Cartas con historia

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Las noticias y la miel

corona7Un día el rey se quedó sordo. No como una puerta, sino como una ventana, de dos hojas. Oía todo del lado izquierdo, del derecho no oía nada.
La situación era incómoda. Sólo atendía a los Ministros que se sentaban de un lado del trono. A los otros, ni les respondía. Y aun de mañana, si el gallo cantaba del lado equivocado, su majestad no despertaba y pasaba el día entero durmiendo.
Fue cuando mandó llamar al gnomo del bosque, y el gnomo, obediente, apareció en la corte. Llegó volando con sus alitas, tan pequeño que, aunque todos estaban avisados de su llegada, casi lo confundieron con un insecto cualquiera.
Llegó y enseguida se entendió con el rey, estableciendo un trato. Se quedaría viviendo en el oído derecho y repetiría para adentro, bien alto, todo lo que oyese allí afuera. Por tener alas, podría, si lo deseaba, aprovechar su parentesco con las abejas para fabricar, en el oído real, alguna cera y un poco de miel.
El trato funcionó a las mil maravillas. Todo lo que el gnomo escuchaba lo repetía en voz bien alta en las cavernas de la oreja, y el eco y la voz del gnomo llegaban hasta el rey, que pasó a entender como antes, de ambos lados.reysordo
Corrió el tiempo. Rey y gnomo, así tan cercanos, cada día se fueron haciendo más íntimos. Ya uno sabía del otro, y era con placer que el gnomo gritaba, y era con placer que el rey oía el zumbidito de las alas atareadas en fabricar cera y miel. Una cierta dulzura comenzó a esparcirse del oído real a la cabeza, y el rey se fue poniendo, de a poco, más bondadoso.
Un cierto cariño se fue esparciendo de la caverna real al gnomo y él se fue poniendo, de a poco, más bondadoso.
Esa fue la causa de la primera mentira.
El Primer Ministro dio una mala noticia en el oído izquierdo, y el gnomo por no querer entristecer al rey, le transmitió una buena noticia en el oído derecho.
Fue ésa la primera vez que el rey oyó dos noticias al mismo tiempo.
Fue ésa la primera vez que el rey eligió la mejor noticia.
Después hubo otras.
Siempre que se decía algo malo al rey, el gnomo lo transformaba en algo bueno. Y siempre que el rey oía dos noticias elegía la mejor.
De a poco el rey fue dejando de prestar atención a aquello que le llegaba del oído izquierdo. E incluso de mañana, si el gallo cantaba de ese lado y el gnomo no
no repetía el canto del gallo, Su Majestad se olvidaba de oír y continuaba durmiendo tranquilo hasta ser despertado por el llamado del amigo.

gallocantandoLa miel chorreaba de un lado. Del otro llegaban las preocupaciones, las penas. Todos los malos vientos parecía que soplaban a la izquierda de su cabeza. Pero el rey había probado la miel y la dulzura y eran ahora más importantes que cualquier noticia. Entregó el trono y la corona al Primer Ministro. Después llamó al gnomo junto a su boca y le murmuró bajito la orden. Obediente, el gnomo voló al lado izquierdo y, aprovechando su parentesco con la abejas, fabricó algo de miel y abundante cera, con la que tapó para siempre los oídos del rey.

Marina Colasanti

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 MARINA COLASANTI2SELLOZZ

…y el gallo asado se puso a cantar

gallo decorado

En la tranquila aldea de Barcelós se había cometido un crimen. Algo tan fuera de lugar, tan increíble en aquella población, que nadie podía creer que el culpable fuera uno de sus pacíficos vecinos. Pero por más que investigaban, el criminal no aparecía. Las miradas recayeron en un recién llegado. Un hombre callado, que decía venir en peregrinación desde Santiago y que se dirigía a Compostela. Dijo también que se había detenido en la pequeña población atraído, justamente por su paz.
Nadie parecía dispuesto a creerle. Las autoridades consideraron que para calmar al pueblo debían resolver el caso rápidamente, así fue, que decidieron detener al peregrino y acusarlo del crimen. Se lo declaró culpable y condenó a la horca.
El hombre, convencido de que ya nada podía salvarlo más que un milagro, pidió como último deseo hablar con el juez que lo condenó. Lo llevaron ante el magistrado, que en ese momento estaba en medio de un banquete. El peregrino observó la larga mesa, repleta de comida, contempló por un momento la fuente que contenía un gallo asado y luego habló al juez.
-Señor juez, llegué a este pueblo con el corazón tranquilo, sin sospechar que sería acusado de un delito que no he cometido. A pesar de haber gritado mi inocencia una y otra vez, me condenaron, solo para calmar a la población. Pero es tan cierto que no he cometido crimen alguno que si soy ejecutado injustamente, ese gallo asado que se encuentra en la fuente se levantará y cantará.
Algunos de los invitados a la fiesta no pudieron contener la risa, y otros se quedaron en silencio. El peregrino era mientras tanto, conducido a la plaza donde lo esperaba la soga que daría fin a su vida.
El banquete continuó. De vez en cuando algunos de los comensales dirigían una mirada nerviosa hacia el lugar donde se encontraba el pollo. Nadie se animaba a tocarlo y aún menos cortarlo.
Llegó de hora de la ejecución. La soga se tensó en torno del cuello del acusado. En ese mismo momento el ave se puso en pie, sacudió las alas y comenzó a cantar ante los ojos aterrorizados de los asistentes al banquete. El juez comprendió el error cometido y trató de detener la ejecución, pero era tarde, el cuerpo del peregrino ya colgaba de la soga. Ordenó, entonces, que lo bajaran de inmediato. Al liberar el cuello el hombre tosió. Aún vivía.
La noticia sobre estos extraños hechos corrió de boca en boca. Todo el pueblo, arrepentido, fue a ver al peregrino y pedirle sus disculpas. En pocos días, el peregrino se recuperó y siguió su camino. Algunos sostienen que muchos años después volvió a Barcelós y hizo levantar un monumento en honor de Santiago y la Santa Virgen.
Desde aquellos sucesos, el gallo se convirtió en el símbolo nacional de Portugal representando la serenidad, la fe, la confianza y el honor.

