El espantapájaros soñador (cuento colombiano)

 

espantapajarosLas historias que se narran de Juancho García son muchas, pero esta es la más desconocida. Juancho García vivía en una finquita que había comprado, en un ranchito blanco con techo de paja. Si uno se asomaba por la ventana, veía sembrados de arroz, de trigo, de millo, de frijol, que en conjunto parecían una colcha de retazos de colores, ya que las parcelitas eran muy pequeñas. Más atrás, se distinguía una quebradita cantarina y, en el fondo, un inmenso azul con unas motas blancas. Ahí vivía Juancho García con su pequeña hija Juanchita García. Como por ahí no había otros niños, ella se la pasaba jugando con los ratones de campo, trepando a los árboles junto a las ardillas y conversando con los pájaros, con las hormigas y con los peces. Su papá le decía: “M`hija, usted se me va a enloquecer: los animales no hablan; mañana mismo me la llevo a lo de su tía Josefita, en la ciudad, para que ella la termine de criar”.
Pero los animales, al escuchar la amenaza del padre, le decían a Juanchita: “Claro que nosotros sí hablamos, tú nos oyes hablar perfectamente. Es que los viejos no nos oyen hablar porque ya se olvidaron de cuando eran niños y se les endurecieron las orejas del corazón”
Una vez, los pájaros invitaron a Juanchita García a que fuera volando con ellos para conocer las lindas tierras de donde ellos venían. Juanchita corrió a pedirle permiso a su papá; pero este ahora sí que se había enojado. “M`hija, usted se me está enloqueciendo del todo; mañana mismo me la llevo a la ciudad para que la termine de criar su tía Josefita; yo no me encarto más con usted. Los niños no vuelan”. Por su parte, los pajaritos le decían: “Es que los grandes no vuelan por falta de ensayo y no oyen a los animales porque perdieron su capacidad de imaginar; pero si tú ensayas, podrás volar con nosotros”. Pero como el papá no le había dado el permiso, ella no quiso ir a volar.
Juancho García lo único que veía ahí era un montón de avechuchos y animalejos que se comían los sembrados. Entonces, decidió poner remedio de una vez por todas: decidió hacer un espantapájaros. Juanchita se ofreció muy entusiasmada para ayudar a construirlo y fue a la quebrada a buscar unas enormes cañas, con las cuales le armaron el esqueleto al espantapájaros. Lo que ellos no sabían era que el destino de esas cañas estaba determinado desde hacía mucho tiempo: sus hadas madrinas había decidido que fuesen flautas dulces.
Juanchita recordó que sobre el césped de la cima de la montaña había visto una paja dorada muy hermosa que despedía una luz brillante. Con esa paja hicieron el cuerpo. Pero lo que ellos no sabían era que esa paja no era tal, sino que se trataba de unos rayos de sol que se habían quedado dormidos sobre el césped y se habían olvidado de volver a su astro. Juanchita también se acordó de que una noche muy hermosa había visto dos lunas; en el enorme cielo oscuro, una luna llena preciosa, y en la laguna, otra luna. Entonces fue allá y la encontró. Con ella le formó la cabeza, con una tajada de sandía le hizo la boca y con unas pepitas, los dientes. con dos aceitunas le hizo los ojos y con un gran tomate colorado hizo la nariz.
Después, fue hasta donde estaban unos árboles muy viejos y sabios que eran sus amigos. Ella había visto que tenían unas largas melenas, de esas que les salen a los árboles viejos y que se llaman barba de viejo; pero estas eran de todos los colores y, mientras se mecían, despedían rayos de luz de cristal. Lo que tampoco sabían Juancho García y su hijita era que las barbas de viejo de esos árboles no eran comunes, sino que eran las barbas de un dragón enamorado que había muerto a punta de suspiros hacía mil milenios de millones de años por culpa de una dragoncita que lo abandonó. Con esa melena le hicieron el cabello, y arriba le pusieron un sombrero viejo de cuentero.
Juanchita recogió todas las florecitas del campo y le tejió con ellas un vestido. Cortó un pedazo de arco iris y con él le hizo un poncho. Así quedó listo el espantapájaros. ¡Qué digo el espantapájaros! ¡El llamapájaros! Eso tan lindo no podía más que llamar a todos los pájaros. Y no solo a ellos: los vientos de los cuatro costados del mundo oyeron hablar de ese hermoso espantapájaros y quisieron ir a conocerlo. Entonces, al pasar por las cañas de su esqueleto, se oían las canciones más hermosas que los niños de todo el mundo les habían enseñado a los cuatro vientos. Además, allí estaba la música de todos los instrumentos, los arpegios de todos los sonidos, los pájaros de todos los tamaños y todos los colores, pájaros extranjeros que piaban en inglés, francés, alemán, chino, esperanto, mandarín… en todos los idiomas.

pajarito
Alrededor del espantapájaros, también estaban la tortuga voladora; Rafa, la jirafa; Dante, el elefante; Gina, la gallina; Julieta, la gallineta; Soraya, la guacamaya; Simona, la mona; el mico Federico; el pato Renato; Ramón el ratón; Eugenia, la cigüeña; el loro Heliodoro; el pato Patetas y el ganso Gandul.
Un pájaro vestido de frac, muy elegante, que caminaba moviéndose de un lado hacia el otro, dijo que venía del Sur, donde hacía mucho frío y la gente vivía en casas de agua y se alimentaba de puro  hielo. Otro pájaro dijo que él venía de Oriente, dónde todo era arena, por aquí hasta el más allá y por el otro lado hasta el infinito, y que allí la gente se alimentaba de fuego y sangre. Soraya, la guacamaya, dijo que ella venía de allí nomás, de cerquita, y de que allí gobernaba la reina Colorina y habitaban todos los colores bajo un inmenso manto verde.
Juancho García lo único que veía era un montón de avechuchos y animalejos que se estaban comiendo sus sembrados y que le estaban ensuciando el espantapájaros. Entonces cogió la escopeta, la cargó de perdigones, apuntó y disparó. Allí quedaron algunos de los visitantes tendidos en el suelo, con el pecho destrozado y un reguero de plumas bañadas en sangre: la tortuga voladora; las canciones infantiles de los cuatro vientos; Rafa, la jirafa; Dante, el elefante; Gina, la gallina; Simona, la mona; Soraya, la guacamaya; el pato Renato; Ramón, el ratón y el pato Petetas.
Juanchita García lloró amargamente, como nunca lo había hecho en su larga vida… de cuatro años. Entonces, Juancho García le dijo: “Ahora sí, m`hijita; usted se me está enloqueciendo. ¿Llorando por unos animaluchos? Mañana mismo la llevo a la ciudad, a lo de su tía Josefita, para que ella la termine de criar; yo no me encarto más con usted”
Esa noche, Juanchita dormía profundamente cuando oyó unos ruidos en el patio. Se asomó y vio una bandada de palomas torcazas que volaba alrededor del espantapájaros. El pobre espantapájaros empezó a mover los brazos rápidamente y se fue elevando, se fue elevando, hasta que solo fue un puntito negro en la noche. Y se perdió. Cuando Juanchita le contó a su papá, él contesto: “Ahora sí, m`hija, usted definitivamente se me enloqueció. Los espantapájaros no vuelan, eso fue algún vecino envidioso que se lo robó. Mañana mismo la llevo a la ciudad para que la termine de criar su tía Josefita, yo no me encarto más con usted”

bandada de aves
Al otro día, Juancho García llegó cansado de tanto buscar con su escopeta a quien le había robado el espantapájaros. Regresó a la casa con los pies hinchados, las botas al hombro y la cara rayada de todas las chamizas y espinas del monte. No podía dormir, tenía pálpitos, pesadillas y pensaba: “Definitivamente, esa niña se me está enloqueciendo; yo no lo entiendo. De verdad mañana mismo me la llevo para la ciudad a que la termine de criar su tía Josefita. Yo no me encarto más con ella”. Pero a la medianoche sintió un ruido en la habitación de Juanchita, se asomó y alcanzó a ver una bandada de palomas torcazas que volaba alrededor de su hija. Ella empezó a agitar los brazos y se fue alzando hasta romper el techo y elevarse por completo. De nada valieron los gritos desesperados de Juancho García, porque ella se elevó, se elevó hasta que solo fue un puntito negro en la inmensidad de la noche. Y desapareció.
Desde aquella noche, Juancho García cada día saca bandejas llenas de granitos de trigo, de granitos de arroz, de maíz picado, de millo y de migas de pan para alimentar la esperanza de que vuelvan los pajaritos; para alimentar la ilusión de que vuelva el espantapájaros, para alimentar el sueño de que con ellos vuelva su hija. Porque, desde ese día, Juancho García alimenta su sueño, ya que ahora sabe, a ciencia cierta, que los hijos son un sueño que un día se echan a volar.

canastacon

Recopilación y versión de Jorge Ambrosio Villa Zapata.

volver a la portada

 SELLOZZ

Anuncios

Anselmo Tobillolargo

anselmotobillolargo Cristina Macjus

Esta es la historia de Anselmo Tobillolargo, un gigante que no solo tenía tobillos largos. Para ser sinceros, los tobillos eran lo más corto que tenía en su largo cuerpo, pero pocos lo notaban, ya que la mayoría de los animales del monte apenas llegan a divisarlos.
Todos sabemos que la primera condición para ser gigante es nacer demasiado grande. Pero lo que algunos no saben es que ser gigante no es muy cómodo. No, señor. Como todas las cosas quedan un poco chicas, hay que usar constantemente el ingenio y esto es algo que agota. Por ejemplo, ¿cómo se las arreglaba Anselmo para hacer algo tan sencillo como tomarse la fiebre para saber si estaba enfermo? Tenía que salir de la selva, caminar hasta la ferretería y pedir prestado un termotanque.
La segunda condición para ser gigante es no pisar a las hormigas. Porque, aunque los gigantes dejan todo hecho un zafarrancho cuando salen a trotar (derriban árboles, aplastan techos de casas y abollan autos), son muy cuidadosos con la hormigas. Es como un pacto de la naturaleza. Nunca corren en territorios con hormigueros. Caminan con cuidado, fijándose con mucho detenimiento en lo que hay debajo de cada pie.
La tercera y última condición es no casarse con una enanita. Condición bastante injusta, porque los gigantes adoran las cosas pequeñas, y quién es quién para decidir cuestiones del corazón.
Repasemos las tres condiciones para ser gigante:
1) Nacer demasiado grande.
2) No pisar hormigas
3) No enamorarse de una enanita.
¿En algún lado dice que un gigante no puede enamorarse de un hada madrina?
¡No!
Por eso, Anselmo Tobillolargo se enamoró perdidamente de Pipí Cucú, un hada de lo más simpática que le hablaba a su varita mágica en guaraní.
“¡Ah!”, dirán ustedes. “Pero un hada madrina es un ser muy chiquitito. Más chiquitito que una enanita”
Claro que sí. Y tienen razón. Pero las reglas, cuando no han sido escritas entre todos, son así de injustas. Si el texto dice “enanita” es “enanita” y se acabó, no importa si hay otros seres con características semejantes. Una hada madrina, por más chiquitita que sea, no es una enanita.
Así que Anselmo se enamoró sin remordimientos, como todo buen gigante.pipicucu2

 

 

 

La vio por primera vez una mañana de sol, parada sobre una ramita, imitando a una cereza de monte. Muy concentrada estaba, hinchando la panza para que pareciera redondita, reteniendo el aire para que los cachetes se le pusieran colorados. Tan inmóvil, redonda y colorada estaba, que si no fuera por sus alitas, Anselmo la hubiera confundido con una verdadera cereza. Le hizo gracia tanto esmero, pero no se rió ni un poquito, porque Anselmo sabía que solo los grandes talentos se animan a realizar acciones que a la gente común le parecen un sinsentido.
Y se enamoró del hada justamente por eso, por su esmero en buscar lo imposible.
Decidido a averiguar por qué hacía lo que hacía, se sentó junto al árbol a esperar que el hada terminara de imitar a una cereza. Pero llegó la noche y Pipí Cucú, medio asfixiada, seguía intentando mimetizarse y a Tobillolargo le dio sueño y se quedó dormido. Al amanecer se despertó, miró la ramita, y el hada madrina ya no estaba. Así son las hadas.
Sin embargo en el suelo escrito con polvo y brillantina decía:

TOBILLOH1

 

La segunda vez que Anselmo vio al hada estaba colgada de una ramita de guatambú, cabeza abajo y con las alas cruzadas sobre el pecho. Le costó reconocerla, porque Pipí Cucú se había pintado los cachetes y las alas con carbón. A su lado dormía la siesta plácidamente un murciélago, sin sobresaltos ni pesadillas. Pipí Cucú no dormía, pero lo intentaba.
A Anselmo le pareció que no era una posición muy cómoda: la sangre se le bajaba a la cabeza como cuando uno hace la vertical. No quiso interrumpirla, y se sentó contra un árbol a esperar.
Anselmo quería preguntarle por qué imitaba a un murciélago y también si quería casarse con él. Los gigantes nunca andan con rodeos. Pero pasaron las horas y a Tobillolargo le dio sueño y se quedó dormido. Cuando se despertó el hada ya no estaba.
Sin embargo en el suelo escrito con polvo y brillantina decía:

TOBILLOH2

 

Dicen que la tercera es la vencida. Por eso, y por las dudas de que la volviera a encontrar, Anselmo durmió la siesta bajo un lapacho: no era cuestión de quedarse dormido otra vez. Así, bien descansado, salió a buscarla. La encontró a la orilla del monte, juntando plumitas por el piso y pegándoselas sobre el cuerpo.
“¡Zas!”, pensó Anselmo. “Ahora quiere ser un angelito”. Pero no. Para su sorpresa, una vez concluido el disfraz, el hada voló por sobre la ruta que marcaba el final del monte y se posó sobre un alambrado. Se quedó quietita, cantando bajito un “pío-pío”.
-Cof, cof -tosió Anselmo, intentando llamar la atención del hada.
En efecto, Pipí Cucú miró para arriba y dijo :
-Buen provecho.
“¿Buen provecho?”, pensó Anselmo confundido. “¡Esta pequeñita está un poco chiflada!”. De todas formas quiso ser cortés y agradeció:
-Gracias, señorita hada madrina.
-¡¿Cómo?! ¡¿Cómo que “señorita hada madrina”?!- protestó Pipí.
-Perdón – se apuró a decir Anselmo- ¡Qué distraído soy! ¡Si usted es una señorita pajarito!
-Ji, ji -rió el hada-. Me sale tan bien que nadie se da cuenta de que soy un hada.
-¡Oh, no, no! Yo ni siquiera lo sospechaba.
-Bueno -se disgustó-, hágame el favor de no desconcentrarme más, que tengo que quedarme quietita sobre un alambrado para experimentar la civilización, como lo hacen alguna vez en su vida todos los pajaritos del monte.
-Cómo no. Pero yo solo le quiero robar un minutito nada más. Debo hacerle una pregunta misteriosa -dijo bajito Anselmo.
Las hadas son unos seres tan pero tan curiosos, que aunque tengan que cumplir la misión pajaril más estricta, siempre caen en la trampa cuando se les ofrece un secretito.
-¿Qué cosa?, ¿qué cosa? Dele, cuénteme, mi gran hombre, mi karaité guazú.
Eso de “gran hombre” a Tobillolargo le sonó a “héroe” y entonces se envalentonó. En vez de preguntarle por qué se dedicaba a imitar cosas (que es lo que le iba a preguntar al principio) le preguntó aquello que no se debe decir nunca en una primera cita:
-¿Te querés casar conmigo?
Cualquier otra hada madrina hubiera explotado de la risa, hubiera pensado que el torpe de Tobillolargo no llegaba ni a los brevísimos tobillos del hada. Pero Pipí no se rió ni un poquito. Por el contrario, se puso muy seria.
-Disculpe, señor gigante. Pero ahora no puedo. Estoy muy ocupada resolviendo una duda que tengo.
-¿Puedo ayudarla?
-No.
-Snif.
-Bueno, no se ponga así, tan grandulón, tan guazú. Le agradezco de todo corazón, pero no puede ayudarme. Y sí me quiere de verdad, le ruego que me deje seguir con mi tarea de pajarito.
Anselmo se sintió triste por el rechazo. Se quedó sentado, quietito donde estaba, cumpliendo el pedido de no interrumpir a su amada. Lloró un poquito, lo suficiente como para crear una laguna en la que nadaron tres patos  y dos mojarritas, y luego se quedó dormido aunque había hecho siesta.
Al día siguiente, la frase escrita en el piso con polvo y brillantina decía:

TOBILLOH3

Cuando un gigante se enamora y no es correspondido, en vez de deshojar margaritas deshoja molinos.
“Me quiere, no me quiere, me quiere… no me quiere.” A cada molino que deshojaba Anselmo le respondía una fatalidad: “no”, “no”, y “no”. Y como los gigantes no son personas que acepten fácilmente los infortunios que les depara el destino, Anselmo insistía con otro molino.

