Cartas con historia

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Los cuatro amigos

Había una vez un burro viejo y flaco, a quien su dueño iba a sacrificar para dar la carne a los perros y aprovechar el cuero. Enterado de estas intenciones, el animal decidió escaparse. Así, una noche, se deslizó por entre las maderas del corral y se largó a rodar por el mundo.
No había caminado mucho cuando, ya cerca del amanecer, se encontró con un gallo que llevaba un atadito en la espalda. 
-Buen día – saludó el burro-. ¿Qué hace tan lejos de su casa?
-Es que ya estoy muy viejo -explicó el gallo- y, como no sirvo para nada, el patrón me iba a echar al puchero.
-¡Compadre! -exclamó el burro-. ¡Qué casualidad! ¿Qué le parece si caminamos juntos?
Aceptó el gallo y echaron a andar. Al cabo de un rato, mientras iban charlando, descubrieron a un carnero que estaba sentado al costado del camino.
-¿Qué le pasa amigo, qué está tan triste? -preguntó el burro.
El carnero levantó la cabeza y los miró.
-Mi dueño me echó de la granja porque no quiere que me coma sus plantas.
-No se preocupe más – lo animó el gallo-. Venga con nosotros y vamos juntos a probar fortuna.
Le pareció bien al carnero la propuesta del gallo y se agregó al grupo.
Poco después mientras hacían mil planes con la plata que iban a ganar, se encontraron con un gato viejo, al que el dueño no quería más porque ya no podía cazar ratones. En seguida lo incluyeron en el grupo y prosiguieron, felices, el rumbo del camino. Tan concentrados iban con sus nuevas esperanzas, que no se dieron cuenta que un tigre los acechaba. De pronto, al doblar una curva, los cuatro amigos se encontraron de frente cortándoles la senda y se detuvieron helados de susto.
-Muchachos -dijo en voz baja el burro- déjenme hablar a mí.
-Buenas tardes -saludó el tigre acercándose.
-Buenas -respondieron lo cuatro.
-¿Qué pueden ofrecerme para comer? -preguntó el tigre.
-¿Tiene hambre? -dijo el burro. Podemos invitarlo con carne muy fresca.
-A ver -bramó el tigre.
-Compadre -dijo el burro al gallo-, saque un poco del yaguareté que carneamos esta mañana. O no, mejor dele la cabeza del león de anoche, que debe estar más sabrosa.
-Cómo no -respondió el gallo- mientras hurgaba en su bolsa.
El tigre pensó que eran cazadores de fieras.
-Vea, amigo -dijo preocupado-, no se moleste por mí. Acabo de acordarme que voy un poco apurado, así que disculpe por todo y adiós.
-Buenas tardes -respondió el burro, pero del tigre no quedaban más que las huellas en el polvo del camino.
Después de reírse un rato, los cuatro amigos decidieron continuar la marcha. Ya estaba anocheciendo cuando descubrieron una lucecita entre los árboles del monte. Se acercaron y vieron que pertenecía a una casa.
-¿Qué tal si pedimos que nos den alojamiento? -propuso el gato.
-Buena idea -asintió el carnero.
-Pero primero -dijo el burro- averigüemos con qué clase de gente vamos a tratar.
Resolvieron espiar por la ventana de la cual salía luz, pero como estaba un poco alta, el carnero se subió encima del burro y el gato se trepó encima del carnero. Arriba de todos, voló el gallo, quien se asomó al interior de la casa y vio una habitación en donde unos hombres estaban contando el dinero de unas bolsas.
-Ya está -oyó que decían de adentro-. Mañana asaltamos el último banco y nos retiramos para siempre.
El gallo bajó a contarles a sus amigos.
-¿Qué hacemos -preguntó el burro, después de escucharlo.
-Ya sé -propuso el gato-, hagámosles creer que la casa está embrujada. 
Enseguida se pusieron de acuerdo y cuando el burro dio la señal, todos gritaron al mismo tiempo. Tan espantosa resultó la mezcla de maullidos, balidos, rebuznos y cantos, que del susto, los ladrones huyeron de la casa, abandonando todo el dinero robado.
Contentos con el resultado obtenido, los cuatro amigos entraron y ocuparon la estancia.
El gato se fue a la cocina, el carnero se echó junto al fuego, el burro se apropió del establo y el gallo se trepó al techo. Así ubicados se desearon buenas noches y se dispusieron a dormir.
Ya estaban todos conciliando el sueño cuando uno de los ladrones que no se resignaba a perder su dinero regresó a la casa. Silenciosamente abrió la ventana y se deslizó dentro de la cocina. Caminó con cautela hacia la puerta, pero su mala suerte quiso que le pisara la cola al gato. Éste pegó un aullido que le heló la sangre. El hombre totalmente olvidado de su botín, corrió buscando la salida, pero en la sala, se encontró con el carnero que lo persiguió a topetazos. Cuando pudo alcanzar la galería, le cayó encima el gallo quien le gritó en los oídos:
-¡Quiquiriquí, quiquiriquí!
Finalmente, se lanzó desesperado a la oscuridad del campo y, al pasar por el establo, el burro lo molió a patadas.
A medianoche, el ladrón llegó todo magullado a la cueva donde lo esperaban sus amigos.
-¿Cómo te fue? -le preguntó un compañero al verlo.
-¡No me hablés! -respondió el recién llegado-. La casa esta encantada. Cuando entré en la cocina, una bruja con dos ojos fosforescentes pegó un terrible chillido y me clavó las uñas; después se transformó en una enorme maza y me persiguió por la sala golpeándome. Al pasar por la galería, un fantasma me cayó encima e hincándome las espuelas, gritó: “¡Tráiganlo aquí! ¡Tráinganlo aquí! ” Escapé lo más rápido que pude, y ya cuando me alejaba, una fuerza maligna me rompió varios huesos.
Todos se admiraron de la historia de su compañero y optaron por alejarse del lugar enseguida, sin acordarse más del botín.
Así los cuatro amigos se quedaron con la casa y con el dinero, y vivieron sin preocupaciones hasta el final de sus vidas.

