancho García y su hijita era que las barbas de viejo de esos árboles no eran comunes, sino que eran las barbas de un dragón enamorado que había muerto a punta de suspiros hacía mil milenios de millones de años por culpa de una dragoncita que lo abandonó. Con esa melena le hicieron el cabello, y arriba le pusieron un sombrero viejo de cuentero.
Juanchita recogió todas las florecitas del campo y le tejió con ellas un vestido. Cortó un pedazo de arco iris y con él le hizo un poncho. Así quedó listo el espantapájaros. ¡Qué digo el espantapájaros! ¡El llamapájaros! Eso tan lindo no podía más que llamar a todos los pájaros. Y no solo a ellos: los vientos de los cuatro costados del mundo oyeron hablar de ese hermoso espantapájaros y quisieron ir a conocerlo. Entonces, al pasar por las cañas de su esqueleto, se oían las canciones más hermosas que los niños de todo el mundo les habían enseñado a los cuatro vientos. Además, allí estaba la música de todos los instrumentos, los arpegios de todos los sonidos, los pájaros de todos los tamaños y todos los colores, pájaros extranjeros que piaban en inglés, francés, alemán, chino, esperanto, mandarín… en todos los idiomas.

pajarito
Alrededor del espantapájaros, también estaban la tortuga voladora; Rafa, la jirafa; Dante, el elefante; Gina, la gallina; Julieta, la gallineta; Soraya, la guacamaya; Simona, la mona; el mico Federico; el pato Renato; Ramón el ratón; Eugenia, la cigüeña; el loro Heliodoro; el pato Patetas y el ganso Gandul.
Un pájaro vestido de frac, muy elegante, que caminaba moviéndose de un lado hacia el otro, dijo que venía del Sur, donde hacía mucho frío y la gente vivía en casas de agua y se alimentaba de puro  hielo. Otro pájaro dijo que él venía de Oriente, dónde todo era arena, por aquí hasta el más allá y por el otro lado hasta el infinito, y que allí la gente se alimentaba de fuego y sangre. Soraya, la guacamaya, dijo que ella venía de allí nomás, de cerquita, y de que allí gobernaba la reina Colorina y habitaban todos los colores bajo un inmenso manto verde.
Juancho García lo único que veía era un montón de avechuchos y animalejos que se estaban comiendo sus sembrados y que le estaban ensuciando el espantapájaros. Entonces cogió la escopeta, la cargó de perdigones, apuntó y disparó. Allí quedaron algunos de los visitantes tendidos en el suelo, con el pecho destrozado y un reguero de plumas bañadas en sangre: la tortuga voladora; las canciones infantiles de los cuatro vientos; Rafa, la jirafa; Dante, el elefante; Gina, la gallina; Simona, la mona; Soraya, la guacamaya; el pato Renato; Ramón, el ratón y el pato Petetas.
Juanchita García lloró amargamente, como nunca lo había hecho en su larga vida… de cuatro años. Entonces, Juancho García le dijo: “Ahora sí, m`hijita; usted se me está enloqueciendo. ¿Llorando por unos animaluchos? Mañana mismo la llevo a la ciudad, a lo de su tía Josefita, para que ella la termine de criar; yo no me encarto más con usted”
Esa noche, Juanchita dormía profundamente cuando oyó unos ruidos en el patio. Se asomó y vio una bandada de palomas torcazas que volaba alrededor del espantapájaros. El pobre espantapájaros empezó a mover los brazos rápidamente y se fue elevando, se fue elevando, hasta que solo fue un puntito negro en la noche. Y se perdió. Cuando Juanchita le contó a su papá, él contesto: “Ahora sí, m`hija, usted definitivamente se me enloqueció. Los espantapájaros no vuelan, eso fue algún vecino envidioso que se lo robó. Mañana mismo la llevo a la ciudad para que la termine de criar su tía Josefita, yo no me encarto más con usted”

bandada de aves
Al otro día, Juancho García llegó cansado de tanto buscar con su escopeta a quien le había robado el espantapájaros. Regresó a la casa con los pies hinchados, las botas al hombro y la cara rayada de todas las chamizas y espinas del monte. No podía dormir, tenía pálpitos, pesadillas y pensaba: “Definitivamente, esa niña se me está enloqueciendo; yo no lo entiendo. De verdad mañana mismo me la llevo para la ciudad a que la termine de criar su tía Josefita. Yo no me encarto más con ella”. Pero a la medianoche sintió un ruido en la habitación de Juanchita, se asomó y alcanzó a ver una bandada de palomas torcazas que volaba alrededor de su hija. Ella empezó a agitar los brazos y se fue alzando hasta romper el techo y elevarse por completo. De nada valieron los gritos desesperados de Juancho García, porque ella se elevó, se elevó hasta que solo fue un puntito negro en la inmensidad de la noche. Y desapareció.
Desde aquella noche, Juancho García cada día saca bandejas llenas de granitos de trigo, de granitos de arroz, de maíz picado, de millo y de migas de pan para alimentar la esperanza de que vuelvan los pajaritos; para alimentar la ilusión de que vuelva el espantapájaros, para alimentar el sueño de que con ellos vuelva su hija. Porque, desde ese día, Juancho García alimenta su sueño, ya que ahora sabe, a ciencia cierta, que los hijos son un sueño que un día se echan a volar.

canastacon

Recopilación y versión de Jorge Ambrosio Villa Zapata.

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 SELLOZZ

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