La cuestión es que a los paisanos no les hacía ninguna gracia que un gigante enamorado saliera del monte y se acercara a sus campos para consultar la suerte con sus molinos.
Se organizaron y fueron a buscarlo allá, en lo profundo de la selva. Le dijeron:
-Anselmo, chamigo: por favor, deje nuestros molinos en paz.
Anselmo estaba tan triste que no los escuchó.
Los paisanos creyeron que los ignoraba, que no los quería escuchar. Y entonces le declararon la guerra: “La próxima vez que toque un molino, lo pagará con su vida”. Ni bien terminaron de decirlo, Anselmo se secó un par de lágrimas y, dispuesto a darle al destino una oportunidad más, sacó del bolsillo un molino que había arrancado hacía poquito y comenzó a deshojarlo: “Me quiere, no me quiere, me quiere… no me quiere…¡buaaaaaaaa!, lloraba el grandulón.
Los paisanos consideraron que era el colmo, que el gigante los desafiaba delante de sus narices. Entonces fueron a pedirles prestados lo arcos y las flechas a sus vecinos los indios, que en ese momento estaban tomando mate y a quienes le dio bastante fiaca tener que desempolvar sus armas, que no usaban desde que el gran jefe Cara Mará, aburrido de la guerra se había dedicado a cultivar orquídeas.
Cuando volvieron, el gigante todavía lloraba.
-¿Por qué no me quiere nada? ¿Por qué, por qué, por qué?
Y de repente por primera vez experimentó la picadura de un mosquito. Se dijo: “Qué raro”, y se rascó una rodilla. Se dijo: “Qué raro”, y se rascó una oreja. Se dijo: “Qué raro”, y se rascó la panza. En los minutos siguientes le picó absolutamente todo y se puso molesto, lo cual fue bueno, porque le permitió olvidarse un momento de sus penas.
-A ver, mosquitos, si se dejan de molestar porque estoy muy triste – dijo manoteando el aire para espantarlos.
Los paisanos se sintieron insultados.
-¡Más mosquito serás vos! -respondieron.
Al escucharlos, Anselmo miró para abajo. Se sorprendió al encontrarse con un grupo de personas que lo apuntaban con flechas.
-¡Epa! Por favor, ¿qué les sucede? No es necesario ponerse agresivos.
-¿Cómo que no es necesario ponerse agresivos? El primero que insultó fue usted, chamigo grandulón, que nos llamó “mosquitos”.
-Les pido mil disculpas, esto es una confusión, no quise ofenderlos.
-No aceptamos ninguna disculpa. Estamos furiosos porque nos está destruyendo todos los molinos y no tenemos cómo sacar el agua para nuestras casas y así no podemos preparar el mate cocido y no tenemos en qué mojar las tortas fritas cada mañana. ¿Se puede saber por qué?
Tanta información culinaria dejó un poco confundido al gigante, que por las dudas volvió a pedir perdón.
-Perdónenme, es que estoy enamorado, snif.
-¡Basta de llorar, que no trajimos paraguas!
Anselmo les explicó a los granjeros que era un gigante inútil, tosco y feo y que se había enamorado de un hada madrina joven, bonita y elegante que no aceptaba sus galanteos. Que si para conseguir que el destino los uniera tenía que deshojar todos los molinos del universo, él lo haría aunque los paisanos le tiraran flechas, y los marcianos, rayos verdes.
Eso de los rayos verdes impresionó bastante a los paisanos, que comprendieron que la violencia no servía para hacer entrar en razón a un enamorado. Y entonces decidieron ayudarlo. Con los arcos fabricaron arpas, y flautas con las flechas. Y se armó un concierto de melodías delicadas, para atraer al hada madrina.
Acertaron con el procedimiento, porque en instantes apareció la susodicha, con tutú reluciente y un brillito en los ojos.
-Tanta pachanga y yo no estoy invitada
-¡Oh, hermosa hada madrina! ¡Bienvenida, welcome, eyuporaité! -dijo un paisano haciendo una reverencia demasiado exagerada. Y como sabía que las hadas adoran la rimas, ensayó una con todo su talento:

¡Oh! Hermosa hada madrina,
dueña del llanto y la risa.
¡Oh! Hermosa hada madrina,
dueña del…techo y la repisa.
¡Oh! Hermosa hada madrina,
dueña del… pan y la pizza.
¡Oh!..

Claro que era mucho mejor productor de zapallos que de poesías. No pudo continuar porque alguien le dio un codazo y le dijo: “Redondeá, que te estás poniendo pesado”. Entonces, el pobre paisano retomó el aire y dijo:

¡Oh! Hermosa hada madrina,
¡que seas muy bienvenida!

Pipí Cucú se rió encantada: “Ji, ji, ji”, y agradeció con aplausos de hada, de esos que salpican papelitos de colores.
Y el paisano, ahora devenido en poeta exitoso, se sintió muy halagado.
-Ya les decía yo que tenía que tener otros talentos además de cultivar los más grandes zapallos de la zona.
-Nosotros no podemos adivinar el destino -dijo otro paisano- , pero nos contó un pajarito que usted anda queriendo enamorarse.
-¡Ay!, no sé, no sé -dijo pizpereta, el hada.
-El mismo pajarito -continuó el paisano- nos contó que si usted se tapa los ojos con este pañuelo y da un par de vuelta hasta marearse, cuando logre estabilizarse está en brazos de su enamorado.
-¡Ay, no estoy muy segura! -dudó ella.
-Claro, m`hija, que no está segura -dijo el paisano con tono sabiondo-, pero eso es porque no sabe lo que el destino tiene para usted. Cuando lo sepa, ya no sentirá inseguridad.
Como se imaginan, el hada dio tres vueltas, caminó medio mareada para un costado, tropezó con una raíz de mandioca y terminó en brazos de Anselmo. Claro que al destino lo ayudaron entre todos: los paisanos se corrieron y Anselmo estiró su gran manota hasta formar una asiento a medida del hada.
-¡Oh! – se sorprendió el hada al quitarse la venda- ¡Otra vez usted, karaité guazú!
Y mirando al paisano que hablaba con tono de sabiondo le dijo:
-¿Está seguro de que el destino no falla?
-¡Jamás! -contestó, pensando en el mate cocido con tortas fritas.
-Entonces, si ponemos a prueba a Anselmo, el destino le tiene que contestar lo mismo, ¿no? -desafió el hada. Y antes de que alguien le pudiera decir que no, arrancó una margarita y la puso en las manos del gigante. Anselmo tembló un poquito: nunca había deshojado una margarita y temía que se repitiera el fracaso de los molinos. Deshojarla le resultó bastante difícil porque la flor era muy pequeñita:
-Me quiere mucho, poquito, nada…
Los paisanos cruzaron los dedos. Como cuarenta pares de dedos cruzados había. Un silencio mortal. Y el resultado fue:
-…¡poquito! ¡Me quiere poquito! -gritó Anselmo. Como estaba tan contento, festejó con tres aleluyas y abrazó una montaña. Así son los gigantes.
Los paisanos también son gente positiva que apuesta al amor y prefiere siempre los festejos a las lágrimas, así que dieron por sentado que se avecinaba una despedida de soltero y descorcharon una sidra y se pusieron a brindar.
Pero el hada madrina era de esas personas que siempre piensan las cosas dos veces. Se quedó pensativa. ¿Qué significaba que ella lo quería poquito? ¿Qué casi no lo quería? Después de un rato decidió:
-¡Atención, atención, enatendequé!  pidió a gritos para hacerse oír-. Les agradezco a todos que sean tan cariñosos conmigo, pero no puedo aceptar a Tobillolargo como marido, aunque tiene los tobillos más bonitos de la región.
Anselmo se atragantó, no sabía que las chicas se fijaban en los tobillos de los muchachos.
-No puedo aceptarlo como marido -continuó el hada-. Solo puedo casarme con quien pueda comprender mi búsqueda interior. Les pido perdón a todos, especialmente a usted, mi karaité guazú.
Eso fue todo lo que dijo: Después desapareció. En el piso, la frase escrita con polvo y brillantina decía:

 

TOBILLOH4
Ooootra vez los lagrimones, las lagunitas, los patos y las mojarritas.
-Vamos, compadre -intentó consolar a Tobillolargo uno de los paisanos-: sea un hombre y no llore, al menos nos dejó una pista.
-Los hombres también lloran -lo defendió una hormiguita que pasaba por ahí.
-Vamos chamigo- insistió el paisano-, que no debe ser tan difícil comprender la búsqueda interior de un hada.
-¡Qué va! -dijo un hormigo que pasaba por ahí-. Todas la mujeres son incomprensibles. Si lo sabré yo.
-¡A ver, hormigas, si se ponen las pilas! -se enojó el paisano-. Que acá, si esto no tiene un final feliz, las primeras que van a morir ahogadas son ustedes.
-Está bien, está bien -dijeron-. Pensemos entre todas.
Y llamaron a otras hormigas que pasaban por ahí. Entre hormigas y paisanos se juntó una multitud. Una hormiga intelectual escribió los acertijos del hada en el piso, con letra bien grande, para que todos pudieran ver.
-¡Caramba! Parece un poema mal hecho. ¡No rima! -dijo un paisano confundido.
Y medio se quedaron en silencio, porque no sabían bien qué era aquello. Por suerte, un tucán viejo y descolorido se acercó al grupo para ver qué pasaba.
Miró de reojo y dictaminó:
-Es un haiku.
-¿Lo qué? -se preguntaron todos a coro.
-Un haiku -insistió el tucán, que era un animal muy sabio-: una poesía oriental, muy cortita. Los japoneses consideran que cuanto menos palabras se usan, más cosas se dicen. Un haiku intenta capturar la esencia de las cosas.
-¿Y usted qué sabe de Oriente? -le preguntó una víbora desconfiada que no había entendido ni jota. A esta altura, entre los hombres y las hormigas se había colado un montón de animalitos curiosos.
-He viajado mucho, gurisa. Fue en aquellas épocas de hippie en las que recorría el mundo vendiendo collares de semillas de pindó – le respondió el tucán, medio ofendido, y volvió a leer detenidamente lo que había escrito el hada-. ¿Me parece a mí o este haiku dice que los paisanos andan tramando algo? -preguntó, mirándolos por sobre los anteojos.
-Y bueno -se disculpó el que se había hecho el sabiondo-, es cierto que tratamos amablemente al hada y que intentamos enamorarla de Anselmo porque queríamos algo a cambio, pero fue todo por una buena causa.
-No habrá sido por un mate cocido con tortas fritas, ¿no? -increpó el tucán.
-Bueno, chamigo: tenga en cuenta que también toman el mate cocido nuestros hijitos, que tienen que desayunar para ir a la escuela.
-En fin -suspiró el tucán… y saludó porque se le hacía tarde para dormir la siesta.anselmotobillolargo

 

Había un misterio poético que resolver. ¿Qué quería decir el hada con cada haiku? Los paisanos se sentaron en ronda a pensar. ¿Qué nada es perfecto? ¿Qué nadie es perfecto? ¿Qué no existe el príncipe azul?
Una hormiga preparó mate, una paisana trajo bizcochos y un mono convidó bananas. Entre sorbo y mordiscos fueron apareciendo las ideas:
-Parece que después de imitar a una cereza, Pipí se dio cuenta de que todas las cosas tienen algún defecto. Por ejemplo un carozo duro de roer -dijo alguien por ahí.
-También las cosas malas tienen alguna virtud. El murciélago, feo entre los feos, tiene los sueños más bonitos -suspiró una paisana.
-¡Claro! -dijeron todos, que ya empezaban a comprender.
-¡Ufa! Nada es perfecto, eso no me gusta -protestó la víbora-. Yo por ejemplo, me arrastro por el piso raspándome la panza porque soy pura cola.
-¡Eso no es nada! Fíjese que la tiene tan lustrosa que muchas desearía comprarla para hacerse una cartera -replicó el sapo-. En cambio, yo, por ejemplo, tengo una piel rugosa, soy ancho, chato, sufro de sobrepeso y ni siquiera tengo cola.
-¡Eso no es nada! -le dijo el tapir al sapo-. Si bien es cierto que está tan gordito que ya no tiene cola, fíjese qué lindas polcas canta con ese vozarrón. En cambio, yo, por ejemplo, tengo este mugido, ladrido, balido o lo que sea. ¡Si será malo, que ni siquiera tiene un nombre propio en el diccionario!
-¡Eso no es nada! -le dijeron las hormigas al tapir-. Es cierto que sus sonidos son bestiales. Pero fíjese con qué elegancia trota por el campito. En cambio, nosotras, por ejemplo…
-¡Suficiente! -exclamó Anselmo, que ya se mareaba de tanto diálogo-. Ya comprendí. Nadie es perfecto. Pero Pipí Cucú sí está buscando al hombre perfecto.
-¡Claro! -asintieron todos-. Ella es bonita, tiene alas y varita…, así que debe ser perfecta.
-¡No señor! -tronó el tucán, que con tanto alboroto bajó su árbol no podía dormir la siesta-. El hada tampoco es perfecta. Pero no es tonta. Sabe que el príncipe azul es puro cuento.
-Eso me gusta -aplaudió la víbora.
-Tan solo busca un novio que tenga lo que ella necesita.
-Pero ¿quién, QUIÉN, tiene eso que ella busca? -preguntó el gigante desesperado.
-¡Usted!
-¿Yooo?
-¡Sí, usted!
-Pero yo, ¿qué puedo darle?
-¡La sencillez, chamigo! Pipí tampoco es perfecta y necesita lo que a usted le sobra: su sencillez. Lo que para un gigante son defectos, para un hada son puras virtudes. Usted es grandote y simple, ella es pequeñita y complicada.
-Pero somos justo lo opuesto -dijo el gigante, que todavía no comprendía.
-A mí la maestra me enseñó que los polos  opuestos se atraen -dijo una hormiguita.
-Hágame caso, Anselmo: desafíela a que escriba un haiku sobre un gigante. Y cuando se dé cuenta de que usted es su media naranja, apúrese a hacer como cualquier príncipe azul: regálele un ramo de rosas y una caja de bombones. Créame que nunca falla -dijo triunfante el tucán.

Esa noche, Anselmo no pudo dormir. Es que al día siguiente iría por última vez a pedirle la mano a Pipí. Ya no estaba seguro de que fuera a tener suerte, pero para no enojar a los paisanos no arrancó ningún molino.
El sol salió temprano, y temprano partió Anselmo en búsqueda de su amada. No sabía bien por dónde empezar, porque ella siempre estaba en los lugares inesperados. La encontró de casualidad. Esta vez, dormía acurrucadita dentro de una orquídea blanca. No parecía estar imitando algo, pero así, roncando bajito, a Tobillolargo le pareció un angelito caído del cielo. Esperó pacientemente a que se despertara.
-Oooh -bostezó el hada abriendo la bocota con menos delicadeza que un león del África. Tenía los ojos achinaditos y pegoteados. El pelo hecho un desorden. Pero una sonrisa impecable en el rostro.
“Es un encanto”, pensó el gigante.
-Buenos días a todos -cacareó el hada-. ¿Cuál es mi misión de hoy?
Por supuesto que Pipí no esperaba que alguien le respondiera. Por eso dio un brinco cuando escuchó una voz que decía:
-Imitar a un gigante.
Se dio la vuelta y allá arriba lo vio a Anselmo.
-Si es un hada talentosa, quizá pueda descubrir mi esencia – la desafió.
-¡Claro que soy un hada talentosa! -respondió con orgullo.
-Mmmmmmm -dudó Anselmo.
-¡Claro que soy talentosa! -insistió, y se puso en puntas de pie intentando ser lo más alta posible.
No fue suficiente, claro. entonces, se puso tacos altos.
Tampoco alcanzó. Entonces, apiló cajitas y cajitas de chicles. Muchísimas cajitas apiló. Cuando formó casi una montaña voló hasta la punta y se sentó. Ahora sí tenía la altura del gigante.
Pero no era suficiente. Le faltaba ser sencilla. Probó durante cuatro días ser sencilla, pero le resultó bastante complicado porque se preocupaba por casi todo: por el mal de Chagas (aunque en ese monte no hubiera vinchucas), por los accidentes de tránsito (aunque Pipí no tenía auto), por la yerba mate que venía con palitos. El gigante le dio algunas pistas para combatir la preocupación: cantar bajo la ducha, tomar picolé de frutillas y jugar a la casita robada.
Esto de comer, jugar y disfrutar era algo que Pipí no se permitía, tan preocupada por ideas complicadas. A fuerza de tomar tanto picolé de frutillas, le dio una sensación como de tranquilidad estomacal que nunca había sentido.
Luego de un tiempo volvió a subirse a la pila de cajitas de chicles. Y entonces, así aliviada como estaba, por primera vez se dio tiempo para mirar al gigante a los ojos. Le parecieron grandotes y profundos. Serenos como su tranquilidad estomacal. Y entonces se dio cuenta de que se había puesto colorada, pero no precisamente por tomar picolé de frutillas. Sintió las mismas cosquillas que había sentido cuando se moría de risa jugando a la casita robada con los cascarudos. Escuchó que allá abajo una hormiguita cantaba:
-Se puso colorada, lará, lará, lará…
Y como si fuera poco el papelón que estaba pasando, un grupo de paisanos entonó con ritmo futbolero:
-¡Que se besen, que se besen!
Entonces, el hada perdió el equilibrio y rodó cajitas de chicles abajo. La esperaban en el piso con una tiza y un pizarrón.
-Escriba ese poema para el grandulón, dele, dele -le pidieron.
Todavía medio confundida, el hada escribió: 

pizarra y tizas2

Cuando terminó de escribir, no despareció como hacía siempre. Una buena señal.
Los paisanos son gente positiva que apuesta al amor y prefiere siempre los festejos, así que volvieron a suponer que se avecinaba una despedida de soltero y trajeron las sidras. Pero esta vez no las descorcharon. Por las dudas. Alguien le dio un empujoncito al gigante y lo animó:
-Dale, chamigo: encare a la señorita.
El hada pateaba despacio una piedrita con la punta del pie y miraba al piso, toda colorada.
Tobillolargo se arrodilló, le ofreció una rosa y una caja de bombones y le preguntó con tono formal:
-Señorita hada madrina, ¿podría usted… explicarme por qué imita a una cereza?
Los paisanos se agarraron la cabeza. Una hormigo lo retó:
-¡Si serás chambón! Eso se lo tendrías que haber preguntado antes, la primera vez que hablaste con ella. Ahora, con una rosa en la mano, le tenés que preguntar si quiere ser tu novia.
-¡Pido gancho, pido gancho! -se apresuró a decir Anselmo.
El hada se miró las uñas y con tono indiferente, como si nada hubiera pasado, dijo:
-Concedido.
Entonces, Anselmo rebobinó y volvió a arrodillarse ofreciéndole una rosa y una caja de bombones. Le preguntó nuevamente, con voz formal:
-¿Querés ser mi novia?
-Sííííí  -palmoteó, feliz, el hada y salpicó arroz de colores.
Ahora sí, los paisanos descorcharon y brindaron. Los animalitos del monte se acercaron y también brindaron, pero con miel de abejas. Una banda de chicharras se puso a tocar chamamé, y cuentan que la jarana fue tan grande, tan grande, que dio la vuelta al mundo y llegó hasta los oídos de un poeta japonés, que se confundió y escribió el primer haiku en guaraní.

terminacion cuento

 

 

volver a la portada

SELLOZZ

CRISTINA MACJUS

El Nubero

nuberoperf.


A mis abuelos; habitadores antiguos de la indómita Patagonia.

Mi nombre es Ramón. Vivo en un pequeño pueblo de la provincia de Santa Cruz sobre la ladera del macizo andino.
La cosecha de vegetales en terrazas de la montaña, la crianza de animales y las mercancías que nos acercan algunos intrépidos viajeros audaces, sorteadores de precipicios y caminos difíciles, nos permiten habitar este bello paraje.

Cuando yo era aún un niño, hace ya más de nueve años, un día llegó Don Salemín (su verdadero apellido es Salemh) con el camión cargado de mercancía. Ese día no llegó solo, como siempre, traía un acompañante. Un hombre en extremo flaco, de piel muy morena. Y su rostro distinguía una nariz prolongada y fina bajo, los ojos negros, intensamente luminosos.
Don Salemín contó que lo había encontrado cerca de la Cañada del Águila, sentado sobre una manta telera  y que le había dicho haberlo estado esperando para que lo acercara hasta nuestra aldea.
Yo, escuchaba con atención y curiosidad. Luego, me acerqué al forastero para observarlo. No era habitual ver gente nueva. Dí una vuelta completa a su alrededor con disimulo, haciendo como que corría a una mariposa que justo en ese momento, jugaba a seducir al sol. El extraño llevaba puesta una campera de gamuza con flecos bailadores y sobre el hombro izquierdo la manta, plegada, que mencionara Don Salemín.
Eligió un pino semiquemado para sentarse a su pie. Sacó una pipa del bolsillo de la campera y en ese momento me llamó.
-Eh, pibe ¿cuál es tu nombre?