Leyenda anónima
de la Colectividad Portuguesa.
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Los cuentos de mi abuela Keka

images (32)Yo crecía de noche, me dijo una vez Natalia. ¡Sí, de noche!
No le entendí, pero mi sonrisa fue una pregunta. Y Natalia me respondió entrecerrando los ojos para que el tiempo que hay detrás de los ojos no se fuera.
Yo era una niña de grandes ojos despiertos a la hora de dormir. Mamá, en la cocina, desarmaba las torres de platos blancos, llenaba la pileta de pompas de jabón y lavaba. Los cubiertos sonaban como cascabeles. Entonces era la abuela la que se sentaba al lado de mi cama, le arreglaba el sombrero al velador para que la luz no me diera en la cara, y me contaba cuentos, cuentos.
¡Oh, cuentos de la abuela!, dijo Natalia, cuentos fantásticos, distintos, pero iguales a los demás.
-¿Y en qué se diferenciaban entonces?
-En que aquellos cantaban. Aquellos cuentos cantaban.
Natalia cerró los ojos. ¡Sí, eran un regazo de palabras que me mecía!
Para que crezcas, me decía mi abuela, te voy a contar un cuento que vive dentro de una casita de versos.
No olvidaré aquella noche en que mirando el velador, le dije:
-¿Qué es un velador, abuela?
-Bueno… un dedito de sol-
-¿Y el sol?
-¡El sol! ¡El sol! ¿Qué te parece si para conocerlo hacemos un viaje al lejano, al muy lejano país que queda en el sol?
De la casita de versos, abuela sacó una escalera de rimas, y subimos, subimos las dos.

images

Viaje al país del sol

En el sol hay un país,
lejano y desconocido;
tiene una ciudad redonda,
redonda como un anillo.

En el sol hay un palacio
donde vive un rey de vidrio;
oye cantar a los ríos,
a los ríos amarillos.

En el sol hay un establo
de nubes y un asno fino
en el que dan una vuelta
al mundo todos los niños.

En el sol está la punta
de un trompo desconocido,
de estrellas que nunca vemos
y de cielos infinitos.

Quien quiera llegar al sol,
que vaya primero al trigo,
y al limón que es una gota
fragante del amarillo.

Busque en la cara del día
el oro duro del níspero;
toque el punto de la rosa
dorada en cualquier camino.

En el sol hay un país
lejano y desconocido.

Para que guardes vos también esos cuentos que eran versos, te los dejo aquí, en un cofre de papel. Cada vez que levantes su tapa no me verás cumplir un año más, pero sí creciendo, creciendo por dentro y de noche, con la cabeza apoyada en las palabras de abuela, esas almo-hadas dulces de mi infancia.