Jorge Accame 
(ver Pizarra Novedades)

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Sobre el profundo mar azul

En la mañana de su nueva vida, Hiroshi y Akiko se despertaron con el sonido del mar. El trabajo de sus padres los había traído a vivir a una isla donde sombras verdes motean la arena dorada y flores más brillantes que mariposas se mecen en el aire salino.
-Todo será perfecto aquí -dijo Akiko mirando hacia el océano.
-Si sólo pudiéramos hacernos algunos amigos -dijo su hermano.
Eso no era tan fácil. La lengua de los isleños era difícil de aprender. Algunos niños se sentían tímidos frente a los hermanitos nuevos. Al principio, Hiroshi y Akiko estaban muy solos.
Entonces apareció Pablo, siempre sonriente, siempre listo a jugar. Orgulloso de su isla, Pablo mostró a Hiroshi y Akiko todos sus magníficos secretos.
Les mostró las caletas donde tiempo atrás los piratas varaban sus barcos, enterraban sus tesoros y se alimentaban de cocos y frutas. Les mostró los lugares donde arroyos de agua fresca que fluían hacia el mar formaban pálidas fisuras de turquesa. ¡Hasta les enseñó a remar en una canoa!
Un día los llevó hasta un arrecife herrumbrado y rojizo de hierros retorcidos que surgía del medio del mar, los restos de un naufragio que gemían con el movimiento de las olas mientras los graznidos de las gaviotas los sobrevolaban.
-¿Qué barco es éste? -susurró Akiko- Me trae mal presentimiento.
-No lo sé -dijo Pablo-. Pero le preguntaré a mi abuela. Ella sabe todo sobre el pasado.
Juntos nadaron bajo la superficie y Pablo les mostró zonas donde los peces era aún más coloridos que las flores de la costa.
-Siempre creí que el mar era simplemente azul -dijo Hiroshi-. Pero ¡miren! Hay púrpuras y verdes, ¿y ven aquellas franjas de color azul profundo?
-Son las corrientes -dijo Pablo-. Tengan cuidado con ellas. Pero aunque Hiroshi asintió, no
comprendió realmente que el mar es un país con ríos propios: poderosos ríos que corren rápidos a través de los siete mares.
Una tarde Pablo les mostró las vista más maravillosa de todas. Los llevó a una playa donde, con la última luz del día, vieron cientos de una mansas criaturas que se deslizaban torpemente en la arena, con sus grandes espaldas curvas balanceándose sobre cuatro gruesas patas. 
-Tortugas de mar -susurró-.
-¡Qué animales tan raros! ¿Por qué están aquí? -inquirió Akiko en voz baja-. ¿De dónde vienen?
-De bien adentro del mar. Pero siempre se las arreglan para llegar  hasta aquí justo a tiempo para poner sus huevos. Hace un millón de años que hacen lo mismo. Me lo dijo mi  abuela.
Al día siguiente Pablo no estaba esperándolos en la playa como siempre.
-Es demasiado tarde para que esté mirando las tortugas -sugirió Hiroshi.
Lo esperaron pero Pablo no apareció, ni ese día ni el siguiente. Finalmente lo encontraron. Ante su sorpresa les dijo:
-No jugaré con ustedes nunca más. Sé quienes son ustedes. Le pregunté a mi abuela sobre ese naufragio en la bahía. Ella me contó cómo ustedes vinieron aquí durante la Guerra…
-¿Nosotros?
-Unos como ustedes. Gente de su país. Atacaron a nuestra isla. Ustedes son el Enemigo. Ese es uno de sus barcos. Me alegro de que se haya hundido.