-Ramón, señor. ¿Y usted?
-Mi nombre es Miguel.
-¿Qué viene a hacer aquí señor Miguel?
-Se me hace que me necesitan por estos lugares, Ramoncito.
-¿Que lo necesitamos? ¿Por qué?
-Porque hace mucho que no llueve, y yo me especializo en hacer llover.
-¿En serio,señor? ¿Es usted mago?
-No precisamente. Me dicen el Nubero.
Me despedí con cortesía.

Apresurado, llegué a mi casa y fui directo a la cocina. Estaba sin aliento. Mi madre, trajinaba con ollas y sartenes componiendo un cuadro, según sus propias palabras, de “mujer domeñando guisado”, Me miró con sorpresa. Entonces latigué mi pregunta.
-Mamá ¿qué es un Nubero?
Giró hacia mí y se quedó en silencio. Sacudió en el aire la cuchara de madera que tenía en la mano y me respondió risueña.
-¿Qué, Ramón? ¿Un nubero? ¿Quién te dijo eso?

-Mamá, llegó un Nubero, vino en el camión con Don Salemín. Yo lo vi y hablé con él. Se llama Miguel.
Mi madre rodeo mis hombros con sus manos tiernas y fuertes. Acercó su rostro hacia el mío y me dijo:
-Ramoncito, ese hombre te ha hecho una broma, no existen los nuberos. Luego, con una palmadita me invitó a salir de la cocina.

La sequía había convertido en fino polvo blanco nuestras calles; había secado la mitad de las verduras plantadas y amenazaba con exterminar todos los sembradíos de las minúsculas quintas. Los animales, huesudos y desencajados, vagaban sin fuerza, como resignados a la muerte.
Mi padre había comentado a mi madre, sobre la conveniencia de viajar con algún camión hacia el lado del mar, en busca de alimentos para almacenar, previendo tiempos difíciles.

Transcurrida una semana volví a encontrar al Nubero instalado en una casa vieja y destartalada que habían abandonado los Recalde cuando decidieron irse para la ciudad. Sentado en una silla baja parecía, por la quietud, un dibujo de estatua de   libro de lectura.  Creí que no me había visto, pero no era así.
-Hola, Ramón -dijo, y con la mano hizo un gesto para que me acercara.
-¡Usted me mintió, señor! -lo enfrenté en tono de reproche- Mi madre dice que usted me ha hecho una broma, que no existe la profesión de Nubero. 
-Yo soy Nubero, Ramón, y te lo demostraré. No solo verás como hago venir las nubes, sino que te enseñaré todo lo que sé acerca de los grandes secretos de la lluvia.
-¿Es en serio, señor, lo que dice? ¿En serio me va a enseñar?
-Sí, no es mi intención engañarte. Mi profesión es muy antigua y quizá tu mamá no sepa que existimos. Mañana a las diez en punto te espero aquí mismo e iremos juntos a convocar a las nubes y hacer llover.

Al día siguiente, Miguel y yo caminábamos hacia las afueras de la aldea.
Primero, el Nubero, colocó con cuidado una caja toda negra en mis manos.
-Abrí la tapa -me dijo- y cuando yo te indique la cerras con rapidez.
Esperamos. En algún momento me pareció que el sol, que estaba a pleno, se metía en la caja que yo estaba sosteniendo. Entonces, Miguel me hizo un gesto mudo para que la cerrara.
-Es preciso, Ramón, que el sol se guarde y eso es lo que le estamos pidiendo ahora. Le hemos quitado algunos rayos para que se dé cuenta que necesitamos de su ayuda. Necesitamos que se esconda en el cielo. Una vez cumplida nuestra misión, se los devolveremos.
El sol obedeció de inmediato y todo el paisaje se tornó oscuro como si la noche quisiera borrar al día. El Nubero me pidió que cerrara los ojos y repitiera con firmeza las palabras sagradas que atraerían la primera nube (no me es posible darlas a conocer, pero sí decirles, que son las mismas que pronuncian y cantan las cascadas y las fuentes). Y allí, sobre nuestras cabezas, apareció una hermosa nube gorda, muy gorda, gordísima, toda llena de festones, parecidos a los que hace mi madre con sus costuras. Desde este momento los acontecimiento se precipitaron. Yo obedecía maravillado cada indicación de mi maestro. Enlazamos la nube con un hilo invisible. Cuando estuvo bien sujeta comenzamos a balancearla. Aparecieron otras nubes. Algunas grandes, otras pequeñas, otras alargadas, otras redondas, otras finitas. Algunas grises, otras blancas. A todas las atamos con hilos invisibles. Hubo tantas en el cielo y tan apretadas que una protestó y entonces lanzó feroz, su primer rayo. Luego vino el aguacero, todo se llenó de magia. Yo eufórico, salté sobre los charcos y canté a coro con las ranas. Todo el paisaje a nuestro alrededor festejaba la vida.

Hoy, mi aldea no padece sequías. Cuando escasea el agua todos acuden al Nubero, que soy yo. En ocasiones viajo a lejanas comarcas, porque me lo solicitan, o porque me entero que falta el agua y la naturaleza agoniza.
Un solo acuerdo realicé con mi maestro; cuando encuentro un niño que me estudia con disimulo, haciendo como que persigue mariposas, es la señal de que un nuevo Nubero debe surgir. Y entonces, con la mayor de las alegrías, me convierto en su maestro.

recorte

 

 volver a la portada

 

SELLOZZ

La balada del álamo carolina

la balada del...

A mi madre, Doña Petrolina de Conti Lombardi
y la ciudad de Chacabuco, mi pueblo.

Ciruelo de mi puerta,
si no volviese yo,
la primavera siempre volverá,
tú, florece.

Anónimo Japonés

Uno piensa que los días de un árbol son todos iguales. Sobre todo si es un árbol viejo. No. Un día de un viejo árbol es un día del mundo.
Este álamo carolina nació aquí mismo, exactamente, aunque el álamo carolina, por lo que se sabe, viene mediante estaca y éste creció solo asomó un día sobre esta tierra entre los pastos duros que la cubren como una pelambre, un pastito más, un miserable pastito expuesto a los vientos y al sol y a los bichos. Y él creyó, por un tiempo, que no iba a ser más que eso hasta que un día notó que sobrepasaba los pastos y cuando el sol vino más fuerte y tembló la tierra se hinchó por dentro y se puso rígido y sentía una gran atracción por las alturas, por trepar en dirección al cielo, y hasta sintió que había dentro de él como un camino, aunque todavía no supiese lo que era eso, lo supo recién al año siguiente cuando los pastos quedaron todavía más abajo y detrás de los pastos vio un alambrado y detrás del alambrado vio el camino, que es una especie de árbol recostado sobre la tierra con una rama aquí y otra allá, igual de secas y de rugosas en el invierno y que florecen en las puntas para el verano, pues todas rematan en un mechoncito de árboles verdaderos. Por ahí andan los hombres y el loco viento empujando nubes de polvo. También ya sabía para entonces lo que era una rama porque, después de las lluvias de agosto, sintió que su cuerpo se hinchaba en efecto aquí y allá y una parte de él se quedó ahí, no siguió más arriba, torció a un lado y creció sobre la tierra de costado igual que el camino.
Ahora es un viejo carolina, porque han pasado doce veranos, por lo menos, si no lleva mal la cuenta. Ahora crece más despacio, casi no crece. En primavera echa las hojas en el mismo sitio que estuvieron el otro verano y por arriba brotan unas crestitas de un verde más encarnado, pero al caer el sol se encienden como por dentro, pero él ahora no pretende más que eso, esa dulce luz del verano que lo recubre como un velo. Y dentro de esa luz esta él, el viejo álamo, todo recuerdo. De alguna manera ya estaba así hace doce veranos cuando asomó sobre la tierra y crecer no fue nada más que como pensarse. Sólo que ahora recuerda todo eso, se piensa para atrás, y no nace otro árbol. En eso consiste la vejez, verde memoria.
Ahora es el comienzo del verano justamente y acaba de revestirse otra vez con todas sus hojas, de manera que como recién están echando el verde más fuerte (son como pequeños árboles cada una) por la tarde, cuando el sol declina y se mete entre las ramas el álamo se enciende como una lámpara verde, y entonces llegan los pájaros que se remueven bulliciosamente entre las hojas buscando donde pasar la noche y es el momento en que el viejo álamo carolina recuerda. A propósito de la noche, los pájaros y el verano. Recuerda, por ejemplo, a propósito de los pájaros, el primero de ellos que se posó sobre la primera rama, que ha quedado allá abajo, pero entonces era el punto más alto, ya casi no da hojas y es tan gruesa como un pequeño árbol. En aquel tiempo era su parte más viva y sintió el pájaro sobre su piel, un agitado montoncito de plumas. Descansó un rato y luego reemprendió el vuelo. Recién dos veranos después, cuando divisó la primera casa de un hombre y detrás de ella la relampagueante línea del ferrocarril, una montera armó un nido en la horqueta de la última rama. Cortó y anudó ramitas pacientemente y así el álamo se convirtió en una casa, supo lo que era ser una casa, el alma que tiene una casa, como antes supo del camino y del alma del camino, ese ancho árbol florecido de sueños. El nido se columpiaba al extremo de la rama y él, aunque gustaba del loco viento de la tarde, procuraba no agitarse mucho por ese lado, le dio todo el cobijo que pudo, echó para allí más hojas que otras veces.
Al final del verano, los pichones saltaron del nido y los sintió desplazarse temblorosos sobre la rama con sus delgadas patitas, tomar impulso una y otra vez y por fin lanzarse y caer en el aire como una hoja. Un árbol en verano es casi un pájaro. Se recubre de crocantes plumas que agita como el viento y sube, con sólo desearlo, desde el fondo de la tierra hasta la punta más alta, salta de una rama a otra todo pajarito, ave de madera en su verde jaula de fronda.
Ese verano fue el mismo del ferrocarril. Antes viene la casa. No vio casas por completo, ni siquiera cuando, años después, trepó mucho más alto, sino lo que se ve ahora mismo desde el brote más empinado, un techo de chapas que se inflama con el sol y una chimenea blanca que al atardecer lanza un penacho de humo. A veces el viento trae algunas voces. Con todo, él ha llegado hasta la casa en alguna forma, a través de las hojas de otoño que arrastra el viento. Con sus viejos ojos amarillos ha visto la casa aun por dentro, ha visto al hombre, flaco y duro con la piel resquebrajada como la corteza de las primeras ramas, la mujer que huele a humo de madera, un par de chicos silenciosos con el pelo alborotado como los plumones de un pichón de montera. Con sus viejas manos amarillas ha golpeado la puerta de tablas quebradas, ha acariciado las descacaradas paredes de adobe encalado, y mano y ojo y amarillas alas de otoño ha corrido delante de la escoba de maíz de Guinea y trepado nuevamente al cielo en el humo oloroso de una fogata que anuncia el frío, el tiempo dormido del árbol y la tierra.
El ferrocarril pasa por detrás de la casa, pero hubo de trepar hasta el otro verano, cuando volvieron las hojas y los pájaros, para entrever el brillo furtivo de las vías cortando a trechos la tierra. Ya había sentido el ruido, ese oscuro tumulto que agitaba el suelo porque el árbol crecía tanto por arriba como por debajo. Por debajo era un árbol húmedo de largas y húmedas ramas nacaradas que penetraban en la tibia noche de la tierra. Por ahí vivía y sentía el árbol principalmente, por ahí su día era un día del mundo, así de ancho y profundo, porque la tierra que palpitaba debajo de él le enviaba toda clase de señales, era un fresco cuerpo lleno de vida que respiraba dulcemente bajo las hojas y el pasto y sostenía cuanto hay en este mundo, incluso a otros árboles con los cuales el viejo álamo carolina se comunicaba a través de aquel húmedo corazón. Al Este, por donde nace el sol, había un bosque. Lo divisó una mañana con sus ojos verdes más altos y todas sus hojas temblaron con un brillo de escamas. Era un árbol más grande, el más grande y formidable de todos. Al caer la tarde, con el sol cruzado barriendo oblicuamente los pastos que parecían mansas llamitas, los árboles aquellos ardieron como un gran fuego. Por la noche, el álamo apuntó unas de sus delgadas ramas subterráneas en aquella dirección y recibió respuesta. No era un árbol más grande, era un bosque, es decir, un montón de ellos, tierra emplumada, alta y rumorosa hermandad.
¿Por qué no estaba él allí? ¿Por qué había nacido solitario? ¿Acaso él no era como un resumen del bosque, cada ramo un árbol? Todas estas preguntas le respondió el bosque, sus hermanos, noche a noche. Estas y muchas  otras, porque a medida que se ponía viejo, en medio de aquella soledad, se llenaba de tantas preguntas como de pájaros a la tardecita. Los árboles no duermen propiamente, se adormecen, sobre todo en invierno cuando las altas estrellas se deslizan por sus ramas peladas como frías gotas de rocío. Es entonces cuando sienten con más fuerza todas aquellas voces y señales de la tierra. Los animales de la noche salen de sus madrigueras y roen la oscuridad, un pájaro desvelado vuela hacia la luz de una casa, un bulto negro trota por el camino, los grillos vibran entre los pastos como cuerdas de cristal, un perro aúlla en la lejanía, el hombre se da vuelta en la cama y piensa cuántas fanegas dará el cuadro de trigo. En este mismo momento, en esta noche tan quieta, la semilla está trabajando ahí abajo, el árbol la siente germinar, siente su pequeño esfuerzo, cómo se hincha y se despliega y recorre, pulgada por pulgada, el mismo camino que ha trazado el deseo del hombre, que ha vuelto a dormise y sueña con una suave marea de espigas amarillas.
Y fue por ahí, por la tierra, que el árbol tuvo noticias del ferrocarril cuando un día sintió ese tumulto que subió por sus raíces. Tiempo después, luego de divisar la morada del hombre, vio por fin aquella alocada y ruidosa casa que con chimenea y todo corría sobre la tierra, y  supo por ella que además de los pájaros gran parte de cuanto vive se mueve de un lado a otro y el viejo álamo, que entonces no era tan viejo pero sí árbol completo, sintió por primera vez el dolor de su fijeza. Él sólo podía ir hacia arriba trazando un corto camino en el cielo y al comienzo del otoño volar en figura según el viento en la trama de sus hojas. En cierto momento, después de la casa, el tren se transportaba entre sus ramas y a veces el penacho de humo llegaba hasta el mismo álamo. Esto dependía del viento, del cual, por instrucción de los pájaros, el viejo álamo había aprendido a extraer otros muchos sucesos. Según soplase, él agitaba sus hojas como verdes plumas y simulaba temblorosos vuelos. El viento subía y bajaba en frescas turbonadas por dentro de aquella jaula vegetal provocando, de acuerdo a la disposición del follaje, murmullos y silbidos que complacían al árbol músico.
Todo se aprende con los años, un verano tras otro, y luego para el árbol son materia de recuerdo en el invierno. El invierno comienza para él con la caída de la primera hoja. Un poco antes nota que se le adormecen las ramas más viejas y después el sueño avanza hacia adentro aunque nunca llega al corazón del árbol. En eso siente un tironcito y la primera hoja planea sobre el suelo. Así empieza. Después cae el resto y el viento las revuelve, las dispersa, corren y se entremezclan con las hojas de otros árboles, cuando el viejo álamo carolina ya se ha adormecido y piensa quietamente en el luminoso verano que, de algún modo, ya está en camino a través de la tierra, por el tibio surco de su savia. La lluvia oscurece sus ramas y la escarcha las abrillanta como si fuesen de almendra. Algunas se quiebran con los vientos y el árbol se despabila por un momento, siente en todo su cuerpo esa pequeña muerte aunque él todavía se sostiene, sabe que perdurará otros veranos. Hasta que allá por septiembre memoría y suceso se juntan en el tiempo y un dulce cosquilleo sube desde la oscuridad de la tierra, reanima su piel, desentumece las ramas y el viejo álamo carolina se brota nuevamente de verdes ampollas. El aire ahora es más tibio y el hombre, al que observa desde el brote más alto, recorre el campo y espía las crestitas verdes que acaban de aparecer sobre la tierra.
Para mediados de octubre el viejo álamo está otra vez recubierto de firmes y oscuras hojas que brillan con el sol cuando la brisa las agita a la caída de la tarde. el sol para esta tiempo es más firme y proyecta sobre el suelo la enorme sombra del árbol.
Fue en este verano, cuando el sol estaba bien alto y la sombra era más negra, que el hombre se acercó por fin hasta el árbol. Él lo vio venir a través del campo, negro y preciso sobre el caballo sudoroso. El hombre bajó del caballo y penetró en la sombra. Se quitó el sombrero cubierto de tierra, después de mirar hacia arriba y aspirar el fresco que se descolgaba de la ramas,  se quitó el sudor de la frente con la manga de la camisa. Después el hombre, que parecía tan viejo como el viejo álamo carolina, se sentóa al pie del árbol y se recostó contra el tronco.
Al rato el hombre se durmió y soñó que era un árbol.