Miguel Ángel Viola

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MIGUEL ANGEL VIOLA

Los signos

principal

Al nacer el hijo primogénito y único de Osiris Habib, créase que nada se había visto en este mundo que se pareciera en belleza, gracia y cualquiera de las muchas excelencias que trasuntaba, según sus padres, el privilegiado retoño. Más allá del sentido figurado Pedrito Tulio Ambrosio resultaba algo así como la más completa expresión de la divinidad bajo la forma animal viviente. Era divino. Y si había exageración, que algunos vinculaban con la edad de los progenitores -demasiados años para tener un hijo, y este hijo, tan esperado-, ya se sabe que el amor hace chochear con frecuencia a los hombres. ¿Quién podría decir que esos ojazos no eran singulares; que esa naricita no despertaba ganas de comérsela, que esa boquita, en fin, no era la primicia de una rosa, húmeda por el aire del amanecer? La misma pequeña mancha que asemejábase a una media luna, blanca como el bórax, en medio de la rosada frente, acentuaba los encantos del niño. Alguien quiso ver una anomalía en ese minúsculo retazo de piel, como si le faltara a ésta, allí, la materia colorante. Pero de ninguna manera podría considerarse un asomo de albinismo, porque los ojos del pequeño eran verdaderos campos de esmeralda, y los albinos se caracterizan por el rosado o el rojo del iris y el color blanco del pelo y del vello. Pedrito Tulio Ambrosio era rubio resplandeciente, un rubio que iba oscureciendo al cabo de los días. Aquella manchita era una gloria. Lo único que podía afectar a ese dechado de perfección era la otra mancha vinosa que tenía en la espalda; pero no era de ningún modo un defecto y, por otra parte, y gracias a Dios, no molestaba allí, en lugar poco visible.
El día que Ernesto, el amigo más querido y admirado de Osiris -llegado oportunamente cuando bañaban a Pedrito-, observó las señas o particularidades del pequeño y aprovechó para demostrar, algo rumboso, sus conocimientos acerca de una materia apasionante: la egiptología, comenzó el drama de Osiris Habib, hombre por demás sugestionable.
-¿Has observado, Osiris -le preguntó-, que la mancha que tiene Pedrito en la espalda semeja un águila o un buitre con las alas desplegadas?
-Y eso, ¿qué? -comentó molesto Osiris- Sinceramente no veo águila ni buitre alguno.
-Si el niño fuera mi hijo, yo me inquietaría -dejó escapar Ernesto.
Osiris Habib se puso sombrío. Y luego de un silencio, el rostro algo enrojecido, escabrosa la voz, inquirió el porqué.
Ernesto calló durante un rato, antes de responder. Él pensaba ahora -y estaba convencido- que un rayo de luz había fecundado a Lidia, la mujer de Osiris, y que Lidia no era otra cosa que una becerra que había llevado en su seno al “pobre animalito”, es decir, a Pedrito Tulio Ambrosio. De pronto, como si dentro de él se destuyera alguna posible duda, en su pensamiento se dibujaron ostensiblemente las letras iniciales de los nombres del niño: PTAH (Pedro Tulio Ambrosio Habib); y tomando de un brazo a su amigo, le preguntó:
-¿Se llamaban también Osiris tu padre y abuelo?
Las pupilas de Osiris se dilataron.
-Sí -respondió- ¿A cuenta de qué vienes con eso ahora? Osiris se llamaron todos mis antepasados, según fue tradición en mi familia. Tradición que yo quise romper al nacer Pedrito.
Y Ernesto continuó:
-Y dime: los nombres de Pedro Tulio Ambrosio, ¿a qué responden?
-Son segundos nombres o terceros nombres de pariente, también.
Ernesto se acercó al vidrio empañado de la ventana y escribió con un dedo: PTAH.
-Estas son las siglas de Pedro Tulio Ambrosio Habib. Claro, no te dicen nada, absolutamente nada. Pero ellas forman un nombre propio, porque PTAH fue un dios egipcio, de quien, igual que de Osiris, otro dios hombre, provino el sagrado buey Apis. Lee a Plutarco y Herodoto si quieres saber más.
Nada entendió, evidentemente, el buen amigo. Pero en medio de ciertas brumas entrevió algo desagradable: algo que ya se estaba posesionando de él, como una garra negra.
-Dime, por favor, Ernesto, qué quieres decir. Dimelo con otras palabras.
Ernesto meditó: creyó conveniente usar prudentes circunloquios en la singular noticia, mala sin duda para los padres del niño.
-No puedo convencerme de que todo sea sólo simple coincidencia. Creo ver algo raro… algo que me resulta difícil de explicarte.
Sin embargo Osiris lo apuró y ambos se fueron a la calle para hablar lejos de Lidia. Pero el silencio se prolongaba.
-Vamos Ernesto, explícame por qué dijiste que si Pedrito fuera tu hijo, te inquietarías.
Al fin Ernesto habló.
-Tu pequeño tiene algunos signos que lo emparentan con un animal sagrado: el buey Apis. Esa pequeña medialuna clara en medio del rosado de su frente, y esa mancha en sus espaldas mostrando la imagen de un águila o buitre.
-El médico no le ha dado importancia. La mancha vinosa es un simple angioma. Así le llaman. El niño es espléndido. Lidia lo ve divino. Yo también.
-Es posible que lo sea -añadió Ernesto-. Ahí está el quid del asunto. Si me permitieras mirar debajo de la lengua de Pedrito tendríamos, tal vez, otro testimonio válido.
-¡Oh, déjate de pavadas…! ¿Qué piensas encontrar allí? No acabo de entender por qué te empeñas en emparentar a Pedrito con un buey, feo animal por sagrado que sea, y cómo no te parece todo lo contrario, un ángel por ejemplo.