-¿Para qué necesitamos a Pablo? -dijo Hiroshi furioso.- Si nosotros somos sus enemigos, entonces él es nuestro enemigo.
-Pero ya quería ser su amiga -sollozó Akiko.- ¿A dónde vas?
-Al agua.
-¿Solo?
-¿Por qué no? Esas tortugas torpes lo han estado haciendo durante un millón de años. No necesito de Pablo. ¡No necesito de nadie!
Akiko se quedó en la orilla mientras miraba a su hermano remar rabiosamente en su canoa entre las franjas de colores del océano. De repente el cielo también estuvo surcado de franjas, con negras nubes y ráfagas de lluvia.
-Hiroshi, ¡vuelve aquí!
Pronto Hiroshi vio que el cielo se convertía en un manto negro sobre su cabeza. Trató de regresar pero algo tiraba de su canoa, arrastrándola mar adentro. Las olas rompían sobre él. Su canoa comenzó a gemir y a resquebrajarse. Esa gigante cuerda de agua azul se anudó en torno de las piernas de Hiroshi, helada y firma.
-¡Aquí, Hiroshi! ¡Nada hasta mí! ¡Aquí estoy! -Era Pablo.
Hiroshi se las arregló para llegar hasta la canoa de Pablo. Juntos lucharon contra las corrientes embravecidas, contra el viento, contra los muros de agua rompiente.
Pese a que remaron con todas sus fuerzas, no lograron vencer al mar. Pronto estuvieron exhaustos, cegados por las salpicaduras, entumecidos de frío y la costa seguía sin verse por ningún lado. Súbitamente, surgiendo ante su vista, y volviendo a desaparecer, vislumbraron -¿o era su imaginación?- ¡un barco!
-¡Nunca nos verán! -sollozó Hiroshi. Pero una ola los alzó y los arrojó contra el costado del barco. Y allí, estirándose hacia ellos, estaban unas oscuras manos curtidas tratando de alcanzar sus cabellos húmedos y escurridizos.
Uno de aquellos ríos oceánicos los había arrastrado mar adentro. El capitán del barco se los dijo una vez que los trajo de regreso a casa sanos y salvos.
– Son más largos que cualquier río sobre la tierra -explicó.- Ellos arrastraron los pequeños botes de nuestros antepasados por todo el mundo, algunos para establecerse aquí, otros allá…
-¿Eso significa que los antepasados de Pablo y los nuestros pueden haber vivido en el mismo lugar alguna vez? -exclamó Akiko. ¿Pueden haber sido hermanos incluso?
-¡Claro que sí! ¡Todos somos simples marineros que llegamos a tierra desde el mismo profundo mar azul!
-Tal vez por eso fue remando cuando vi a Hiroshi en problemas -dijo Pablo.- ¿Cómo los hermanos van a ser enemigos?
-¿Cómo alguien puede ser enemigo de otro -agregó Hiroshi,- si lo único que nos diferencia es el mar que está entre nosotros?
-A veces la gente se olvida -dijo tristemente el capitán. Al igual que la abuela de Pablo, se acordaba de la Guerra.
“A veces la gente se olvida…”
Pero no Akiko, no Pablo, no Hiroshi. Ellos no se olvidarían lo que el mar y el capitán les había enseñado. Por eso, el día que éste zarpó, los tres chicos fueron a despedirlo desde la orilla; tres buenos amigos, no enemigos; tres marineros que llegaron a tierra desde el mismo mar profundo y azul.
Esa misma noche los huevos de las tortugas se rompieron y las tortugas recién nacidas, guiadas por el brillo del mar, se echaron al agua para comenzar su propia vida viajando por los ríos del océano.