Haroldo Conti

volver a la portada

 

HAROLDO CONTI 2

SELLOZZ

La Traición

chasqui

Hua-man corría con pasos firmes y constantes por el estrecho camino trazado en la montaña. A pesar de la altura, su corazón y sus ágiles piernas respondían como una máquina perfectamente ajustada. El sendero, pavimentado con lajas de piedra, era uno de los muchos caminos que comunicaban el gigantesco Imperio Inca a través de miles de kilómetros. Mientras marchaba, Hua-man no pensaba en otra cosa que en el mensaje que había recibido y debía transmitir en el punto final de su carrera. Sabía que ni una letra debía ser cambiada y que apenas un pequeño error podía costarle la vida. Corría repitiendo internamente las palabras que podían significar la caída o la supervivencia del emperador y ni el helado viento que le cortaba la piel lograba distraerlo. Pero de pronto, sus pies se enredaron con una raíz que sobresalía en el terreno y cayó malamente de espaldas. Su cabeza golpeó contra una roca y por unos segundos perdió el conocimiento.
Al despertar, Hua-man sólo pensó en el mensaje que llevaba grabado en la memoria y repitió las palabras con desesperación: “Se espera una sublevación en los pueblos de la costa, y los ejércitos enemigos bajarán por la ladera sur de la montaña. Las fuerzas del emperador deben prepararse para sorprender a los sublevados y acabar con la rebelión”. Todo estaba en orden, apenas había perdido unos minutos y de inmediato volvió a ponerse en marcha. Pero mientras recuperaba el ritmo de la carrera, una duda terrible comenzó a torturarlo: ¿los ejércitos enemigos bajarían por la ladera sur o por la ladera norte? Sólo una palabra permanecía confusa en su recuerdo pero era de tal importancia que podía cambiar la suerte del imperio. No se atrevió a detenerse nuevamente y siguió dando vueltas alrededor de la frase que el chasqui anterior le había transmitido secretamente. Tenía orden de llevarla lo más rápido posible al capitán de las tropas imperiales que gobernaba la zona de la costa austral del grandioso reino. ¿Sur o norte? ¿Cuál había sido la palabra que debía memorizar y que repitió sin parar hasta el momento del golpe fatal? Estaba indeciso y cada vez más cerca de la meta. Por fin divisó a lo lejos el campamento de las tropas del emperador y al representante del capitán que lo esperaba. Como Hua-man vestía la capa de plumas multicolores que era el uniforme de los chasquis, fue rapidamente reconocido. En un segundo se convenció a sí mismo de que la palabra era sur, y pasó el mensaje que aseguraba que los sublevados atacarían por esa ladera de la montaña.

images

Como otros jóvenes, hijos de familias nobles, Hua-man había sido preparado desde muy chico para ser un chasqui del emperador inca. Los observadores reales había advertido su excepcional agilidad y destreza en los juegos infantiles y determinaron su destino para una profesión que era a la vez un honor y una incomparable responsabilidad. Los chasquis llevaban los mensajes reales a través images (2)de los caminos, marchando siempre a pie, porque los incas no conocían la rueda ni tenían caballos. Un corredor partía por ejemplo de Cuzco, la capital del imperio, y era capaz de recorrer más de doscientos kilómetros en venticuatro horas, llevando el mensaje hasta la posta donde lo esperaba otro chasqui que debía memorizarlo y partir de inmediato para trasladarlo al siguiente puesto. Continuando la cadena, la información viajaba de un extremo a otro del país, llevada por docenas de chasquis. Como los incas no tenían escritura, en algunas ocasiones usaban un sistema de cordones y nudos llamado quipus que servía para anotar algunos datos. Pero en la mayoría de los casos, el mensaje era verbal y el chasqui debía aprenderlo repitiéndolo varias veces antes de empezar a correr para transportalo. Un chasqui tenía la obligación de ser leal al emperador, jamás debía contar su mensaje a ninguna persona fuera de la cadena y si cumplía bien su trabajo, era respetado y premiado con tierras y animales. Pero si se equivocaba o deformaba una sola palabra, era condenado a muerte. Este sistema de comunicación era imprescindible para mantener la organización del imperio.

images

Cuando Hua-man transmitió las palabras secretas, todo el campamento entró en una frenética actividad. El capitán comenzó a dar órdenes a las tropas, y los hombres, armados con arcos, flechas, macanas  y hondas, se pusieron en marcha. Durante las horas siguientes avanzaron hacia el sitio indicado y esperaron escondidos a las fuerzas sublevadas. Se trataba de pueblos conquistados, que aparentemente habían aceptado la autoridad del Inca, pero que, en realidad, tejieron alianzas con otros pueblos para buscar su liberación y acabar con el dominio imperial. En la madrugada, cuando todavía las sombras no habían sido dispersadas por la luz del sol, los soldados enemigos bajaron desprevenidos por la ladera sur y se encontraron con los ejércitos del emperador. Paralizados por la sorpresa, apenas intentaron defenderse, muchos murieron en el campo de batalla, otros fueron tomados prisioneros y unos pocos lograron huir y dispersarse por los desfiladeros andinos.
El triunfo de las tropas imperiales, fue total, los jefes del levantamiento fueronimages (4) condenados a muerte, mientras sus hombres eran destinados a esclavitud de por vida para ejemplo de otros pueblos.
Hua-man, que esperó el final de la batalla, respiró aliviado. Su mensaje, llevado a tiempo y correctamente, había sido la clave de la victoria. Ahora solo debía ponerse en marcha para transmitir el resultado del enfrentamiento hasta la posta del siguiente chasqui,

images

Seis días más tarde la noticia del triunfo alcanzó la ciudad de Cuzco, y el emperador la escuchó con satisfacción, anunciada por el último chasqui de la cadena. Todos los nobles de la corte participaron de la alegría y se organizó una serie de festejos para celebrar la victoria y homenajear a los héroes.
Solamente un hombre recibió en silencio la noticia y fingió una sonrisa que no expresaba lo que ocurría en su corazón. Ese hombre, apenas menos poderoso que el emperador, era el sacerdote supremo, intérprete de la voluntad de los dioses.
images (6)Soberbio y misterioso, ya hacía tiempo que era sumo sacerdote cuando el emperador, casi un niño, ocupó el trono luego de la muerte de su padre. El sacerdote había visto crecer al Inca con rencorosa envidia, condenando en silencio su conducta que juzgaba superficial e irresponsable. Jamás aprobó su inclinación por los banquetes desmedidos, la vestimenta lujosa, los caprichos infantiles y pensaba que el imperio no estaba en buenas manos. Se sentía el único capaz de conducir el reino y consideraba injusto que sus opiniones no fueran siempre respetadas. Por eso, cuando se enteró de la rebelión de los pueblos de la costa, tomó contacto con los líderes y armó una alianza para destronar al Inca. El primer movimiento para iniciar la rebelión era la destrucción de las fuerzas imperiales de la zona austral, que debían ser tomadas de sorpresa. Y la clave de esa sorpresa era enviar un dato equivocado en el mensaje que debían llevar los chasquis. Sólo el sumo sacerdote era el encargado de dar ese mensaje al primer chasqui y nadie más podía conocerlo. Sus palabras había sido: “Se espera una sublevación en los pueblos de la costa y los ejércitos enemigos bajarán por la ladera norte de la montaña. Las fuerzas del emperador deben prepararse para sorprender a los sublevados y acabar la rebelión”. Sabía que los sublevados bajarían por la ladera sur y esperaba que acabaran con las tropas imperiales. Más tarde, cuando las fuerzas estuvieran dispersas y debilitadas, tomaría el poder y se ocuparía de derrotar también a los pueblos de la costa. Pero nada había ocurrido como lo había planeado. No tenía dudas de que alguien se había enterado de su traición y, en algún momento del recorrido de los chasquis, había cambiado el mensaje, entregando los datos verdaderos.
Ahora lo invadía la angustia y en su mente giraban preguntas sin respuesta. ¿Quién conocía la verdad? ¿Quién había modificado el curso de sus planes? Estaba claro que el emperador todavía no sabía de su traición, pero era sólo cuentión de tiempo. No podía esperar más que un trágico final, en cuanto su plan quedara al descubierto.
Se planteó mil salidas diferentes y pensó en interrogar a los chasquis para averiguar en qué momento el mensaje había sido cambiado. Pero de esa manera tal vez sólo consiguiera apresurar su propio fin.
No le quedaba otro camino que huir, lo antes posible.
Durante la noche, mientras el pueblo festejaba, el sumo sacerdote apenas preparó un atado de ropa liviano y se dispuso a partir.
Las sombras eran buenas commpañeras y mientras todos celebraban la victoria, inició el viaje. Se apartó de la ciudad y comenzó a caminar por un sendero estrecho de la montaña que pocos conocían. Ya se sentía a salvo lejos de las luces y los ruidos, y su marcha se volvió más tranquila en el silencio y la oscuridad.

images

No se dio cuenta que lo seguían hasta que tuvo a los hombres a sus espaldas. Eran solamente tres, pero estaban bien armados. Uno de ellos, el que llevaba un cuchillo de hoja larga y filosa se adelantó para decirle: “Soy uno de los sobrevivientes de la matanza, un habitante de los pueblos australes a los que has traicionado. Confiamos en tu palabra, pero revelaste el lugar por donde íbamos a atacar y fuimos vencidos. Ahora pagarás con tu vida”. El cuchillo llegó al corazón del sumo sacerdote que cayó muerto.

images

Dos días más tarde su cuerpo fue hallado por unos pastores. El emperador pensó de inmediato que era una venganza contra el sacerdote por haberse enterado del ataque y haber transmitido el mensaje que posibilitó la victoria. Con gran dolor ordenó preparar una imponente ceremonia fúnebre, digna de un emperador, y lloró ante el cuerpo de quien creía había sido su más leal servidor.

imagesHua-man recibió la noticia del crimen en la última posta y corrió como otras veces para llevarla hasta el confín del imperio. Cuando comunicó su mensaje, también allí hubo duelo riguroso y se hicieron sacrificios en memoria del sacerdote supremo.images (5)

Ana Arias

volver a la portada
SELLOZZANA ARIAS

En el omnibus

 

viaje en omnibusla señora subió, Dios sabe cómo, en compañía de dos chicos. Cada chico cargaba un portafolios lleno de libros y cuadernos indispensables para la adquisición de los preliminares de la sabiduría. (Cuando lleguen al colegio secundario ¿tendrán que transportar una papelería y una biblioteca?) En el ómnibus no cabía más nadie. A decir verdad, no cabían ni las personas que se apretujaban allí dentro como sardinas en lata. Entre la masa compacta de gente, o de porciones de gente, que mi vista abarcaba, percibí unas manitas tratando de sujetar los portafolios hinchados.
-Yo te llevo -dije- dirigiéndome a uno de los brazos que tenía cerca.
Cuando viajo sentado siento una irresistible inclinación a llevar paquetes ajenos. Estoy siempre dispuesto a hacer un servicio, impulsado tal vez por el remordimiento de viajar sentado y de sólo ceder el asiento a personas de más edad que yo, personas que rara vez viajan en ómnibus, de modo que…
-Les llevo el portafolio -insistí, ejecutando un complicado movimiento para poder verles las caras a los chicos. El menor me miró sorprendido y vaciló, pero el mayor extendió el brazo y me entregó la cartera; entonces el primero -después de recibir un codazo administrado por el segundo- lo imitó. Entré en posesión de los dos abultados portafolios escolares y los acomodé de la mejor manera posible sobre mis rodillas. Conozco perfectamente la técnica de llevarle los paquetes a otro. Se los debe colocar de modo tal que viajen seguros sin que sea necesario ponerles la mano encima. Son cosas sagradas. No debemos arrojarles ni una mirada, aunque sea distraída. El perfecto transportador de paquetes del prójimo debe mirar hacia afuera del ómnibus, aparentemente observando un eclipse o la lluvia o cualquier otra cosa, pero en realidad con el pensamiento fijo en el paquete o bolso de que es depositario. No sea que el objeto caiga al suelo y se rompa. No sea que alguien lo robe. En estos tiempos en que hasta las iglesias son asaltadas, todo es posible. Pero ¿qué contendrá ese paquete? No estaría bien manifestar curiosidad, además, es peligroso abrir un envoltorio que no nos pertenece. Pero nos gustaría saber lo que hay allí dentro, ésa es -humildemente lo confieso, en mi nombre y en el del lector- la pura y descarnada verdad.
Pero en fin, tratándose de portafolios escolares, no había secreto alguno por descubrir. La voz de la señora surgió de aquella masa humana:
-Dale las gracias al señor, Serginho. Agradecele, Raúl.
Raúl (el mayor) obedeció, pero Serginho se mantuvo reticente.
Habían transucrrido apenas algunos minutos cuando sentí que el portafolios de encima se deslizaba suavemente de mi falda. Con gran delicadeza, la mano izquierda de Serginho, escondida bajo un pañuelo, tiraba del portafolios. Comprendí que él estimaba su cartera por sobre todas las cosas y dejé que la sacara. La madre se enojó:
-¿Qué estás haciendo, Serginho? Dejále el portafolios al señor.
Serginho, tieso.
-Serginho, te digo que le dejes el portafolios al señor.
Tuvo que levantar la voz para hacerla más enérgica. Algunos pasajeros se sonreían. Tuve que sonreír, también.
A disgusto, Serginho volvió a confiarme su querida cartera. ¿Acaso un desconocido merecía llevarla? ¿Y si se escapaba con ella? Era evidente que Serginho desconfiaba de mi honorabilidad; y los pasajeros se deleitaban con la sospecha.

Pocas cuadras después Serginho repite la maniobra. Esta vez es categórico. Toma su portafolios y el de Raúl. Raúl protesta:
-Dáselos al señor, tonto. ¿No ves que yo no puedo llevarlo?
La madre, en franco apoyo a Raúl, censura el proceder de Serginho. Éste se rinde, pero con condiciones: sólo me devuelve la cartera de su hermano; la suya no correrá riesgo. La coloca sobre el pecho, bajo las manos cruzadas, como si llevase el Santo Grial.
-Este chico es insoportable. Disculpe, señor.
No veo el rostro de la señora, pero su voz es dulce y me compensa de la desconfianza de Serginho. Le sonrío al chico y retribuyo la atención:
-Por favor, señora, no es nada. Su nene es muy gracioso.
¿Gracioso? Serginho me saca la lengua y me da un pellizcón. El pasaje ríe. La madre le da otro pellizcón a Serginho, que se larga a llorar.
¡Qué bueno! ¿De qué sirve llevarles los paquetes a los otros?
De entre las diferentes maneras posibles de llorar en público, Serginho eligió la más rentable: prorrumpió a gritar como si estuviese cantando una ópera. En los intervalos, me acusaba: yo lo había pellizcado cuando él trato de impedir que yo violase el portafolios de su hermano. Y mostraba la cartera abierta y en desorden. La señora cambió bruscamente de expresión y me increpó, con voz alterada:
-¡Francamente, caballero, jamás hubiera creído que usted tendría semejante atrevimiento!
-Disculpe, señora, pero yo…
-¡Qué disculpe ni disculpe! Es inútil que trate de explicarme nada. Mi hijo tenía razón al no querer entregarle los portafolios. Hacerse el comedido para apoderarse de las carteras de los chicos y después investigar lo que hay adentro. ¡Un hombre de edad, de barba blanca, haciendo semejante cosa!
Los pasajeros más próximos seguían con el mayor interés el curso de los acontecimientos. En las miradas de todos, la maligna curiosidad, el placer de ver al prójimo en situación grotesca encendía un brillo especial. No necesitaba mirarlos de frente para percibir la reacción. Sentí que todos estaban encantados, saboreando el desprestigio de un hombre respetable.
-Señora -retruqué-. Su hijo es demasiado imaginativo.
-¿Mentiroso? ¿Tiene el atrevimiento de tratar a mi nene de mentiroso?
-Imaginativo, señora. Dije i-ma-gi-na-ti-vo.
-Es lo mismo. Imaginativo es una manera delicada de decir mentiroso. Sepa que yo les enseño a mis hijos a no mentir nunca.
-No lo dudo. Pregúntele a Raúl, que vio todo. Yo  confío en Raúl.
-¿Cómo Raúl? ¿qué confianza es ésa con mi hijo mayor? ¿quién lo ha autorizado para tratarlo de Raúl?
-Oi que usted lo llamaba por ese nombre.
-Yo puedo llamarlo así, pero un desconocido no tiene el mismo derecho. Raúl, querido, ¿vos viste a ese  señor abrir tu portafolios y darle un pellizcón a Serginho?
Raúl, mudo.
-Decime, mi amor, ese hombre abrió tu cartera, ¿no es cierto? Y después lo pellizcó a Serginho ¿no?
-Perdón -arriesgué- pero usted está forzando la respuesta de su hijo.
-Es mi hijo y no tengo por qué dar explicaciones. Es usted el que está interrumpiendo el interrogatorio. ¡Vamos, Raúl, decí lo que viste!
Raúl no abría la boca. Entonces me dirigí a él:
-Veamos: vos le dijiste a tu hermano que me dejase el portafolios. Después de eso ¿viste, percibiste algún ademán de mi parte tratando de abrirlo? Hablá sin miedo.
-Claro que vi. Y también vi cuando usted lo pellizcó a mi hermano.
-¡No es posible!
Raúl no dijo más nada, ni falta que hacía. Yo estaba condenado por el tribunal de las conciencias. Me rodeaba la reprobación general, expresada en un murmullo que sonaba a mis oídos como un grito colectivo: “¡Crucificadlo!” Con todo el ómnibus en mi contra ¿cómo demostrar mi inocencia?
Fue entonces cuando apareció el defensor público. Por más que uno no crea en la generosidad de las multitudes, cada diez años surge un defensor público en auxilio de los oprimidos. Era un hombre robusto, robicundo, de voz tonante:
-Calma señoras y señores. No podemos condenar a este pasajero por la simple declaración de dos niños. Tenemos que proceder a una investigación, tenemos que escuchar a los adultos presentes.
-¿Usted también duda de la palabra de mis hijos? -protestó la madre ofendida-. ¡No faltaba más! ¿Qué tiene usted que ver con esto?
-Tenga la bondad de callarse, señora, o van todos a la comisaría.
-¿Acaso usted es policía, para detenernos?
-Soy la voz del pueblo, señora. No puedo quedarme callado cuando los derechos de un ciudadano se ven amenazados.
-¡Usted es un comunista! ¡Un subversivo! ¡Detenga el ómnibus conductor, que hay un subversivo!
-¡Pare! -gritan algunos.
-¡No pare! -gritan otros.
-Usted está muy equivocada. ¿Cree que me va a asustar tratándome de subversivo? Soy demócrata cristiano y defiendo la justicia. Señores y señoras ¿alguien vio a este señor hurgar la cartera del chico y darle un pellizcón?
Nadie respondió. Todos hablaban al mismo tiempo y el ómnibus volaba. La señora estalló:
-¡Cobardes! ¿No hay nadie que defienda a una mujer con sus dos hijos inocentes?
En ese punto intervino el defensor de mujeres e hijos inocentes, otra rareza cíclica, e interpeló al defensor público. Este respondió de la misma manera. El ambiente se caldeaba. El semáforo se puso rojo y el ómnibus paró en seco. No sé cómo, se abrió la puerta trasera y, tampoco sé cómo, aproveché la confusión y huí por ella. Desde la calle todavía escuché a la señora indignada:niño con mochila
-¡Deténgalo! ¡Agárrenlo! ¡Ladrón de portafolios!
¿Yo, llevar paquetes de otros? Nunca más.