-Síguelo observando -fue la respuesta de Ernesto-. La figura de un escorpión o de un escarabajo, debajo de la lengua, es otro de los signos que caracterizan al buey Apis.
Le dio un abrazo y regresó a su casa. Al entrar Osiris a la suya, Lidia le preguntó si se sentía descompuesto o si había discutido con Ernesto, porque una palidez extraña parecía envejecerlo. Era como si se le hubieran caído las alas del corazón.
Osiris esquivó la pregunta, malhumorado, y se dirigió al cuarto del niño. Ella no insistió  para no alterarlo más, porque conocía demasiado su carácter algo ríspido en ciertas circunstancias. Cerró Osiris la puerta y contemplo al pequeño que dormía boca abajo. Se le aproximó en puntas de pie y tras algunas vacilaciones, apartó hacia un lado la sábana, agrupando sin querer, como un ramillete, los alelíes celestes bordados en el lienzo. Luego descubrió a Pedrito levantándole la impecable bata de dormir, y bajo las sugestiones de su amigo, obedeciéndole, observó la hermosa anatomía. Pensó entonces que era posible que no fuera así, pero debía convencerse esta vez que la mancha de Pedrito recordaba a un ave de rapiña. Allí se perfilaba un pico corvo, una garra, quizá, y una especie de garabatos podían sugerir las barbillas de una pluma. Pero, ¿no era caprichoso verlo así? ¿No sería sólo producto de la sugestión?
Trató de tranquilizarse. Después de todo, y con buena voluntad, podía verse en la mancha vinosa, tanto una alondra cantando o un predicador evangélico. Pero los propios argumentos no lo convencían, allá en el fondo, y creyó de pronto descubrir debajo de la nuca de Pedrito cienta protuberancia inquietante: algó así como una pequeña giba en la base del cuello , o, para decirlo de otra manera, un abultamiento craso que declinaba en lo que llaman paletilla en un toro o un buey. Ciertamente no lo había observado nunca, y la confusión se apoderó enteramente de él.
Llamó a Lidia.
-Dime… dime la verdad: ¿ves algo raro en Pedrito?
No veo nada fuera de esa graciosa manchita. ¡Es divino! -agregó entusiamada, y ensombreciéndose a la vez preguntó:
-¿Te sientes mal, Osiris? ¿Te pasa algo?. Te veo como desesperado después de haberlo visto a Ernesto.
Pedrito despertó, y la madre le dio de beber de su fuente: un pecho empinado en el que convergía toda la luz.
El buey Apis no se desprendía, mientras tanto, de la mente del padre. Se puso a pensar en la claridad de la frente del niño, que, por otra parte, podía parecer una media luna, un trozo de manzana, una coronita de príncipe, o cualquier otra cosa, según quería verse, por ciertas indefiniciones del dibujo. Pero estaba lo demás: su propio nombre, Osiris, tradicional en la familia y esa curiosa coincidencia (¿era una coicidencia?) de las iniciales del pequeño que formaban el nombre de un dios-hombre: PTAH.
De golpe, al dejar de beber Pedrito, Osiris le pidió a Lidia:
-Déjame ver la lengua.
-¿La lengua? ¿Qué buscas encontrar en ella sino restos de mi leche?
Osiris no contestó, quitó a Pedrito de los brazos de Lidia, y lo acostó suavemente en la cuna. Luego fue a la cocina y volvió con una cucharita de plata.
-Cuidado, lo vas a hacer llorar.
-¿Cuándo ha llorado? Nunca llora. Ojalá lo hubiéramos oído llorar alguna vez.
Y abrió el capullo, aquella primicia de rosa del Génesis, haciendo delicados manipuleos con el improvisado espéculo.
-¿Qué haces? ¿Qué buscas, Osiris? -preguntó Lidia sobresaltada.
-Mira tú -fue la respuesta-. Dime si ves debajo de la lengua algo así como la imagen de un escarabajo o de un escorpión. Me parece ver algo…
Lidia miró a su vez, disgustada.
Maltratamos inútilmente al niño -dijo-. No veo nada. Sólo el frenillo y la túnica rosados, casi blancos.
-Ernesto quiere mirar -agregó Osiris.
-No lo dejarás, supongo. Yo no lo permitiré. ¿Qué busca ese hombre? ¿Por qué te dejas sugestionar tan facilmente por él?
Los días siguientes fueron para Osiris largas pesadillas. No quería ver a Ernesto, su hermano del corazón, y su maestro en tantas cosas de la vida. Sentía miedo. Lidia recibía el impacto, y cierta magrez le había zanjado las ojeras. Sin embargo, callaba sus desvelos para no echar más leña al fuego en que se consumía Osiris.
Pero las cosas suceden cuando tienen que suceder. Era inevitable. Sin duda Osiris, sin querer aceptarlo, reconocía en lo más profundo de sí mismo que no eran del todo disparatadas las suposiciones de Ernesto. El no era un impostor, no mentía nunca, jamás trataba de herirlo o molestarlo. Era una autoridad en la materia: egiptología. En consecuencia la preocupación de Ernesto debía ser auténtica.
Aquel funesto día Osiris no encontró en su hijo tanta belleza. Tal vez se convenció de que la iba perdiendo hora tras hora o la había perdido ya del todo; contrariamente a Lidia, ciega de amor por el vástago. Pero esto es sólo una especulación más o menos razonable. Lo cierto es que en ausencia de Lidia, que había salido a hacer compras, la casa ardió en un vómito de llamas que fue imposible apagar luego que Pedrito lloró por primera vez. Porque el llanto del niño, según algunos vecinos, no fue precisamente el llanto de todos los niños. Fue, para decirlo con más propiedad, un estremecedor y, a la vez tierno, mugido.escarabajo