Daisaku Ikeda 
(ver biografía en Pizarra Noticias)
Traducción: Mercedes Qüiraldes

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Amistad

En las aguas
del molino
la estrella se sumergió
y
tu corazón encendido
niño, la rescató.
(canción popular)

Vivo en el kilómetro 32 llamado Camino del Águila. Aquí para unos comienza el desierto, y para otros termina. Mi padre tiene en este lugar un almacén de campo.
Nuestra casa es una mole blanco tiza, sólida, desafiando el paisaje árido. Está orientada hacia las puestas de sol y los campos sembrados. La galería central, con pesadas columnas de hierro enmohecido, organiza mágicamente los dos mundos: el familiar y el comercial.
Al frente, integrado al camino esta el almacén, profuso de estanterías de madera gruesa y oscura hasta el techo que desordenan la mirada del cliente. Es un desorden aparente que exhibe, alimentos, herramientas, ropa, vajilla, medicamentos, libros, revistas y hasta uno que otro electrodoméstico moderno. Hay dos mostradores esquinados por uno de sus extremos, uno de ellos es del bar en donde cuatro mesas con sus respectivas sillas completan la decoración. ¡Ah…! me olvidaba de la enorme pieza de orfebrería que es la lámpara ocupando el centro de la habitación y el centro del techo, toda cubierta de carillones de cristal cincelado, que en las mañanas de brisa canta a coro con lo pájaros.
En el extremo lateral izquierdo, separado del almacén por un camino de pedregullo sembrado de firmes ramitas verdes y flores silvestres, está el galpón. Su techo, mitad cielo y mitad chapa acanalada. Aquí, mi padre, guarda y protege los sacos de granos, celosamente contados y acomodados, y yo tengo mi refugio secreto.
Hacía atrás de la galería central de columnas de hierro, perezosamente, se extienden los dormitorios, la cocina y los dos baños, todo envuelto en un clima de laboriosidad mansa, sacralizada en la hora exacta en que mi madre amasa y cocina pan.
Tengo una hermana de dieciocho años muy bonita, quien ha heredado la inclinación, que viene de familia, por el canto. Ocasionalmente ella hace dúo con mi madre para entonar versos sencillos que van enhebrando con extraordinaria maestría en la escala musical. De escucharlas, le tomé apego a la poesía y la escribo con cierta vergüenza a escondidas. Cuando voy a mi refugio las llevo para poder leerlas en voz alta e importante.
Mi madre me dice Juanin, pero ni verdadero nombre es Juan, Juan Mariano. Tengo doce años, mucha avidez por saber y según opina mi maestro de escuela soy “un niño de inteligencia excepcional pero algo retraído” (algo así como poco sociable). ¡Esto no es cierto! Lo que pasa es que yo tengo un gran secreto.
Hace un año llegaron a nuestra región un grupo de personas: dos mujeres y tres hombres. Todos ellos científicos (esto nos lo contó después el maestro). Vinieron a trabajar en la casa que tiene la gran ventana que espía al cielo, el observatorio astronómico. A treinta kilómetros de nuestro almacén y dentro del desierto, se levanta el edificio donde ellos viven y estudian.
El más joven, cuando vio a mi hermana por primera vez, se enamoró de ella (esto lo supe luego, cuando nos hicimos amigos y me lo confesó). Él vine siempre a visitar a Julieta (pronto van a casarse) y a buscar provisiones al almacén. Lázaro, que así se llama el novio de mi hermana y mi amigo, me contó historias interesantísimas sobre lo que ocurre en el cielo.
Lázaro me dijo que todo lo que conocemos y vemos se formó después de una gran explosión en el espacio y que en el transcurso de millones de años fueron apareciendo los planetas, las estrellas y nosotros mismos. La vida es una perfecta y maravillosa combinación de muchas causas rigurosamente cumplidas. Es un desorden muy ordenado como el de mi almacén. Nosotros vivimos en una galaxia llamada Vía Láctea y nuestro Sol está a ocho minutos luz de la Tierra (millones de kilómetros). Lázaro también me contó que en el observatorio ellos miran el cielo con la ayuda de un telescopio gigante formado por muchos espejos unidos en forma especial que refleja imágenes imposibles de ver a simple vista. Las observaciones se realizan a través de pantallas de computadoras. Y me prometió que algún día me va a llevar a conocer cómo ellos trabajan.
Hoy, necesito urgente, contarle todo esto a mi amiga.