 

 Carlos Drummond de Andrade

volver a la portada
SELLOZZCARLOS DRUMMOND DE ANDRADE

El Señor de las Dínamos

dinamo

El encargado en jefe de las tres dínamos que zumbaban y atronaban en Camberwell, y que mantenían el ferrocarril eléctrico en marcha, provenía de Yorkshire, y se llamaba Holroyd. Era un bruto corpulento, pelirrojo, de dientes desparejos, electricista práctico pero afecto al whiskey. Dudaba de la existencia de la deidad, pero aceptaba el ciclo de Carnot, y había leído a Shakespeare, que le había resultado débil en química. Su ayudante provenía del Oriente misterioso, y se llamaba Azuma-Zi. Pero Holroyd lo llamaba Pooh-bah. A Holroyd le gustaba tener un ayudante negro, porque soportaría que lo patearan – una costumbre de Holroyd- y no metería las narices en la maquinaria para saber cómo funcionaba. Holroyd nunca se percató del todo de ciertas posibilidades excéntricas de la mente negra cuando entra en contacto brusco con la cúspide de nuestra civilización, aunque hacia el fin tuvo algún atisbo de ellas.
Definir a Azuma-Zi era algo que caía fuera de la etnología. Tal vez era más negroide que otra cosa, aunque su cabello era más ensortijado que crespo, y su nariz tenía puente. Por otra parte, su piel era marrón en vez de negra, y el blanco de sus ojos, amarillo. Sus pómulos amplios y el mentón estrecho le daban al rostro algo de viperino. Además su cabeza era ancha en la parte posterior,  baja y estrecha en la frente, como si el cerebro le hubiese crecido en sentido opuesto al de un europeo. Era de estatura escasa y tenía un manejo del inglés aún más escaso. En la conversación emitía numerosos ruidos extravagantes sin mayor valor de intercambio, y sus  infrecuentes palabras estaban talladas y tejidas en formas heráldicas, grotescas. Holroyd trató de delucidar sus creencias religiosas, y -sobre todo después del whiskey- lo sermoneaba contra la supertición y los misioneros. Azuma-Zi, sin embargo, evitaba la discusión sobre sus dioses, aunque lo patearan por ello.
Azuma-Zi había viajado en el cuarto de calderas del Lord Clive , desde la colonia malaya de Sataits Settlements, y más allá aún, hacia Londres. En la juventud había oído hablar de la magnificiencia y las riquezas de Londres, donde todas las mujeres eran blancas y rubias, y hasta los mendigos de las calles eran blancos; y había llegado, con monedas doradas recién ganadas en el bolsillo, a adorar en el altar de la civilización. El día de su desembarco fue triste; el cielo estaba cubierto, y una llovizna agitada por el viento se filtraba entre las calles pringosas, pero él se zambulló audazmente en las delicias de Shadweel, y poco después era arrojado, mal de salud, con ropa civilizada, sin un centavo y salvo en asuntos de la más extrema necesidad, prácticamente convertido en un animal mudo, a trabajar para James Holroyd y, a ser amedrentado por él en el cobertizo de dínamos de Camberwell. Y para James Holroyd amedrentar era un trabajo de amor.
En Camberwell había tres dínamos con sus motores. Las dos que habían estado allí desde un principio eran máquinas pequeñas; la mayor era nueva. Las máquinas pequeñas hacían un ruido razonable; sus correas canturreaban sobre los tambores, de vez en cuando las escobillas zumbaban y siseaban, y el aire golpeteaba parejamente: ¡juu! ¡juu! ¡juu! entre sus polos. Una de las dos tenía la base un poco suelta y hacía vibrar el cobertizo. Pero la dínamo grande ahogaba estos ruidos menores por completo con el bordoneo grave de su núcleo de hierro que por algún motivo hacía canturrear parte de la estructura de hierro. El lugar hacía que la cabeza del visitante sintiera vértigos bajo el latir continuo de los motores, la rotación de las grandes ruedas, las válvulas esféricas giratorios, los ocasionales chorros de vapor, y por encima de todo la nota profunda, incesante, ondulante de la dínamo grande. Desde el punto de vista de un ingeniero este último ruido era un defecto; pero Azuma-Zi lo atribuía al vigor y el orgullo del monstruo.
Si fuera posible haríamos que el lector estuviera rodeado siempre de los ruidos mientras lee, contaríamos nuestra historia con tal acompañamiento. Era una corriente firma de estruendo, en la que el oído captaba primero un hilo y después otro; estaba el ronquido, el jadeo y el hervor intermitente de los motores de vapor, la absorción y el golpe sordo de sus pinstones, el batir opaco del aire cuando giraban los rayos de los grandes volantes, la nota que emitían las correas de cuero cuando se tensaban o aflojaban, y el tumulto irritante de las dínamos; y, por encima de todo, a veces inaudible, cuando el oído se cansaba de ella, y colándose después en los sentidos otra vez, la nota de trombón de la enorme máquina. El suelo nunca estaba firme y sólido bajo los pies, se estremecía y sacudía. Era un sitio inestable, que confundía, y que bastaba para hacer que los pensamientos se sacudieran en excéntricos zigzags. Y durante tres meses, mientras se desarrollaba la gran huelga de ingenieros, Holroyd, que era un rompehuelgas, y Azuma-Zi, que era un mero negro, nunca salieron de la agitación y el remolino del estrépito, sino que comían y dormían en la cabañita de madera que estaba entre el cobertizo y los portones.
Poco después de la llegada de Azuma-Zi, Holroyd le dio una conferencia teológica sobre la biblia de su gran máquina. Tuvo que gritar para hacerse oír en el estruendo.
-Mírala -dijo Holroyd-. ¿Dónde tienes un ídolo pagano que esté a su altura?
-Y Azuma-Zi miró. Por un momento Holroyd fue inaudible, y después Azuma-Zi oyó:
-Puede matar cien hombres. El veinte por ciento en acciones ordinarias -dijo Holroyd-. ¡Y eso es ser como un Dios!
Holdroyd estaba orgulloso de su dínamo grande, y le habló sobre su tamaño y poder a Azuma-Zi hasta que sólo dios sabe qué extrañas corrientes de pensamiento se pusieron en marcha con eso y el girar y el bullicio incesantes, dentro del cráneo negro y crespo. Le explicó del modo más gráfico la docena de modos en que un hombre podría ser muerto por ella, y en una ocasión le dio a Azuma-Zi un choque eléctrico como muestra de su cualidad. Después de eso, en las pausas de su labor -era una labor pesada-, ya que se trataba no sólo de la suya sino también de la Holroyd- Azuma-Zi se sentaba y contemplaba la enorme máquina. De ven en cuando las escobillas chispeaban y escupían relámpagos azules, ante lo cual Holroyd juraba, pero todo lo demás era fluído y rítmico respirar. La correa corría gritando sobre el eje, y mientras uno miraba siempre seguía el golpe complaciente del pistón. Así vivía la máquina en aquel cobertizo aireado, con él y Holroyd para atenderla; no aprisionada y esclavizada para impulsar una nave como los otros motores que él conocía -simples demonios cautivos del Salomón británico-, sino como una máquina entronizada. El contraste hacía que Azuma-Zi despreciara a las dos dínamos más pequeñas; a la mayor la había bautizado en privado, el Señor de las Dínamos. La dos máquinas pequeñas eran irregulares e irritantes, pero la dínamo grande era estable. ¡Qué mágnífica era! ¡Qué serena y cómoda en su funcionamiento! ¡Incluso más grande y serena que los Budas que había visto en Rangoon, y sin embargo no inmóvil, sino viviente! Las grandes bobinas negras giraban, giraban, giraban, los anillos corrían en círculo bajo las escobillas, y la nota profunda de su bobina estabilizaba el todo. Aquello afectaba extrañamente a Azuma-Zi.
A Azuma-Zi no le gustaba el trabajo. Se sentaba en cualquier parte y contemplaba al Señor de las Dínamos cuando Holroyd salía para convencer al sereno del patio que le consiguiera whiskey, aunque su lugar correcto no estaba en el cobertizo de las dínamos sino detrás de los motores, y, además, si Holroyd lo sorprendía holgazaneado lo golpeaba con una vara de alambre de cobre rígido. Iba y se sentaba cerca del coloso y alzaba los ojos hacia la gran correa de cuero que corría sobre su cabeza. Había en la correa una mancha negra que pasaba, y por algún motivo a él le agradaba observar cómo retornaba la mancha en medio del estrépito, una y otra vez. Pensamientos extraños giraban con ella. Los científicos afirman que los salvajes les asignan alma a las rocas  y a los árboles: y una maquina está mil veces mas viva que una roca o un árbol. Y Azuma-Zi seguía siendo prácticamente una salvaje; la capa de la civilización no iba más allá de su traje fuera de medida, de sus magulladuras y el tizne de carbón de la cara y las manos. Antes que él, su padre había adorado una piedra meteórica, tal vez sangre como ésa había salpicado los anchos talones de Juggernaut.
Aprovechaba cada oportunidad que Holroyd le daba de tocar y manejar la gran dínamo que lo fascinaba. La pulía y la limpiaba hasta que las partes metálicas refulgían al sol. Al hacerlo experimentaba una extraña sensación de servicio. Se trepaba a ella y tocaba con suavidad las bobinas giratorias. Todos los dioses que había adorado estaban lejos. La gente de Londres ocultaba sus dioses.
Al fin sus sentimientos difusos se hicieron más nítidos, y se transformaron en pensamientos y actos. Cuando entró una mañana al cobertizo rugiente hizo zalemas al Señor de las Dínamos; y después, cuando Holroyd se alejaba, se acercaba y le susurraba a la máquina atronadora que él era su siervo, y le rogaba que tuviera piedad de él y lo salvara de Holroyd. Cuando lo hacía un raro fulgor luminoso entraba por la arcada abierta del cobertizo pulsante de las máquinas, y el Señor de las Dínamos, mientras rotaba y rugía, radiaba un pálido resplandor dorado. Entonces Azuma-Zi sabía que su servicio era aceptado por su Señor. Desde entonces dejó de sentirse tan solitario como antes, había estado realmente muy solo en Londres. Incluso cuando terminaba su horario de trabajo, cosa que ocurría con poca frecuencia, se quedaba vagando por el cobertizo.
La próxima vez que Holroyd lo maltrató, Azuma-Zi se acercó un momento más tarde al Señor de las Dínamos y susurró: “¡Ya ves, oh, Señor mío!” y el furioso girar de la maquinaria pareció contestarle. A partir de entonces apreció que cada vez que Holroyd entraba al cobertizo, entre los sonidos de la gran dínamo, aparecía una nota distinta. “Mi Señor espera el momento oportuno” se decía Azuma-Zi. “La iniquidad del necio aún no ha madurado”. Y esperaba y estaba pendiente del día del ajuste de cuentas. Un día hubo evidencias de un cortocircuito, y Holroyd, al llevar a cabo un examen imprudente -era en horas de la tarde- recibió un choque eléctrico bastante grave. Azuma-Zi vio desde atrás del motor cómo se apartaba de un salto y maldecía a la bobina culpable.
-Recibió una advertencia -se dijo Azuma-Zi-. Por cierto mi Señor es mu paciente.
Al principio Holroyd había iniciado a su negro en las concepciones elementales del funcionamiento de la dínamo para que pudiera hacerse cargo trnastoriamente del cobertizo en ausencia de él. Pero cuando advirtió el modo en que Azuma-Zi merodeaba alrededor del monstruo, empezó a sospechar. Se percataba oscuramente de que  su ayudante “se traía algo entre manos”, y al relacionarlo con el aceite con que alguien había untado las bobinas, y que había echado a perder el barniz en un sitio, emitió un edicto, gritando por encima de la confusión de la maquinaria:
-¡Que no vuelva a verte cerca de esa dínamo grande otra vez, Pooh-bah, o te arrancaré la piel a tiras!
Además, si a Azuma-Zi le gustaba estar cerca de la máquina, mantenerlo apartado de ella era simple sentido común y decencia.
Azuma-Zi obedeció entonces, pero más adelante fue sorprendido haciendo reverencias ante el Señor de las Dínamos. Ante lo cual Holroyd le torció el brazo y lo pateó cuando se volvió para irse. Cuando un momento después Azuma-Zi se paró detrás del motor y miró con ojos ardientes la espalda del odiado Holroyd, los ritmos de la máquina adquirieron un ritmo nuevo, y sonaron como cuatro palabras en su lengua nativa.
Es díficil precisar con exactitud qué es la locura. Supongo que Azuma-Zi estaba loco. El estruendo y el girar incesante del cobertizo de las dínamos tienen que haber agitado su pequeña provisión de conocimiento y su gran provisión de imaginació superticiosa, hasta llevarlas al fin a algo parecido al frenesí. Sea como fuere, cuando se le ocurrió la idea de hacer con Holroyd un sacrificio al fetiche Dínamo, eso lo inundó con un extraño tumulto de emoción exultante.
Esa noche los dos hombres y sus sombras negras estaban solos y juntos en el cobertizo, iluminado con una gran luz de arco que parpadeaba y titilaba con color purpúreo. Las sombras eran densas detráa de las dínamos, los reguladores esféricos de los motores giraban de la luz a la oscuridad, y sus pistones golpeaban con fuerza y firmeza. El mundo externo visto a través del extremo abierto del cobertizo parecía increíblemente difuso y remoto. Además parecía silencioso por completo, porque el estrépito de la maquinaria ahogaba todo sonido exterior. A lo lejos estaba la cerca negra del patio con las casas grises, sombrías detrás, y por encima el cielo azul profundo y las pálidas estrellas. De pronto Azuma-Zi cruzó el centro del cobertizo por encima del cual corrían las correas de cuero, y entró en la sombra de la gran dínamo. Holroyd oyó el chasquido, y el rotar del inducido cambio.
-¡Qué estás haciendo con ese interruptor? -vociferó sorprendido-. ¿No te he dicho…?
Entonces vio la expresión decidada en los ojos de Azuma-Zi mientras el asiático salía de las sombras hacia él.
Un instante después los dos hombres forcejeaban ferozmente ante la gran dínamo.
-¡Idiota cabeza de café! -jadeó Holroyd, con una mano marrón alrededor de su garganta. Aparta esos anillos de contacto.
Un instante después caía víctima de una zancadilla y retrocedía tambalente sobre el Señor de las Dínamos.
Aflojó instintivamente los brazos que agarraban a su rival para salvarse de la máquina.
El mensajero que enviaron a toda velocidad desde la estación para averiguar qué había pasado en el cobertizo de las dínamos, encontró a Azuma-Zi en la portería. Azuma-Zi trataba de explicar algo, pero el mensajero no pudo sacar nada en limpio del  inglés incoherente del negro, y corrió hacia el cobertizo. Todas las máquinas trabajaban ruidosamente, y nada parecía andar mal. Sin embargo, había un olor extraño a pelo chamuscado. Entonces vio una masa de aspecto curioso, acurrucada, que se adhería a la parte frontal de la gran dínamo, y, al acercarse, reconoció los restos retorcidos de Holroyd.
El hombre abrió muy grandes los ojos y vaciló un momento. Entonces vio el rostro y cerró los ojos convulsivamente. Giró sobre los talones antes de abrilos, para no ver otra vez a Holdroyd, y salió del cobertizo en busca de ayuda y consejo.
Cuando Azuma-Zi vio a Holroyd morir en garras de la Gran Dínamo, se asustó un poco de las consecuencias de su acto. Sin embargo se sentía extrañamente exaltado, y sabía que el Señor de las Dínamos lo favorecía. Ya había trazado un plan cuando se cruzó con el hombre que venía de la estación, y el director científico que llegó con rapidez al escenario de los hechos saltó a la conclusión obvia del suicidio. Este experto apenas prestó atención a Azuma-Zi salvo para hacerle algunas preguntas. ¿Había visto cómo se mataba Holroyd? Azuma-Zi explicó que había estado en el horno de las calderas hasta que oyó una diferencia en el ruido de la dínamo. No fue un interrogatorio dífícil, ya que no estaba teñido por la sospecha.
Los restos contorsionados de Holroyd, que el electricista retiró de la máquina, fueron cubiertos a las apuradas por el portero con un mantel manchado de café. Gracias a una feliz inspiración, alguien fue a buscar un médico. Lo que más ansiaba el experto era poner la máquina otra vez en marcha, porque siete u ocho trenes se habían detenido a medio camino en los túneles mal ventilados del ferrocarril eléctrico. Azuma- Zi una vez que contestó o mal interpretó las preguntas de la gente que había entrado por autoridad o atrevimiento al cobertizo, pronto fue enviado otra vez a las calderas por el director científico. Como es lógico se reunió una multitud ante los portones del patio: sin razón conocida, en Londres siempre se cierne una multitud, por uno o dos días, en el escenario de una muerte repentina; dos o tres periodistas se filtraron de algún modo dentro del cobertizo de los motores, y uno llegó incluso hasta Azuma-Zi, pero el director científico los despachó, ya que él mismo era periodista aficionado.
Pronto se llevaron el cadáver, y el interés público partió con él. Azuma-Zi permaneció muy tranquilo en el hogar de las calderas, viendo una y otra vez en los carbones un cuerpo que se contorsionaba con violencia y se quedaba inmóvil. Para cualquiera que hubiese entrado en el cobertizo una hora después del asesinato, todo habría parecido como si no hubiese pasado nada notable allí. Atisbando desde el cuarto de los motores el negro vio que el Señor de las Dínamos giraba y rotaba junto a sus hermanos menores, los volantes seguían dando vueltas, y el vapor resonaba sordamente en los pistones, exactamente como unas horas antes en la noche. Después de todo, desde un punto de vista mécanico, había sido un incidente de los más insignificante: un leve desvío trnasitorio de la corriente. Pero ahora el cuerpo y la sombra delgados del director científico reemplazaban el contorno corpulento de Holroyd moviéndose de aquí para allá en el sendero de la luz sobre el suelo vibrante, debajo de las correas, entre los motores y las dínamos.
-¿Acaso no he servido a mi Señor? -dijo Azuma-Zi inaudible, desde la sombra, y la nota de la enorme dínamo cantó plena y nítida. Mientras miraba el mecanismo enorme, giratorio, la extraña fascinación que había quedado un poco en suspenso desde la muerte de Holroyd recobró su poder.
Azuma-Zi nunca había visto matar a un hombre tan rápida e implacablemente. La máquina enorme, zumbante había eliminado a su víctima sin apartarse un segundo de su firme batir. Era realmente un dios poderoso.
El despreocupado director científico estaba parado de espaldas a él, garabateando algo en una hoja de papel. Su sombra caía al pie del monstruo.
-¿Acaso el Señor de las Dínamos aún tenía hambre? Su siervo estaba preparado.
Azuma-Zi dio un paso cuteloso hacia adelante, después se detuvo. El director cienrífico dejó de escribir de pronto, y recorrió el cobertizo hasta el extremo de las dínamos, y empezó a examinar las escobillas.
Azuma-Zi vaciló, y después se deslizó sin ruido hasta la sombra que rodeaba al interruptor. Allí esperó. Pronto oyó los pasos del director que regresaba. Se detuvo en su posición anterior, sin tener conciencia del fogonero agazapado a tres metros de él. Entonces la gran dínamo de pronto siseó, y en ese instante, Azuma-zi  saltó sobre él desde la oscuridad.
Al principio, el director científico fue agarrado alrededor del cuerpo y empujado hacia la gran dínamo, después golpeando con la rodilla y bajando la cabeza de su rival con la manos, aflojó el apretón alrededor de la cintura y giró apartándose de la máquina. Entonces el negro volvió  a aferrarlo, apoyándole la cabeza de pelo ensortijado contre el pecho, y se tambalearon y jadearon durante lo que pareció un siglo. Después el director científico se vio obligado a apretar una oreja negra entre los dientes y morder furiosamente. El negro soltó un aullido espantoso.
Rodaron por el piso, y el negro, que al parecer se había librado del apretón de los dientes o había perdido parte de la oreja -el director científico se preguntó cuál de las dos cosas había pasado- trató de estrangularlo. El director científico estaba haciendo esfuerzos infructuosos por agarrarse de algo con las manos y patear, cuando oyó el sonido bienvenido de pasos sobre el piso. Un momento después Azuma-Zi lo había soltado y se abalanzaba hacia la gran dínamo. Hubo un chisporroteo en medio del rugido.
El funcionario de la compañía´, que había entrado, se quedó mirando con los ojos muy abiertos mientras Azuma-Zi tomaba los bornes pelados con las manos, era sacudido por una horrible convulsión, y después colgaba inmóvil de la máquina, con el rostro violentamente contorsionado.
-Me alegra muchísimo que haya venido en este momento -dijo el director científico, aún sentado en el piso.
Miró la silueta aún estremecida.
-No es una buena muerte, al parecer… pero es rápida.
El funcionario aún miraba el cadáver. Era un hombre de comprensión lenta.
Hubo una pausa.
El director científico se  incorporó con bastante torpeza. Se aflojó el cuello pensativamente, y movió la cabeza de un lado a otro varias veces.
-¡Pobre Holroyd! Ahora entiendo.
Después se dirigó casi mecánicamente hacia el interruptor rodeado de sombras y pasó otra vez la corriente al circuito del ferrocarril. Al hacerlo el cuerpo chamuscado se soltó y cayó de boca hacia adelante. El cono de la dínamo rugió vigoroso y nítido, y el inducido batió el aire.