Julio Imbert

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JULIO IMBERT

 

Una vida sin fundamentos

gente hablando

Yo estaba sentada tomando un café y leyendo unos poemas que cada tanto releo. A mi alrededor, la mayoría de las mesas estaban ocupadas  y bullían las conversaciones. Se hablaba de todo: deportes, economía, política, moda, espectáculos. Parecían las secciones de un diario.
De pronto unas frases y ciertos tonos de voz me llamaron especialmente la atención. Pronunciaban las palabras con seguridad férrea, con autoridad innegable, como la que brota de la experiencia y el conocimiento.
Mientras tanto, la ciudad, el país, el continente, el planeta todo, se desplazaban en el universo infinito, como bailarines protagonistas de una coreografía estelar e imprevisible.
Tuve que interrumpir la lectura. No pude evitar seguir las alternativas de la conversación. Las voces navegaban por el aire, portadoras de palabras que, como saetas, hacía blanco en los oídos de todos.
-¡Es increíble!
-¡Es inaudito!
-Hoy en día la gente ya no tiene convicciones.
-Uno escucha a una persona decir una cosa y a los dos minutos ya dice otra completamente distinta.
-Hay una total falta de coherencia.
-Se cambia de opinión como de camiseta.
-¿Cómo puede ser que la misma persona responda a la misma pregunta de maneras tan distintas?
-¡Es que la mayoría de la gente vive como una hoja movida por los vientos, sin principios firmes, sin arraigo en una verdad última, sin fundamentos!
-¡O sumergida en un mar de inconsciencia!
-Si seguimos así, este mundo va derecho al caos.
Mientras pronunciaban las últimas frases, se incorporó al grupo un recién llegado y quiso saber qué había ocasionado tanta desazón entre sus amigos. Enseguida le explicaron.
-Mira con disimulo… ¿Ves esa mujer que está ahí, esa con blusa a lunares?
El recién llegado asintió con la cabeza.
-En distintos momentos, cada uno de nosotros se le ha acercado y le ha hecho la misma pregunta. Una pregunta fundamental para conocer la realidad en la que se vive. Y a cada uno le dio una respuenta distinta. ¡Es cosa de locos! ¡A cada uno, una respuesta distinta!
-¿Qué fue lo que le preguntaron?
-Algo simple, básico, elemental: “Por favor ¿me podría decir qué hora es?”.reloj