Mis padres ya se acostaron. Yo, hace una hora que espero despierto dentro de mi habitación. Me levanto muy despacito y, para no hacer ruido con la puerta, salto por la ventana. La galería mágica me lleva al galpón. Conozco al dedillo este lugar aunque esté oscuro. Sé exactamente dónde una escalera de sacos de granos me permite llegar hasta lo más alto, mi refugio. Tendido, en todo mi largo y flaco cuerpo, busco no sin cierta ansiedad, entre todas las estrellas, a mi amiga. Nunca me confundo. En noches con nubes es más difícil encontrarla, pero en otras como hoy (¡tan hermosas!) en que el cielo titila todo junto como si fuese un árbol de navidad gigante, enseguida nos vemos. Le cuento lo que hable con Lázaro y ella me dice que es verdad. Estamos compuestos de la misma materia (la que originó nuestro universo). Charlamos tanto que no nos damos cuenta de que comienza a amanecer y entonces tengo que correr apresurado al dormitorio porque mi madre ya viene a despertarme. (Por esto yo sostengo que no soy un niño retraído, suelo estar con sueño y tengo muchas cosas en que pensar ¿no les parece?)
Le pregunto a Lázaro el nombre de todas las estrellas que se ven en nuestro cielo. Ahora sé que mi amiga se llama Sendero de Agua, está a catorce minutos luz de la Tierra y forma, con cuatro amigas más, una constelación denominada La Cascada. Ahora conozco su verdadero nombre y me da tristeza pensar que ella no sepa el mío, aunque se lo he dicho muchas veces.
En mi casa tenemos un molino de viento con aspas gigantes que giran y giran y giran sin parar, recogiendo del corazón de la tierra, agua fresca. Mi padre construyó en su base un tanque australiano (viene a ser algo parecido a un fuentón pero gigante.) En él beben los animales y en los días de mucho calor, si el agua esta limpia, nos bañamos con mis compañeros de colegio como si fuese una pileta de natación. Él habla con el viento, susurra con la brisa o se queda totalmente mudo, yo creo que esto ocurre cuando ve a un ángel. Él es mi compinche.
Ahora, han comenzado los primeros fríos y se me hace más difícil escaparme de la cama para ir a conversar con mi amiga. No nos vemos durante días o porque llueve, o porque cae nieve, o porque las temperaturas son tan bajas que sé que si salgo de la casa puedo enfermarme.
¡Lázaro va a llevarme al observatorio!
Anoche caían copos de nieve. El cielo estaba gris y no se podían ver las estrellas. Cerca del amanecer me llamaron por mi nombre. No era la voz de mi madre.¡ Era Sendero de Agua! Parecía llamarme desde el molino. Me abrigué con un poncho que uso como frazada en mi cama y salí al patio. La voz de Sendero de Agua sonaba muy cerca. Me acerqué al tanque australiano y allí estaba mi amiga, como un barco que descansa sobre el mar. Quise acariciarla, pero me pidió que no la tocara, que sólo debía prepararme para recibirla, y sin más saltó con agilidad adentro de mi pecho y se acomodó en el centro de mi corazón.
El maestro nos está contando las costumbres de los Incas y repentinamente a Sendero de Agua (que para mí había estado durmiendo) se le ocurre llamarme. Yo pego un saltito en mi asiento, como inquieto, y en realidad lo estoy. No es nada fácil saber que uno tiene una estrella viviendo en su corazón y que además ella tiene voluntad propia, por lo cual repentinamente puede ocurrírsele hablarte como pasa ahora. Balbuceo frases por la mitad y nos ponemos de acuerdo. Yo le pido que espere el recreo para conversar. Una cosa es muy cierta, ambos estamos contentos por lo ocurrido y yo dejaré de ser un chico retraído como dice mi maestro (o con sueño como digo yo.)
No voy a contar mi secreto, primero porque es difícil explicar lo sucedido y segundo porque así lo pacté con Sendero de Agua.
Hoy hay eclipse de Sol y estoy yendo con Lázaro al observatorio astronómico. Lo que veo en las pantallas de las computadoras es increíble. La Luna tapa al Sol. La Tierra queda a oscuras en pleno día. Veo el fuego del Sol y los cráteres de la Luna. Veo algunos planetas. Veo los anillos del Saturno. Veo tres satélites dando vueltas alrededor de la Tierra. Veo Orión. Veo alfa-Centauro. Veo tau-Cetis.
Regresamos en un jeep. Yo quiero contarle mi secreto a Lázaro. Le consulto a Sendero de Agua y ella está de acuerdo. Él disminuye la marcha del auto y se estaciona en la banquina. Surge una sonrisa cómplice en sus labios y me mira de un modo especial. Me pide que le diga a Sendero de Agua que se muestre. Lo hago. Mi confesión se transforma en un sentimiento de hermandad para siempre con Lázaro. En su corazón también vive una estrella que se muestra, se enciende y se abraza con la mía.

TUI
(colaboración para La Página de Zapam Zucum)

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