Así terminó prematuramente, el Culto de la Deidad Dínamo, tal vez la religión de más corta vida. Pero con todo, pudo jactarse de contar con un mártir y un sacrificio humano.
buda

Herbert George Wells.

volver a la portada
SELLOZZ
HERBERT G WELLS

Una partida de ajedrez

images (22)

-¿Habla usted en serio? ¿Cree usted realmente que una máquina piensa?
No obtuve una respuesta inmediata; Moxon tenía concentrada su atención en los fantásticos dibujos proyectados por las llamas del hogar. Desde hacía varias semanas, venía observando en él una creciente tendencia a demorar la respuesta incluso a la más vulgar de las preguntas. Sin embargo, el aire que adoptaba era de preocupación más que de deliberación, hubiérase dicho que “algo le rondaba por el magín”.
Súbitamente dijo:
-¿Qué es una “máquina”? La palabra ha sido definida diversamente. He aquí la definición que aparece en un diccionario popular: “Cualquier instrumento u organización mediante el cual es aplicada y hecha efectiva la energía, o producido un efecto deseado”. En tal caso, ¿no es el hombre una máquina? Y debe usted admitir que el hombre piensa… o cree que piensa.
-Si no quiere contestar mi pregunta -dije, con cierta brusquedad-, ¿por qué no me lo dice claramente? Se sale usted por la tangente. Sabe perfectamente que al hablar de “máquina” no me refiero a un hombre, sino a algo hecho por el hombre y sometido a él.
-A veces sucede lo contrario, y la máquina gobierna al hombre- replicó Moxon, poniéndose en pie y acercándose a una ventana, en cuyos cristales repiqueteaba la lluvia de una noche tormentosa. Al cabo de unos instantes se volvió hacia mí y añadió, sonriendo: -Discúlpeme. No trataba de salirme por la tangente, como dice usted. Puedo contestar a su pregunta de un modo directo; creo que una máquina piensa en el trabajo que está realizando.
Era una respuesta directa, desde luego. Y no demasiado agradable, ya que tendía a confirmar mis sospechas de que la dedicación de Moxon al estudio y trabajo en su taller no le hacían ningún bien. Sabía, por ejemplo, que padecía de insomnio, un achaque que no puede ser calificado de trivial. ¿Acaso había afectado a su mente? Su respuesta a mi pregunta parecía indicarlo así. Ahora quizá no hubiese yo tenido esa sospecha; en aquella época era yo muy joven y, entre las bendiciones que no le son negadas a la juventud, se encuentra la ignorancia. Estimulado a la discusión por aquellas palabras, dije:
-¿Y con qué piensa la máquina… careciendo de cerebro?
La respuesta, surgida sin la demora habitual, adoptó la forma favorita de Moxon: el contrainterrogatorio.
-¿Con qué piensa una planta… careciendo de cerebro?
-¡Ah! De modo que las plantas pertenecen también al clan filosófico… Me gustaría conocer algunas de sus conclusiones; puede usted omitir las premisas.
Moxon, sin tomar en cuenta mi mordacidad, dijo:
-Tal vez usted pueda deducir sus convicciones de sus actos. Le ahorraré los conocidos ejemplos de la sensible mimosa, de las diversas flores insectívoras y de aquellas cuyos estambres se inclinan y sacuden su polen sobre la abeja, a fin de que ésta puede fecundar a sus lejanas compañeras. En un espacio abierto de mi jardín planté una enredadera. Cuando asomó a la superficie, clavé una estaca en el suelo a un metro de distancia de la planta. La enredadera se extendió inmediatamente en aquella dirección, pero, al cabo de unos días, cuando estaba a punto de alcanzar la estaca, arranqué esta última y volví a clavarla a unos cuantos pies de distancia. Inmediatamente la enredadera modifícó la dirección de su crecimiento, trazando un ángulo agudo y extendiéndose de nuevo hacia la estaca. Repetí la maniobra varias veces, hasta que la enredadera, descorazonada, abandonó la persecución y se dirigió hacia un árbol, por el cual trepó.
-Las raíces de los eucaliptos se prolongan increíblemente en busca de humedad. Un conocido horticultor cuenta que una raíz de eucalipto penetró en una tubería subterránea seca y la siguió hasta llegar a una pared de piedra con la cual había sido cegada la tubería en cuestión. La raíz salió de la tubería y siguió la pared hasta encontrar una abertura; se introdujo en ella y dio la vuelta en busca de la tubería situada al otro lado de la pared.
-¿Y todo eso?
-¿Acaso no se da cuenta de lo que significa? Demuestra la conciencia de las plantas. Demuestra que las plantas piensan.
-Vamos a admitir que las plantas piensen. Pero no estábamos hablando de plantas, sino de máquinas. Las máquinas pueden ser parcialmente de madera -madera que ha perdido su vitalidad- o completamente metálicas. ¿Acaso el reino mineral posee también la facultad de pensar?
-¿Qué otra explicación puede darle usted al fenómenos de la cristalización, por ejemplo?
-No trato de explicarlo.
-Porque no puede hacerlo sin afirmar lo que desea negar, es decir, la cooperación inteligente entre los elementos constitutivos de los cristales. Cuando los soldados forman líneas o cuadros, lo llama usted razón. Cuando los patos silvestres en vuelo adoptan forma de una V, lo llama usted instinto. Cuando los átomos homogéneos de un mineral, moviéndose libremente  en una disolución, adoptan formas matemáticamente perfectas, o unas partículas de humedad helada se agrupan en simétricas y bellas formas de copos de nieve, no tiene usted nada que decir. Ni siquiera ha inventado un nombre para disimular su heroica sinrazón.
Moxon estaba hablando con desacostumbrada animación y seriedad. Cuando interrumpió, oí en una habitación contigua un extraño sonido, como si alguien golpeara el tablero de una mesa con la palma de la mano. La habitación en cuestión era el taller de Moxon, un lugar al cual no tenía acceso absolutamente nadie, aparte del dueño de la casa, naturalmente. Moxon oyó también aquel sonido y, visiblemente excitado, se puso en pie y entró con apresuramiento al taller. Me pareció muy raro que pudiera haber alguien en aquel sanctasanctórum, y la curiosidad me impulsó a escuchar atentamente, aunque me satisface poder afirmar que no pegué el oído al ojo de la cerradura. Resonaron unos ruidos confusos, como de lucha; el suelo retembló. Oí una respiración jadeante y un ronco susurro: “¡Maldito seas!”. Luego todo quedó en silencio. En seguida reapareció Moxon y dijo, tratando de sonreír.
-Discúlpeme por haberlo dejado solo. Tengo una máquina ahí que a veces pierde los estribos.
Mirando su mejilla izquierda, cruzada por  cuatro arañazos paralelos y ensangrentados, dije:
-Por lo visto esa máquina no se corta las uñas.
Podría haberme ahorrado la chanza; Moxon no me prestó la menor atención. Vovlvió a sentarse y reanudó el interrumpido monólogo como si nada hubiese ocurrido.
-Sin duda no está usted de acuerdo con los que afirman que toda la materia es sensible, que cada átomo es un ser vivo y consciente. Yo, sí. No existe materia muerta, inerte; toda está viva; toda posee instinto y fuerza, real y potencial; toda es sensible a las facultades que residen en organismos superiores con los cuales ha entrado en contacto, como las del hombre, por ejemplo, cuando transforma la materia en un instrumento. La materia absorbe algo de la inteligencia y de la intención del hombre; y la absorbe en mayor grado cuando más compleja es la máquina resultante y el trabajo que realiza.
-¿Recuerda por casualidad la definición de la “vida” de Herbert Spencer? Yo la lei hace treinta años. Y al cabo de tanto tiempo, no encuentro ni una sola palabra que deba ser cambiada, añadida o suprimida con provecho. Continúa pareciéndome no sólo la mejor definición sino la única posible.
“La vida -recitó- es una definida combinación de cambios heterogéneos, simultáneos y sucesivos, relacionados con coexistencias y secuencias externas”
-Eso define el fenómeno -objeté- pero no proporciona ninguna clave para descubrir su causa.
-Y eso es todo lo que puede hacer una definición -replicó Moxon-. Tal como lo señala Mills, lo único que sabemos de la causa es que se trata de un antecedente…, del mismo modo que lo ignoramos todo acerca del efecto, excepto que es una consecuencia. Pero nuestra percepción puede inducirnos a error: alguien que haya visto muchas veces un conejo perseguido por un perro, y no haya visto conejos y perros separadamente, puede creer que el conejo es la causa del perro.
-Pero mucho me temo que me estoy desviando de la cuestión fundamental. Lo que me interesa subrayar es que en la definición de la “vida” de Spencer queda incluída la actividad de una máquina; en la definición no hay nada que no sea aplicable a ella. Según aquel eminente pensador, si un hombre está vivo durante su perído de actividad, también lo está una máquina mientras funciona. En mi calidad de inventor y constructor de máquinas puedo afirmar que es cierto.
Moxon guardó silencio durante largo rato, contemplanado abstraídamente el fuego. Se estaba haciendo tarde y pensé que debía marcharme, pero no me gustaba la idea de dejar a Moxon en aquella casa aislada, completamente solo, a excepción de la presencia de alguna persona acerca de cuya naturaleza mis conjeturas no podíasn llegar más allá del hecho de que se trataba de un ser poco amistoso, quizá maligno. Inclinándome hacia Moxon y mirándolo fijamente a los ojos, al tiempo que señalaba con un ademán la puerta del taller, inquirí:
-Moxon, ¿a quién tiene usted ahí?
Quedé sorprendido al ver que se echaba a reír y respondía sin vacilar:
-A nadie. El incidente que tanto le preocupa ha sido provocado por mi negligencia al dejar funcionando una máquina sin nada en que ocuparse, mientra yo  me entregaba a la ímproba tarea de iluminar su entendimiento. ¿Sabe usted por casualidad que la Conciencia es hija del Ritmo?
-¡Oh! No quiero calentarme más los cascos -dije, levantándome y poniéndome el abrigo-. Buenas noches, Moxon. Espero que la máquina que dejó usted inadvertidamente funcionando  lleve guantes la próxima vez que crea usted necesario pararla.
Sin detenerme a observar el efecto de mi indirecta, salí de la casa.
Seguía lloviendo y la oscuridad era muy intensa. A lo lejos brillaban débilmente las luces de la ciudad, pero detrás de mí la única claridad visible era la proyectaba una ventana de la casa de Moxon, que correspondía precisamente a su “taller”. Supuse que Moxon había reanudado los estudios interrumpidos por mi visita. Por raras, y hasta cierto punto cómicas, que en aquella época me parecían sus ideas, no podía sustraerme del todo a la sensación de que estaban relacionadas de algún modo trágico con su vida y con su carárcter…, y quizá su destino. Ahora estaba convencido de que sus ideas no eran divagaciones de una mente enferma: las había expuesto de un modo lógico. Recordaba una y otra vez sus últimas palabras: “La Conciencia es hija del Ritmo”. Y cada vez encontraba en ellas un significado más profundo y una nueva sugerencia. Constituían, pensé, una idea base sobre la cual fundar una filosofía. Si la conciencia es producto del ritmo, todas las cosas son conscientes ya que todas tienen movimiento, y todo movimiento es rítmico. Me pregunté si Moxon conocía el significado y la envergadura de su idea, el alcance de aquella trascedental generalización. ¿Acaso había llegado a su fe filosófica por el tortuoso e inseguro camino de la observación?
Aquella fe era entonces nueva para mí, y los alegatos de Moxon no habían conseguido convertirme en un converso; pero de repente tuve la sensación de que brillaba una intensa luz a mi alrededor, como aquella que cayó sobre Saulo de Tarso, y allí en medio de la tormenta, de la soledad y de la oscuridad, experimenté lo que Lewes llama “la infinita variedad y excitación del pensamiento filosófico”. El conocimiento adquiría para mí un nuevo sentido, una nueva dimensión. Mis pies apenas parecían tocar la tierra, unas alas invisibles parecían levantarme del suelo y conducirme a través del aire.
Cediendo al impulso de obtener mas luz de aquél a quien ahora reconocía como mi maestro y guía, di media vuelta y, sin saber cómo, me encontré de nuevo ante la puerta de la casa de Moxon. Estaba empapado, pero no sentía ninguna molestia. En mi excitación no se me ocurrió tocar el llamador: me limité a hacer girar el pomo de la puerta; poco después penetraba otra vez en la habitación de la cual había salido momentos antes. Todo estaba oscuro y silencioso; tal como había supuesto. Moxon se hallaba en la habitación contigua: “el taller”. Anduve a lo largo de la pared hasta que encontré la puerta de comunicación y llamé varias veces sin obtener respuesta, cosa que atribuí al creciente ruido de la tormenta. El viento rugía con furia y la lluvia repiqueteaba incesantemente contra las ventanas.
Nunca había sido invitado a entrar al taller; en realidad, me había sido negada la entrada a él, como todos los demás, con una sola excepción; la de un hábil metalúrgico, del cual nadie sabía nada, excepto que se llamaba Halley y que era silencioso por naturaleza. Pero, en mi exaltación espiritual, olvidé la discreción y los buenos modales y abrí la puerta. Lo que vi me arrancó bruscamente de mis especulaciones filosóficas.
Moxon estaba sentado de cara a la puerta en el extremo de una mesita sobre la cual una sola vela proyectaba toda la luz que había en el cuarto. Enfrente de él, dándome la espalda, había otra persona. Sobre la mesa, entre los dos, vi un tablero de ajedrez, pero al ver muy pocas piezas sobre el tablero comprendí que la partida estaba terminando. Moxon mostraba un profundo interés.., no tanto, según me pareció, en el juego como en su adversario, sobre el cual había fijado una mirada tan intensa que, a pesar de encontrarme directamente en línea con su campo visual, no advirtió mi presencia. Su rostro estaba mortalmente pálido, y sus ojos brillaban como diamantes. A su adversario sólo podía verle la espalda, pero aquello me bastaba; creo que en mi fuero interno no deseaba ver su rostro.
Al parecer no tenía más de cinco pies de estatura, con proporciones que recordaban las de un gorila: una enorme anchura de hombros, un cuello corto y recio, y una cabeza cuadrada con un fez rojo sobre una enmarañada mata de pelo negro. Una túnica, también de color rojo, cubría la parte susperior de su cuerpo y caía sobre el asiento -al parecer una caja- en la cual estaba instalado; las piernas y los pies no eran visibles. Su antebrazo izquierdo parecía reposar sobre su regazo; movía las piezas con la mano derecha, una mano desproporcionadamente larga.
Yo me había apartado ligeramente a un lado del umbral; si Moxon miraba ahora más allá del rostro de su adversario no vería nada, excepto que la puerta estaba abierta. Algo me impedía entrar o retirarme, una extraña sensación de que me encontraba en presencia de una inminente tragedia y podía ayudar a mi amigo si me quedaba. Sin apenas revelarme contra la indelicadeza de la acción, me quedé.
El juego era rápido. Moxon apenas miraba el tablero antes de efectuar sus movimientos, los cuales era rápidos y nerviosos. Su adversario, en cambio, movía las piezas de un modo lento, uniforme, casi mecánico. Era un espectáculo enervante, y me estremecí. Pero no hay que olvidar que estaba empapado y tenía frío.
Dos o tres veces, después de mover una pieza, el desconocido inclinó levemente la cabeza, y cada vez observé que Moxon levantaba su rey. De repente se me ocurrío la idea de que el hombre era mudo. Y luego la de que era un máquina: ¡un autómata jugador de ajedrez! Entonces recordé que Moxon me había hablado en cierta ocasión que había inventado un mecanismo de aquella naturaleza, aunque no entendí que lo hubiese construído ya. Lo que Moxon había dicho acerca de la conciencia y la inteligencia de las máquinas, ¿era simplemente un preludio a una eventual exhibición de aquel artilugio…, un simple truco para aumentar el efecto de su acción mecánica sobre mí, en mi ignoracia de su secreto?
¡Un bello final, éste, de todos mis transportes intelectuales, de mi “infinita variedad y excitación del pensamiento filosófico”! Estaba a punto de retirarme, disgustado, cuando sucedió algo que retuvo mi atención. Observé que la cosa encongía sus anchos hombros como si estuviese irritada y aquel movimiento fue tan natural -tan enteramente humano-, que quedé desconcertado. Y aquello no fue todo, ya que un momento después golpeó fuertemente la mesa con el puño cerrado. Ante aquel gesto, Moxon pareció incluso más desconcertado que yo: empujó su silla ligeramente hacia atrás, como alarmado.
Súbitamente, Moxon levantó una mano armada de una pieza sobre el tablero y la dejó caer exclamando: ¡”Jaque mate”!, al tiempo que se ponía rápidamente en pie y se colocaba detrás de su silla. El autómata continuó sentado, inmóvil.
El viento había amainado ahora, pero oí, a intervalos cada vez más cortos, el retumbar del trueno. Y, mezclado con él, una especie de zumbido que parecía proceder del cuerpo del autómata, como si el mecanismo que lo gobernaba se hubiera desquiciado… No me quedó tiempo para hacer demasiadas conjeturas, ya que mi atención se vio atraída por los extraños movimientos del autómata. Una leve, pero contínua convulsión parecía haberse apoderado de él. Su cuerpo y su cabeza se estremecían como los de un hombre atacado de epilepsia, y el movimiento aumentaba en intensidad hasta que toda la figura se encontró violentamente agitada. Bruscamente se puso de pie, derribando la mesa, y extendió los dos brazos hacia adelante, asumiendo la postura de un nadador a punto de lanzarse al agua. Moxon trató de retroceder, pero era demasiado tarde: vi las manos de la horrible cosa cerrarse alrededor de la garganta de mi amigo, unos segundos antes de que la vela, que se había caído al suelo al volcarse la mesa, se apagara, dejando la habitación a oscuras. Pero el ruido de la lucha era claramente audible, y lo más terrible de todo eran los roncos estertores de Moxon en sus desesperados esfuerzos por respirar. Guiado por el infernal ruido, traté de acudir en ayuda de mi amigo, pero apenas había dado un paso en medio de la oscuridad cuando la habitación quedó iluminada por una cegadora claridad que imprimió en mi cerebro, en mi corazón y en mi recuerdo un vívido cuadro de los combatientes caídos en el suelo. Moxon debajo, con la garganta apresada aún por aquellas manos de hierro, los ojos afuera de la órbitas, la boca abierta, la lengua afuera. Y -¡horrible contraste!- en el pintado rostro de su asesino, una expresión de tranquilo y profundo meditar, como en la solución de un problema de ajedrez… Un instante después todo fue oscuridad… y silencio en mi cerebro.
Tres días después recobré el conocimiento en un hospital. Cuando el recuerdo de aquella trágica noche penetró lentamente en mi cerebro, reconocí en el hombre que me atendía al obrero metalúrgico que había trabajado para Moxon, Halley. Respondiendo a una mirada se acercó sonriendo.
-Cuentemélo todo -conseguí decir, con voz débil-. Absolutamente todo.
-Desde luego -dijo Halley-. Le trajeron a usted aquí inconsciente, desde una casa incendiada, la de Moxon. Nadie sabe por qué estaba usted allí. Tendrá que dar una pequeña explicación. El origen del fuego es también un misterio. Mi opinión personal es que la casa fue alcanzada por un rayo.
-¿Y Moxon?
-Lo enterraron ayer…Es decir, lo que quedaba de él.
Al parecer, aquel hombre tan silencioso en ocasiones, sabía mostrarse amable y comunicativo con un enfermo. Transcurridos unos instantes, me aventuré a formular otra pregunta:
-¿Quién me rescató?
-Bueno, si le interesa saberlo… fui yo.
-Gracias, Mr. Halley, y que Dios lo bendiga por ello. ¿Rescató usted también a aquel fascinante producto de su habilidad, el autómata jugador de ajedrez que asesinó a su inventor?
El hombre quedó silencioso un largo rato, sin mirarme. Finalmente se volvió y dijo:
-¿Está usted enterado de eso?
-Desde luego -asentí-. Lo vi estrangular a Moxon.
Todo esto ocurrió hace muchos años. Si me preguntaran hoy, mi respuesta sería menos categórica.