Adela Basch

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ADELA BASCH

El pleito

portada

Esta historia no sé bien si pasó por allá por el 1800 o por el 1900. Don Honorio Cortés, la persona que me la contó en Monte Patria, tampoco estaba muy seguro. Lo que sí es seguro es que pasó y que fue hace mucho tiempo en Cárcamo, un pueblito que queda en Monte Patria, subiendo por la cordillera del Valle del Limarí.
Por esos tiempos, Cárcamo era un casería chico, apenas un villorrio. Los pobladores de esos lugares eran crianceros, y también había algunos que se dedicaban a la agricultura. Hasta que de un día para otro, como por arte de magia, surgió la mina El Plomo.
Con la faena del mineral llegaron desde todos los lugares los hombre -los mineros- y, con ellos, las mujeres y los niños. Se abrieron almacenes, cantinas y fondas, y Cárcamo se convirtió en todo un pueblo.
De lunes a sábado, los hombres arrancaban la riqueza de la tierra a punta de chuzo y pala: sudaban la gota gorda. Pero el domingo se encanchaban con la mejor pinta: sombrerito de paño, ojotas domingueras, faja al ciento y, en el cinto, el puñal. Por la mañana iban a misa y, por la tarde, a las fondas.
De todas las fondas, la mejor y la más grande era la fonda El Pingo. Ahí los mineros habían instalado una costumbre: al que mejor le iba en la semana con la paga -porque había trabajado más duro o porque había tenido mejor suerte -invitaba la primera ronda de cántaros de quilatana.
El asunto es que después de beber esa primera ronda y de comer unos buenos alfeñiques preparaban el arpa, entonaban voz las cantoras, y todos bailaban añaverales.
Durante casi un año, el minero que invitó semana tras semana fue Juan Marín, el más duro para la pega y el de mayor suerte… todos decían que el mineral le caía del cielo. Juan Marín era también el más ligero con el puñal. Por ese tiempo y en ese lugar, la única ley era la del puñal, y todo pleito lo zanjaba la muerte. Los hombres lo lucían en la faja al cinto. Dicen que en la cacha de nácar del puñal hacían una marca, una línea pequeñita, por cada pleito que habían ganado.
En el puñal de Juan Marín había diez marcas. Nadie tenía tantas como él. Diez hombres habían caído en pleitos con él, pero todos sabían que las victorias habían sido justas.
La gente en Cárcamo vivía tranquila, hasta que llegó el afuerino. Era un hombre callado y hosco, de bien vestir, que, en lugar de usar ojotas, llevaba botas. Usaba también puñal, pero la cacha no era de nácar, sino de plata, y no había ni una sola marca en ella. Algunos decían que tal vez este minero jamás había peleado; otros, que tal vez había ganado tantos pleitos que no tenía más espacios donde marcar; y otros, simplemente, que al hombre no le interesaba lucir sus victorias.
Desde que el afuerino llegó, semana tras semana sacó siempre más mineral que los demás y, por consiguiente, más paga que cualquier otro minero, incluso que Juan Marín. Por lo mismo comenzó a invitar la primera ronda de quilatana en la fonda El Pingo.
Seis semanas después, una oscura noche de domingo sin luna, el afuerino estaba frente a la barra de El Pingo repartiendo cántaros del licor, mientras los hombres reían y tomaban con él. Juan Marín, sentado solo en una mesa en un extremo de la fonda, lo observaba.
De pronto, faltando solo un par de horas para la medianoche, Juan Marín interrumpió el bullicio con un grito que remeció el alma de los que estaban ahí.
-¡Afuerino, saque su puñal, iñor; que hace tiempo que no mando uno pa`l infierno!
En la fonda El Pingo se hizo un espeso silencio.
Después de unos segundos, el afuerino volteó, miró fijo los ojos de Marín y sonrió. Juan Marín se levantó de su silla, envolvió lentamente su mano izquierda con la faja y con la diestra aferró el puñal. Se miraron fijamente, inmóviles. Hasta que el afuerino, puñal en mano, se abalanzó sobre Juan Marín. Este esquivó la puñalada, que fue a rasgar el aire.
Los hombres y las mujeres del lugar abieron cancha a la pelea, mientras la cantora, sin saber por qué, comenzó a rasguear el arpa insistente y desafinadamente.
Los dos hombres estaban trenzados en una pelea larga, dura y fea, en la que sus cuerpos iban y venían en una danza que presagiaba muerte, sin que ninguno lograra rasgar el cuerpo de su enemigo.
El roce de sus pies sobre el piso de tierra llenaba de polvo el lugar, y sus puñales rompían con silbidos el aire. En la fonda, brillaba un rumor metálico que hacía temblar a los que miraban.
La fondera, de tanto en tanto, mandaba reponer el aceite de las lámparas para ahuyentar la oscuridad. El pleito tenía ya a Juan Marín sudoroso, sucio y jadeante, mientras que el afuerino lucía extrañamente fresco y limpio. Sin embargo, ninguno de los dos cedía ni vencía.
Cuando era la medianoche y después de largas horas de lucha, la cantora, con los dedos enrojecidos de tanta rasguear el arpa, lanzó un grito angustiante:
-¡Paren esos hombres, por el amor de Dios!
Y en el mismo minuto, justo en el instante en que ella pronunció esas palabras, se escuchó un explosión en medio de los dos hombres. En la fonda El Pingo todo fue humo, polvo, oscuridad, lamentos y un casi imperceptible olor a azufre.
Cuando lograron volver a prender las lámparas, notaron los destrozos que había en el lugar y se encontraron con hombres y mujeres heridos y aterrados. Pero de Juan Marín y del afuerino… ni una seña, ni un rastro; era como si se los hubiera tragado la tierra.
Después de ese día, todo cambió en Cárcamo. La mina se ranció, como dicen los mineros, y no dio ni un gramo más de mineral. Y sin el mineral, se fueron los mineros -los hombres-, y con ellos las mujeres y los niños; se arruinaron las fondas, las cantinas y  los almacenes. Entonces, Cárcamo dejó de ser el pueblo próspero que había llegado a ser.
Con todo eso se comprobó el rumor a voces que corría por todo el Valle del Limarí. Contaban que la mina El Plomo había sido en realidad fruto de un pacto con el mismísimo demonio. Se decía que su dueño había ofrecido al diablo, a cambio de la riqueza, el alma de todo aquel que trabajara ahí, y que sería el mismo mandinga quien fuera a buscarlas.
Por eso si alguna vez van por allá, por Monte Patria, por Cárcamo, por San Lorenzo o por algún otro pueblo en el Valle del Limarí, y les toca una noche de luna negra y  profunda; si desde el cielo y entre los cerros escuchan el chasquido metálico, el ruido inconfundible del golpe de un par de puñales estrellándose enportando facon el infinito, sepan que ese es Juan Marín, quien en el patio del infierno sigue haciéndole collera al diablo para salvar el alma de su gente.

Versión y adaptación libre del relato realizado en el año 2001 por don Honorio Cortés en la comuna de Monte Patria, Valle del Limarí, Norte Chico, Chile.

Patricia Mix Jiménez
Recopiladora 

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PATRICIA MIX JIMÉNEZ

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Las vicuñitas de Coranzuli

VICUÑAS

-Mirá, mirá, las vicuñitas allá -señalaba exaltado Damián con el brazo extendido en dirección al cerro.
-¿Dónde? preguntó Demetrio.
-Mirá pa´la cumbre, justito ahí…
Y efectivamente, como si caminasen por el filo de la cumbre, recortadas contra un claro cielo más blancuzco que azul, se las veía. ¿Cuántas eran…? ¿Cuatro, cinco, quizá seis o siete…? Las más tímidas no se dejarían ver…
-Vamos -propuso Damián entusiasmado.
-¿A qué pues? Si cuantito se acerquemos se van a disparar.
-No, no, son buenitas
-¿Y cómo lo sabés?
-No sé, pero son mansitas.
Demetrio observó de reojo a su hermano menor y guardó silencio. Luego volvió a mirar hacia el lejano allá de las vicuñas.
Parecía que, a su vez, los animalitos los observaban a ellos, con la misma curiosa ansiedad.
-Vamos, te digo…- insistió Damián.
-Meta, pero despacito, de no se van a espantar.
Y comenzaron a ir.
Las vicuñas, inmóviles, permanecían en el mismo lugar.
¿Serían reales…? Como estatuas de sal. Blancas, brillantes, Hasta que un macho, seguramente el guía, movió ligeramenta la cabeza y entonces supieron que no veían visiones.
-Pará un poquito -se detuvo jadeante Demetrio-. Casi no puedo respirar.
Damián se detuvo y miró a su hermano. Él parecía sufrir menos el aire enrarecido. Se apoyó de espaldas contra un pedrón y dirigió su vista a las vicuñas.
-Ahí nomás están -comentó para sí mismo.
Demetrio tragaba aire con la boca entreabierta.
-Sigamos -dijo a los pocos minutos.
Damián trepaba usando sus manos. Quizá por eso se fatigaba menos y avanzaba más. De tanto en tanto se detenía para comprobar si su hermano lo seguía. Demetrio iba quedando más y más abajo, más y más atrás.
Hizo un alto y las pudo distinguir nítidamente. Las vicuñas se movieron apenas. Le hizo señas a Demetrio para que se detuviese y se llevó el índice a los labios.
Espero un ratito. Las vicuñas debían verlo a él, mejor que él a ellas. Seguían en el mismo lugar.
images (4)Respondiendo a un impulso, Damiám cubrió, sin pausas, el trecho que lo separaba de la cumbre. Muy cerca se detuvo.
Las vicuñas retrocedieron ligeramente, dándole el frente; pero no se alejaron. Damián las veía temblar. Aguardó.
Las vicuñitas también parecían esperar.
Se les fue acercando muy, muy lentamente y cuando estaban casi al alcance de su mano, se sentó muy cerca de ellas.
Y le pareció que debajo de él la sierra de Incahuasi temblaba ligeramente. Las vicuñas se inquietaron.
Algunas piedras rodaron, lentas, ladera abajo. Damián buscó a su hermano. Estaba muy cerca ya, y no le había pasado nada.
-¿Qué es? -musitó Damián.
-No sé; pero se me hace que ha temblao la tierra… 
Observaron a su alrededor. Las vicuñas se alejaron algunos metros de la cumbre. No se notaba nada extraño. Salvo el cielo muy blanco; salvo el aire, muy quieto. Y el silencio…
-Apurate -lo instó Damián. Demetrio trepó hasta alcanzarlo.
-Sigamos a las vicuñitas- le propuso.
-¿Por qué? -quiso saber Demetrio.
-No sé; pero eso están queriendo.
Y parecía; efectivamente, que los animalitos esperaban por ellos. Demetrio se decidió y traspasaron la cumbre.
Las vicuñas continuaban alejándose.
El cerro volvió a temblar.
-¡Vamos, vamosé tras de ellas! -y Damián echó a correr.
Demetrio corrió también en pos de su hermano que corría, alejándose de laimages (3) cumbre, detrás de las vicuñas. Y repentinamente estalló como un trueno.
Sin tormenta.
Sin agua.
Sin viento.
Pero detrás de ellos.
Corrían sin parar, sin darse vuelta, siempre guiados por las vicuñas que los alejabam más, cada vez. Era como si el temblor fuera en pos de ellos.
Sin alcanzarlos.
Hasta que, tan repentinamente como había comenzado, el temblor y los ruidos estrepitosos cesaron.
Las vicuñas se habían detenido.
Ellos también.
Se miraron y sin saber por qué, supieron que era el cerro, ese cerro desde cuya base habían divisado a las vicuñas.
Se dieron vuelta.
El cerro se había partido.
Se acercaron a mirar.
A veinte pasos de ellos, desde donde elllos se habían detenido, había una hondonada enorme, una especie de herida de tierra y de piedras.
La ladera por la que habían trepado no existía. Un tajo enorme. Solamente un tajo que pudo haberlos devorado entre pedrones y cardones tumbados.
-Se mos salvao agatas -alcanzó a murmurar Demetrio.
Damián se acercó a las vicuñas.
Demetrio hizo lo propio.
Las vicuñas los dejaron aproximarse.
Los niños se abrazaron a ellas.
Las vicuñas no entendían por qué. Pero les gustaban las caricias de los chicos. Y aceptaron conmovidas, sus muestras de gratitud.images