descarga

Ambrose Gwinett Bierce

volver a la portada

SELLOZZ

AMBROSE GWINETT BIERCE

El hombre sin cuerpo

images (41)

En un estante del antiguo Museo del Arsenal, en el Central Park, en medio de una serie de animales embalsamados: colibríes, armiños, zorros plateados y pericos de brillantes colores, hay una espantosa fila de cabezas humanas. Sin detenerme en la momia peruana, ni en el jefe maorí, ni en el indio de cabeza chata, hablaré de una cabeza caucásica que despertó en mí un fascinante interés desde que, hace poco más de un año, fue agregada a la siniestra colección.
Cuando la vi por primera vez, esa Cabeza me impresionó. Me conquistó la pensativa inteligencia de sus rasgos. La cara es notable, aunque carezca de nariz y las fosas nasales estén en pésimas condiciones. Los ojos también están ausentes, pero las órbitas son muy expresivas. La piel apergaminada está tan encogida que los dientes muestran sus raíces en las mandíbulas. La boca ha sufrido mucho los efectos de la descomposición, pero lo que queda de ella manifiesta un carácter fuerte. Parece decir: “¡Salvo ciertas deficiencias de mi anatomía, estás viendo a un gran hombre!”. Los rasgos de la cabeza son de tipo alemán y el cráneo es el cráneo de un filósofo. Lo que particularmente atrajo mi atención fue la vaga semejanza de este rostro destrozado con cierta cara que, en alguna época, me resultó familiar, un rostro cuyo recuerdo había quedado en mi memoria, pero que no podía ubicar.
Y después de casi un año de haberla visto por primera vez, no me sorprendió mucho descubrir que la Cabeza reconocía nuestra relación, y que expresara su aprecio por el interés amistoso que yo mostraba hacia ella, guiñándome deliberadamente un ojo cuando me paré frente a su vitrina.
Sucedió en un día de Trustees. Yo era el único visitante en el salón. El fiel cuidador había salido a disfrutar una lata de cerveza con su amigo, el encargado de los monos.
La Cabeza me guiño un ojo por segunda vez, aún con más cordialidad que antes. Contemplé sus esfuerzos con el deleite crítico de un anatomista. Pude ver que el músculo masetero se flexionaba debajo de la piel dura como cuero.  Vi el juego de los bucinadores y el hermoso movimiento lateral de los músculo internos. Advertí que la Cabeza trataba de hablarme. Noté las contracciones convulsivas del músculo risorio y del cigomático mayor, y me di cuenta que se esforzaba por sonreír.
“Aquí tenemos -pensé- o un caso de vitalidad mucho tiempo después de la decapitación, o un ejemplo de acción refleja, donde no existe un sistema diastático o excitador-motriz. En cualquiera de esos casos, el fenómeno no tiene precedentes y debería ser cuidadosamente observado. Además, la Cabeza me muestra, evidentemente, su buena disposición”. Encontré en mi llavero una llave que abría la puerta de vidrio.
-Gracias -dijo la Cabeza-. Un poco de aire fresco es realmente un placer.
-¿Cómo se siente? -pregunté con cortesía-. ¿Cómo es vivir sin cuerpo?
La Cabeza se sacudió con tristeza y suspiró. Luego dijo, a través de su mutilada nariz y usando, por razones obvias, los tonos pectorales con mucha economía:
-Daría… ambas orejas por una simple pierna. Mi ambición es principalmente ambulatoria y, sin embargo, no puedo caminar. No puedo ni siquiera dar saltitos o andar como los patos. Quisiera viajar, vagar, pasear, circular por los transitados senderos de los hombres, pero me encuentro encadenado a este maldito estante. No estoy mucho mejor que esas cabezas salvajes…¡yo, un hombre de ciencia! Estoy obligado a quedarme aquí, sobre mi cuello, y a ver a mi alrededor a las gallinetas y cigüeñas con piernas en abundancia. Mire las infernales piernas de aquellos pequeños zancudos. Mire esos miserables gallináceos de cabezas grises. No tienen cerebro, ni ambición, ni deseos. Sin embargo tienen patas, patas, patas en abundancia.
Luego, a través de la vitrina, lanzó una mirada envidiosa hacia donde se veían las provocadoras extremidades de las aves en cuestión, y agregó lúgubremente:
-De mí no queda ni siquiera material suficiente como para componer un héroe de alguna novela de Wilkie Collins.
No sabía exactamente cómo consolarlo en un asunto tan delicado, pero me aventuré a sugerir que, tal vez, su condición tenía sus compensaciones en el hecho de estar libre de los callos y la gota.
-En cuanto a los brazos -continuó diciendo-, ¡ahí tiene otra desgracia que me aqueja! Estoy incapacitado para espantar las moscas que se meten aquí adentro (Dios sabe cómo) en el verano. Tampoco puedo extenderme para darle un golpe a esa maldita momia de Chinook que está sentada allí, mirándome con una mueca parecida a un muñeco de caja de sorpresas. No puedo rascarme o sonarme la nariz (“¡su nariz!”, pensé) en forma decente, cuando me resfrío con esta corriente insoportable. En cuanto a comer y beber, no me importa. Toda mi alma está absorbida por la ciencia. La ciencia es mi novia y mi dios…Adoro sus huellas en el pasado y saludo su futuro progreso. Yo…
Ya antes había oído expresar los mismos sentimientos. En un instante encontré la explicación de por qué me resultaba conocida la Cabeza, algo que me había acosado desde la primera vez que la vi.
-Discúlpeme -lo interrumpí-, ¿no es usted el célebre profesor Dummkopf?
-Ese es o, mejor dicho, fue mi nombre -respondió dignamente.
-Y usted vivía en Boston, donde llevaba a cabo experimentos científicos de asombrosa originalidad. Fue quien descubrió cómo fotografiar el olor, cómo embotellar la música, cómo congelar la aurora boreal. Y el primero que explicó el análisis espectroscópico a la Mente.
-Esos fueron logros de menor importancia- dijo la Cabeza, sacudiéndose con tristeza-, pequeños si se los compara con mi invención final, el grandioso descubrimiento que constituyó al mismo tiempo mi mayor triunfo y mi ruina total. Perdí el cuerpo en el experimento.
-¿Cómo sucedió eso? -pregunté-. No me había enterado.
-No. Como estaba solo y sin amigos, mi desaparición apenas fue advertida. Pero le contaré todo -dijo la Cabeza.
En ese momento se oyó un ruido en la escalera y exclamó:
-¡Silencio! Viene alguien. No deben descubrirnos. Disimule.
Apresuradamente, cerré la puerta de la vitrina y logré poner la llave a tiempo para evadir la vigilancia del cuidador, que regresaba. Entonces fingí examinar, con gran interés, un objeto cercano.
Durante el siguiente día de Trustees, volví a visitar el museo y le di un dolar al cuidador de la Cabeza, con el pretexto de que me informara acerca de las curiosidades a su cargo. Me acompañó por todo el salón, hablando continuamente y con gran soltura.
-Aquello -dijo cuando nos paramos frente a la Cabeza- es un símbolo de la moralidad del siglo pasado, señor. Es la cabeza de un famoso asesino guillotinado en París y fue donada al museo hace quince meses.
Creí advertir un leve tirón en las comisuras de la boca del profesor Dummkopf y una depresión casi imperceptible en lo que una vez fue su párpado izquierdo. Pero, dadas las  cirucunstancias, mantuvo su rostro bien controlado. Me deshice de mi guía con abundantes muestras de agradecimiento por sus inteligentes servicios y, como lo había supuesto, él partío  inmediatamente a gastar en cerveza el dólar ganado con tanta facilidad, dejándome tranquilo para continuar mi conversación con la Cabeza.
-¿Cómo se les ocurre poner a un idiota de cabeza hueca como ese a cargo de una porción aunque sea pequeña, de un hombre de ciencia, del inventor del Telepompo -dijo el profesor, después que abrí su prisión de vidrio-. ¡París! ¡Asesino! ¡El siglo pasado! ¡Qué tonterías!
Y la Cabeza se estremeció de risa tanto, que temí que se cayera del estante.
-Acaba usted de mencionar su invento, el Telepompo -recordé.
-Sí -dijo, recobrando al mismo tiempo su gravedad y su centro de gravedad-. Prometí contarle cómo me convertí en el Hombre sin cuerpo. Resulta que hace tres o cuatro años descubrí el principio de la transmisión del sonido por medio de la electricidad. Mi teléfono, como lo denominé, habría sido de gran utilidad práctica, si me hubiesen dejado presentarlo en público. Pero, ¡qué lástima!…
-Disculpe mi interrupción -dije- pero debo informarle que otra persona inventó lo mismo hace muy poco tiempo. El teléfono ya es una realidad.
-¿Han llegado más lejos aún? -preguntó con ansiedad-.¿Han descubierto el gran secreto de la transmisión de átomos? En otras palabras, han conseguido hacer el Telepompo?
-No me enterado de nada por el estilo -le aseguré-, pero ¿qué quiere decir con eso?
-Escúcheme -continuó-. En el curso de mis experimentos con el teléfono, me convencí de que el mismo principio tenía una capacidad de infinita expansión. La materia está formada por una gran cantidad de moléculas, y las moléculas, a su vez, están compuestas por atómos. El átomo, como sabe, es la unidad del ser. Las moléculas difieren de acuerdo con la cantidad y disposición de los átomos que las constituyen. Los cambios químicos se efectúan por medio de la disolución de los átomos en las moléculas y su recomposición en móleculas de otra clase. Esta disolución puede llevarse a cabo por la afinidad química o por medio de una corriente eléctrica de suficiente potencia. ¿Me sigue hasta aquí?
-Perfectamente.
-Bien. Entonces, siguiendo la línea de pensamiento, tuve una gran idea. No había ninguna razón por la que la materia no pudiera ser telegrafiada o, para ser etimológicamente preciso “telepompeada”. Se necesitaba desintegrar la moléculas en átomos, en un extremo de la línea, y llevar las vibraciones de disolución química por medio de la electricidad hasta el otro polo, donde se podría realizar la correspondiente reconstrucción, a partir de otros átomos. Como todos los átomos son parecidos, su disposición en moléculas del mismo  orden y el ordenamiento de esas moléculas en una organización similar a la original daría por resultado una reproducción del original. Sería una materialización, no en el sentido que le dan los espiritistas, sino en el verdadero sentido y la lógica de la ciencia. ¿Todavía me sigue?
-Es un poco más oscuro ahora -respondí- pero me parece que entiendo lo fundamental. Usted telegrafiaría la idea de la materia, usando la palabra “idea” como la define Platón.
-Precisamente. La llama de una vela es la misma llama de una vela, aunque el gas en combustión está cambiando constantemente. Una ola en la superficie del agua es la misma ola, aunque el agua que la compone se modifica mientras se mueve. Un hombre es el mismo hombre aunque no exista en su cuerpo ninguno de los átomos que lo contituían cinco años antes. Lo esencial es la forma, la imagen, la idea. Las vibracianos que le dan individualidad a la materia pueden ser transmitidas por un alambre, como se transmiten las vibraciones que le dan individualidad al sonido. Así, construí un instrumento con el que podía desarmar la materia, por decirlo de algún modo, en el ánodo, y volver a armarla con el mismo método, en el cátodo. Ese era mi Telepompo.
-¡A la perfección! En mi estudio de Joy Street, en Boston, tenía aproximadamente cinco millas de alambre. No tuve ninguna dificultad para transmitir compuestos sencillos, tales como cuarzo, almidón y agua, de una habitación a otra por medio de esa bobina de cinco millas. Nunca olvidaré la alegría que sentí cuando logré desintegrar una estampilla de correos de tres centavos en una habitación y la encontré inmediatamente, reproducida en el intrumento receptor, situado en otra. Este éxito con la materia inorgánica me animó a intentar lo mismo con un organismo vivo. Atrapé un gato, negro y amarillo, y le apliqué la terrible corriente de mi batería de doscientas cubetas. El gato desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Corrí a la habitación contigua y, para mi inmensa satisfacción, encontré allí a Thomas, vivo y ronroneando, aunque bastante asombrado. El intrumento funcionó como un encantamiento.

-Sorprendente.
-¿No es cierto? Después de mi experimento con el gato, se apoderó de mí una gigantesca idea: ¿por qué no hacerlo con un ser humano? Si en un instante podía transmitir un gato a una distancia de cinco millas, a través de un alambre, por medio de la electricidad, ¿por qué no transmitir a un hombre a Londres, por el cable trasatlántico y con la misma rapidez? Resolví reforzar mi ya poderosa batería y hacer el experimento. Y, como consumado devoto de la ciencia, decidí probar el aparato en mí mismo.
“No quiero dar muchos detalles sobre este capítulo de mi experiencia -continuó la Cabeza, parpadeando para contener una lágrima que ya se había deslizado hasta la mejilla y que yo enjuagué suavemente con mi pañuelo-. Basta decir que tripliqué las cubetas de la batería, extendí el alambre sobre los tejados hasta mi habitación en la pensión de Phillipd Street, preparé todo y, con una calma solemne, fruto de mi confianza en la teoría, me ubiqué en el Telepompo, en mi oficina de Joy Street. Estaba tan seguro de que cuando conectara mi batería aparecería en mi habitación de Phillips Street, como de que estaba vivo. Después, toqué la llave que concectaba la electricidad. ¡Ay de mí!”.
Durante algunos instantes, mi amigo fue incapaz de hablar. Pero al fin, haciendo un esfuerzo, continuó su relato.
-Mis pies comenzaron a desintegrarse y lentamente desaparecieron ante mis ojos. Las piernas se fueron desvaneciendo y luego, el tronco y los brazos. Por la extrema lentitud de mi disolución, me di cuenta de que algo andaba mal. Pero ya no podía hacer nada. Después desarareció mi cabeza y perdí el sentido totalmente. Según mi teoría, al ser mi cabeza lo último en desaparecer, debía ser lo primero en materializarse en el otro extremo del alambre. Esta  idea fue confirmada por los hechos. Recuperé el sentido y abrí los ojos en mi habitación de Phillips Street. Se me estaba materializando la barbilla y, con gran satisfacción, vi que mi cuello iba tomando forma. De pronto, más o menos a la altura de la tercera vértebra cervical, el proceso se detuvo. En un abrir y cerrar de ojos, comprendí la causa. Me había olvidado de volver a llenar con ácido sulfúrico las cubetas de la batería y no había suficiente electricidad para materializar el resto. Era una Cabeza pero mi cuerpo estaba sólo Dios sabe dónde.
No intenté consolarlo. Las palabras habrían parecido una burla ante la desgracia del profesor Dummkopf.
-¿Qué importancia tiene el resto de mi relato? -continuó con tristeza-. La pensión de Phillips Street estaba llena de estudiantes de medicina. Supongo que algunos encontraron mi cabeza y, sin saber nada de mí o del Telepompo, se apropiaron de ella para estudios anatómicos. Supongo, también, que intentaron preservarla por medio de preparados de arsénico. Lo imperfecto del trabajo está demostrado por mi nariz defectuosa. Me imagino que pasé de un estudiante de medicina a otro, hasta que algún bromista me donó a esta colección diciendo que era un asesino francés del siglo pasado. Durante algunos meses permanecí ignorante de todo, hasta que por fin recuperé el sentido y me encontré aquí. ¡Esta es la ironía del destino! -añadió la Cabeza con una risa áspera y seca.
-¿Hay algo que pueda hacer por usted? -pregunté después de una pausa.
-Gracias -respondió la Cabeza-. Estoy tolerablemente alegre y resignado. Perdí gran parte de mi interés en la ciencia experimental. Paso el día observando los objetos de valor zoológico, ictiológico, etnológico y conquiliológico que abundan en este admirable museo. No se me ocurre nada que usted pueda hacer por mí. Pero… espere -agregó mientras miraba otra vez las exasperantes patas de los zancudos que tenía enfrente- Si hay algo que necesito, es un poco de ejercicio al aire libre. ¿No podría hacer algún arreglo para sacarme a pasear?
Confieso que me quede un poco asombrado por el pedido, pero le prometí hacer lo que pudiera. Después de meditar un poco, elaboré un plan y lo llevé a cabo. Regresé al museo esa misma tarde, poco antes de la hora de cierre, y me oculté detrás de la enorme vaca marina o Manatus americanus. El cuidador, después de una rápida mirada al salón, cerró el edificio con llave y se marchó. Entonces salí de mi escondite osadamente y saqué a mi amigo de su estante. Con un trozo de cuerda resistente sujeté una o dos de sus vértebras a las vértebras sin cabeza del esqueleto de un dinornis. Este extinguido pájaro de Nueva Zelanda tiene pesadas patas, buche abultado, es tan alto como un hombre y sus pies son gigantescos. Provisto ya de piernas y brazos, mi amigo manifestó un júbilo extraordinario. Se paseó, golpeó su enormes pies en el piso, agitó las alas y, de vez en cuando, estallaba en un divertido taconeo. Me vi obligado a recordarle que debía tener en cuenta la dignidad del venerable pájaro cuyo esqueleto había tomado prestado. Después, despojé al león africano de sus ojos de vidrio y los inserté en las órbitas vacias de la Cabeza. Le di al profesor Dummkopf una lanza guerrera de Fiyi para que la usara como bastón, y lo cubrí con una manta Sioux. Luego, salimos del antiguo arsenal hacia la fresca brisa nocturna iluminada por la luna, y paseamos del brazo sin rumbo fijo, por la orilla del tranquilo lago y por los sinuosos senderos de la rambla.images

Edward Page Mitchell

volver a la portada

SELLOZZ

EDWARD PAGE MITCHELL

Corazón

images (4)

Vino del campo. Caminaba con las piernas abiertas, pisando con todo el pie a la vez, como si todavía sientiera bajo el zapato la tierra removida de los surcos. Le decían el Chacra. Era feo, feo de veras. Tenía la nariz brillante y el pelo pajizo, veteado en cualquier parte con mechones que iban del colorado al rubio. Tenía aire de cordero, o de pájaro, una cruza entre cordero y pichón de alguna cosa. No era tonto, sin embargo, era quizá algo peor: nada fácil de explicar entonces. El símbolo o la parodia de lo que a esa altura de nuestro bachillerato nos estaba haciendo falta en el Fray Cayetano José Rodríguez, cuarto año Nacional mixto.
Hernán lo decidió por todos, no bien lo vio. Fue un lunes de mayo. Hernán había llegado a clase en la segunda hora y se detuvo en seco en el marco de la puerta. Lo miró, pestañeó y miró a los demás. Volvió a mirarlo fijamente y dijo:
-Perdón. ¿Eso qué es?
El Chacra pareció buscar con los ojos un apoyo en alguna cara, una clave, el secreto del juego. Después sólo atinó a reírse. Como tanteando, sonrió con timidez; por fin se rió, enormemente: cómplice, contento de haber dado en el clavo. Hernán dijo:
-Se ríe.
Más tarde oímos con incredulidad que era hijo del señor don Diamante, de “el viejo”, aquel innumerable y casi mítico profesor sin cátedra de quien sólo sabíamos que quizá había existido siempre y que vivía entre libros enormes y pájaros, junto a la barranca, el viejo señor don Diamante que embalsamaba zorzales cuando se le morían, nos preparaba los exámenes de Física o Literatura o Historia Antigua, sin aceptar nunca un centavo, y parecía el dibujo de una lámina de Corazón.
Esto complicó un poco las cosas; al viejo, a nuestro modo, lo queríamos.

-Él no tiene la culpa de haber echado al mundo semejante porquería.
Meditábamos, bajo las glorietas, en algún banco de la Plaza de la Iglesia.
-Qué injusticia -dijo Julio.
Era de noche, porque sólo recuerdo voces e inflexiones, no las caras ni los gestos.
Lo que Julio quería decir era que la injusticia se había cometido con nosotros.
-Estoy pensando que no se dice echar al mundo -reflexionó Hernán-. Las mujeres echan al mundo.
En la oscuridad hubo grandes aplausos, y una especie de relincho: Aníbal.
Julio volvió a hablar.
-Lo que estamos discutiendo es algo muy serio.
Encendió un cigarrillo, se alumbró la cara. Las pausas de Julio eran toda una liturgia, un código complicado y fastuoso, Igual que las payasadas de Aníbal o la dañina y juguetona malignidad de Hernán.
-Supongamos que el Chacra le va con las quejas al padre.
Volvió a callarse. Sólo que ahora el silencio tenía un signo distinto, o quizá la idea -nuestro agradecimiento hacia el viejo, nuestra conveniencia o nuestro cariño, lo que fuera – terminaba ahí mismo y no había por qué andar enredándose con las palabras.
-Algo tiene que haber hecho para que Dios lo castigue de este modo.
-Quién.
-El viejo.
Julio parecía pensativo.
-Tan feo no es.
Una voz entre los árboles, algo como un loro, repitió tres veces que Julio se había enloquecido.
-Lástima el pelo y cómo camina.
-Sí, la verdad es que el pelo no lo ayuda -Aníbal hablaba ahora con su voz normal-. Cuando se apura parece un pato barcino.
Se discutió a gritos, no la imagen, sino la conveniencia de atribuir semejante pelaje a un pato.
-Yo creo que hay que hablar con el padre -dijo Hernán.

De todos modos no hizo falta pensarlo mucho. El señor Diamante, él mismo, quiso hablar con Hernán. “Mi chico no es tonto, Hernán” – se supo después que el viejo había dicho-. “Vos sos inteligente y tenés que haberte dado cuenta”. “Bueno” -dijo Hernán que dijo-,”sí, lo que pasa, don Diamante, es otra cosa”. Y Julio y los demás, afuera, sentados en la baranda de fierro de la barranca no podían dejar de ver desde la oscuridad, en la ventana alta de la casa, la silueta de Hernán: su inquietud. El viejo le ofreció un cigarrillo. Hernán dijo que no; cualquiera en su lugar habría hecho lo mismo. Se lo respetaba al viejo, nadie sabía bien por qué. Era un respeto anterior a nosotros. Generaciones de estudiantes habían sentido lo mismo, generaciones de aplazados habían entrado en la casona frente al río, habían recorrido con el dedo el polvo de su larga mesa, habían hecho girar el mapamundi y se habían llevado de allí algún zorzal embalsamado, alguna recomendación para un profesor intransigente, algún libro de versos, jamás abierto. “Tomá”. El gesto de don Diamante significaba algo más que un ofrecimiento de cigarrillos. “Tomá”. Hernán aceptó  ahora. Y más tarde, mientras don Diamante hablaba, él miro una o dos veces hacia afuera, hacia el lugar donde sabía que estaban los demás. El viejo repitió que su muchacho no era tonto sino un poco corto de carácter, durante años, desde que se le fue la madre, había vivido pupilo en un colegio y el resto del tiempo lo pasó con los abuelos, en una chacra (acá, Hernán se ahogó con el humo del cigarrillo), y sólo se había acercado a la ciudad en época de exámenes, sí no era lo mejor para el muchacho. Pero había aprobado como alumno libre todo el curso preparatorio, con notas espléndidas. “Sí, los tres años” -dijo don Diamante, y sacó certificados de un cajón. Y eso demostraba que no era tonto.
-Tonto no sé -dijo Julio cuando oyó la historia.
-Más bien, de otro planeta -dijo Aníbal.
-Es lo que yo quise darle a entender -dijo Hernán-. Mejor me hubiera tragado la lengua.
Lo miraban. Dijo Hernán:
-Escuchame, Hernán, me dijo el viejo; yo sé todo eso y justamente por eso te mandé llamar. No entiendo, don Diamante, dijo yo, y pensaba en ustedes, lo más garifos acá afuera, y me daban ganas de saltar de cabeza por la ventana, porque ya me la veía venir.
-Venir qué.
-Que lo puso bajo mi custodia -dijo simplemente Hernán-. Que debo ver si ustedes no lo atormentan mucho, y hacerme amigo -decía Hernán mientras Aníbal con las manos en la espalda metía los pulgares bajo los omóplatos y agitaba los dedos, como alitas, volando en círculo alrededor de Hernán, quien le plantó un formidable puntapié en el trasero.
-Los ángeles de la guarda no patean el culo – cantó Aníbal.
-Entonces llamalo magnolia -dijo Hernán-. Y les aclaro que no sólo lo puso a nuestra custodia. También me pidió que, poco a poco, lo fuéramos despabilando.
-¿Qué?
-Avivándolo. Haciéndole saber cosas. El hijo de puta todavía cree en Dios y va a misa a escondidas. Parece que los abuelos lo querían hacer cura.
Aníbal preguntó:
-Entonces, nunca…
-Y, lógico. ¿No le miraste la cara?

Sólo que no era fácil ser amigo de Eduardo. Julio lo vacticinó desde el principio. Ni siquiera era fácil llamarlo Eduardo. Hernán había leído Gordon Pym, decidió tirar la suerte de las pajitas. El que pierde va y se hace amigo, fue la clásusula. Menos mal que no es como en el libro, había dicho Aníbal, a ver si hay que comérselo. Se hace amigo y le explica que a esta altura de los acontecimientos, y a causa de su trote, nos resulta defícil llamarlo Eduardo, ¿cómo va a enojarse?
Sorteamos y perdió Hernán, pero yo sé que quiso perder. Eduardo se reía.
-¿Chacra? -bonachonamente se reía, y esto era preferible a que explotara de golpe toda su risa, porque entonces prorrumpía en un sonido violento, brusco, casi espasmódico; lo menos parecido del mundo a la alegría-.¿Por qué me voy a enojar? -y decía que sí, se daba cuenta de que para nosotros él era un poco raro.
-No. El modo de caminar, sabés.
-Claro -decía él-. Por los surcos -y daba grandes pasos para demostrarlo mientras nosotros suspirábamos alzando los ojos, y las chicas, que ahora nos rodeaban en los recreos, se tapaban la boca con las manos.
La palabra inocencia, para designar cierto tipo de actitudes, no existía en nuestro vocabulario. De cualquier modo, aunque hubiera existido, el Chacra habría terminado hartándonos lo mismo.
-Sí -le decíamos-. Justamente es de eso que estamos hablando.
-Y entonces -preguntaba él-, cómo me voy a enojar.
Hasta que por fin, en un recreo, alguien empezó a contar una historia que venía recorriendo las galerías del Fray Cayetano desde el baño de mujeres, historia donde las claves eran la palabra carta y el nombre de María de los Ángeles, y que no acabo de contar porque María de losÁngeles llegó corriendo hasta nosotros y dijo:
-Quién fue.
De María de los Ángeles, lo primero que yo recuerdo es el pelo, y la mirada. No los ojos, la mirada: su candor perverso. Yo no sabía entonces que su cabeza se parecía a las cabezas de Boticelli ni hacía falta que lo supiera. Era hermosa, no sé de qué otro modo escribirlo, y yo en secreto la quería. Nadie, creo, dejó de quererla en secreto. No tiene ninguna relación con esta historia, pero quiero acordarme de que un vez le hice versos donde su pelo eran trigales cinerarios a la noche y había lunas amarillas y nunca se los leí. Hace un tiempo, volví al pueblo, volví a verla. Uno no debería volver a ver a nadie después de los treinta años.
-Quién fue -dijo.
-Estás loca. Quién fue qué.
María de los Ángeles nos mostró una carta. Era la enorme letra del Chacra. Decía, más o menos, que al principio no lo había podido creer, nunca había imaginado que ella, de fijarse en él, pensara algo más que en divertirse un poco, como nosotros, por su manera de caminar o por su modo de pronunciar ciertas palabras, aunque no debía creer que eso a él le molestaba, no, él sabía bien que en el fondo en ninguno de nosotros había maldad, ni siquiera mala intención, y al enterarse ahora de lo que ella pensaba realmente de él estaba más seguro que nunca de no haberse equivocado, no sólo con todos nosotros, sino con su padre, cuando aceptó sus consejos de venir al Nacional.
-No entiendo nada -dijo Hernán-. Qué le escribiste.
-No te hagas el idiota- dijo María de los Ángeles-. Alguno de ustedes le mandó una carta al pobre chico, como si fuera mía, ni quiero imaginar qué carta. Y eso es lo que me gustaría saber: qué le pusieron.
Julio me miraba.
-Fuiste vos.
-No -dije yo-. En serio.
-Aníbal fue.
-Momentito -dijo Aníbal-. A mí no me metan en líos.
-Yo voy y le aclaro todo -dijo María de los Ángeles.
Entonces Hernán dijo que no, porque don Diamante nos había pedido que no hiciéramos ninguna cosa rara y él no iba a arruinar el trabajo de tres meses, preguntó si no habían visto lo que decía esa carta, si iban a echarlo todo a perder, si no se daban cuenta de que, en el fondo, Eduardo nos quería. Y habló, cerca de diez minutos, con una elocuencia que deslumbraba.
María de los Ángeles dijo al fin:
-Bueno, bueno. Pero, por lo menos, me gustaría saber qué me hicieron ponerle.
Antes de irse, dijo:
-Fuiste vos Hernán.
-Te juro por Dios que no.
-Pero entonces, quién fue -preguntó alguien esa noche, en la esquina de la casa de Hernán.
-Yo -dijo Hernán.
-Por qué.
-Qué sé yo -dijo Hernán.

Si por lo menos no hubiera pensado en María de los Ángeles para hacer aquello, todo, quizá, habría sido distinto.
-Por lo menos -dijo Aníbal-, no te la hubieras buscado, justamente, a María de los Ángeles.
Hernán admitió que sí, por más imbécil que fuera el Chacra no podía seguir creyendo semejante ridiculez. Lo demás lo miraron con asombro y él supo que había hablado inamistosamente, en voz demasiado alta. Dijo que eran como la Bella y la Bestia, y se rió. Julio dijo que no nos preocupáramos, que justamente por eso lo iba a creer.
-Sin contar -dijo después- que eso no es lo peor.
Y sin contar que, al poco tiempo, María de los Ángeles ya no ponía ningún reparo a que escribiéramos cartas en su nombre. Un domingo, la hicimos ir a misa: el Chacra al verla (decía ella), se sentaba en la Consagración y se arrodillaba en el Credo. A la salida, él se quiso acercar pero se llevó por delante la pila de agua bendita y María de los Ángeles consiguió salir de la iglesia como si no lo hubiera visto. Y así, durante casi dos meses, toda la relación entre ellos se limitó a aquellas cartas que nosotros escribíamos y que él contestaba como en otro idioma, o desde otro mundo, hablándole de la alegría que le había causado verla justamente a ella en misa o de cómo empezaban a tener sentido para él, desde que la conocía, ciertas palabras que siempre le había dicho su padre, palabras acerca del verdadero amor, de la verdadera vida.
Un día se lo confesó.
-Yo quería entrar en el Seminario -le dijo de golpe: la había encontrado sola en una de las galerías del colegio y era prácticamente la primera vez que le hablaba-. Quería ser sacerdote; pero, desde que te conozco, el amor a Dios tiene otro sentido para mí -y María de los Ángeles salió corriendo por el patio.
-¿Qué pasa? -le preguntamos.
-Que esto va a terminar mal -dijo ella.
-¿Por qué? -le preguntamos.
-No sé por qué. Va a terminar mal.
Y terminó mal, pero muchos años después. Y nadie podría afirmar que fuimos nosotros, o todo lo ocurrido hasta entonces y de lo que no habíamos participado, o todo lo ocurrido después, de lo que tampoco participamos, lo que precipitó el final de esta historia. Yo sólo sé, y la cuento, la parte en que vivimos juntos con el Chacra.
Don Diamante murió a mediados de octubre. Una semana antes no había mandado llamar.
-Andá -le dijo al Chacra cuando entramos. Sobre el espaldar de bronce de la cama, clavado a la pared con una chinche, vi un gran retrato de Jean Jaurés. Pero sólo muchos años más tarde supe a quién perteneció esa cara. Debí escribir que, ahora, veíamos un gran cartulina ruinosa-. Andá. Quiero hablar con ellos.
Después habló. Dijo que desde hacía un tiempo sabía esto, y se tocó el pecho. Tenía los dedos salpicados de estrellitas amarillas. Que por eso lo había hecho venir a él, a Eduardo. Un hijo de la vejez, un hijo de la inmunda chochera. Mi culpa, dijo, y aunque se refería a él mismo yo supe que estaba pensando en una mujer. Nunca había sabido ser buen padre, no, no teníamos que interrumpirlo, nunca había sabido ser un buen padre, ni siquiera un padre, y a lo mejor por eso amó tanto a los muchachos como nosotros, y los ayudó por eso. A ella, sí, vaya si a ella la había querido. Ahí estaba el mal. O hasta el pecado.Pero de inmediato hizo un gesto con la mano, como para que no oyéramos, como si no tuviera importancia. Volvió a tocarse el pecho: Eduardo no sabe esto, hijos, no sabe del animal que mata acá adentro. Y se quedó como asombrado, repitiendo lo que acababa de decir. Se rió y movía la cabeza y súbitamente lo dobló sobre la cama una tos larga y profunda que me hizo el efecto de un vendabal de barro arrasándolo por dentro. 
-No le digan nada -dijo, y agregó que a pesar de todo, gracias a nosotros, éste había sido el año más feliz de su vida.
Después tomó la mano del que tenía más cerca y tiró hacia abajo, hacia la cama. Todos tuvimos miedo de que fuera a besarnos. El viejo, sin embargo, sólo quería que nos arrimáramos un poco. Fue levantando la mano y nos tocó la cara.
Cuando salimos de la pieza, la expresión de Hernán, sobresaltándome desde la penumbra de un espejo, tenía una dureza galvánica.
-Lo detesto -dijo-. Al viejo no, al imbécil ese.
El sol de octubre devastaba los canteros en el patio. Eduardo leía, en un banco de piedra.
-Papá está mal, ¿no es cierto? -preguntó-.Él a mí no me lo dice, pero igual tengo miedo.
Traía una Tabla de Logaritmos en la mano.
-Mirá, infeliz -dijo alguno de nosotros, en voz muy baja-. Mirá -no pudo seguir hablando y sólo atinó a sacar un papel del bolsillo. Otro dijo-: El viejo no tiene que saber nada de esto, te das cuenta. Ni que vos sabés que se muere, oís, ni que vos sabés que es está muriendo ni que nosotros somos una mierda, ni nada -casi gritó.
Y Hernán dijo:
-Que las cartas te las escribíamos nosotros. Eso es lo que quieren decirte. Que a María de los Ángeles la mandamos a misa nosotros. Que es una putita que se acuesta con medio Nacional.
No sé, nunca supe qué significó todo esto, ni cuándo lo olvidamos, ni por qué yo lo recuerdo ahora.
El Chacra siguió viniendo al Nacional, terminó el secundario con nosotros y, en quinto año, se puede decir que nos hicimos realmente, o por primera vez, amigos. Nunca perdió su manera de caminar, como pisando surcos. Al terminar el bachillerato rindió las equivalencias y cursó Ciencias económicas. En 1956, era contador en Ramallo. Tres años después, en San Nicolás, en la Siderurgia. Siete años más tarde, se mató.
Hoy, revolviendo mis papeles, encontré una fotografía de cuarto año. Lo imaginaba distinto. O no sé, a lo mejor había que verlo caminar. Aníbal está detrás, haciéndole una morisqueta. Creo que por eso lo reconocí.images

Abelardo Castillo

volver a la portada

SELLOZZ

ABELARDO CASTILLO