José Murillo

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SELLOZZJOSE MURILLO

La despistada historia del Conde Drácula

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En un pueblo de Rumania vivía un conde de nombre Drácula. Era flaco como una escoba y tenía dos colmillos enormes. Por las noches salía en busca de comida. Para cenar, prefería la sangre de bellas jóvenes.
Apenas salía el sol se iba a su ataúd a dormir durante todo el día.
El conde no tenía auto ni triciclo y mucho menos bicicleta, así que para ir de acá para allá se convertía en murciélago y volaba por el cielo.
-Don Drácula, ¿por qué no viene por la mañana a tomar un té con leche a casa? – le decía Juan Perozkis, su vecino, al verlo pasar.
El conde siempre respondía que no, que tenía mucho trabajo, que se iba de visita a lo de su abuela Pepa, o que estaba resfriado. Pero lo que realmente sucedía era que Drácula no se movía de su palacio si no era de noche. Le tenía miedo al día, porque su papá le había contado que si un rayo de sol lo tocaba se convertiría en cenizas.
Una noche, el reloj de la casa del conde, se paró. Desde ese momento marcó siempre las veintidos horas.
Drácula se sintió desorientado. Según su reloj siempre era de noche, aunque estuviera el sol.
Un día en que el cielo estaba color carbón de tan nublado, el conde miró por la ventana. Estaba tan oscuro que le pareció que eran realmente la diez de la noche, entonces, se convirtió en murciélago y fue en busca de su comida favorita. Volando se acercó a lo de Juan Perozkis, que tenía una hija jovencita, justo como le gustaban a Drácula para la cena. Se metió por la ventana del comedor y apenas entró vio que allí estaba Juan, su mujer y la joven. Los tres tomaban té con tostadas, manteca y dulce.
-¡Vecino, qué gusto verlo por acá! Ya mismo le preparo un té con leche -lo saludó el señor Perozkis.
-¡Perdón! ¿Qué hacen despiertos? -preguntó el conde de lo más desorientado; él esperaba encontrarlos a todos durmiendo, en especial a la jovencita.
-Estimado señor, por si usted no lo sabe, en nuestra casa a esta hora se desayuna. Si quiere venir a comer unas tostadas, es bienvenido. Pero que sea la última vez que entra sin tocar el timbre, ¡y por la ventana! -exclamó indignada la señora Perozkis.
-¿Desayuno? ¿Pero… qué hora es? -consultó Drácula.
Al escuchar la respuesta el conde se escondió bajo la mesa. Se tapó la cara con sus alas de murciélago de miedo a que los rayos del sol lo convirtieran de inmediato en cenizas.
-Pero no se ponga así, hombre, si a nosotros nos encantan las personas que entran volando por las ventanas. Vamos, que mi esposa le estaba haciendo una broma -dijo Juan tratando de tranquilizarlo.
images (2)La joven Perozkis se acercó a Drácula ofreciéndole una taza de té con leche y dos tostadas untadas con manteca y dulce.
El conde se comió todo, mientras pensaba que si se convertía en cenizas como le había dicho su papá, era mejor hacerlo con la panza llena. Más tarde la jovencita lo invitó a pasear por la plaza del pueblo. Drácula seguía con tal susto que no atinó a decir que no.
Ya no había más nubes en el cielo y el conde sintió como los rayos del sol le acariciaban el rostro. Pero no se convirtió en cenizas…
Desde esa mañana, Drácula juega durante el día, duerme profundo en la noche y está más gordito de tanto comer tostadas con manteca y dulce.descarga

Adaptación de Irene Goldfeder
de la novela de Bram Stoker

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La luciérnaga

images (5)

guarda

Tupá creó a los hombres y les dio lo necesario para vivir, por eso lo primero que les concedió fue el fuego.
Un día, Añá, el malo, bajó a la Tierra y se llevó un gran disgusto. Era de noche y pensó que todos estarían muertos de frío, sin embargo ocurría todo lo contrario. A lo largo de los campos y a orillas de los ríos alcanzó a divisar pequeñas fogatas alrededor de las cuales se refugiaban los humanos, conversando y compartiendo alimentos en estrecha compañía.
Enfurecido por lo que estaba viendo, aspiró hondo, hinchó sus mejillas con aire y voló sobre los campos soplando con furia para apagar todas las fogatas que iba encontrando.
Los hombres no alcanzaban a entender lo que ocurría, viendo cómo el fuego se desparramaba por el viento nocturno. Miles de chispas se esparcieron y Añá corría como loco tratando de sofocarlas.
Cuando Tupá se enteró y vio lo que estaba pasando en la Tierra, pensó qué hacer para que Añá terminara con sus maldades.
Rápidamente lo decidió, transformando a estas chispas diminutas en insectos que diseminó por los campos, y que al volar se encienden y se apagan.
Añá continuó persiguiéndolos y así se fue alejando de los fogones, donde aún quedaban brasas encendidas. Cansado de soplar y soplar vio que los hombres se sentaban nuevamente alrdedor del fuego, cantando y trabajando. Al ver esto se metió en una cueva oscura para pensar cómo vengarse.
Desde el enojo de Añá, las luciérnagas son bichitos de luz que alumbran los campos de noche, alegrando los caminos solitarios.PAJARO

Leyenda Sudamericana.

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